30.19.-Del ‘subidón’ de Trump al ‘bajón’ – PAUL KRUGMAN

El mercado de bonos nos está diciendo que el dinero ‘inteligente’ se ha vuelto muy pesimista sobre la economía

El presidente de EE UU, Donald TrumpEl presidente de EE UU, Donald Trump JONATHAN ERNST REUTERS

El año pasado tras el desplome de la Bolsa que provocaron los titulares acerca del conflicto comercial entre Estados Unidos y China, indiqué tres reglas para reflexionar sobre este tipo de acontecimientos. En primer lugar, el mercado bursátil no es la economía. En segundo lugar, el mercado bursátil no es la economía. Y en tercer lugar, el mercado bursátil no es la economía. Pero quizá debería añadir una cuarta regla: el mercado de bonos casi que sí es la economía. Un viejo chiste de economistas dice que la Bolsa predijo nueve de las cinco últimas recesiones.

Pues bien, una “curva de rentabilidad invertida” —cuando los tipos de interés de los bonos a corto plazo son más altos que los de los bonos a largo plazo— predijo seis de las últimas seis recesiones. Y una caída de la rentabilidad a largo plazo, que ahora es menos de la mitad de lo que era el pasado otoño, ha invertido la curva de tipos una vez más, y ha provocado que el diferencial entre el corto y el largo plazo se reduzca a más o menos donde estaba a principios de 2007, en la víspera de una crisis financiera desastrosa y de la peor recesión desde la década de 1930.

Ni yo ni nadie estamos prediciendo una repetición de la crisis de 2008. Ni siquiera está claro que vayamos hacia una recesión. Pero el mercado de bonos nos está diciendo que el dinero inteligente se ha vuelto muy pesimista respecto a las perspectivas económicas. ¿Por qué? La Reserva Federal controla básicamente los tipos a corto plazo, pero no los tipos a largo plazo; una rentabilidad baja a largo plazo significa que los inversores esperan una economía débil, lo cual obligará a la Reserva a bajar los tipos repetidamente.

¿Y a qué se debe esta ola de pesimismo? En gran medida, aunque no por completo, a una moción de censura contra las políticas económicas de Donald Trump. Quizá recuerden que el año pasado, después de un par de trimestres de buenas noticias económicas, los funcionarios de Trump alardeaban de que la rebaja fiscal de 2017 había sentado las bases de muchos años de crecimiento económico elevado.

Sin embargo, desde entonces los datos básicamente han confirmado lo que los escépticos habían estado diciendo desde el principio. Sí, la rebaja fiscal animó la economía, pero fue una “subida de glucosa”. Eso es lo que se consigue con unos déficits de billones de dólares. Pero el subidón fue temporal. En concreto, el prometido auge de la inversión empresarial nunca se materializó. Y ahora la economía ha regresado, en el mejor de los casos, a su índice de crecimiento anterior al estímulo.

Al mismo tiempo, está cada vez más claro que la beligerancia de Trump respecto al comercio exterior no es una pose, sino que refleja una convicción real. El proteccionismo parece ser, junto al racismo, parte íntegra del Trump esencial. Y la confirmación de que realmente es el “hombre de los aranceles” está teniendo un grave efecto disuasorio sobre la inversión empresarial, en parte debido a que nadie sabe exactamente hasta dónde va a llegar.

Para entender cómo funciona esto, piensen en el dilema al cual se enfrentan muchos fabricantes estadounidenses. Algunos dependen en gran medida de piezas importadas y, ante unos aranceles reales o la amenaza de los mismos sobre esas importaciones, no van a invertir. Otros a lo mejor competirían con mercancías importadas si se les asegurara que esas importaciones se van a enfrentar a duros aranceles, pero no saben si esos aranceles van a llegar realmente o si durarán. De manera que la gente está sentada sobre montones de dinero, esperando a ver qué hace un presidente errático.

Por supuesto, Trump no es el único problema. Otros países tienen sus propias dificultades —una recesión europea y una desaceleración china parecen bastante probables— y algunos de estos problemas están salpicando a Estados Unidos.

Pero aunque Trump y compañía no sean la fuente de todos los apuros económicos de los estadounidenses, uno quiere de todas formas alguna garantía de que los problemas se abordarán de manera eficaz a medida que surjan. Entonces, ¿qué tipo de plan de contingencia está cavilando el Gobierno? ¿Qué se plantean hacer las autoridades si la economía acaba debilitándose sustancialmente? Al parecer, la respuesta es que no hay ninguna discusión política, lo cual no es ninguna sorpresa si se tiene en cuenta que básicamente cualquier persona que sepa algo de economía dejó la Administración de Trump hace meses o años. Los asesores que quedan están ocupados con tareas de gran prioridad como acusar a la página editorial de The Wall Street Journal de ser pro-china.

No, el único plan del Gobierno si las cosas se ponen feas parece ser culpar a la Reserva Federal, cuyo presidente fue elegido por Donald Trump. Para ser justos, ahora está claro que la Reserva se equivocó cuando subió los tipos a corto plazo el año pasado.

Pero es importante darse cuenta de que el error de la Reserva fue, esencialmente, que depositó demasiada fe en las políticas económicas trumpistas. Si la rebaja fiscal hubiera provocado realmente el boom prometido, si la guerra comercial no hubiese entorpecido el crecimiento, no tendríamos una curva de rentabilidad invertida; recuerden, la Reserva no causó el hundimiento de los tipos a largo plazo, que es lo que invirtió la curva. Y tampoco se suponía que el subidón de Trump iba a ser tan flojo que una pequeña subida de tipos lo echaría a perder.

Podría añadir que culpar a la Reserva me parece una estrategia política discutible. ¿Cuántos votantes saben siquiera qué es la Reserva o lo que hace?

Pero cuidado: los mercados de bonos nos dicen que el dinero inteligente se muestra pesimista respecto a las perspectivas económicas, pero el dinero inteligente se puede equivocar. De hecho, se ha equivocado en el pasado reciente. Los inversores fueron claramente demasiado optimistas el pasado otoño, y a lo mejor ahora son demasiado pesimistas. En cualquier caso, el mercado de bonos, que es el mejor indicador que tenemos, declara que la Trumponomía ha sido un fracaso.

https://elpais.com/economia/2019/08/16/actualidad/1565959220_775291.html

    • 29.19.-China intenta enseñar economía a Trump . PAUL KRUGMAN
    • Estados Unidos – China: los peligros de una guerra de divisas*

Una mujer camina en Hong Kong junto a un mural decorado con diferentes divisas KING CHEUNG AP

Para entender la guerra comercial con China, lo primero que hay que tener en cuenta es que nada de lo que está haciendo Donald Trump tiene lógica. Sus puntos de vista sobre el comercio son incoherentes. Sus exigencias son incomprensibles. Y sobrevalora su capacidad de infligir daño a China mientras que minusvalora el daño que China puede hacer en revancha. Lo segundo que hay que considerar es que la respuesta de Pekín hasta ahora ha sido bastante modesta y moderada, al menos si tenemos en cuenta la situación. EE UU ha impuesto o anunciado aranceles sobre prácticamente todo lo que China le vende, con unas medias arancelarias que no se habían visto en generaciones. Los chinos, en cambio, todavía no han desplegado toda la gama de instrumentos a su disposición para contrarrestar las acciones de Trump.

9 ago 2019.- ¿Por qué no han ido los chinos a por todas? Creo todavía están intentando enseñar a Trump un poco de economía. En efecto, lo que han estado diciendo con sus actos es lo siguiente: “Creéis que nos podéis intimidar. Pero no podéis. Nosotros, en cambio, podemos arruinar a vuestros agricultores y reventar vuestro mercado bursátil. ¿Queréis reconsiderar la situación?”. Sin embargo, no hay indicios de que este mensaje esté calando. En vez de eso, cada vez que dan una tregua y brindan a Trump la oportunidad de recapacitar, él se lo toma como una prueba de que tiene razón y aprieta aún más. A su vez, lo que esto da a entender es que en cualquier momento los disparos de advertencia se convertirán en una guerra comercial y de divisas en toda regla.

Nada de lo que hace el presidente tiene lógica. Sus puntos de vista sobre el comercio son incoherentes

Con respecto a los puntos de vista de Trump, su incoherencia queda de manifiesto casi todos los días, pero uno de sus últimos tuits fue una ilustración perfecta. Recuerden que Trump no ha parado de quejarse de la fortaleza del dólar que, según él, deja a EE UU en una posición de desventaja competitiva. El pasado lunes consiguió que el Departamento del Tesoro declarase que China es un manipulador de divisas, lo cual era cierto hace siete u ocho años, pero no ahora. Sin embargo, justo al día siguiente escribía con aire triunfal que “cantidades ingentes de dinero de China y de otras partes del mundo están entrando a raudales en Estados Unidos”, y declaraba que “es bonito ver algo así”.

¿Y qué pasa cuando “cantidades ingentes de dinero” entran en un país? Pues que la moneda se revaloriza, que es exactamente de lo que se queja Trump. Y si estuvieran saliendo grandes cantidades de dinero de China, el yuan se estaría desplomando, no experimentando la caída trivial (de un 2%) que denunciaba el Tesoro. En fin, supongo que la aritmética no es más que un fraude perpetrado por el Estado profundo. Así y todo, aunque lo que afirma Trump no tenga lógica, ¿se rendirá China ante sus exigencias? La respuesta breve es “¿qué exigencias?”. Lo que parece molestar a Trump es el superávit comercial de China con EE UU, el cual tiene múltiples causas y en realidad no se encuentra bajo el control del Gobierno chino.

Otros miembros de su Administración parecen preocupados por los avances de China en los sectores tecnológicos, los cuales, efectivamente, podrían amenazar el dominio estadounidense. Pero China es una superpotencia económica y al mismo tiempo relativamente pobre en comparación con EE UU; es extremadamente poco realista imaginar que se puede empujar a un país de estas características a recular en sus ambiciones tecnológicas.

Hecho que nos lleva a la cuestión de cuánto poder tiene realmente EE UU en esta situación. EE UU es, lógicamente, un mercado de primer orden para las mercancías chinas y China compra relativamente poco a cambio, de modo que las consecuencias adversas directas de una guerra de aranceles son peores para los chinos. Pero es importante tener un sentido de la proporción. China no es como México, que envía un 80% de sus exportaciones a EE UU; la economía china depende menos del comercio que otros países más pequeños y a EE UU llega menos de una quinta parte de sus exportaciones.

De manera que, aunque los aranceles de Trump sin duda perjudican a los chinos, Pekín está bastante bien posicionada para contrarrestar sus efectos. China puede inflar el gasto interno con un estímulo monetario y fiscal; y puede potenciar sus exportaciones, tanto al mundo en general como a EE UU, dejando que caiga el yuan.

La leve devaluación de Pekín es un intento de mostrar que está en una posición mucho más débil de la que imagina

Al mismo tiempo, China también puede hacer daño. Puede comprar las semillas de soja en otra parte y perjudicar así a los agricultores estadounidenses. Como hemos visto esta semana, incluso un debilitamiento fundamentalmente simbólico del yuan puede hacer que se desplomen las acciones de EE UU. Y la capacidad de Washington para contrarrestar estas maniobras se ve obstaculizada por una combinación de factores técnicos y políticos. La Reserva Federal puede bajar los tipos, pero no mucho en vista de lo bajos que ya están. Se podría implementar un estímulo fiscal, pero después de imponer una rebaja de impuestos beneficiosa para la plutocracia en 2017, Trump tendría que hacer verdaderas concesiones a los demócratas para sacarles algo más, lo cual seguramente no va a hacer.

¿Y una respuesta internacional coordinada? Es poco probable, tanto porque no está claro lo que Trump quiere de China como porque su beligerancia general (por no hablar de su racismo) ha hecho que casi nadie esté dispuesto a ponerse de parte de EE UU en las disputas mundiales.

De modo que Trump se encuentra en una posición mucho más débil de lo que imagina y me atrevería a decir que la leve devaluación monetaria que ha llevado a cabo China ha sido un intento de mostrarle ese hecho. Pero dudo mucho que haya aprendido nada. Su Administración ha ido deshaciéndose puntualmente de las personas que sabían algo de economía y las noticias que tenemos indican que Trump ni siquiera escucha a la banda de ignorantes que le quedan.

Así que esta disputa comercial probablemente se volverá mucho peor antes de que empiece a mejorar.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2019. Traducción de News Clips. https://elpais.com/economia/2019/08/09/actualidad/1565352924_161381.htmlSe adhiere a los criterios de 

  • 29.19.-Estados Unidos – China: los peligros de una guerra de divisas*

Frente a las amenazas de Donald Trump de nuevos impuestos a las importaciones chinas, Beijing dejó, un poco, girar el yuan, desencadenando la ira de Washington. Una escalada que no deja nada para predecir el bien.

 7 ago2019.- Por el momento, la escalada es principalmente verbal, pero augura lo peor. Al dejar, un poco, girando el yuan el lunes 5 de agosto, Beijing desencadenó la ira de Washington, que inmediatamente acusó formalmente a China de manipular su moneda. Tal reproche corre el riesgo de «perturbar seriamente el orden financiero internacional y causar caos en los mercados financieros», respondió China al día siguiente. Las tensiones comerciales todavía están enconándose y parecen estar al borde de una guerra de divisas, a riesgo de socavar una economía mundial ya frágil.

Al permitir una disminución en el yuan, cuyo precio no flota libremente, el Banco Central de China ha respondido a los nuevos impuestos del 10% que Donald Trump amenaza con imponer a 300 mil millones de dólares de las importaciones chinas ahorradas hasta ahora. Pero no debemos engañarnos: en los últimos meses, la institución ha trabajado principalmente para evitar la depreciación excesiva del yuan, o renminbi (nombre oficial de la moneda china), que probablemente desencadene salidas de capital del país, y No al revés. Muchos observadores señalan que la acusación de «manipulador de dinero» llevada a cabo por los Estados Unidos se produce en el momento equivocado, al menos cinco años demasiado tarde …

LEA:  La guerra de divisas, la respuesta de China a Trump

Pero no importa: en esta etapa de tensión, el más mínimo acto o la más mínima palabra pueden prender fuego al polvo. Y ya podemos ver la espiral en la que es probable que se involucren las dos superpotencias: en respuesta al declive del yuan, Estados Unidos podría imponer nuevas medidas de represalia en Beijing, que podrían responder dejando ir de nuevo su moneda o decidiendo lanzar represalias. A cambio, el presidente de los Estados Unidos podría presionar al Tesoro para que intervenga también en los mercados de divisas para debilitar el dólar y aumentar la competitividad de los exportadores estadounidenses.

Víctimas colaterales

Tal vorágine obligaría a los otros bancos centrales importantes, comenzando con el Banco Central Europeo (BCE), a intervenir a su vez para apoyar sus economías. Causaría una tormenta en las monedas de los países emergentes, víctimas colaterales de las tensiones comerciales.

Ambos países pueden encontrar puntos en común. Pero la escalada de los últimos días permite dudarlo. Más allá de los tuits acusadores de Trump y las declaraciones ofendidas de Beijing, la actitud de ambas partes aumenta el temor de que nadie realmente tenga la intención de llegar a un acuerdo en el corto plazo. Ya haciendo campaña para las elecciones presidenciales de 2020, Trump apuesta a que una línea dura frente al gigante asiático le otorgará puntos. En la administración estadounidense, algunos están convencidos de que el séquito del líder chino, Xi Jinping, espera que el multimillonario deje el poder para negociar un acuerdo más favorable.

Si el régimen comunista sabe que los ataques de Donald Trump tienen un objetivo mayoritariamente electoralista, su posición es más compleja. En teoría, tiene suficiente munición para mantener un largo frente comercial y monetario contra Estados Unidos. En tal escenario, Europa sería el gran perdedor. Una lucha chino-estadounidense por un dólar y un yuan más débil impulsaría automáticamente el euro al alza, golpeando sus exportaciones industriales, ya penalizadas por la crisis automotriz alemana. Se necesitaría poco, entonces, para que el Viejo Continente cayera en recesión.

*EDITORIAL

https://www.lemonde.fr/idees/article/2019/08/07/etats-unis-chine-les-dangers-d-une-guerre-des-monnaies_5497388_3232.html

  • 28.19.-IMPUESTO A LA RIQUEZA EN AMÉRICA –  Thomas Piketty
  • EL FRACASO DE LA ‘TRUMPONOMÍA’ – Paul Krugman

¿Qué pasaría si el golpe final para Emmanuel Macron proviniera de la senadora del estado de Massachusetts y no de los chalecos amarillos? Elizabeth Warren, profesora de derecho de la Universidad de Harvard, que no es realmente adepta al chavismo ni a la guerra de guerrillas urbana, candidata declarada en las primarias demócratas en 2020, acaba de hacer público lo que sin duda será uno de los puntos clave de la próxima campaña, a saber, la creación. por primera vez en los Estados Unidos de un verdadero impuesto federal progresivo a la riqueza. 

Calculado cuidadosamente por Emmanuel Saez y Gabriel Zucman, apoyados por los mejores constitucionalistas, la Propuesta Warren establece una tasa del 2% en fortunas valoradas entre 50 millones y 1 billón de dólares, y 3% por encima de 1 billón. La propuesta también contempla un impuesto de salida equivalente al 40% de la riqueza total para quienes eligen abandonar el país y renunciar a la ciudadanía estadounidense. El impuesto se aplicaría a todos los activos, sin exenciones, con sanciones disuasorias para las personas y los gobiernos que no transmiten la información adecuada sobre los activos en el extranjero.

El debate acaba de comenzar y el cronograma propuesto aún podría extenderse y hacerse más progresivo con las tasas en aumento, por ejemplo, al 5% -10% anual para multibillonarios. Lo cierto es que el tema de la justicia fiscal será fundamental para la campaña presidencial en 2020. La representante de Nueva York, Alexandria Ocasio-Cortez, sugirió una tasa del 70% sobre los ingresos más altos, mientras que Bernie Sanders defiende una tasa impositiva de 77% en las fincas heredadas más altas. Si bien la propuesta de Warren es la más innovadora, los tres enfoques son complementarios y deberían ser mutuamente beneficiosos.

Para entender esto, miremos hacia atrás. Entre 1880 y 1910, mientras la concentración de la riqueza industrial y financiera estaba ganando impulso en los Estados Unidos, y el país amenazaba con volverse casi tan desigual como la vieja Europa, se estaba desarrollando un poderoso movimiento político a favor de una mejor distribución de la riqueza. Esto llevó a la creación de un impuesto federal sobre los ingresos en 1913 y sobre las herencias en 1916.

Entre 1930 y 1980, la tasa aplicada a los ingresos más altos fue en promedio del 81% en los Estados Unidos, y la tasa aplicada a las propiedades heredadas más altas fue del 74%. Claramente esto no destruyó el capitalismo estadounidense, ni mucho menos. Lo hizo más igualitario y más productivo, en un momento en que los Estados Unidos no habían olvidado que era su nivel de progreso educativo y su inversión en capacitación y habilidades lo que era la columna vertebral de su prosperidad, y no la religión de la propiedad y la desigualdad. .

Reagan, luego Bush y Trump intentaron posteriormente destruir esta herencia. Dieron la espalda a los orígenes igualitarios del país, contando con la amnesia histórica y alimentando las divisiones basadas en la identidad. En la retrospectiva que tenemos hoy, es obvio que el resultado de esta política es desastroso. Entre 1980 y 2020, el aumento del ingreso nacional per cápita se redujo a la mitad en comparación con el período 1930-1980. El poco crecimiento que hubo allí fue barrido por los más ricos, lo que tuvo como consecuencia un estancamiento total en los ingresos para el 50% más pobre.Hay algo obvio en el movimiento de retorno a la tributación progresiva y a una mayor justicia que está surgiendo hoy y que está demasiado atrasada.

La innovación es que ahora se trata de crear un impuesto anual a la riqueza, además de los impuestos a la renta y heredados. Esta es una innovación crucial en términos de justicia y eficiencia.Se han aplicado con éxito numerosos impuestos de capital de un solo uso a bienes raíces, activos profesionales y financieros posteriores a las guerras mundiales para pagar las deudas públicas, en particular en Japón, Alemania, Italia, Francia y en muchos países europeos. Recogidas solo una vez, las tasas aplicadas a las propiedades privadas más grandes a menudo aumentaron a 40% -50%, o incluso más. Con un impuesto anual a la riqueza diseñado para aplicarse de manera permanente, las tasas son necesariamente más restringidas. Sin embargo, deben ser lo suficientemente altos para permitir la movilidad genuina de la riqueza. Desde este punto de vista, el impuesto sobre la riqueza heredada llega demasiado tarde. No vamos a esperar hasta que Bezos o Zuckerberg alcancen la edad de 90 años antes de comenzar a pagar impuestos. Con la tasa anual del 3% propuesta por Elizabeth Warren, una propiedad estática por un valor de 100 mil millones regresaría a la comunidad en 30 años. Este es un buen comienzo pero, dada la tasa promedio de progresión de los activos financieros más altos, el objetivo debería ser sin duda más alto (5% – 10% o más).

También es crucial destinar todos los ingresos a la reducción de las desigualdades. En particular, el impuesto a la propiedad estadounidense, como el impuesto inmobiliario francés ( taxe foncière ), pesa mucho sobre aquellos con recursos limitados. Esos dos impuestos a la propiedad venerables que, contrariamente a lo que a veces se afirma, imponen un impuesto no solo a la propiedad de la vivienda (independientemente de cualquier ingreso, que todos admitan fácilmente, al menos para los propietarios más grandes), sino también a los activos comerciales de impuestos (oficinas, parcelas terrenos, almacenes, etc.). El problema es que nunca se han repensado genuinamente desde el siglo XVIII. Ha llegado el momento de que se conviertan en impuestos progresivos con tasas graduadas sobre los activos netos, siendo el elemento clave fuertes reducciones para los hogares endeudados que buscan acceder a la propiedad. Esperemos que la próxima campaña estadounidense, como la discusión francesa en torno a los chalecos amarillos, por fin dé la oportunidad de una discusión en profundidad sobre la tributación de la propiedad y la justicia fiscal.

PD: sobre la propuesta de Warren, vea también este documento de E. Saez y G. Zucman, « ¿Cómo funcionaría un impuesto a la riqueza progresivo?   «.https://translate.google.com/translate?hl=es&sl=en&u=https://www.lemonde.fr/blog/piketty/2019/02/12/wealth-tax-in-america/&prev=search

28.19.-EL FRACASO DE LA ‘TRUMPONOMÍA’ – Paul Krugman

La rebaja de los tipos de interés de la Fed es un reconocimiento del fiasco de la política económica del presidente

Fachada de la sede de la Reserva Federal en Washington LEAH MILLIS REUTERS

Donald Trump ha aplicado dos políticas económicas principales. En lo relativo a impuestos, ha sido un republicano ortodoxo y ha introducido grandes rebajas fiscales para las empresas y los ricos, lo cual, según las promesas de su Administración, llevaría a un gran aumento de la inversión empresarial. En lo relativo al comercio, ha roto con las políticas de mercado (más o menos) libre de su partido y ha impuesto unos aranceles elevados que, prometía, impulsarían una revitalización de las fabricaciones estadounidenses.

2 ago 2019.- El pasado miércoles, la Reserva Federal (Fed) bajó los tipos de interés, a pesar de que la tasa de desempleo es baja y el crecimiento económico en su conjunto se mantiene en un nivel decente, aunque no magnífico. Según Jay Powell, presidente de la Fed, el objetivo era garantizar cierta seguridad ante los preocupantes indicios de una futura desaceleración; más concretamente, la debilidad de la inversión empresarial, que ha registrado una caída en el último trimestre, y de la fabricación, que lleva cayendo desde principios de año. Evidentemente, Powell no podía decir abiertamente que la Trumponomía ha sido un gran fiasco, pero ese era el trasfondo de sus comentarios. Y los frenéticos esfuerzos de Trump por presionar a la Fed para que aplique bajadas mayores son un reconocimiento implícito de lo mismo.

Para ser justos, la economía se mantiene bastante fuerte, lo cual no es realmente una sorpresa en vista de la disposición del Partido Republicano a incurrir en enormes déficits presupuestarios con tal de impedir que los demócratas estén en la Casa Blanca. Como escribí tres días después de las elecciones de 2016 “es al menos posible que unos déficits presupuestarios mayores en todo caso fortalezcan brevemente la economía”. Y eso es más o menos lo que ha pasado: hubo un pequeño bache en 2018, pero en estos momentos básicamente hemos vuelto a las tasas de crecimiento anteriores a Trump.

Pero, ¿por qué no ha conseguido gran cosa la Trumponomía, aparte de unos déficits presupuestarios de billones de dólares? La respuesta es que tanto las rebajas de impuestos como la guerra comercial estaban basadas en visiones equivocadas de cómo funciona el mundo. La fe de los republicanos en la magia de las rebajas fiscales es la política zombi por excelencia, una visión que la evidencia debería haber aniquilado hace décadas, pero que sigue deambulando, alimentándose de cerebros republicanos.

De hecho, los antecedentes son increíblemente coherentes. La subida de impuestos de Bill Clinton no provocó una depresión, las rebajas fiscales de George W. Bush no llevaron a una expansión, el aumento de la presión fiscal de Jerry Brown en California no fue un “suicidio económico”, y el experimento de Sam Brownback de bajar los impuestos en Kansas fue un fracaso. Sin embargo, los republicanos insisten. Esta vez, la pieza central de la rebaja fiscal era un enorme respiro para las empresas, que debía inducir a las mismas a traer el dinero invertido en el extranjero y ponerlo a trabajar en Estados Unidos. En vez de eso, básicamente utilizaron lo que se ahorraron en impuestos para volver a comprar sus propias acciones.

Tanto las rebajas de impuestos como la guerra comercial estaban basados en visiones equivocadas del mundo

¿Qué ha fallado? La inversión empresarial depende de muchos factores, entre los cuales los tipos impositivos se sitúan hacia el final de la lista. Aunque un vistazo somero a los hechos podría dar a entender que las empresas invierten mucho en países con impuestos bajos, como Irlanda, esto es principalmente una ficción: las empresas utilizan tretas contables para declarar beneficios enormes y por lo tanto grandes inversiones en paraísos fiscales, pero estos no se corresponden con la realidad.

Nunca ha habido una razón para creer que rebajando los impuestos a las empresas en Estados Unidos se conseguiría un aumento de la inversión y del empleo, y en efecto, no ha ocurrido. ¿Y qué decir de la guerra comercial? Las pruebas son abrumadoras: los aranceles no tienen un gran impacto en la balanza comercial en su conjunto. Como mucho, cambian el déficit de sitio: Estados Unidos importa menos de China, pero importa más de otros lugares como Vietnam. Y hay razones para afirmar que los aranceles de Trump en realidad han perjudicado a las fabricaciones estadounidenses. Para empezar, muchos de ellos han afectado a las “mercancías intermedias”, es decir, los productos que las empresas locales usan en sus procesos de producción, de forma que los aranceles han aumentado los costes.

Aparte de eso, la incertidumbre creada por la caprichosa política de Trump con toda seguridad ha desalentado la inversión. ¿Para qué construir una fábrica cuando quién sabe si la próxima semana un tuit destruirá tu mercado, tu cadena de abastecimiento o ambos? Ahora bien, ninguna de estas cosas ha llevado a una catástrofe económica. Como Adam Smith escribió en su día, “Hay mucha ruina en una nación”. Excepto en tiempos de crisis, los presidentes se preocupan mucho menos por la economía de lo que la mayor parte de la gente cree y, aunque la Trumponomía ha fracasado estrepitosamente a la hora de cumplir sus promesas, no es lo suficientemente mala para causar daños muy graves.

Por otro lado, piensen en las oportunidades perdidas. Imaginen hasta qué punto les iría mejor a los estadounidenses si los cientos de miles de millones desperdiciados en rebajas de impuestos para las empresas se hubieran empleado en reconstruir las decrépitas infraestructuras. Imaginen lo que podríamos haber hecho con unas políticas que impulsaran los empleos del futuro en sectores como la energía renovable, en lugar de guerras comerciales que intentan recrear en vano la economía manufacturera del pasado. Y ya que todo es político en nuestros días, permítanme decir que los expertos que creen que Trump será capaz de ganar vendiendo una economía fuerte están casi con seguridad equivocados. Lo más probable es que no se enfrente a una recesión, pero definitivamente no ha hecho la economía grande otra vez. De manera que probablemente tenga que hacer lo que ya está haciendo y claramente quiere hacer: dedicarse al racismo en su lugar.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2019. Traducción de News Clips

https://elpais.com/economia/2019/08/02/actualidad/1564752413_948421.html

27.19.-EL PROGRAMA SECRETO DE AYUDA EXTERIOR DE TRUMP – Paul Krugman

El plan del presidente ronda los 40.000 millones, la mayor donación a otras naciones desde el Plan Marshall

El presidente de EE UU, Donald Trump, el jueves en Virginia.   JONATHAN ERNST (REUTERS)

Donald Trump se queja a menudo de que los medios no reconocen el mérito de sus logros. Y puedo pensar en al menos un caso en el que eso es cierto. Que yo sepa, casi nadie está hablando de que bajo su mandato ha tenido lugar un gran —aunque oculto— aumento en la ayuda exterior, el dinero que EE UU da a los extranjeros. De hecho, el programa oculto de Trump, que actualmente ronda los 40.000 millones de dólares anuales, constituye probablemente la mayor donación a otras naciones desde el Plan Marshall. Por desgracia, la ayuda no va ni a países pobres ni a los aliados de Estados Unidos. En vez de eso, se dirige a ricos inversores extranjeros.

26 jul 2019.- Pero antes de llegar a eso, hablemos un momento de una afirmación que Trump hace a menudo sobre un aspecto muy visible de su estrategia económica: los aranceles que ha impuesto a las importaciones de China y otros países. Trump insiste una y otra vez en que China paga estos aranceles y representan miles de millones en beneficios para EE UU. Sin embargo, esta afirmación es falsa. Normalmente, los aranceles los pagan los consumidores del país importador, no los exportadores.

Y podemos confirmar que esto es lo que está ocurriendo con los aranceles de Trump: los precios de los productos sujetos a esos impuestos han aumentado drásticamente, más o menos en línea con los aumentos de los aranceles, mientras que los precios de los productos no sujetos a los nuevos impuestos no han subido. De modo que los aranceles de Trump no son un impuesto para los extranjeros, independientemente de lo que él piense. Por otro lado, sus otras políticas han dado a determinados extranjeros un gran respiro fiscal.

Recuerden que el único gran logro legislativo de Trump hasta ahora es la Ley de Reducción de Impuestos y Empleo de 2017. El núcleo de ese proyecto de ley fue una brusca reducción de la tributación empresarial, hecho que llevó a una drástica caída de la recaudación fiscal, del orden de 140.000 millones de dólares el año pasado.

¿Quién sale ganando con este recorte impositivo? Los defensores del proyecto de ley afirmaron que los beneficios llegarían a los trabajadores en forma de salarios más altos e insistieron en la importancia de la avalancha de anuncios de incentivos para las empresas a principios de 2018. Pero aquellos incentivos no fueron en realidad muy grandes y no continuaron. De hecho, a estas alturas está claro que la oleada de incentivos, tal y como estaba planteada, trataba sobre todo de evadir impuestos: al adelantar los pagos que iban a hacer de todas formas, las empresas podían deducir el gasto con el antiguo tipo impositivo, más elevado. Ahora que esta opción ha expirado, los incentivos han vuelto a su nivel normal o incluso han descendido un poco.

¿Y qué decir del argumento según el cual los recortes fiscales propiciarían un aumento de la inversión empresarial que tirará de los salarios? Pues que tampoco está ocurriendo; en lo que respecta a la inversión empresarial, el recorte fiscal ha sido un gran fiasco. Entonces, ¿quién se está beneficiando de la rebaja de impuestos? Básicamente, los accionistas, que han recibido dividendos más altos y han visto grandes ganancias de capital ya que las empresas no utilizan este dinero caído del cielo para invertir, sino para recomprar sus propias acciones. Y una buena parte de estas ganancias de los accionistas ha ido a parar a extranjeros.

Al fin y al cabo, vivimos en una era de finanzas globalizadas, en la cual los inversores ricos poseen activos en muchos países. Los estadounidenses poseen billones en capital extranjero, tanto directamente en forma de acciones extranjeras como indirectamente en forma de acciones de empresas estadounidenses con filiales extranjeras. Los extranjeros, a su vez, tienen grandes intereses en EE UU, de nuevo tanto a través de la posesión directa de acciones como mediante la operación de sus filiales corporativas.

Por desgracia, este capital no va ni a países pobres ni aliados. En lugar de eso, se dirige a ricos inversores extranjeros

En conjunto, los extranjeros poseen el 35% del capital en empresas sujetas a la fiscalidad estadounidense. Y como consecuencia de ello, los inversores extranjeros han recibido el 35% de los beneficios de la rebaja fiscal. Como he dicho antes, eso es más de 40.000 millones anuales. Para poner esto en perspectiva, los aranceles que Trump ha impuesto a China han recaudado 20.000 millones hasta ahora. Aunque China pagase esos aranceles —cosa que no está haciendo— eso se quedaría muy corto con respecto al regalo que Trump ha hecho a los inversores extranjeros. Alternativamente, podemos comparar el obsequio de Trump a los inversores extranjeros con nuestro gasto real en ayuda exterior. En 2017, EE UU gastó 51.000 millones en “asuntos internacionales”, pero una buena parte de eso corresponde al coste de operar embajadas o a la ayuda militar. Las desgravaciones fiscales de Trump para los inversores extranjeros son considerablemente mayores que la cantidad total que gastamos en ayuda exterior propiamente dicha. Ahora bien, la economía estadounidense es casi inconcebiblemente enorme y produce más de 20 billones de dólares en productos y servicios anualmente. Además, EE UU es un país en el que los inversores confían a la hora de saldar deudas, así que la rebaja de impuestos, por irresponsable que sea, no está provocando ningún estrés fiscal inmediato.

De modo que el regalo de Trump a los inversores extranjeros no nos va a hacer ni bien ni mal, aunque probablemente sea suficiente para garantizar que la rebaja fiscal será, sobre todo, un claro lastre para el crecimiento económico: aunque la rebaja de impuestos tenga algún efecto positivo sobre los beneficios totales generados en EE UU (lo cual resulta dudoso), este se verá probablemente más que contrarrestado por el aumento del porcentaje de beneficios que perciben los extranjeros en vez de los ciudadanos estadounidenses. Así y todo, incluso en EE UU, 40.000 millones por aquí, 40.000 millones de dólares por allá, y al final estamos hablando de dinero de verdad. Es más, parece oportuno señalar que aunque Trump se jacte de quitar dinero a los extranjeros, sus políticas reales están haciendo exactamente lo contrario.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía © The New York Times, 2019.Traducción de News Clips. Se adhiere a los criterios de 

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26.19.-EL ‘HOMBRE DEL DÉFICIT’ Y LAS ELECCIONES DE 2020 Paul Krugman

Es probable que el impulso económico motivado por el desfase presupuestario haya llegado demasiado pronto para ayudar políticamente a Trump

La rebaja fiscal ha permitido a muchas empresas de Wall Street recomprar grande paquetes de acciones propias JOHANNES EISELE AFP

He oído a varias personas insinuar que las elecciones de 2020 serán una especie de prueba: ¿puede un presidente lo bastante horrible perder unas elecciones a pesar de la bonanza de la economía? Y esa es, en efecto, la prueba que pasaríamos si las elecciones fuesen mañana. Por una parte, Donald Trump no pierde ninguna oportunidad de recordarnos lo espantoso que es. Su última incursión en el racismo manifiesto encanta a sus bases, pero repele a todos los demás. Por otra parte, dirige una economía en la que el desempleo es muy bajo y el PIB real creció un 3,2% a lo largo del pasado año. Pero las elecciones no se van a celebrar mañana, sino dentro de 15 agotadores meses. La personalidad de Trump no va a cambiar, a menos que sea a peor, lo cual es posible. Pero la situación de la economía podría ser significativamente diferente.

19 jul 201919 jul 2019.- Hablemos entonces de la economía de Trump. Lo primero que tienen que saber es que su bajada de impuestos provocó un enorme aumento del déficit presupuestario, que el Gobierno prevé que alcance el billón de dólares este año, cuando en 2016 era inferior a 600.000 millones. Esta oleada de números rojos es más extraordinaria si cabe de lo que parece, porque se ha producido a pesar de la bajada del desempleo, que normalmente hace que disminuya el déficit.

Por extraño que parezca, ninguno de los republicanos que nos advertía del apocalipsis de la deuda cuando Barak Obama era presidente se ha quejado de los déficits de Trump. Es más, hasta los centristas que estaban obsesionados con la deuda federal durante la época de Obama han estado bastante calladitos. Es evidente que los déficits solo importan cuando hay un demócrata en la Casa Blanca. Ah, y la inminente crisis fiscal de la que gente como Erskine Bowles solía advertirnos sigue sin producirse: los tipos a largo plazo se mantienen muy bajos.

Se suponía que los menores impuestos elevarían la inversión empresarial; pero eso no está sucediendo

Ahora bien, las pruebas respecto a las consecuencias del déficit presupuestario son claras: proporciona a la economía un impulso durante un corto periodo de tiempo, incluso aunque nos acerquemos al pleno empleo. En cualquier caso, el repunte del crecimiento con Trump ha sido menor del esperado si tenemos en cuenta el incremento del déficit, tal vez porque la bajada de impuestos estuvo muy mal diseñada o quizás porque las guerras comerciales de Trump han desincentivado el gasto empresarial.

Pero de momento, el “hombre del déficit” está ganando al “hombre de los aranceles”. Como he dicho, el crecimiento ha sido bueno durante el último año. Pero se suponía que el recorte fiscal iba a ser algo más que un estímulo keynesiano a corto plazo. Se vendió como algo que mejoraría considerablemente el rendimiento a largo plazo de la economía; en concreto, se suponía que unos tipos impositivos más bajos para las empresas darían lugar a un enorme incremento de la inversión empresarial que, entre otras cosas, impulsaría una importante subida de los salarios. Y este importante aumento del crecimiento a largo plazo provocaría supuestamente un subidón de la recaudación tributaria, lo que compensaría el coste inicial de los recortes de impuestos.

Nada de esto está pasando. Las empresas se quedan con una parte mayor de sus beneficios, pero han estado utilizando el dinero para volver a comprar sus propias acciones, no para elevar la inversión. Los salarios están aumentando, pero no a un ritmo extraordinario, y muchos estadounidenses no tienen la sensación de estar beneficiándose de las ventajas de una economía que crece.

Y esto es probablemente lo mejor que se puede decir. No vaticino una recesión. Podría ocurrir, y estamos muy mal posicionados para reaccionar si ocurre, pero lo más probable es que solo se produzca una desaceleración a medida que desaparezcan los efectos del derroche deficitario. De hecho, si creen en los “pronosticadores del ahora” (economistas que tratan de analizar prematuramente la economía basándose en datos parciales), esa desaceleración ya se está produciendo. Por ejemplo, el Banco de la Reserva Federal de Nueva York cree que el crecimiento de la economía descendió hasta el 1,5% en el segundo trimestre.

Quizás el repunte económico impulsado por el desfase presupuestario no benefice mucho a Trump

Resulta difícil pensar de dónde podría proceder otro estímulo económico. Como los demócratas controlan la Cámara de Representantes, no habrá otra gran bajada de impuestos. Es posible que la Reserva Federal baje los tipos de interés, pero esas bajadas ya se han tenido en cuenta en los tipos de interés a largo plazo, que son los que importan para el gasto, y parece que la economía se está frenando en cualquier caso.

Lo que nos lleva otra vez a las elecciones de 2020. Los politólogos han llevado a cabo muchos estudios sobre el impacto electoral de la economía, y por lo que yo sé, todos coinciden en que lo que importa es la tendencia, no el nivel. La tasa de desempleo todavía superaba el 7% cuando Ronald Reagan logró una victoria aplastante en 1984; y era del 7,7% cuando Obama ganó en 2012. Sin embargo, en ambos casos, las cosas estaban mejorando claramente. Seguramente no va a pasar lo mismo el próximo año. Si no se produce una recesión, el desempleo seguirá siendo bajo. Pero el crecimiento económico posiblemente será mediocre en el mejor de los casos, lo que quiere decir, si la experiencia del pasado sirve de algo, que la economía no ayudará mucho a Trump y que será más o menos un elemento neutral. Y por otro lado, Trump seguirá siendo espantoso.

Los republicanos retratarán al candidato o candidata demócrata —sea quien sea— como un socialista radical dispuesto a abrir de par en par la frontera a las hordas de violadores de tez morena. Y hay que admitir que esta estrategia podría funcionar, aunque fallara el año pasado en las elecciones de mitad de mandato. Para ser sincero, me preocupan más las consecuencias del sexismo si el candidato es una mujer, y no solo el sexismo de los votantes, sino el de los medios de comunicación, que siguen midiendo a las mujeres por un rasero distinto. Pero en lo que a la economía se refiere, lo más probable es que el repunte impulsado por el déficit se haya producido demasiado pronto para beneficiar mucho a Trump.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía
© The New York Times, 2019
Traducción de News Clips

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  • 25.19.-LA NUEVA CONSPIRACIÓN CONTRA EL OBAMACARE Paul Krugman
  • EL SOCIALISMO ESTADOUNIDENSE Y LA «IZQUIERDA DE LO POSIBLE» Entrevista a Bhaskar Sunkara – Nicolas Alle
  •  LA MONEDA DE FACEBOOK SE MERECE UN “NO ME GUSTA” – Joseph E. Stiglitz

Manifestantes en favor del Medicare. WIN MCNAMEE (GETTY IMAGES)

La Ley de Atención Sanitaria Asequible (ACA, por sus siglas en inglés) fue una reforma imperfecta e incompleta. Los compromisos políticos necesarios para sacarla adelante en el Congreso crearon un sistema complejo que dejaba fuera a demasiada gente. Su financiación también era insuficiente, y por eso, los copagos son a menudo dolorosamente elevados. Y la ley ha sido saboteada por los Gobiernos estatales controlados por el Partido Republicano, y desde 2017, por el Gobierno de Trump.

12 JUL 2019. -Sin embargo, a pesar de todo eso, la ley ha mejorado enormemente las vidas de muchos estadounidenses, y, en muchos casos, ha salvado vidas que, de otra manera, se habrían perdido por una atención sanitaria inadecuada. Los progresos han sido más espectaculares en los Estados que han intentado que funcione la ley. Antes de que la ACA entrase en vigor, el 24% de los adultos californianos que eran demasiado jóvenes para disfrutar de Medicare no estaban asegurados. Actualmente esa cifra ha descendido hasta el 10%. En Virginia Occidental, los no asegurados pasaron del 21% al 9%. En Kentucky, cayeron del 21% al 7%. En general, aproximadamente 20 millones de estadounidenses que no habrían tenido seguro sanitario sin la ACA ahora lo tienen.

Por otro lado, ninguna de las alarmantes predicciones que hicieron los conservadores sobre la ley se ha cumplido. No hundió el presupuesto, y, de hecho, los déficits han disminuido de manera constante incluso cuando la ACA entró en vigor. No ha disuadido a los trabajadores de aceptar trabajos: el empleo de los estadounidenses entre 25 y 54 años vuelve a ser como antes de la crisis económica. Y a pesar de los denodados esfuerzos de Donald Trump por socavarlo, el sistema no está en una “espiral mortal” porque las aseguradoras ganan dinero y las primas se han estabilizado.

A pesar de los esfuerzos de Trump por socavarlo, las aseguradoras ganan dinero y las primas se han estabilizado

En resumidas cuentas, el Obamacare es un éxito. Y los ciudadanos estadounidenses desaprueban en gran medida los intentos republicanos de destruirlo, que se podría decir que es la principal razón por la que a los demócratas les fue tan bien en las elecciones de mitad de mandato.

Pero los republicanos siguen odiando la idea de ayudar a los estadounidenses a recibir la atención sanitaria que necesitan. Siguen decididos a destruir los avances que hemos conseguido. Y por si no se han dado cuenta, el Partido Republicano actual no cree que la voluntad de los votantes deba determinar la política, o que el Estado de derecho tal como se entiende normalmente deba limitar los esfuerzos de la derecha para conseguir lo que quiere.

Lo que me lleva a la demanda federal que actualmente se ventila ante el Tribunal de Apelación del Quinto Circuito, una demanda interpuesta por los fiscales generales de 18 Estados, y respaldada por el Gobierno de Trump. Esta demanda afirma que toda la ley es inconstitucional y debería anularse. Los argumentos de los demandantes son claramente engañosos y han sido planteados con evidente mala fe. Pero un juez de un tribunal inferior ya se ha pronunciado a favor de la demanda, y los primeros indicios dan a entender que los dos jueces nombrados por los republicanos del tribunal compuesto por tres jueces que estudia el recurso podrían estar de acuerdo.

Los republicanos siguen odidando la idea de ayudar a los estadounidenses a tener la atención que necesitan

Pero, esperen, ¿no hemos vivido esto ya antes? Sí. En 2012, el Tribunal Supremo dictaminó que el Obamacare era efectivamente constitucional. En un litigio fundamental, la constitucionalidad de la obligación personal (el requisito de que las personas estén aseguradas o paguen una multa), el presidente del Tribunal Supremo, John Roberts, dictaminó que la multa constituía un impuesto, y que los impuestos son claramente constitucionales. Por tanto, la ley se mantuvo.

Entonces, ¿por qué se está volviendo a pleitear por esto? Bueno, en 2017, el Congreso controlado por los republicanos, después de resistirse a revocar la ACA, redujo la multa por no estar asegurado a 0 dólares, lo que eliminaba de hecho la obligación. Ajá, dijeron los que se oponían a la ley: como ya no se recauda dinero con la obligación, no es un impuesto, luego, es inconstitucional, y, por tanto, toda la ley lo es.

Hasta donde yo sé, una amplia mayoría de expertos legales considera que este argumento es ridículo, y por tanto, lo es. Después de todo, afirma que la ACA sería constitucional si el Congreso hubiese eliminado explícitamente la obligación, en vez de convertirla simplemente en irrelevante; la ley también sería constitucional si se hubiese mantenido una multa positiva, por muy pequeña que fuese, por ejemplo un dólar, porque entonces seguiría siendo un impuesto.

No soy abogado, pero estoy bastante seguro de que si un argumento legal tiene consecuencias absurdas, es un argumento absurdo. Sin embargo, como he dicho, un juez republicano ya ha dictaminado a favor de esta estupidez, y parece al menos posible que dos de los jueces del tribunal de apelación sigan su ejemplo. Incluso si lo hacen, el caso se recurrirá ante el Tribunal Supremo, que probablemente —probablemente— rechazará la demanda. Pero pocos se habrían imaginado que llegase lo lejos que ha llegado. Yo diría que lo que estamos viendo tiene dos consecuencias importantes. La primera es que el partidismo de la derecha ya ha corrompido gran parte del poder del judicial. A estas alturas, está claro que hay muchos jueces que se pronunciarán a favor de lo que quiera el Partido Republicano, independientemente de lo débiles que sean los argumentos legales.

La segunda es que, aunque el Obamacare forme parte ahora del tejido de la vida estadounidense, y aunque muchos de sus beneficiarios sean votantes republicanos piensen en su número en Kentucky y en Virginia Occidental, Trump y su partido están más decididos que nunca a acabar con él. Y lo que esto significa a su vez es que las elecciones de 2020 serán otro referéndum sobre la atención sanitaria. Si usted es un estadounidense que padece una enfermedad preexistente, o que no tiene un trabajo con beneficios sanitarios, debería saber que si Trump resulta reelegido, de una manera o de otra, le quitará su seguro sanitario.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía © The New York Times, 2019Traducción de News ClipsSe adhiere a los criterios de Más información >https://elpais.com/economia/2019/07/12/actualidad/1562932353_741313.html

 

25.19.-EL SOCIALISMO ESTADOUNIDENSE Y LA «IZQUIERDA DE LO POSIBLE» Entrevista a Bhaskar Sunkara – Nicolas Allen                                    

El socialismo en Estados Unidos tiene una larga y rica historia. Y hoy vive uno de sus momentos más intensos. Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de socialismo en Estados Unidos? El director de la revista Jacobin, Bhaskar Sunkara, lo explica en esta entrevista.

Mayo – Junio 2019.- Cuando Bhaskar Sunkara fundó la revista Jacobin a fines de 2010, tenía una ambición tan sencilla como imponderable: saltar la barrera que había mantenido aislados a venerables proyectos editoriales del marxismo anglosajón –New Left ReviewMonthly ReviewDissent– y colocar el socialismo en el centro del debate mainstream estadounidense. Esa audacia fundante vino acompañada de una apuesta estilística: un socialismo empaquetado en un lenguaje comunicativo y propositivo, un diseño gráfico innovador y una actitud insurgente. De ahí, sus primeros éxitos. Cinco años más tarde, Jacobin ya era la indiscutida vocera de la izquierda estadounidense, pero faltaba un golpe de fortuna para que cumpliera con su principal objetivo. La campaña de Bernie Sanders de 2015 marcó un antes y un después: el «socialismo democrático», etiqueta que Sanders usa para definir su propia adscripción política, se volvió de pronto una expresión de uso común y un objeto de fascinación, y también de fuerte rechazo, para un público estadounidense que hasta hace poco miraba esa etiqueta con la misma incredulidad que a una invasión alienígena.

A su vez, «socialismo democrático» remitía a una de las influencias constitutivas de la revista: la agrupación Socialistas Democráticos de Estados Unidos (dsa, por sus siglas en inglés). Si bien perfilaban tendencias diversas en las páginas de Jacobin –donde se debatía sobre los méritos del comunismo italiano, León Trotski, Karl Kautsky, Ralph Miliband o el eurocomunismo–, la nueva visibilidad del socialismo democrático echó luz sobre la misión ideológica de la revista. No en vano muchos integrantes de su línea fundadora también militaban en dsa: tanto la revista como la organización –que no es un partido– entrañaban una estrategia dialoguista y buscaban polemizar con el sentido común liberal (en el sentido estadounidense, donde casi es sinónimo de progresista) con el fin de ganar nuevos adeptos al socialismo.

Como relata Sunkara, el triunfo de Donald Trump en 2016 fue el golpe de gracia. La derrota de los demócratas por una figura ampliamente rechazada dinamitó la legitimidad del partido y abrió un vacío que pronto se llenaría de nuevas figuras de la izquierda insurgente. Alexandria Ocasio-Cortez, Rashida Tlaib e Ilhan Omar son los nombres que más resuenan en los medios hegemónicos, pero detrás de ellos hay una camada de socialistas, en gran parte afiliados a dsa, muchos con menos que 30 años, que vienen registrando victorias electorales en todo el país.

Aunque no tenga la omnipresencia mediática de Ocasio-Cortez, Sunkara es regularmente convocado a cnn y otros canales masivos para disertar sobre el socialismo. Su nuevo libro, The Socialist Manifesto1 [El manifiesto socialista], es una buena síntesis del tono que venía elaborando en su trabajo editorial: programático, agresivo, pero también jocoso y optimista. Cabalgando en la nueva ola socialista, Jacobin incluye, además de las versiones impresa y digital (con un millón de visitas por mes), una publicación teórica llamada Catalyst, la revista británica TribuneJacobinItalia y, dentro de poco, una edición brasileña de la misma revista.

Según una reciente encuesta de Gallup, 51% de los jóvenes estadounidenses de entre 18 y 29 años tiene una opinión favorable del socialismo, mientras que solo 45% tiene una mirada positiva sobre el capitalismo. ¿A qué le atribuye la sorpresiva popularidad del socialismo?

El término «socialismo», obviamente, ha sido usado en un sentido muy vago. Cuando la gente habla de socialismo en Estados Unidos suele referirse a una expansión del Estado de Bienestar. Parte de la popularidad del socialismo tiene que ver con que, a pesar de que la Guerra Fría terminó hace tiempo, la derecha estadounidense sigue usando el fantasma del socialismo para vilipendiar reformas que son meramente liberales. Incluso aquellas que los socialistas no necesariamente apoyan, como el Obamacare impulsado por Barack Obama para mejorar, con ciertos límites, la cobertura sanitaria. Creo que la derecha estadounidense, irónicamente, ha logrado quitarle a la palabra algo del miedo que transmitía al repetirla una y otra vez. También creo que la gente en general siente que el capitalismo no está funcionando para ella, o no está funcionando como debería. Parte de esto, en mi opinión, es lo que está detrás de esa encuesta.

Luego estuvo la campaña de Sanders. Por un azar de la historia, Sanders se define a sí mismo como socialista democrático. Sanders se politizó en el entorno del socialismo democrático e incluso de joven integró la Liga de la Juventud Socialista (Young People’s Socialist League), el brazo juvenil del Partido Socialista de Estados Unidos. Pero yo creo que la revista Jacobin, así como algunos sectores de la izquierda estadounidense, jugó un rol importante en la capitalización del enojo que la gente sentía con el liberalismo. Occupy Wall Street, el levantamiento de Wisconsin de 2011, la reciente ola de huelgas de maestros, todos estos procesos están mostrando el creciente descontento ante cierto tipo de políticas de los demócratas liberales. Incluso Black Lives Matter, un movimiento nuevo que denuncia el racismo y la violencia contra las personas negras, nació ante el descontento con los mismos políticos negros electos, que eran justamente demócratas liberales. Jacobin logró delinear una política a la izquierda del liberalismo reinante y enunciar que este tipo de política es, en términos amplios, una política socialista democrática. Para usar un clisé: el surgimiento de Sanders y el descontento generado por las políticas liberales crearon las «condiciones objetivas» para que emerja una suerte de revuelta a la izquierda del centro liberal. Sin embargo, esa revuelta fácilmente podría haber adoptado un lenguaje más populista, como el de Podemos. Tanto por la revista Jacobin como por la existencia de redes socialistas en eeuu, por nuestra capacidad de competir por encima de nuestra categoría –siendo numéricamente minoritarios pero con gran alcance mediático–, el debate se ha polarizado en torno del socialismo.

No estoy del todo seguro de que haya sido positivo que el debate se haya desarrollado de esta forma. Lo que sí sé es que, si Jacobin tiene algún crédito en esto, es en relación con el lenguaje que se está utilizando.

Es interesante lo que dice sobre lo fortuito de que el término «socialismo» se haya instalado. Por más de un siglo la pregunta parece haber sido: ¿por qué no hay socialismo en eeuu?2 Ahora que el término está en circulación, tal vez sea el momento de recuperar la historia del socialismo en eeuu y redescubrir algunas figuras olvidadas, como Eugene Debs, Mother Jones o Bayard Rustin.

Claro, vale la pena recordar que el socialismo no fue inorgánico a la política estadounidense. Ha sido más episódico que ausente. Hace más de 100 años teníamos la primera ola de socialismo estadounidense, y fue el mejor tipo de socialismo. Fue el mejor en el sentido de que se «habló» socialismo en un lenguaje estadounidense, abarcando las diferentes lenguas del país: el socialismo judío del Lower East Side de Nueva York, las tradiciones populistas del centro y sur del país, el sindicalismo de los mineros del oeste, los grupos socialistas cristianos. Basta mirar el caso de Eugene Debs, un ateo y fundador del Partido Socialista, y observar cómo él también hablaba como un pastor cristiano. El socialismo reemergió con la Gran Depresión de la década de 1930 y otra vez con la Nueva Izquierda en los años 60. Y ahora está de nuevo, pero de una forma diferente. En otras palabras, hoy es necesario ubicarnos dentro de una tradición socialista estadounidense.

Pero lo que es tan importante como inusual respecto del socialismo estadounidense es que estuvo totalmente ausente de la escena política desde la Nueva Izquierda hasta hoy. Lo que eso significa es que hoy podemos presentarnos como una fuerza insurgente: nunca estuvimos en el poder, nunca fuimos responsables de una política de austeridad, como la socialdemocracia europea. La situación actual nos permite trabajar con la campaña de Sanders –la expresión masiva de la centroizquierda en eeuu– y levantar un programa propio que, en líneas generales, es socialdemócrata. Este programa es visto por muchos en eeuu como una insurrección o una revolución política, aunque en cualquier otro lugar del mundo podría ser visto con otros ojos, incluso como simples retoques tecnocráticos. También podemos invertir la pregunta que usted plantea: por más que haya una tradición socialista, ¿por qué en eeuu no se ha desarrollado un partido laborista o un partido socialdemócrata? Para ser breve, yo creo que esto tiene mucho que ver con la contingencia: perdimos batallas claves en ciertos momentos de la historia. En primer lugar, en el contexto de la temprana industrialización estadounidense hubo una división inicial entre los sindicatos artesanales y los nacientes sindicatos industriales. Además, eeuu tuvo siempre una inusual estructura partidaria que dificultó la existencia de terceros partidos. Cuando el socialismo comenzó a crecer en el país en 1890, muchos votantes –mayormente varones blancos que accedieron tempranamente al sufragio– ya tenían cimentadas sus lealtades partidarias hacia alguno de los dos partidos mayoritarios, Demócrata o Republicano. Y hay además otro tipo de razones históricas para la ausencia de un partido socialdemócrata. El Estado fue muy violento a la hora de reprimir cualquier conflicto laboral. Y el tamaño del país sumó otras dificultades: las distintas células del socialismo estadounidense eran difusas y no tenían un aparato centralizado como sí existía en otras partes del mundo, como ocurrió con los partidos de la Segunda Internacional, el Partido Socialdemócrata de Alemania [spd, por sus siglas en alemán] en 1880, o los bolcheviques durante sus años de actividad clandestina o semiclandestina. Es una cuestión complicada que intento abordar en The Socialist Manifesto. Los socialistas siempre estuvimos presentes, en pequeñas células, y yo realmente creo que vamos a ver un renacimiento. Puede que ese renacimiento no use exactamente el vocabulario político que como socialistas nos gustaría. De todos modos, va a haber una creciente fuerza de centroizquierda, igualitaria, un movimiento con base social. La corriente sanderista en la política estadounidense no se va ir a ninguna parte, llegó para quedarse. Ahora, si el uso actual del lenguaje socialista, dsa o Jacobin estarán por mucho más tiempo, es algo de lo que estoy menos seguro.

Señala la idea de un socialismo vernáculo, que había un socialismo hablado con acento estadounidense. ¿Hay en Jacobin un intento de adaptar el marxismo a la mentalidad estadounidense, al sueño americano y su fijación con la libertad? 

Yo creo que la base de nuestra política tiene que resonar con el sentido común de la mayoría de la gente. En eeuu, ya tenemos las mayorías para impulsar programas socialdemócratas. Ya tenemos la mayoría para impulsar una cobertura gratuita de salud para todos (Medicare for All) o un programa de empleo garantizado. Tenemos mayorías que piensan que la inmigración es algo positivo. La pregunta es cómo tomar estas preferencias políticas y convertirlas en una plataforma. Yo creo que la cuestión no es tanto cómo cambiar la conciencia de la gente –su conciencia no es una cosa tan terrible–, sino convencerla de que la política puede hacer una diferencia en su vida. Bajo el capitalismo, es perfectamente racional mantener la cabeza baja y no confrontar, porque por más que entre trabajadores y capitalistas haya una dependencia mutua, siempre va a ser una situación de poder asimétrica. Es racional que si alguien es despedido apele a la ayuda de sus amigos y su familia para seguir a flote, o que vaya a capacitarse y trate de salir adelante. Todas estas respuestas son más racionales, en las condiciones actuales, que ir a la huelga o involucrarse en un movimiento político. Nuestro objetivo como socialistas es decirle a la gente que la política tiene algunas soluciones para ella y que estamos para crear la estructura que canalice su malestar y que luche y defienda sus intereses. Soy muy optimista sobre la mentalidad de la mayoría de la población estadounidense, soy optimista de que habrá tarde o temprano una mayoría progresista duradera en este país, como ha existido en otros.

Cuando habla de «nosotros», ¿se refiere a dsa?

No, me refiero al socialismo en eeuu y a la izquierda en general. No creo que dsa sea una organización lo suficientemente coherente como para que podamos hablar en términos de «nosotros». Cualquiera puede afiliarse a la organización. Es la izquierda estadounidense. Dentro de dsahay anarcocomunistas, socialdemócratas, socialistas democráticos y trotskistas. Tenemos muchas tendencias dentro del arco de dsa, y por lo general no están organizadas en facciones, están mayormente trabajando en conjunto, lo que es algo bueno. No es la misma organización a la que yo me afilié en 2007 cuando tenía 17 años. Aun así, dsa solo llega a tener 60.000 afiliados, entonces está bien que no sea coherente, dirigida por un comité central que se cree la vanguardia de la clase obrera estadounidense, porque en definitiva somos un país con 330 millones de habitantes. Y aunque creo que debemos ser ambiciosos, debemos rechazar esas viejas arrogancias de cierta izquierda tradicional.

Nuestra misión es participar en coaliciones con corrientes mucho más amplias. Yo veo el papel del socialismo como formador de una red con capacidad de intervenir en diferentes movimientos, particularmente el movimiento obrero, para incrementar los niveles de conciencia de clase y radicalizar las luchas; pero no necesariamente que el socialismo sea el movimiento. Y esta consideración no es tanto una consigna política, o un miedo al centralismo democrático o a los movimientos vanguardistas, sino más bien una cuestión práctica. Estamos en un momento histórico de debilidad de la izquierda. No deberíamos sobredimensionar o inflar las cosas buenas que están sucediendo. Es una trampa clásica de la izquierda decir: «Tenemos 50.000 miembros hoy, ayer teníamos 5.000, así que mañana tendremos millones y nos convertiremos en un partido de masas». No veo que eso sea lo que está sucediendo.

¿Puede comentar un poco más sobre la historia de dsa?

dsa tiene sus raíces en una organización llamada Comité Organizador de los Socialistas Democráticos [dsoc, por sus siglas en inglés], fundado por una división de lo que fue el Partido Socialista de Estados Unidos [spa, por sus siglas en inglés]. El spa tuvo un masivo declive luego de su época dorada y llegó a ser un simple caparazón de sí mismo a principio de los años 70. En sus últimos días, en la década de 1970, el spa se había dividido en un sector de izquierda, uno de centro y otro de derecha. La izquierda todavía se aferraba a la insistencia de Debs en la absoluta independencia política de la clase obrera y estaba muy enfocada en competir electoralmente como socialistas independientes, sin vínculos con el Partido Demócrata. El sector de derecha se había vuelto casi indistinguible del liberalismo de la Guerra Fría: anticomunistas feroces, también habían revisado sus posturas sobre la burocracia sindical y efectivamente abrazaron la central burocratizada –la Federación Estadounidense del Trabajo y Congreso de Organizaciones Industriales [afl-cio, por sus siglas en inglés]– como una posible vanguardia de un nuevo movimiento reformista en eeuu. Ese era el sueño de, por ejemplo, el activista Bayard Rustin, quien quería conectar una parte del movimiento obrero con la corriente más mainstream del movimiento de derechos civiles y convertir esa confluencia en una fuerza socialdemócrata. Rustin combinó su apoyo a la Guerra de Vietnam y su adhesión al anticomunismo con un deseo de no separar la izquierda de la base social obrera para armar una futura fuerza socialdemócrata. En el centro estaban Michael Harrington y su gente. Harrington, una suerte de sucesor de Norman Thomas3, era el socialista más destacado en eeuu. Había escrito unos años atrás un best-seller sobre la pobreza, The Other America [La otra América], que inspiró el programa de bienestar social de Lyndon B. Johnson: la llamada «War on Poverty» [guerra contra la pobreza]. La postura de Harrington era buscar un punto medio: no ceder a las tendencias de derecha del partido, oponiéndose a la Guerra de Vietnam –más tibiamente de lo que nos hubiera gustado–, pero, al mismo tiempo, confiando en que el Partido Demócrata podía realinearse y convertirse en una fuerza próxima a los partidos socialdemócratas europeos. Vale recordar que, en esos años, la socialdemocracia europea aún tenía fuertes tendencias de izquierda y parecía posible una transición de la democracia social al socialismo democrático. Luego, en los años 80, el dsoc se fusionó con el New American Movement [Nuevo Movimiento Estadounidense], un movimiento más activista que se desprendió de la Nueva Izquierda y que estaba un poco más orientado a la militancia sindical. De esa fusión emergió dsa. Harrington convocó a una nueva coalición de la izquierda obrera con los demócratas progresistas: algunos, como David Dinkins, el primer alcalde negro de Nueva York, eran miembros de dsa. Un demócrata como Ted Kennedy brindó un discurso en el funeral de Harrington en 1989. Es decir, dsa planteó un juego político: mantener un pie dentro y otro fuera del Partido Demócrata, con la idea de que la organización se pudiera convertir en el «ala izquierda de lo posible». Tras la muerte de Harrington, la organización se corrió aún más a la derecha y derivó en algo irrelevante. Cuando yo me incorporé en 2007, dsa estaba básicamente muerto, con menos de 5.000 miembros. Descontentos con la organización, los jóvenes como yo bromeábamos con que nos habíamos convertido en el «ala derecha de lo imposible». El conflicto en este punto se centró en las tensiones entre los jóvenes, una generación ubicada más a la izquierda, que era crítica del acercamiento de dsa al Partido Demócrata, y los contemporáneos a Harrington, que estaban tratando de mantener viva la organización.

A fines de 2010 surgió Jacobin. A pesar de que la revista era independiente, muchos de quienes participaban en el proyecto eran cercanos a dsa. E integrantes de Jacobin que también eran miembros de dsa, como Amber Frost y Elizabeth Bruenig, empezaron a destacarse. Jacobin comenzó a crecer con el movimiento Occupy Wall Street en 2011. Pero, al igual que dsa, nuestro verdadero crecimiento sucedió en la campaña de Sanders de 2015-2016. dsa pasó de 6.000 a 12.000 miembros durante la campaña. En general, se unían jóvenes con una presencia fuerte en las redes sociales. Muchos de ellos trabajaban en los medios o en otros campos, de modo que eran muy visibles. Pero la verdadera explosión de la organización, en términos de cantidad de miembros, tuvo lugar con la elección de Trump, cuando la membresía creció por encima de los 30.000 adherentes. Mucho de lo sucedido fue por azar: empezamos a recibir una cobertura favorable en los medios y la gente comenzó a googlear«democratic socialism».

Una vez que se alcanza cierto tamaño y se mantienen reuniones por todo el país, en ocasiones con cientos de asistentes, entonces el proceso de sumar más miembros funciona por sí mismo: un amigo o una amiga pregunta qué vas a hacer más tarde, y respondes «Voy a una reunión política, súmate si quieres». De ahí el crecimiento se volvió más orgánico, pero es realmente interesante ver lo azaroso que ha sido este crecimiento, impulsado en gran parte por internet.

Lo mismo se puede decir del fenómeno Sanders. Siempre cuando quiero explicarles a mis amigos trotskistas y de otros países que están tratando de comprender esto en un contexto internacional, les digo: hay un nivel de fortuna y contingencia. No es posible entender la de Sanders como una campaña electoral tradicional de izquierda, como si hubiera un movimiento social de izquierda del que Sanders sería el reflejo electoral. Esto tendría sentido en otros momentos del siglo xx, cuando se podía decir que el peso de los partidos socialdemócratas en los parlamentos era un reflejo del peso del movimiento obrero, pero hoy parece observarse una situación opuesta. Sanders está surgiendo de un vacío y está, de hecho, generando militancia, no cooptando o reflejando fuerzas extraparlamentarias. Lo mismo sucede con dsa, que a través de internet y con una cobertura mediática favorable, está alcanzando a muchas personas de orientación liberal que terminan acudiendo a la organización. No se me ocurre un antecedente de algo similar en otro país.

Se podría decir de Podemos que muchos de sus fundadores estaban vinculados previamente a grupos tradicionales de izquierda y luego intentaron conscientemente abandonar el lenguaje de la izquierda más tradicional para adoptar una retórica más populista. La ironía en eeuu es que estamos haciendo lo inverso a Podemos: estamos reclutando a un montón de liberales desilusionados que hablan un lenguaje político más familiar a la mayoría de los estadounidenses y convirtiendo a esos liberales en socialistas. De repente, esos liberales están participando en esotéricos debates sobre Nicos Poulantzas o Ralph Miliband.

Obviamente, es genial que más personas se nucleen alrededor de ideas más radicales, dado lo radicales que son los problemas que enfrenta el mundo hoy. Pero a veces veo personas que adoptan una retórica alienante y quiero recordar que muchas veces son las mismas personas que apoyaban a Hillary Clinton en 2016.

De cualquier modo, no puedo explicar completamente el auge del socialismo y de dsa. Pero la huella de la cultura masiva estadounidense –o el imperialismo cultural– significa que todo lo que hagamos aquí será amplificado.

Algunos elementos que comenta –la contingencia y el rol de los medios en la construcción política– me recuerdan un libro interesante de Paolo Gerbaudo que recién fue publicado en inglés: The Digital Party4. Allí el autor analiza partidos nuevos como Podemos o figuras como Sanders y subraya la naturaleza paradójica de esta nueva izquierda hipermediática: por un lado, el peso de la imagen favorece la creación de un culto a la personalidad –se me viene a la mente también Alexandria Ocasio-Cortez– y también formas organizativas extremadamente verticales. Pero por otro lado, alienta una forma de compromiso militante muy descentralizada, con formas difusas de membresía. ¿Lidian con estas preguntas mientras intentan formar una organización masiva y democrática?

dsa es radicalmente democrático, tal vez la organización más democrática que haya en la izquierda hoy, casi en exceso. Sanders es un político a cuya campaña podemos dar forma e influenciar: si no nos gusta una política que él está proponiendo –un copago en el Medicare, por ejemplo–, podemos mandar un mensaje a través de canales internos y también a través de una petición externa. Yo creo que podemos darle forma a su campaña. Pero no hay duda de que somos a su vez impulsados por la energía de lo que él está generando. Por supuesto, una fuerza minoritaria puede hacer la diferencia. Si miramos la lucha de los sindicatos docentes de eeuu, la ola de huelgas ha sido impresionante, pero detrás de ellos hay un par de miles de personas que galvanizan la actividad política de todo el país. Yo creo que esta es la naturaleza de la política. La clave es que tu programa sea aceptado ampliamente y que tengas medios democráticos para promover la acción política, reflejando sus decisiones y también disciplinando a los políticos electos (ahora mismo, más allá del experimento en Chicago, no hay votaciones en bloque realmente disciplinadas de parte de los socialistas5).

Lo que estoy tratando de decir es que eventualmente vamos a necesitar un partido a la izquierda del liberalismo. En esta cuestión, al menos en el contexto europeo, yo soy muy tradicional, en el sentido de conservar algunas viejas cosas que ya funcionaron. Creo que Podemos, por ejemplo, es un partido increíblemente poco democrático. En vistas de lo que está sucediendo en Francia y en otros lugares con el llamado retorno del populismo, a mí me gusta una parte de la retórica populista, pero me gustaría aún más que solo fuese eso, retórica; que detrás de los líderes carismáticos todavía haya un proceso de construcción de partido en un sentido más tradicional. Soy más permisivo con las tendencias populistas aquí en eeuu, porque creo que estamos en una situación «prepartidaria» todavía. Es preciso entender esto: la situación política estadounidense es tal que ni siquiera tenemos verdaderos partidos políticos, es decir, no tenemos partidos sostenidos en afiliados. Yo me registré en el Partido Demócrata cuando tenía 18 años y me pasé los siguientes 11 años criticando el Partido Demócrata sin parar. No me expulsaron porque, según la propia lógica institucional de los partidos, legalmente no me pueden expulsar. Es una situación extraña y nos da espacio, por ahora, para organizar a los socialistas alrededor de las primarias, aunque eventualmente tendremos que romper definitivamente con los demócratas en algún momento.

Mencionó la idea de convertir a los liberales al socialismo. Me parece que gran parte de la apuesta de Jacobin es justamente esa: polemizar, de buena fe, con una tradición ajena, el liberalismo, para destruir algunas vacas sagradas de esa misma ideología, como la libre competencia, el individualismo emprendedor y la autosuficiencia, y ciertas versiones de la política de la identidad.

La idea siempre fue dividir el liberalismo en distintos sectores, porque vivimos en un país donde el lenguaje del socialismo está en gran parte ausente. Entonces, cuando hablamos de liberalismo, no estamos interesados en aquellos individuos que tuvieron plena conciencia de una política de izquierda y la rechazaron optando por otra posición. Nos interesa la gente a la que jamás se le presentó una alternativa. De ese segundo grupo, muchos hace poco tiempo se llamaban liberales y votaban a los demócratas –muchos de nuestros liberales en eeuu son en realidad socialdemócratas que carecen de un lenguaje para reconocerse como tales–. Por mi parte, yo pondría el énfasis en aquellos sectores despolitizados, que raras veces votaron y que cuando votan lo hacen por los demócratas. Este grupo ni siquiera se identifica con algo que se podría llamar una ideología liberal. Esta distinción es importante en el contexto estadounidense. Desde la izquierda, tenemos que avanzar con mucha humildad y paciencia cuando presentamos nuestra visión política. No tenemos una historia de éxitos a la que podemos apelar. No hay ningún motivo para que alguien se identifique como socialista en este país: nadie está en un sindicato con una tradición socialista, muy pocos tuvieron un integrante de su familia que militara en un partido socialista, o un abuelo que fuera perseguido por su afiliación socialista. La situación es diferente de la de otros países. Sí creemos que hay una necesidad moral detrás del movimiento socialista, pero esto dista mucho de ser una necesidad práctica en la vida cotidiana de la gente. Nuevamente, por eso necesitamos tener paciencia y humildad.

  1. B. Sunkara: The Socialist Manifesto: The Case for Radical Politics in an Era of Extreme Inequality, Basic Books, Nueva York, 2019.
  • Werner Sombart: ¿Por qué no hay socialismo en los Estados Unidos? [1906], Capitán Swing, Madrid, 2009.
  • Ministro presbiteriano estadounidense. Fue pacifista y candidato presidencial por el spa en seis ocasiones.
  • P. Gerbaudo: The Digital Party: Political Organisation and Online Democracy, Pluto Press, Londres, 2018.
  • Will Bloom: «Una ola socialista en Chicago» en Nueva Sociedad, edición digital, 4/2019, www.nuso.org.

25.19.-LA MONEDA DE FACEBOOK SE MERECE UN “NO ME GUSTA” – Joseph E. Stiglitz

Libra tendría que estar sujeta a las mismas normas de transparencia que se aplican al resto del sector financiero

 Logo de Facebook en un evento en París. THIBAULT CAMUS AP

13 JUL 2019.- Facebook ha decidido que el mundo necesita otra criptomoneda, y que crearla es el mejor modo de usar los inmensos talentos que tienen a su disposición. Que Facebook piense así es muy revelador de lo que anda mal con el capitalismo estadounidense del siglo XXI. En cierto sentido, es un momento curioso para lanzar una moneda alternativa. La queja principal contra las monedas tradicionales siempre había sido su inestabilidad: que la inflación acelerada e incierta les restaba utilidad como reservas de valor. Pero el dólar, el euro, el yen y el yuan han sido notablemente estables. En cualquier caso, el problema actual no es la inflación, sino la deflación.

El mundo también hizo avances en lo referido a la transparencia financiera, al dificultar el uso del sistema bancario para el lavado de dinero y otras actividades ilícitas. Y la tecnología hizo posibles transacciones eficientes en las que el dinero de los clientes se transfiere a los vendedores en nanosegundos, con un excelente nivel de protección contra el fraude. Lo último que necesitamos es un nuevo vehículo para sostener actividades ilícitas y lavar sus ganancias (que es el destino casi seguro de otra criptomoneda).

El problema real con las monedas y sistemas financieros actuales, que sirven como medios de pago y reserva de valor, es la falta de competencia entre las empresas que controlan las transacciones, así como su desregulación. Esto lleva a que los consumidores paguen por las transacciones mucho más de lo que deberían costar, llenándoles los bolsillos a Visa, Mastercard, American Express y los bancos, con decenas de miles de millones de dólares en “rentas” (ganancias excesivas) cada año. En EE UU, la enmienda Durbin a la ley de reforma financiera Dodd Frank de 2010 limita hasta cierto punto el cobro de comisiones excesivas en las tarjetas de débito, pero en relación con las tarjetas de crédito, donde es un problema mucho mayor, no hizo nada.

Otros países, como Australia, lo hicieron mucho mejor; por ejemplo, prohibiendo a las emisoras de tarjetas de crédito el uso de cláusulas contractuales que limitan la competencia. En cambio, parece que la Corte Suprema de EE UU, en otra de sus decisiones por cinco contra cuatro, hizo la vista gorda ante los efectos anticompetitivos de esas cláusulas. Pero incluso si EE UU decide tener un sistema financiero deficiente, Europa y el resto del mundo deben decir no. Defender la competencia no es antiestadounidense, como parece que insinuó Trump. Podríamos preguntarnos: ¿cuál es el modelo de negocio de Facebook, y por qué hay tantos interesados en su nuevo proyecto? Tal vez quieran una tajada de la renta que sacan las plataformas de procesamiento de transacciones. Que piensen que una mayor competencia no diluirá las ganancias es prueba de la confianza del sector empresarial en su capacidad de ejercer poder de mercado, y en su poder político para asegurar que el Estado no intervenga para poner límites.

Ahora que la justicia de EE UU ha vuelto a mostrarse decidida a debilitar la democracia, puede que Facebook y sus amigos crean que no tienen nada que temer. Pero la autoridad regulatoria debe intervenir. En el resto del mundo, en tanto, el dominio tecnológico estadounidense (con sus prácticas anticompetitivas) no genera tanto entusiasmo.

Supuestamente, el valor de la nueva moneda libra se fijará en relación con una cesta internacional de monedas y contará con un 100% de respaldo, tal vez, en la forma de una cartera variada de títulos públicos. Eso explica otra posible fuente de ganancias: al no pagar interés por los “depósitos” en monedas tradicionales que se cambien por libra, Facebook puede obtener una ganancia de arbitraje a partir de los intereses que reciba de esos “depósitos”. Pero ¿por qué alguien depositaría dinero en Facebook sin recibir intereses a cambio, pudiendo invertir con más seguridad en una letra del Tesoro? Hay dos respuestas obvias a la pregunta por el modelo de negocio: una es que quienes se dedican a prácticas ilícitas están dispuestos a pagar una buena suma por mantener ocultas esas actividades. Pero después de hacer tantos avances para impedir el uso del sistema financiero como herramienta del delito, ¿por qué alguien validaría una herramienta de esas características solo porque lleva el rótulo de “tecnológica”?

Si este es el modelo de negocio de libra, los Gobiernos deberían detenerlo de inmediato. Como mínimo, libra tendría que estar sujeta a las mismas normas de transparencia que se aplican al resto del sector financiero. Pero entonces, ya no sería una criptomoneda. También existe la posibilidad de explotar los datos derivados de las transacciones con libra, como cualquiera de los datos que caen en poder de Facebook; esto reforzaría su poder de mercado, y debilitaría todavía más nuestra seguridad y privacidad. Tal vez Facebook prometa que no lo harán, pero ¿quién va a creerles?

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Y queda la cuestión más amplia de la confianza. Todas las monedas se basan en tener la seguridad de que el fruto del trabajo “depositado” en ellas será rescatable en cualquier momento. El sector bancario privado tiene un largo historial de no ser confiable en este sentido, lo cual hizo necesarias nuevas regulaciones prudenciales. Pero en unos pocos años, Facebook se ganó un nivel de desconfianza que al sector bancario le llevó mucho más tiempo conseguir. Una y otra vez, la dirección de Facebook, puesta a elegir entre el dinero y honrar sus promesas, se quedó con el dinero. Y la creación de una nueva moneda es precisamente una cuestión de dinero. Solo un insensato pondría su bienestar financiero en las manos de Facebook. Pero tal vez se trate de eso: con tantos datos personales sobre unos 2.400 millones de usuarios activos al mes, ¿quién puede saber mejor que Facebook cuántos tontos nacen por minuto?

Joseph E. Stiglitz es premio Nobel de Economía.

© Project Syndicate, 2019.

Traducción: Esteban Flamini.

https://elpais.com/economia/2019/07/10/actualidad/1562751812_449073.html

24.19.-¿POR QUÉ TRUMP NO ACTÚA COMO UN POPULISTA DE VERDAD? Paul Krugman

Simpatizantes de Donald en un mitin en Pensilvania, en mayo de 2019 CreditEric Thayer para The New York Times

 “Adoro a la gente con poca educación”, declaró Donald Trump en febrero de 2016, después de una victoria decisiva en las primarias de Nevada. Y la gente con poca educación le corresponde la adoración: las personas blancas, sin un título universitario, son prácticamente el único grupo demográfico entre el cual Trump tiene más del 50 por ciento de aprobación.

En ese caso, ¿a qué se debe que Trump no ha estado dispuesto a hacer nada —en serio, nada— para ayudar a esa gente que lo instaló en la Casa Blanca?

19 jun 2019.- La prensa suele describir a Trump como un “populista” y lo agrupan junto a políticos como Viktor Orbán, de Hungría, que también han llegado a posiciones de poder al explotar el resentimiento entre votantes blancos en contra de personas migrantes y de élites mundiales. Y, en efecto, hay paralelos sólidos y aterradores: Orbán ha convertido en la práctica a Hungría en un Estado autoritario; conserva las formas de la democracia, pero el sistema ha sido amañado de tal modo que su partido tiene asegurado el poder de manera permanente.

Es alarmante la facilidad con que se puede uno imaginar a Estados Unidos por el mismo camino, y no en un futuro tan lejano: si Trump es reelecto el próximo año, podría ser el fin del experimento democrático estadounidense.

No obstante, el éxito de Orbán ha dependido en cierta medida de que reparte aunque sea unas cuantas migajas entre su base de votantes. Hungría ha instituido un programa de empleos públicos en las zonas rurales; ha ofrecido alivio de deuda, almuerzos y libros de texto gratuitos, entre otros. Todo esto gracias, en parte, a un aumento significativo de los impuestos.

Es cierto que esos empleos públicos en zonas rurales pagan salarios muy bajos y que Orbán también ha practicado un capitalismo clientelista a gran escala, bajo el cual ha enriquecido a una nueva clase de oligarcas. Sin embargo, al menos hay una pizca de populismo verdadero, de políticas que en realidad sí ofrecen algunos beneficios a los desprotegidos que lo votaron.

En 2016, durante su campaña, Trump sonaba como si pudiera ser un populista al estilo europeo: una mezcla de racismo con parte de apoyo a programas sociales que benefician a la gente blanca. Trump incluso prometió aumentar los impuestos a los ricos, él incluido.

Sin embargo, desde que asumió el cargo, no ha dejado de favorecer a los adinerados por encima de las personas de clases bajas, sin importar cuál sea el color de piel de estas. Hasta el único gran éxito legislativo de Trump, un recorte tributario de 2017, fue una gran ayuda para las corporaciones y los dueños de los negocios; el puñado de migajas que les tocó a las familias de a pie fue tan miserable que la mayoría de la gente cree que no obtuvo absolutamente nada.

Al mismo tiempo, Trump sigue haciendo el intento por destruir prestaciones clave del sistema de salud Obamacare —como la protección para las enfermedades preexistentes, los subsidios de primas y la expansión del programa para personas pobres, Medicaid— aunque son muy populares y han brindado enormes beneficios a estados como Kentucky y Virginia Occidental, los cuales votaron a favor de Trump por márgenes inmensos.

El miércoles 19 de junio, como si quisiera simbolizar para quién trabaja en realidad, Trump entregó una Medalla Presidencial de la Libertad a Art Laffer, un hombre conocido por insistir en que los recortes fiscales para los ricos se pagan solos. Esta es la clásica idea zombi: la evidencia la ha matado en repetidas ocasiones, pero sigue arrastrando los pies, comiendo nuestros cerebros, en esencia porque a los plutócratas les interesa mantenerla en circulación.

Mientras, los votantes blancos de las clases bajas parecen haberse dado cuenta de que Trump no está trabajando para ellos. Una encuesta reciente de Fox News reveló que solo un cinco por ciento de los estadounidenses blancos sin título universitario cree que las políticas económicas de Trump benefician a “la gente como yo”, en comparación con el 45 por ciento que cree que los beneficios son para “la gente con más dinero”.

Tal vez Trump cree que con aranceles, su única desviación significativa de la ortodoxia del Partido Republicano, puede compensar por sus políticas tributarias y de salud favorables a la plutocracia. No obstante, a pesar de que Trump insiste en que los extranjeros pagarán los aranceles, una abrumadora mayoría de los blancos sin educación superior cree que terminarán desembolsando más por las cosas que compran.

Ah, ¿recuerdan que Trump prometió que iba a revivir el carbón? Su propio Departamento de Energía proyecta que la producción de carbón para el próximo año será un 17 por ciento menor que la de 2017.

Ahora bien, esto no significa que sea un hecho que la adorada “gente con poca educación” de Trump lo abandonará a gran escala. Aunque debe decirse que la atención médica —donde su traición de las promesas pasadas fue más evidente— parece haber tenido un peso importante en la victoria de los demócratas en las elecciones intermedias de 2018. Y sin duda Trump es más vulnerable en estos momentos de lo que sería si realizara por lo menos unas contadas acciones verdaderamente populistas. ¿Por qué no lo hace?

Puede que la respuesta sea, en parte, personal: en toda su carrera, Trump ha representado al tipo de hombre que, si acaso, goza de aprovecharse de la gente que confía en él.

Sin embargo, más allá de lo anterior, el presidente sigue necesitando del apoyo de los intereses millonarios del Partido Republicano, a pesar de todo lo que se ha dicho en torno a que “ahora es el partido de Trump”. Por ahora, la élite del partido está feliz de solapar la corrupción del gobierno, la cercanía con el presidente de Rusia, Vladimir Putin, y todo eso.

No obstante, esto podría cambiar. Si Trump alguna vez hiciera algo que pudiera perjudicar a los ricos o ayudar a los pobres, muchos republicanos de pronto podrían darse cuenta de cómo un presidente que actúa en beneficio propio y acepta ayuda de potencias hostiles del extranjero en realidad está mal.

Sin importar cuáles sean las razones, el hecho es que Trump no es populista, a menos que redefinamos populismo únicamente como un sinónimo de racismo. Por lo menos algunas personas blancas de clases bajas de Estados Unidos parecen haberse percatado de que Trump no está de su lado, y sería una torpeza que los demócratas dejaran pasar esta oportunidad.

https://www.nytimes.com/es/2019/06/19/trump-populismo/?rref=collection%2Fsectioncollection%2Fnyt-es&action=click&contentCollection=paul-krugma

  • 23.19.-ADIVINEN QUÉ PARTIDO ES REALMENTE ANTIESTADOUNIDENSE – Paul Krugman
  • EL LEGADO MÁS PREOCUPANTE DE TRUMP – Joseph E. Stiglitz

Los republicanos tachan a los demócratas de socialistas, pero son ellos los que se han vuelto más radicales

El candidato demócrata a la presidencia de EE UU, Bernie Sanders . JIM WATSON (AFP)

¿Qué piensan de la panda de socialistas que acaban de ver debatiendo en el escenario? Un momento, podrían replicar, no hemos visto a ningún socialista. Y tendrían razón. El Partido Demócrata ha girado claramente hacia la izquierda en los últimos años, pero ninguno de los candidatos a la presidencia es, ni remotamente, socialista de verdad. No, ni siquiera Bernie Sanders, que en el fondo acepta esa etiqueta más por una cuestión de marca (“¡Estoy en contra del sistema!”) que de contenido.

28 jun 2019.-En estos debates nadie quiere que los medios de producción sean de propiedad pública, que es lo que el socialismo solía defender. La mayoría de los candidatos son más bien lo que los europeos llamarían “socialdemócratas”: partidarios de una economía impulsada por el sector privado, pero con una red de seguridad social más fuerte, un mayor poder de negociación de los trabajadores y una regulación más estricta de las infracciones de las empresas. Quieren que EE UU se parezca más a Dinamarca, no más a Venezuela.

Sin embargo, algunos republicanos destacados definen habitualmente a los demócratas, incluso a los del ala derecha del partido, como socialistas. En efecto, todo apunta a que las denuncias del programa “socialista” de los demócratas serán las protagonistas de la campaña para las elecciones. Y todos los que trabajan en los medios de comunicación lo aceptan porque lo creen normal.

Esto nos demuestra hasta qué punto el extremismo republicano se acepta como un hecho, algo que apenas merece la pena mencionar. Para entender a qué me refiero, imagínense el revuelo en los medios y el clamor ante la falta de urbanidad si cualquier demócrata conocido describiese a los republicanos como un partido de fascistas, y no digamos ya si los demócratas convirtiesen esa afirmación en el elemento fundamental de su campaña nacional. Y acusarles de algo así sería sin duda pasarse de la raya, pero se acercaría mucho más a la verdad que llamar a los demócratas socialistas.

El otro día, The New York Times publicaba una tribuna de opinión en la que se empleaba el análisis de plataformas de partidos para situar a los partidos políticos estadounidenses en un espectro de izquierda-derecha junto con sus homólogos en el extranjero. El estudio descubrió que el Partido Republicano está muy a la derecha de los principales partidos conservadores europeos. Incluso está a la derecha de partidos que se oponen a los inmigrantes como el UKIP británico y el Reagrupamiento Nacional francés. Básicamente, si encontrásemos algo parecido a los republicanos estadounidenses en otro país, los clasificaríamos como extremistas nacionalistas blancos.

Es cierto que es únicamente un estudio, pero encaja con muchas otras pruebas. Los politólogos que utilizan los votos del Congreso para hacer un seguimiento de la ideología han hallado que los republicanos han girado drásticamente hacia la derecha a lo largo de las últimas cuatro décadas, hasta el punto de que ahora son más conservadores que en el apogeo de su Época Dorada.

También pueden comparar al Partido Republicano, punto por punto, con partidos que casi todo el mundo tildaría de autoritarios de derechas, partidos como el Fidesz húngaro, que ha conservado algunas de las formas de la democracia, pero que en realidad ha creado un Estado monopartidista permanente. El Fidesz ha consolidado su poder politizando el Poder Judicial, creando normas electorales amañadas, eliminando a los medios de comunicación de la oposición y utilizando el poder del Estado para recompensar a los amigos del partido y castigar a las empresas que no obedecen las reglas. ¿Les parece eso algo que no pueda suceder aquí? Es más, ¿no se parece eso a algo que ya está sucediendo aquí y que los republicanos intentarán seguir haciendo si tienen la oportunidad?

Se podría incluso afirmar que el Partido Republicano destaca entre los partidos nacionalistas blancos occidentales por su excepcional voluntad de acabar con las vallas de contención de la democracia. La manipulación extrema, la brutal supresión del voto y la eliminación de competencias de los cargos que el otro partido consigue obtener a pesar de todo son prácticas que parecen más extendidas aquí que en las democracias fallidas de Europa del Este.

Ah, ¿y no resulta curioso lo indiferentes que nos hemos vuelto ante las amenazas de persecución legal y/o de violencia física contra todo aquel que critique a un presidente republicano?

Por eso tiene gracia que los republicanos intenten tachar a los demócratas de socialistas antiestadounidenses. Si quieren ver a un partido que verdaderamente ha roto con los valores estadounidenses fundamentales, deberían mirarse en el espejo.

Pero, naturalmente, eso no pasará. Sea quien sea el candidato demócrata —incluso si es Joe Biden—, los republicanos lo describirán como la reencarnación de Hugo Chávez. La única duda es si funcionará. Podría no funcionar, o al menos no tan bien como en el pasado. Como se han pasado décadas llamando “socialista” a todo aquello que podía mejorar las vidas de los estadounidenses, los republicanos han despilfarrado gran parte de la fuerza de la acusación. Y Donald Trump, que alcanzó la presidencia con la ayuda rusa y prefiere claramente a los dictadores extranjeros en vez de a los aliados democráticos, probablemente es menos capaz de jugar la carta de “los demócratas son antipatrióticos” que los presidentes republicanos anteriores.

Así y todo, mucho dependerá de la manera en que los medios de comunicación aborden los ataques deshonestos. ¿Seguiremos viendo titulares que repiten afirmaciones falsas (“Trump dice que los demócratas prohibirán las hamburguesas”), con la información que aclara que la afirmación es falsa escondida dentro del artículo? ¿Habrá una cobertura de las propuestas políticas reales, en lugar de los análisis de carreras de caballos que solo preguntan cómo parece que están funcionando esas propuestas?

Supongo que lo descubriremos pronto.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2019. Traducción de News Clips. https://elpais.com/economia/2019/06/28/actualidad/1561740204_221686.html 

23.19.-EL LEGADO MÁS PREOCUPANTE DE TRUMP – Joseph E. Stiglitz 

Cuando se vaya deberíamos reflexionar sobre cómo alguien tan perturbado pudo llegar a ser presidente de EE UU

MARAVILLAS DELGADO

La renuncia forzada de Kirstjen Nielsen como secretaria de Seguridad Nacional de los Estados Unidos no es un motivo para celebrar. Es verdad que pilotó la separación forzosa de las familias de inmigrantes en la frontera estadounidense (que se hizo famosa por las imágenes del encierro de niños pequeños en jaulas). Pero es improbable que la partida de Nielsen traiga consigo alguna mejora, ya que el presidente Donald Trump quiere reemplazarla por alguien que ejecute sus políticas xenófobas de forma todavía más despiadada [Kevin McAleenan es ahora el secretario interino].

10 may 2019 – La política migratoria de Trump es espantosa en casi todos sus aspectos, pero es posible que no sea lo peor de su Gobierno. De hecho, identificar qué es lo peor se ha convertido en un juego de salón muy popular en Estados Unidos. Sí, llamó a los inmigrantes criminales, violadores y animales. Pero ¿qué decir de su profunda misoginia, su vulgaridad y crueldad sin límites? ¿O de que haga la vista gorda con los supremacistas blancos? ¿O de su retirada del acuerdo climático de París, del acuerdo nuclear con Irán y del Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio? Y sin olvidar su guerra contra el medioambiente, la salud y el sistema internacional basado en reglas. Este juego morboso es interminable, porque casi todos los días aparece un nuevo contendiente por el título. Trump es una personalidad conflictiva, y cuando se vaya deberíamos reflexionar sobre cómo alguien tan perturbado y moralmente deficiente pudo llegar a ser elegido presidente del país más poderoso del mundo.

Pero lo que más me preocupa es el daño que ha hecho Trump a las instituciones necesarias para el funcionamiento de la sociedad. La agenda trumpista de “hacer grande a Estados Unidos otra vez” no se refiere, claro está, a restaurar el liderazgo moral del país; más bien encarna y celebra el egoísmo y la egolatría desenfrenados. Es una agenda económica, lo cual nos obliga a preguntarnos: ¿cuál es la base de la riqueza estadounidense?

Adam Smith intentó dar una respuesta en su clásico de 1776 La riqueza de las naciones. Allí señaló que los niveles de vida habían estado estancados por siglos, hasta que hacia fines del siglo XVIII comenzó a darse un enorme aumento de los ingresos. ¿A qué se debió?

Smith fue una de las mentes más brillantes del gran movimiento intelectual conocido como la Ilustración Escocesa. El cuestionamiento de la autoridad establecida que siguió a la Reforma en Europa obligó a la sociedad a preguntarse: ¿Cómo podemos conocer la verdad? ¿Cómo podemos saber acerca del mundo que nos rodea? ¿Y cómo debemos organizar la sociedad?

De la búsqueda de respuestas a estas preguntas surgió una nueva epistemología, basada en el empirismo y en el escepticismo de la ciencia, que se impusieron a las fuerzas de la religión, la tradición y la superstición. Con el tiempo, se fundaron universidades y otras instituciones de investigación para ayudarnos a juzgar la verdad y descubrir la naturaleza de nuestro mundo. Mucho de lo que hoy damos por sentado (desde la electricidad, los transistores y las computadoras hasta el láser, la medicina moderna y los teléfonos inteligentes) es el resultado de esta nueva disposición, sostenida por la investigación científica básica (financiada en su mayor parte por el Estado).

A falta de una autoridad monárquica o eclesiástica que dictara el modo óptimo, o el mejor posible, de organizar la sociedad, la sociedad tenía que decidirlo por su cuenta. Pero idear instituciones que aseguraran el bienestar de la sociedad era más difícil que descubrir las verdades de la naturaleza: en general, en este tema no se podían hacer experimentos controlados.

Sin embargo, un estudio de la experiencia pasada podía ser ilustrativo. Había que basarse en el razonamiento y en el discurso, reconociendo que ninguna persona tenía un monopolio de nuestra comprensión de la organización social. De este proceso surgió la convicción de que es más probable que instituciones de gobernanza basadas en el Estado de Derecho y en un sistema de controles y contrapesos, —y sostenidas por valores como la libertad individual y la justicia universal—, produzcan decisiones acertadas y justas. Estas instituciones no serán perfectas, pero se las diseñó para hacer más probable la detección y posterior corrección de sus defectos.

Pero ese proceso de experimentación, aprendizaje y adaptación demanda un compromiso con la determinación de la verdad. Los estadounidenses deben gran parte de su éxito económico a un variado conjunto de instituciones dedicadas a decir, descubrir y verificar la verdad, en las que son centrales la libertad de expresión y los medios independientes. Los periodistas son tan falibles como cualquiera; pero como parte de un sólido sistema de controles y contrapesos sobre quienes ocupan posiciones de poder, han sido tradicionalmente proveedores de un bien público esencial.

Desde los tiempos de Smith, está comprobado que la riqueza de una nación depende de la creatividad y productividad de su gente, que sólo es posible promover adoptando el espíritu de la indagación científica y la innovación tecnológica. Y eso depende de mejoras continuas de la organización social, política y económica, descubiertas a través del discurso público razonado.

El ataque que Trump y su Gobierno han emprendido contra cada uno de los pilares de la sociedad estadounidense (y su especialmente agresiva demonización de las instituciones del país dedicadas a la búsqueda de la verdad) pone en riesgo la continuidad de la prosperidad de los Estados Unidos y su capacidad misma de funcionar como una democracia. A esto se suma la aparente falta de control a los intentos de los gigantes corporativos de manejar las instituciones (tribunales, legislaturas, organismos regulatorios y grandes medios de comunicación) que supuestamente deben evitar la explotación de trabajadores y consumidores. Está surgiendo ante nuestros ojos una distopía que antes sólo imaginaron los escritores de ciencia ficción. Da escalofríos pensar quién es el “ganador” en este mundo, y en quién o en qué puede convertirse por el mero intento de sobrevivir.

Joseph E. Stiglitz es profesor distinguido de la Universidad de Columbia y ganador del Premio Nobel 2001 en Ciencias Económicas.© Project Syndicate 1995–2019 Traducción: Esteban Flamin https://elpais.com/economia/2019/05/09/actualidad/1557398630_398012.html

22.19.-LA ‘TRUMPIFICACIÓN’ DE LA RESERVA FEDERAL –  Paul Krugman

El principio común es sencillo: la política monetaria debería ser aquello que satisfaga los intereses del presidente

El presidente de la Reserva Federal de EE UU, Jerome Powell. MANUEL BALCE CENETA AP

A finales de 2015, el por entonces candidato Donald Trump acusaba a Janet Yellen, la presidenta de la Reserva Federal (Fed), de formar parte de una conspiración política. Yellen, insistía Trump, mantenía los tipos de interés injustificablemente bajos en un intento de ayudar a Hillary Clinton a conseguir la presidencia. Pero resulta que existían muy buenas razones para que la Fed mantuviera los tipos bajos en aquella época. Algunos indicadores del mercado laboral, sobre todo el empleo de personas en edad de máximo rendimiento, seguían siendo muy inferiores a los niveles anteriores a la crisis, y la inversión empresarial experimentaba un retroceso significativo, una especie de minirrecesión. 

21 jun 2019.-  Volvamos al presente. La situación del empleo es mucho mejor ahora que en aquel momento. Hay indicios de que se está produciendo una desaceleración, en parte por la incertidumbre creada por la guerra comercial de Trump, pero son bastente más leves que los de 2015-16. Y el propio Trump sigue presumiendo de la fortaleza de la economía. Sin embargo, está presionando abiertamente a la Fed para que baje los tipos, y supuestamente está buscando una manera de destituir a Jerome Powell, el hombre al que él mismo eligió para sustituir a Yellen, tras renunciar a nombrarla de nuevo, según algunos informes, porque pensaba que no tenía la altura suficiente.

Pero esperen, porque todavía hay más. Aunque existen, como he dicho, indicios de que se está produciendo una desaceleración, hay señales mucho más claras en Europa, donde la actividad industrial está disminuyendo y aumenta la preocupación por una recesión. Pero aunque intenta presionar a la Reserva para que recorte los tipos de interés, Trump montó en cólera por las noticias de que el Banco Central Europeo, el homólogo europeo de la Reserva Federal, se plantea bajar por su cuenta los tipos, lo que debilitaría el euro y haría que la industria estadounidense fuese menos competitiva. Si estas distintas posturas les parecen incoherentes, es porque no las están analizando correctamente. El principio común es sencillo: la política monetaria debería ser aquello que satisfaga los intereses de Donald Trump. Lo demás no importa.

Y el actual cabreo de Trump con la Fed debería entenderse principalmente como la expresión de su frustración por el fracaso de su bajada de impuestos de 2017.

Sí, la bajada de impuestos dio un empujón a la economía, como cabría esperar de unas políticas que ampliaron el déficit presupuestario por el pleno empleo anual en unos 400.000 millones de dólares. (Imagínense cómo habría sido la economía de Obama si el Congreso le hubiera permitido gastar 400.000 millones de dólares al año en, pongamos por caso, infraestructuras.) Pero fue un empujón bastante suave si tenemos en cuenta que gran parte de la bajada de impuestos se empleó únicamente para recomprar acciones de empresas.

Más concretamente, el recorte fiscal fue un descalabro político: el mérito de las buenas cifras económicas no se le está atribuyendo a Trump, y la mayoría de los votantes blancos de clase trabajadora de los que depende el tuitero en jefe creen (acertadamente) que sus políticas benefician principalmente a gente más rica que ellos.

De modo que, a efectos prácticos, Trump está exigiendo a la Fed que le exima de las consecuencias de sus propios fracasos políticos. Y si toda la historia fuese esa, la respuesta adecuada sería alguna versión educada de “Váyase al infierno” en la jerga de la Fed. Pero resulta que Trump y sus pataletas no son toda la historia. De hecho, existen sólidas razones para creer que la Reserva Federal subió demasiado rápido los tipos de interés entre 2015 y 2019, y que subestimó la debilidad de la economía estadounidense en ese momento y sobrestimó su fortaleza subyacente (que es lo que ha hecho sistemáticamente durante la última década).

Y por consiguiente, existen razones para revertir parcialmente las recientes subidas de tipos de la Fed y bajar los tipos ahora para protegerse de una posible crisis en el futuro, adelantándose a ella. Trump es la peor persona para esgrimir este argumento, pero eso no significa que sea un argumento equivocado.

Entonces, ¿qué debería hacer la Fed? Los gobernadores de los bancos centrales, como los que dirigen este organismo, intentan mostrarse como personas apolíticas y tecnocráticas. Esto nunca es del todo cierto en la práctica, pero es un ideal que se esfuerzan por alcanzar. Sin embargo, gracias a Trump, haga lo que haga la Fed a continuación se considerará profundamente político. Si recorta los tipos a pesar del bajo desempleo, se considerará que renuncia a su independencia y permite que Trump dicte la política. Y si no lo hace, Trump arremeterá contra ella con más dureza todavía.

Si yo fuese Powell, me preocuparía un escenario incluso peor. Supongamos que bajase los tipos, y que el crecimiento y la inflación acabasen siendo más elevados de lo previsto. La política convencional exigiría revertir la bajada de tipos, justo antes de las elecciones de 2020. La tormenta política sería terrible. Y lo siento, pero en el EE UU de Trump ninguna institución puede ignorar las ramificaciones políticas de sus actos, aunque solo sea porque esas ramificaciones afectarán a su capacidad de realizar su trabajo en el futuro.

Lo que esto significa para la política monetaria, creo, es que aunque la economía pura y dura diga que la Reserva debería intentar adelantarse a los acontecimientos, la trampa política que ha creado Trump dicta que debería dar tiempo al tiempo e insistir en que su política “depende de los datos” y esperar a que haya pruebas claras de que se está produciendo una desaceleración grave antes de actuar. Ahora bien, esto podría significar que si la Fed bajase finalmente los tipos, sea cual sea el estímulo que esto proporcione a la economía (que en cualquier caso sería limitado, dado que los tipos ya son bastante bajos de por sí), llegaría demasiado tarde para ayudar a Trump en las elecciones de 2020. Pero si eso es lo que ocurre, la culpa solo será de Trump.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía.  © The New York Times, 2019. Traducción de News Clips https://elpais.com/economia/2019/06/21/actualidad/1561117962_571777.html

  • 21.19.-ELIZABETH WARREN O LA SOLIDEZ DE LAS PRUEBAS –Paul Krugman
  • LAS GUERRAS DE TRUMP – Salomón Kalmanovitz

El programa de la candidata demócrata es radical en el contenido, pero está bien fundamentado

La candidata Elizabeth Warren hace campaña en Virginia. MANDEL NGAN (AFP)

No hace mucho, los los expertos en política consideraban que Elizabeth Warren no tenía ninguna posibilidad en la política, pero los últimos sondeos la convierten en una aspirante cada vez más plausible y su regreso ha dado pie a una repentina oleada de cobertura mediática favorable. ¿Será realmente la candidata demócrata? Y en ese caso, ¿ganará? No tengo ni la más remota idea. Nadie la tiene. Pero la estrategia política que ha impulsado su reaparición es interesante. Y creo que a muchos observadores se les pasa por alto una de las principales razones por las que parece que su estrategia funciona, que es que su programa es radical en cuanto al contenido y las consecuencias, pero está bien fundamentado en pruebas y estudios serios.

14 jun 2019.-  Normalmente, los candidatos que aspiran a la presidencia hacen campaña con alguna combinación de narrativa personal y retórica expansiva que promueve temas amplios: “Soy un héroe de guerra/ símbolo del sueño americano/ lucho desde hace tiempo contra la clase dirigente, y cuando sea presidente os uniré/ eliminaré la corrupción/ lucharé contra el poder”.

En cambio, Warren ha presentado propuestas políticas sustanciales y detalladas, muchísimas propuestas políticas sustanciales y detalladas. Según las opiniones expertas tradicionales, esto quita las ganas a los votantes y semejante proliferación de propuestas solo hace que se les nublen los ojos.

Pero Warren ha conseguido convertir esa incesante profusión de conocimientos en un aspecto que la define como política. Sus partidarios acuden a sus mítines vestidos con camisetas que dicen “¡Warren tiene un plan para eso!”. Y a decir de todos, está consiguiendo que el debate político serio sea una manera de conectar con su público.

En cierta manera, el paralelismo más cercano al fenómeno Warren —aunque odio establecerlo— fue el auge temporal de Paul Ryan, el ex presidente de la Cámara de Representantes (¿se acuerdan de él?). Al igual que Warren, Ryan creció cultivando una imagen de analista político inteligente. Pero dejando a un lado el hecho de que su programa básico consistía en quitar a los pobres para dar a los ricos, Ryan era un farsante cuyas propuestas carecían de sentido y no abordaban los problemas reales.

Warren, en cambio, es auténtica. No tienes que estar de acuerdo con los detalles de sus planes para darte cuenta de que son fruto de una gran reflexión y se basan en el trabajo de respetados investigadores económicos. Sin embargo, en ese caso, ¿por qué los demás aspirantes a la presidencia no han presentado unos planes parecidos? Yo diría que la respuesta es que Warren —una importante especialista en política— entendió desde el principio algo que otros candidatos solo están empezando a comprender: la diferencia entre ser serio y ser Serio.

Lo que quiero decir con ser Serio es tragarse la opinión generalizada entre la cúpula de Washington, la clase de opinión generalizada que en 2011, con un desempleo que todavía era catastróficamente alto y unos tipos de interés en mínimos históricos, creó un consenso entre las élites según el cual teníamos que dejar de preocuparnos por el empleo y centrarnos en… la reforma de los subsidios. Y lo que quiero decir con ser serio es prestar atención a las pruebas reales sobre los efectos de los programas económicos y sociales.

Lo que Warren ha entendido es que el análisis serio es mucho más favorable para un programa progresista que la opinión generalizada Seria, que está obsesionada con mantener los impuestos bajos y con contener el gasto. Los principales expertos en política fiscal son partidarios de un aumento considerable de los tipos impositivos para las rentas altas y el patrimonio. Los economistas más importantes que estudian el gasto social afirman que incrementar el gasto en atención infantil temprana aporta beneficios enormes.

En consecuencia, Warren ha sido capaz de diseñar planes muy progresistas, pero bien fundamentados en pruebas y análisis. ¿Sus rivales entienden como ella que el progresismo y los fundamentos intelectuales sólidos pueden ir de la mano? En el pasado al menos, Joe Biden era preocupantemente Serio: estuvo muy involucrado en el intento, que por suerte fracasó, del Gobierno de Obama de negociar un gran acuerdo presupuestario que habría recortado el gasto en Seguridad Social y el Medicare, reflejando la obsesión de la cúpula del Gobierno con los recortes de los subsidios. Todavía no está claro si ha superado esa fase.

En cambio, Bernie Sanders nunca ha aceptado el consenso de la cúpula de Washington y se ha comprometido claramente a llevar a cabo un programa ambicioso. Pero los detalles de su política siguen siendo extrañamente imprecisos. Más concretamente, seguimos sin saber muy bien cómo pagaría un Medicare para todos. Yo creo que en parte es porque Sanders considera que libra una guerra contra la clase dirigente en un sentido muy amplio. En consecuencia, su equipo político, tal como está configurado ahora, está compuesto por gente que dedica mucha energía a atacar la investigación política convencional, lo que hace que no puedan y/o no quieran incluir los hallazgos de esta en propuestas políticas específicas.

Ahora bien, nada de esto significa que Warren será la candidata. Muchos votantes demócratas prefieren claramente el convencionalismo afable de Biden, y muchos otros comparten el instinto de acabar con todo de Sanders. Lo único que realmente sabemos es que resulta que hay un importante electorado que la mayoría de los expertos ni siquiera sabía que existía: votantes que quieren un giro significativo a la izquierda, pero que también desean un candidato que realmente parezca que ha pensado las cosas. Todavía no sabemos si este electorado es lo suficientemente grande para ser decisivo en las primarias demócratas. Pero si lo es, Warren tiene un plan para eso.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía © The New York Times, 2019 Traducción de News Clipshttps://elpais.com/economia/2019/06/14/actualidad/1560516639_481259.html

21.19.-LAS GUERRAS DE TRUMP – Salomón Kalmanovitz

John Bolton, el consejero bélico de Trump, a quien le gustan mucho las guerras. 

El presidente estadounidense está enfrascado en guerras comerciales con sus amigos y amenazas miitares con quienes no son en verdad sus enemigos: Venezuela, Cuba e Irán, a cuyos ciudadanos les ha endurecido sus precarias condiciones de vida. Incluso considera que Corea del Norte y la Rusia de Putin son sus amigas. Ha logrado en solo dos años destruir la estructura multilateral, basada en relaciones de colaboración erigidas desde el fin de la Segunda Guerra Mundial con Europa y Japón, que incluyeron a Asia del este y más recientemente a China, Vietnam e India. Esta gran alianza permitió la multiplicación del comercio dentro de una gran área de prosperidad común, hoy amenazada.

3 jun 2019.- No se trata de un gobernante en el que los demás países puedan confiar. Amenaza las importaciones europeas con tarifas por encima de acuerdos firmados previamente, para extraerles ventajas adicionales a sus productos y empresas. Ha acusado a la Unión Europea de tratar a Estados Unidos peor de lo que hace China, solo que ella es más pequeña. “Ellos envían Mercedes-Benz acá como si fueran galletas”, declaró según The New York Times, como si los Chevrolet y los Ford fueran maravillas.

Sobre el nuevo pacto comercial con Canadá y México, que ya estaba listo para firmar, ha amenazado con volarlo en pedazos, si este último no “hace algo” para detener el flujo de migrantes centroamericanos hacia su frontera, con tarifas arbitrarias sobre todas sus exportaciones. La razón: se ofuscó al ver el video de una estampida de pobres centroamericanos tratando de entrar a su paraíso. A Canadá le impuso una cláusula que le impide firmar acuerdos de libre comercio con China. Es la reencarnación de Teodoro Roosevelt y su gran garrote, que en 1903 le arrebató Panamá a Colombia, algo que el presidente Duque pareciera desconocer. No debiera sorprender que Trump llegue a cuestionar el acuerdo de libre comercio de Estados Unidos con Colombia, si le parece un método de presión eficaz en su guerra contra el narcotráfico.

Trump aplicó tarifas contra bienes de la China y escogió cuáles de sus empresas terminan siendo perdedoras, aduciendo que su capitalismo de Estado se aprovecha del resto del mundo y, claro, de la ingenuidad yanqui. No consultó a Europa o Japón para actuar de manera legal y conjunta en contra de las infracciones que comete el nuevo hegemón asiático, o sea operó de manera igualmente arbitraria a como este actúa.

Dice y repite mentiras como que las tarifas las pagan los países afectados, cuando equivalen a onerosos impuestos sobre los productores y consumidores norteamericanos. En la medida en que se multiplican y dan lugar a retaliaciones de los gobiernos agredidos, van a ir carcomiendo el potencial de crecimiento de la economía global y no menos el de Estados Unidos.

La “paz americana” fue propuesta por Franklin Roosevelt en los años 30 bajo el supuesto de que el comercio entre las naciones sembraría la paz entre ellas, bajo un sistema de reglas compartidas que conducirían a la prosperidad de todos. La política de Trump busca lo contrario: “América primero”, la ruptura de Europa carcomida por el brexit, y las extremas derechas en varios de sus países que actúan contra el resto; a esto se suma la malevolencia del presidente americano que, según Paul Krugman, “está trabajando para hacer del mundo un lugar más peligroso, menos democrático, siendo la guerra comercial una expresión más de ese impulso”.

https://www.elespectador.com/opinion/las-guerras-de-trump-columna-863966

20.19.-PRIVATIZACIÓN, AMIGUISMO Y ACUERDOS COMERCIALESPaul Krugman 

Todos los que han seguido la visita de Donald Trump a Reino Unido seguramente tienen una escena preferida de desastre diplomático. Pero el momento que más ha contribuido a envenenar las relaciones con nuestro aliado — y a truncar cualquier posibilidad que hubiese de alcanzar el “tremendo acuerdo comercial” que Trump pretendía ofrecer— fue la aparente insinuación de Trump de que ese acuerdo implicaría abrir el Servicio Nacional de Salud británico (NHS, por sus siglas en inglés) a las empresas privadas estadounidenses.

7 jun 2019.- Eso dice algo de las cualidades de nuestro presidente, sobre quien lo mejor que alguien puede decir en su defensa es que no sabe de qué está hablando. Sin embargo, sí que sabe qué es el NHS, solo que no entiende cuál es su función en la vida británica. Al fin y al cabo, el año pasado tuiteó que los británicos se manifestaban en las calles para protestar contra un sistema sanitario que “iba a la quiebra y no funcionaba”. En realidad, las manifestaciones eran a favor del NHS y demandaban más financiación pública.

Pero olvidémonos de lo que le pasaba al presidente por la cabeza y centrémonos en el hecho de que ningún político estadounidense, y Trump menos que ninguno, tiene derecho a dar consejos a otros países sobre la atención sanitaria. Tenemos el sistema sanitario que peor funciona del mundo avanzado, y Trump está haciendo todo lo posible para deteriorarlo aún más. Resulta que los sistemas sanitarios británico y estadounidense se encuentran en los dos extremos de un espectro definido por las funciones relativas del sector privado y del público.

En el desastre diplomático de Trump en Londres destaca su idea de abrir el sistema de salud a los grupos de EE UU

Aunque la Ley de Asistencia Sanitaria Asequible amplió la cobertura y aumentó el papel de Medicaid, la mayoría de los estadounidenses siguen contratando sus seguros (si es que los tienen) con empresas privadas, y reciben atención sanitaria en hospitales y clínicas con ánimo de lucro. En otros países, como Canadá, el Gobierno paga las facturas, pero los centros sanitarios son privados. Sin embargo, Reino Unido tiene una medicina verdaderamente socializada: el Gobierno es propietario de los hospitales y paga a los médicos. Entonces, ¿cómo funciona ese sistema? Mucho mejor que en los sueños de la filosofía conservadora. En primer lugar, las facturas médicas no son un problema para las familias británicas. No tienen que preocuparse por arruinarse por el coste de un tratamiento o por tener que renunciar a la atención básica porque no pueden permitirse los copagos.

Podrían pensar que proporcionar este tipo de cobertura universal es prohibitivamente caro. Sin embargo, en realidad, Gran Bretaña gasta menos de la mitad por persona en atención sanitaria que nosotros. ¿Es buena la atención sanitaria? A juzgar por los resultados, sí. Los británicos tienen una esperanza de vida más alta que nosotros, una mortalidad infantil mucho más baja y una “mortalidad relacionada con la atención sanitaria” mucho más baja. ¿Significa esto que EE UU debería adoptar un sistema como el británico? No necesariamente. Resulta que existen muchas maneras de prestar una atención sanitaria universal: el sistema canadiense de pagador único también funciona, como también lo hacen los sistemas en los que hay competencia entre prestatarios privados, como en Suiza, siempre que el Gobierno haga un buen trabajo a la hora de regular y proporcione ayudas adecuadas para las familias de rentas bajas.

Sin emabargo, el NHS funciona. Tiene sus problemas —¿qué sistema no los tiene? — pero hay razones para que a los británicos les encante. Ahora bien, mi experiencia a la hora de tratar con conservadores en temas relacionados con la atención sanitaria es que simplemente se niegan a creer que los sistemas de otros países funcionen mejor que el nuestro. Su ideología dice que el sector privado siempre es mejor que el Gobierno, y esto pesa más que cualquier evidencia.

Si piensan que el presidente de Marvel mejorará la atención sanitaria también creerán que el Capitán América existe

De hecho, les lleva a rechazar las partes de nuestro sistema gestionadas por el Gobierno que funcionan bastante bien. Lo que me lleva a la razón por la que Trump es la última persona que debería criticar al NHS. Verán, EE UU tiene su propia versión en miniatura del NHS: la Administración Sanitaria de los Excombatientes (VHA) perteneciente al Departamento de Asuntos de los Excombatientes, que gestiona una red de hospitales y clínicas. Y al igual que el NHS, el VHA funciona bastante bien. Algunos de ustedes probablemente se muestren incrédulos porque han oído cosas terribles sobre el VHA, como las historias sobre su enorme ineficacia y las largas esperas para recibir un tratamiento. Pero existe una razón por la cual han oído estas historias: han sido difundidas por políticos y organizaciones de derechas que se aprovechan de los casos problemáticos para utilizarlos como parte de su campaña para privatizar el sistema.

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Lo cierto, según estudios independientes, es que, por lo general, los tiempos de espera del VHA son inferiores a los del sector privado, y sus hospitales prestan una mejor atención sanitaria.Sin embargo, este buen historial podría cambiar pronto. Históricamente, la política del VHA, como la política del NHS, la han establecido en gran parte los profesionales médicos. Pero una noticia publicada el año pasado por ProPublica revelaba que gran parte de la política del Departamento de Asuntos de los Excombatientes está siendo dictada, no por funcionarios debidamente nombrados, sino por un trío de amiguetes de Trump a los que los enterados llaman “la gente de Mar-a-Lago”.

Por cierto, el que lidera esa troika es Ike Perlmutter, el presidente de Marvel Entertainment. Y si creen que la influencia de Perlmutter reducirá los costes y mejorará la atención sanitaria para los excombatientes de nuestro país, probablemente también crean que el Capitán América existe de verdad. Lo que nos lleva otra vez a los comentarios sobre el NHS. Independientemente de lo que el presidente pensase que estaba diciendo, el país anfitrión tenía todas las razones del mundo para interpretarlos como una insinuación de que un acuerdo comercial llevaría la privatización y el amiguismo a lo Trump a la atención sanitaria británica. Y eso sí que sería, en efecto, “tremendo”.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía © The New York Times, 2019 Traducción de News Clips https://elpais.com/economia/2019/06/07/actualidad/1559914142_402692.html

19.19.-LA PATALETA DE TRUMP EVITA QUE LOS DEMOCRATAS CAIGAN EN UNA TRAMPA  –    Paul kruman     

Tengo que decir que Nancy Pelosi ha sido muy lista al robarle la cartera a Donald Trump para llevarle al límite y demostrar su evidente demencia

Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes, en el centro. JONTHAN ERNST REUTERS

Como todo el mundo sabe, Trump salió de una reunión sobre infraestructuras hecho un basilisco, al parecer incapaz de controlar su enfado con los comentarios de Pelosi, quien señaló que el obstruccionismo del Gobierno en todos los ámbitos, incluida su abierta resistencia a cumplir la ley que le exige presentar la declaración de la renta del presidente, equivale evidentemente a un encubrimiento de algo (y puede que de muchas cosas). Y los demócratas deberían estar agradecidos.

31 may 2019.- No me refiero solo a que deberían estar agradecidos por ver a Trump haciendo gala de su incapacidad para ejercer el cargo, evidente desde hace mucho para los que le observan de cerca, de una manera tan drásticamente trastornada que solo los sectarios no lo ven. También les ha ayudado con un dilema político.

Verán, una gran inversión en infraestructuras es una buena idea a la que los demócratas no podrían oponerse honradamente. Pero también sería buena políticamente para Trump al ayudar a la economía, dar a los ciudadanos la sensación de que se progresa y también hacer que parezca un presidente más normal. Y a los demócratas les resultaría difícil no hacerle este regalo.

Es cierto que los republicanos parecen capaces de salirse con la suya saboteando descaradamente la economía cuando hay un demócrata en la Casa Blanca, pero los demócratas, en parte porque no tienen a Fox News para insistir en que lo negro es blanco y que arriba es abajo, son mucho menos capaces de hacerlo. Afortunadamente, Trump les ha solucionado la papeleta.

Lo primero es lo primero: ¿por qué es buena idea invertir en infraestructuras? En parte porque nuestra inversión en infraestructuras es insuficiente desde hace años. El estado de nuestras carreteras, de las líneas de ferrocarril, de las redes de distribución de agua, etcétera, habla por sí solo. Más allá de eso, la demanda de inversión privada sigue siendo baja, lo que hace que los costes de endeudamiento del Gobierno sean bajos; en realidad, los inversores ruegan al Gobierno que les pida una parte de su dinero y haga algo útil con él.

Además de estas consideraciones, el gasto en infraestructuras es especialmente deseable en una economía deprimida, cuando saca partido a recursos sin utilizar de una manera que fomenta el crecimiento a largo plazo. Pero podrán decirme que la economía estadounidense no está deprimida ahora mismo. Por supuesto que no; pero es más frágil de lo que muchos piensan. Cuando se produzca la próxima recesión – y siempre hay una próxima recesión – la respuesta convencional, bajar los tipos de interés, casi seguro que será insuficiente. Por lo general, cuando estalla una recesión, la Reserva Federal baja los tipos 5 puntos porcentuales. Sin embargo, actualmente los tipos son la mitad de altos, por lo que la Reserva no tendrá suficiente margen para reducirlos.

Y cuando estalle la recesión, será demasiado tarde para poner en marcha un programa de infraestructuras importante. Es mejor ponerlo en marcha ya.

Por tanto, el empujón a las infraestructuras tiene mucho sentido; y también sería una buena política para Trump. Pero dos años y medio después de que Trump haya accedido al cargo, y después de una serie de “semanas de las infraestructuras” que parecen producirse casi con la misma frecuencia que los viajes para jugar al golf del presidente, no ha sucedido nada. ¿Por qué?

Una de las respuestas es que a los republicanos en el Congreso no les interesa el gasto en infraestructuras. Consideran que cualquier forma de gasto público, independientemente de lo justificado que esté en términos estrictamente económicos, resulta problemática porque puede parecer que legitima un papel más importante del Gobierno en general.

Otra respuesta es que hasta ahora los funcionarios de Trump no han estado en absoluto dispuestos a plantearse un programa claro y tradicional de infraestructuras, ya saben, eso de construir cosas. En cambio, han propuesto unas colaboraciones público-privadas complejas que en la práctica subvencionarían la privatización de bienes públicos. A los demócratas les ha resultado fácil rechazar estas ideas, porque no tienen realmente nada que ver con las infraestructuras.

Sin embargo, después de las elecciones de mitad de mandato de 2018, daba la impresión de que Trump, con ganas de conseguir una victoria política, estaba dispuesto por fin a hablar de un plan de infraestructuras de verdad. Y esto podía convertirse en una trampa para los demócratas, que tendrían dificultades para negarle esa victoria política.

Pero no ha sido así. No intentemos pretender que la salida airada de Trump forma parte de una inteligente estrategia política; no era más que su inmadurez y su inseguridad, pero incluso más evidente de lo normal. Y el intento de hacer quedar a Pelosi como alguien que ha perdido los papeles es tan ridículo que solo la gente totalmente crédula – es decir, aproximadamente un tercio del país – podría tragárselo.

Por eso, si yo fuese Pelosi y Schumer, le daría las gracias discretamente a Trump por su pataleta y por evitar que cayesen en una posible trampa política.

  •  18.19.-LA GUERRA COMERCIAL CHINA-EE. UU. Santiago Villa
  • 18.19.-CONFRONTACIÓN ENTRE ESTADOS UNIDOS Y CHINA – Eduardo Sarmiento

Al tiempo que Estados Unidos se aísla de sus aliados europeos, y desprecia a los países del Sur global, arrecia la llamada “guerra comercial” con China.

Estados Unidos ha tenido una compleja relación con China desde 1972, cuando comenzaron los acercamientos entre Richard Nixon y Mao Zedong. A diferencia de la Unión Soviética -y luego Rusia-, aunque existe una rivalidad militar entre China y Estados Unidos, el acercamiento entre economías y pueblos es cada vez más estrecho, en especial entre la clase dirigente.  

22 may 2019.- Los chinos adinerados admiran a los estadounidenses. Incluso imitan ciertas características de su estilo de vida. A las afueras de Beijing se construyen conjuntos cerrados que reproducen el sueño americano: casa, perro, coche y niños que saben hablar buen inglés. Esto último, que sepan inglés, es la obsesión de la clase dirigente china con sus hijos, que luego los envían a las universidades de Estados Unidos.

Las relaciones de China y Estados Unidos, entonces, se mueven en terrenos paralelos. Por un lado, hay cada vez más acercamientos culturales y económicos, que es la base de la armonía entre los dos países. Por otro, hay una intensa lucha por la influencia diplomática y militar en el Océano Pacífico y resentimiento por las consecuencias que entre la clase trabajadora de Estados Unidos produjo la mano de obra barata de China, y su intensa industrialización.

Los Estados Unidos trata de mantener una posición global que se erosiona. El país no volverá a ser lo que fue entre los años 50 y 80. “Make America Great Again” es una frase sentimental y peligrosa, porque invita a tomar posiciones combativas en lugar de tender puentes. En especial desde la presidencia actual, que considera que ser grande es algo que se hace a costa de los demás.

En el ámbito de la industrialización, por ejemplo, va en contravía de la historia pensar que las industrias que se fueron de Estados Unidos para ahorrar costos de producción regresarán. Tienen otras opciones que comienzan a ser interesantes a medida que resulta más atractivo trasladar industrias a otros países en vías de desarrollo. El sudeste asiático y luego África serán las siguientes chinas. Tendrán mano de obra barata y débiles leyes laborales: algunos de los grandes atractivos de las empresas chinas. Faltaría la excelente infraestructura de China, y quizás la febril cultura de trabajo, aunque estas cosas son difíciles de medir de una cultura a la siguiente. Vagos y trabajadores hay en todas partes del mundo. Lo que hay quizás en China, que no en otras partes, es la enrome masa de juventud dispuesta a desarraigarse de sus pueblos natales, y sumergirse en las fábricas día y noche, para enviar dinero a sus pueblos.

No hay guerra comercial que revierta este proceso.

En cuanto a Huawei, la decisión ilegítima, por parte de Estados Unidos, de impedir su uso de plataformas Google, pretende asestar varios golpes a la vez que, como un boxeador cansado, le desgastarán sin lograr un knockout. Google probablemente terminará dividiendo Android en dos, para no perder el mercado de China y muchos usuarios de Huawei en el Sur global.

Entretanto, la maniobra no logra impedir que Huawei utilice las plataformas 5G, que es el objetivo estratégico-militar de Estados Unidos. Es una política extremadamente agresiva, extraña, y poco probable que pueda sostenerse indefinidamente en el tiempo.

La “guerra comercial”, entonces, tiene un elemento estructural y otro de “fantochismo”. El estructural es que la clase trabajadora de Estados Unidos está sufriendo por la robotización de sus industrias y el traslado -no se puede negar- de la producción hacia donde la mano de obra es más barata. El problema es que entrar en una guerra comercial con China e imponerle tarifas no afecta este proceso.

El “fantochismo” es atacar directamente a compañías como Huawei (capturar a su gerente, prohibir su acceso a tecnología), que mezcla objetivos geoestratégicos con objeticos comerciales.

Durante 35 años, el acercamiento comercial ha mantenido una buena relación entre Estados Unidos y China, a pesar de su rivalidad geoestratégica. El precio de desestimar esto es el aumento de tensiones en el mundo. No le conviene al mundo. No le conviene al pueblo americano. Pero le conviene a las fuerzas armadas de Estados Unidos.

https://www.elespectador.com/opinion/la-guerra-comercial-china-ee-uu-columna-861984

18.19.-CONFRONTACIÓN ENTRE ESTADOS UNIDOS Y CHINA – Eduardo Sarmiento

 El alza de los aranceles establecida inicialmente por Estados Unidos y luego replicada por China ha generado una gran conmoción mundial. Los aspectos personales de los líderes han predominado sobre las determinaciones y las formas de contrarrestarlos. No faltan quienes las presenten como catástrofes sin conocer su verdadero alcance.

25 may 2019.- Los aranceles fueron desacreditados por la globalización que los presentó como una criatura que perjudica a todos los países. No es cierto. Los aranceles son un medio para encarecer las importaciones de los socios comerciales y propiciar su producción interna. Así, los aranceles de Estados Unidos encarecerán los productos elaborados en China y lo mismo ocurrirá con los de China. Ambos países adquirirán menos productos del rival y más del resto del mundo. El efecto neto será una reducción del comercio mundial que tendrá diferentes manifestaciones en los distintos países.

La globalización fue un acuerdo mundial montado alrededor de la teoría de ventaja comparativa de David Ricardo. Los países se especializan en los bienes que están en mejores condiciones de elaborar y adquieren los restantes a menores precios en el exterior. Supuestamente es un juego en el que todos ganan. La realidad es distinta. Los países desarrollados tienen ventaja comparativa en los bienes de alta productividad y los países en desarrollo en los de baja productividad. Los países en desarrollo se ven relegados a los recursos naturales y los bienes intensivos en mano de obra de baja productividad. De un lado ganan con el abaratamiento de los productos en el exterior, y de otro lado pierden por la baja de salarios; el efecto neto es incierto. Así, luego de 30 años de apertura, el salario en Colombia es nueve veces menor que en Estados Unidos.

El esquema no fue seguido por los países asiáticos, en particular China. Muchos de ellos han adoptado políticas industriales y subsidios para conformar estructuras productivas de mayor complejidad y competir con Estados Unidos y Europa. Lo cierto es que China, al igual que los países del sudeste asiático, ha logrado desplazar a los productos estadounidenses en los mercados internacionales.

Lo que ha hecho China es contrarrestar los efectos asimétricos del comercio internacional contra los países en desarrollo con una audaz política industrial. En lugar de bajar los salarios para operar en las actividades de alta tecnología, procede a entregar apoyos selectivos y temporales a las empresas. Por este camino logró conciliar el comercio internacional con el desarrollo tecnológico e industrial, y más, con la distribución del ingreso.

La evolución desesperada de Estados Unidos para detener el avance tecnológico de China, primero con aranceles y luego con acciones directas sobre las empresas, revela una estrategia débil frente a la política industrial de China. Mientras China disponga de un mayor avance científico y flexibilidad de salarios no será posible detener su presencia creciente en las actividades de alta tecnología. De todas formas, las conversaciones entre los dos países se reiniciaron y probablemente terminarán en una reducción del comercio mundial. Sin embargo, la lucha de las dos potencias para obtener el predominio de los bienes de alta tecnología no se detendrá.

El debate es un llamado a América Latina, que siguió a ciegas el principio de ventaja comparativa de Ricardo. El comercio internacional se propicia a cambio de estructuras de baja productividad que reducen los salarios y configuran balanzas de pagos deficitarias. La rectificación del error histórico está más cerca de China que de los libros de texto estadounidenses.

https://www.elespectador.com/opinion/confrontacion-entre-estados-unidos-y-china-columna-862656

17.19.-LA TEORÍA ECONÓMICA DE DONALD J. KEYNES – Paul Krugman

El desempleo es bajo porque los republicanos utilizan un gasto deficitario que afirmaban que destruiría EE UU

El líder de la minoría demócrata del Senado, Chuck Schumer.  Bill Clark BILL CLARK

En la noche de las elecciones de 2016 me equivoqué y predije que con Trump se produciría una recesión. Pero me di cuenta rápidamente de que la consternación política me había nublado la razón y retiré la predicción tres días más tarde. “Al menos es posible”, escribía el 11 de noviembre de 2016, “que unos déficits presupuestarios más grandes, en todo caso, refuercen brevemente la economía”.

En lo que no caí en aquel momento fue en lo grandes que llegarían a ser los déficits. Desde 2016, el Gobierno de Trump ha aplicado en la práctica esa clase de enorme estímulo fiscal por el que los seguidores de John Maynard Keynes abogaban cuando había un desempleo elevado, pero que los republicanos bloqueaban.

Al contrario de lo que Donald Trump y sus partidarios afirman, no se está produciendo una expansión sin precedentes. La economía estadounidense creció el año pasado un 3,2%, una tasa de crecimiento que no se había visto desde… 2015. El empleo ha aumentado de manera constante desde 2010, sin ninguna interrupción en la tendencia después de 2016. Así y todo, este largo periodo de crecimiento ha hecho que la tasa de desempleo disminuya hasta niveles que no se veían desde hace décadas.

¿Cómo ha sucedido eso y qué nos dice? La fortaleza de la economía no refleja un cambio radical en el déficit comercial estadounidense, que sigue siendo alto. Y tampoco refleja un enorme auge de la inversión empresarial, que prometieron los defensores de la bajada de impuestos de 2017, pero que no se produjo. Lo que está impulsando ahora a la economía es más bien el gasto deficitario.

Los economistas usan a menudo el déficit presupuestario ajustado cíclicamente —una estimación de cuál sería el déficit con pleno empleo — como un indicador aproximado de cuánto estímulo fiscal está proporcionando el Gobierno. Según ese indicador, el Gobierno federal está inyectando ahora el mismo dinero en la economía que hace siete años, cuando la tasa de desempleo era superior al 8%.

La explosión del déficit presupuestario no es solo consecuencia del recorte fiscal. Después de que los republicanos se hiciesen con el control de la Cámara de Representantes en 2010, obligaron al Gobierno federal a aplicar la austeridad, reduciendo el gasto a pesar del elevado desempleo y de los bajos costes de endeudamiento. Pero cuando Trump llegó a la Casa Blanca, de repente estaba bien otra vez gastar (siempre y cuando no fuese para ayudar a la gente pobre). Concretamente, el gasto discrecional real —los gastos que no corresponden a la Seguridad Social, Medicare y otros programas del colchón de seguridad— se ha disparado después de años de descenso.

Por tanto, la constante fortaleza de la economía no tiene ningún misterio: es algo keynesiano. ¿Pero qué hemos aprendido de la experiencia? Desde el punto de vista político, hemos aprendido que el Partido Republicano es extremadamente hipócrita. Después de despotricar durante la época de Obama sobre los peligros de la deuda y la inminente amenaza de la inflación, el partido abrió alegremente el grifo en cuanto tuvo a un hombre suyo en la Casa Blanca. Todavía se ven noticias en las que se describe a destacados republicanos como “halcones del déficit”, y que tratan de descifrar su actitud relajada ante el torrente actual de números rojos. Venga ya, todo el mundo sabe de qué iba todo aquello.

Más allá de eso, ahora sabemos que el largo periodo de desempleo elevado que siguió a la crisis financiera de 2008 se podría haber evitado fácilmente. Aquellos de nosotros que avisamos desde el principio de que el estímulo de Obama era demasiado pequeño y efímero, y de que la austeridad estaba entorpeciendo la recuperación, estábamos en lo cierto. Si hubiésemos estado dispuestos a proporcionar en 2013 el mismo tipo de ayuda fiscal que estamos proporcionando ahora, el desempleo ese año habría sido probablemente inferior al 6%, y no del 7,4%.

Pero en aquel momento, la que yo solía llamar Gente Muy Seria esgrimía muchas razones para no hacer lo que los manuales de economía decían que debíamos hacer. La GMS decía que había una crisis de deuda, aunque el Gobierno estadounidense podía endeudarse a unos tipos de interés increíblemente bajos. Decía que el desempleo elevado era “estructural” y que no se podía solucionar aumentando la demanda. En concreto, los trabajadores no tenían la cualificación necesaria para una economía moderna. Ninguna de estas afirmaciones era cierta, pero junto con el obstruccionismo republicano, contribuyeron a retrasar la vuelta al pleno empleo durante muchos años.

Entonces, ¿son buenos los déficits de Trump? Resulta que hace dos años, Estados Unidos estaba más lejos del pleno empleo de lo que la mayoría de la gente pensaba, de modo que el estímulo fiscal está justificado incluso ahora. Y los riesgos de endeudamiento son mucho menores de lo que afirmaba la Gente Muy Seria.

Sin embargo, si vamos a generar deuda, debería ser por un buen fin. Podríamos emplear los déficits para reconstruir nuestras decrépitas infraestructuras. Podríamos invertir en los niños asegurándonos de que reciben una atención sanitaria y una alimentación adecuadas y sacándolos de la pobreza.

Pero los republicanos siguen bloqueando cualquier gasto útil. Los republicanos del Senado se oponen no solo a las inversiones en infraestructuras, sino que el Gobierno de Trump propone recortes en las ayudas a los niños, especialmente en atención sanitaria y educación. Por lo visto, los déficits solo son buenos si se generan para conceder enormes exenciones tributarias a las empresas, que emplean el dinero para recomprar sus acciones. De modo que esa es la historia de la economía en 2019. El empleo es elevado y el desempleo bajo porque los republicanos han adoptado el tipo de gasto deficitario que afirmaban que destruiría Estados Unidos cuando los demócratas estaban en el poder. Pero ese gasto no se está empleando en ayudar a los necesitados o en hacernos más fuertes a la larga.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2019. Traducción de News Clips Se adhiere a los criterios de

https://elpais.com/economia/2019/05/17/actualidad/1558104364_953596.html

  • 16.19.-ERA TRUMP: UNA REALIDAD INCÓMODA Enric González
  • EL TERRIBLE DAÑO DE TRUMP A LA POBLACIÓN RURAL – Paul Krugman

Bajo la presidencia de Trump, Estados Unidos ha recuperado una prosperidad propia de los felices sesenta.

Dado que usted y yo estamos ahora mismo en este periódico, cabe suponer que coincidiremos en algunas apreciaciones. El tipo es un patán insufrible, un ególatra desbocado, un mentiroso patológico. Hasta ahí de acuerdo, ¿no? Ignora el cambio climático e incluso se alegra de que se funda el casquete polar, desprecia a los inmigrantes, odia la prensa que le critica, practica un nepotismo ridículo y confunde sus intereses personales con los del país. ¿Seguimos en sintonía? Diría que sí.

11 may 2019.- Subrayemos que este hombre puede provocar una catástrofe en cualquier momento y que ignoramos en qué acabará su pulso comercial con China. Dicho esto, enfrentémonos ya con la otra parte de la realidad. Bajo la presidencia de Donald Trump, Estados Unidos ha recuperado una prosperidad propia de los felices 60. Apenas existe desempleo, la economía creció más del 3% en el primer trimestre, la inflación permanece baja, suben los salarios y se ha frenado el declive industrial.

Ya, claro, dirá usted. Pero eso está lográndose con un monstruoso endeudamiento público y con un alarmante déficit presupuestario. Es cierto. Donald Trump, tras destruir aquella secta de fanáticos del rigor llamada Tea Party (¿se acuerdan de cuando parecían imparables?), ha unido al Partido Republicano en torno a una política similar a la de aquel otro presidente, más simpático, igualmente insufrible, llamado Ronald Reagan. Durante los años 80, Reagan disparó la deuda y todos los déficits. Es lo que ocurre cuando se bajan los impuestos (mayormente a los ricos) y se gasta una barbaridad en armamento. Ocurre, sin embargo, que Estados Unidos imprime dólares, la moneda aceptada en todo el planeta, y puede permitirse cosas que en cualquier otro país conducirían al desastre.

Ronald Reagan logró que Estados Unidos recuperara el optimismo y la condición de superpotencia económica, ganó la Guerra Fría (aunque la victoria la firmara su sucesor, George Bush) y acabó con la Unión Soviética. Muchos creímos entonces que la apuesta por los euromisiles y el farol de la “guerra de las galaxias” podían conducir a un holocausto nuclear. No fue así. En realidad, ocurrió lo contrario. En cuanto a los déficits, el crecimiento los fundió. Durante la presidencia de Bill Clinton se transformaron en superávits, hasta el punto que llegó a temerse la desaparición del mercado de deuda pública, fundamental tanto para quienes manejan la política monetaria como para los pequeños ahorradores.

Donald Trump practica el proteccionismo y vulnera prácticamente cada día los principios de un libre comercio que, por razones no del todo comprensibles, se ha convertido casi en dogma de fe para los progresistas. Desde que se enfrentó a China, cuyo capitalismo de Estado constituye la antítesis del libre comercio, la Unión Europea parece respaldar en silencio las tesis de Pekín y las instituciones internacionales emiten periódicas alarmas sobre el riesgo de que la guerra comercial desemboque en una recesión planetaria. Eso puede ocurrir, por supuesto. Pero de momento no ha ocurrido.

Está por ver cómo termina el primer mandato de Donald Trump. Hasta la fecha no ha causado ningún desastre (salvo el posiblemente imparable desastre climático), a diferencia de Barack Obama, que alentó las “primaveras” árabes y no supo luego qué hacer con ellas. Hasta la fecha ha logrado unos espléndidos resultados económicos. Hasta la fecha, todo apunta a que debería conseguir sin grandes dificultades la reelección.

A veces es saludable que los hechos contradigan nuestros prejuicios.

https://elpais.com/elpais/2019/05/10/ideas/1557509080_191418.html

16.19.-EL TERRIBLE DAÑO DE TRUMP A LA POBLACIÓN RURAL – Paul Krugman

Los principales seguidores del presidente son a la vez sus principales víctimas por las mentiras que él repite

Donald Trump sostiene una camiseta con su nombre del equipo de béisbol Boston Red Sox. KEVIN LAMARQUE REUTERS

Según informa Politico, los economistas están huyendo del Servicio de Investigación Económica del Departamento de Agricultura. Seis de ellos dimitieron en un solo día el mes pasado. ¿La razón? Se sienten perseguidos por publicar informes que arrojan una luz poco favorable sobre las políticas de Trump.

Pero estos informes solo reflejan la realidad. El Estados Unidos rural es una parte fundamental de la base electoral de Donald Trump. De hecho, las zonas rurales son las únicas partes del país en las que Trump tiene un índice de aprobación positivo. Pero también son las que más salen perdiendo con sus políticas. A fin de cuentas, ¿qué el trumpismo? En 2016, Trump pretendía ser un tipo distinto de republicano, pero en la práctica casi todo su programa económico ha sido el habitual del Partido Republicano: grandes bajadas de impuestos para las empresas y los ricos y al mismo tiempo despedazar el colchón de protección social.

Y todas estas políticas han perjudicado enormemente a las zonas agrícolas.

El recorte fiscal de Trump no beneficia a los agricultores, porque no son empresas, y pocos de ellos son ricos. Uno de los estudios de los economistas del Departamento de Agricultura que provocó la ira de Trump mostraba que, en la medida en que a los agricultores se les aplicaba una bajada de impuestos, la mayoría de los beneficios eran para el 10% más rico, mientras que los agricultores pobres en realidad sufrieron un ligero incremento impositivo. Y al mismo tiempo, el ataque al colchón de protección es especialmente perjudicial para el Estados Unidos rural, que depende mucho de los programas de seguridad. De los 100 condados con el porcentaje más elevado de población que recibe vales de comida, 85 son rurales, y la mayor parte del resto se encuentra en zonas metropolitanas pequeñas. La ampliación de Medicaid con la Ley de Atención Sanitaria Asequible, que Trump sigue intentando eliminar, tuvo sus efectos positivos más importantes en las zonas rurales.

Y estos programas son fundamentales para los estadounidenses de las zonas rurales, aunque no reciban personalmente la ayuda del Gobierno. Los programas de protección social generan poder adquisitivo, lo que ayuda a crear empleo rural. Medicaid también es un elemento esencial para mantener vivos los hospitales rurales.

¿Y qué hay del proteccionismo? El sector agrícola estadounidense depende enormemente del acceso a los mercados mundiales, mucho más que el conjunto de la economía. Los cultivadores de soja estadounidenses exportan la mitad de lo que producen; los cultivadores de trigo exportan el 46% de su cosecha. China, en concreto, se ha convertido en un mercado clave para los productos agrícolas estadounidenses. Por eso la reciente rabieta tuitera de Trump por el comercio, que aumentó las perspectivas de una escalada de la guerra comercial, hizo que los mercados de cereales registrasen su nivel más bajo en 42 años.

Por cierto, es importante saber que lo que amenaza a los agricultores no son solo las represalias extranjeras por los aranceles de Trump. Uno de los principios fundamentales en la economía internacional es que, a la larga, los impuestos sobre las importaciones acaban siendo también impuestos sobre las exportaciones, normalmente porque impulsan el dólar al alza. Si el mundo se sume en una guerra comercial, las importaciones y las exportaciones estadounidenses disminuirán, y los agricultores, que son algunos de nuestros mayores exportadores, serán los que más pierdan.

¿Por qué razón, entonces, apoyan a Trump las zonas rurales? Los factores culturales tienen mucho que ver. En concreto, los votantes de las zonas rurales se muestran mucho más hostiles a los inmigrantes que los votantes urbanos, especialmente en las comunidades en las que se encuentran pocos inmigrantes. Por lo visto, la falta de familiaridad engendra el desprecio.

Los votantes rurales también se sienten insultados por las élites costeras, y Trump ha logrado canalizar su enfado. Estoy seguro de que muchos votantes rurales, si llegasen a leer esta columna, reaccionarían con rabia, no contra Trump, sino contra mí: “De modo que piensa que somos estúpidos”.

Sin embargo, el apoyo a Trump podría empezar a resquebrajarse si los votantes rurales se diesen cuenta de lo mucho que les perjudican sus políticas. ¿Qué debería hacer un trumpista?

Una de las respuestas es repetir las mentiras zombis. Hace algunas semanas, Trump dijo en un mitin que sus rebajas del impuesto estatal han ayudado a los agricultores. Pero es totalmente falso; PolitiFact la calificó de “mentira cochina”. La realidad es que en 2017 solo unas 80 —sí, sí, 80— explotaciones agrícolas y empresas con pocos propietarios pagaron algún impuesto estatal. Los cuentos de granjas familiares arruinadas por pagar impuestos estatales son pura ficción.

El caso es que el ataque a la verdad tendrá consecuencias que van más allá de la política. El Departamento de Agricultura no tiene que ser un coro de palmeros de quien esté en el poder. Como se afirma en su declaración de objetivos fundamentales, su función es realizar “una investigación económica objetiva de alta calidad para aportar información y reforzar la toma de decisiones pública y privada”. Y no es una mera fanfarronada: junto con la Reserva Federal, el Servicio de Investigación es un perfecto ejemplo de cómo la buena economía puede ser útil. Sin embargo, ahora la capacidad del servicio para hacer su trabajo se está deteriorando, porque Trump no cree en la política basada en hechos. Básicamente, no cree en los hechos, y punto. Todo es político.

¿Y quién pagará el pato de este deterioro? Los estadounidenses rurales. Los principales seguidores de Trump son sus principales víctimas.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2019. Traducción de News Clips https://elpais.com/economia/2019/05/10/actualidad/1557487895_189191.html

15.19.-EL PROBLEMA CON JOE BIDEN Y BERNIE SANDERS – Paul Krugman

La falta de realismo podría llevarles al fracaso. Creen que pueden desafiar la dura realidad de la política tribal

El candidato demócrata Joe Biden. JONATHAN ERNST REUTERS

Todavía es muy pronto, pero Joe Biden se ha convertido en el claro favorito para ser el candidato demócrata. Bernie Sanders aparece en segundo lugar, aunque da la impresión de estar bastante rezagado, y un sondeo muestra que está empatado estadísticamente con Elizabeth Warren. Entonces, ¿qué deberíamos pensar de los hombres que están actualmente en cabeza?

3 may 2019.- Bien, hay cosas que me preocupan. No su idoneidad para ser elegidos, un tema del que nadie sabe nada. Lo que digan hoy los sondeos sobre las elecciones generales da igual; ¿pero cómo serán los sondeos después de la inevitable campaña de difamación republicana? La respuesta a esta pregunta depende a su vez de si los medios de comunicación colaborarán en la difamación con la misma alegría que en 2016.

No, lo que me preocupa es qué pasará si cualquiera de ellos gana. ¿Están listos para la guerra de trincheras política que inevitablemente seguiría a una victoria demócrata? El problema con Biden y Sanders es que cada uno a su manera parece creer que posee unos poderes de persuasión únicos que le permitirán desafiar la dura realidad de la política tribal actual. Y esta falta de realismo podría abocar a los dos al fracaso.

La gran preocupación que suscita la presidencia del ex núemero dos es que repita los errores iniciales de Obama

Empecemos por Biden, un tipo sociable que ha mantenido buenas relaciones personales con los republicanos. Todo da a entender que piensa que estas buenas relaciones personales se traducirán en una capacidad para alcanzar acuerdos bipartidistas sobre política. Pero ya hemos visto esta película, y era una tragedia. Barack Obama asumió el cargo con un mensaje de unidad y de compromiso bipartidista, y creyendo sinceramente que podría conseguir que muchos republicanos apoyasen sus esfuerzos para reactivar la economía, reformar la atención sanitaria y más cosas. En vez de ello, se topó con una oposición de tierra quemada total.

Y la convicción de Obama de que podría superar el partidismo casi hunde su presidencia. Se desperdiciaron meses cruciales intentando elaborar una legislación sobre la reforma sanitaria que permitiese obtener el apoyo republicano; el logro más significativo de Obama solo pudo conseguirse porque los heroicos esfuerzos de Nancy Pelosi permitieron que la Ley de Atención Sanitaria Asequible cruzara la línea de meta. Estaba dispuesto a hacer un “gran trato” con los republicanos que habría perjudicado al Medicare y a la Seguridad Social, y deteriorado considerablemente la marca demócrata; solo le salvó la intransigencia total del Partido Republicano, su negativa a contribuir a subir los impuestos un solo penique.

La gran preocupación que suscita una presidencia de Biden es que este repita todos los errores iniciales de Obama, y desperdicie el impulso de la victoria electoral persiguiendo un sueño de colaboración bipartidista que debería haberse esfumado hace tiempo.

Sanders, en cambio, no está por la colaboración bipartidista, y ni siquiera por la colaboración unipartidista. Se niega a considerarse un demócrata, aunque intente conseguir que el partido le designe para ser el candidato presidencial. Lo que parece creer Sanders es que es capaz de convencer a los votantes para que apoyen no solo políticas progresistas, sino también cambios políticos radicales que tratarían de arreglar cosas que la mayoría de la gente no piensa que haya que arreglar.

A eso se reduce, a fin de cuentas, su Medicare para todos, que eliminaría los seguros privados. Lo que les está diciendo a los 180 millones de estadounidenses que actualmente tienen un seguro privado, muchos de los cuales están satisfechos con su cobertura es: “Voy a quitaros el seguro que tenéis y sustituirlo por un programa del Gobierno. Además, vais a pagar muchos más impuestos. Pero confiad en mí, el programa será mejor que lo que tenéis ahora, y los nuevos impuestos serán inferiores a lo que pagáis ahora en primas”.

¿Podrían ser ciertas estas afirmaciones? Sí. ¿Se las creerán los votantes? Seguramente no. Los sondeos muestran que el apoyo al Medicare para todos cae drásticamente cuando se informa a la gente de que eliminaría los seguros privados y exigiría unos impuestos más altos.

Se podría intentar racionalizar la postura de Sanders alegando que Medicare para todos es un plan ambicioso, y que en la práctica estaría dispuesto a aceptar un planteamiento más gradual. Pero no es lo que parece indicar su comportamiento. Por el contrario, Sanders se ha negado claramente a apoyar medidas que reforzarían el Obamacare, ni siquiera como un recurso temporal. Por lo tanto, parece que para Sanders es o pagador único o nada. Y lo que eso significaría, con toda probabilidad, es… nada. Aquí no estamos hablando de la derecha contra la izquierda. El Partido Demócrata se ha vuelto mucho más sólidamente progresista de lo que solía ser, y eso se reflejará en las políticas de cualquier demócrata que llegue a la Casa Blanca. La cuestión, por el contrario, es si ella o él estarán dispuestos a enfrentarse a la dura realidad de la política actual.

Los candidatos demócratas en el siguiente nivel de la carrera parecen entenderlo. Las propuestas de Warren son muy progresistas, pero también son graduales, y hasta sus ideas relativamente radicales, como su propuesta de un impuesto sobre el patrimonio, reciben apoyo en los sondeos. Y cualquiera que haya visto a Kamala Harris en la comparecencia de William Barr del pasado miércoles sabe que no se hace ilusiones en cuanto al estado del partidismo. Biden y Sanders, sin embargo, dan la impresión de ser unos románticos. Biden parece estancado en el pasado, cuando a veces se producía una verdadera colaboración bipartidista. Sanders aparenta vivir en un futuro imaginario, en el que un maremoto popular se lleva por delante todos los obstáculos políticos. No da la sensación de que ninguno de los dos esté preparado para las duras contiendas que se producirán a continuación incluso si gana.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2019 Traducción de News ClipsSe adhiere a los criterios  de 

 https://elpais.com/economia/2019/05/03/actualidad/1556885454_191550.html

14.19.-CLOACAS, GUETOS, BLANCOS Y DESDÉN – Paul Krugman

El desprecio por el interior del país está mucho más extendido entre la derecha que en la izquierda

Celebración del 4 de julio en Virginia. ANDREW LICHTENSTEIN (GETTY IMAGES)

Si vives en el Medio Oeste ¿dónde quieres residir aparte de Chicago? Uno no quiere vivir en Cincinnati o Cleveland, o ya saben, las cloacas de Estados Unidos”. Esto lo declaraba Stephen Moore, el hombre al que Donald Trump quiere instalar en el Consejo de Administración de la Reserva Federal, durante un encuentro organizado en 2014 en una fundación llamada Heartland Institute. Los asistentes se rieron.

26 abr 2019.- Moore constituye una opción indefendible en muchos aspectos. Aunque no hubiese demostrado ser profundamente misógino y tener un desagradable historial personal, su trayectoria en economía —siempre equivocado, sin admitir jamás un error ni aprender de él— lo descalifica por completo. Sin embargo, sus comentarios sobre el Medio Oeste no solo ponen de relieve su ineptitud para la Reserva Federal, sino que también ilustran algo que llevo un tiempo observando: el desdén apenas velado que las élites conservadoras sienten hacia los votantes del interior del país de los que dependen.

Esta no es la historia que se oye normalmente. Por el contrario, estamos inundados de afirmaciones de que los progresistas desprecian al corazón de Estados Unidos. Hasta los propios progresistas interiorizan a menudo estas observaciones, se reprenden a sí mismos por haberse mostrado condescendientes y prometen mejorar.

¿Pero de dónde mana ese relato? Si observamos de dónde procede la creencia de que los progresistas no respetan al interior, veremos que no está relacionada con afirmaciones que hayan hecho los demócratas, y mucho menos con sus políticas. Es más bien un guion repetido incansablemente por Fox News y otras organizaciones.

El desprecio conservador, en cambio, es real. Evidentemente, el comentario sobre las “cloacas” de Moore no escandalizó a su público, probablemente porque las opiniones despectivas sobre el interior de Estados Unidos están extendidas entre los intelectuales de derechas y, más discretamente, entre los políticos de derechas.

Seamos claros: hay una verdadera crisis económica y social en lo que un análisis reciente denominaba el “este del interior”. Esta región sufre un desempleo persistente entre los varones y se ha observado un repunte de la mortalidad por alcoholismo, suicidio y consumo de opiáceos, o “muertes por desesperación”, como las llaman Anne Case y Angus Deaton.

¿Qué subyace tras esta crisis? Hasta donde yo sé, la opinión entre la mayoría de los progresistas es que refleja un descenso de las oportunidades económicas, cambios en la economía que han favorecido a las zonas metropolitanas en detrimento de las rurales. La disminución de las oportunidades ha provocado una alteración social, del mismo modo que la desaparición de la industria urbana perjudicó al centro de las ciudades hace medio siglo.

Sin embargo, muchos conservadores culpan a las víctimas. Atribuyen los problemas del interior a un misterioso desplome de la moralidad y de los valores de familia que de algún modo no ha afectado a las ciudades costeras. El desplome moral es el tema de libros como Coming Apart: The State of White America (Desmoronándose: El estado del Estados Unidos blanco) de Charles Murray, y de innumerables artículos. Un ensayo muy leído de National Review llegaba a calificar la deprimida zona oriental del interior de “gueto blanco”, cuyos habitantes son demasiado indolentes para trasladarse a donde hay trabajo.

Entonces, ¿quiénes son exactamente los que no respetan al Estados Unidos del interior? Naturalmente, en lo que respecta a los políticos, lo que dicen es mucho menos importante que lo que hacen. Pero, ¿qué nos dicen las elecciones políticas de los sondeos progresistas y conservadores sobre la importancia que atribuyen al interior?

Algunos demócratas, principalmente Elizabeth Warren, han presentado propuestas reales para ayudar a las zonas rurales. Probablemente no basten para invertir la decadencia económica, lo cual resultaría difícil incluso con mucho dinero y la mejor voluntad del mundo, pero sí ayudarían.

Por otra parte, todo lo que los republicanos ofrecen son fantasías sobre la recuperación de empleos perdidos en sectores como la minería del carbón o la fabricación. En realidad, desde que Trump llegó a la presidencia, los cierres de minas de carbón han continuado y el déficit comercial del sector de la fabricación ha aumentado.

Y lo que es más importante, piensen en lo que les ocurrirá a las zonas deprimidas de Estados Unidos si los republicanos consiguen lo que intentaron hacer en 2017 e imponen recortes salvajes en Medicaid (atención sanitaria a personas sin recursos) y otros programas de seguridad social.

Siempre me viene a la mente Virginia Occidental, donde Medicaid atiende a casi un tercio de la población no anciana. No es solo una cuestión de atención sanitaria, sino también de empleos. Más del 16% de los habitantes de Virginia Occidental trabajan en atención sanitaria, frente a solo un 3% de empleos proporcionados por la minería. Los hospitales son los principales creadores de empleo en muchas partes del Estados Unidos rural. ¿Qué cree usted que les sucederá a esos puestos de trabajo si se eliminan los fondos del Medicaid?

La cuestión es que si nos fijamos en lo que los conservadores se dicen unos a otros, y no en lo que fingen creer, queda claro que el desprecio por el interior de Estados Unidos está mucho más extendido en la derecha que en la izquierda. Y este menosprecio se refleja en el programa político de la derecha, que perjudicaría terriblemente a aquellos a quienes afirma considerar los únicos estadounidenses verdaderos.

Sé que será difícil hacer que este argumento se entienda. De hecho, estoy seguro de que algunos habitantes del interior interpretarán cualquier esfuerzo para convencerles de que están siendo engañados como un ejemplo más de la falta de respeto progresista. Pero todos los estadounidenses, vivan donde vivan, merecen que se les diga la verdad.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía © The New York Times, 2019. Traducción de News Clips https://elpais.com/economia/2019/04/26/actualidad/1556288162_733952.html

13.19.-REPUBLICANOS, LOS VERDADEROS EXTREMISTAS – Paul Krugman

Todas las principales políticas de Donald Trump han fracasado en lo sustantivo, lo político, o en los dos ámbitos. Su único logro legislativo, el recorte fiscal de 2017, sigue siendo impopular. Sus ataques al Obamacare sólo han mejorado la aprobación pública del programa. Su catastrofismo ha fortalecido la oposición mayoritaria al muro fronterizo que ha propuesto.

18 abr 2019.- No obstante, aunque el Partido Republicano de hoy no puede legislar, dirige una poderosa maquinaria propagandística y ahora esa maquinaria está dedicada a la estrategia de hacer pasar a los demócratas por extremistas. Tal vez funcione, pero no debiera, porque los demócratas no son extremistas; los extremistas son los republicanos.

El ataque a los demócratas ha involucrado principalmente la satanización de dos legisladoras: las representantes Ilhan Omar y Alexandria Ocasio-Cortez (AOC). Omar es musulmana y los sospechosos de siempre se han unido para sacar de contexto una cita suya y afirmar, con toda falsedad, que ella simpatiza con los terroristas. AOC, quien dice ser una demócrata socialista —aunque en realidad es una socialdemócrata— ha sido objeto de una cobertura obsesiva por parte de la derecha. A lo largo de un periodo de seis semanas, Fox News y Fox Business mencionaron su nombre más de tres mil veces, invariablemente para decir que es ignorante, radical o ambas.

Los republicanos, por otra parte, son realmente extremistas. O pensemos en las posturas de Stephen Moore, a quien Trump está tratando de colocar en la Junta de la Reserva Federal.

Algo que tenemos que saber de Moore, además de su incapacidad para interpretar bien los hechos, es que, a diferencia de Herman Cain, el otro candidato de Trump a la Reserva Federal, es parte de la clase dirigente de la derecha. Sin embargo, de lo que nos venimos enterando hasta ahora es del grado del extremismo político de Moore. Muchas de sus declaraciones pasadas —como su afirmación de que “el capitalismo es mucho más importante que la democracia”— suenan como una caricatura liberal del conservadurismo. Pero no se trata de ninguna caricatura, Moore nos muestra lo que la derecha piensa en realidad.

También quiere privatizar la Seguridad Social, un programa que es en extremo popular, y además es la base de la seguridad del retiro para los trabajadores estadounidenses. Moore la convertiría en un plan 401(k), un plan de ahorro para el retiro de contribución definida perteneciente a la iniciativa privada. Así mismo, ha demostrado una absoluta hostilidad hacia Medicaid, que da cobertura a 65 millones de estadounidenses.

Por último, Moore ha propuesto, por anticipado, una purga a la institución a la que Trump quiere que se una, y ha hablado de despedir a “cientos” de economistas de la Reserva Federal “que no sirven para nada”.

Así que incluso si se seleccionan cuidadosamente demócratas de izquierda, un vistazo a sus posturas actuales demuestra que no son tan extremas. Al mismo tiempo, los pilares de la clase dirigente de la derecha tienen posturas que no coinciden para nada ni con la evidencia ni con la opinión pública. Los republicanos son los verdaderos extremistas.

https://www.elsoldemexico.com.mx/analisis/republicanos-los-verdaderos-extremistas-3338819.html

12.19.-CHINA Y EE.UU: PAREJA DISPAREJA CONDENADA A LA COOPERACIÓN – Martin Wolf*

Ninguno será capaz de lograr lo que quiere sin prestar atención a los puntos de vista del otro. 

El futuro de nuestro mundo depende, en gran medida, de las relaciones entre EE.UU., un país joven y la actual superpotencia, y China, un antiguo imperio y una superpotencia en ascenso. La elección de Donald Trump, un xenófobo populista, en EE.UU. y el ascenso de Xi Jinping, un autócrata centralizador en China han vuelto estas relaciones particularmente complicadas.24 mar 2017.- No menos contrastantes, sin embargo, son las perspectivas de estos dos líderes en relación con la economía mundial. Hace 40 años, Mao Zedong gobernaba China: su objetivo era la autarquía. Sin embargo, desde 1978, las palabras claves de la política económica de China han sido “reforma y apertura”, propuestas por su sucesor, Deng Xiaoping.

Mientras tanto, EE.UU., el progenitor del internacionalismo liberal después de la Segunda Guerra Mundial, está consumido por la inseguridad y, por lo tanto, ha elegido como líder a un hombre que considera que esta política excepcionalmente exitosa es perjudicial para los intereses de su país.

Una de las ironías de la actualidad es esta reversión de actitudes en relación con la economía mundial abierta. Nada ilustra mejor esto que el contraste entre el fuerte apoyo a la globalización ofrecido por el presidente Xi durante la reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos en enero y la impactante afirmación de Trump de que “el proteccionismo conducirá a una gran prosperidad y fortaleza”.

El comunicado de los ministros de finanzas de la reunión del Grupo de los 20 en Alemania el pasado fin de semana dejó debidamente de lado el lenguaje del año pasado prometiendo “resistirse a todas las formas de proteccionismo”.

Todavía se desconocen las implicaciones del proteccionismo estadounidense. Pero son extremadamente inquietantes. Lo último que necesita nuestra frágil economía mundial es una guerra comercial entre EE.UU. y China.

La participación en el Foro de Desarrollo de China de este año me ha esclarecido algunas de las causas más profundas del desencanto actual. Los participantes chinos me dijeron en privado que alguna vez habían considerado a EE.UU. como el exitoso modelo del capitalismo, de la democracia y de la apertura económica. La crisis financiera mundial, la elección de Trump y el proteccionismo estadounidense han devastado su prestigio en los tres aspectos.

Los occidentales se quejan, a su vez, de que la retórica de la apertura china está lejos de coincidir con la realidad, señalando en particular la promoción de los ‘campeones nacionales’, especialmente en las industrias avanzadas.

Otra objeción es en referencia al espionaje cibernético comercial. Además de lo anterior, se encuentra la decepción de que el apoyo a la apertura económica de China aún no ha conducido a una mayor democracia.

Sin embargo, también es evidente que esta pareja dispareja está condenada a cooperar si han de garantizarse los bienes públicos globales esenciales: la gestión de los bienes comunes mundiales, la seguridad internacional y una prosperidad estable.

Trump puede declarar “EE.UU. primero”. El liderazgo chino puede concentrarse en el bienestar de sus propios ciudadanos. Pero ninguno será capaz de lograr lo que quiere sin prestar atención a los intereses y puntos de vista de los demás. Es asombroso que actualmente el liderazgo chino parezca entender esto mejor que el de EE.UU.

Cuando los presidentes Xi y Trump se reúnan el próximo mes en Mar-a-Lago, la ‘Casa Blanca de invierno’, durante la primera reunión entre los dos, es necesario que encuentren una base de cooperación. Los presagios no son buenos. Trump ha atacado las políticas comerciales y de cambio de divisas de China. Incluso ha contemplado desafiar la política de ‘Una sola China’, bajo la cual la República Popular es el único Estado chino legítimo. A esto hay que añadir los abismos de personalidad y de experiencia entre el ‘tuitero en jefe’ y el burócrata comunista, entre el promotor inmobiliario y el triunfante escalador del ‘palo ensebado’ del partido.

Si nos concentramos simplemente en la dimensión económica, ¿cómo puede salvarse este diálogo que probablemente caiga en oídos sordos?

En primer lugar, los dos líderes necesitan convencerse mutuamente de que ninguno de ellos alcanzará sus metas si están en conflicto. Esto es evidentemente cierto en el caso de una guerra real. Pero también es cierto en el caso de una guerra comercial. Determinar cuál país perdería más es un improductivo ejercicio intelectual. Sin duda, ambos perderían, directa e indirectamente.

En segundo lugar, Xi tiene que convencer a Trump de que sus puntos de vista sobre las políticas de China están desesperadamente pasados de moda. Desde junio de 2014, China ha gastado US$1 billón de sus reservas de divisas para mantener la estabilidad del renminbi. Entre 2006 y 2016, las exportaciones de China cayeron del 35 por ciento al 19 por ciento del PIB. La ‘máquina de exportación que todo lo conquista’ es una historia anticuada.

En tercer lugar, Trump debe decirle a Xi que las políticas industriales de China son un motivo legítimo de preocupación para otros países. China puede con razón argumentar que es un país en desarrollo. Pero también es un coloso económico. Para otros países, sus políticas de desarrollo parecen ser un mercantilismo depredador. China necesita reconocer que, en un mundo interdependiente, otros países tienen un interés razonable en lo que hace. Esto también se aplica a la magnitud de sus superávits en cuenta corriente. Por supuesto, Trump tiene que entender puntos similares. Si a él no le importan las consecuencias globales de lo que hace, ¿por qué debieran importarle a China?

En cuarto lugar, China puede ayudar a darle a Trump lo que quiere. El presidente estadounidense quiere inversiones industriales en nuevas zonas de su país afectadas por la desindustrialización. Esto nunca podrá revertirse. Pero Xi seguramente puede encontrar negocios chinos encantados de invertir en EE.UU. A Trump le gustan las noticias como ésa. Xi debiera ayudarlo.

Finalmente, Trump quiere un auge de infraestructura en EE.UU. China es, por mucho, el mayor representante mundial de entrega rápida de infraestructura. Debe ser posible casar las capacidades de China con los objetivos de Trump.

Independientemente de cuán contrastantes parezcan ser los dos países, ellos comparten intereses. Mantener la economía mundial abierta es uno de ellos. Es esencial persuadir a Trump de que sus opiniones sobre el comercio están equivocadas. Es surrealista que dependamos de un comunista chino para persuadir a un presidente estadounidense acerca de los méritos del comercio global liberal. Sin embargo, las desesperadas condiciones actuales requieren medidas igualmente desesperadas.

Martin Wolf
Columnista del Financial Times

https://www.portafolio.co/opinion/otros-columnistas-1/china-y-ee-uu-pareja-dispareja-condenada-a-la-cooperacion-administracion-portafolio-25-de-mar

  • – 11.19.- 3 PROPUESTAS “SOCIALISTAS” PARA SUBIR LOS IMPUESTOS A LOS RICOS EN     ESTADOS UNIDOS – Cecilia Barria 
  • – BID: ¿DISPUTA ENTRE WASHINGTON Y PEKÍN – Carlos Pagni
  • – DONALD TRUMP INTENTA MATARNOS – Paul Krugman

Trump dice que las turbinas eólicas producen cáncer. BLOOMBERG

Hay mucho que no sabemos acerca del legado que Donald Trump nos dejará. Y, cómo no, es sumamente importante lo que ocurra en las elecciones de 2020. Pero una cosa parece segura: aunque sea un presidente de un solo mandato, habrá causado, de manera directa o indirecta, la muerte prematura de un gran número de estadounidenses. Algunas de esas muertes se producirán a manos de nacionalistas blancos de extrema derecha, que constituyen una amenaza en rápido crecimiento, en parte porque se sienten autorizados por un presidente que los califica de “muy buenas personas”. Otras se producirán por fallos de la Administración, como la inadecuada respuesta al huracán María, que sin duda ha contribuido al elevado número de muertes en Puerto Rico. (Recuerden: los puertorriqueños son ciudadanos estadounidenses). Y otras se deberán a los continuos esfuerzos del Gobierno por sabotear el Obamacare, que no han conseguido anular la reforma, pero han paralizado el descenso del número de personas sin seguro, lo que significa que muchos no están recibiendo aún la atención sanitaria que necesitan. Por supuesto, si Trump se sale con la suya y elimina por completo el Obamacare, las cosas en este frente se pondrán mucho, muchísimo, peor.

Pero es probable que el mayor número de fallecimientos lo provoque el programa liberalizador de Trump; o quizá no deberíamos llamarlo “liberalizador”, porque su Gobierno es curiosamente selectivo acerca de qué sectores quiere dejar a su aire. Piensen en dos cuestiones recientes que ayudan a comprender lo mortalmente raro que es lo que está ocurriendo.

Una de ellas es el plan para que los mataderos de cerdos asuman buena parte de la responsabilidad federal de llevar a cabo inspecciones de seguridad alimentaria. ¿Y por qué no? No es que hayamos visto problemas derivados de la autorregulación en, pongamos por caso, el sector aeronáutico, ¿no? Ni que hayamos experimentado importantes brotes de enfermedades provocadas por alimentos. O que, para empezar, hubiera una razón para que la Administración pública estadounidense regulase las industrias cárnicas.

El Gobierno quiere revocar las normas que limitan las emisiones de mercurio de las centrales eléctricas

Ahora bien, podríamos ver la voluntad del Gobierno de Trump de confiar en la industria cárnica para que nuestra carne sea segura como parte de un ataque general a la reglamentación pública, una voluntad de confiar en que los sectores con ánimo de lucro harán lo correcto, y dejar que gobierne el mercado. Y algo de verdad hay en ello, pero no es toda la historia, como ilustra otro acontecimiento: la declaración que hizo Trump el otro día de que las turbinas eólicas producen cáncer.

Ciertamente, podríamos atribuirla a su propia demencia: Trump siente un odio irracional por la energía eólica desde que fracasó en su intento de impedir la construcción de un parque eólico cerca de su campo de golf escocés. Y el presidente parece demente e irracional en tantas cuestiones que una afirmación extraña más apenas parece importar.

Pero no se trata de un mero trumpismo más. Después de todo, normalmente pensamos que los republicanos en general, y Trump en particular, son personas que minimizan o niegan las “externalidades negativas” (los costes no compensados) que imponen algunas actividades empresariales a otras personas o empresas. Por ejemplo, el Gobierno de Trump quiere revocar las normas que limitan las emisiones de mercurio de las centrales eléctricas. Y para lograr ese objetivo, quiere impedir que la Agencia de Protección Medioambiental tenga en cuenta la multitud de beneficios que comporta la reducción de las emisiones de mercurio, como una reducción asociada de óxido de nitrógeno.

Pero en lo que a energía renovable se refiere, a Trump y compañía les preocupan mucho de repente los supuestos efectos negativos, que en general solo existen en su imaginación. El año pasado, el Gobierno presentó una propuesta que habría obligado a los operadores de las redes eléctricas a subvencionar la energía del carbón y la nuclear. La supuesta lógica era que las nuevas fuentes amenazaban con desestabilizar estas redes, pero los propios operadores negaron que esto fuese cierto.

De modo que hay liberalización para algunos, pero nefastas advertencias sobre amenazas imaginarias para otros. ¿Qué está ocurriendo? Parte de la respuesta es: sigan al dinero. Las aportaciones políticas de la industria cárnica favorecen abrumadoramente a los republicanos. La minería del carbón apoya casi exclusivamente al Partido Republicano. Las energías alternativas, por el contrario, prefieren en general a los demócratas.

Probablemente haya también otras cosas. A un partido que desea poder volver a la década de 1950 (pero sin el tipo fiscal máximo del 91%), le resultará difícil aceptar la realidad de que cosas jipis y poco masculinas como la energía eólica y solar se estén volviendo cada vez más rentables. Con independencia de qué impulse la política de Trump, el hecho, como he dicho, es que matará a la gente. Las turbinas eólicas no causan cáncer, pero las centrales térmicas de carbón, sí (además de provocar otros muchos males). Los cálculos del propio Gobierno de Trump indican que esta relajación de las normas sobre la contaminación causada por el carbón matará a más de 1.000 estadounidenses cada año. Si el Gobierno consigue poner en práctica todo su programa –no solo la liberalización de muchos sectores industriales, sino también la discriminación contra sectores que no le gustan, como las energías renovables– el daño será mucho mayor.

De modo que si comen carne –o, ya puestos, beben agua o respiran aire– Trump intenta matarlos en un sentido muy real. Y aunque se vea despojado del cargo el próximo año, para muchos estadounidenses será demasiado tarde.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía © The New York Times, 2019 Traducción de News Clips https://elpais.com/economia/2019/04/05/actualidad/1554465242_312346.html 

 11.19.- BID: ¿DISPUTA ENTRE WASHINGTON Y PEKÍNCarlos Pagni

¿El Banco Interamericano de Desarrollo seguirá siendo un instrumento de intervención financiera en la región para los chinos? 

El vice primer ministro de China Liu He junto al secretario del Tesoro de Estados Unidos Steven Mnuchin (d) y el representante de Comercio estadounidense Robert Lighthizer (c). NICOLAS ASFOURI EFE

Algo relevante ha cambiado en los últimos 10 días en el conflicto entre Estados Unidos y China. Y esa alteración tiene como escenario a América Latina. La disputa entre las dos potencias por influir en la región se había expresado hasta ahora como una tensión subterránea.

1 abr 2019.-  Sin embargo, hace dos viernes, el entredicho adquirió una dimensión institucional. El motivo explícito fue la divergencia entre Washington y Pekín frente a la crisis venezolana. Ese desencuentro determinó que el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) suspendiera su asamblea anual, que se iba a celebrar entre el jueves y el domingo pasados en la ciudad china de Chengdú. Esa resolución fue liderada por los Estados Unidos, pero consiguió el apoyo de numerosos países que son receptores de caudalosas inversiones chinas. Un duelo entre poder y dinero.

El BID había elegido Chengdú para celebrar su 60º aniversario, que coincidía con una década de pertenencia de China a la institución. Esa preferencia provocó una reacción negativa de la Administración de Donald Trump, a pesar de que su representante en la institución no había objetado la sede. El 19 de diciembre pasado, el subsecretario para Asuntos Internacionales del Tesoro, David Malpass, dirigió una carta al presidente del Banco, el colombiano Luis Alberto Moreno, en la que manifestó: “Tengo serias reservas sobre el proceso del banco que condujo a esa decisión inicial, y no creo que la reunión de 2019 pueda ser tan exitosa en Pekín como lo sería si se celebrara en la región”.

Estados Unidos controla del 30% de las acciones de la institución. La oposición de Washington se volvió operativa un mes más tarde, con la colaboración del propio Moreno. El 23 de enero, el titular de la Asamblea Nacional venezolana, Juan Guaidó, se proclamó como presidente legítimo de su país. El Gobierno de Trump fue el primero en reconocerlo. Y un rato más tarde hizo lo mismo Moreno, mediante un tuit.Ningún organismo multilateral se había pronunciado sobre la querella venezolana. El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial no lo han hecho hasta ahora.

¿Moreno sabía que con su declaración estaba minando su asamblea de Chengdú? Porque la disputa de legitimidad entre Guaidó y Nicolás Maduro se trasladó al seno del BID. El 28 de febrero, Guaidó se dirigió al ministro de Hacienda argentino Nicolás Dujovne, en ejercicio de la asamblea de Gobernadores del banco, para informarle que había designado al economista Ricardo Hausmann como representante de su Gobierno. Hausmann es un reconocido profesor de la Universidad de Harvard, que podría ser ministro de Economía de Guaidó, si éste ejerciera el poder efectivo.

El nombramiento de Hausmann fue el punto de partida de un ajedrez frente al que China, que sigue reconociendo a Maduro, no sería indiferente. El 15 de marzo, la junta de Gobernadores del BID votó la expulsión del representante de Maduro, Oswaldo Pérez Cuevas, y reconoció a Hausmann como el delegado venezolano.Desde Pekín solicitaron que la silla de Venezuela permaneciera vacía en Chengdú. Pero las autoridades del banco insistieron en que el país estaría representado por Hausmann. China se negó a conceder la visa al economista. El primero en reaccionar fue el vicepresidente de los Estados Unidos, Mike Pence, quien escribió en el periódico The Miami Herald que “los chinos están socavando el progreso del hemisferio hacia la democracia al negarse a otorgar un visado oficial a Ricardo Hausmann, la primera vez en la historia del banco que una nación anfitriona se niega a dejar entrar a un miembro”.

El BID respaldó a Hausmann y canceló la reunión de Chengdú. Todavía no se definió la nueva sede de la asamblea. La reacción de Pekín no fue lineal. El encargado de protestar no fue el Banco de China, titular formal de la representación ante el BID, sino el Ministerio de Relaciones Exteriores. Lo primero que se descartó es que los chinos abandonaran una institución a la que se incorporaron al cabo de 15 años de esfuerzo diplomático. Otra peculiaridad es que la queja, formulada en un comunicado extraoficial, no se dirigió a los que votaron la cancelación. El Gobierno de Xi Jinping atribuyó a“cierto país” haber boicoteado la reunión. A pesar de estas sutilezas, se abre una incógnita: ¿el BID seguirá siendo un instrumento de intervención financiera en la región para los chinos?¿O preferirán volcarse en la Corporación Andina de Fomento, otro banco de desarrollo en que los Estados Unidos no participan? El choque del BID incomoda a muchos países de la región que reciben inversiones de Pekín, pero tienen lazos poderosísimos con Washington. Esas naciones demostraron, a desgano, el estado del balance regional: el factor geopolítico prevaleció sobre el financiero. China ha invertido en América Latina, desde 2005, 150.000 millones de dólares. Pero, como dice el profesor de Georgetown Gonzalo Paz, la suspensión de la cumbre de Chengdú demostró que “poder mata billetera”.

https://elpais.com/internacional/2019/04/02/argentina/1554157753_047809.html

11.19.-  3 PROPUESTAS “SOCIALISTAS” PARA SUBIR LOS IMPUESTOS A LOS RICOS EN ESTADOS UNIDOS – Cecilia Barria 

La idea toma fuerza en políticos que piden bajar la desigualdad. Pero la fórmula crea más polémica.

Foto: Alexandria Ocasio-Cortez propone que los más ricos paguen hasta un 70% de impuesto sobre los ingresos que sobrepasen los US$10 millones.

Cuando el historiador holandés Rutger Bregman se paró frente a un auditorio de influyentes líderes reunidos en la última conferencia de Davos y lanzó un par de frases provocadoras, el video se hizo viral.

Le dijo a los millonarios que la filantropía es «estúpida» y que simplemente deben pagar más tributos (además de un par de palabrotas de fuerte calibre).

4 abr 2019.- Y aunque la idea de subirle los impuestos a los más ricos suele estar presente en campañas electorales por la gran popularidad de la misma entre alguna gente, el cómo hacerlo es la parte complicada donde la discusión se entrampa.

En Estados Unidos poco a poco se está calentando el debate de cara a las elecciones presidenciales de 2020 y el tema se ha vuelto a poner una vez más sobre la mesa, cuando ha pasado poco más de un años desde que Donald Trump implementara la «reducción de impuestos más grande en los últimos 30 años».

El recorte de US$1,5 billones implementado en enero de 2018 -que rebajó los tributos que pagan las empresas del 35% al 21%, entre otras medidas- es considerado un éxito por sus partidarios, quienes argumentan que impulsó la economía y generó empleo.

Sus detractores, en cambio, argumentan que aumentó el déficit fiscal a US$621.000 millones en 2018, el más alto en una década, y provocó una disminución de los ingresos federales cercana al 1% del PIB.

Estas son tres propuestas para subirle los impuestos a los más ricos, defendidas y atacadas con la misma fuerza por políticos, expertos y votantes.

  1. 70% sobre ganancias de más de US$10 millones

La propuesta de una tasa del 70% sobre los ingresos para los que ganen más de US$10 millones, la planteó la demócrata Alexandria Ocasio-Cortez, miembro de la Cámara de Representantes, para contribuir a la financiación de la propuesta sobre un nuevo acuerdo ambiental (Green New Deal, en inglés).

Desde su perspectiva, deberían existir 8 tramos de impuestos (en vez de siete).

Ocasio-Cortez sostiene que los que ganan entre US$500.001 y US$10 millones, deberían pagar 37% en impuestos federales.

Y cualquiera que tenga ganacias sobre los US$10 millones, debería pagar 70%. En este caso, no es que la persona deba pagar el 70% sobre todas sus ganancias, sino sobre aquellas que superen los US$10 millones.

Bill Gates, quien ha dicho públicamente que debería pagar más tributos, ha dicho que esta propuesta no considera el panorama general.

Los ricos «tienen ingresos que corresponden al valor de sus acciones, que si nos las venden, no aparecen como ingresos», dijo en una entrevista.

  1. Que paguen cuando se mueran

Esta es la propuesta del senador y candidato presidencial Bernie Sanders. Se trata de gravar las herencias superiores a US$3.5 millones.

Desde el último recorte de impuestos, solo los que reciben de herencia más de US$11 millones debe pagar impuesto al patrimonio.

 

Bajo la perspectiva de Sanders, deberían existir diferentes tramos tributarios para las grandes herencias, comenzando con un 45% y llegando a 77% en el caso de las herencias de más de US$1.000 millones.

El equipo del senador estima que el plan conseguiría ingresos fiscales equivalente a US$2.2 billones.

  1. Que paguen según la riqueza, no solo los ingresos

Esta es la propuesta de la senadora Elizabeth Warren, también candidata presidencial.

Su idea es que los hogares que tengan una riqueza superior a US$50 millones, paguen un 2% de impuesto a la riqueza.

En el caso de los hogares cuya riqueza supere los US$1.000 millones, deberían pagar un extra 1% por sobre los anterior.

Esta política, afectaría a cerca de 75.000 hogares ricos estadounidenses y se aplicaría sobre cualquier bien que posean, en cualquier parte del mundo.

Los críticos

Estas tres propuestas, sin embargo, no convencen a todo el mundo.

«La principal razón por la que los aspirantes demócratas quieren subir los impuestos es que les preocupa la desigualdad de ingresos y de riqueza», le dice a BBC Mundo Ryan Bourne, investigador del centro de estudios CATO Institute.

«No he visto evidencia convincente que demuestre que unaalta desigualdadpor sí misma tiene efectos dañinos para la economía», afirma.

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En los últimos 30 años China se volvió más próspero, explica Bourne, y al mismo tiempo se hizo más desigual.

Reino Unido, por su parte, vio caer la desigualdad tras la crisis financiera, porque todo el país se volvió más pobre, pero especialmente los más ricos.

«En vez de focalizarnos en la desigualdad, nos deberíamos centrar en el crecimiento económico y especialmente en el crecimiento de los ingresos de los más pobres», apunta Bourne.

Sobre la propuesta de Alexandria Ocasio-Cortez, señala que no es viable.

«Sabemos que las personas con altos ingresos tienen mayor libertad de movimiento y tienen abogados y contadores que pueden arreglar sus asuntos».

La idea, explica, aumentaría la tasa de evasión y sería un incentivo para disuadir a las personas de tener ingresos sobre los US$10 millones.

«Esa alza de impuestos solo desalentaría a algunos emprendedores de buscar actividades innovadoras, empeorando sustancialmente el bienestar económico», asegura Bourne.

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¿Qué dicen las encuestas?

Karlyn H. Bowman, experta en análisis de opinión pública del centro de estudios American Enterprise Institute, ha investigado el tema y sostiene que los datos sugieren que los estadounidenses no admiran ni tampoco les molestan especialmente los ricos.

«Se ven a sí mismos como una amplia clase media y la mayoría no piensa que se volverán ricos. Tampoco piensan que los ricos son más felices que ellos», le dice Bowman a BBC Mundo.

«Creen que tener una clase compuesta por personas ricas beneficia al país, aunque las diferencias entre republicanos y demócratas sobre este tema han aumentado con el paso del tiempo».

Mirando las tendencias de opinión hechas por la encuestadora Gallup desde 1992, «los estadounidenses creen que la gente con mayores ingresos no paga una parte justa de impuestos y creen que los impuestos deberían ser mayores para los ricos», agrega.

Aunque falta mucho para las elecciones en Estados Unidos, previstas para noviembre de 2020, los motores ya comenzaron a calentarse y el debate recién comienza.

https://www.eldeber.com.bo/bbc/3-propuestas-quotsocialistasquot-para-subir-los-impuestos-a-los-ricos-en-Estados-Unidos-y-por-que-algunos-dudan-de-que-funcionen-20190327-11341.html

10.19.- LA CRUELDAD DEL PARTIDO REPUBLICANO Paul Krugman

 Los demócratas tienen un plan realista para ampliar la atención sanitaria; sus rivales mantienen su yihad 

El líder de la mayoría republicana en el Senado, Mitch McConnell. ANGERER (GETTY)

Ya está claro cómo se librará la campaña electoral de 2020. Los republicanos afirmarán, falsamente, que los demócratas quieren quitarnos las hamburguesas. Los demócratas afirmarán, honradamente, que los republicanos quieren quitarnos la atención sanitaria. Supongo que veremos qué argumento gana.

29 mar 2019.-  El lunes pasado, el Gobierno de Trump adoptó una nueva posición en una demanda judicial acerca de la Ley de Atención Sanitaria Asequible (ACA por sus siglas en inglés), y declaró ante un tribunal federal que ahora apoya la eliminación total de esta ley, que ha permitido acceder a un seguro sanitario a muchos estadounidenses que de otro modo carecerían de él. Nos hacemos una idea bastante buena de qué ocurrirá si esta demanda judicial prospera. En torno a 20 millones de estadounidenses perderían su cobertura sanitaria.

Aunque supuestamente Donald Trump cree que atacando esta ley contenta a sus bases, la mayor devastación se produciría de hecho en estados que apoyaron decididamente a Trump en 2016, al creerse sus promesas de que defendería la sanidad. En Virginia Occidental, por ejemplo, 160.000 personas –11% de los adultos no ancianos– quedarían privadas de su seguro de salud.

Los demócratas tienen un plan realista para ampliar la antención sanitaria; sus rivales mantienen su yihab

Trump y sus defensores afirman que esto no ocurrirá, que van a revelar un gran plan que sustituirá al Obamacare. Pero los republicanos llevan nueve años diciendo eso, desde que se promulgó la ley de Obama, y nunca lo han cumplido. No tienen ningún plan, y nunca lo tendrán. De modo que los republicanos quieren quitarnos la atención sanitaria. Los demócratas, por el contrario, quieren mejorarla y abaratarla, no solo a largo plazo, con alguna clase de reforma sanitaria radical, sino de inmediato.

Al día siguiente del ataque de Trump al Obamacare, los congresistas demócratas presentaban un plan para mejorar esta ley, principalmente ampliando las subvenciones que limitan la parte de la renta que las familias deben dedicar a las primas del seguro. Las familias de rentas más bajas acabarían pagando menos; las de clase media cuya renta está ahora ligeramente por encima del tope para tener acceso a las subvenciones, pero a las que sin embargo el coste del seguro les resulta difícil de asumir, entrarían en el sistema y experimentarían importantes mejoras. No disponemos aún de cálculos sobre cuántos estadounidenses tendrían acceso a cobertura con este plan, pero serían muchos. El plan presentado por la Cámara de Representantes aumentaría el nivel de prestación nacional aproximadamente al de Massachusetts, que disfruta desde 2006 de un plan sanitario más generoso y donde el porcentaje de adultos no ancianos sin seguro médico es una tercera parte de la media nacional. Alcanzar unos resultados similares a los de Massachusetts a escala nacional significaría que aproximadamente 15 millones de personas más tendrían derecho a cobertura; probablemente poco realista, pero un indicativo de lo importante que podría ser este plan.

Todo esto costaría dinero. ¿Qué deberían hacer los demócratas si los republicanos les preguntan cómo tienen pensado pagarlo? La respuesta es: reírse en su cara. El Partido Republicano impuso no hace mucho una rebaja de impuestos que beneficia desproporcionadamente a los ricos, y que costará dos billones de dólares a lo largo de la próxima década, sin ahorros que compensen esa pérdida. La mejora de la atención sanitaria podría pagarse rescindiendo parte de ese gran regalo. Si los republicanos no lo hacen, no es problema de los demócratas. Y si los defensores de esta propuesta están dispuestos a relajarse respecto a la financiación, como deberían hacer, el plan está básicamente listo. Si los demócratas consiguen el Senado y la Casa Blanca el próximo año, podrían convertir el plan en ley y quitar casi de inmediato un gran peso de encima a millones de estadounidenses.

¿Y respecto a las esperanzas progresistas de llevar a cabo una revisión de la sanidad más fundamental? La representante Alexandria Ocasio-Cortez lo ha entendido perfectamente: aunque sigue reclamando sesiones sobre la “Sanidad para todos”, se declaraba “contenta de apoyar cualquier disposición que refuerce el ACA y llene algunas de las lagunas que estamos viendo”. (Hasta el momento, Bernie Sanders se ha negado a respaldar el plan. Esperemos que recapacite). De modo que los demócratas tienen un plan realista para ampliar la atención sanitaria, mientras que los republicanos mantienen su yihad contra el Obamacare. La cuestión es por qué. Al fin y al cabo, hemos pasado de sobra el punto en el que intentar matar el ACA era una estrategia política inteligente aunque cínica. La ley ha ido ganando popularidad desde que Trump llegó a la presidencia. La atención sanitaria fue un asunto clave en las elecciones de mitad de mandato, y el 75% de los electores que la consideraban el asunto más importante votó por los demócratas.

¿Por qué no puede entonces el Partido Republicano cortar por lo sano y aceptar que el Obamacare ha pasado a formar parte de nuestro tejido social? Después de todo, hubo un tiempo en el que personas como Ronald Reagan insistían en que el Medicare (atención sanitaria para personas de más de 65 años o discapacitadas) destruiría la libertad estadounidense; pero hoy en día, los republicanos se presentan como defensores del programa (a pesar de que siguen intentando debilitarlo y privatizarlo en secreto).

Pues bien, los politólogos tienen algunas ideas acerca de las razones por las que los republicanos se niegan a tirar la toalla en el tema de la ACA. Pero, dejando aparte los detalles, los republicanos modernos odian la idea de emplear la política pública para ayudar a los ciudadanos a obtener la atención sanitaria que necesitan, incluso cuando la incapacidad de las personas para acceder a un seguro se debe a afecciones médicas preexistentes sobre las que no tienen control. Si esto les parece cruel es porque lo es, y no hay señales de que esta actitud vaya a cambiar. En el Partido Republicano de hoy, la crueldad con los más vulnerables es una enfermedad preexistente.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 201 Traducción de News Clips https://elpais.com/economia/2019/03/29/actualidad/1553865153_105758.html

9.19 HABLEMOS DEL EU RURAL – Paul Krugman 

A la hora de la cosecha.

¿Cuál es el problema con el Estados Unidos rural? Los principales centros urbanos siempre han sido imanes para el crecimiento económico. Ofrecen enormes mercados, la disposición inmediata de proveedores especializados, grandes grupos de empleados con habilidades especializadas y el intercambio invisible de información que resulta del contacto personal. Como lo describió el economista victoriano Alfred Marshall: “Los misterios del oficio dejan de serlo, pero están, por así decirlo, en el aire”.

21 mar 2019.- Sin embargo, la fuerza gravitacional de las grandes ciudades solía contrarrestarse con la necesidad de que hubiera agricultura y ganadería donde se encontraban las tierras fértiles. En 1950, la agricultura estadounidense empleaba directamente a más de seis millones de personas; estos agricultores sustentaban una red de pequeños poblados y proporcionaban servicios locales y algunos de estos pequeños poblados servían como las semillas en torno a las cuales crecían industrias especializadas.

La agricultura tampoco era la única actividad que le daba a la gente una razón para vivir lejos de las áreas metropolitanas importantes. Por ejemplo, estaba el casi medio millón de mineros de carbón.

No obstante, desde entonces, aunque la población estadounidense se ha duplicado, el número de agricultores ha caído dos tercios. Además, de manera generalizada, la opinión pública estadounidense en relación con los inmigrantes es cada vez más positiva, pero entre los estadounidenses de las áreas rurales, la mayoría de los cuales rara vez se encuentran con inmigrantes en sus vidas cotidianas, hay una opinión mayormente más negativa.

No sorprende que el Estados Unidos rural también sea, en gran medida, el único lugar donde Donald Trump sigue siendo popular. A pesar del daño que sus guerras comerciales han hecho a la economía agrícola, su aprobación neta es inmensamente mayor en las áreas rurales que en el resto del país.

Entonces, ¿qué se puede hacer para ayudar al Estados Unidos rural? Podemos y deberíamos asegurarnos de que todos los estadounidenses tengan buenos servicios médicos, acceso a educación de calidad y así sucesivamente sin importar dónde vivan. Podemos tratar de fomentar el desarrollo económico en las regiones rezagadas con inversión pública, subsidios al empleo y, posiblemente, garantías de empleo.

De manera realista, no podemos esperar que la asistencia produzca un cambio político radical. A pesar de toda esa asistencia, en 2017, más de una cuarta parte de los hombres de Alemania del Este votaron por el partido nacionalista blanco de extrema derecha, Alternativa para Alemania.

Estoy seguro de que a algunos lectores rurales les molestará todo lo que acabo de decir, ya que lo interpretan como la típica condescendencia proveniente de las grandes ciudades. No obstante, esa no es ni mi intención ni el fin de este texto. Se trata nada más de intentar ser objetivo. No podemos ayudar al Estados Unidos rural sin entender que la función que solía desempeñar en nuestra nación está siendo debilitada por fuerzas económicas poderosas que nadie sabe cómo detener.

https://www.elsoldemexico.com.mx/analisis/hablemos-del-eu-rural-3212026.html

8.19.-LOS ROBOTS NO TIENEN LA CULPA DE LOS SALARIOS BAJOSPaul Krugman

Es verdad que tenemos un serio problema, pero poco tiene que ver con la tecnología, y mucho con la política y el poder

Un robot carga un pedido de alimentos en Berkeley, California. GETTY IMAGES

El otro día me encontraba en una conferencia hablando del estancamiento de los salarios y el gran aumento de la desigualdad. Hubo debates muy interesantes. Pero una cosa que me sorprendió fue que muchos de los participantes supusieran sin más que los robots constituyen una parte importante del problema, que las máquinas se están quedando con los trabajos buenos, o incluso con los trabajos en general. La mayoría de las veces, esto no se presentaba ni siquiera como una hipótesis, sino como algo que todo el mundo sabe.

16 mar 2019.- Y esta suposición tiene repercusiones reales en el debate político. Por ejemplo, buena parte de la agitación a favor de la renta básica universal proviene de la creencia de que los puestos de trabajo escasearán cada vez más a medida que el apocalipsis de los robots se haga con la economía. De modo que me parece buena idea señalar que, en este caso, lo que todo el mundo sabe no es cierto. Las predicciones son difíciles, sobre todo las relativas al futuro, y es posible que los robots vengan uno de estos días a hacerse con todos nuestros puestos de trabajo. Pero la automatización no es la parte principal de la historia de lo que les ha ocurrido a los trabajadores estadounidenses a lo largo de los últimos 40 años. Es verdad que tenemos un serio problema, pero tiene muy poco que ver con la tecnología, y mucho con la política y el poder. Retrocedamos un momento y preguntémonos qué es, en cualquier caso, un robot. No tiene por qué parecerse a C-3PO, ni rodar por ahí diciendo “¡Exterminar! ¡Exterminar!” Desde un punto de vista económico, un robot es cualquier cosa que utilice la tecnología para efectuar una tarea antes realizada por humanos.

Y en este sentido, los robots llevan literalmente siglos transformando nuestra economía. David Ricardo, uno de los padres fundadores de las ciencias económicas, ya escribió sobre los efectos perturbadores de la maquinaria en 1821. Hoy en día, cuando la gente habla del apocalipsis de los robots, en general no piensa en cosas como la minería a cielo abierto o en la minería de remoción de cimas. Pero estas tecnologías transformaron por completo la minería: la producción de carbón casi se duplicó entre 1950 y 2000, pero el número de mineros del carbón cayó de 470.000 a menos de 80.000.

Es verdad que tenemos un serio problema, pero poco tiene que ver con la tecnología, y mucho con la política y el poder

O piensen en la contenerización de cargas. Antes, los estibadores constituían una parte importante del paisaje en las grandes ciudades portuarias. Pero mientras que el gran comercio mundial se ha disparado desde la década de 1970, la proporción de trabajadores estadounidenses que se encargan del “manejo de cargamentos marítimos” se ha reducido casi en dos tercios.

Por lo tanto, las perturbaciones tecnológicas no son un fenómeno nuevo. Así y todo, ¿se están acelerando? No, según los datos. Si los robots estuviesen de verdad sustituyendo masivamente a los trabajadores, sería de esperar que la cantidad de cosas producidas por cada trabajador restante –la productividad laboral– se disparase. De hecho, la productividad creció muchísimo más entre mediados de la década de 1990 y mediados de la de 2000 que desde entonces.

De modo que el cambio tecnológico es una vieja historia. La novedad es que los trabajadores no están compartiendo los frutos de ese cambio tecnológico. No digo que afrontar ese cambio fuera fácil alguna vez. El descenso del empleo en el sector del carbón tuvo consecuencias devastadoras para muchas familias, y muchas de las anteriores zonas carboníferas no se han recuperado nunca. La pérdida de trabajos manuales en las ciudades portuarias contribuyó sin duda a la crisis de las décadas de 1970 y 1980.

Es una táctica de distracción para no afrontar la forma en la que el sistema está amañado contra los trabajadores

Pero aunque siempre ha habido víctimas del progreso tecnológico, hasta la década de 1970 el aumento de la productividad se tradujo en un aumento de sueldo para la gran mayoría de los trabajadores. Después se rompió la conexión. Y no fue culpa de los robots. ¿A qué se debió esa ruptura? Cada vez más economistas, aunque no todos, coinciden en que uno de los factores clave en el estancamiento de los salarios ha sido la disminución del poder de negociación de los trabajadores, una disminución cuyas raíces son en última instancia políticas.

De manera más obvia, el salario mínimo federal, ajustado a la inflación, ha caído un tercio a lo largo de los últimos 50 años, a pesar de que la productividad de los trabajadores ha aumentado un 150%. Esa divergencia ha sido pura y simplemente política.

El debilitamiento de los sindicatos, que en 1973 protegían a la cuarta parte de los trabajadores del sector privado pero solo al 6% en la actualidad, tal vez no tenga un origen tan claramente político. Otros países no han experimentado el mismo debilitamiento. Canadá está tan sindicalizada ahora como Estados Unidos en 1973; en los países nórdicos, los sindicatos cubren a dos tercios de la población activa. Lo que ha hecho que Estados Unidos fuese tan excepcional ha sido un entorno político profundamente hostil a la organización laboral y afín a los empresarios enemigos de la sindicalización.

Y el debilitamiento de los sindicatos ha cambiado mucho las cosas. Piensen en el trabajo de camionero, que solía ser bueno, pero por el que ahora se cobra un tercio menos que en 1970, con unas condiciones de trabajo terribles. ¿Dónde radica la diferencia? La desindicalización ha sido una parte importante de la historia. Y estos factores cuantificables son meros indicadores de un sesgo sostenido y generalizado contra los trabajadores en nuestra política.

Lo que me lleva de vuelta a la pregunta de por qué hablamos tanto de robots. La respuesta es que es una táctica de distracción, una forma de no afrontar la manera en que nuestro sistema está amañado contra los trabajadores, del mismo modo que el debate sobre la “falta de cualificación” era una forma de desviar la atención de las malas políticas que mantenían alto el desempleo. Y los progresistas, sobre todo, no deberían caer en este fatalismo simplón. Los trabajadores estadounidenses pueden y deberían tener mejores condiciones de trabajo. Y en la medida en que no las están consiguiendo, la culpa no es de los robots, sino de nuestros dirigentes políticos.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2019.Traducción de News Clips https://elpais.com/autor/paul_krugman/a 

A- 7.19 EL SOCIALISMO Y LA MUJER HECHA A SÍ MISMA – Paul Krugman

El que la heredera Ivanka Trump de un sermón para rechazar la garantía de empleo del Estado es el colmo

Si ustedes son como yo, seguramente les vendrá bien dejar de hablar al menos por un momento de Donald Trump. ¿Por qué no aprovecharlo para hablar de Ivanka Trump? Verán, recientemente dijo algo que habría sido extraordinario viniendo de cualquier republicano, pero que fue verdaderamente asombroso al proceder de la “Hija en Jefe”.

El tema objeto de debate era la propuesta, incluida en el Green New Deal [Nuevo Tratado Verde], de que el Estado ofrezca una garantía de empleo. La hija de Trump descartó la idea, afirmando que los estadounidenses “quieren trabajar por lo que reciben”, que quieren vivir en un país “en el que existe una posibilidad de ascenso social”.

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Vale, esto denota una enorme falta de conciencia de uno mismo: el que una heredera cuya estrategia empresarial se basa en comerciar con el nombre de su padre te suelte un sermón sobre la importancia de depender de uno mismo es el colmo. Pero dejemos a un lado lo personal. Sabemos mucho de ascenso social en diferentes países, y los datos no son lo que los republicanos quieren oír.

La observación principal, basada en un corpus creciente de investigación, es que en lo que a ascenso social se refiere, Estados Unidos es verdaderamente excepcional, es decir, presenta unos resultados excepcionalmente malos. Los estadounidenses cuyos progenitores obtienen rentas bajas tienen más probabilidades de tener también rentas bajas y menos de ascender a la clase media o alta que sus homólogos de otros países avanzados. Y los que nacen ricos tienen, correspondientemente, más probabilidades de conservar su condición.

Ahora bien, no es así como nos gusta vernos. De hecho, existe una curiosa desconexión entre realidad y percepción: los estadounidenses tienen muchas más probabilidades que los europeos de imaginar que su sociedad está caracterizada por una elevada movilidad social, cuando la realidad es que tenemos mucha menos que ellos.

Buena parte de esto parece reflejar una desinformación sistemática. En algunos lugares, los miembros hereditarios de la élite se jactan de su linaje, pero en EE UU pretenden haber salido adelante por su cuenta. Por ejemplo, muchos estadounidenses creen, al parecer, que Donald Trump es un hombre hecho a sí mismo.

En cualquier caso, la movilidad social excepcionalmente baja de EE UU es distinta de su desigualdad de renta excepcionalmente elevada, aunque seguramente estén relacionadas. En los países avanzados existe una fuerte correlación negativa entre desigualdad y movilidad a la que en ocasiones se hace referencia como la “curva del Gran Gatsby”. Tiene sentido. Después de todo, las enormes disparidades de renta de los progenitores tienden a traducirse en grandes disparidades en las oportunidades de los hijos.

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Y por cierto, la gente parece entender este argumento. Muchos estadounidenses no son conscientes de lo desigual que es realmente nuestra sociedad; cuando se les proporcionan datos sobre la desigualdad de la renta, se vuelve más probable que piensen que proceder de una familia acaudalada influye mucho en el éxito personal.

Pero volviendo al “potencial de movilidad ascendente”: ¿dónde tienen más posibilidades de salir adelante las personas de procedencia pobre o modesta? La respuesta es que Escandinavia lidera la lista, aunque a Canadá también le va bien. La cuestión es que los países nórdicos no solo tienen baja desigualdad, sino que también administraciones públicas mucho más grandes, y colchones de seguridad social mucho más amplios que nosotros. En otras palabras, tienen lo que los republicanos tachan de “socialista” (no lo es, pero da igual).

Y la asociación entre “socialismo” y movilidad social no es accidental. Por el contrario, es exactamente lo que cabría esperar. Para entenderlo, situémoslo en un contexto estadounidense, y preguntémonos qué le ocurriría a la movilidad social si la derecha republicana o los demócratas progresistas consiguieran llevar plenamente a la práctica sus programas políticos.

Si los tipos del Tea Party se salieran con la suya, veríamos recortes drásticos de la asistencia sanitaria a personas sin recursos (Medicaid), de los cupones para alimentos y de otros programas que ayudan a los estadounidenses de pocos ingresos, lo que en muchos casos dejaría a los niños de familias de rentas bajas con una sanidad y una nutrición inadecuadas. También veríamos recortes en la financiación de la educación pública. Y en el otro extremo de la escala, veríamos rebajas tributarias que aumentarían las rentas de los ricos, y la eliminación del impuesto de sucesiones, lo que les permitiría legar todo ese dinero a sus herederos.

En cambio, los demócratas progresistas piden una atención sanitaria universal, un aumento de las ayudas a los pobres y programas que ofrezcan matrículas universitarias gratuitas o al menos subvencionadas. Piden ayudas para que los progenitores con rentas medias y bajas puedan acceder a guarderías de calidad para sus hijos. Y proponen pagar estas prestaciones aumentando los impuestos a las rentas altas y a las grandes fortunas. De modo que, ¿cuál de estos programas tendería a afianzar nuestro sistema de clases, haciendo que a los hijos de los ricos les resulte fácil seguir siendo ricos y a los hijos de los pobres les resulte difícil salir de la pobreza? ¿Cuál nos acercaría más al sueño americano y crearía una sociedad en la que los jóvenes ambiciosos dispuestos a trabajar duro tendrían la oportunidad de superar sus orígenes?

Miren, Ivanka Trump seguramente tiene razón cuando afirma que la mayoría queremos un país donde haya posibilidades de ascender socialmente. Pero lo que necesitamos para asegurarnos de que somos ese tipo de país –las políticas asociadas con niveles elevados de ascenso social en todo el mundo– es exactamente lo que los republicanos tachan de socialismo.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2019.Traducción de News Clips. https://elpais.com/economia/2019/03/01/actualidad/1551454547_293768.html

B- 7.19 CHINA Y ESTADOS UNIDOS LOGRARÍAN ACUERDO ANTES DE LO PREVISTO

Los medios reportan la intención de los presidentes de reunirse prontamente, abriendo espacio en sus agendas para que esto suceda este mismo mes.

China y Estados Unidos lograrían acuerdo antes de lo previsto Foto: Getty

Análisis Internacional

China y Estados Unidos podrían alcanzar un acuerdo comercial pronto aunque todavía quedan desafíos pendientes. Reino Unido busca definir texto legal con la Unión Europea que limite controversia parlamentaria.

Pese a la extensión de 60 días en las negociaciones comerciales entre China y Estados Unidos, los acuerdos se estarían alcanzando con mayor agilidad que el plazo establecido. Los medios reportan la intención de los presidentes de reunirse prontamente, abriendo espacio en sus agendas para que esto suceda este mismo mes. Lo anterior no es un detalle menor pues, en teoría, la reunión serviría para cerrar temas remanentes complejos de acordar. China negociaría revertir los últimos aranceles estadounidenses de US$200.000 millones, que fueron interpuestos en septiembre de 2018, con tasa 10%. Sin embargo, aún no se conoce la postura estadounidense pues, de antemano, no aumentar el arancel a 25% ya se leería como una concesión a China. Por su parte, la negociación estadounidense se concentraría en, primero, la realización de reformas estructurales en propiedad intelectual y transferencia de tecnología; y, segundo, la reducción del desbalance comercial, que al cierre de 2018 superó -US$400.000 millones. Al respecto, los negociadores estadounidenses proponen que el país asiático realice mayores compras, sin definirse los bienes objetivo, de tal forma que el desbalance sea reducido en US$200.000 millones para 2020.

Más allá del acuerdo que eventualmente se alcance, el desafío se concentra en mantenerlo, pues se estaría evaluando el cumplimiento de manera frecuente, hecho que también supeditaría el éxito del acuerdo a factores políticos. En otras palabras, Estados Unidos podría retomar el incremento de aranceles argumentando incumplimiento de lo pactado.

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Cambiando de región, el fiscal general británico se reunirá el martes con el negociador del Brexit de la Unión Europea (UE), M. Barnier, para lograr cambios legalmente vinculantes frente al término fijo que tendría el backstop, punto que el parlamento británico objetó del acuerdo que alcanzó T. May con la UE finalizando el año pasado. Si ese cambio legal se logra, será más probable que el 12 de marzo el parlamento británico respalde el acuerdo del Brexit.

Análisis Tasa de Cambio

Deterioro en cuenta corriente podría agudizarse en 2019 con el débil desempeño que vienen presentando las exportaciones. Justamente, en enero las ventas al exterior completaron dos meses consecutivos de contracción.

Los resultados de la cuenta corriente en 2018 confirmaron la postura de Investigaciones Económicas (IE) frente al desempeño del sector externo, pues los registros recientes mostraban que el espacio de ajuste adicional había culminado, al menos en el corto plazo. El déficit de la cuenta corriente el año anterior fue -3,8% del PIB, levemente por encima de la estimación del Banco de la República (BR) de -3,7% del PIB. El rubro que registró el mayor deterioro fue la renta factorial, pues el desbalance pasó de -2,7% del PIB en 2017 a -3,4% el año anterior. El egreso de recursos por esta vía ascendió a US$17.253 millones, de los cuales 59% correspondió a la renta obtenida por empresas con Inversión Extranjera Directa (IED). En relación a este concepto, en los últimos meses la balanza cambiaria ha mostrado un repunte significativo en los flujos de IED, principalmente al sector de hidrocarburos. Así, si bien se beneficia el desempeño del sector con la mayor inversión, también genera un mayor egreso de recursos vinculado a la repatriación de utilidades que se giran al exterior.

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En perspectiva, la cuenta corriente en 2019 podría continuar deteriorándose, aunque por una vía diferente. Esto debido a los resultados recientes de la balanza comercial, que muestran importaciones con una dinámica conjunta favorable, mientras que las exportaciones presentaron en enero su segunda caída consecutiva. En efecto, las ventas al exterior se contrajeron -7,8% anual, caída que estuvo respaldada por el débil desempeño de los bienes tradicionales. Esta clasificación retrocedió -14,2% anual, como resultado del descenso de las exportaciones de petróleo de -10,2% anual, el mayor desde octubre de 2016. Incluso al excluir esta mercancía, las exportaciones presentan una caída de -6,4% anual. Por su parte, un factor a resaltar en medio de este resultado fue el repunte de los bienes no tradicionales que avanzaron 5,3% anual en enero, lo que moderó la caída total de las exportaciones.

Análisis Deuda Pública

Cifras del mercado laboral no estarían contemplando el efecto total de los flujos migratorios de Venezuela. El desempleo en los últimos meses ha sido superior al compatible con la recuperación de la actividad económica.

La actividad mostró un repunte en 2018 luego de tres años de desaceleración. Sin embargo, la recuperación de la economía aún no se ha extendido al mercado laboral, pues la tasa de desempleo en enero fue 13,7%, aumentando en +0,3pp anual y alcanzando el registro más alto para este mes desde 2016. Pese a esto, cabe notar que el mercado laboral también actúa de forma rezagada al desempeño del PIB.

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Uno de los principales interrogantes en el reciente deterioro de las cifras de empleo es el efecto de la migración venezolana. Sin embargo, a partir de la información que recoge la Gran Encuesta Integrada de Hogares (GEIH) del Dane, los resultados del mercado laboral no estarían contemplado el impacto total de los flujos migratorios. Esto debido a que una de las condiciones necesarias para ser tenido en cuenta por la GEIH es cumplir con la condición de ser “Residente Habitual”. Esta figura busca que la persona entrevistada garantice un periodo mínimo de permanencia en la vivienda para ser considerado residente, tanto en el país como del domicilio. Lo anterior podría ser una de las razones por las cuales la GEIH no refleja el efecto total de la migración de Venezuela, ante el movimiento constante que puedan presentar los migrantes, no solo entre domicilios, sino también entre ciudades.

Retornando a la relación entre empleo y actividad, Investigaciones Económicas estimó la tasa de desempleo urbano a partir del crecimiento económico medido por el Indicador de Seguimiento a la Economía (ISE), buscando cuantificar si existe un efecto de la migración en el mercado laboral, más allá del desempeño de la actividad. Los resultados evidencian que en los últimos seis meses la tasa de desempleo estuvo en promedio 0,4pp por encima de aquella que se deriva del comportamiento del ISE. En otras palabras, el desempleo ha sido algo más alto del compatible con el PIB. Esto podría ser evidencia del impacto migratorio. Sin embargo, es importante destacar que el deterioro en el empleo también obedece a una leve moderación en el ritmo de crecimiento.

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6.19.-TRUMP Y LOS AUTÓCRATAS – Paul Krugman

Han habido algunas buenas noticias sobre el comercio mundial últimamente: todo parece indicar que una guerra comercial a gran escala entre Estados Unidos y China podría evitarse.

La mala noticia es que si, en efecto, vamos a celebrar un tratado comercial con China, básicamente será porque los chinos le están ofreciendo a Donald Trump un beneficio político personal. Al mismo tiempo, se avecina un conflicto comercial mucho más peligroso con Europa y, los europeos, que todavía tienen esta cosa peculiar llamada Estado de derecho, y no pueden recurrir a los sobornos para lograr la paz comercial.

 28 feb 2019.- Los antecedentes: el año pasado, el gobierno de Trump impuso aranceles a una amplia gama de productos chinos, que abarcaron más de la mitad de las exportaciones de China a Estados Unidos. No obstante, eso podría haber sido sólo el principio: Trump había amenazado con imponer aranceles mucho más elevados a 200 mil millones de dólares de exportaciones chinas a partir de este viernes.

¿Qué motivó esos aranceles? El conflicto comercial es básicamente una venganza personal de Trump, a la que puede dedicarse debido a que las leyes internacionales de Estados Unidos en materia de comercio le otorgan al presidente una gran discrecionalidad para imponer aranceles por diversos motivos. Por ende, la predicción de las políticas comerciales tiene que ver con descifrar qué está pasando por la mente de un hombre.

No obstante, ha habido pocas pruebas de que Trump esté interesado en lidiar con el verdadero problema de China. Durante el fin de semana asistí a una conferencia sobre políticas comerciales, ahí se preguntó a los expertos qué quería Trump realmente; la respuesta más popular fue: “logros tuiteables”.

Como era de esperarse, Trump se ha atribuido lo que él llama grandes concesiones chinas, que parecen estar relacionadas en general con que el gobierno chino le ordena a las empresas comprar productos agrícolas estadounidenses. En específico, el aplazamiento de la guerra comercial vino después de la promesa que hizo China de comprar diez millones de toneladas de soya. Esto complacerá a los agricultores, aunque no está nada claro si compensará las pérdidas que han sufrido debido a las acciones previas de Trump.

La cuestión es que lo que China está ofreciendo no se relaciona en absoluto con los intereses nacionales estadounidenses que están realmente en juego. Únicamente le da a Trump motivos para tuitear.

Ah, y por cierto: el banco más grande de China, cuyo propietario mayoritario resulta ser el gobierno chino, ocupa tres pisos completos de la Torre Trump en Manhattan. El banco había pensado reducir su espacio; será interesante ver qué ocurre con ese plan ahora.

Mientras tanto, el Departamento de Comercio de Estados Unidos elaboró un informe sobre las importaciones de automóviles europeos que, según la prensa alemana, concluye que suponen una amenaza para la seguridad nacional.

Si esto suena ridículo, es porque lo es. De hecho, aunque los europeos no son unos angelitos, sí se guían por las reglas mundiales y es difícil acusarlos de cometer pecados comerciales considerables.

https://www.elsoldemexico.com.mx/analisis/trump-y-los-autocratas-3121341.html

5.19.-DEMÓCRATAS A FAVOR DE LOS VALORES FAMILIARES – Paul Krugman

Ofrecer atención sanitaria a los niños costaría 70.000 millones. No es una minucia, pero tampoco es mucho dinero

La senadora demócrata Elizabeth Warren. BRIAN SNYDER (REUTERS)

Para millones de estadounidenses con hijos, la vida es un constante y desesperado juego malabar. Durante el día tienen que ir al trabajo, ya sea porque son padres o madres solteros o porque las décadas de estancamiento de los salarios significan que ambos progenitores tienen que trabajar para llegar a fin de mes. Pero o bien no hay guarderías o las que hay son inasequibles.

22 feb 2019.-  Y la cosa es que no tiene por qué ser así. Otros países ricos tienen sistemas públicos de guarderías o bien subvencionan los cuidados infantiles para que estén al alcance de todos. Ni siquiera cuesta tanto dinero. Aunque otros países avanzados gastan, de media, el triple que nosotros en ayudar a las familias —con tanto como alardeamos de nuestros “valores familiares”— constituye una parte relativamente pequeña de sus presupuestos. En concreto, cuidar a los niños es mucho más barato que proporcionar atención sanitaria y pensiones de jubilación a los ancianos, algo que hasta Estados Unidos hace. Es más, el cuidar de los niños no solo ayuda a estos a crecer para convertirse en adultos productivos, sino que también tiene beneficios económicos inmediatos, al hacer que a sus padres les resulte más fácil permanecer en la población activa.

A lo largo de los últimos 20 años, el empleo de las mujeres entre 25 y 54 años en Estados Unidos se ha situado cada vez más por debajo del resto del mundo avanzado; en este momento, estamos muy por debajo incluso de Japón. Y la falta de cuidados infantiles probablemente sea una de las razones principales.

De modo que los cuidados infantiles deberían constituir realmente una parte importante del programa electoral progresista. Hillary Clinton presentó en 2016 un plan serio, pero los medios de comunicación estaban tan obsesionados con sus mensajes electrónicos que no le prestaron atención. Y si me preguntan a mí, la nueva propuesta de la senadora demócrata Elizabeth Warren no está recibiendo tanta atención como debería. Porque es el tipo de iniciativa que, si se promulga, mejoraría la vida de millones de personas, y podría materializarse de hecho en un futuro próximo.

Entre otras cosas, a diferencia de las visiones puristas de sustituir los seguros de salud privados por el “Medicare para todos”, proporcionar cuidados infantiles no exigiría imponer nuevos tributos a la clase media. Las cantidades de dinero necesarias son suficientemente pequeñas como para que los nuevos impuestos a las grandes fortunas y a las rentas elevadas, que son deseables por otras razones, puedan recaudar fácilmente suficientes ingresos.

La lógica del plan de Warren es bastante simple (aunque algunos analistas intenten que parezca compleja). Los cuidados infantiles se regularían para garantizar que se mantiene una calidad básica y se subvencionarían para que fueran asequibles. El tamaño de la subvención dependería de los ingresos de los padres: los padres de rentas más bajas obtendrían atención gratuita, los de rentas más elevadas deberían pagar algo, pero nadie tendría que pagar más del 7% de sus ingresos.

Los asesores de Warren sitúan el coste para el presupuesto en 70.000 millones de dólares anuales, en torno a un tercio del 1% del PIB. No es una minucia, pero tampoco es mucho dinero para algo capaz de transformar la vida de tantos ciudadanos.

Por ejemplo, está muy por debajo de la mitad de los ingresos perdidos debido a la rebaja de impuestos de Trump, que parece haberse empleado principalmente para la recompra de acciones. Y es una fracción diminuta de lo que costaría sustituir todos los seguros de salud privados por un programa público. ¿Cuáles son entonces las objeciones a este plan?

Algunos desde la izquierda alegan que no es suficientemente ambicioso, que debería proporcionar cuidados infantiles directamente públicos y gratuitos, no subvenciones para guarderías privadas. Ciertamente hay razones para defender una política más expansiva. Pero no hay ninguna posibilidad de que se aplique a corto plazo. Aquí lo perfecto es enemigo de lo bueno.

Por otra parte, desde la derecha surgen las habituales acusaciones de “socialismo”, que hoy en día se refiere cualquier cosa situada a la izquierda de comerse a los niños de los pobres. Curiosamente, veo al menos algunos comentarios de la derecha que no solo se oponen a la idea de facilitar que las madres trabajen, sino que quieren que volvamos a los días en los que las familias podían “vivir con un solo salario”.

Desde un punto de vista realista, por supuesto, eso no va a ocurrir, y no solo porque el 30% de los niños vivan en hogares monoparentales. Y tengan en cuenta que, a pesar de quejarse del descenso del modelo de sostén de la familia masculino tradicional, los conservadores fomentan políticas como los requisitos laborales para obtener el Medicaid, que básicamente obligan a las madres a trabajar fuera de casa.

En resumidas cuentas, la propuesta de Warren impresiona: es viable, asequible y haría mucho bien. Y aunque esta no es una columna de apuestas —no estoy diciendo que Warren sea, y ni siquiera que deba ser, la candidata demócrata a la presidencia— se necesitan ideas como esta: propuestas de tamaño y precio medios con capacidad para aportar grandes beneficios que no requieran un milagro político.

Ahora mismo, todos los verdaderos contendientes para la candidatura demócrata son sólidamente progresistas, pero hasta ahora algunos parecen poco informados sobre los temas políticos —ha habido demasiados titubeos en torno al Medicare— o demasiado comprometidos, con visiones políticas arrasadoras o maximalistas como para pensar seriamente en lo que podrían hacer verdaderamente si su partido se hace con la Casa Blanca y el Senado el próximo año. Las visiones y los valores están muy bien, pero los demócratas también necesitan estar dispuestos a arrancar a toda marcha con planes que de hecho puedan llegar a convertirse en leyes. Y hasta el momento, Warren es la que marca el paso.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2019. Traducción de News Clips. https://elpais.com/economia/2019/02/22/actualidad/1550851532_539509.html


4.19.-DONALD Y EL ESCUADRÓN DE LOS DEFLACIONISTASPaul Krugman

Sigue nombrando hombres que se han opuesto a cualquier intento de rescatar la economía de las crisis

David Malpass, candidato de Trump a presidir el Banco Mundial.  (AFP) AFP

El debate político estadounidense ha estado dominado por la cuestión del muro de Donald Trump, un tema en el que la irracionalidad de este último sigue sorprendiendo hasta a sus críticos. Por eso me imagino que no muchos habrán oído que ha propuesto a David Malpass, en la actualidad subsecretario del Departamento del Tesoro, para dirigir el Banco Mundial. Pero es una noticia que vale la pena seguir.

Para empezar, aunque por regla general Estados Unidos consigue elegir el presidente del Banco Mundial (Europa se queda con el Fondo Monetario Internacional), habrá mucha oposición a Malpass, que tiene un historial de hostilidad hacia las instituciones internacionales. Es más, el nombramiento de Malpass como candidato subraya el excepcional carácter de los nombramientos económicos de Trump.

¿Excepcional en qué sentido? Pues excepcionalmente malo. Todo economista, un servidor incluido, se equivoca a veces. Pero Trump solo parece elegir hombres que se han equivocado en todo.

Pero aparte de eso, lo excepcional es la medida en la que este presidente escoge constantemente economistas cuya ideología choca con los puntos de vista políticos profesados por él mismo.

Estos días al menos, Trump es un defensor del dinero fácil que quiere que la Reserva Federal mantenga bajos los tipos de interés. Pero sigue nombrando deflacionistas, hombres que se han opuesto a cualquier intento de rescatar la economía de las crisis financieras, que han atacado vehementemente a la Reserva Federal por mantener los tipos bajos y que exigían una política de restricción monetaria cuando el desempleo era muy elevado.

¿Por qué lo hace? Llegaré a eso enseguida. En primer lugar, hablemos de quiénes están en su equipo.

El primero de la lista es Larry Kudlow, director del Consejo Económico Nacional. Tiene un curioso historial. Como decía un analista, “ha elevado el error extravagante a una especie de arte de la performance”.

Quizá Kudlow sea más conocido por su incansable fe, contra toda evidencia, en la magia de las rebajas de impuestos, así como su menosprecio por los “obsesos de las burbujas” que predecían el desplome del mercado de la vivienda. Menos conocido es su elogio a los funcionarios de Bush en 2008 por tener la valentía de no rescatar a Lehman Brothers. Solo unas horas después de sus encomios, la caída de Lehman había sumergido al mundo entero en una crisis financiera.

Kevin Hassett, presidente del Consejo de Asesores Económicos, es otro negacionista de la burbuja, aunque su pronóstico más famoso se incluye en un libro que escribió en 1999, Dow 36,000, que, ajustado a la inflación, significaría aproximadamente situar el índice del Dow Jones en 55.000 puntos en la actualidad. Y lo que es más importante para la política actual, Hassett se encon­traba entre quienes no dejaban de predecir, equivocadamente, que los esfuerzos de Ben Bernanke por luchar contra el desempleo causarían una inflación ­rampante.

Y luego está David Malpass, también negacionista de la burbuja y crítico acérrimo de Bernanke. Muchos analistas de prensa recuerdan su insistencia en 2007, siendo economista jefe de Bear Stearns, en que no había razones para preocuparse por el sistema financiero. Pocos meses después, su propia empresa se vino abajo.

Pero me parece que su comentario más revelador fue una diatriba en 2011 contra los tipos de interés bajos y lo que él consideraba una política de “debilidad del dólar”. Una política de tipos bajos, declaraba, perjudica a la economía porque “desincentiva el ahorro”, y un dólar bajo es malo para la confianza, o lo que sea.

Realmente era un mal análisis económico. En aquel momento, Estados Unidos registraba un desempleo del 9%, debido enteramente a un gasto privado insuficiente; en la medida en que desincentivaban el ahorro y hacían que la población gastase en lugar de ahorrar, los bajos tipos de interés habrían sido algo bueno, no un problema. Y el argumento de Malpass sobre el dólar era sencillamente incoherente.

Sin embargo, lo verdaderamente curioso es que las políticas que Malpass atacaba fuesen precisamente las que Donald Trump exige ahora: tipos bajos y un dólar más débil. Entonces, ¿por qué quiere Trump promocionarle a él y a otros como él?

Esta es mi interpretación: lo primero que Trump busca en un candidato es que comparta sus valores, sobre todo su absoluta falta de compasión por los menos afortunados que él. Y si uno quiere un alto cargo económico que no se preocupe por los pobres o los desafortunados, debe por fuerza buscar a alguien de derechas.

Pero Trump tiene también otro criterio: quiere personas que dependan personalmente de él, que no tengan ningún tipo de reputación profesional que defender y que, por tanto, no adoptarán una posición basada en principios. Es decir, solo quiere mediocres.

Y aquí está la cosa: los economistas segundones de derechas, con muy pocas excepciones, son tipos que defienden la restricción monetaria y que auguran que la hiperinflación está a la vuelta de la esquina. Por eso Trump acaba con funcionarios cuyas opiniones anteriores son diametralmente opuestas a lo que él afirma ahora.

¿Significa esto que los hombres que ha elegido se interpondrán a las políticas de Trump? No, ni mucho menos. Al fin y al cabo, son segundones y le dirán lo que él quiera oír.

https://elpais.com/economia/2019/02/15/actualidad/1550249280_783713.html

3.19.- “5.000 TROOPS TO COLOMBIA” – Mauricio Reina

Lo mejor que puede hacer el presidente Duque para que Maduro deje el poder, es mantener los derroteros que ha seguido hasta el momento.

El que el asesor de seguridad de Donald Trump, John Bolton, haya mostrado una libreta que mencionaba el envío de 5.000 soldados estadounidenses a Colombia ha generado toda clase de reacciones.

31 ene 2019.- Los pesimistas dicen que fue un descuido que revela el plan de la Casa Blanca de lanzar una ofensiva contra Nicolás Maduro desde territorio colombiano. Los optimistas dicen que se trató de un deliberado acto de disuasión, cuyo objetivo era solamente amenazar a la cúpula bolivariana con esa posibilidad. Y los más agudos afirman que la prueba de que todo fue preparado por asesores, y no por Bolton, es que el texto decía “5.000 troops to Colombia” y no “5.000 troops to Columbia”. Por absurda que parezca, la posibilidad de una arremetida militar estadounidense contra Maduro no es descartable. Y no lo digo solo porque los voceros del gobierno Trump repitan como loros que todas las opciones están sobre la mesa, sino porque el curso de los hechos podría llevar hacia ese escenario.

A esa conclusión se llega a partir de dos hechos. Por un lado, hace tres días el Tribunal Supremo de Venezuela decretó medidas cautelares contra Juan Guaidó, mediante las cuales le congelan sus bienes y le prohíben salir del país, lo que algunos interpretan como la antesala de una captura. Por otro lado, ese mismo día el inefable Bolton dijo en un tweet: “habrá serias consecuencias para los que intenten subvertir la democracia y hacer daño a Guaidó”. Dada la escasa capacidad de reflexión de Maduro y Trump, no sería raro que el primero ordenara la captura de Guaidó en un acto de desesperación, y que el segundo respondiera ordenando una intervención militar.

¿Descabellado? Sí… pero posible. En ese escenario, lo peor que puede hacer Colombia es prestarse para recibir en territorio nacional tropas estadounidenses, o de cualquier otra nacionalidad, ya sea para atacar a Maduro o simplemente para asustarlo. Al respecto pueden invocarse importantes razones políticas y jurídicas, como la de la preservación de la soberanía nacional y el respeto por el principio de neutralidad, pero basta con plantear un motivo práctico: en una situación como esa, Colombia llevaría la peor parte.

Todos sabemos que el respaldo de los militares es lo que sostiene a Maduro en el poder, y la mejor manera de mantenerlos cohesionados a su alrededor es enfrentando a un enemigo externo. ¿Acaso a las poderosas fuerzas militares de Estados Unidos? Me muero de la risa… Más bien a las del ingenuo país que preste su territorio como plataforma para un ataque estadounidense.

En medio de un panorama tremendamente incierto, lo mejor que puede hacer el presidente Duque para maximizar la probabilidad de que Maduro deje el poder, con los menores costos para Colombia, es mantener los derroteros que ha seguido hasta el momento para enfrentar este problema: recurrir exclusivamente a mecanismos de presión políticos, hacerlo en el marco multilateral del Grupo de Lima y dejar de pasear funcionarios militares gringos por el territorio nacional.

https://m.portafolio.co/opinion/mauricio-reina/5-000-troops-to-colombia-525847

2.19.-EL ATAQUE DE LOS CENTRISTAS FANÁTICOS – Paul Krugman

El centrismo fanático ve la izquierda y la derecha estadounidenses como algo verdaderamente extremo

Barak Obama, expresidente de Estados Unidos, ante su retrato. MATT MCCLAIN GETTY IMAGES

¿Por qué es tan disfuncional la política estadounidense? Con independencia de cuáles sean las causas más profundas de nuestras aflicciones, la causa inmediata es el extremismo ideológico: poderosas facciones decididas a imponer visiones falsas del mundo, en contra de la evidencia.

Fíjense en que he dicho facciones, en plural. No cabe duda de que los extremistas más perturbadores y peligrosos son los de la derecha. Pero hay otra facción cuyas obsesiones y negativa a afrontar la realidad han causado bastante daño.

Pero no hablo de la izquierda. Los izquierdistas radicales son prácticamente inexistentes en la política estadounidense; ¿conoce alguien alguna figura destacada que quiera situarnos a la izquierda de, pongamos por caso, Dinamarca? No. Hablo de los centristas fanáticos.

En los últimos días se nos ha ofrecido el ridículo pero posiblemente destructivo espectáculo de Howard Schultz, el multimillonario de Starbucks, insistiendo en que es el presidente que necesitamos, a pesar de su demostrable ignorancia política. Obviamente Schultz piensa que sabe muchas cosas que simplemente no son así. Pero sus delirios de conocimiento no son tan especiales. En su mayor parte, siguen la doctrina centrista convencional.

Primero, la obsesión con la deuda pública. Esta obsesión quizá tuviera algo de sentido en 2010, cuando algunos temían una crisis estilo griego, aunque ya entonces yo podría haberles dicho que esos temores estaban fuera de lugar. Y de hecho, lo dije.

En cualquier caso, sin embargo, han transcurrido 10 años desde que Erskine Bowles y Alan Simpson predijeron una crisis fiscal en menos de dos años a no ser que se hiciera caso de sus consejos de recortar el gasto; pero los gastos de endeudamiento estadounidense siguen manteniéndose en mínimos históricos. Estos bajos costes de endeudamiento significan que los temores a un aumento incontrolable de la deuda son infundados; los economistas convencionales nos dicen ahora que “los riesgos asociados con niveles de deuda elevados son pequeños en relación con el peligro que supondría recortar déficits”.

Sin embargo, Schultz sigue afirmando que la deuda es nuestro mayor problema. Pero fiel a la forma centrista, sus preocupaciones por el déficit son extrañamente selectivas. Bowles y Simpson, encargados de proponer una solución a los déficits, enumeraron como primer principio… reducir los tipos impositivos. Sin duda, Schultz está muy dispuesto a recortar la Seguridad Social, pero se opone a cualquier subida de impuestos a los ricos. Tiene gracia cómo funciona eso.

En general, los centristas se oponen frenéticamente a cualquier propuesta que facilite la vida a los estadounidenses de a pie. La cobertura sanitaria universal, asegura Schultz, sería “atención sanitaria gratuita para todos, algo que el país no puede permitirse”.

Y no es el único que dice cosas así. Hace unos días, Michael Bloomberg declaraba que ampliar el Medicare a todos, como sugiere Kamala Harris, “nos llevaría a una quiebra muy prolongada”.

Ahora bien, la asistencia médica universal de carácter privado pero financiada por la administración pública (lo que se denomina Medicare) no ha hecho quebrar a Canadá. De hecho, excepto Estados Unidos, todos los países avanzados tienen alguna forma de cobertura universal, y consiguen sostenerla.

El verdadero problema del “Medicare para todos” no son los costes: los impuestos necesarios para pagarlos serían casi con toda seguridad inferiores a lo que los estadounidenses pagan ahora en primas de seguros. El problema sería, más bien, político; sería difícil persuadir a los ciudadanos de que cambien un seguro privado por un programa público. Esa es una verdadera preocupación para los defensores del Medicare para todos, pero no es en absoluto lo que Schultz o Bloomberg andan diciendo.

Por último, la marca distintiva del centrismo fanático es la determinación de ver la izquierda y la derecha estadounidenses como algo igualmente extremo, independientemente de lo que cada una proponga de hecho.

Por consiguiente, en tiempos de Obama, los centristas pedían líderes políticos que abordasen los problemas de la deuda con un enfoque que combinara recortes de gastos y aumentos de ingresos, que ofreciesen un plan sanitario basado en el mercado y que invirtiesen en infraestructuras, sin llegar a reconocer nunca que había una gran figura que proponía exactamente eso: el presidente Barack Obama.

Y ahora que los demócratas están emprendiendo un giro más progresista, aunque ni mucho menos radical, la retórica centrista se ha vuelto directamente histérica. El Medicare y el Medicaid cubren ya a más de un tercio de los residentes en Estados Unidos y pagan más facturas que los seguros privados.

Pero el Medicare para todos, afirma Schultz, “no es estadounidense”. Elizabeth Warren ha propuesto imponer gravámenes a los ricos que siguen directamente la tradición de Teddy Roosevelt; Bloomberg afirma que nos convertirían en Venezuela.

¿De dónde viene el fanatismo de los centristas? Buena parte de la explicación, creo, está en la vanidad pura y dura.

Tanto a expertos como a plutócratas les gusta creerse seres superiores, situados por encima del fragor político. Quieren pensar que se elevan por encima del extremismo de izquierdas y de derechas. Pero la realidad de la política estadounidense es una polarización asimétrica: el extremismo de derechas es una fuerza política poderosa, mientras que el extremismo de izquierdas no lo es. ¿Qué puede hacer un valiente aspirante a centrista?

La respuesta, demasiado a menudo, es retirarse a un mundo de fantasía, casi tan hermético como el de derechas, la burbuja de Fox News. En este mundo fantástico, se tacha a socialdemócratas como Harris o Warren de continuadores de Hugo Chávez, de modo que adoptar lo que de hecho es una postura conservadora pueda tomarse como una valiente defensa de la moderación. Pero eso no es lo que está ocurriendo realmente, y los demás no tenemos obligación de caer en los delirios centristas.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2018. Traducción de News Clips. Traducción de News Clips.  Se adhiere a los criterios de El ataque de los centristas fanáticos https://elpais.com/economia/2019/02/01/actualidad/1549025177_685564.html

1.19.-DURO ENFRENTAMIENTO EE.UU. Y RUSIA POR VENEZUELA EN EL CONSEJO DE SEGURIDAD DE LA ONU – Gerardo Lissardy BBC

EE.UU. reconoce a Juan Guaidó como presidente encargado de Venezuela. Rusia y China a Nicolás Maduro.Foto BBC

Hubo llamados a tomar posición por un lado u otro. Acusaciones de intento de golpe de Estado o desestabilización. Y hasta se desempolvaron viejas expresiones, como la de «países satélites».

El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU) reunido en Nueva York pareció volver a los tiempos de la Guerra Fría al abordar la crisis de Venezuela este sábado, con un choque directo entre Estados Unidos y Rusia. 

  • El encuentro ocurrió días después que el líder opositor y presidente de la Asamblea Nacional venezolana, Juan Guaidó, se autoproclamara el miércoles «presidente encargado»de su país y recibiera el reconocimiento de EE.UU., Canadá y las mayores naciones de Sudamérica.

Sin embargo, Rusia y China mantienen su respaldo al gobierno de Nicolás Maduro, que acusa a Guaidó de querer dar un «golpe de Estado» dirigido por Washington.

En este contexto, la reunión en la ONU convocada por EE.UU. —que estuvo representado por su secretario de Estado, Michael Pompeo— concluyó sin un acuerdo entre las grandes potencias.

Fin de las recomendaciones

Pero marcó la primera vez que el Consejo de Seguridad discutió formalmente sobre Venezuela, reflejando hasta qué punto el país sudamericano se volvió un asunto de interés internacional y otro escenario del pulso global entre Washington y Moscú.

 presidente encargado de Venezuela. Rusia y China respaldan a Nicolás Maduro.

La sesión comenzó por la mañana con un intento del representante ruso, Vasily Nebenzya, de evitar que se celebrara la reunión.

«Venezuela no supone una amenaza para la paz ni para la seguridad», sostuvo.

Y agregó que esa amenaza sí surge de las acciones de EE.UU. y sus aliados, que a su juicio buscan expulsar al presidente legítimo de Venezuela.

«Esto supone un quebrantamiento del derecho internacional, el intento de Washington de orquestar un golpe de Estado«, afirmó el diplomático.

Pompeo respondió que millones de venezolanos han abandonado el país en los últimos años, lo que abruma a los países vecinos.

 Rusia intentó que la reunión no se celebrara. Foto: BBC usia

intentó que la reunión no se celebrara.

«El expresidente Maduro tiene toda la responsabilidad de esta tragedia», dijo.

  • «Ahora tenemos un nuevo presidente en Venezuela: Juan Guaidó, que ha prometido celebrar elecciones, devolver el orden constitucional al país y la seguridad a la región. No podemos postergar esta conversación crucial», agregó.

Finalmente, el intento ruso de evitar el debate sobre Venezuela fracasó: nueve miembros votaron a favor de seguir adelante (EE.UU., Alemania, Francia, Reino Unido, Perú, Bélgica, Polonia, Kuwuait y República Dominicana), cuatro en contra (Rusia, China, Guinea Ecuatorial y Sudáfrica) y dos se abstuvieron (Indonesia y Costa de Marfil).

Washington logró así su primer objetivo del día.

«Elija un lado»

Rosemary DiCarlo, secretaria general adjunta de la ONU para asuntos políticos y consolidación de la paz, expresó luego su «honda preocupación» por Venezuela, su tensión política, la situación de los derechos humanos y el colapso de su economía.

 Durante la reunión, la ONU presentó cifras sobre la situación social en Venezuela Foto: BBCD

urante la reunión, la ONU presentó cifras sobre la situación social en Venezuela.

Presentó cifras de la ONU que señalan que 3,7 millones de venezolanos sufrieron de subalimentación entre 2015 y 2017, que la tasa de mortalidad infantil se duplicó en los últimos años y 2,3 millones de personas abandonaron el país, sobre todo hacia naciones vecinas.

Pompeo retomó la palabra minutos después, con un desafío.

«Es el momento para que cada nación elija un lado. No más retrasos, no más tretas: o están con las fuerzas de la libertad o están aliados a Maduro y su caos», dijo el secretario de Estado.

Aseguró que «China y Rusia están apoyando un régimen fallido con la esperanza de recuperar miles de millones de dólares en inversiones mal concebidas».

Y agregó que «los matones de seguridad e inteligencia cubanos» apoyan y protegen a Maduro, enviados por el gobierno de la isla.

Pompeo indicó que espera que los diplomáticos estadounidenses que permanecen en Venezuela sean protegidos según la Convención de Viena, aunque el miércoles Maduro les dio 72 horas para abandonar el país.

«No pongan a prueba la determinación de Estados Unidos de proteger a su gente», advirtió.

Minutos después, el representante ruso afirmó que EE.UU. convocó a la reunión como parte de un «juego sucio» para desestabilizar a Venezuela y cambiar su gobierno.

 Pompeo instó a que las naciones decidieran de qué lado están. Foto BBCmpeo instó a que las naciones decidieran de qué lado están.

«Los estadounidenses no han cambiado en absoluto su manera de ver a América Latina (como su) zona de interés exclusiva, un patio trasero donde pueden hacer lo que les de la gana», dijo

Nebenzya cuestionó a Pompeo, sentado a menos de 10 metros de él, sobre la afirmación de EE.UU. de que «todas las opciones» están sobre la mesa para Venezuela.

«¿Significa ello que EE.UU. está dispuesto a recurrir a la fuerza armada contra un Estado soberano bajo ese pretexto inventado?», interrogó.

Sin haber respondido en la reunión, Pompeo fue consultado luego por la prensa sobre esa pregunta y dijo que evitaría «especular o hipotetizar» sobre los siguientes pasos.

«Satélites»

En un mensaje corto, el embajador chino, Ma Zhaoxu, llamó a mantener la calma y negó que la situación de Venezuela suponga una amenaza a la paz y seguridad nacional.

Los representantes del Reino Unido, Alemania y Francia reclamaron en la ONU que Maduro convoque a elecciones en Venezuela en un plazo de ocho días.

Jorge Arreaza sostuvo que EE.UU. está liderando un golpe de  Estado.

 Arreaza sostuvo que EE.UU. está liderando un golpe de Estado.

De lo contrario, advirtieron, también reconocerán a Guaidó como «presidente encargado» de Venezuela.

Pero el representante ruso también respondió a esto, calificándolo de «ultimátums absurdos» y «provocación».

«¿Qué le parecería a usted si la Federación de Rusia le pidiese discutir en el Consejo de Seguridad la situación de Francia y los chalecos amarillos, que también este fin de semana están manifestándose por millares en las calles?», preguntó.

El representante alemán, Christoph Heusgen, notó entonces que su colega ruso evitaba hablar sobre las «graves vulneraciones de derechos humanos» en Venezuela.

El canciller venezolano, Jorge Arreaza, calificó de «acción injerencista» el ultimátum europeo y sostuvo que EE.UU. «está delante del golpe de Estado, a la vanguardia, y dicta las órdenes no sólo a la oposición venezolana sino también a los gobiernos satélites».

Arreaza negó que Guaidó pueda ser reconocido legalmente como presidente de Venezuela, dijo que el gobierno de Maduro está abierto al diálogo y admitió que hay «una situación migratoria nueva», que atribuyó a la economía del país.

Grupos de manifestantes se reunieron a las afueras de la sede de la ONU en Nueva York. Foto BBC.

Elliot Abrams, quien el viernes fue nombrado por Pompeo para conducir la política de EE.UU. sobre Venezuela, tomó la palabra entonces para rechazar la calificación de «satélite» de los aliados de Washington.

«Hoy hay un satélite presente aquí y es Venezuela, que desafortunadamente se convirtió en satélite de Cuba y Rusia«, dijo Abrams.

El representante ruso preguntó entonces quién era Abrams, pero Arreaza demostró saberlo al recordar que fue indultado de una condena que recibió por mentir al Congresode EE.UU. acerca del escándalo Irán-Contra en Nicaragua de los años 80.

La reunión continuó hasta la tarde. Varios países del Grupo de Lima, como Brasil y Colombia, expresaron su respaldo a Guaidó. Otros como Cuba y Nicaragua reiteraron su respaldo a Maduro. Y algunos como México y Uruguay abogaron por un nuevo proceso de negociación en Venezuela.

El último orador fue el embajador ruso, quien afirmó que más países de América Latina y el Caribe se habían manifestado a favor de Maduro que en contra.

«Estados Unidos no ha logrado sus objetivos», sostuvo. «Entonces, ¿para qué convocar a esta sesión?»

https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-47018337

46.18 A.-VIRILIDAD, ‘PASTA’, MCCONNELL Y ‘TRUMPISMO’ -Paul Krugman

El presidente tiene preferencia por los déspotas brutales en vez de por los aliados democráticos

Prototipos del muro fronterizo presentados por EE UU. DAVID MAUNG

Después del tenso intercambio de palabras del martes entre Donald Trump y algunos líderes demócratas, parece bastante posible que el “tuitero en jefe” cierre el Gobierno en un intento de conseguir financiación para construir un muro en la frontera mexicana. Lo extraordinario de esta posibilidad es que el muro es una idea completamente estúpida. Aunque uno se oponga tajantemente a la inmigración, tanto si es legal como si no, gastarse decenas de miles de millones de dólares en una ostentosa barrera física no es una manera necesaria o eficaz de impedir que vengan los inmigrantes.

Entonces, ¿de qué se trata? Nancy Pelosi, que casi con seguridad será la próxima presidenta de la Cámara de Representantes, supuestamente comentó a unos compañeros que, para Trump, el muro es una “cuestión de virilidad”. Parece acertado, pero me hizo reflexionar. ¿Qué otras políticas están impulsadas por la inseguridad de Trump? ¿Qué mueve la política de este Gobierno en general?

Yo diría que la respuesta a estas preguntas es que, en realidad, existen tres motivos importantes que explican la política de Trump, a los que podemos llamar Virilidad, McConnell y Pasta.

Con McConnell me refiero al programa político estándar del Partido Republicano, que básicamente sirve a los intereses de los grandes donantes, tanto a las personas adineradas como a las empresas. Este programa consiste, por encima de todo, en recortes fiscales para la clase de los donantes, con recortes en programas sociales para compensar parte de la pérdida de ingresos. Y también incluye la liberalización, especialmente para los contaminadores, pero también para las instituciones financieras y los actores dudosos como las universidades con ánimo de lucro.

Durante la campaña de 2016, Trump se presentó como un republicano de una clase diferente, alguien que protegería el colchón de seguridad y que aumentaría los impuestos a los ricos. Sin embargo, una vez en el poder, su política nacional ha sido totalmente ortodoxa. Su única victoria legislativa significativa en los dos primeros años ha sido una bajada de impuestos que ha favorecido claramente a los ricos; ha hecho todo lo que ha podido para socavar la atención sanitaria para los estadounidenses de rentas bajas y medias; y ha reventado la protección medioambiental y la regulación financiera.

Sin embargo, la política exterior de Trump ha roto no solo con las anteriores prácticas republicanas, sino con todo lo que solía defender Estados Unidos. Puede que los presidentes anteriores hayan alcanzado acuerdos de realpolitik con regímenes indeseables, pero nunca hemos visto nada como la evidente preferencia de Trump por los déspotas brutales en vez de por los aliados democráticos, y su propensión a disculpar todo lo que hagan personas como Vladímir Putin o Mohamed Bin Salman, incluso cometer un asesinato.

Es posible que parte de esto refleje sus valores personales: Putin, Bin Salman y otros hombres fuertes son simplemente la clase de gente que gusta a Trump. Pero resulta difícil no sospechar que la Pasta – las mordidas para el propio Trump a través de la Organización Trump – desempeña un papel importante. Después de todo, a diferencia de los líderes de las democracias, los dictadores y los monarcas absolutos pueden canalizar mucho efectivo hacia las propiedades de Trump y ofrecer a la familia de Trump oportunidades de inversión sin tener que explicar sus acciones a unos molestos representantes elegidos.

Entonces, ¿dónde interviene la Virilidad? El muro es un ejemplo evidente. La señal reveladora es que el Gobierno se centra en lo “grande y bonito” que será el muro, en vez de en lo que hará. Cuando Aduanas y Protección Fronteriza lo sacó a concurso para los contratistas, especificaba que el muro tenía que ser “físicamente imponente”, y además que “la parte Norte del muro (o sea, la parte que da a EE UU) debía ser estéticamente agradable”. No decía que la estructura tuviera que tener letreros que dijeran “Muro de Trump”, pero posiblemente fuera un descuido.

Pero yo diría que el deseo de Trump de afirmar su virilidad también desempeña un papel importante en otros ámbitos, especialmente en la política comercial.

Nadie quiere una guerra comercial. La beligerancia es cosa de un solo hombre: lo que Trump quiere, y punto

He seguido las aventuras del Hombre de los Aranceles, y lo que me sorprende no es la opinión abrumadora por parte de los economistas de que los aranceles de Trump son una mala idea, sino el hecho de que los aranceles son un enjuague político, es decir, no parece que haya una gran parte del electorado que pida un enfrentamiento con nuestros socios comerciales.

¿Quién quiere una guerra comercial? Los intereses empresariales no, ya que las acciones caen siempre que la retórica se caldea y suben cuando se enfría. Tampoco los agricultores, que se ven muy afectados por los aranceles extranjeros que se imponen como represalia. Y tampoco los votantes de clase obrera de los estados del Cinturón Industrial que fueron fundamentales para la victoria de Trump en 2016: la mayoría de los votantes probables en esos estados afirman que los aranceles perjudican a sus familias. Resulta que la beligerancia comercial es básicamente cosa de un solo hombre: es lo que Trump quiere, y punto.

Es verdad que, teniendo en cuenta cómo funciona la ley comercial estadounidense, un presidente puede iniciar una guerra comercial (a diferencia de, pongamos por caso, construir un muro fronterizo) sin la autorización del Congreso. ¿Pero cuáles son los motivos que impulsan a Trump? Pues bien, ha convertido el comercio en su tema insignia, y quiere declarar que ha logrado cosas importantes. Y es revelador que incluso cuando mantiene la política más o menos igual, insista en cambiarla de nombre. De esa manera puede ir por ahí pretendiendo que el Acuerdo entre EE UU, México y Canadá – o como lo llama Pelosi, el “acuerdo comercial que antes se conocía como Prince” – es completamente diferente del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas e inglés) y que ha conseguido una gran victoria.

Por tanto, los asuntos de Estado importantes no se deciden en función del interés nacional, y ni siquiera de los intereses de grupos importantes del país, sino de los intereses económicos y/o el ego del hombre en la Casa Blanca. ¿Es increíble Estados Unidos o qué?

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. @The New York Times, 2018. Traducción de News Clips https://elpais.com/economia/2018/12/14/actualidad/1544792012_303242.html

B-46.18- ASÍ NEUTRALIZA CHINA EL IMPACTO DE LOS MISILES ARANCELARIOS DE TRUMP – Derblauemond

En el transcurso de esta guerra económica que está siendo librada (principalmente) entre EEUU y China, en Europa estamos ya acostumbrados a ver volar sobre nuestras cabezas misiles arancelarios que surcan los cielos tratando de impactar en suelo económico de uno u otro contrincante.

Pero independientemente de que ya de por sí los aranceles no estén consiguiendo atajar el déficit comercial estadounidense tal y como pretendía Trump, lo cierto es que China está neutralizando (al menos en gran parte) el efecto de estos aranceles sobre su economía.

28 nov 2018.- China se ha mantenido artificialmente competitiva a pesar de crecer, exportar y recibir grandes flujos de capitales

El déficit comercial es una causa secundaria de la caída de la producción industrial, al revés de lo que cree Trump

Hace ya unos cuantos años que les advertimos desde estas líneas del mecanismo cambiario tan injusto que estaba istrumentalizando China para conquistar el capitalismo desde dentro. Efectivamente, China empezó a exportar a Occidente hace unas décadas como si no hubiese un mañana, y ello implicaba en principio que los compradores occidentales utilizaban sus dólares o euros para comprar productos chinos. En términos de flujos cambiarios esto se traducís en grandes flujos de dólares y euros que se vendían a cambio de yuanes.

Así que teóricamente según las propias reglas de mercado, una venta masiva de monedas desarrolladas y una compra masiva de yuanes, debería haber revalorizado fuertemente el yuan y haber ido equilibrando la competitividad monetaria del país emergente conforme a su creciente peso económico. Pero no, en términos exportadores, y a pesar de ser la segunda economía del planeta desde hace ya varios años, China se ha seguido manteniendo como un país emergente en el pleno sentido socioeconómico del término.

Si al tema exportador le añadimos el de los flujos financieros y los movimientos de capitales, tenemos más de lo mismo. Si China hubiese abrazado el sistema capitalista de forma justa y equitativa, al recibir ingentes flujos de inversión desde Occidente para construir todas las plantas de producción y manufactureras que las empresas occidentales empezaron a deslocalizar allí, de nuevo una venta de euros y dólares a cambio de yuanes, debería haber re-equilibrado las economías mundiales con un yuan que se habría ido apreciando paulatinamente.

¿Cómo ha logrado China ser el país eternamente emergente y llegar a ser a la vez la segunda economía del planeta?

¿Qué es lo que no ha funcionado correctamente en esos mecanismos automáticos de los mercados capitalistas y monetarios? Pues no mucho que ver con su diseño y funcionamiento en realidad, sino más bien todo lo contrario. Y vaya por delante que a veces éstos también fallan y el mercado no se autorregula (o lo hace tarde y dramáticamente) como vimos con las hipotecas subprime. Aquí lo que ha fallado es que China ha jugado a aprovecharse de las ventajas del capitalismo sin aceptar parte de sus reglas más importantes.

El quid de la cuestión está en que China nunca ha dejado fluctuar a su moneda libremente y en base a condiciones de mercado. Sí, China ha hecho trampas (en términos de mercados capitalistas) desde la noche de los tiempos para que sus productos sigan siendo artificialmente baratos más allá de sus fronteras, a pesar de ver una demanda colosal tanto de sus productos como de su moneda.

Tras muchas y persistentes quejas de esta injusta práctica que ya se originaron en la época Obama (Sí, Trump no ha sido ni el único ni el primer defensor de EEUU frente a las prácticas del gigante rojo), lo máximo que se consiguió en aquel momento fue que las autoridades Chinas admitiesen dejar flotar ligerísimamente su moneda en una estrecha banda cambiaria que en la práctica han venido moviendo arbitrariamente según su propia voluntad e intereses, hasta el punto de que desde diversos medios económicos (e incluso desde estancias oficiales) se ha llegado a calificar a China de un país que perpetra manipulación cambiaria en los mercados de divisas internacionales

Y ahora China consigue protegerse muy eficazmente del chaparrón de aranceles

El mismo arma que ha hecho que China crezca de forma contínua durante décadas, esquivando los mecanismos estabilizadores capitalistas que la habrían ido colocando en una posición que no le mantuviese tan artificialmente competitiva con respecto a los países desarrollados, es un arma que ahora se utiliza como escudo anti-misiles para neutralizar cada uno esos aranceles balísticos que hemos estado viendo contínuamente durante los últimos meses entrar en fase de ignición desde suelo norteamericano.

Y es un mecanismo que además no le vale a China para protegerse únicamente de los aranceles, pues es un versátil mecanismo de defensa todo terreno: también le vale incluso para esa otra nueva arma revolucionaria de su arsenal que Trump empezó a utilizar contra el gigante asiático, y que podía ocultar un oscuro juego de intereses mundiales que a buen seguro hará las delicias de los más conspiranoicos (sin quitarles ni un ápice de la razón que a veces llevan).

El escudo anti-misiles chino no es ni más ni menos que la cotización de su divisa. Una arma de contra-ataque altamente efectiva porque tiene una capacidad de influencia total sobre todo intercambio económico-comercial con EEUU, y porque además en la práctica el gobierno chino puede hacer prácticamente lo que quiera con ese tipo de cambio. Ambas características, control total y efectividad en alcanzar el objetivo, son dos de las cualidades primordiales que debe aportar cualquier arma estratégica con la que pretendamos atacar (o contra-atacar) al enemigo con gran eficacia y seguridad.

¿Realmente ha estado China contra-atacando con un combate cuerpo a cuerpo en los mercados de divisas?

Para que puedan contrastar que lo que les digo no es una especulación puramente teórica (caso en el cual aún así este análisis tendría cierto valor), allá van los datos demostrativos de lo que está ocurriendo en los mercados de divisas en los últimos meses, plazo escogido de exprofeso por coincidir con el inicio de los ataques arancelarios ordenados desde las lanzaderas estadounidenses. Así podremos valorar cuál ha sido en la práctica exactamente la respuesta china y si se corresponde con las tesis de este artículo.

Los datos son que en los últimos nueve meses el Yuan se ha depreciado nada más y nada menos que un abultado 9% frente al dolar, lo cual cancela en gran parte el posible impacto de los aranceles de Trump sobre las importaciones chinas. Es más, tras ello, China incluso sale ganando de toda esta fase de la contienda, puesto que mientras que Trump ataca con aranceles selectivos y que afectan a uno u otro tipo de productos chinos, el contra-ataque chino vía divisa afecta a la absoluta totalidad las importaciones chinas. Al final incluso resulta mucho más efectivo para Trump el ataque postal del enlace de nuestro análisis anterior que los ramplones aranceles con tanta repercusión mediática.

Así China ha neutralizado el daño ejercido sobre los productos afectados por los aranceles, pero es que además China incluso ha logrado potenciar todavía más la competitividad de todos aquellos productos a los que, no sólo no les había caído ningún arancel, sino que ahora se ven enormemente favorecidos por una divisa china sensiblemente más competitiva.

Al final, resultará que el efecto de la guerra arancelaria de Trump, que no olviden que no ha sido lanzada sólo contra China, acabará perjudicando paradójicamente más sólo a los intereses de terceros, y no al gigante rojo cómo se supone que se pretendía desde el despacho oval al comienzo de toda esta contienda. Vamos, que de lo que se suponía que iba a ser esta guerra comercial a lo que está siendo se parece como «un huevo a una castaña».

Vemos pues cómo, una vez más, las cuestiones económicas son mucho más complejas de lo que parecen ser a primera vista, y que a los sistemas económicos les afectan tantas variables que no sólo son muchas veces impredecibles, sino que además permiten una flexibilidad (y a la postre también una capacidad de manipulación) enorme. Ello sólo hace sino multiplicar la impredictibilidad del resultado final de eventos socioeconómicos masivos como las guerras comerciales, pudiendo dejar boquiabiertos a aquellos dirigentes que simplistamente manejan tan sólo unas pocas variables que se juegan al rojo o al negro, en vez de aventurarse a dedicar un poco más de esfuerzo e inteligencia y así poder vislumbrar la gran complejidad de nuestros sistemas y una proyección realista de futuro.

Lo triste es que resulta mucho más fácil y cómodo vivir en un mundo dicotómico, en el que se pretende responder a todo con un simplista «sí o no» y «bueno o malo». Una realidad económica polarizada exige mucho menos esfuerzo mental de análisis, y da una falsa seguridad de saber lo que se está haciendo en cada momento con categórica rotundidad. Eso sí, que luego no se quejen en el largo plazo, porque puede ser que sea más fácil vivir en blanco y negro, pero otra cosa muy distinta ya es conseguir sobrevivir. Lamentablemente, desde estas líneas hacemos sonar las Trumpetas para dar la bienvenida a algunos a la inevitable escala de grises, donde el tono importa y mucho (y no sólo por no gritar al predicar desde el estrado).

https://www.elblogsalmon.com/economia/asi-neutraliza-china-impacto-misiles-arancelarios-trump?utm_source=recommended&utm_medium=DAILYNEW

45.18.-CUANDO LA FANTASÌA CHOCA CON LA REALIDAD – Paul Krugman

Seguidores de Trump en Melbourne, Florida, el martes pasado. AP

Aceptémoslo: el “Hagamos Estados Unidos grande otra vez” fue un eslogan político brillante. ¿Por qué? Porque podía significar cosas diferentes para personas diferentes. Para muchos seguidores de Donald Trump, era básicamente la promesa de volver a los buenos tiempos del racismo y el sexismo puros y duros. Y Trump está cumpliendo esa promesa.

Pero al menos para algunos votantes de Trump, era una promesa de restablecer el tipo de economía que teníamos hace 40 o 50 años, una economía que todavía ofrecía muchos trabajos viriles en fabricación y minería. Por desgracia para los que confiaron en don Arte del Acuerdo, Trump nunca tuvo ni idea de cómo cumplir esa promesa. E incluso si hubiese sabido algo sobre cómo hacer política, no podría haber cambiado la trayectoria a largo plazo de nuestra economía, la cual se aleja sin tregua de la fabricación física de cosas y avanza hacia la prestación de servicios.

Como consecuencia de ello, Trump, a quien por encima de todo le preocupa la imagen, acapara ahora titulares que ponen en ridículo su postureo en campaña, titulares sobre el cierre de fábricas de coches y la pérdida de empleo. Ahora bien, los automóviles son un caso especial; el empleo en la fabricación sigue aumentando en general, aunque no especialmente rápido. Pero en lo que se refiere a sus grandes promesas, lo que está pasando es un vergonzoso fiasco.

¿Por qué era absurda la idea de la recuperación de la industria? Por supuesto, hablar de lo que Trump no sabe es una tarea ingente, ya que su ignorancia es profunda. Pero parece que no ha entendido bien tres cosas concretas sobre la fabricación. En primer lugar, cree que los déficits comerciales son la razón por la que abandonamos la fabricación. Pero no lo son. Para ser justos, esos déficits han desempeñado un papel en la reducción del empleo en la industria. Si pudiésemos eliminar el actual desequilibrio comercial, tendríamos alrededor de un 20% más de trabajadores en el sector que ahora. Pero eso solo revertiría una pequeña parte del descenso de la fabricación, que ha pasado de representar más de un 25% de la mano de obra en 1970 a menos del 10% hoy.

De hecho, incluso en países que registran superávits comerciales enormes, como Alemania, se ha producido un importante descenso de la industria en el empleo total. Y el comercio no es toda la historia. Lo que está pasando es que, a medida que crece el gasto general, una parte cada vez mayor se dedica a los servicios, no a los bienes. El consumo de productos manufacturados sigue aumentando, pero el progreso tecnológico nos permite producir esos productos con cada vez menos trabajadores; por eso la economía se desplaza hacia los servicios.

Por cierto, por si quieren saber qué significa “servicios”: de los cuatro sectores ocupacionales en los que el Departamento de Trabajo prevé que se creará más empleo a lo largo de la próxima década, tres son de algún tipo de asistencia (el cuarto es el sector alimentario). Y si no pueden imaginarse hasta qué punto se puede construir una economía próspera basándose en los servicios, tengan en cuenta que la asistencia sanitaria es una importante fuente de empleos de clase media y que podría crear todavía más con las políticas adecuadas. Así y todo, aunque los déficits comerciales sean una causa claramente secundaria del descenso de la fabricación, ¿no puede Trump ayudar un poco poniéndose duro con los extranjeros? Eso nos lleva a su segunda falacia: no, las prácticas comerciales extranjeras injustas no causan los déficits.

El hecho es que, aunque los aranceles pueden afectar al comercio en sectores concretos, el balance comercial general refleja sobre todo los tipos de cambio, los cuales, a su vez, derivan principalmente de los flujos de capital: el dólar es fuerte porque los extranjeros quieren comprar activos estadounidenses. Y las políticas de Trump —recortes fiscales para las multinacionales, grandes déficits que impulsan al alza los tipos de interés— están haciendo que el dólar sea aún más fuerte. Por último, la furiosa reacción de Trump ante los cierres de fábricas de coches nos recuerda su tercera gran equivocación política: cree que se puede dirigir la economía gritando a la gente.

¿Por qué está equivocado? No es solo que las empresas hayan aprendido a no tener en cuenta sus amenazas. Lo más importante es que la economía es demasiado grande para hacer política señalando a empresas individuales y despotricando. ¿Hasta qué punto es grande? Cada mes se pone en la calle a alrededor de 1,7 millones de trabajadores. Así que ni siquiera un presidente que pasase menos tiempo jugando al golf podría amenazar a suficientes empresarios como para tener una incidencia significativa en el mercado laboral. O, por decirlo de otra forma, dirigir EE UU no es como dirigir una empresa familiar. Se tiene que hacer fijando unas políticas generales y ciñéndose a ellas, y no intimidando a algunas personas cuando aparece un titular negativo. Por eso la promesa de Trump de recuperar la fabricación estaba condenada al fracaso.

¿Por qué la hizo en un principio? Por si sirve de algo, sospecho que en este caso Trump realmente no intentaba engañar a los votantes. Yo creo que creía sinceramente que podía hacer que la fabricación industrial, la minería del carbón y demás se recuperasen espectacularmente, y que otros fracasaron solo porque no fueron lo bastante duros. Puede que se pregunten de dónde sacaba esa confianza, teniendo en cuenta lo poco que sabe sobre economía. La respuesta, probablemente, es el efecto Dunning-Kruger: las personas ineptas confían a menudo en su capacidad, porque son demasiado ineptas para saber lo mal que lo están haciendo. Pero la verdadera pregunta no es si Trump se dará cuenta alguna vez de que no sabe cómo “hacer EE UU grande otra vez”. Es si sus seguidores se darán cuenta y cuándo. Supongo que conoceremos la respuesta en los próximos meses.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2018. Traducción News Clips https://elpais.com/economia/2018/11/30/actualidad/1543596982_507389.html

44.18.-LA NUEVA ECONOMÍA Y EL REMANENTE – Paul Krugman

Las zonas metropolitanas ricas de EE UU se han vuelto más ricas, al revés que las rurales, que se quedan rezagadas

Sede de Amazon en Seattle. BLOOMBERG

Hace poco más de un año, Amazon invitó a las ciudades y a los Estados a que le presentasen ofertas para establecer en ellos su segunda sede central. Esto provocó una absurda lucha por saber quién conseguiría el dudoso privilegio de pagar grandes subvenciones a cambio de un empeoramiento de la congestión de tráfico y de unos precios de la vivienda más elevados. (Respuesta: Nueva York y el área metropolitana de Washington DC).

24 nov 2018.- Pero no todo el mundo tenía posibilidades de ganar. Amazon especificó que solo establecería la nueva sede en un distrito electoral demócrata. De acuerdo, no es literalmente lo que dijo Amazon. Solo limitaba la competencia a “zonas metropolitanas con más de un millón de habitantes” y a “emplazamientos urbanos o suburbanos con posibilidades de atraer y retener a un importante talento técnico”. Pero en el próximo Congreso, la gran mayoría de lugares que cumplen esos criterios estarán representados por demócratas. A lo largo de la última generación, las regiones de EE UU han experimentado una profunda divergencia económica. Las zonas metropolitanas ricas se han vuelto más ricas todavía y atraen cada vez más a los sectores que más rápido crecen del país. Por otra parte, las localidades pequeñas y las zonas rurales se han quedado rezagadas y forman una especie de remanente económico abandonado por la economía del conocimiento.

Los criterios para establecer la sede central de Amazon ilustran a la perfección las causas de esa divergencia. En la nueva economía, las empresas quieren tener acceso a grandes grupos de trabajadores con una formación elevada, que solo pueden encontrarse en zonas metropolitanas grandes y ricas. Y las decisiones de grandes empresas como Amazon sobre su ubicación atraen incluso a más trabajadores muy cualificados a esas zonas. En otras palabras, se trata de un proceso acumulativo que se consolida y que, de hecho, está dividiendo a EE UU en dos economías. Y esta división económica se refleja en la división política.

La división es económica y política. Pero en las últimas elecciones muchos votantes rechazaron el ‘trumpismo’

En 2016, naturalmente, las partes de EE UU que se están quedando rezagadas votaron en gran medida a Donald Trump. Los medios informativos respondieron con muchos perfiles de partidarios de Trump rurales sentados en cafeterías. Pero ha resultado que esta táctica ya no funciona. El trumpismo tiñó de rojo republicano las regiones estadounidenses rezagadas, pero las reacciones contra el trumpismo han teñido completamente de azul demócrata las regiones en crecimiento.

¿Por qué las regiones rezagadas se han desplazado hacia la derecha y las regiones prósperas hacia la izquierda? No parece que haya sido por el interés económico. Es cierto que Trump prometió restablecer los puestos de trabajo tradicionales en los sectores de la fabricación y la minería del carbón, pero esa promesa nunca fue creíble. Y el programa político republicano ortodoxo de bajar impuestos y recortar los programas sociales, que es básicamente el que sigue Trump en la práctica, en realidad perjudica a las regiones atrasadas, que dependen mucho de cosas como los cupones de alimentos y las ayudas a los discapacitados, mucho más de lo que perjudica a las zonas prósperas.

Es más, en los datos electorales hay poco o nada que apoye la idea de que la “preocupación económica” hizo que la gente votase a Trump. Como se constataba en Identity Crisis [Crisis de identidad], un nuevo e importante libro que analiza las elecciones de 2016, lo que distinguía a los votantes de Trump no eran las dificultades económicas, sino las “actitudes relacionadas con la raza y la etnicidad”. Sin embargo, estas actitudes no están separadas del cambio económico. Aunque personalmente les vaya bien, muchos de los votantes de las regiones rezagadas se sienten agraviados y tienen la sensación de que las deslumbrantes élites de las ciudades superestrella les están faltando al respeto, y esa sensación de agravio se convierte muy fácilmente en antagonismo racial. Por el contrario, la transformación del Partido Republicano en un partido nacionalista blanco separa a los votantes – incluso a los votantes blancos – en esas zonas metropolitanas grandes y prósperas. De modo que la división regional se convierte en un abismo político.

¿Se puede salvar este abismo? Sinceramente, lo dudo. Podemos, y debemos, hacer muchas cosas para mejorar las vidas de los estadounidenses en las regiones atrasadas.

Podemos garantizar el acceso a la sanidad y podemos aumentar las rentas con ayudas salariales y otras políticas (de hecho, las desgravaciones de la renta, que ayudan a los trabajadores con salarios bajos, ya benefician desproporcionadamente a los Estados con rentas bajas). Pero recuperar el dinamismo en estas regiones es mucho más difícil, porque significa nadar en contra de una poderosa corriente económica.

Y la sensación de que le están dejando atrás puede indignar a la gente aunque sus necesidades materiales estén cubiertas. Esto es lo que vemos, por ejemplo, en la antigua Alemania del Este: a pesar de la enorme ayuda económica de la parte occidental y los generosos programas sociales, los «ossis» (mote por el que se conocía a los ciudadanos de la Alemania del Este) se sienten agraviados porque consideran que son ciudadanos de segunda, y muchos de sus votos han ido a parar a partidos de extrema derecha.

Por tanto, la amarga división que observamos en EE UU —la fealdad que invade nuestra política— puede tener profundas causas económicas, y es posible que no exista ninguna manera de eliminarla en la práctica. Pero la fealdad no tiene que dominar. La mayoría de los votantes blancos rurales siguen apoyando al trumpismo, pero no son mayoritarios, y en las elecciones de mitad de mandato un número significativo de esos votantes rechazó el programa nacionalista blanco.

Así pues, EE UU es un país dividido, y es probable que siga siéndolo durante un tiempo. Pero la parte buena de nuestra naturaleza todavía puede imponerse.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía © The New York Times, 2018. Traducción de News Clips https://elpais.com/economia/2018/11/23/actualidad/1542990398_849402.html 

43.18 A – ¿POR QUÉ EL RECORTE TRIBUTARIO DE TRUMP SE HA QUEDADO EN NADA? – Paul Krugman

Las multinacionales han utilizado los beneficios de la bajada de impuestos en recomprar sus acciones

La marea azul de la semana pasada significa que Donald Trump llegará a las elecciones de 2020 con un solo logro legislativo importante: la gran rebaja de impuestos para las multinacionales y los ricos. Así y todo, se suponía que con esa rebaja se conseguirían muchas cosas. Los republicanos creían que les daría un gran empuje electoral, y anticipaban mejoras económicas decisivas. Sin embargo, todo ha quedado en agua de borrajas.

16 nov 2018.- La rentabilidad política, por supuesto, nunca llegó. Y los resultados económicos han sido decepcionantes. Cierto es que ha habido dos trimestres de crecimiento económico muy rápido, pero esas rachas de crecimiento son bastante normales: en 2014 se produjo una racha sustancialmente mayor y prácticamente nadie se dio cuenta. Y este crecimiento ha estado impulsado en gran medida por el gasto de los consumidores y… sorpresa, el gasto público, que no es lo que prometieron los que rebajaron los impuestos.

Por otra parte, no hay ni rastro del enorme aumento de la inversión que prometían los defensores de esta ley. Las multinacionales han usado los beneficios obtenidos gracias a la rebaja fiscal principalmente para recomprar sus propias acciones y no para crear puestos de trabajo y ampliar su capacidad.

¿Pero por qué han sido tan mínimas las repercusiones de la bajada de impuestos? Dejando a un lado los cambios llenos de fallos técnicos aplicados a los impuestos de las personas físicas, que mantendrán a los contables ocupados durante años, la parte esencial de la ley era una enorme rebaja del impuesto de sociedades. ¿Por qué no ha servido para aumentar la inversión?

La respuesta, diría yo, es que las decisiones empresariales son mucho menos sensibles a los incentivos financieros —incluidos los tipos impositivos– de lo que afirman los conservadores. Y el apreciar esa realidad no solo debilita la defensa de la rebaja de impuestos impulsada por Trump. Debilita la doctrina económica republicana en su conjunto.

Es un sucio secreto del análisis monetario que los cambios en los tipos impositivos afectan principalmente a la economía a través de su impacto en el mercado inmobiliario y en el valor internacional del dólar. Cualquier efecto directo sobre la inversión empresarial es tan pequeño que hasta resulta difícil observarlo en los datos. Lo que impulsa la inversión es más bien la percepción sobre la demanda del mercado.

¿A qué se debe esto? Una de las razones principales es que las inversiones empresariales tienen una vida útil relativamente breve. Si se están planteando pedir una hipoteca para comprarse una casa que les durará muchas décadas, el tipo de interés tiene mucha importancia. Pero si piensa en pedir un préstamo para, pongamos por caso, comprar un ordenador de trabajo que se estropeará o se volverá obsoleto en pocos años, el tipo de interés será una consideración menor al decidir si efectuar o no la compra.

Y la misma lógica es válida para los tipos impositivos: no hay muchas posibles inversiones empresariales que valga la pena hacer con el actual tipo del 21% y que no mereciesen la pena al 35%, el tipo anterior a la rebaja tributaria de Trump.

Es más, una fracción considerable de los beneficios empresariales representa en realidad las recompensas al poder de monopolio, no a la rentabilidad de la inversión; y reducir los impuestos sobre los beneficios que obtiene un monopolio es un puro regalo que no ofrece razones para invertir o contratar.

Ahora bien, los defensores de la rebaja tributaria dieron especial importancia al hecho de que ahora tengamos un nuevo mercado mundial de capitales en el que el dinero fluye hacia donde obtiene el rendimiento más elevado después de impuestos. Y apuntaron a países con impuestos sobre sociedades bajos, como Irlanda, que parecen atraer mucha inversión.

Pero la palabra clave aquí es “parecen”. Las multinacionales tienen un fuerte incentivo para cocinar sus libros —perdón, gestionar su fijación de precios interna— de tal manera que los beneficios declarados aparecen en las jurisdicciones con baja tributación, y esto a su vez conduce sobre el papel a grandes inversiones en el extranjero. Pero estas inversiones son mucho más bajas de lo que parecería a simple vista. Por ejemplo, las enormes cantidades que las multinacionales supuestamente han invertido en Irlanda han tenido como resultado una creación sorprendentemente baja de puestos de trabajo y poquísimos ingresos para los irlandeses, porque la mayor parte de esa enorme inversión en Irlanda no es sino ficción contable.

Ahora ya sabe usted por qué el dinero que las empresas estadounidenses declararon haber repatriado cuando se redujeron los impuestos no se vio en los empleos, los salarios y la inversión: en realidad no se movió nada. Se trató de una simple maniobra contable, prácticamente sin repercusión en nada real. Por eso el resultado de la bajada del impuesto de sociedades es que las sociedades pagan menos impuestos. Punto. Lo que me lleva al problema de la doctrina económica conservadora.

Esa doctrina trata exclusivamente de la supuesta necesidad de dar a los ya privilegiados incentivos para hacer cosas buenas por los demás. Pero esta doctrina sigue fallando en la práctica. La bajada de impuestos de George W. Bush no provocó una expansión; la subida de impuestos de Barack Obama no provocó una depresión.

Y con la bajada de impuestos de Trump, la doctrina ha vuelto a fallar. Por desgracia, es difícil conseguir que los políticos entiendan algo cuando las aportaciones de fondos a su campaña electoral dependen de que no lo entiendan.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía © The New York Times 2018. Traducción de News Clips.

https://elpais.com/economia/2018/11/16/actualidad/1542386816_437395.html

43.18 B – TRUMP: PODER EN CAÍDA, FURIA EN AUMENTO – Jeffrey D. Sachs* 

El drama de la presidencia de Donald Trump ha girado en torno de si un presidente extremista podría ejecutar un programa político extremista contra la voluntad de la mayoría de los estadounidenses. Hasta ahora la respuesta ha sido negativa; y el resultado de la elección intermedia lo hace mucho más improbable. Pero las crecientes frustraciones de Trump pueden llevarlo a un derrumbe psicológico, con consecuencias potencialmente angustiosas para la democracia estadounidense y para el mundo.

18 nov 2018.-Ninguna de las ideas extremistas de Trump recibió apoyo de la opinión pública, que se opuso a la rebaja del impuesto corporativo con respaldo republicano del año pasado, al intento de Trump de derogar la Ley de Atención Médica Accesible(Obamacare), a su propuesta de un muro en la frontera con México, a la decisión de retirarse del acuerdo con Irán sobre el programa nuclear y a la suba de aranceles a China, Europa y otros países. Al mismo tiempo, contra la promoción incesante que hace Trump de los combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas), la opinión pública favorece la inversión en fuentes de energía renovables y la permanencia en el acuerdo de París sobre el clima.

Trump ha buscado implementar su agenda radical de tres maneras distintas. La primera fue usar las mayorías republicanas en las dos cámaras del Congreso para tratar de aprobar leyes pese a la fuerte oposición popular. Este método funcionó una vez, con la rebaja del impuesto corporativo de 2017, porque los donantes del Partido Republicano insistieron en que se aplicara la medida; pero fracasó cuando Trump intentó derogar el Obamacare, ya que tres senadores republicanos se opusieron.

El segundo método es el uso de decretos ejecutivos para eludir al Congreso. Aquí los tribunales han intervenido reiteradas veces; la más reciente fue a días de la elección, cuando un tribunal federal de distrito suspendió los trabajos en el oleoducto Keystone XL, un proyecto al que los ambientalistas se oponen intensamente con el argumento de que el gobierno de Trump no presentó una “explicación razonada” de sus acciones. Trump ha abusado de su autoridad en forma reiterada y peligrosa, y los tribunales siguen forzándolo a retroceder.

La tercera táctica de Trump fue tratar de poner a la opinión pública de su lado. Pero a pesar de sus frecuentes mitines, o tal vez debido a ellos y a su vulgaridad incendiaria, el índice de rechazo de Trump ha superado al índice de aprobación desde los primeros días de su gobierno. En la actualidad, su índice general de rechazo es 54%, contra un 40% de aprobación (con aproximadamente un 25% de aprobación fuerte). No ha habido un cambio sostenido a favor de Trump.

En la elección intermedia, que Trump mismo describió como un referendo sobre su presidencia, los candidatos demócratas para la Cámara de Representantes y el Senado superaron con creces a sus adversarios republicanos. En la competencia por la Cámara, los demócratas recibieron 53 314 159 votos en el nivel nacional, contra 48 439 810 para los republicanos. En la competencia por el Senado, los demócratas superaron a los republicanos por 47 537 699 votos a 34 280 990.

Sumando los votos por partido en los últimos tres ciclos electorales (2014, 2016 y 2018), los candidatos demócratas al Senado superaron a los candidatos republicanos por unos 120 millones de votos contra 100 millones. Sin embargo, los republicanos mantienen una ligera mayoría en el Senado, donde a cada estado lo representan dos senadores sin importar el tamaño de su población, porque los republicanos tienden a ganar escaños en los estados menos poblados, mientras que los demócratas prevalecen en los grandes estados costeros y del medio oeste. Por ejemplo, los dos senadores republicanos por Wyoming representan a casi 580 000 residentes, mientras que las dos senadoras demócratas por California representan a más de 39 millones. Los demócratas consiguen más votos, pero los republicanos consiguen más escaños.

Sin embargo, desprovisto del control de la Cámara de Representantes, Trump ya no podrá aprobar leyes impopulares. Sólo políticas con apoyo de ambos partidos tendrán una chance de ser aprobadas en las dos cámaras.

En el frente económico, las políticas comerciales de Trump se volverán todavía menos populares en los meses venideros, cuando agotado el estímulo efímero de la rebaja del impuesto corporativo, la economía estadounidense se enfríe como consecuencia de la creciente incertidumbre sobre la política comercial global, que paraliza la inversión empresarial, y del aumento simultáneo del déficit fiscal y de los tipos de interés. Los mendaces argumentos de seguridad nacional que adujo Trump para la suba de aranceles también serán objeto de cuestionamientos políticos y quizá judiciales.

Es verdad que Trump podrá seguir nombrando jueces federales conservadores con la casi certeza de que la mayoría republicana en el Senado confirmará sus nombramientos. Y en asuntos de guerra y paz, Trump actuará con un nivel de independencia terrorífico respecto del Congreso y de la opinión pública, un problema que aflige al sistema político estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial. Lo más probable es que Trump, como sus últimos predecesores, mantenga a Estados Unidos empantanado en guerras en Medio Oriente y África, pese a la poca comprensión o apoyo de la opinión pública.

Sin embargo, hay tres motivos más para creer que el poder de Trump se debilitará significativamente en los próximos meses. En primer lugar, es muy probable que el fiscal especial Robert Mueller logre documentar ilícitos graves por parte de Trump, sus familiares o sus asesores cercanos. Antes de la elección Mueller mantuvo un perfil bajo, pero es casi seguro que pronto oiremos más de él.

En segundo lugar, los miembros demócratas de la Cámara de Representantes comenzarán a indagar en los manejos impositivos y comerciales de Trump, para lo cual tienen la potestad de dictarle intimaciones legales (‘subpoenas’). Hay fuertes indicios de que Trump cometió actos de evasión fiscal importantes (como explicó hace poco el ‘New York Times’) y que enriqueció ilegalmente a su familia siendo presidente (una demanda que obtuvo vía libre judicial lo acusa de violar la cláusula de la Constitución referida a recibir dádivas de gobiernos extranjeros). Es probable que Trump ignore o resista las intimaciones, lo que puede ser el inicio de una seria crisis política.

En tercer lugar, y más importante, Trump no es un simple político extremista, sino que padece lo que el profesor Ian Hughes denominó hace poco “una mente en desorden”, llena de odio, paranoia y narcisismo. Según dos de sus observadores cercanos, el contacto del presidente con la realidad “seguirá disminuyendo”conforme enfrente cada vez más obstáculos políticos, investigaciones de sus manejos impositivos y comerciales, los hallazgos de Mueller y una oposición política fortalecida. Es posible que ya lo estemos viendo, en la conducta errática y agresivade Trump desde la elección.

Los próximos meses pueden ser especialmente peligrosos para Estados Unidos y para el mundo. Conforme la posición política de Trump se debilite y aumenten los obstáculos que enfrenta, su inestabilidad mental será cada vez más peligrosa. Podría explotar de furia, despedir a Mueller y acaso tratar de iniciar una guerra o reclamar poderes de emergencia para restaurar su autoridad. Todavía no hemos visto a Trump totalmente enfurecido, pero es probable que lo veamos pronto, al estrecharse todavía más su margen de maniobra. En tal caso, mucho dependerá del funcionamiento del orden constitucional estadounidense.

*JEFFREY D. SACHS Profesor de Desarrollo Sostenible, profesor de Gestión y Política Sanitaria y director del Centro de Desarrollo Sostenible en la Universidad de Columbia. También es director de la Red de Soluciones de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas. Copyright: Project Syndicate, 2018.
www.project-syndicate.org Traducción: Esteban FlaminI https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/jeffrey-d-sachs/trump-poder-en-caida-furia-en-aumento-294700
 

42.18.-EL VERDADERO ESTADOS UNIDOS FRENTE AL ESTADOS UNIDOS DEL SENADO – Paul Krugman

Lo que Donald Trump y su partido venden es mero nacionalismo blanco y odio racial

Edificio del Capitolio de Estados Unidos, que alberga las dos cámaras del Congreso. ZACH GIBSON AFP

Todo el mundo está haciendo autopsias de las elecciones del martes, de modo que, por si vale de algo, aquí está la mía: a pesar de unas cuantas decepciones amargas y de haber perdido terreno en el Senado, los demócratas obtuvieron una victoria enorme. Rompieron el monopolio republicano en el poder federal, y eso es un gran problema para un Gobierno dedicado a la corrupción y al abuso de poder descarados, en la creencia de que un impenetrable muro rojo le protege siempre de tener que rendir cuentas. Los demócratas han conseguido también grandes avances en los Estados, lo cual tendrá un impacto importante en futuras elecciones.

Pero dado este éxito general, ¿cómo explicamos las pérdidas en el Senado? Muchos han señalado que el mapa del Senado de este año, compuesto desproporcionadamente por Estados donde ganó Donald Trump en 2016, era inusualmente malo para los demócratas. Pero había de hecho un problema más profundo, que a largo plazo planteará problemas no solo a los demócratas, sino también a la legitimidad de todo nuestro sistema político. Porque las tendencias económicas y demográficas han interactuado con el cambio político para producir un Senado nada representativo de la realidad estadounidense.

¿De qué manera está cambiando Estados Unidos? La inmigración y la creciente diversidad racial y cultural son solo una parte de la historia. Estamos contemplando también una transformación de la geografía económica, a medida que los sectores dinámicos gravitan cada vez más hacia las grandes áreas metropolitanas en las que ya hay un gran número de trabajadores altamente preparados. No es una casualidad que Amazon esté pensando en situar sus dos nuevas sedes centrales en el área metropolitana de Nueva York y en la de Washington, lugares ambos con un gran caudal de talento.

Evidentemente, no todo el mundo vive –o quiere vivir– en estos polos de crecimiento de la nueva economía. Pero Estados Unidos es cada vez más un país de urbanitas y suburbanitas. Casi el 60% de los estadounidenses viven en zonas urbanas con más de un millón de habitantes, y más del 70% en áreas con más de 500.000 residentes. Aunque los políticos conservadores ensalcen las virtudes del “Estados Unidos verdadero” de las zonas rurales y las ciudades pequeñas, el verdadero Estados Unidos verdadero en el que vivimos, a pesar de contener ciudades pequeñas, es mayoritariamente metropolitano.

Pero el tema es este: el Senado, que asigna a cada Estado el mismo número de escaños con independencia de su población —lo que da a menos de 600.000 personas de Wyoming la misma representación que a los casi 40 millones de California— otorga un peso excesivo a los residentes de las zonas rurales y se lo quita a los lugares en los que viven la mayoría de los estadounidenses.

Me parece útil contrastar el Estados Unidos verdadero, el lugar en el que viven realmente los estadounidenses, con el que yo considero el “Estados Unidos del Senado”, la nación hipotética producida por una media simple entre Estados, que es lo que de hecho representa el Senado.

El Estados Unidos verdadero es racial y culturalmente diverso; el Estados Unidos del Senado sigue siendo muy blanco. El verdadero incluye un gran número de adultos muy preparados; el del Senado, que quita peso a las dinámicas áreas metropolitanas que atraen a los trabajadores altamente preparados, tiene una proporción más alta de personas que no han cursado estudios universitarios, y en especial de blancos no universitarios.

Con esto no pretendo denigrar a los votantes blancos no universitarios de las zonas rurales. Todos son estadounidenses, y todos merecen igual voz a la hora de forjar el destino de su país. Pero tal y como están las cosas, algunos son más iguales que otros. Y eso plantea un gran problema en una época de profunda división partidista.

Para ser sinceros, lo que Donald Trump y su partido venden cada vez más se reduce a mero nacionalismo blanco: odio y temor hacia las personas de tez más oscura, con una fuerte dosis de antiintelectualismo combinado con antisemitismo. Este mensaje repele a la mayoría de los estadounidenses. Por eso las elecciones del martes —que a pesar de la manipulación de distritos electorales— han producido una gran ola demócrata. Pero el mensaje no gusta a una minoría de estadounidenses. Estos son, cómo no, estadounidenses blancos, y tienen más probabilidades de residir fuera de las grandes áreas metropolitanas racialmente diversas, porque la animosidad racial y el miedo a la inmigración siempre parecen más fuertes en lugares en los que hay pocas personas no blancas y apenas hay inmigrantes. Y estos son precisamente los lugares que tienen una influencia desproporcionada en la elección de senadores.

De modo que lo que ha ocurrido el martes, cuando los republicanos sufrieron una fuerte derrota en la Cámara de Representantes pero ganaron en el Senado, no fue un accidente debido al mapa de este año o a cuestiones electorales concretas. Refleja una profunda división cultural, de valores de hecho, entre la ciudadanía estadounidense en general y aquellos que logran elegir a buena parte del Senado.

Esta divergencia tendrá profundas repercusiones, porque el Senado tiene mucho poder, en especial cuando el presidente —que, no lo olvidemos, perdió la votación popular— lidera el partido que lo controla. En concreto, Trump y sus amigos del Senado se pasarán los próximos dos años llenando los tribunales de personas leales a la derecha.

Por tanto, es posible que asistamos a una crisis creciente de legitimidad del sistema político estadounidense, incluso si logramos superar la crisis constitucional que parece inminente en los próximos meses.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía © The New York Times Company, 2018 Traducción de News Clips. https://elpais.com/economia/2018/11/09/actualidad/1541768903_967005.html

41.18.-UN PARTIDO DEFINIDO POR SUS MENTIRAS – Paul Krugman

Las falsedades de los republicanos son extremas, como la que retrata la caravana de migrantes como una gran invasión

El pte Donald Trump, en un mitin en Missouri.   MIKE SEGAR (REUTERS)                                                                                 

Durante mi primer año como columnista de The New York Times no se me permitía usar la palabra “mentira”. Ese primer año coincidió con las elecciones de 2000, cuando George W. Bush, de hecho, faltaba sistemáticamente a la verdad respecto a sus propuestas económicas, diciendo cosas falsas sobre quién se beneficiaría de la rebaja de impuestos y sobre las repercusiones que tendría la privatización de la Seguridad Social. Pero la idea de que el candidato presidencial de un gran partido pasase de maquillar sus propuestas a mentir directamente parecía intolerable, y se consideraba que decirlo era pasarse de castaño a oscuro.

2 nov 2018.-  Obviamente esa prohibición ya no se mantiene en mi página de opinión, y las grandes organizaciones de medios están cada vez más dispuestas a señalar las mentiras descaradas. Pero persiguen una diana móvil, porque las falsedades son cada vez más grandes y generalizadas. De hecho, a estas alturas, el mensaje electoral republicano solo consiste en mentiras; es difícil encontrar una sola cosa verdadera en su programa.

Y sí, es un problema republicano (y no solo de Donald Trump). Los demócratas no son santos, pero su campaña se basa principalmente en asuntos reales, y en general, defienden más o menos lo que afirman defender. Los republicanos, no. Y la absoluta falta de honestidad de los republicanos a la hora de hacer campaña debería ser en sí una cuestión política decisiva, porque en este momento define el carácter del partido.

¿Acerca de qué mienten los republicanos? Como he dicho, prácticamente acerca de todo. Pero hay dos grandes temas. Mienten acerca de su programa, al fingir que sus políticas ayudarán a la clase media y a los trabajadores, cuando de hecho harán lo contrario. Y mienten acerca de los problemas a los que se enfrenta Estados Unidos, exagerando la amenaza imaginaria que suponen las temibles personas de tez oscura y atribuyendo cada vez más esa amenaza a conspiradores judíos.

Ambas clases de mentiras están arraigadas en el verdadero programa del Partido Republicano. Lo que los republicanos defienden, desde hace décadas, es la rebaja de impuestos para los ricos y los recortes de los programas sociales. Como era de esperar, el año pasado consiguieron forzar la aprobación de una enorme rebaja fiscal que beneficia principalmente a las grandes empresas y a los ricos y estuvieron a punto de aprobar, a falta de un voto, una “reforma” sanitaria que, según la Oficina Presupuestaria del Congreso, habría provocado que 32 millones de estadounidenses perdieran su seguro.

El problema del Partido Republicano es que su programa es profundamente impopular. Una gran mayoría de estadounidenses se opone a los recortes, mientras que la mayoría de los votantes quiere aumentar, no reducir, los impuestos a las grandes empresas y a las personas con rentas elevadas.

Pero en lugar de adaptar el programa a las preocupaciones de los votantes, los republicanos han recurrido a la estrategia del engaño. Han recurrido al “negro es blanco” y “abajo es arriba” en lo relativo al contenido político. Lo más espectacular es que se presentan como defensores de la protección para las personas con afecciones de salud preexistentes, una protección que su fracasado proyecto de ley sanitaria habría eliminado. Y afirman que son los demócratas los que amenazan al sistema sanitario para ancianos, el Medicare.

Por otro lado están recurriendo a lo de siempre: la xenofobia. Pero vender la xenofobia era más fácil en las décadas de 1980 y 1990, cuando Estados Unidos padecía unos niveles elevados de delincuencia. Desde entonces, el número de delitos violentos ha caído drásticamente. ¿Qué puede hacer un agorero? La respuesta es: mentir.

Las mentiras no han cesado desde el discurso de toma de posesión de Trump, que transmitió la falsa visión de una “carnicería estadounidense”. Pero se han vuelto cada vez más extremas, culminando con el retrato de una pequeña caravana de refugiados que todavía se encuentra a 1.500 kilómetros de la frontera como una invasión inminente y amenazadora, de algún modo llena de terroristas de Oriente Próximo enfermos. Y ahora se añade la insinuación de que los verdaderos culpables de esta invasión son unos siniestros financieros judíos. Porque ahí es donde acaban siempre los que hacen estas cosas. No son solo mentiras feas y destructivas. Más allá de eso, forjan la naturaleza del Partido Republicano. Ahora es imposible tener integridad intelectual, conciencia y al mismo tiempo seguir siendo un republicano de pro. Algunos conservadores tienen estas cualidades; casi todos ellos han abandonado el partido o están al borde de la excomunión.

Los que permanecen en él son, o bien fanáticos, dispuestos a lo que sea por conseguir el poder, o cínicos que buscan obtener una parte del botín. Y es ingenuo suponer que hay un límite en cuanto a lo lejos que un partido de fanáticos y cínicos está dispuesto a llegar. Cualquiera que pudiera tener un punto de contención, una línea roja de mala conducta que no estuviese dispuesto a cruzar, ya ha cogido la salida.

Esa es la razón por la que una campaña electoral republicana basada enteramente en mentiras debería ser en sí misma una cuestión política, una razón para votar por los demócratas, aunque uno quiera una rebaja de impuestos. Porque no hablamos solo de un partido que vende malas ideas con pretextos falsos. La adicción a las mentiras lo ha convertido también —seamos claros— en un partido de malas personas.

¿Qué hará entonces este partido si la semana próxima conserva el control pleno del Congreso? Lo que hemos visto una y otra vez es que para esta gente no hay límites ni fondo. Si consiguen ganar estas elecciones de mitad de mandato, esperen lo peor.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía © The New York Times Company, 2018 Traducción de News Clips. https://elpais.com/economia/2018/11/02/actualidad/1541170402_681251.html

40.18.-Sanidad, odio y mentiras – Paul Krugman

Las amenazas de castigo contra los adversarios políticos del Gobierno se han vuelto habituales

Vista del exterior del hospital Monte Sinaí de Nueva York. BEN HIDER (GETTY IMAGES)

Hasta hace poco, parecía que las elecciones de mitad de mandato iban a estar determinadas en gran medida por la pelea acerca de la atención sanitaria. Sin embargo, estos últimos días los titulares han estado dominados por el odio: la histeria por la caravana de emigrantes a 1.500 Km de la frontera estadounidense, y ahora el intento de asesinato de varios demócratas destacados.

28 oct 2018.- Pero con independencia de quién enviase las bombas y por qué, la histeria por la caravana no es una casualidad: crear un clima de odio es la forma que tienen los republicanos de evitar que se hable de la sanidad. Lo que estamos viendo en estas elecciones es una especie de culminación de la estrategia que la derecha lleva décadas utilizando: distraer a los votantes de clase trabajadora de las políticas que les perjudican promoviendo la guerra cultural y, sobre todo, el antagonismo racial.

En el fondo, el actual programa político de los conservadores, que se centra en reducir impuestos y destruir el colchón de seguridad, es sistemáticamente impopular. Los electores quieren, por un gran margen, subir los impuestos a las grandes empresas, y a los ricos, no bajarlos. La inmensa mayoría se opone a recortar la Seguridad Social, la sanidad pública para ancianos (Medicare) y para personas sin recursos (Medicaid). Hasta quienes se declaran republicanos prefieren impedir que las aseguradoras discriminen a personas con afecciones médicas preexistentes, algo que la ley de Obama hace pero que las propuestas sanitarias republicanas no harían.

¿Cómo consiguen entonces los republicanos ganar elecciones? La respuesta es en parte que la manipulación de circunscripciones, el Colegio Electoral de compromisarios y otros factores han amañado el sistema a su favor; los republicanos han conservado la Casa Blanca en tres de las últimas seis elecciones presidenciales, a pesar de haber ganado solo una vez el voto popular. Y ahora probablemente conservarán la Cámara de Representantes a no ser que los demócratas ganen por un margen del 6% como mínimo.

No olvidemos, además, la supresión de votantes, que está descompensando aún más la balanza. Así y todo, teniendo en cuenta lo impopulares que son las posiciones políticas republicanas, ¿cómo consiguen acercarse lo suficiente para hacer trampa?

Tradicionalmente, una manera de conseguirlo ha sido la amenaza roja, o sea, definir todas y cada una de las políticas progresistas como lo más parecido al comunismo. Hace más de medio siglo, Ronald Reagan advirtió de que el Medicare destruiría la libertad estadounidense, pero no ha sido así. Hace unos días, la Casa Blanca de Trump emitió un informe en el que equiparaba la propuesta del “Medicare para todos” con el maoísmo.

Otra táctica clave es la de mentir acerca de sus posiciones y las de sus adversarios. Durante el gobierno de George W. Bush, las mentiras eran relativamente sutiles según baremos actuales, e implicaban cosas como fingir que las rebajas de impuestos que favorecían a los ricos iban de hecho dirigidas a la clase media. En los tiempos que corren, las mentiras son absolutamente descaradas, con candidatos que se presentan como paladines de las protecciones para personas con afecciones preexistentes cuando en realidad han trabajado sin descanso para desmantelar esas protecciones, y que acusan a los demócratas de ser ellos los que intentan destruir el Medicare.

Pero las mentiras sobre políticas, aunque puedan confundir a algunos electores, no bastan. El odio siempre ha formado parte del paquete. No idealicemos el pasado. Cuando Reagan hablaba de “reinas” de las ayudas sociales que conducían Cadillacs, o de “fornidos jovenzuelos” que usaban los cupones de alimentos para comprarse bistecs, sabía exactamente lo que hacía. Sin embargo, con Trump, la estrategia del odio ha alcanzado un nivel completamente nuevo.

Para empezar, después de llevar décadas encubriendo su estrategia con eufemismos, el Partido Republicano ha vuelto a permitir a los racistas ser racistas. Prácticamente no hay semana en la que no se produzca la revelación de que algún miembro del Gobierno de Trump o algún destacado partidario de los republicanos es un intolerante y/o un supremacista blanco.

Por otro lado, la corriente principal del Partido Republicano ha ido a muerte con el tipo de teoría de la conspiración —teñida de antisemitismo— que solía estar restringida a los extremos. Por ejemplo, no solo Trump sino también senadores veteranos como Charles Grassley se han tragado la información falsa de que los que protestaban contra Brett Kavanaugh estaban pagados por George Soros.

Por último, las amenazas de castigo contra los adversarios políticos y los detractores se han convertido en algo habitual en la derecha, y no solo en los cánticos de “encerradla”, que Trump encabezó el mismo día que alguien le envió una bomba a Hillary Clinton.

Y es difícil no ver como una incitación a la violencia el llamar “enemigos del pueblo” a los medios de comunicación.

¿Funcionará entonces esta estrategia de odio aumentada? Es posible que sí, en parte porque esos mismos medios informativos todavía danzan al son de quienes proclaman ese odio. Fijémonos en la noticia de la caravana de emigrantes. La histeria de la derecha es claramente insincera; es evidente que le está dando tanto bombo para desviar la atención de la sanidad y de otras cuestiones esenciales: ¡No os preocupéis por las afecciones preexistentes! ¡Fijaos en todos esos morenos siniestros!

Pero a pesar de todo, los medios han informado hasta la saturación sobre la caravana, dedicándole más especio del que han dedicado nunca a la sanidad.

El caso es que si esta estrategia de odio funciona en las elecciones de mitad de mandato, la derecha la seguirá empleando todavía con más avidez. No esperen que ninguno de los implicados sienta remordimientos de conciencia. De hecho, cuando la CNN y varios detractores destacados recibieron paquetes bomba, Trump culpó a… los medios de comunicación.

He visto el futuro, y está lleno de amenazas.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía © The New York Times Company, 2018 Traducción de News Clips  https://elpais.com/economia/2018/10/26/actualidad/1540570749_534231.html

39.19.- ELECCIONES INTERMEDIAS EN ESTADOS UNIDOS: LA GENTE CONTRA EL DINERO – Joseph E. Stiglitz

Todas las miradas están puestas en Estados Unidos, conforme se aproximan las elecciones legislativas de noviembre. El resultado responderá muchas preguntas inquietantes que se plantearon hace dos años, cuando Donald Trump ganó la elección presidencial.

¿Proclamará el electorado estadounidense que Trump no es aquello que Estados Unidos representa? ¿Repudiarán los votantes su racismo, su misoginia, su nativismo y su proteccionismo? ¿Dirán que su política de “Estados Unidos primero”, contraria a la legalidad internacional, no se corresponde con los valores que defiende Estados Unidos? ¿O por el contrario, confirmarán que la victoria de Trump no fue un accidente histórico, derivado de un proceso de primarias republicano que produjo un candidato deficiente y de un proceso de primarias demócrata que produjo la adversaria ideal para Trump?

19 oct 2018.- Mientras oscila en la balanza el futuro de Estados Unidos, las causas del resultado de 2016 son objeto de apasionados debates, que no son meramente académicos. Se trata de definir la postura que el Partido Demócrata (y otros partidos similares de la izquierda en Europa) deben adoptar para obtener la mayor cantidad posible de votos. ¿Deben inclinarse hacia el centro o concentrarse en movilizar a nuevos votantes jóvenes, progresistas y entusiastas?

Hay buenos motivos para pensar que la segunda opción es la mejor para obtener la victoria electoral y frenar los peligros que genera Trump.

La participación electoral estadounidense es exigua, y peor aún en los años en que la elección no es presidencial. En 2010, sólo votó el 41,8 % del electorado; en 2014, sólo emitió su voto el 36, 7 % de los votantes habilitados (según datos de United States Elections Project). La participación demócrata es incluso peor, aunque en este ciclo electoral parece que está en alza.

Muchos estadounidenses dicen que no van a votar porque, gane quien gane, los dos partidos son prácticamente indistinguibles. Pero Trump demostró que no es verdad. Los republicanos que el año pasado se quitaron el disfraz de la disciplina fiscal y votaron una inmensa rebaja de impuestos para los multimillonarios y las corporaciones demostraron que no es verdad. Y los senadores republicanos que apoyaron la designación de Brett Kavanaugh para la Suprema Corte (pese a que dio falso testimonio ante el Senado y a las pruebas totalmente creíbles de su conducta sexual inapropiada en el pasado) demostraron que no es verdad.

Pero la apatía de los votantes también es responsabilidad de los demócratas. El partido debe superar una larga historia de colusión con la derecha, desde la presidencia de Bill Clinton con la rebaja del impuesto a las plusvalías (que enriqueció al 1 % más rico) y la desregulación de los mercados financieros (que contribuyó a producir la Gran Recesión), hasta el rescate de bancos en 2008 (que ofreció muy poco a los trabajadores desplazados y a los propietarios que enfrentaban una ejecución hipotecaria). En el último cuarto de siglo, a veces pareció que el partido estaba más interesado en obtener el apoyo de los que viven de la renta del capital que de los que viven del salario. Muchos que se abstienen de votar se quejan de que los demócratas sólo atacan a Trump y no proponen ninguna alternativa real.

El ansia de una clase distinta de contendiente se evidencia en el apoyo de los votantes a propuestas progresistas como el excandidato presidencial Bernie Sanders y la neoyorquina Alexandria Ocasio-Cortez (28 años), que hace poco derrotó en una primaria del partido a Joseph Crowley, cuarto en orden de jerarquía en el bloque demócrata en la Cámara de Representantes.

Progresistas como Sanders y Ocasio-Cortez lograron presentar un mensaje atractivo a los mismos votantes que los demócratas deben movilizar para ganar. Buscan restaurar el acceso a una vida de clase media a través de una oferta de empleos dignos bien remunerados, el restablecimiento de una idea de seguridad financiera y el acceso a educación de calidad (sin el endeudamiento asfixiante que hoy enfrentan tantos graduados que tomaron préstamos estudiantiles) y a atención médica digna cualquiera sea la situación de salud previa del beneficiario. Propugnan la vivienda accesible y una jubilación segura, en la que los ancianos no sean presa de la codicia del sector financiero. Y buscan una economía de mercado justa, más dinámica y competitiva, mediante la limitación de los excesos del poder de mercado, la financierización y la globalización, y el fortalecimiento del poder de negociación de los trabajadores.

Estos beneficios de una vida de clase media son alcanzables. Lo eran hace medio siglo, cuando el país era considerablemente más pobre que ahora; y lo son todavía hoy. De hecho, ni la economía de Estados Unidos ni su democracia pueden permitirse no fortalecer a la clase media. Y para hacer realidad esta visión, es esencial el uso de políticas y programas estatales (lo que incluye proveer alternativas públicas en seguros de salud, complementación de prestaciones de retiro y crédito hipotecario).

La explosión de apoyo a estas propuestas progresistas y a los dirigentes políticos que las sostienen me llena de esperanza. Estoy convencido de que estas ideas prevalecerían en cualquier democracia normal. Pero la política estadounidense está corrompida por el dinero, por la manipulación partidista del trazado de distritos electorales y por intentos masivos de privación del derecho al voto. La reforma tributaria de 2017 fue prácticamente un soborno a las corporaciones y a los ricos para que vuelquen sus recursos financieros en la elección de 2018. Las estadísticas demuestran el enorme peso del dinero en la política estadounidense.

Pero aun con una democracia defectuosa (incluido en esto la existencia de un esfuerzo concertado para evitar que algunos voten) el poder del electorado estadounidense importa. Pronto descubriremos si importa más que el dinero que ingresa a las arcas del Partido Republicano. El futuro político y económico de Estados Unidos, y casi con certeza la paz y la prosperidad de todo el mundo, dependen de la respuesta.

Traducción: Esteban Flamini. *Ganador del Premio Nobel 2001 en Ciencias Económicas. Su libro más reciente se titula Globalization and its Discontents Revisited: Anti-Globalization in the Era of Trump [El malestar en la globalización revisitado: la antiglobalización en la era de Trump]. Project Syndicate 1995–2018

https://www.elespectador.com/opinion/elecciones-intermedias-en-estados-unidos-la-gente-contra-el-dinero-columna-819031

39.18.-DEL NAFTA AL USMCA: HACIA UN SALARIO MUNDIAL – Beethoven Herrera

En el nuevo tratado se incluye un salario mínimo aplicable a la producción de bienes exportables. 

Tras 14 meses de tensas negociaciones, se llegó al acuerdo –precipitado por la proximidad de las elecciones en Estados Unidos, así como de la posesión del nuevo presidente de México Andrés Manuel López Obrador–, denominado ‘United States Mexico and Canada Agreement (Usmca), en México T-MEC.#

Tan pronto tomó posesión Trump, exigió renegociar el Nafta y establecer un nuevo acuerdo renovable cada cinco años, bajo la amenaza de colocar un arancel de 35 por ciento a los vehículos procedentes de México, sin tener en cuneta que los que se ensamblan en México incorporan muchas partes provenientes de Estados Unidos. Los impuestos estadounidenses al acero y al aluminio se mantuvieron en vigor para Canadá y México, pero habrá futuras negociaciones para que estos dos países obtengan algunas exenciones.

21 oct 2018.- Desde 1970, el Gobierno canadiense estableció las cuotas de producción y el precio de la leche, y, según el nuevo tratado, Canadá concederá acceso al 3 por ciento de su mercado lácteo y de vino para granjeros estadounidenses, pero pagando aranceles, solo mantendrá exentos los del suero y la margarina, a la ve que dará mayor acceso al pollo, huevo y pavo estadounidenses. Sin embargo, entre Estados Unidos y México no habrá aranceles a productos agrícolas ni cuotas; además, el país azteca no restringirá el acceso a los quesos estadounidenses.

Canadá se resistió a firmar el acuerdo logrado entre Estados Unidos y México hasta tanto se le garantizara el mantenimiento del capítulo 19 sobre solución de controversias, tal como estaba en el Nafta, que permite a los países solicitar el establecimiento de paneles binacionales si sus exportadores se consideran víctimas de decisiones comerciales desleales por parte de otro miembro.

Canadá quería garantías de que Estados Unidos no impondrá aranceles a sus automóviles, como en reiteradas ocasiones había amenazado Trump, pues si ello ocurre sería devastador para la industria automotriz canadiense, que exporta la mayor parte de su producción al coloso del Norte. Por su parte, Robert Lighthizer, representante comercial de Estados Unidos, argumentaba su país buscaba eliminar este mecanismo de disputa, pues les ha impedido demandar en casos de subsidios y dumping de compañías mexicanas y canadienses.

Respecto a los derechos de propiedad intelectual, el capítulo 20 del nuevo tratado de comercio entre México, Estados Unidos y Canadá establece un monopolio en favor de las grandes empresas farmacéuticas, pues obliga a los gobiernos a garantizarles exclusividad de sus patentes biológicas, las cuales pasarán a tener vigencia durante 10 años ( estaba en ocho).

También tendrán periodos exclusivos de comercialización para nuevos usos y formas, y podrán extender los términos de sus patentes cuando las agencias regulatorias tarden demasiado tiempo en completar sus revisiones. Al vincular la inspección de seguridad y eficacia de los medicamentos con las disputas de patentes, buscan retrasar la entrada en competencia de los genéricos.

Los países miembros se comprometen a evitar la devaluación competitiva, las guerras de divisas, mantener un régimen de tipo de cambio determinado por el mercado, tal como lo exige el FMI.

Estados Unidos pretendía que el nuevo tratado terminara cada cinco años para renegociar todo de nuevo, pero resulta obvio que una empresa no haría inversiones para un plazo tan corto para la recuperación de su inversión. El nuevo tratado tendrá vigencia de 16 años, con revisiones cada seis para modernizarlo y resolver los problemas surgidos, y sus miembros deben informar a los demás socios si inician negociaciones con países externos; tal como Trump ha anunciado que lo hará con Europa, Inglaterra y Japón.

En el nuevo acuerdo, los automóviles podrán comercializarse sin arancel si el 75 por ciento de sus componentes ha sido producido en uno de los tres países (antes era del 62,5 por ciento), lo cual significa un incremento marginal para justificar toda la tensión vivida por 13 meses. Lo relevante es que el 45 por ciento de esos vehículos deben ser fabricados en zonas donde los trabajadores devenguen salarios de al menos 16 dólares por hora.

Esta medida busca reducir las importaciones de automóviles provenientes de países que no pertenecen al acuerdo y exonera de aranceles los 2,6 millones carros que se producen en esa área, y para los vehículos ensamblados en plantas que no cumplan estas reglas deben pagar aranceles del 2,5 por ciento.

En la época de negociación de los tratados de libre comercio, organizaciones sociales propusieron incluir cláusulas sociales, ambientales y laborales; de hecho, al posesionarse Clinton adicionó al Nafta dos protocolos referidos sobre esos temas. Pero en la OMC, los gobiernos de los países en desarrollo, liderados por India, se opusieron, diciendo que eso les negaba su ventaja comparativa de poseer mano de obra abundante y barata.

En la reunión de OMC, en Singapur, se impuso la tesis de que esos temas deberían tratarse en la OIT (entidad que carece de fuerza cohercitiva); pero ahora se incluye en el nuevo tratado un salario mínimo aplicable a la producción de bienes exportables. Es novedoso que se haya establecido un piso mínimo salarial en un tratado internacional, pero falta ver la implementación de esa medida. ¡Realmente novedoso!

Beethoven Herrera Valencia Profesor de las universidades Nacional y Externado Colaboración de Nicolás Cruz W. https://www.portafolio.co/opinion/beethoven-herrera-valencia/del-nafta-al-usmca-hacia-un-salario-mundial-522497

38.18.-‘AMERICA FIRST’, UNA DÉCADA DESPUÉS – Aurelio Suárez

Cinco grandes bancos controlan 46.53% de los activos, cuando iniciando este siglo sólo tenían 28.6% 

Estudiar coyunturas internacionales de pugna entre grandes potencias exige examinar su vida económica, incluyendo la situación de las respectivas clases dirigentes. Ahora es clave hacerlo para analizar las contradicciones que impelen a Estados Unidos a desatar una ‘guerra comercial’ y demás acciones emprendidas por Donald Trump. Ejercicio similar debería hacerse con China, el poder retador.                                                                                                                                                                                                    Los sectores económicos estadounidenses se han concentrado en mayor grado: nacionalmente, las cuatro principales empresas que controlan entre uno y dos tercios del mercado aumentaron entre 1997 y 2012 su participación en los ingresos del 24 al 33 % (‘The Economist’, 2016); en telecomunicaciones, del 43 al 52 %; en el comercio al detal, del 25 al 33 % y, excepto pocas áreas de servicios, en manufacturas y las demás se reforzó el oligopolio. 

En finanzas, cinco grandes bancos controlan 46,53 % de los activos, cuando iniciando el siglo solo tenían 28,6 %. Predomina el ‘holding’ bancario con actividades como fondos, fideicomisos, valores, contratos, gestión empresarial, inmobiliaria, intermediación crediticia, salud, aseguradoras, industrias, servicios públicos y técnicos, construcción, transporte y comercio. Un trabajo de 2012 (FRBNY) mostró que los quince principales grupos financieros atesoraban 20,3 billones de dólares en activos, cinco veces lo de 1991, con 19.600 firmas subsidiarias, de las cuales 5.843 estaban en el exterior, con 4,9 billones de dólares en activos.

Oligopolios, predominio financiero, cuantiosa exportación de capital, deterioro social y gasto creciente en seguridad y defensa no han detenido la ruta crítica de Estados Unidos.

Tal concentración no ha acarreado beneficios generales en precios al consumidor, en productividad ni en inversión. Antes bien, luego de crecimientos constantes desde 1963, el retorno del capital empresarial invertido se derrumbó en 2008, y, aunque se sintió alguna recuperación hacia 2011, continúa cayendo, en especial para las corporaciones de los percentiles más altos (McKinsey, 2015).

Las corporaciones mineras, industriales, agrícolas, tecnológicas, químicas y de maquinaria, entre otras, han invertido en el exterior en la última década 3,4 billones de dólares dirigidos a 70 países (BEA, 2018), pero a su vez las inversiones de extranjeros hacia Estados Unidos ya alcanzan los 7,8 billones de dólares (Unctad).

El capital norteamericano también fue a zonas de mano de obra barata como China, México, Malasia y a la vecina Canadá para fabricar y ensamblar computadores y productos electrónicos, vehículos y equipo de transporte, maquinaria, insumos y mercancías, para luego reexportarlas al mercado estadounidense. Dicho comercio –entre partes relacionadas– fue en 2016 el 49 % del total de las importaciones (US Census), y, en sentido contrario, de casas matrices a subsidiarias, el 32 % del total de las exportaciones.

Este diseño económico trajo secuelas sociales: no ha generado mayor participación del trabajo en el ingreso; provocó más desigualdad, al incrementarse el coeficiente de Gini de 0,38 a 0,41 entre 1991 y 2016; tumbó el empleo industrial en tres millones de puestos; puso en entredicho “el sueño americano” (Chomsky, 2017); causó una “redistribución a gran escala de ingresos y riqueza hacia la cima de la pirámide”, debilitando la demanda agregada (Stiglitz) y, para rematar, en la crisis le ocasionó un costo de 70.000 dólares –en ingresos por vida– al estadounidense promedio (SFFED, 2018).

Fuera de que 17 % de los trabajadores son de tiempo parcial, la evolución de salarios corrobora el deterioro laboral: en la manufactura, entre 1997 y 2011 solo aumentaron 3,1 %; para el conjunto de la economía, la media subió 4 % entre 2007 y 2017, de 332 dólares a 345 (BLS-Fred en dólares 2017), y, al mirar los estatus educativos, los más altos pasaron por hora de 34,20 a 36,06 y los menos calificados, de 12,46 a 12,50, apenas 0,3 %. Estos últimos, junto con los de calificación intermedia, suman la mitad de la fuerza laboral (BLS).

Si bien Trump estima el déficit comercial acumulado con China en tres billones de dólares, lo que incide en endeudamiento y déficits fiscales recurrentes, el portal The Balance y Martin Feldstein (NBER) los atribuyen al gasto social y al militar de 800 mil millones de dólares anuales. Pese a ello, se aprobaron sin recato recortes al impuesto corporativo con beneplácito de las élites, sin distingo (Callahan). 

Oligopolios, predominio financiero, cuantiosa exportación de capital, deterioro social y gasto creciente en seguridad y defensa no han detenido la ruta crítica de Estados Unidos, descendente por varias décadas y ahondada por una globalización fallida que Trump busca reconfigurar, para lo cual recurriría al todo vale, aun contra voces internas que pudieran oponerse. El futuro es incierto, pues la intentona del inquilino de la Casa Blanca discurre en medio de probables estallidos especulativos y con poco espacio de respuesta monetaria, apersonado del lema ‘America first’.

https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/aurelio-suarez-montoya/america-first-una-decada-despues-276862

38.18.-MANIPULACIÓN DE LA MONEDA CHINA  VS TRUMP – Hernán González 

Como es sabido, la moneda china es el renminbi y se clasifica como una moneda política. Esto quiere decir que mientras, por ejemplo, el dólar estadounidense sube y baja su precio de acuerdo con la oferta y la demanda del mercado, el valor del renminbi lo fija el Banco del Pueblo de China, brazo del gobierno chino. Este banco hace parte de lo que se conoce como China S.A.

La moneda china ha sido y sigue siendo manipulada, o sea, ligeramente depreciada frente al dólar para elevar la competitividad de sus exportaciones. Mientras más y más renminbis les reintegren a los exportadores chinos por un dólar, tanto mejor para ellos.

12 oct 2018.- Prueba de esta manipulación se ha presentado en los últimos meses para responder al incremento de las tarifas arancelarias del 10% que el presidente Trump les puso a las importaciones de productos chinos. Pues bien, China S.A. le respondió devaluando el renminbi el 7,6% contra el dólar para neutralizar las tarifas de Trump.

El diario Portafolio del 14 de septiembre pasado trajo un oportuno artículo titulado: “China puede acabar con la manipulación de divisas. Durante la década de los años 2000 —afirma Portafolio— Beijing manipuló el renminbi a una escala épica, pero en 2015 estaba vendiendo reservas extranjeras para frenar las salidas de capital y sostener su moneda”. En no pocos países, los superávits chinos causaron déficits y desaparición de empresas domésticas. Ojalá acabaran sus competencias desleales por medio de su moneda devaluada.

Y se pregunta Portafolio: “¿Podría China volver a la manipulación de la moneda a gran escala en el futuro? Parece poco probable. China es ahora una poderosa potencia económica, demasiado grande como para implementar fácilmente un tipo de cambio fijo. Hacerlo podría provocar una fuga de capitales; detener la fuga de capitales implicaría imponer nuevos controles de capital. La devaluación podría ser una forma tentadora de tomar represalias contra Trump, pero ya no beneficiaría a China a largo plazo”. Pero, sin embargo, devaluaron.

Olvidarse de las devaluaciones es clave para la industria colombiana, para los textiles, las confecciones, la marroquinería… Algunos empresarios de estos sectores me han manifestado que no menos del 20% de las ventas de sus sectores entre los consumidores colombianos se abastecen hoy con productos chinos. China figura como nuestro segundo socio comercial después de Estados Unidos con un déficit a su favor en 2017, según la DIAN, de US$6.300 millones.

La competencia destructora para Colombia provendría de que los productos que no pudieron ingresar a los Estados Unidos se desvíen a precios ínfimos hacia otros países como Colombia, que nos ingresan a precios de “dumping” o de contrabando con los dineros lavados del narcotráfico.        https://www.elespectador.com/opinion/manipulacion-de-la-moneda-china-columna-81754

37.18.-TRUMP Y LA ARISTOCRACIA DEL FRAUDE – Paul Krugman

EL GOBIERNO DE LOS DEFRAUDADORES DE IMPUESTOS, POR LOS DEFRAUDADORES DE IMPUESTOS, PARA LOS DEFRAUDADORES DE IMPUESTOS 

Donald Trump, presidente de Estados Unidos. ROGELIO V. SOLIS AP

Resulta que puedo haber cometido una injusticia con Donald Trump. Verán, siempre he tenido mis dudas cuando afirma que es un gran negociador. Pero lo que acabamos de descubrir es que sus dotes para la negociación se desarrollaron pronto. De hecho, era tan increíble que ya a muy temprana edad ganaba 200.000 dólares anuales, en dólares actualizados.

Más concretamente, eso es lo que ganaba a los 3 años. A los 8, ya era millonario. Por supuesto, el dinero venía de su padre, que pasó décadas evadiendo los impuestos que legalmente debía pagar por el dinero donado a sus hijos.

6 oct 2018.- El popular reportaje de The New York Times sobre la historia de fraude de la familia Trump hace referencia realmente a dos tipos de fraudulencia distintos pero relacionados.

Por un lado, la familia se embarcó en un fraude fiscal a enorme escala, empleando una gran variedad de técnicas de lavado de dinero para evitar pagar lo que debía. Por otro lado, la historia que Donald Trump cuenta sobre su vida –el retrato que pinta de un empresario hecho a sí mismo que llegó a multimillonario partiendo de unas raíces humildes– siempre ha sido mentira: no solo heredó su fortuna y recibió de su padre el equivalente a 400 millones de dólares, sino que Fred Trump le echaba un cable cuando los negocios le salían mal.

De estas revelaciones se deduce que a los seguidores de Trump que imaginan haber encontrado un adalid sin pelos en la lengua que drenará la ciénaga y utilizará su agudeza empresarial para devolver a Estados Unidos su grandeza, les han engañado, y a lo grande.

Pero el cuento del dinero de Trump es parte de una historia más larga. Incluso los que no están satisfechos con hasta qué punto vivimos una era de desigualdad en aumento y concentración de riqueza en lo más alto, han tendido a creer que las grandes fortunas se han obtenido, en la mayoría de los casos, de manera más o menos honrada. Solo ahora hemos empezado a prestar atención a la enorme corrupción y a la ilegalidad que sostienen nuestro avance hacia la oligarquía.

Intuyo que, hasta hace poco, la mayoría de los economistas, incluidos los expertos en temas fiscales, habrían aceptado que la elusión de impuestos de las empresas y de los ricos –que es legal– era un gran problema, pero que la evasión de impuestos –esconder dinero del fisco– no estaba tan extendida. Resultaba evidente que algunos ricos estaban aprovechando lagunas legales, aunque moralmente dudosas, del código tributario, pero la opinión imperante era que el fraude descarado a las autoridades tributarias y en consecuencia a la ciudadanía no estaba tan extendido en los países avanzados.

Pero esta opinión siempre ha descansado sobre cimientos poco sólidos. Después de todo, la evasión de impuestos no aparece, casi por definición, en las estadísticas oficiales, y los superricos no tienen la costumbre de ir pregonando lo bien que se les da evadir impuestos. Para hacernos una idea real de cuánto fraude se produce, o bien hay que hacer lo que hizo The New York Times –investigar exhaustivamente las finanzas de una familia concreta– o bien confiar en golpes de suerte que hagan aflorar lo que antes estaba oculto.

Hace dos años, nos llegó un enorme golpe de suerte en forma de Papeles de Panamá, un tesoro de datos filtrados de una empresa panameña especializada en ayudar a la gente a ocultar su riqueza en paraísos fiscales, y una filtración menor de HSBC. Si bien los detalles desagradables revelados por estas filtraciones llegaron a los titulares de inmediato, su verdadera importancia solo ha quedado clara con el trabajo de Gabriel Zucman y sus colaboradores de Berkeley, en cooperación con las autoridades fiscales escandinavas.

Cruzando información de los Papeles de Panamá y otras filtraciones con los datos fiscales nacionales, estos investigadores descubrieron que la evasión de impuestos directa está muy generalizada en las altas esferas. Los verdaderamente ricos acaban pagando un tipo fiscal efectivo mucho menor que los meramente ricos, no debido a las lagunas de las leyes tributarias, sino porque incumplen la ley. Los investigadores detectaron que los contribuyentes más ricos pagan de media un 25% menos de lo que deben, y cómo no, muchos individuos pagan todavía menos. Es una cifra muy elevada. Si los ricos de Estados Unidos evaden dinero en la misma escala (algo que casi con toda seguridad hacen), es probable que le cuesten al Estado aproximadamente tanto como el programa de cupones alimenticios. Y también usan la evasión fiscal para blindar su privilegio y legárselo a sus herederos, que es la verdadera historia de Trump.

La pregunta evidente es qué hacen nuestros representantes electos respecto a esta epidemia de fraude. Pues bien, los republicanos del Congreso llevan años con el caso: han ido retirándole sistemáticamente financiación al Servicio de Rentas Internas, lo que ha debilitado su capacidad para investigar el fraude fiscal. No solo estamos gobernados por defraudadores fiscales; tenemos un gobierno de defraudadores fiscales para defraudadores fiscales.

Por tanto, lo que estamos aprendiendo es que la historia de lo que está ocurriendo en nuestra sociedad es aún peor de lo que creíamos. Y no es solo que el presidente de Estados Unidos sea, como dijo David Cay Johnston, un periodista experto en temas fiscales, un “vampiro financiero” que engaña a los contribuyentes de la misma manera que engaña prácticamente a cualquiera que trate con él.

Más allá de eso, nuestra tendencia a la oligarquía –el gobierno de unos pocos– cada vez se parece más a una kakistocracia: el gobierno de los peores, o al menos de los que menos escrúpulos tienen. La corrupción no es sutil; por el contrario, es más cruda de lo que casi cualquiera hubiera podido imaginar. También es profunda, y ha infectado nuestra política, literalmente, hasta sus niveles más altos.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times Company, 2018 Traducción de News Clips. https://elpais.com/economia/2018/10/06/actualidad/1538827065_710610.html

37.18.-EL DÉFICIT COMERCIAL AUMENTA EN EEUU: LA SUBIDA DE ARANCELES NO ACTÚA AÚN – Raúl Jaime Maestre

Los exportadores aceleran sus despachos y los importadores apremian sus pedidos antes de que los aranceles actúen                                       

Según lo que se esperaba la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) subió los tipos de interés, con alto crecimiento, alrededor del 3 por ciento del PIB y la inflación alrededor del objetivo perseguido del 2 por ciento, es normal.

Aunque estos aumentos han chocado con unos límites: allí donde se desacelera el crecimiento, y sobre todo, a partir de la línea donde los efectos colaterales negativos del agresivo proteccionismo comercial potenciado por la administración Trump.

Nos podemos preguntar: ¿Cuál ha sido el efecto de las políticas de la administración Trump en el comercio de Estados Unidos?

4 Oct 2018.- El proteccionismo de Trump es perjudicial para Estados Unidos

La agresividad de la administración Trump en el proteccionismo comercial es el talón de Aquiles de su gobierno. Los primeros aumentos de aranceles empezaron a tener efectos desde el segundo trimestre del año.

No parece que ha sido bueno para Estados Unidos, ni siquiera a nivel comercial. Sus exportaciones, que alcanzaron niveles históricos en mayo de este año, descendieron en junio y otra vez en el mes de julio, a razón de 1 por ciento mensual.

Las importaciones aumentaron sin interrupción desde el segundo trimestre del año, con niveles históricos desde el mes de julio de este año. Así que el aumento del déficit comercial, lo que Trump prometía fue un descenso.

Además, parte del aumento de la inflación la generan artificiosamente de los aranceles. Por ejemplo, el precio de los derivados de acero aumentó hasta agosto de este año un 18,6 por ciento.

Los nuevos acuerdos entre los competidores afectan comercialmente a Estados Unidos

El crecimiento económico tampoco se escapará de la caída del comercio a nivel mundial provocado por las guerras que ha provocado la administración Trump. Ya se había disminuido el volumen desde el 5 por ciento respecto al año pasado al 3 por ciento en el primer trimestre de 2018, y seguro que va a peor, pues ya existen señales de que la expansión ha tocado techo.

Por tanto, el crecimiento a nivel mundial empieza a desacelerarse, aun de forma leve: será 2018 y 2019 del 3,7 por ciento, 1 y 2 décimas menos, respectivamente, de lo previsto en el mes de mayo. Estados Unidos no se ha blindado frente esta previsión, ya que en 2018 debe crecer un 2,9 por ciento, para 2019 se le se prevé un 2,7 por ciento.

Hay otro efecto que no se ve tanto, aunque afecta más a larga: sobre la capacidad de atracción de Estados Unidos. La incertidumbre, y los nuevos acuerdos entre los competidores sin contar con Estados Unidos como el acuerdo Transpacífico de la Unión Europea con Canadá y Japón, establecen un mundo post política comercial de Trump.

El acuerdo Unión Europea y Canadá es la excepción en el descenso comercial a nivel mundial

Este descenso es una tendencia compartida con otros países amenazados por graves disrupciones, como el Reino Unido. Se ve un descenso en la inversiónextranjera directa: bajó en Estados Unidos a 51.300 millones dólaresestadounidenses en el primer trimestre de 2018, desde los 89.700 millones de dólares en el mismo período del año pasado, y los 146.550 millones de dólares en 2016.

Existen alternativas marcadas por los nuevos acuerdos comerciales:

  • El acuerdo de la Unión Europea con Canadá ( CETA) cumple 1 año, durante este período las exportaciones europeas a Canadá han aumentado un 7 por ciento de promedio (aumentando más en la fruta, con un 29 por ciento, o en el chocolate, un 34 por ciento).
  • A nivel español: un 18 por ciento de promedio, alimentos y bebidas (20 por ciento, aceite de oliva, y un 90 por cientos de las frutas y hortalizas), un 20 por ciento en juguetes, un 17,4 por ciento en bebidas alcohólicas (vino). Esto solo el primer semestre de 2018.

Distorsiones de las políticas comerciales de Trump

Resulta evidente en los datos comerciales algunas de las distorsiones que las políticas de la administración Trump han estado alimentando y cómo puede ayudar maquillar el impacto a largo plazo de sus guerras comerciales.

Como ejemplo, nos podemos encontrar a los productos de soja como una posibles víctimas de la guerra comercial de Trump con China, se han disparado las exportaciones de soja para adelantarse a los nuevos aranceles ha ayudado a impulsar el crecimiento del PIB de Estados Unidos durante el segundo trimestre del 2018.

En los primeros 7 meses de 2018, el valor de las exportaciones de Estados Unidos de soja se ha incrementado más del 40 por ciento, o es lo mismo 5.700 millones de dólares estadounidenses, en comparación con el mismo período de 2017.

Probablemente, estas distorsiones sean a nivel temporal. Es por esto que se prevé que el crecimiento del PIB de Estados Unidos puede haber alcanzado un máximo en 4,2 por ciento en el segundo trimestre, y es probable que el comercio se vea arrastrado por la expansión de los próximos meses.

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36.18.-LOS REPUBLICANOS Y EL JURAMENTO HIPÓCRITA – Paul Krugman

La mayoría de los estudiantes de medicina pronuncian al licenciarse una versión u otra del antiguo juramento hipocrático, una promesa de actuar moralmente en su función de médicos. Siendo como es la naturaleza humana, algunos rompen esa promesa. Pero aun así, esperamos que aquellos que proporcionan cuidados médicos se comporten de manera más ética que la media de la sociedad.

Sin embargo, en lo que se refiere a cómo se relacionan los políticos con la atención sanitaria, hemos llegado a esperar lo contrario, al menos en uno de los bandos. A menudo se tiene la impresión de que los políticos republicanos han adoptado secretamente el juramento hipócrita: la promesa de engañar a los votantes en la medida de sus posibilidades y afirmar que apoyan las protecciones a los enfermos que precisamente tratan de debilitar a toda costa.

28 sep 2018.-  Para entender a qué me refiero, piensen en el caso de Josh Hawley, que compite con Claire McCaskill para el puesto de senador por Missouri. Hawley es uno de los fiscales generales de 20 estados que han presentado una demanda intentando revocar una de las cláusulas clave de la Ley de Atención Sanitaria Asequible (ACA por sus siglas en inglés y conocida como Obamacare): la que protege a personas con afecciones médicas preexistentes, al exigir que las aseguradoras cubran a todas las personas de la misma edad con la misma prima, con independencia de su historial médico. Si se elimina esa cláusula, millones de estadounidenses vulnerables perderán su seguro.

Seamos claros, si padecen una afección médica preexistente, sepan que les están intentando quitar el seguro

Pero hay un problema: proteger la cobertura de afecciones preexistentes es muy popular, con un respaldo mayoritario incluso entre los republicanos. Y McCaskill ha estado machacando a Hawley por su participación en esa demanda judicial. De modo que Hawley ha respondido con anuncios en los que afirma que también él quiere proteger a las personas con afecciones preexistentes, como queda supuestamente demostrado por su apoyo a un proyecto de ley que propone proporcionar esa protección.

Tengo que decir que es casi admirable la absoluta desfachatez de su deshonestidad a este respecto. Porque el proyecto de ley que Hawley ofrece es un fraude: está lleno de lagunas jurídicas que permiten a las aseguradoras discriminar de maneras que acabarían haciendo que la sanidad básica resulte inasequible para quienes más la necesitan. Por ejemplo, si bien les exigiría ofrecer un seguro a, pongamos por caso, pacientes con cáncer, les permitiría vender pólizas que no cubren tratamiento contra el cáncer, lo que significaría que las pólizas que sí cubriesen ese tratamiento se volverían prohibitivamente caras.

Y dejando a un lado la fraudulencia de este proyecto de ley, ni siquiera la reglamentación seria y no fraudulenta de las compañías aseguradoras no basta por sí sola para proporcionar cobertura asequible para las afecciones preexistentes. Si eso es todo lo que se hace, quienes soliciten la cobertura estarán mucho más enfermos que quienes no lo hacen, lo que significa un grupo de riesgo malo, lo que a su vez significa primas altas. Esa fue la experiencia de Nueva York: antes de la ACA, tenía unas reglamentaciones estrictas para las aseguradoras, pero las primas eran tan altas que solo personas con problemas de salud se hacían una póliza en el mercado individual, y eso a su vez mantenía las primas elevadas.

Para hacer que la reglamentación funcione, es necesario respaldarla con incentivos para que la gente sana se haga una póliza, como subvenciones para ayudar a familias con rentas más bajas. En otras palabras, si realmente se quiere hacer que la atención esencial esté disponible para afecciones preexistentes y al mismo tiempo seguir utilizando las empresas de seguro privadas, sería necesario un sistema que se pareciese mucho al Obamacare. De hecho, las primas en Nueva York bajaron a la mitad cuando la ACA entró en vigor.

El proyecto que Hawley ofrece es un fraude: está lleno de lagunas jurídicas que permiten la discriminación

De ahí lo del juramento hipócrita. A los republicanos les repugna la idea de garantizar que todos reciban la atención sanitaria básica, y francamente odian los impuestos a las rentas más altas que contribuyen a pagar las subvenciones establecidas en la ley de Obama. Y se pueden imaginar un universo político alternativo en el que el Partido Republicano admitiese abiertamente sus objetivos, justificándolos sobre la base de la libertad económica o algo por el estilo.

Pero en este universo, los republicanos han decidido que deben ocultar su intención de retirarles la atención sanitaria a quienes más la necesitan. De modo que hacen lo que está haciendo Hawley: recurrir a una combinación de sabotaje y cortina de humo. Por un lado, erosionan los bordes de la Ley de Atención Sanitaria Asequible con la esperanza de que implosione. Y por el otro, fingen querer las mismas cosas –como la cobertura garantizada de las afecciones preexistentes– que tratan de destruir.

Por cierto, esta es la razón por la que muchos demócratas hablan de atención médica (Medicare) para todos. La ley de Obama era una reforma de los seguros sanitarios favorable al mercado, pensada en parte para ablandar a los conservadores; la respuesta de estos fue una oposición a ultranza, seguida por una serie de intentos de aprovechar la confusión ciudadana acerca de cómo funciona la Ley y lo que costará sostenerla. De modo que tiene lógica buscar un sistema más sencillo que fuese más difícil de manipular políticamente.

Porque hay que admitir que la estrategia cínica del Partido Republicano está funcionando hasta cierto punto. Es cierto que los sondeos muestran que los demócratas aventajan en mucho a los republicanos cuando se les pregunta a los ciudadanos en qué partido confían más en relación con la atención sanitaria. Pero esa diferencia sería sin duda aún mayor si más votantes se diesen cuenta de lo que verdaderamente intenta hacer el Partido Republicano.

De modo que seamos claros: si ustedes padecen una afección médica preexistente, sepan que los republicanos están intentando quitarle el seguro. Si dicen lo contrario, mienten.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía © The New York Times Company, 2018Traducción de News Clips https://elpais.com/economia/2018/09/28/actualidad/1538141352_610692.html

 35.18.-CAPITALISMO, SOCIALISMO E ILIBERTAD – Paul Krugman

En este momento hay dos artículos en la página de inicio del New York Times –una pieza de opinión de Corey Robin, y un análisis de noticias de Neil Irwin– que creo que deberían ser leídos juntos. Como pareja, captan mucho de lo que hay de equivocado en la ideología neoliberal (y sí, creo que ese es el término correcto aquí) que ha dominado gran parte del discurso público desde la década de 1970.

17 sep 2018.- Después de todo, ¿cuáles son los reclamos para vender impuestos bajos y mínima regulación económica? Parcialmente, por supuesto, la reivindicación de que un gobierno pequeño es la clave para conseguir geniales resultados económicos, que si la marea sube, suben todos los barcos. Esta reivindicación persiste –porque hay poderosos intereses económicos que quieren que persista– incluso a pesar de que la era de dominio neoliberal ha estado, de hecho, marcada por un crecimiento económico mediocre que no ha sido compartido con los trabajadores ordinarios:

La otra reivindicación, sin embargo, ha sido que los mercados libres se traducen en libertad personal: que una economía de mercado desregulada libera a la gente corriente de la tiranía de las burocracias. En un mercado libre, continúa la historia, no necesitas adular a tu jefe o a la compañía que vende tus productos, porque saben que siempre puedes acudir a otra persona.

Lo que señala Robin es que la realidad de una economía de mercado no se parece nada a eso. De hecho, la experiencia diaria de decenas de millones de estadounidenses –especialmente aquellos que no ganan mucho dinero, pero no solo– es una de constante dependencia de la buena voluntad de empleadores y otros actores económicos más poderosos.

Es cierto que, como Brad DeLong dice, mucho de los ejemplos de Robin en realidad son aplicables a cualquier sistema económico complejo: he gastado mi tiempo tratando tanto con Verizon como con la administración de la Seguridad Social, y en ambos casos mi estatus socioeconómico desde luego lo hizo mucho más fácil de lo que hubiera sido para cualquier trabajador con un salario mínimo. (Por otro lado, he tenido sistemáticamente buenas experiencias en el vilipendiado DMV[1]). Pero la idea de que los mercados libres eliminan las relaciones de poder de la ecuación es simplemente naif.

Y es incluso más naif ahora de lo que lo fue hace unas décadas porque, como indica Irwin, los actores económicos grandes dominan la economía más y más. Está cada vez más claro, por ejemplo, que el poder monopsónico está haciendo caer los salarios; pero eso no es lo único que hace. La concentración de la contratación en unas pocas empresas, junto con elementos como cláusulas de no competencia y colusión tácita que refuerzan su poder de mercado no solo reducen tu salario si eres contratado. También reducen o eliminan tus opciones si eres maltratado: renuncia porque hayas tenido un jefe abusivo o problemas con la política de la compañía, y puede que tengas graves problemas para conseguir un nuevo empleo.

¿Pero que se puede hacer al respecto? Corey Robin dice “socialismo” –pero hasta donde puedo entender, realmente quiere decir socialdemocracia: Dinamarca, no Venezuela–. Las protecciones a los empleados obligadas por el gobierno puede que restrinjan la capacidad de las corporaciones para contratar y despedir, pero también blindan a los trabajadores contra algunas formas muy reales de abuso. Los sindicatos, en cierto modo, limitan las opciones de los trabajadores, pero también ofrecen un importante contrapeso contra el poder corporativo monopsónico.

Ah, y los programas de una red de seguridad social pueden hacer mucho más que limitar la miseria: pueden ser liberadores. He conocido a muchas personas que se quedan atascadas con empleos que aborrecen por miedo a perder la cobertura sanitaria; el Obamacare, defectuoso como es, ha reducido notablemente ese tipo de “bloqueo”, y una completa garantía de cobertura sanitaria haría a nuestra sociedad visiblemente más libre.

El otro día me divertía con el índice de libertad económica entre estados del Cato Institute, que encuentra a Florida el más libre y a Nueva York el menos libre. (¿Está bien que yo escriba esto, camarada comisario?) Como señalé, la libertad al estilo Cato parece asociarse, entre otras cosas, con una alta mortalidad infantil. ¡Vive libre y muere! (New Hampshire está justo detrás de Florida).

Pero, seriamente, ¿las diferencias reales entre Nueva York y Florida hacen a los neoyorquinos menos libres? Nueva York es un estado altamente sindicado –el 25,3 por ciento de la fuerza de trabajo– mientras que solo el 6,6 por ciento de los trabajadores de Florida están representados por sindicatos. ¿Hace esto a los trabajadores de Nueva York menos libres, o les empodera contra el poder corporativo?

Asimismo, Nueva York ha expandido el Medicaid y ha intentado que funcionen los intercambios según la ACA [Affordable Care Act], de modo que solo el 8 por ciento de los adultos no ancianos carece de seguro médico, comparado con el 18 por ciento de Florida. ¿Se resienten los neoyorquinos bajo la pesada mano de la ley sanitaria, o se sienten más libres sabiendo que corren mucho menos riesgo de arruinarse por una emergencia médica, o de ser lanzados al abismo si pierden su empleo?

Si eres un profesional altamente remunerado, probablemente no haya mucha diferencia. Pero intuyo que la mayoría de los trabajadores se sienten al menos algo más libres en Nueva York que en Florida.

Ahora bien, no hay respuestas perfectas al sacrificio inevitable de algo de libertad que implica vivir en una sociedad compleja; no hay utopía en el menú. Pero los abogados del poder corporativo sin restricciones y la mínima protección de los trabajadores se han salido con la suya durante demasiado tiempo, fingiendo que son los defensores de la libertad –la cual, en realidad, no es otra palabra para decir que ya no te queda nada que perder.

Premio Nobel de Economía en 2008, es profesor en el Graduate Center de CUNY (Universidad de la Ciudad de Nueva York) y columnista del New York Times.

Fuente: The New York Times, 26 de agosto de 2018 Traducción: David Guerrero

http://www.sinpermiso.info/textos/capitalismo-socialismo-e-ilibertad 

35.18.-TRUMP HACE UN DURO ALEGATO CONTRA LA GLOBALIZACIÓN Y AMENAZA A IRÁN, EN LA ONU – Joan Faus

 “Escojamos un futuro de patriotismo, prosperidad y orgullo; de libertad frente a la dominación y la derrota», concluye Trump ante la asamblea general de la Onu.                          Trump finaliza con un alarde de nacionalismo y aislacionismo que ha impregnado todo su discurso, en el que ha analizado sus políticas en el último año y ha defendido su doctrina. “Debemos proteger nuestra soberanía y valorar la independencia por encima de todo”, proclama. Sobre esa base, alega, el mundo encontrará “nuevas avenidas para la cooperación, nueva pasión para la paz, y un nuevo sentido y determinación”

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, @POTUS, sobre Corea del Norte. «Las sanciones seguirán en pie hasta que haya una desnuclearización completa»

Nuevo ataque frontal al multilateralismo y al papel de EE UU como garante global. Trump anuncia una revisión de las ayudas humanitarias de Washington a la ONU. “Solo daremos ayuda exterior a aquellos que nos respeten y francamente sean nuestros amigos”, advierte. El republicano dice que EE UU es el país que da más ayuda exterior, pero “pocos nos dan algo a nosotros”

Trump hace una “llamada para la restauración de la democracia en Venezuela” y anuncia nuevas sanciones al círculo más cercano a Maduro

En la cuna del multilateralismo, Trump se rebela contra él. “Rechazamos la ideología del globalismo”, proclama y pide abrazar el “patriotismo”. Y saca pecho por la retirada de EE UU del Consejo de Derechos Humanos de la ONU y el no reconocimiento a la Corte Penal Internacional. “Nunca someteremos la soberanía estadounidense”, afirma, en un guiño a

En comercio, Trump defiende su cruzada arancelaria y atiza el discurso nacionalista. “Ya no toleraremos este abuso”, advierte. “América nunca pedirá perdón por proteger a sus ciudadanos”

Hace un año en la ONU, Trump se mostró durísimo y amenazante con Corea del Norte e Irán. Un año después, los reproches al primero han desaparecido pero los del segundo se han disparado. El republicano celebra la salida de EE UU del acuerdo nuclear con Irán, llama al mundo a “aislar” al régimen de los ayatolás y le amenaza con más sanciones. Acusa a los líderes iraníes de promover el “caos, la muerte y la destrucción” e insta al resto del mundo a “denegar los fondos que necesita para abordar su sangrienta agenda”.

Sobre Siria, Trump habla de una situación “descorazonadora” y apuesta por “una desescalada militar y una solución política”. Advierte al régimen sirio que EE UU volverá a “responder” si utiliza armas químicas, como ya ha hecho en dos ocasiones con ataques militares

Trump ensalza las negociaciones con Corea del Norte. “Mucho trabajo queda por hacer”, admite. Y repite que las sanciones se mantendrán hasta que “la desnuclearización ocurra”

El presidente reitera su doctrina aislacionista y desdén por el papel de EE UU como policía y árbitro del mundo. Insiste en que Washington no dirá al resto del mundo cómo vivir, pero solo pide que se respete la “soberanía” estadounidense. La misma filosofía aflora en su visión de Oriente Próximo: la región debe decidir cómo lograr estabilidad aunque ensalza la contribución militar de EE UU contra el yihadismo.

https://elpais.com/internacional/2018/09/25/actualidad/1537874922_140422.html

34.18.- DEMÓCRATAS SON CREÍBLES CUANDO HABLAN DE SANIDAD – Paul Krugman

La reforma de Barack Obama ha cumplido con lo previsto pese a los intentos de Trump de matarla

El senador demócrata Joe Manchin, en una entrevista. BILL CLARK (AP)

El Obamacare ha cumplido, y los republicanos han estado todo este tiempo equivocados. La semana pasada, Ted Cruz, senador republicano por Texascuyo cargo se ve inesperadamente amenazado, advirtió de que Beto O’Rourke, su adversario demócrata, convertiría el estado en otra California, con “tofu, silicona y pelos teñidos”. ¿Realmente piensa Cruz que todas las rubias —y todos los hombres de mediana edad sin apenas canas— de Texas son naturales, y que nadie se ha hecho algún que otro retoque?

14 sep 2018.-  Por otra parte, a Joe Manchin, senador demócrata por Virginia Occidental —donde Donald Trump ganó con 40 puntos de diferencia— parece irle un poco mejor en su campaña de reelección. ¿Su arma secreta? La defensa de la Ley de Sanidad Asequible (ACA, por sus siglas en inglés), que redujo drásticamente el número de residentes no asegurados en su estado.

Estas dos campañas son un ejemplo de cómo se están desarrollando las elecciones de 2018. Por un lado, los republicanos se están basando casi por completo en la política de identidad (blanca) más que en la política. Cierto que están presentando muchos anuncios sobre inmigración, pero no sobre los efectos reales de la inmigración. Tratan más bien de una mítica oleada de delincuencia perpetrada por aterradoras personas de color oscuro.

Por el otro lado, los demócratas se basan en cuestiones políticas, sobre todo la atención sanitaria, y prometen proteger a personas con dolencias preexistentes y al mismo tiempo mantener y tal vez ampliar el Medicare [la atención sanitaria para personas discapacitadas o mayores de 65 años].

Pero los políticos hacen muchas promesas, a menudo vacías. Por ejemplo, los republicanos prometieron que la rebaja tributaria de Trump llevaría a una subida de los salarios, algo que no ha ocurrido. ¿Y son realmente creíbles los demócratas cuando hablan de la atención sanitaria?

Casi cinco años después de que entrase en vigor el Obamacare, la respuesta es un rotundo sí. No ha funcionado a la perfección, y sus éxitos no son los que sus defensores esperaban. Pero ha proporcionado un enorme avance, sobre todo en estados dirigidos por políticos que intentan hacerlo funcionar.

Vale la pena recordar lo que los republicanos dijeron que ocurriría antes de que la ACA fuese colgada en la red: que no reduciría el número de personas sin seguro, que provocaría un enorme agujero en el presupuesto, y que conduciría a una “espiral mortal” de subida de primas y descenso del número de pólizas.

Lo que ocurrió de hecho fue una drástica caída del número de personas sin seguro, en especial en aquellos estados que extendieron la sanidad para personas sin recursos (Medicaid). Los costes presupuestarios de la ampliación, así como los de subvencionar otros seguros, han sido significativos, pero los cálculos correspondientes a 2019 indican que estos costes rondarán los 115.000 millones de dólares, mucho menos que los ingresos perdidos por culpa de la rebaja fiscal de Trump.

¿Y qué hay de la espiral mortal? Las primas de los mercados sanitarios establecidos por la ACA fueron inicialmente muy inferiores a las esperadas, y después experimentaron un drástico aumento cuando los que se apuntaron a esos mercados resultaron ser menos y estar más enfermos de lo que las aseguradoras habían esperado. Pero ahora los mercados se han estabilizado, con un aumento moderado de las primas en 2019, y las aseguradoras están volviendo a ellos.

Y si bien los mercados están cubriendo a menos asegurados de lo proyectado, Medicaid está cubriendo a más de los esperados, de modo que el aumento total de la cobertura ha cumplido sorprendentemente con las previsiones. A principios de 2014, la Oficina Presupuestaria del Congreso calculaba que, con el ACA, en 2018 habría 29 millones de personas sin seguro médico en Estados Unidos. La cifra real es de… 29 millones.

Lo que resulta particularmente impresionante de la estabilización del Obamacare es que se está produciendo a pesar de los intentos desesperados de Trump y de sus aliados por sabotear el logro de su predecesor. Los republicanos han revocado la orden que supuestamente debía inducir a los ciudadanos a asegurarse cuando todavía están sanos, y el Gobierno de Trump ha hecho todo lo posible por aumentar los riesgos y asustar a las aseguradoras. Pero los demócratas construyeron tan bien su sistema que sigue en pie a pesar de todo lo que le arrojan.

Naturalmente, el Obamacare obtendría resultados aún mejores si estuviera dirigido por personas que no estuviesen intentando matarlo. Fíjense en lo que está pasando en Nueva Jersey, donde un gobernador y una legislatura demócrata han utilizado sus competencias para deshacer buena parte del sabotaje trumpista: las primas de 2019 bajarán de hecho un 9,3%, si bien subirán moderadamente en el país en su conjunto.

Y por otra parte, si los republicanos siguen dominando el Congreso en noviembre, simplemente matarán por completo el Obamacare, dejando sin seguro a millones de personas. Si tienen una afección médica previa, o un trabajo que no incluya un buen seguro, deberían tener mucho, mucho miedo.

Ahora bien, el Obamacare dista mucho de ser un sistema perfecto. Siempre ha sido una extraña avenencia que reflejaba las restricciones políticas del momento, y muchos demócratas —incluido el propio Barack Obama— ahora insinúan que debería superarse para pasar al “seguro sanitario para todos”, aunque no está claro qué significa eso exactamente.

Pero la Ley de Sanidad Asequible ha conseguido muchas cosas. Y estos logros influyen fuertemente en el actual debate político. Básicamente, los demócratas han ganado mucha credibilidad en materia de sanidad: cumplieron lo que habían prometido y han demostrado que pueden construir sistemas que funcionan.

Los republicanos, por otra parte, no solo mienten respecto a sus planes sanitarios —fingiendo, por ejemplo, proteger a personas con afecciones preexistentes cuando no lo hacen— sino que también se han equivocado completamente en todo, y no han aprendido nada de sus errores.

¿Están justificados los demócratas al presentarse como defensores de la sanidad estadounidense? Sí.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times Company, 2018. Traducción de News Clips. https://elpais.com/economia/2018/09/14/actualidad/1536931129_194039.html

34.18.-“NO ES POPULISMO, ES QUE LOS TRABAJADORES SE VUELVEN CONTRA LAS ÉLITES”, entrevista a NOAM CHOMSKY* por Fabrizio Rostelli

Aunque en el último año y medio, Noam Chomsky  – tras la elección de Trump – ha intensificado su calendario de actos y entrevistas, todavía encuentra tiempo para responder a algunas preguntas sobre la situación norteamericana y la deriva política en Europa, como éstas.

P.- Estamos siendo testigos de un desplazamiento progresivo de una gran parte de la clase trabajadora norteamericana y europea a la derecha política. Los medios de comunicación lo llaman “populismo”, pero no creo que sea la palabra correcta. ¿Cuál es la razón de este proceso? ¿Qué tendría que hacer la izquierda para recuperar el terreno?  

R.- Yo lo diría de manera un tanto distinta. La gente de clase trabajadora se está volviendo contra las élites y las instituciones dominantes que llevan castigándola una generación.

En los Estados Unidos, por ejemplo, los salarios reales son más reducidos hoy que cuando se instituyó la arremetida neoliberal desde finales de 70, con su intenso recrudecimiento con Reagan y Thatcher y sus previsibles efectos en el declive del funcionamiento de las instituciones formalmente democráticas.

Ha habido crecimiento económico y un aumento de la productividad, pero la riqueza generada ha acabado en muy pocos bolsillos, en su mayor parte en las instituciones financieras predadoras que resultan, en conjunto, dañinas para la economía.

En Europa viene a ser en buena medida lo mismo, en cierto sentido hasta peor, porque la toma de decisiones en asuntos fundamentales se ha desplazado a una Troika no elegida.

Los partidos de gobierno de centro-derecha/centro-izquierda (los demócratas norteamericanos, los socialdemócratas europeos) se han movido a la derecha, abandonando en gran medida los intereses de la clase trabajadora. Y eso ha conducido al enfado, la frustración, el miedo y los chivos expiatorios.

Puesto que las verdaderas causas quedan ocultas en la obscuridad, tiene que ser culpa de los indignos pobres, o de las minorías étnicas, o de los inmigrantes, o de otros sectores vulnerables. En esas circunstancias, la gente se agarra a un clavo ardiendo. En los Estados Unidos, mucha gente de clase trabajadora votó por Obama, creyendo en su mensaje de “esperanza” y “cambio”, y cuando se sintieron rápidamente desilusionados buscaron algo distinto.

Se trata de un suelo fértil para demagogos como Trump, que pretenden ser voz de los trabajadores, al tiempo que los debilita cada vez más mediante las brutales medidas antisindicales de su administración, que representa el ala más salvaje del Partido Republicano.

Nada tiene eso que ver con el “populismo”, un concepto con una historia ambivalente, y a menudo bastante respetable.

Hay reacciones constructivas, como las de las campañas de Sanders y Corbyn, objeto de agrios ataques por parte de las élites del sistema, sobre todo en el Reino Unido, donde resultan particularmente virulentas.

En el continente, el MDeE25 [Movimiento por la Democracia en Europa 2025 -DiEM25 -Democracy in Europe Movement 2025] resulta muy prometedor, pero se enfrenta a obstáculos considerables.

P.- Declaró usted recientemente que el Partido Republicano es la organización más peligrosa de la historia de la humanidad debido a su política relativa al cambio climático y las armas nucleares. ¿No cree que el Partido Demócrata ha sido la causa principal de la victoria de Trump?

R.- El abandono de la clase trabajadora por parte de los demócratas ha constituido desde luego un elemento significativo en la victoria de Trump (en el colegio electoral, con una minoría del voto popular), junto a otros factores, tales como el éxito que han tenido a la hora de impedir que la gente vote los gobiernos de estados republicanos, que ahora se recrudece con el apoyo del Tribunal Supremo más reaccionario de la historia. Pero eso no cambia el hecho, bien claro y nada ambiguo, por indescriptible que pueda resultar, de que el Partido Republicano es la organización más peligrosa de la historia humana.  .

Ni siquiera Hitler dedicó sus esfuerzos a socavar las perspectivas de la existencia humana organizada en un próximo futuro. Y con plena consciencia de lo que están haciendo.

Trump, por ejemplo, cree firmemente en el calentamiento global. No hace mucho solicitó permiso al gobierno irlandés para construir un muro que proteja su campo de golf del ascenso del nivel del mar, alegando los peligros del calentamiento global.

Tómese, si no, a Rex Tillerson, al que se considera “el adulto de la casa”, tan sensato que no duró mucho en el gabinete de ultraderecha de Trump. A finales de los años 80 se había convertido en alto ejecutivo (luego en director general) de ExxonMobil, cuando el calentamiento global se convirtió en asunto público gracias al difundido testimonio de James Hanson en 1988 sobre amenazas extremas. Tenía en su mesa de despacho informes de sus propios científicos, de hacía muchos años, avisando de los graves efectos del calentamiento global. En cuanto las amenazas llegaron a la opinión pública, la empresa comenzó a canalizar fondos hacia el negacionismo, mientras continuaba, como hasta hoy, desarrollando nuevas formas de destruir el medio ambiente.

¿Puede usted pensar en algún término que denomine ese comportamiento en cualquier idioma? Yo no. O para la incapacidad de verlo como lo que es.

P.- ¿Podría ser Bernie Sanders una alternativa real y creíble al Partido Republicano y a los candidatos demócratas?

R.- El rasgo más notable de la campaña de 2016 no fue la elección de un multimillonario, con ingentes cantidades de dinero, sobre todo en las cruciales etapas finales de la campaña, y con enorme apoyo mediático (Fox News, órgano prácticamente del ala derecha del Partido Republicano, y las tertulias de la radio, de enorme audiencia, tomadas hace ya mucho por empresas de la extrema derecha).

El rasgo más notable fue la campaña de Sanders, que rompió con más de un siglo de historia política norteamericana en la que las elecciones han sido previsibles con notable precisión, lo cual resulta cierto también en el caso del Congreso, por la sencilla variable del gasto de campaña.

Sanders era casi desconocido, fue descartado o ridiculizado por los medios, no disponía de financiación del sistema empresarial o de fortunas particulares, y hasta utilizó la palabra “socialismo”, un término que da miedo en los EE.UU., a diferencia de otras sociedades. De hecho, sus medidas políticas “socialistas” no le habrían sorprendido al presidente Eisenhower, un conservador chapado a la antigua, pero con el desplazamiento del espectro político a la derecha en los años del neoliberalismo, parecían revolucionarias, salvo para la opinión pública en general, que en buena medida apoya esa medidas políticas, como demuestran regularmente las encuestas, a menudo por un margen grande.

Podría haber conseguido perfectamente la designación como candidato demócrata, de no haber sido por las maquinaciones de los gestores del Partido de los Obama-Clinton.

Se reveló como la figura política más popular del país. Las ramificaciones de su campaña, combinadas con otras, se están convirtiendo en una fuerza significativa, pese a la hostilidad mediática y la intensa oposición de los centros de poder económico, que son habitualmente decisivos en los resultados electorales determinantes y la elaboración de medidas políticas, como ha demostrado una extensa labor de la ciencia política académica.

La verdadera pregunta es si los EE.UU pueden convertirse en una democracia que funcione, que se acerque a los conocidos lemas “de, por y para el pueblo”. Se pueden hacer las mismas preguntas en el caso de Europa.

 *Noam Chomsky Lingüista, filósofo, personalidad académica, teórico de la comunicación y activista político. Después de transformar el mundo de la lingüística con su teoría de la gramática transformacional-generativa en los años 50 y 60, siguió observando la realidad y la dinámica social con una visión revolucionaria, elaborando famosos análisis y ensayos sobre cuestiones relativas al poder, el consenso, la democracia y el lenguaje

Catedrático emérito de lingüística del Massachusettes Institute of Technology, EE UU, es uno de los activistas sociales más reconocido por su magisterio y compromiso político. Fuente: Il manifestó global, 8 de septiembre de 2018           Traducción: Lucas Antón http://www.sinpermiso.info/textos/no-es-populismo-es-que-los-trabajadores-se-vuelven-contra-las-elites-entrevista-a-noam-chomsky

3.18.-LAS POLÍTICAS DE TRUMP DESTRONARÁN EL DÓLAR – Jeffrey D. Sachs*

 Allá por 1965, Valéry Giscard d’Estaing (entonces ministro de Finanzas de Francia) calificó de “privilegio exorbitante” los beneficios que reportaba a Estados Unidos el hecho de que el dólar fuera la principal moneda de reserva del mundo. Pero esos beneficios están disminuyendo con el ascenso del euro y el yuan chino como monedas de reserva alternativas. Y, ahora, las erradas políticas de guerra comercial y sanciones a Irán del presidente estadounidense Donald Trump acelerarán el abandono del dólar.

8 sep 2018.- El dólar supera todas las otras divisas como moneda para las transacciones internacionales. Es la unidad de cuenta (o de facturación) más importante para el comercio internacional. Es el principal medio de intercambio para el pago de transacciones internacionales. Es el principal depósito de valor de los bancos centrales de todo el mundo. La Reserva Federal actúa como prestamista de última instancia del mundo, como lo hizo durante el pánico financiero de 2008, aunque debemos reconocer también que los errores de la Reserva ayudaron a provocar la crisis de 2008. Y el dólar es la principal moneda financiera, al estar denominadas en él la mayor parte de las deudas internacionales de empresas y gobiernos.

En cada una de estas áreas, el dólar abarca mucho más de lo que le correspondería según el peso de Estados Unidos en la economía mundial. En la actualidad, Estados Unidos genera cerca del 22 % de la producción mundial medida a precios de mercado, y alrededor del 15 % en términos de paridad de poder adquisitivo. Pero el dólar representa más de la mitad de la facturación, las reservas, los pagos, la liquidez y la financiación del mundo. Su principal competidor es el euro, mientras que el yuan asoma a la distancia en tercer lugar.

La función que cumple el dólar como principal moneda del mundo otorga a Estados Unidos tres importantes beneficios económicos. El primero es la capacidad de financiarse en el extranjero en dólares. Un gobierno que se endeuda en moneda extranjera puede quebrar; no es así cuando se endeuda en su propia moneda. Más en general, el papel internacional del dólar ofrece al Tesoro de Estados Unidos más liquidez y tipos de interés más bajos al momento de endeudarse.

Una segunda ventaja tiene que ver con la actividad bancaria: Estados Unidos, y más precisamente Wall Street, obtiene importantes ingresos de la venta de servicios bancarios al resto del mundo. Una tercera ventaja tiene que ver con el control regulatorio: Estados Unidos administra o coadministra directamente los principales sistemas de liquidación de pagos del mundo, lo que le da importantes herramientas para vigilar y limitar los flujos de fondos relacionados con el terrorismo, el narcotráfico, la venta ilegal de armas, la evasión fiscal y otras actividades ilícitas.

Pero estos beneficios dependen de que Estados Unidos provea al mundo servicios monetarios de alta calidad. La amplitud de uso del dólar se debe a que ha sido la moneda más conveniente, menos costosa y más segura como unidad de cuenta, medio de intercambio y depósito de valor. Pero no es insustituible. En el transcurso de los años, la función de custodia del sistema monetario internacional por Estados Unidos ha tenido serios tropiezos, y el desgobierno de Trump puede acelerar el final del predominio del dólar.

La mala administración fiscal y monetaria de Estados Unidos a fines de los sesenta llevó a la ruptura del sistema de fijación cambiaria basada en el dólar de Bretton Woods en agosto de 1971, cuando el gobierno del presidente Richard Nixon repudió unilateralmente el derecho de los bancos centrales extranjeros a cambiar sus dólares por oro. Al quiebre del sistema basado en dólares le siguió una década de alta inflación en Estados Unidos y Europa, y luego una abrupta y costosa desinflación en Estados Unidos a principios de los ochenta. La turbulencia del dólar fue uno de los principales motivos por los que Europa inició en 1993 el proceso de unificación monetaria que culminó en 1999 con la creación del euro.

Asimismo, el mal manejo estadounidense de la crisis financiera asiática en 1997 alentó a China a iniciar la internacionalización del yuan. La crisis financiera global de 2008, que comenzó en Wall Street y en poco tiempo se extendió por el mundo, a la par que se agotaba la liquidez interbancaria, fue un nuevo aliciente para el abandono del dólar y la adopción de monedas alternativas.

Ahora es casi seguro que las desacertadas guerras comerciales y sanciones de Trump refuercen la tendencia. Así como el ‘brexit’ está debilitando la City londinense, las políticas comerciales y financieras de Trump, englobadas en el eslogan ‘Estados Unidos primero’, debilitarán el papel del dólar y el de Nueva York como centro financiero global.

De las políticas económicas internacionales de Trump, las más trascendentes y erradas son la creciente guerra comercial con China y la reimposición de sanciones a Irán. La guerra comercial es un intento torpe y prácticamente incoherente del gobierno de Trump de detener el ascenso económico de China tratando de asfixiar las exportaciones del país y su acceso a tecnología occidental. Pero si bien los aranceles y las barreras comerciales no arancelarias de Estados Unidos pueden afectar el crecimiento de China en el corto plazo, no cambiarán decisivamente su trayectoria ascendente a largo plazo. Lo más probable es que refuercen la determinación de las autoridades chinas de poner fin a la continua dependencia parcial de su país respecto de las finanzas y el comercio estadounidenses y redoblar la política de fortalecimiento militar, inversión masiva en tecnologías de avanzada y creación de un sistema internacional de pagos basado en el yuan como alternativa al sistema del dólar.

El abandono de Trump del pacto nuclear de 2015 con Irán y la reimposición de sanciones a la República Islámica pueden ser factores igualmente trascendentes de debilitamiento del papel internacional del dólar. Sancionar a Irán se contradice con las políticas internacionales hacia este país. El Consejo de Seguridad de la ONU aprobó por unanimidad seguir apoyando el pacto nuclear y restaurar las relaciones económicas con Irán. Otros países, liderados por China y la UE, empezarán a buscar modos de eludir las sanciones estadounidenses, sobre todo evitando el sistema de pagos en dólares.

Por ejemplo, el ministro alemán de Asuntos Exteriores, Heiko Maas, declaró hace poco el interés de Alemania en crear un sistema europeo de pagos independiente de Estados Unidos. Según Maas, es “indispensable fortalecer la autonomía europea mediante la creación de canales de pago independientes de Estados Unidos, un Fondo Monetario Europeo y un sistema Swift independiente” (Swift es la organización que gestiona el sistema de mensajería internacional para transferencias interbancarias).

Hasta ahora, la dirigencia empresarial estadounidense ha apoyado a Trump, que les prodigó rebajas de impuestos corporativos y desregulaciones. Pese al creciente déficit fiscal, la fortaleza del dólar a corto plazo sigue firme, ya que las rebajas impositivas impulsaron el consumo estadounidense y un alza de tipos de interés que atrae capitales del exterior. Pero, en algunos años, las dispendiosas políticas fiscales de Trump y sus imprudentes políticas comerciales y de sanciones debilitarán la economía estadounidense y el papel del dólar en las finanzas mundiales. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que las empresas y los gobiernos del mundo acudan a Shanghái en vez de Wall Street para colocar bonos en yuanes?

*JEFFREY D. SACHS
Profesor de Desarrollo Sostenible, profesor de Gestión y Política Sanitaria y director del Centro de Desarrollo Sostenible en la Universidad de Columbia. Director de la Red de Soluciones de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.
Copyright: Project Syndicate, 2018

https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/jeffrey-d-sachs/las-politicas-de-trump-destronaran-el-dolar-jeffrey-d-sachs-266004

32.18.-EMPRESAS DIGITALES A TRIBUTAR – Beethoven Herrera

Es imperativo modernizar el sistema tributario frente a las empresas deslocalizadas hacia “países paraísos fiscales” donde no existe tributación. 

La economía digital es muy rentable, pues empresas como Google Facebook, Amazon y Apple han ubicado sus sedes en países sin tributación como Irlanda, Luxemburgo, Países Bajos, Singapur, Hong Kong y Bermudas, y han declarado allí 600 mil millones de euros en un claro dumping fiscal. Por ello, el Comisario para Asuntos Económicos de la Unión Europea, Pierre Moscovici propone gravarlas con 3 por ciento aplicable a 200 empresas, lo cual generaría cinco mil millones de euros, de modo que los estados podrán gravar las ganancias generadas en su territorio, aun si estas compañías no están registradas allí. 

Según su propuesta, las empresas que cuenten con ingresos que superen el umbral de los siete millones de euros, más de 100 mil usuarios en un año fiscal, o más de 3.000 contrataciones durante el año gravable ,serán objeto de la reforma.

El ministro de Finanzas de Alemania, Olaf Scholz, ha señalado la necesidad de abordar el tema como una cuestión moral, y el ministro de Economía de España, Ramón Escolano, introdujo su propio impuesto vigente desde el 2019. Simultáneamente la Ocde está preparando una reforma que incluya a Estados Unidos, Japón y China, ante lo cual el Secretario del Tesoro estadounidense, Steven Mnunchin, ha dicho que “Estados Unidos se opone firmemente a cualquier país que buscara singularizar a las empresas digitales”, y agregó que “algunas de estas empresas se encuentran entre los principales generadores de empleo y crecimiento económico de los Estados Unidos”.

Empresas como Apple, Amazon, Microsoft, Google y Facebook están valoradas en la Bolsa de New York en 924, 783, 753, 739 538 billones de dólares, respectivamente, y reportaron ingresos conjuntos por 539 billones de dólares en el 2017, casi doblando el Producto Interno Bruto de Colombia (372 billones de dólares).

Apple presentó ingresos por 229 billones de dólares en el 2017, y los de Google, Alphabet y Microsoft fueron de 110, 111 y 89 billones de dólares, en su orden. Estos abrumadores beneficios hacen parte de las preocupaciones de Europa y la Ocde, y la desproporción entre el nivel de ganancias de esas empresas frente a su casi la nula tributación son las razones de la creciente popularidad de las propuestas de reformas fiscales.

Es importante señalar que con la revolución digital y la aparición de un mercado global, la tarea de los entes de vigilancia y control se hace cada vez más compleja, y debido a la velocidad en la que operan y los instrumentos tradicionales de tributación diseñados para economías nacionales han quedado obsoletos.

Es imperativo modernizar el sistema tributario frente a las empresas deslocalizadas hacia países donde no existe tributación y asegurar un recaudo suficiente que permita enfrentar la creciente desigualdad que esa misma globalización está generando.

Beethoven Herrera Valencia
Profesor de las universidades Nacional y Externado
beethovenhv@yahoo.com

http://www.portafolio.co/opinion/beethoven-herrera-valencia/empresas-digitales-a-tributar-520699

32.18.-EE UU Y MÉXICO CIERRAN UN PREACUERDO COMERCIAL BILATERAL PARA REFORMAR EL TLC – Amanda Mars/Javier Lafuente

Trump anuncia el fin del tratado trilateral tras casi 25 años de vigencia y aumenta la presión sobre Canadá: o acepta lo pactado o quedará fuera del nuevo marco

Trump, este lunes con los ministros de Exteriores y Economía mexicanos, Luis Videgaray y Ildefonso Guajardo. KEVIN LAMARQUE (REUTERS) | EPV 

Estados Unidos y México han alcanzado un principio de acuerdo después de más de 13 meses de difíciles negociaciones, marcadas por las tensiones entre ambos países, para sustituir al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC), un marco que también incluye a Canadá y lleva 24 años en vigor. Ahora comienzan las consersaciones con el Gobierno canadiense para su posible incorporación, complicadas por la manifiesta enemistad entre Trump y Justin Trudeau. Washington ha puesto en duda que el nuevo marco vuelva a ser cosa de tres. 

 “Nos vamos a librar de ese nombre [Nafta]”, dijo ufano Donald Trump este lunes en la Casa Blanca, “lo vamos a llamar el Acuerdo Comercial Estados Unidos-México”. A la espera de una ceremonia formal, la escenificación del pacto evidenció que el Gobierno de Peña Nieto ha vuelto a perder la batalla de la imagen con Trump. Desde el Despacho de Oval, con todas las cámaras apuntando al inquilino de la Casa Blanca, este llamó a Peña Nieto, a quien tanto en Estados Unidos como en México solo se le escuchó a través del altavoz del teléfono de Trump.

El TLC (Nafta, en sus siglas en inglés) constituye una zona libre de comercio en la que viven 450 millones de personas y que mueve más de un billón de dólares al año. Trump llegó a la Casa Blanca tachándolo de “peor acuerdo de la historia”, culpable de la pérdida fuelle fabril de Estados Unidos (por la competencia con costes más baratos), dentro de batalla generalizada contra el déficit comercial. Las negociaciones comenzaron en agosto de 2017 bajo la amenaza de ruptura y llenas de crispación por los continuos ataques del mandatario estadounidense a su vecino del sur por la inmigración.

En los últimos meses, sin embargo, la victoria electoral de Andrés Manuel López-Obrador, por quien el republicano expresa una sorprendente simpatía, ha allanado el camino al consenso, al igual que la presión de las empresas estadounidenses, muy golpeadas ya por la guerra comercial con China y preocupadas por los efectos de una ruptura del TLC. En noviembre, además, se celebran las elecciones legislativas, a las que Trump quiere llegar con una de sus promesas estelares en vías de cumplimiento.

Líneas maestras del acuerdo

La oficina de Representación Comercial estadounidense planea presentar la carta sobre el acuerdo en el Congreso antes de que finalice esta semana. Tras este trámite, deben transcurrir 90 días -según fija la ley en EE UU- para que el Gobierno pueda firmar el acuerdo y se aprueben luego en las Cámara. Para entonces, podría haberse incorporado Canadá. Las líneas maestras del se basan sobre todo en el sector de la automoción, sobre el que Washington ha logrado buena parte de lo que exigía desde el principio: que los automóviles contengan un 75% de componentes norteamericanos para que puedan considerarse producto local (ahora es del 62%) y que entre el 40% y el 45% esté hecho por trabajadores que ganen al menos 16 dólares la hora, lo que busca proteger el empleo de EE UU Y Canadá. Además, la vigencia del acuerdo será de 16 años, prorrogable a otros 16, y se revisará cada seis años para modernizarlo y resolver posibles problemas, según concretaron más tarde fuentes de la Administración estadounidense.

Trudeau tendrá dos opciones: aceptar lo pactado, con los retoques que pueda introducir, o quedarse fuera. El distanciamiento entre dos aliados históricos como EE UU y Canadá alcanzó su punto máximo el pasado junio, en la cumbre del G-7, cuando Trump llamó al primer ministro canadiense «débil» y «deshonesto».

El presidente saliente mexicano agradeció la “voluntad política y personal” de su homólogo estadounidense; celebró el trabajo de su equipo negociador, encabezado por Robert Lightizer y el acompañamiento de la Casa Blanca, en la figura de Jared Kushner, yerno de Trump y el principal enlace de la Administración con México por su buena relación con el canciller, Luis Videgaray.

Al tiempo que asumía que las negociaciones habían sido “difíciles y arduas”, Peña Nieto insistió en la necesidad de incorporar al tratado a Canadá, con cuyo primer ministro, Justin Trudeau, había hablado momentos antes de su conversación con Trump. El presidente de Estados Unidos también hizo votos para que su vecino del norte se uniese al pacto y reformular el acuerdo original. No obstante, puso menos entusiasmo que Peña Nieto a la hora de sumar a Canadá, dando la impresión de que tampoco le importaba demasiado que se quedara fuera el tercer socio del TLC original.

De Peña Nieto a López Obrador

Un portavoz del Gobierno canadiense ha celebrado el «progreso» en la negociación entre EE UU y México como un «requisito necesario» para el acuerdo trilateral, pero ha aclarado que solo firmarán un TLC que sea «bueno para Canadá y para las clases medias». «Nuestra rúbrica es indispensable», ha recordado. Aunque las autoridades canadienses se han cuidado muy mucho de expresarlo en público, el descontento por haber sido apartados durante estas cinco últimas semanas de negociación -en las que las conversaciones se han convertido en un toma y daca entre Washington y la Ciudad de México- es evidente. Ahora toda la presión se traslada a Ottawa: o acepta unas reglas en cuya negociación no participó o se quedará fuera del nuevo marco comercial norteamericano.

Peña Nieto también tuvo palabras de agradecimiento, aunque sin citarlo, con el presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, que nombró un equipo de asesores, liderado por Jesús Seade, para que se incorporaran a las conversaciones tras la victoria del líder de Morena el 1 de julio. De hecho, ha sido durante la transición del Gobierno de México cuando las negociaciones han cobrado una velocidad de crucero. “Estoy muy impresionado con él”, dijo Trump sobre López Obrador.

Trump no dejó pasar la oportunidad para dejar caer lo que es su principal obsesión con México, la seguridad fronteriza, y aseguró que el acuerdo comercial era un ejemplo de que ambos países pueden llegar a ententes en asuntos importantes bilaterales, como la frontera sur. Mientras, Peña Nieto, eufórico por haber llegado a un acuerdo con Trump antes de que acabe su Gobierno, instó al presidente de Estados Unidos a brindar con tequila para celebrar el pacto, lo que recibió una tibia respuesta de Trump, que no bebe: “Bien hecho, Enrique”

https://elpais.com/internacional/2018/08/27/estados_unidos/1535378674_783342.html

31.18.-LOS PELIGROS QUE CORRE LA SANIDAD EN EE UU – Paul Krugman

Los republicanos recortan impuestos y luego piden rebajas en el gasto social; una, y otra, y otra vez

Manifestación en contra de la abolición de la reforma sanitaria en EE UU. NICHOLAS KAMM GETTY IMAGES

¿Y si no hay ola azul en las elecciones parciales? Está claro que, a estas alturas, aún podría suceder: los demócratas recibirán seguramente más votos que los republicanos, pero gracias a la manipulación de circunscripciones y a la geografía de la población, el sistema electoral de Estados Unidos da un peso excesivo a los votantes rurales blancos que todavía tienen fe en el presidente Trump. ¿Y si, gracias a ese peso excesivo, la minoría se impone?

Evidentemente, una respuesta es que el coconspirador en jefe no imputado seguirá estando protegido frente a la ley. Y para aquellos a quienes les preocupa la supervivencia de la democracia estadounidense, esa es la cuestión más importante que está en juego este noviembre. Pero si el Partido Republicano se sostiene, habrá también otras consecuencias fundamentales para los estadounidenses de a pie.

Ante todo, hay muchas razones para creer que un Congreso republicano, liberado de la amenaza inmediata de las elecciones, hará lo que por los pelos no pudo hacer el año pasado: revocar la Ley de Asistencia Sanitaria Asequible. Esto haría que decenas de millones de estadounidenses perdiesen su seguro sanitario, y afectaría en particular a aquellos con afecciones preexistentes. Esta es una de las razones por las que la atención sanitaria, no Trump, constituye el tema central de las campañas demócratas de este año.

Pero el ataque al colchón sanitario probablemente no se contentaría con echar atrás la ampliación de la era de Obama; programas sólidamente establecidos, especialmente la Seguridad Social y la atención sanitaria a pensionistas, el Medicare, también estarían en la tabla de cortar. ¿Quién dice eso? Los propios republicanos.

En una reciente entrevista con John Harwood, de CNBC, el representante Steve Stivers, presidente del Comité Republicano Nacional del Congreso —y, de hecho, el hombre encargado de contener la marea azul— declaraba que, teniendo en cuenta el tamaño del déficit presupuestario, la administración federal necesita ahorrar dinero mediante recortes del gasto en programas sociales. Cuando se le presionó para que indicase si eso incluía la Seguridad Social y el Medicare, admitió que sí.

Y no es el único en considerar que los grandes recortes en programas esenciales para los jubilados estadounidenses serían el siguiente paso si los republicanos ganan en noviembre. Muchas figuras importantes del partido, entre ellos el presidente saliente de la Cámara, Paul Ryan, y numerosos senadores, han dicho lo mismo. (Por otra parte, grupos afines a Ryan han estado publicando anuncios en los que atacan a los demócratas acusándoles de planear recortes en la financiación del Medicare; pero, qué se le va a hacer, la congruencia es el duende de las mentes pequeñas. Y también, por lo visto, la honradez).

Ahora bien, los republicanos que solicitan recortes en el gasto social para equilibrar el presupuesto hacen gala de una extraordinaria desfachatez, que tradicionalmente se define como aquello que uno exhibe cuando mata a sus padres y después pide clemencia por ser huérfano. Después de todo, los mismos republicanos que ahora se retuercen las manos por los déficits presupuestarios acaban de hacer que ese mismo déficit se dispare al aprobar una enorme rebaja fiscal para las multinacionales y los ricos.

Por eso podría parecer escandaloso que solo unos meses después vuelvan a presentarse como halcones del déficit y exijan recortes de gastos. Es decir, podría parecer escandaloso si no fuese porque esta es la estrategia presupuestaria de los republicanos desde hace décadas. Primero, rebaja de impuestos. Después, quejas por el déficit creado por esas rebajas y peticiones de recortes en el gasto social. Una, y otra, y otra vez.

Esta estrategia, denominada “matar de hambre a la bestia”, lleva con nosotros desde la década de 1970, cuando economistas republicanos como Alan Greenspan y Milton Friedman empezaron a declarar que la influencia de las rebajas fiscales en el agravamiento del déficit presupuestario era el objetivo, no una consecuencia indeseada. Como Greenspan declaraba abiertamente en 1978, el objetivo es controlar el gasto con rebajas tributarias que reducen los ingresos, y luego “confiar en que haya un límite político al gasto deficitario”.

Es cierto que cuando las rebajas fiscales están sobre el tapete, sus defensores tienden a negar que vayan a aumentar el déficit y afirman que proporcionarán un milagroso empuje a la economía y que la recaudación aumentará de hecho. Pero no hay ni la más mínima prueba que respalde esta afirmación, y nunca ha estado claro si alguien con verdadero poder político la ha creído jamás. En su mayor parte, es una cortina de humo para ocultar las verdaderas intenciones de los republicanos.

El enigma es por qué les sigue funcionando esta táctica de dar gato por liebre.

Hace 15 años escribí un extenso artículo titulado “El timo de la rebaja de impuestos”, en el que describía lo que incluso por entonces era ya un viejo chanchullo; describe casi al pie de la letra la estrategia republicana en 2017-2018. Pero sigo leyendo análisis de prensa que expresan sorpresa ante el hecho de que quienes clamaban contra el déficit en los años de Obama aceptasen tan alegremente con Trump una rebaja tributaria que desequilibraría el presupuesto. Por decir lo obvio: a estos hombres nunca les ha preocupado el déficit; siempre ha sido una pose.

Y la credulidad de los medios de comunicación y de los autoproclamados centristas sigue siendo una historia extraordinaria. Recuerden que Ryan, que era extremadamente ortodoxo en su determinación de rebajarles los impuestos a los ricos y al mismo tiempo mutilar salvajemente los programas para los pobres y las clases medias, hasta recibió un premio a la responsabilidad fiscal.

Lo que nos devuelve a las elecciones parciales. En ellas está en juego, sin duda, el Estado de derecho. Y también la atención sanitaria. Pero los votantes deberían ser conscientes de que la amenaza contra los programas con los que cuentan es mucho más amplia: si el Partido Republicano conserva su mayoría, la Seguridad Social y el Medicare, tal como los conocemos, correrán un gran peligro.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times Company, 2018.  Traducción de News Clips.

https://elpais.com/economia/2018/08/24/actualidad/1535115427_087360.html 

30.18.-USA ARRIESGA PERDER LA GUERRA COMERCIAL CON CHINA – Joseph E. Stiglitz

Lo que en un principio fue una escaramuza comercial –en la que el presidente norteamericano, Donald Trump, impuso aranceles al acero y al aluminio– parece estar transformándose aceleradamente en una guerra comercial hecha y derecha con China. Si la tregua acordada por Europa y Estados Unidos se mantiene, Estados Unidos estará peleando principalmente con China, en lugar de con el mundo (por supuesto, el conflicto comercial con Canadá y México seguirá cociéndose a fuego lento, dadas las demandas estadounidenses que ninguno de los dos países puede ni debe aceptar).

19 ago 2018.- Más allá de la afirmación verdadera, pero por ahora perogrullesca, de que todos saldrán perdiendo, ¿qué se puede decir sobre los posibles resultados de la guerra comercial de Trump? Primero, la macroeconomía siempre prevalece: si la inversión doméstica de EE. UU. sigue superando a sus ahorros, tendrá que importar capital y tener un déficit comercial enorme. Peor aún, debido a los recortes impositivos implementados a fines del año pasado, el déficit fiscal de Estados Unidos está alcanzando nuevos récords –recientemente se proyectó que superará un billón de dólares en 2020–. Esto significa que el déficit comercial casi con certeza aumentará, más allá de cuál sea el resultado de la guerra comercial. La única manera de que esto no suceda es si Trump lleva a EE. UU. a una recesión, en la que los ingresos decaigan tanto que la inversión y las importaciones se desplomen.

El “mejor” resultado del enfoque limitado de Trump sobre el déficit comercial con China sería una mejora de la balanza bilateral, acompañada de un incremento de igual cantidad en el déficit con algún otro país (o países). Estados Unidos podría vender más gas natural a China y comprar menos lavarropas; pero les venderá menos gas natural a otros países y le comprará lavarropas o cualquier otra cosa a Tailandia u otro país que haya evitado la reacción irascible de Trump. Pero como EE. UU. interfirió en el mercado, pagará más por sus importaciones y recibirá menos por sus exportaciones que si ése no hubiera sido el caso. En resumen, el mejor resultado significa que EE. UU. estará peor que hoy.

Estados Unidos tiene un problema, pero no es con China. Es en casa: Estados Unidos ha venido ahorrando demasiado poco. Trump, como tantos de sus compatriotas, es inmensamente corto de vista. Si entendiera un ápice de economía y tuviera una visión a largo plazo, habría hecho todo lo posible para aumentar el ahorro nacional. Eso habría reducido el déficit comercial multilateral.

Existen soluciones rápidas y obvias: China podría comprar más aceite norteamericano y vendérselo a otros. Esto no implicaría ni la más mínima diferencia, más allá de, quizás, un leve incremento en los costos transaccionales. Pero Trump podría bramar que logró eliminar el déficit comercial bilateral.

En verdad, reducir significativamente el déficit comercial bilateral de una manera relevante resultará difícil. En la medida que disminuya la demanda de productos chinos, el tipo de cambio del renminbi se debilitará –aun sin ninguna intervención del gobierno–. Esto compensará en parte el efecto de los aranceles estadounidenses; al mismo tiempo, aumentará la competitividad de China con otros países –y esto será así incluso si China no utiliza otros instrumentos en su haber, como controles salariales y de precios, o presiona fuertemente por aumentos de la productividad–. La balanza comercial general de China, al igual que la de Estados Unidos, está determinada por su macroeconomía.

Si China interviene más activamente y toma represalias de manera más agresiva, el cambio en la balanza comercial de EE. UU. podría inclusive ser menor. El dolor relativo que cada uno infligirá en el otro es difícil de precisar. China tiene más control de su economía y ha buscado virar hacia un modelo de crecimiento basado en la demanda doméstica más que en la inversión y las exportaciones. Estados Unidos simplemente está ayudando a China a hacer lo que ya ha intentado hacer. Por otro lado, las acciones estadounidenses se producen en un momento en el que China intenta manejar el exceso de apalancamiento y de capacidad; al menos en algunos sectores, Estados Unidos dificultará estas tareas mucho más.

Hay algo que está claro: si el objetivo de Trump es impedir que China lleve adelante su política “Hecho en China 2025” –adoptada en 2015 para impulsar su objetivo de 40 años de achicar la brecha de ingresos entre China y los países avanzados–, casi sin duda fracasará. Por el contrario, las acciones de Trump no harán más que fortalecer la decisión de los líderes chinos de impulsar la innovación y alcanzar la supremacía tecnológica, en tanto tomen conciencia de que no pueden depender de los demás y de que Estados Unidos está actuando de una manera hostil.

Si un país entra en guerra, comercial o de otro tipo, debería estar seguro de que hay buenos generales a cargo, con objetivos claramente definidos, una estrategia viable y un respaldo popular. Es aquí donde las diferencias entre China y Estados Unidos parecen tan grandes. Ningún país podría tener un equipo económico menos calificado que Trump y una mayoría de los estadounidenses no respaldan la guerra comercial.

El respaldo público se desvanecerá aún más en tanto los estadounidenses tomen conciencia de que pierden por partida doble con esta guerra: los empleos desaparecerán, no sólo por las medidas en represalia que tome China, sino también porque los aranceles estadounidenses harán subir el precio de las exportaciones de Estados Unidos y las tornarán menos competitivas; y los precios de los productos que compren aumentarán. Esto puede obligar a que caiga el tipo de cambio del dólar, haciendo subir la inflación aún más en Estados Unidos –dando lugar a una oposición aún mayor–. La Fed probablemente suba entonces las tasas de interés, lo que conducirá a una inversión y a un crecimiento más débiles, y a más desempleo.

Trump ya ha mostrado cómo responde cuando sus mentiras quedan expuestas o sus políticas fracasan: redobla la apuesta. China ha ofrecido en repetidas ocasiones maneras de salvar las apariencias para que Trump abandone el campo de batalla y declare la victoria. Pero él se niega a aceptarlas. Quizá se pueda encontrar esperanza en tres de sus otros rasgos: su foco en la apariencia sobre la sustancia, su imprevisibilidad y su amor por la política de “grandes hombres”. Tal vez en una reunión importante con el presidente Xi Jinping puede declarar que el problema está resuelto, con algunos ajustes menores en los aranceles aquí y allá, y algún gesto nuevo hacia la apertura de mercado que China ya había planeado anunciar, y todos se pueden ir a casa contentos.

En este escenario, Trump habrá “resuelto”, de manera imperfecta, un problema que él mismo creó. Pero el mundo luego de su tonta guerra comercial será diferente: más incierto, menos confiado en el régimen de derecho internacional y con fronteras más duras. Trump ha cambiado el mundo, permanentemente, para peor. Inclusive con los mejores resultados posibles, el único ganador es Trump –con su ego sobredimensionado inflado un poco más–.

* Premio Nobel de Economía 2001.

https://www.elespectador.com/opinion/estados-unidos-corre-el-riesgo-de-perder-una-guerra-comercial-con-china-columna-806880

29.18.-SALVAR LA OMC: EUROPA, CHINA Y JAPÓN – Beethoven Herrera

La UE y China celebraron su vigésima cumbre anual, y Europa firmó con Japón el más amplio acuerdo comercial de la historia. Era de esperarse para enfriar la guerra entre Estados Unidos y China, en favor de negociar una reforma de la Organización Mundial del Comercio OMC. 

Coincidiendo con la reunión entre Trump y Putin, la Unión Europea (UE) y China celebraron su vigésima cumbre anual, y Europa firmó con Japón el más amplio acuerdo comercial de la historia. Al instalar la reunión, el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, declaró: “es obligación común de Europa, China, América y Rusia no empezar guerras comerciales”, y propuso “empezar juntos el proceso para una reforma de la OMC, basada en el multilateralismo y el libre comercio”.

12 ago 2018.-  Por ahora, el PIB de China en el segundo trimestre creció 6,7 por ciento, solo una décima menos que en el periodo anterior, sin reflejar aún el impacto de las medidas proteccionistas estadounidenses.

Actualmente, el intercambio comercial entre la UE y China alcanza 1.500 millones de euros diarios, y esperan firmar antes de octubre un acuerdo sobre denominaciones de origen; China se ha mostrado dispuesta a avanzar en derechos humanos, tema del que antes se negaba a hablar, y ha liberado a Liu Xia, viuda del fallecido Nobel de Paz, Liu Xiaobo.

Al reclamar el reconocimiento de las nuevas realidades geopolíticas, el primer ministro chino Li Kequiang recalcó el compromiso de “mejorar la gobernanza del sistema internacional incluyendo la OMC”, y sostuvo que “es importante que China y la UE defiendan el multilateralismo y promuevan la construcción de un mundo multipolar” (Financial Times, julio 17 del 2018).

China había rechazado alinearse con Europa en contra de los aranceles estadounidenses, pero ahora busca mostrar a Washington que se pueden obtener concesiones por la vía negociadora, y continuará su apertura a las exportaciones e inversiones europeas en agricultura, farmacéutica y automotriz. Además, del tratado de protección de inversiones que están negociando exploran un acuerdo de libre comercio.

En respuesta al alinderamiento de países en su contra, Estados Unidos denunció ante la OMC a la UE, China, México, Canadá y Turquía por la aplicación de aranceles a sus exportaciones, argumentando que las medidas adoptadas por estos países son ‘ilegales’, a diferencia de las estadounidenses, que responden a ‘intereses de seguridad nacional’.

Tusk se refirió a nuevas reglas sobre subsidios industriales y derechos de propiedad intelectual en la OMC, y China ha moderado su política ‘Hecho en China 2025’, que buscaba privilegiar la industria nacional y liberalizar servicios financieros, industrias automotriz y farmacéutica, para atraer inversores extranjeros.

China espera que la reforma de la OMC incluya el tratamiento especial que recibirán sus empresas estatales, y que hará más ágil y exigente la solución de disputas. Además, ha reclamado a Europa por no reconocerle su estatus de ‘economía de mercado’, como quedó acordado al ingresar China en la OMC.

La Unión Europea, por su parte, está considerando una legislación que removería la distinción entre ‘economía de mercado’ y ‘no economía de mercado’ en disputas antidumping.

Beethoven Herrera Valencia
Profesor de las universidades Nacional y Externado
http://www.portafolio.co/opinion/beethoven-herrera-valencia/europa-china-y-japon-a-salvar-la-omc-519993

29.18.-CHINA Y EEUU SE PREPARAN PARA ENDURECER MÁS LA GUERRA COMERCIAL, QUE CUMPLE UN MES – Ignacio Gallegos

Beijing asegura que está lista para un conflicto “prolongado”, mientras Trump considera que los aranceles “funcionan bien”.

A un mes de que se aplicara la primera ronda de aranceles cruzados, las dos mayores economías del planeta van en camino a endurecer sus ataques en la arena comercial, sin que los diálogos informales se hayan traducido aún en una negociación oficial.                                                                                           

Una editorial en el diario chino Global Times fue la más reciente señal de que el escenario podría extenderse. El texto manifestó que el país está preparado para una “guerra prolongada” y que no teme sacrificar sus intereses económicos en el corto plazo.

“Considerando las demandas irracionales de Estados Unidos, la guerra comercial es un acto que apunta a aplastar la soberanía económica de China e intentar que China sea un vasallo económico de EEUU”, señaló la editorial.

La publicación llegó después de una serie de mensajes que apuntaban a que la Casa Blanca no estaba lista para ceder. En Twitter, el presidente Donald Trump aseguró el fin de semana que “los aranceles están funcionando muy bien” y que “como mínimo, haremos pactos comerciales mucho mejores para nuestro país”.

En un acto electoral de cara a las elecciones legislativas de noviembre, tuvo palabras aún más duras: “Hemos reconstruido China y es hora de que reconstruyamos nuestro país”, sentenció.

Por su parte, el asesor de Seguridad Nacional de Trump, John Bolton, acusó a Beijing de ser “el principal maleante que ha estado intentado usar el libre mercado” y dijo que Washington está dispuesto “a llegar hasta donde sea para que China cambie su comportamiento. Necesitan entender eso”.

La semana pasada, el gigante asiático había amenazado con imponer aranceles a importaciones estadounidenses por US$ 60 mil millones. A inicios de julio, Trump estableció los primeros cobros directos contra China por un total de US$ 34 mil millones, lo que fue respondido con medidas proporcionales; podría subir la cifra a US$ 50 mil millones y ya inició gestiones para aumentarla a US$ 200 mil millones. El mandatario ha asegurado que está dispuesto a aplicar los cobros e, incluso, duplicarlos para cubrir casi la totalidad de las importaciones chinas. En tanto, las amenazas de Beijing, hasta ahora, llegan a US$ 60 mil millones.

Las fichas de Beijing

A medida que la guerra comercial avanza, China ha adaptado su política económica para dar mayor prioridad al crecimiento, tras años de intentar controlar la expansión de la economía en base a la deuda.

Mientras el banco central ha implementado estímulos como reducir las exigencias de efectivo a entidades en todo el país y el gobierno ha llamado a las ciudades a retomar el gasto, el país volvió a tener una cuenta corriente equilibrada en el segundo semestre, según cifras publicadas ayer.

“Las autoridades le pondrán más atención a los cambios en la cuenta corriente a medida que se acercan a un equilibrio cercano a cero, lo que es una señal de que hay menos espacio para apreciación de la moneda”, dijo a Bloomberg el economista jefe para el país de Standard Chartered, Ding Shuang.

Desde abril, el yuan ha perdido 9% de su valor frente al dólar, un hecho que ha intensificado las acusaciones de Trump de que la segunda economía mundial manipula su moneda para favorecer la exportación. No obstante, la baja de la divisa es consistente con la actividad bursátil: el CSI 300, que agrupa a empresas chinas en las bolsas de Shangai y Shenzen, ha perdido cerca de 19% en lo que va del año y el lunes retrocedió 1,3%.

Mientras Beijing ya ha identificado un total de 6 mil productos que podría gravar, entre ellos el gas natural licuado, la soya y otros, el país aún no ha tomado medidas en industrias esenciales para EEUU, como la de aviones y algunas partes de computador, que no son producidas localmente.

Posible negociación

Las amenazas crecientes de Washington parecen dirigidas a forzar a Beijing a volver a una negociación, luego de que los diálogos se quebraran en junio. Medios estadounidenses han reportado diálogos informales entre funcionarios del Departamento del Tesoro y el equipo del viceprimer ministro Liu He, aunque hasta ayer no había señales de que ambas partes retomaran las discusiones oficiales.

La falta de diálogo preocupa a autoridades y a los mercados. El asesor de Goldman Sachs y expresidente de la Comisión Europea, José Barroso, dijo a Bloomberg TV que “el mayor riesgo que hay hoy para la economía global es el proteccionismo, no sólo por el impacto en el comercio sino también por la confianza de las empresas”.

https://www.df.cl/noticias/internacional/actualidad-internacional/china-y-eeuu-se-preparan-para-endurecer-mas-la-guerra-comercial-que/2018-08-06/184725.html

28.18.-DEJEN DE LLAMAR POPULISTA A TRUMP – Paul Krugman

Un mensaje para todos aquellos en los medios informativos que no dejan de llamar “populista” a Donald Trump: no creo que esa palabra signifique lo que ustedes creen.

Es verdad que, de vez en cuando, Trump aún se hace pasar por alguien que defiende los intereses de los trabajadores comunes y corrientes de Estados Unidos en contra de las élites. Además, supongo que se puede pensar que su acogida del nacionalismo blanco les da voz a los estadounidenses comunes y corrientes que comparten su racismo, pero que sentían que no habían podido expresar su prejuicio en público.

4 ago 2018.- Sin embargo, lleva en la presidencia un año y medio, el tiempo suficiente para ser juzgado por lo que hace, no por lo que dice, y su gobierno ha sido despiadado a la hora de oponerse a los trabajadores en casi todos los frentes. Trump es tan populista como piadoso; es decir, nada en lo absoluto.

Empecemos con la política fiscal, en la que el mayor logro legislativo de Trump es una reducción tributaria que beneficia principalmente a las corporaciones —cuyo pago de impuestos ha caído a un barranco— y no ha hecho nada por elevar los salarios. El plan fiscal hace tan poco por los estadounidenses comunes y corrientes que los republicanos han dejado de promoverlo. No obstante, el gobierno está jugando con la idea (probablemente ilegal) de utilizar una acción ejecutiva para reducir 100.000 millones de dólares adicionales en impuestos a los ricos.

También tenemos la política de salud, en la que Trump, después de haber fracasado en la derogación de Obamacare —lo cual habría sido un enorme golpe para las familias trabajadoras—, más bien ha promovido una campaña de sabotaje que es probable que haya elevado las primas casi un 20 % en comparación con lo que habrían costado si no la hubiera llevado a cabo. Y por supuesto que la carga de esas primas más altas cae de una forma más pesada sobre las familias que ganan apenas un poco más de lo necesario para ser elegibles para los subsidios: es decir, la parte alta de la clase trabajadora.

Del mismo modo, está la política laboral, en la que el gobierno de Trump se ha movido en múltiples frentes para eliminar las regulaciones que habían protegido a los trabajadores ante la explotación, las lesiones y demás.

Sin embargo, las políticas inmediatas no cuentan toda la historia. También se deben considerar los nombramientos. Cuando se trata de políticas que afectan a los trabajadores, Trump ha creado un equipo de compinches: casi todos los puestos importantes han caído en manos de un cabildero o alguien con fuertes lazos financieros con la industria. Los intereses laborales no han obtenido ninguna representación.

La nominación de Brett Kavanaugh para la Corte Suprema merece especial atención. Hay mucho que no sabemos sobre Kavanaugh, en parte porque los senadores republicanos están bloqueando las solicitudes demócratas para que haya más información. No obstante, sí sabemos que está rigurosa y extremadamente en contra de los derechos laborales: se encuentra muy hacia la derecha de lo convencional y muy hacia la derecha incluso de la mayoría de los republicanos.

El ejemplo más conocido de sus opiniones en contra de los trabajadores es su argumento de que SeaWorld no debería tener ninguna responsabilidad después de que una orca asesinó a una de sus trabajadoras, porque la víctima debió conocer los riesgos cuando aceptó el trabajo. Pero hay mucho más extremismo antitrabajador en su historial.

Si se tiene en cuenta que Kavanaugh, si se confirma, permanecerá en el cargo mucho tiempo, este extremismo basta para justificar el rechazo a su nominación, en especial si se agrega su apoyo a que el presidente detente un poder sin restricciones y lo que sea que haya en sus antecedentes que los republicanos quieren esconder.

No obstante, ¿por qué Trump, el autoproclamado defensor de los trabajadores estadounidenses, escogería a alguien así? ¿Por qué haría todo lo que está haciendo para perjudicar a la misma gente que lo llevó a la Casa Blanca?

No conozco la respuesta, pero creo que la explicación convencional —que Trump, quien es un holgazán y sumamente ignorante sobre los detalles de la política, quedó atrapado sin querer en la ortodoxia del Partido Republicano— subestima al presidente y lo hace ver mejor de lo que es.

Al ver a Trump en acción, cuesta trabajo no pensar que sabe muy bien que está infligiendo un castigo a su propia base. Sin embargo, es un hombre al que le gusta humillar a los demás, poco o mucho. Y lo que yo creo es que en realidad le da placer ver cómo sus simpatizantes lo siguen aunque los traicione.

De hecho, a veces el desprecio por su base trabajadora queda al descubierto. ¿Recuerdan “me encantan los que tienen poca educación”? ¿Recuerdan cuando se jactó de que podría dispararle a alguien en la Quinta Avenida y no perdería votantes?

En fin, sin importar sus motivaciones, cuando Trump actúa es lo opuesto a un populista. Y, no, su guerra comercial no cambia ese juicio. William McKinley, el presidente por antonomasia de la edad chapada en oro que derrotó a un rival populista, también fue un proteccionista. Además, la guerra comercial trumpiana se está llevando a cabo de una manera que produce un daño máximo a los trabajadores estadounidenses a cambio de beneficios mínimos.

Sin embargo, aunque no es populista, sí es un mentiroso patológico, el hombre más deshonesto que alguna vez haya sido presidente de Estados Unidos. Y su afirmación de que apoya a los trabajadores estadounidenses es una de sus mentiras más grandes.

Lo cual me hace regresar al uso que se da en los medios del término “populista”. Cuando describen a Trump con esa palabra, de hecho, están siendo cómplices de su mentira, en especial si lo hacen en el contexto de un supuesto periodismo objetivo.

Además, no tienen por qué hacerlo. Pueden describir lo que hace Trump sin utilizar palabras que le dan un crédito que no le corresponde. Está engañando a sus seguidores; no tienen que ayudarle en esa tarea.

2018 New York Times News Service

https://www.elespectador.com/opinion/dejen-de-llamar-populista-trump-columna-804224

27.18.-COSTOS DE TRANSACCIÓN Y ATADURAS: POR QUÉ SOY UN CRYPTO SKEPTIC – Paul Krugman

El logotipo de bitcoin en exhibición en la conferencia de tecnología de blockchain Consensus 2018 en Nueva York en mayo. CreditMike Segar / Reuters

Todavía estoy de vacaciones, haciendo senderismo y ciclismo en varias partes de Europa. Estoy al tanto de las noticias, más o menos, pero solo de vez en cuando e imprevisiblemente en un lugar y condición donde realmente puedo escribir algo y publicarlo.

Pero este es uno de esos momentos, y pensé en publicar algunos pensamientos antes de lo que haré cuando regrese. Específicamente, en un par de semanas jugaré contra Emmanuel Goldstein, el enemigo designado, en una conferencia sobre Blockchain y todo eso. Oye, si solo hablas con audiencias amigables, no te estás desafiando lo suficiente. Así que pensé que podría valer la pena explicar por qué soy un escéptico de la criptomoneda.

Se trata de dos cosas: los costos de transacción y la ausencia de anclaje.

Dejame explicar. Si nos fijamos en la amplia gama de la historia monetaria, ha habido una dirección clara de cambio en el tiempo: a saber, una de reducir las fricciones de hacer negocios y la cantidad de recursos reales necesarios para hacer frente a esas fricciones.

Primero había monedas de oro y plata, que eran pesadas, requerían mucha seguridad y consumían muchos recursos para producir.

Luego vinieron los billetes respaldados por reservas fraccionarias. Estos eran populares porque eran mucho más fáciles de manejar que las bolsas de monedas; también redujeron la necesidad de metales preciosos físicos, lo que, como dijo Adam Smith, proporcionó «una especie de camino de carros a través del aire», liberando recursos para otros usos.

Aun así, el sistema aún requería cantidades sustanciales de dinero de productos básicos. Pero la banca central, en la que los bancos privados mantenían sus reservas como depósitos en el banco central en lugar de en oro o plata, redujo en gran medida esta necesidad, y el cambio al dinero fiduciario lo eliminó casi por completo.

 Mientras tanto, las personas gradualmente se alejaron de las transacciones en efectivo, primero hacia los pagos con cheque, luego hacia las tarjetas de crédito y débito y otros métodos digitales.

En contraste con esta historia, el entusiasmo por las criptomonedas parece muy extraño, porque va exactamente en sentido opuesto a la tendencia a largo plazo. En lugar de transacciones casi sin fricción, tenemos altos costos de hacer negocios, porque la transferencia de un Bitcoin u otra unidad de criptomonedas requiere proporcionar un historial completo de las transacciones pasadas. En lugar de dinero creado por el clic de un mouse, tenemos dinero que debe extraerse, creado a través de cálculos intensivos en recursos.

Y estos costos no son incidentales, algo que puede innovarse. Como señalan Brunnermeier y Abadi, los altos costos, que hacen que sea costoso crear un nuevo Bitcoin o transferir uno existente, son esenciales para el proyecto de crear confianza en un sistema descentralizado.

Los billetes de banco funcionaban porque la gente sabía algo sobre los bancos que los emitían, y estos bancos tenían un incentivo para preservar su reputación. Los gobiernos han abusado ocasionalmente del privilegio de crear dinero fiduciario, pero en su mayor parte los gobiernos y los bancos centrales ejercen moderación, una vez más porque les importa su reputación. Pero se supone que debes estar seguro de que un Bitcoin es real sin saber quién lo emitió, por lo que necesitas el equivalente digital de morder una moneda de oro para asegurarte de que es el verdadero negocio, y los costos de producir algo que satisfaga esa prueba tienen que ser lo suficientemente alto como para desalentar el fraude.

En otras palabras, los entusiastas de la criptomoneda están celebrando el uso de la tecnología de vanguardia para restablecer el sistema monetario hace 300 años. ¿Por qué querrías hacer eso? ¿Qué problema soluciona? Todavía tengo que ver una respuesta clara a esa pregunta.

Tenga en cuenta que el dinero convencional generalmente hace su trabajo bastante bien. Los costos de transacción son bajos. El poder adquisitivo de un dólar al año a partir de ahora es altamente predecible: órdenes de magnitud más predecibles que las de un Bitcoin. Usar una cuenta bancaria significa confiar en un banco, pero en general los bancos justifican esa confianza, mucho más que las empresas que tienen tokens de criptomonedas. Entonces, ¿por qué cambiar a una forma de dinero que funciona mucho menos bien?

De hecho, ocho años después del lanzamiento de Bitcoin, las criptomonedas han tenido muy pocas incursiones en el comercio real. Algunas firmas los aceptarán como pago, pero mi sensación es que esto se trata más de señalización: mírame, ¡soy vanguardista! – que sobre la utilidad real. Las Crypocurrencies tienen una gran valoración de mercado, pero se consideran abrumadoramente como un juego especulativo, no porque sean útiles como medios de intercambio.

¿Esto significa que la criptografía es una burbuja pura, que finalmente se desinflará a nada? Vale la pena señalar que hay otros activos tipo moneda que en realidad no se usan mucho como dinero, pero que las personas tienen de todos modos. El oro no ha sido dinero real durante mucho tiempo, Y lo mismo se puede decir, en gran medida, de efectivo. Si bien las transacciones en efectivo son comunes, representan solo una fracción pequeña y decreciente del valor de las compras. Sin embargo, las tenencias de efectivo en dólares han aumentado como una parte del PIB desde la década de 1980, un crecimiento que se explica en su totalidad por los billetes de $ 50 y $ 100:

Ahora, las notas de gran denominación no se usan regularmente para pagos, de hecho, muchas tiendas no las aceptarán. Entonces, ¿qué es todo ese efectivo? Todos conocemos la respuesta: evasión de impuestos, actividad ilícita, etc. Y gran parte de eso está fuera de los EE. UU., Con estimaciones que sugieren que los extranjeros poseen más de la mitad de la moneda de EE. UU.

Claramente, las criptomonedas están en efecto compitiendo por algunos de los mismos negocios: muy pocas personas están usando Bitcoin para pagar sus cuentas, pero algunas personas lo están usando para comprar drogas, subvertir las elecciones, etc. Y los ejemplos tanto de billetes de oro como de billetes de grandes denominaciones sugieren que este tipo de demanda podría sustentar una gran cantidad de valor de los activos. Entonces, ¿esto significa que la criptografía, incluso si no es la tecnología transformadora que sus partidarios afirman, puede no ser una burbuja?

Bueno, aquí es donde entra en juego el anclaje o, más precisamente, su ausencia de criptomonedas. En la vida normal, la gente no se preocupa de dónde viene el valor de los papeles verdes que llevan retratos de presidentes muertos: aceptamos billetes en dólares porque otras personas aceptarán billetes en dólares. Sin embargo, el valor de un dólar no proviene enteramente de las expectativas autocumplidas: en última instancia, está respaldado por el hecho de que el gobierno de EE. UU. Aceptará dólares como pago de pasivos tributarios, pasivos que puede aplicar porque es un gobierno. Si lo desea, las monedas fiduciarias tienen un valor subyacente porque los hombres armados dicen que sí. Y esto significa que su valor no es una burbuja que puede colapsar si las personas pierden la fe.

Y el valor de esos billetes de $ 100 que se encuentran en las guaridas de los señores de la droga o lo que sea, a su vez está ligado al valor de las denominaciones más pequeñas en Estados Unidos. Hasta cierto punto, el oro está en una situación similar. La mayor parte del oro se queda allí, posee valor porque la gente cree que posee valor. Pero el oro sí tiene usos en el mundo real, tanto para joyas como para cosas como llenar los dientes, que proporcionan una atadura débil pero real a la economía real.

Las criptomonedas, por el contrario, no tienen protección, no se atan a la realidad. Su valor depende por completo de las expectativas autocumplidas, lo que significa que el colapso total es una posibilidad real. Si los especuladores tuvieran un momento colectivo de duda, de repente, temiendo que los Bitcoins no valieran nada, bueno, los Bitcoins perderían su valor.

¿Eso sucederá? Creo que es más probable que no, en parte debido a la brecha entre la retórica mesiánica de la criptografía y las posibilidades reales mucho más mundanas. Es decir, podría haber un equilibrio potencial en el cual Bitcoin (aunque probablemente no otras criptomonedas) siga usándose principalmente para las transacciones del mercado negro y la evasión de impuestos, pero ese equilibrio, si existe, sería difícil de conseguir desde aquí: una vez que el sueña con un futuro bloqueado que muere, la decepción probablemente colapsará todo.

 Entonces es por eso que soy un cripto escéptico. ¿Podría estar equivocado? Por supuesto. Pero si quiere argumentar que estoy equivocado, responda la pregunta: ¿qué problema resuelve la criptomoneda? No intentes gritar a los escépticos con una mezcla de technobabble y derby libertario.

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https://www.nytimes.com/2018/07/31/opinion/transaction-costs-and-tethers-why-im-a-crypto-skeptic.html

 

26.18.-LA IDEOLOGÍA POR ENCIMA DE TODO – Paul Krugman

Las elites republicanas no quieren que los pobres reciban ninguna clase de ayuda

Protesta contra la retirada de cobertura sanitaria en Nueva York. SPENCER PLATTAFP 

Hace cuatro años, en el 50º aniversario de la guerra de Lyndon Johnson contra la pobreza, los republicanos de la Cámara de Representantes, liderados por Paul Ryan, emitieron un informe en el que declaraban que dicha guerra había sido un fracaso. La pobreza, afirmaban, no había descendido. Por consiguiente, concluían, había que recortar el gasto dedicado a los pobres.

La semana pasada, el Consejo de Asesores Económicos de Donald Trump emitía un nuevo informe sobre la pobreza y reconocía lo dicho por la mayoría de los expertos en el tema: la medición habitual de la pobreza es muy defectuosa, y una mejor medición muestra avances sustanciales. De hecho, estos asesores llegaron a afirmar que la pobreza ya no es un problema. (¿Alguna vez sale esta gente al mundo real?)

20 jul 2018.- En cualquier caso, la guerra contra la pobreza, se afirmaba en el informe, “ha terminado esencialmente y ha sido un éxito”. Y la respuesta, dice la Administración de Trump, debería ser… la de recortar el gasto dedicado a los pobres.

Es cierto que en el informe no se pide directamente que se recorten las prestaciones. En cambio, sí se pide la imposición generalizada de requisitos laborales para acceder a programas de asistencia sanitaria para pobres (Medicaid), cupones de alimentos y otros. Pero eso tendría el efecto de reducir drásticamente la cobertura de esos programas.

Esta reducción de la cobertura no se debería a que un gran número de personas se gana la vida y ha conseguido salir de la pobreza. Es más bien que a muchos estadounidenses pobres les resultaría imposible cumplir los requisitos por diversas razones —como la mala salud, la inestabilidad laboral para los trabajadores con salarios bajos, o unos trámites abrumadores para quienes menos capacitados están para afrontarlos— y perderían la ayuda a pesar de seguir siendo pobres.

De modo que, con independencia de las pruebas, los republicanos siempre llegan a la misma conclusión política. Que la guerra contra la pobreza ha sido un fracaso… dejemos de ayudar a los pobres. Que ha sido un éxito… dejemos de ayudar a los pobres. Y seamos claros: hablamos de todo un partido, no solo del Gobierno de Trump.

En concreto, a los gobernadores republicanos les apasiona recortarles las prestaciones a los ciudadanos de rentas más bajas. En Kentucky, el gobernador Matt Bevin intentó imponer unos requisitos laborales estrictos para tener derecho a la asistencia sanitaria gratuita. Cuando un tribunal sentenció que su plan infringía la ley, él se desquitó recortando abruptamente la cobertura dental y de la vista a cientos de miles de personas.

En Maine, los votantes aprobaron abrumadoramente una iniciativa para ampliar la asistencia sanitaria gratuita de acuerdo con lo establecido en la reforma sanitaria de Barack Obama. Pero el gobernador Paul LePage se ha negado a aplicar dicha ampliación —que se financiaría principalmente con fondos federales— a pesar de una orden judicial, y ha declarado que está dispuesto a ir a la cárcel antes que ver a sus votantes recibir atención sanitaria.

¿A qué se debe esta guerra republicana contra los pobres?

No es una cuestión de incentivos. La persistente afirmación derechista de que Estados Unidos está lleno de “gorrones” que viven de los programas sociales cuando deberían estar trabajando quizá sea lo que los conservadores quieren creer, pero es sencillamente falsa. En su mayoría, los adultos no discapacitados que perciben ayudas trabajan; la mayoría de los que no trabajan tienen en general buenas razones para no hacerlo, como problemas de salud o la necesidad de cuidar a miembros de su familia. El recorte de prestaciones llevaría a algunas de estas personas a trabajar por pura desesperación, aunque no a muchas y con un enorme coste para su bienestar.

Y las afirmaciones de que unos programas sociales excesivamente generosos son la causa de que disminuya la participación en la población activa pueden refutarse fácilmente analizando los datos internacionales. Los Estados del bienestar europeos —o como dicen los conservadores, sus “fracasados” Estados del bienestar— proporcionan ayudas mucho más generosas que nosotros a las familias de rentas bajas, y en consecuencia tienen mucha menos pobreza. Y sin embargo, los adultos en sus años de vida activa más productivos tienen más probabilidades que los de Estados Unidos de estar empleados.

Tampoco se trata de dinero. A escala estatal, muchos gobernadores republicanos siguen negándose a ampliar el Medicaid, a pesar de que les costaría poco y aportaría dinero a la economía de sus estados. A escala federal, harían falta recortes de prestaciones draconianos, que impondrían un sufrimiento inmenso, para ahorrar la misma cantidad de dinero que el Partido Republicano regaló tranquilamente con la rebaja de impuestos del año pasado.

¿Y la respuesta tradicional de que es una cuestión de racismo? A menudo se ha pensado que los programas sociales ayudan a “esa gente”, no a los estadounidenses blancos. Y seguramente sea en parte lo que ocurre.

Pero no puede tratarse solo de eso, ya que los republicanos están obsesionados con recortar las prestaciones sociales a los menos afortunados incluso en lugares como Maine, poblado abrumadoramente por blancos no hispanos.

¿A qué se debe entonces la guerra contra los pobres? Desde mi punto de vista, hay que distinguir entre lo que motiva a las bases republicanas y lo que motiva a los políticos conservadores. Muchos trabajadores manuales blancos piensan que los pobres son perezosos y prefieren vivir de la asistencia pública. Pero como muestra lo ocurrido en Maine, estas creencias no constituyen un elemento central en la guerra contra los pobres, que está siendo impulsada principalmente por las élites políticas.

Y lo que motiva a estas élites es la ideología. Sus identidades políticas, por no mencionar sus trayectorias profesionales, están envueltas en la noción de que un gobierno grande siempre es malo. De modo que, en parte, se oponen a los programas que ayudan a los pobres por una hostilidad general hacia los “gorrones”, pero también porque odian la idea de que el Estado ayude a cualquiera.

Y si se salen con la suya, la sociedad dejará de ayudar a decenas de millones de estadounidenses que necesitan desesperadamente esa ayuda.

https://elpais.com/economia/2018/07/20/actualidad/1532094757_319721.html

26.18.-LOS PERDEDORES DE LA GLOBALIZACIÓN – José Fernández*

Los trabajadores más castigados por los cambios económicos se han quedado huérfanos en el sistema político y los sindicatos se han debilitado. Los gobiernos no tienen incentivos para proteger a loas damnificados de la internacionalización

ENRIQUE FLORES

Cada vez son más los estudios que vinculan el desapego de una parte de la ciudadanía hacia el sistema político con las consecuencias que las transformaciones económicas recientes están teniendo en nuestras sociedades. Tanto en Estados Unidos como en Europa, las regiones cuyas estructuras productivas se han visto más afectadas por la nueva competencia internacional, son las que más han virado políticamente hacia Trump, el Brexit, o los partidos de corte nativista y proteccionista. Como trato de mostrar en mi reciente libro Antisistema: Desigualdad económica y precariado político, los individuos que se ven económicamente más vulnerables, especialmente tras la gran recesión, son más proclives a votar a partidos que cuestionan el funcionamiento del sistema político.

16 JUL 2018.- Un cierto consenso empieza a emerger entre economistas, politólogos y sociólogos: aunque los procesos de internacionalización y automatización de nuestras economías tengan consecuencias netas positivas, también generan ganadores y perdedores sistemáticos. Muchos individuos son capaces de aprovechar las oportunidades que ofrece una economía más abierta y dinámica, pero otros ven cómo estas transformaciones les condenan a perder sus empleos y a aceptar trayectorias laborales más precarias y erráticas.

Para los trabajadores menos cualificados y de menores salarios no es fácil adaptarse a los cambios que trae la nueva economía: cambiar de sector o de ocupación para convertirse en un “ganador” de la globalización o de la automatización no siempre es posible. El proceso de ajuste deja cicatrices, concentradas entre ciertos grupos sociales.

¿Por qué hoy no somos capaces de compensar a los perdedores de la globalización y la automatización? Son procesos que hacen a nuestras economías más ricas en su conjunto, por lo que podríamos en principio transferir parte de esos beneficios a los grupos que están encontrando más dificultades. Si estamos de acuerdo en que la clave para parar el descontento social y político respecto de estas transformaciones económicas es llevar a cabo políticas públicas que permitan que todos los grupos se beneficien de ella. ¿Qué nos impide hacerlo?

El que sea un problema tan extendido nos hace ser escépticos respecto a explicaciones coyunturales centradas en partidos concretos o en la tan manida falta de “voluntad política de nuestros gobernantes”. Las causas, creo, son más profundas.

Una primera explicación la proporciona el economista Dani Rodrik: a diferencia del pasado, las últimas olas globalizadoras tienen más consecuencias distributivas (generan más ganadores y perdedores netos) y generan menos beneficios agregados para todos. En estas circunstancias, cabe imaginar, compensar es más complicado: es más fácil financiar nuevos programas sociales cuando se crece al 5% anual que cuando lo hacemos al 2%.

Otra explicación es de naturaleza más política: los supuestos representantes de los “perdedores” de estas transformaciones económicas han dejado de preocuparse de ellos. El economista Thomas Piketty muestra en su último trabajo cómo los partidos que tradicionalmente representaban a los votantes de clase trabajadora en Francia, Estados Unidos y Gran Bretaña (los partidos de izquierda) se han “brahmanizado”: hoy son, más que nada, los representantes de los segmentos de población con más alto nivel educativo.

Los trabajadores no cualificados, de menos recursos, los más castigados en definitiva por las últimas transformaciones económicas, se habrían quedado huérfanos en el sistema político. Una interpretación seguramente más realista diría que no es que los partidos socialdemócratas se hayan deshumanizado y hayan voluntariamente dejado a su suerte a sus votantes más vulnerables, sino más bien que para ellos hoy resulta más difícil hacer compatible la defensa de los intereses de sus votantes tradicionales con los de otros grupos, que también necesitan atraer para ser exitosos electoralmente.

Las políticas de compensación tienen que ser ambiciosas y sostenidas en el tiempo

Los perdedores económicos no se han vuelto débiles solo en las urnas. Una de las principales instituciones que tradicionalmente les garantizaban voz en el proceso de toma de decisiones, los sindicatos, también han sufrido un proceso secular de debilitamiento. La consecuencia es que nuestros sistemas políticos han facilitado que los perdedores económicos se vayan convirtiendo en una suerte de precarios políticos: ciudadanos que se perciben incapaces de incidir en el proceso de toma de decisiones democrática. La ausencia de políticas de compensación sería por tanto una consecuencia más de ello: no les protegemos frente a los cambios porque nuestros gobernantes tienen demasiados pocos incentivos para hacerlo.

Y ahora que empezamos a ver las orejas al lobo ¿cambiarán las prioridades de nuestros líderes una vez que hemos visibilizado las dramáticas consecuencias políticas que tiene la desatención sistemática de las demandas de protección? Parece existir un cierto consenso en torno a la necesidad de una globalización más inclusiva, ¿pero es esperable que lo logremos?

La toma de conciencia por parte de nuestros líderes económicos y políticos de la gravedad de este problema es una condición necesaria, pero no suficiente. En la medida que los perdedores sigan siendo electoral e institucionalmente marginales, las promesas de compensación que les hagamos desde el sistema político serán inútiles. La razón es que estas políticas, para ser efectivas, han de reunir dos condiciones: que sean ambiciosas, y que sean sostenidas en el tiempo. Para lo primero será seguramente necesario un esfuerzo fiscal importante, que no será políticamente fácil de gestionar. Para lo segundo, necesitaremos que las promesas de compensación sean creíbles, es decir, que sus beneficiarios obtengan garantías de que no podrán ser fácilmente revertidas en el futuro. Y esto solo se consigue de una forma: que los perdedores recuperen la centralidad que han perdido en el proceso político.

En última instancia, el nuevo contrato social que exige la nueva economía requerirá no solo de un nuevo reparto de los recursos económicos, sino sobre todo del poder político.

*José Fernández-Albertos es politólogo y científico titular del CSIC. Su último libro es Anti-sistema: Desigualdad económica y precariado político (La Catarata, 2018).  https://elpais.com/elpais/2018/07/12/opinion/1531419407_541039.html 

25.18.-LA DEMOCRACIA ESTADOUNIDENSE EN LA CORNISA – Joseph E. Stiglitz

MARAVILLAS DELGADO

El centro ya no puede sostenerse. Después de la elección del presidente norteamericano, Donald Trump, en noviembre de 2016, millones de norteamericanos y otros en todo el mundo encontraron consuelo en la idea de que las instituciones fuertes y la Constitución de Estados Unidos protegerían a la democracia norteamericana de sus depredaciones. Pero los hechos de los últimos días sugieren que los amortiguadores institucionales de Estados Unidos no son tan robustos como se los anuncia. Dentro del Partido Republicano, que controla las tres ramas de gobierno de Estados Unidos, el canto de sirena de la política tribal está acallando cualquier resto de fidelidad a las tradiciones constitucionales de Estados Unidos.

13 jul 2018.- El caso más claro de decadencia institucional se puede encontrar en la Corte Suprema de Estados Unidos. En el lapso de apenas unos días, la Corte ha emitido cuatro fallos divisivos que parecen haber sido diseñados para afianzar al trumpismo iliberal en los próximos años. Para peor, el miércoles, el juez Anthony M. Kennedy, el votante oscilante de larga data de la Corte, anunció su retiro, abriendo el camino para que Trump nombre a otro juez seleccionado a dedo por la Sociedad Federalista de derecha.

Los fallos de la Corte en este mandato no hicieron más que confirmar la opinión generalizada de que ya no actúa como un árbitro sabio e imparcial de las inevitables disputas que surgen en cualquier sociedad. Más bien, se ha convertido, simplemente, en otro instrumento para promover una agenda de extrema derecha, que ha sometido a Estados Unidos a un régimen de la minoría.

Recordemos que, en la elección de 2016, Trump recibió tres millones de votos menos que Hillary Clinton, y los republicanos retuvieron el Senado, aunque los candidatos republicanos recibieron menos votos en general que los candidatos demócratas. De la misma manera, en la Cámara de Representantes de Estados Unidos, los republicanos ganaron una mayoría mucho mayor que su porcentaje real del voto total, debido a una manipulación partidario después del censo de 2010. En 2000, la Corte Suprema entregó la presidencia a George W. Bush que, al igual que Trump, obtuvo menos votos que su oponente. Ahora ha permitido la manipulación de los republicanos, así como la legislación republicana que ha suprimido la votación entre grupos con más probabilidades de votar por los demócratas.

De, por y para las corporaciones

La primera decisión atroz de la Corte esta semana se produjo el lunes, en el caso de Ohio contra American Express. En una decisión de 5 a 4, la Corte ratificó los contratos anticompetitivos que American Express les impone a los comerciantes que aceptan pagos con tarjetas de crédito AmEx. Como señalé en un escrito ante la Corte, los argumentos de American Express en defensa de sus prácticas anticompetitivas fueron totalmente engañosos.

La decisión, redactada por el integrante más predeciblemente de derecha de la Corte, Clarence Thomas, delató una profunda incomprensión de la economía, y reflejó una postura pro-empresarial rígidamente ideológica. En resumen, los fallos representan una victoria mayoritaria para el poder monopólico. Las grandes corporaciones que llevan a cabo prácticas anticompetitivas similares ahora podrán afianzar aún más su dominio de mercado, distorsionando la economía y aumentando los niveles de desigualdad ya claramente altos de Estados Unidos.

Igualmente perverso fue el fallo de la Corte en Janus contra Federación Estadounidense de Empleados Estatales, Condales y Municipales. En otra decisión de 5 a 4, la Corte prohibió que los contratos laborales del sector público exijan que los trabajadores del gobierno hagan aportes a los sindicatos que están negociando en su nombre. En un país que ya padece un enorme desequilibrio entre empleadores y trabajadores, la Corte ha inclinado la balanza aún más a favor de los primeros. Los trabajadores egoístas ahora podrán aprovecharse de los esfuerzos de sus colegas para negociar mejores condiciones de trabajo y un salario más alto. Y, con una cantidad suficiente de estos trabajadores, los sindicatos estarán aún más debilitados por la falta de fondos.

El objetivo de los sindicatos es tomar posturas políticas que defiendan los intereses de los trabajadores. Y para garantizar que las posturas políticas que toman reflejen las opiniones de una mayoría de los trabajadores, los sindicatos realizan elecciones democráticas. Los cinco jueces conservadores que endosaron la opinión, sin embargo, ofrecieron el penoso argumento de que obligar a los trabajadores a pagar para respaldar opiniones con las que no están de acuerdo es una violación de sus derechos de libre expresión garantizados por la Primera Enmienda.

Vale la pena recordar que en el caso Ciudadanos Unidos contra Comisión de Elecciones Federales (2010), la Corte decidió que la Primera Enmienda permite que las empresas hagan aportes ilimitados a las campañas políticas. De manera que, a los ojos de los conservadores de la Corte, las corporaciones pueden respaldar opiniones que van en contra de una mayoría de sus accionistas y trabajadores –que no tenían voz en el tema-, pero los sindicatos no pueden expresar opiniones que son resistidas inclusive por un solo pagador de aportes.

“Justicia” de guerra cultural

Los conservadores de la Corte ofrecieron otra lectura perversa de la Primera Enmienda en Instituto Nacional de Defensores de la Vida y la Familia contra Becerra. En otra decisión partidaria de 5 a 4, dictaminaron que un estado no puede obligar a un centro autorizado de salud reproductiva a informar a los pacientes sobre la disponibilidad de opciones de aborto. Según esta visión, la libertad de expresión incluye la libertad de no decir ciertas cosas, aún si uno pretende ser un proveedor legítimo de atención médica.

Según esta visión extremista, los fabricantes de cigarrillos no tienen que informar que fumar es malo para la salud, y los bancos no tienen por qué revelar el pleno alcance de sus cargos. En éstas y otras situaciones en el pasado, la Corte encontró un equilibrio entre la libre expresión y otros derechos igualmente importantes. Pero en el caso de esta semana, no hubo equilibrio de ningún tipo. La razón es simple: la Corte, como una herramienta de la derecha extremista, está fomentando una campaña republicana contra el derecho de una mujer a tomar decisiones informadas que conciernen a su propia salud.

Durante años, los republicanos a nivel estatal han implementado medidas para que a las mujeres les resulte más difícil hacerse un aborto –o inclusive informarse sobre el tema, y estas políticas han demostrado ser particularmente perjudiciales para los pobres-. Pero ahora que Kennedy se está retirando, el propio derecho al aborto, reconocido en el caso histórico de Roe contra Wade (1973), estará en el punto de mira de los conservadores. Si es revocado, los estados controlados por los republicanos en todo el país de pronto tendrán el poder de negarles a las mujeres el derecho de larga data a la privacidad y al control sobre sus cuerpos de la Decimocuarta Enmienda.

La cuarta decisión alarmante esta semana se produjo en el caso Trump contra Hawai, en el que la mayoría conservadora de la Corte defendió la orden ejecutiva de Trump de prohibir la entrada a los viajeros provenientes de una cantidad de países predominantemente musulmanes. La Corte dictaminó que Trump no abusó de su autoridad para controlar la inmigración en aras de la seguridad nacional. Sin embargo, como ha indicado el propio Trump en muchas ocasiones, proteger la seguridad nacional no era en verdad su intención cuando diseñó la prohibición. Como dejó en claro la jueza asociada Sonia Sotomayor en su virulento disenso, los propios tuits incendiarios de Trump demuestran que su verdadero objetivo era mantener a los musulmanes fuera de Estados Unidos.

Sin duda, la Corte estaba revisando la tercera revisión de la prohibición de viaje de Trump, que había sido ampliada más allá de los musulmanes para incluir prohibiciones contra los norcoreanos y los venezolanos. Pero los cambios de la administración estaban destinados, obviamente, a ocultar los verdaderos motivos de Trump. El argumento de la administración de que hace falta una prohibición porque es demasiado difícil investigar a las personas provenientes de estos dos países es risible. Los norcoreanos, en particular, han sido investigados con peine de diente fino durante décadas, dado que nunca hubo un acuerdo de paz que pusiera fin formalmente a la Guerra de Corea de 1950-1953.

Y, por supuesto, si el objetivo de Trump es proteger la seguridad nacional, uno se pregunta por qué Arabia Saudita –cuyos ciudadanos fueron responsables de los atentados del 11 de septiembre de 2001- no figura en la lista. La respuesta es obvia: Trump quiere mantener la lucrativa relación de él y su familia con las autoridades del reino.

Ahora bien, si se lleva la perspectiva de la Corte a su conclusión lógica, Trump simplemente puede defender cualquier acción intolerable que adopte con el dudoso argumento de la “seguridad nacional” –la coartada adorada por todas las dictaduras fascistas-. Los conservadores de la Corte han señalado que harán la vista gorda ante las políticas motivadas por un ánimo racial o religioso. Y, supuestamente, no tendrían problema en respaldar la guerra comercial de Trump, que también ha lanzado en nombre de la seguridad nacional.

Tiranía de la minoría

Las cuatro principales decisiones pronunciadas por la Corte Suprema en este mandato son perturbadoras, cada una a su manera. Estados Unidos ya tiene el mayor nivel de desigualdad entre los países avanzados, y la Corte ahora ha empoderado a los monopolios y a las empresas, despojando al mismo tiempo a los sindicatos del poder para alcanzar negociaciones colectivas que beneficien a la clase trabajadora y a la clase media.

Pero, más allá de esto, la manera en que la Corte llegó a estas cuatro decisiones ha lanzado una nueva guerra política. Desde la fundación de Estados Unidos, los sucesivos gobiernos se han esforzado por redactar normas que sirvan de guía para alejar a su país del extremismo. Al acatar la sabiduría de los fundadores de Estados Unidos, la mayoría de los líderes norteamericanos han entendido los riesgos que plantean los partidos gobernantes que abusan de su poder, llevando a la instauración de un conjunto de procesos e instituciones destinados a impedir los decretos mayoritarios. Por ejemplo, en el Senado de Estados Unidos, la regla de filibusterismo fija un piso de 60 votos para sancionar una legislación importante, precisamente para que el partido mayoritario no pueda pisotear a la minoría.

Pero luego los republicanos empezaron a ignorar estas normas. La Constitución de Estados Unidos exige que el Senado ofrezca “asesoramiento y consentimiento” sobre los nombramientos presidenciales, y durante mucho tiempo la norma había sido que sólo debían rechazarse los candidatos verdaderamente no calificados. Pero durante la presidencia de Barack Obama, los republicanos del Senado utilizaron el filibusterismo desenfrenadamente para bloquear a los candidatos con quienes no estaban de acuerdo en cuestiones como el aborto. En tanto las vacantes de la rama ejecutiva comenzaron a apilarse, los demócratas del Senado, que entonces eran mayoría, no tuvieron otra alternativa que poner fin a la regla de filibusterismo para las nominaciones presidenciales. Inclusive en ese momento, los peligros de esta medida eran claros. Un presidente extremista, respaldado por un Senado obediente, podía nombrar prácticamente a cualquiera para cualquier posición.

Hoy, estamos presenciando lo que sucede cuando el sistema de controles y equilibrios se rompe en pedazos. Después de recuperar el Senado en 2014, los republicanos se negaron inclusive a considerar al candidato centrista altamente calificado de Obama para la Corte Suprema, Merrick B. Garland. Y, el año pasado, después de que su obstruccionismo rindiera sus frutos con la victoria de Trump, los republicanos terminaron el filibusterismo para las nominaciones de la Corte Suprema, para confirmar al elegido de Trump, Neil M. Gorsuch, para suceder a Antonin Scalia (quien, para ese entonces, ya hacía 14 meses que había muerto). Ahora que el retiro del juez Kennedy ha abierto otra vacante en el tribunal, Trump podrá mantener la Corte llena durante por lo menos una generación. Después que eso suceda, muy probablemente nos encontremos en una situación en la que una mayoría de norteamericanos no tenga ningún tipo de confianza en la Corte –para no hablar de las otras ramas de gobierno.

La extinción de la luz

La Constitución de Estados Unidos establece que los jueces de la Corte Suprema “deben permanecer en sus Cargos mientras conserven un buen Comportamiento”, lo que implica un mandato de por vida. Pero, en 1789, la gente no vivía tanto como hoy. Y entonces, con el transcurso de los años, los republicanos han engañado al sistema nombrando jueces jóvenes, algunas veces con calificaciones dudosas, en un intento por llenar las cortes federales. El hecho de que los demócratas no hayan intentado hacer lo mismo sugiere que ellos, al menos, se toman en serio la responsabilidad de encontrar a los candidatos más calificados.

En vista de las decisiones que la Corte ha legado esta temporada, hoy resulta obvio que Estados Unidos necesita una enmienda constitucional para fijar límites para los mandatos de los jueces. No será fácil. Pero es imperativo restablecer la legitimidad de la Corte como un árbitro justo.

La única alternativa es ampliar el tamaño de la Corte, lo que no requiere una enmienda constitucional. Eso es lo que intentó hacer el ex presidente Franklin D. Roosevelt y no pudo cuando una Corte muy dividida amenazó con obstruir sus reformas al New Deal. Pero romper la “norma” de nueves jueces plantea sus propios riesgos, porque una vez que se ha traspasado ese umbral, el Partido Republicano extremista contará con una herramienta más para llenar la Corte.

Otra lección importante que debe trazarse a partir del mandato recién terminado de la Corte Suprema es que el estado de derecho, muchas veces considerado la columna vertebral de la sociedad norteamericana y su economía política, quizá no esté ni cerca de ser tan robusto como muchos imaginan. La “ley”, después de todo, puede ser usada, y de hecho así sucedió, por los poderosos para oprimir a los débiles. Y, como estamos viendo hoy, también puede ser utilizada por una minoría para ponerle el pie en la garganta a la mayoría.

Inclusive si Fox News y otras formas de propaganda de derecha persuadieran a una estrecha mayoría de norteamericanos de respaldar los argumentos ofrecidos por los conservadores de la Corte, sus decisiones recientes serían cuestionables. Y, sin embargo, todas tendrán implicancias de amplio alcance. Como observó correctamente Jedediah Purdy, profesor de leyes de la Universidad Duke, forman “parte de un arco histórico más largo: el desmantelamiento del legado legal del New Deal y la creación de la ley para una nueva Era Dorada”. En otras palabras, la Corte está cambiando constantemente la reglas del juego de maneras que alterarán la naturaleza de la sociedad norteamericana para peor.

Trump está llevando a Estados Unidos por el camino del racismo, la misoginia, el nativismo, el prejuicio y el proteccionismo, implementando a la vez políticas económicas que benefician a unos pocos a expensas de la abrumadora mayoría. Él y sus lacayos republicanos están minando el sistema de controles y equilibrios de Estados Unidos, así como sus instituciones que buscan la verdad, desde universidades e instituciones de investigación hasta los medios y las agencias de inteligencia.

Se supone que el sistema judicial ofrece un control cuando los otros no pueden hacerlo. Ahora que la Corte Suprema ha echado su suerte con Trump, la democracia estadounidense está verdaderamente en peligro.

Joseph E. Stiglitz fue el ganador del Premio Nobel en Ciencias Económicas en 2001. Su libro más reciente es Globalization and its Discontents Revisited: Anti-Globalization in the Era of Trump.

 Copyright: Project Syndicate, 2018.
www.project-syndicate.org https://elpais.com/economia/2018/07/11/actualidad/1531311929_502058.html

25.18.-PARA TRUMP, EL FRACASO ES LA ÚNICA OPCIÓN  Paul Krugman

Así pues, Donald Trump fue a la cumbre de la OTAN, insultó a nuestros aliados, y luego les planteó la absurda exigencia no solo de que aumentasen su gasto de defensa —cosa que deberían hacer— sino que lo aumentasen hasta el 4% del PIB, muy por encima del desmesurado gasto militar en su propio presupuesto. Acto seguido afirmó, falsamente, que había obtenido importantes concesiones, y declaró cortésmente que “en este momento no era necesario” plantearse abandonar la alianza.

13 jul 2018.- ¿Había algo que nuestros aliados podrían haber hecho para apaciguarlo? Sin duda, la respuesta es que no. Para Trump, el perturbar a la OTAN no parece que sea un medio para conseguir un fin; es un fin en sí mismo. ¿Les resulta familiar todo esto? Es básicamente lo mismo que la historia de la escalada de la guerra comercial. Aunque Trump despotrica de las injustas prácticas comerciales de otros países —una queja que tiene algo de validez en el caso de China, aunque prácticamente ninguna en el de Canadá o la UE— no ha hecho ninguna petición coherente. Es decir, no ha dado ninguna indicación de lo que cualquiera de los países afectados por sus aranceles podría hacer para satisfacerle, lo que no les deja más opción que la de tomar represalias.

Para el presidente de EE UU, perturbar la OTAN no es un medio para conseguir algo, es un fin en sí mismo

De modo que no actúa como alguien que amenace con una guerra comercial para lograr concesiones; actúa como alguien que solo quiere una guerra comercial. Como era de esperar, amenaza supuestamente con marcharse de la Organización Mundial del Comercio (OMC), de la misma manera que insinúa que EE UU podría abandonar la OTAN.

Es más de lo mismo. Sea cual sea la afirmación que haga Trump sobre el mal comportamiento de otros países y sea cual sea la exigencia que plantee un día concreto, las hace con una mala fe manifiesta. El señor ‘artista de los acuerdos’ no quiere ningún acuerdo. Lo único que quiere es echar abajo las cosas.

Todas las instituciones que Trump intenta destruir se crearon bajo el liderazgo estadounidense en el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial. Fueron años de una habilidad política épica —los años del bloqueo de Berlín y del Plan Marshall— en los que EE UU demostró su verdadera grandeza. Porque después de haber ganado la guerra, optó por no comportarse como un conquistador y sentar en cambio las bases de una paz duradera. Por tanto, el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio firmado en 1947 —en una época de un abrumador dominio económico estadounidense— no pretendía otorgar una posición privilegiada a los productos estadounidenses, sino crear las reglas del juego para fomentar la prosperidad en todo el mundo. Del mismo modo, la OTAN, creada en 1949 , no pretendía asegurar la hegemonía estadounidense, sino que creó un sistema de responsabilidad mutua que animaba a los aliados de EE UU, y también a los enemigos derrotados, a considerarse iguales a él a la hora de preservar la seguridad mutua.

Los inversores creen que el mandatario fanfarronea y no se lo toman en serio. Cuando lo hagan puede ser tarde

Una manera de decirlo es que EE UU intentó crear un sistema internacional que reflejase sus propios ideales, que sometiese a los países poderosos al imperio de la ley, y que, al mismo tiempo, protegiese a los países más débiles de los hostigadores. Los países pequeños pueden ganar, y ganan, casos de la OMC contra países grandes; los miembros pequeños de la OTAN reciben las mismas garantías de seguridad incondicionales que las potencias.

Y lo que Trump intenta hacer es socavar ese sistema haciendo que el hostigamiento sea grande otra vez. ¿Qué motivos le empujan a hacerlo? Parte de la respuesta es que cualquier cosa que debilite a la alianza occidental ayuda a Vladímir Putin; si Trump no es literalmente un agente ruso, desde luego se comporta como uno cada vez que tiene ocasión. Más allá de eso, es evidente que al presidente estadounidense no le gusta nada que huela a sistema de derecho aplicable a todos, los débiles y los fuertes, por igual. En EE UU, perdona a fanáticos criminales y separa a niños de sus padres. En las relaciones internacionales, alaba a los déspotas brutales y no escatima críticas a los líderes democráticos.

Por eso es lógico que odie las instituciones creadas por una generación de hombres de Estado estadounidenses infinitamente más inteligentes, que entendían que a EE UU le convenía utilizar su poder con respeto y moderación, y someterse a las normas a fin de ganarse la confianza del mundo. Puede quejarse de que otros países hacen trampas y se aprovechan de EE UU, de que imponen aranceles injustos o no pagan su parte correspondiente de los costes de defensa. Pero, como he dicho, son afirmaciones hechas con mala fe, porque son excusas, no quejas reales. No quiere arreglar estas instituciones, quiere destruirlas.

¿Habrá algo que frene los instintos destructivos de Trump? Se podría haber pensado que el Congreso establecería algunas limitaciones y que al menos quedaría algún legislador republicano responsable y patriótico. Pero no quedan. O también se podría haber pensado que las grandes empresas, que están muy involucradas, literalmente, en el orden mundial actual protestarían de manera eficaz. Hasta el momento, sin embargo, han sido totalmente inefectivas. Y aunque los rumores de una guerra comercial provoquen a veces turbulencias en el mercado bursátil, los inversores, que yo sepa, no se lo están tomando en serio: creen que Trump fanfarroneará y tuiteará durante un tiempo y que luego aceptará algunos cambios políticos superficiales y dirá que es una victoria.

Pero ese tipo de resultado benigno parece cada vez más improbable, porque Trump no aceptará un sí por respuesta. No quiere que las negociaciones de EE UU con sus aliados y sus socios comerciales lleguen a buen puerto, sino que quiere que fracasen. Y cuando todo el mundo se dé cuenta de esto, puede que el daño sea irreversible.

Paul Krugman es Nobel de Economía © The New York Times Company, 2018 Traducción de News Clips. https://elpais.com/economia/2018/07/13/actualidad/1531490639_797387.html

25.18.-La batalla de los tiempos – Salomón Kalmanovitz

En Estados Unidos el gobierno minoritario de Trump está terminando de establecer una dictadura al empacar la Corte Suprema de Justicia de magistrados de derecha. El Partido Republicano lleva varios lustros rediseñando los distritos de votación y haciendo caso omiso de las mayorías demócratas que han ganado el voto popular en las presidenciales para perderlo en el Colegio Electoral, donde predominan los estados rurales, más atrasados y reaccionarios. Igual sucede con el poder legislativo.

15 jul 2018.-  Los republicanos han jugado con la extrema derecha por muchos años hasta que los asaltó el señor Trump con sus huestes de racistas y nazis, haciéndose a la posición más poderosa del mundo que abusa de forma incompetente. Desde allí viene destruyendo las bases del orden internacional erigido al final de la Segunda Guerra Mundial que permitió un mundo próspero y en relativa paz por 70 años. Esas bases son la Comunidad Europea y su alianza militar OTAN que las defendieron del embate del socialismo real y ahora del imperialismo de Putin; en lo económico fue la Organización Mundial del Comercio que promueve el desarrollo de los países con reglas aceptadas por todos. Una característica en común de los dictadores es el irrespeto por el Estado de derecho, algo en lo que destaca Trump al debilitarlo sistemáticamente, convirtiendo la Presidencia en una filial de sus negocios.

Se está cocinando una nueva alianza de Trump, Putin y otros dictadores afines (Erdogan, Duterte, la extrema derecha inglesa, italiana, polaca y húngara) para socavar la comunidad de naciones, obstruir los flujos comerciales que han permitido el surgimiento de China, el sureste asiático, México y Canadá, de la misma Europa y amenaza incluso a las corporaciones norteamericanas que viven de la división internacional del trabajo. La nueva reacción introduce también barreras a los flujos migratorios, respondiendo a la paranoia racista, en detrimento los más oprimidos del mundo.

Es también el triunfo de la barbarie que se forja en las entrañas de la sociedad norteamericana a partir de su supuesto excepcionalismo (always great) y el resentimiento producido entre sus trabajadores por las políticas dominantes a favor de los ricos, sin reconocer a los responsables. En el trasfondo están también los cambios tecnológicos y los causados por la globalización que han empobrecido a una parte de la población, pero han enriquecido a buena parte del mundo. Recuérdese que el auge de los precios de las materias primas que ha beneficiado a la América Latina surgió del crecimiento sistemático de la China que Trump pretende abortar.

Trump fue el candidato favorecido por la Rusia de Putin y se siente más identificado con su régimen autoritario que con la Europa democrática que mantiene su Estado de bienestar. Él y los republicanos están socavando las pocas políticas sociales que subsisten en la sociedad norteamericana, como el seguro de salud y la protección de los derechos de la mujer.

Se viene desgranando la batalla de los tiempos en la que el viejo orden internacional está siendo subvertido. Va a ser remplazado por un mundo caótico en el cual primarán los intereses estrechos de cada país, listos a destrozar a dentelladas al vecino, poniendo en riesgo a los regímenes progresistas que quedan. Es el momento de los nacionalistas rabiosos que desconocen el sistema de ley internacional y se alistan para la guerra, sin nada que ganar.

https://www.elespectador.com/opinion/la-batalla-de-los-tiempos-columna-800351

24.18.-TRUMP APRETARÁ EL GATILLO EN GUERRA DE ARANCELES A LA MEDIANOCHE – Bloomberg.

El presidente Donald Trump se prepara para imponer aranceles a los productos chinos justo después de la medianoche del viernes, el primer disparo en una guerra comercial entre las dos mayores economías del mundo. 

Puerto del sur de Luisiana, Estados Unidos.

Los aranceles a US$34.000 millones en productos chinos entrarán en vigencia a las 12:01 a.m. en Washington, confirmó en un correo electrónico el representante comercial de Estados Unidos. El hito marca una nueva y perjudicial fase en un conflicto que ha sacudido a los mercados y ensombrecido las perspectivas de crecimiento global.

5 Jul 2018.- En Pekín, los legisladores se preparan para lo que podría ser una batalla de larga duración, una en la que dicen no serán los agresores. Pekín ha dicho que los aranceles de represalia sobre productos estadounidenses, que van desde la soja hasta la carne de cerdo, entrarán en vigencia inmediatamente después de que EE.UU. actúe.

Ante las amenazas de más gravámenes de represalia entre EE.UU. y China, algunos inversores temen que esta semana marque el inicio de una guerra comercial que se extienda a nivel mundial. Trump ya ha impuesto aranceles al acero, el aluminio, los paneles solares y las máquinas lavadoras importadas.

Los inminentes aranceles también han afectado a los mercados, lo que ha llevado a los funcionarios de los bancos centrales a tranquilizar a los inversores. La Unión Europea ha adoptado una postura firme de cara a la escalada, y el gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, señaló que el aumento del proteccionismo afectará los flujos de comercio e incrementará los costos de importación.

A continuación, presentamos un resumen de los hechos clave sobre la posición de China en el conflicto:

¿Qué bienes se verán afectados?

El 15 de junio, Trump dijo que EE.UU. comenzará a aplicar aranceles adicionales del 25 por ciento a las importaciones chinas por valor de US$50.000 millones en respuesta a lo que afirma es un robo de propiedad intelectual estadounidense. Eso se divide en dos rondas: US$34.000 millones el viernes y US$16.000 millones posteriormente.

China ha dicho que responderá con «igual escala, igual intensidad».

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¿Cómo se implementarán los aranceles?

Los servicios aduaneros de EE.UU. y China serán responsables de cobrar los nuevos aranceles cuando las importaciones pasen por el puerto de entrada. Cuando los productos incluidos en la lista de gravámenes adicionales son declarados en la aduana, el importador pagará los impuestos adicionales.

¿Están listos los mercados?

Las acciones chinas han sido golpeadas en las últimas semanas, ingresando a un mercado bajista, dado que las preocupaciones sobre la guerra comercial se han mezclado con la inquietud de cómo la campaña actual de control de deuda se reflejará en las perspectivas de crecimiento económico.

El jefe del partido del Banco Popular de China, Guo Shuqing, intentó calmar a los mercados, diciendo que los riesgos del mercado de bonos son controlables y que la economía es capaz de soportar los impactos de las fricciones comerciales. Los indicadores fundamentales económicos significan que una fuerte depreciación del yuan es poco probable, dijo en una entrevista con Financial News.

El presidente de la Reserva Federal de EE.UU., Jerome Powell, dijo el 20 de junio que los funcionarios están empezando a escuchar que las empresas están posponiendo la inversión y la contratación debido a la incertidumbre sobre lo que vendrá después. «Los cambios en la política comercial podrían hacer que tengamos que cuestionar las perspectivas», dijo durante un panel en Portugal.

Las acciones de EE.UU. se han tambaleado por las fricciones comerciales, pero el índice S&P 500 se mantiene prácticamente nivelado desde el comienzo del año.

¿Cuál puede ser el impacto en el mundo real?

Los aranceles ya están teniendo un efecto. A modo de ejemplo, las empresas chinas están revendiendo soja estadounidense y se espera que las empresas chinas cancelen la mayoría de los pedidos de soja restantes que se han comprometido a comprar a EE.UU. en el año que finaliza el 31 de agosto, una vez que entren en vigencia los gravámenes adicionales.

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Algunos negocios estadounidenses se preparan para el impacto. Los fabricantes y grupos empresariales de EE.UU. han dicho que los aranceles podrían aumentar sus costos y traducirse en aumentos de precios para los consumidores.

https://www.elespectador.com/economia/trump-apretara-el-gatillo-en-guerra-de-aranceles-la-medianoche-articulo-798468

24.18.- “EN EE UU HABRÁ MÁS MEDIDAS PROTECCIONISTAS Y TENSIÓN COMERCIAL” – Alicia González

Entrevista a Michael Gapen | economista para EE UU de BarclaysEl economista asegura que la desigualdad de ingresos ha aumentado con las políticas de Trump 

Michael Gapen, economista de Barclays responsable de Estados Unidos, en Madrid.INMA FLORES

Buena parte del trabajo que Michael Gapen (Naperville, Illinois, 1969) tiene estos días consiste en tratar de explicar a sus clientes la lógica que se esconde detrás de la política y la retórica del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Y demuestra haber estudiado bien la trayectoria de Trump, sus mensajes y el razonamiento que esconden sus decisiones, aunque a lo largo de la conversación puntualiza varias veces: “No es lo que yo creo solo, es lo que él dice”. Porque hay cosas que para un economista forjado en organismos internacionales y la Reserva Federal de Estados Unidos no debe resultar nada fácil de explicar.

Trump amenaza con un arancel de hasta el 25% sobre la importación de automóviles

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Pregunta. En este momento no hay nada más sorprendente que la guerra comercial en la que se ha embarcado EE UU.

Respuesta. No para nosotros, porque forma parte del ADN de Trump desde los años ochenta. A diferencia de otros presidentes, Trump no vincula las relaciones comerciales a otras cuestiones, como la democracia o los derechos humanos, sino que los ve como una pura relación bilateral. Así que era previsible que impulsara políticas proteccionistas, aunque no necesariamente con los socios con los que ha abierto esta brecha. Pero no nos sorprendería que decidiera anunciar la retirada del acuerdo comercial con Canadá y México, aunque no digo que obligatoriamente lo haga; que abra nuevos capítulos proteccionistas con China o meter más presión sobre Europa, y Alemania en especial, con los automóviles. La conclusión sería: habrá más medidas proteccionistas y más tensión comercial.

  1. Sin embargo, los mercados no parecen pesimistas respecto a esa deriva.
  2. Cuando nos preguntan los clientes, yo les digo que lo que están subestimando es el deseo del presidente Trump de cambiar los flujos comerciales. Los mercados estaban básicamente más centrados en las políticas que favorecen el crecimiento, como la rebaja de impuestos o el aumento del gasto en los presupuestos, y poco en las políticas proteccionistas, como los nuevos aranceles o la política migratoria. Y lo cierto es que la rebaja fiscal ofrece un margen tremendo para absorber el coste de las políticas proteccionistas.
  3. ¿No cree que la economía estadounidense se vaya a ver afectada por el giro proteccionista?
  4. El comercio apenas supone un 15% del PIB, y las importaciones suponen el 6% del gasto de los consumidores. Así que es difícil que las restricciones sobre el acero y el aluminio hagan subir la inflación más de una o dos décimas, y tendría un impacto similar a la hora de restar crecimiento [2% en el primer trimestre]. De modo que, salvo que estas políticas se mantengan a lo largo de una década y cambien nuestras alianzas comerciales, no creo que tenga un gran impacto sobre la economía. Sin embargo, el mayor riesgo lo veo a través de una pérdida de la confianza empresarial y de los mercados financieros debido a la incertidumbre que estas políticas generan.
  5. ¿Obligará a la Reserva Federal a cambiar su calendario de subidas de tipos?
  6. Yo creo que la Reserva Federal va a ignorar las presiones inflacionistas derivadas de los aranceles, que es algo más temporal, y se centrará en las procedentes de la actividad. Si las políticas proteccionistas frenan la creación de empleo, la Reserva ralentizará la subida de tipos aunque esté aumentando la inflación.
  7. ¿Cree que el mercado laboral puede verse afectado por la política migratoria de esta Administración?
  8. Es verdad que en estos años la fuerza laboral ha añadido aproximadamente entre un 1% y un 1,5% al crecimiento potencial. Mientras que el crecimiento de la población apenas lo ha hecho un 0,5%, lo que supone que las políticas antimigratorias reducen notablemente el crecimiento potencial de la economía.
  9. EE UU siempre se ha caracterizado por atraer talento, ¿no cree que eso puede frenarse?
  10. De hecho, ya hay evidencias de que eso está pasando. Si miramos qué pasa con las solicitudes de extranjeros para estudiar en universidades estadounidenses, estas ya están bajando, mientras que se está observando un aumento en Canadá.
  11. ¿Se puede decir que la Gran Recesión ha quedado totalmente atrás?
  12. Desde el punto de vista financiero, totalmente. Nos hemos recuperado de las pérdidas. Pero para el hogar medio no ha sido hasta ahora, diez años después, que una mayoría de las familias sienten que su situación financiera es buena. Otra cosa es cómo se ha distribuido la recuperación, y ahí la desigualdad de ingresos ha aumentado con las políticas aplicadas por Trump.

https://elpais.com/economia/2018/07/04/actualidad/1530725474_649367.html

 

23.18.-TRUMP CONTRA LAS MOTOS – Paul Krugman

La reacción exagerada del presidente ante las acciones de Harley-Davidson muestra su debilidad

Harley-Davidson, el famoso fabricante de motos grandes, dio mucho que hablar esta semana cuando anunció que iba a trasladar parte de su producción fuera de Estados Unidos en vista de la escalada en la guerra arancelaria entre Estados Unidos y la Unión Europea. Y Donald Trump dio aún más que hablar cuando arremetió contra una empresa con la que “había sido muy bueno”, acusándola de haberse “rendido” ante Europa. Por eso ha amenazado con castigarla: “Va a tener que pagar más impuestos que nunca”.

29 jun 2018.- Ahora bien, en general (sobre todo, pero no solo, en economía) desconfío de los análisis de noticias basados en gran parte en una anécdota supuestamente reveladora (como, por ejemplo, los análisis basados en conversaciones con seguidores de Trump en cafeterías). Y lo cierto es que, aunque Harley-Davidson pueda ser en cierto modo un icono, no es un actor importante en la economía estadounidense. Al final del año pasado, su división de motocicletas contaba con unos 5.000 trabajadores; eso no es mucho en una economía en la que se contrata a aproximadamente 250.000 personas cada día de trabajo.

No obstante, creo que la historia de Harley es una de esas anécdotas que nos dicen mucho. Es uno de los primeros ejemplos de los incentivos creados por la inminente guerra comercial, que perjudicará a muchas más empresas y trabajadores estadounidenses de lo que Trump o la gente que está a su alrededor parece creer. Es una señal de las reacciones histéricas que podemos esperar del equipo de Trump a medida que empiecen a manifestarse los aspectos negativos de sus políticas, una histeria que los demás países considerarán sin duda una prueba de su debilidad intrínseca.

Y lo que los supuestos expertos de Trump tienen que decir sobre la controversia no hace más que confirmar que nadie en el Gobierno tiene ni la más remota idea de lo que está haciendo.

En lo que respecta a la guerra comercial, hasta ahora solo estamos viendo las primeras escaramuzas, que bien pueden convertirse en algo mucho más importante. No obstante, lo que ya ha ocurrido no es baladí. Estados Unidos ha impuesto significativos aranceles sobre el acero y el aluminio, lo que ha provocado que sus precios nacionales se disparen; nuestros socios comerciales, sobre todo la Unión Europea, han anunciado sus planes de responder con aranceles sobre determinados productos estadounidenses.

Y Harley es una de las empresas que ya están sintiendo la presión: está pagando más por sus materias primas, al tiempo que se enfrenta a la perspectiva de que se apliquen aranceles a las motocicletas que exporta. Dada esa presión, es perfectamente lógico que la empresa traslade parte de su producción al extranjero, a lugares en los que el acero sigue siendo barato y las ventas a Europa no sufran los aranceles.

Por tanto, la decisión de Harley es exactamente lo que esperaríamos ver a raíz de las políticas de Trump y la respuesta extranjera. Pero aunque sea lo que ustedes esperarían ver, y lo que yo esperaría ver, por lo visto no es lo que Trump esperaba ver. Su punto de vista parece ser que, como estuvo codeándose con los ejecutivos de la empresa y concedió a sus accionistas una gran rebaja fiscal, Harley le debe vasallaje personal y no debería responder a los incentivos que sus políticas han creado. Y parece que también piensa que tiene derecho a repartir castigos personales a las empresas que le contrarían. ¿El Estado de derecho? ¿Qué es eso?

Ahora bien, supongo que es posible que Trump consiga efectivamente presionar a Harley-Davidson para que dé marcha atrás en su decisión de trasladar parte de la producción fuera de EE UU. Sin embargo, por el momento, no hay indicios de ello.

Y en cualquier caso, estamos hablando de unos pocos centenares de puestos de trabajo en Estados Unidos de los aproximadamente 10 millones que actualmente dependen de las exportaciones, pero que ahora están en peligro por las políticas de Trump. Por tanto, si estamos hablando de una guerra comercial en serio, estamos hablando de pérdidas de miles de empleos como los de Harley-Davidson. Y ni siquiera Trump puede hacer mella en problemas de esa magnitud a base de tuits enfurecidos.

¿Y qué tienen que decir los economistas de Trump sobre todo esto? Una respuesta es: ¿qué economistas? Apenas queda alguno en el Gobierno. Pero por si sirve de algo, Kevin Hassett, presidente del Consejo de Asesores Económicos, no está repitiendo las tonterías de Trump, sino que está diciendo tonterías totalmente diferentes. En vez de condenar la decisión de Harley, declara que es irrelevante teniendo en cuenta la “enorme cantidad de actividad que vuelve a casa” gracias a los recortes fiscales a las empresas.

Y estaría bien si fuese cierto. Pero en realidad no estamos viendo que una gran cantidad de “actividad vuelva a casa”; estamos viendo maniobras contables que transfieren fondos propios de filiales en el extranjero a la empresa nacional, pero que en general no generan “ninguna actividad económica real”.

Por tanto, el incidente de Harley pone de manifiesto el desconocimiento generalizado que subyace tras la política económica característica de este Gobierno. Pero también pone de manifiesto algo más: la profunda debilidad en el entorno de Trump.

Piensen en ello. Imagínense que son Xi Jinping, el presidente chino, que ya ha dicho a los dirigentes de las empresas multinacionales que tiene intención de “devolver los puñetazos” frente a los aranceles de Trump. ¿Cómo se sienten viendo a Trump quejarse por la posible pérdida de unos centenares de puestos de trabajo ante las represalias europeas? El espectáculo seguramente les mueve a adoptar una línea dura: si un pinchacito tan pequeño molesta tanto a Trump, es muy probable que pierda la serenidad ante un enfrentamiento real.

Por eso la historia de Harley, aunque es cuantitativamente pequeña, nos puede decir mucho sobre lo que se avecina. Y nada de lo que nos dice es bueno.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times Company, 2018. Traducción de News Clips. https://elpais.com/economia/2018/06/29/actualidad/1530278970_721667.html

 

22.18.-EL REGRESO DE LA CALUMNIA DE SANGRE – Paul Krugman

El tratamiento de Trump hacia los latinoamericanos recuerda a los peores tiempos del antisemitismo

Niños en la frontera entre México y Estados Unidos. JOSÉ LUIS GONZÁLEZ REUTERS

El declive moral de Estados Unidos con Donald Trump es vertiginoso. En solo unos meses,hemos pasado de ser un país que representaba «la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad» a ser un país que separa a los niños de sus padres y los mete en jaulas.

22 jun 2018.-  Lo que resulta igual de sorprendente de esta decadencia hacia la barbarie es que no es una respuesta a ningún problema real. La afluencia masiva de asesinos y de violadores de la que habla Trump, la oleada de delitos cometidos por los inmigrantes en Estados Unidos (y, en su cabeza, por los refugiados en Alemania), son cosas que simplemente no están sucediendo. Son solo fantasías enfermizas utilizadas para justificar atrocidades reales. ¿Y saben a qué me recuerda esto? A la historia del antisemitismo, un relato de prejuicios alimentados por mitos y engaños que terminó en un genocidio.

Vamos a hablar primero de la inmigración estadounidense moderna y de cómo se puede comparar con esas fantasías enfermizas. Existe un debate muy técnico entre los economistas sobre si los inmigrantes con un bajo nivel educativo ejercen un efecto negativo sobre los salarios de los trabajadores nacidos en el país y con similar nivel de formación (la mayoría de los investigadores opinan que no, pero hay algunas discrepancias). Sin embargo, este debate no influye en las políticas de Trump.

Lo que reflejan más bien estas políticas es una imagen de la “carnicería estadounidense”, de grandes ciudades invadidas por inmigrantes violentos. Y esta imagen no guarda ninguna relación con la realidad. Para empezar, a pesar de un pequeño repunte desde 2014, los delitos violentos en EE UU se encuentran en unos mínimos históricos y la tasa de homicidios es la misma que a principios de la década de 1960. (Los delitos en Alemania también están en mínimos históricos, por cierto). La carnicería de Trump es un producto de su imaginación.

Si miramos el conjunto de EE UU, es verdad que existe una correlación entre los delitos violentos y el predominio de inmigrantes indocumentados: una correlación negativa. Es decir, los lugares con muchos inmigrantes, legales e indocumentados, suelen tener unos índices de criminalidad excepcionalmente bajos. El mejor ejemplo de esta historia de la carnicería inexistente es la ciudad más grande de todas, Nueva York, en la que más de un tercio de la población ha nacido en el extranjero —incluyendo aproximadamente a medio millón de inmigrantes indocumentados— y la delincuencia ha caído a niveles que no se registraban desde la década de 1950.

Y esto, en realidad, no debería resultar sorprendente porque los datos de las condenas a delincuentes muestran que es mucho menos probable que los inmigrantes, tanto legales como indocumentados, cometan delitos que los que han nacido en el país. Por tanto, el Gobierno de Trump ha aterrorizado a familias y a niños haciendo caso omiso de todas las normas de decencia humana para responder a una crisis que ni siquiera existe.

¿De dónde proceden este temor y este odio hacia los inmigrantes? En gran parte parece ser un temor hacia lo desconocido: da la sensación de que los Estados más contrarios a los inmigrantes son lugares, como Virginia Occidental, donde apenas se ven. Pero el odio virulento hacia los inmigrantes no solo existe entre los palurdos rurales. Naturalmente, el propio Trump es un neoyorquino adinerado, y una gran parte de la financiación para los grupos antiinmigrantes proviene de fundaciones controladas por multimillonarios de derechas.

¿Por qué acaban odiando a los inmigrantes personas que tienen dinero y éxito? A veces pienso en Lou Dobbs, un comentarista de televisión que me caía bien y al que conocí a principios de la década de 2000, pero que se ha convertido en un fanático anti-inmigracionista (y en confidente de Trump) y que actualmente advierte de la existencia de un complot de “los Illuminati de la calle K [donde tienen su sede la mayoría de grupos de presión de Washington]” a favor de los inmigrantes.

No sé qué mueve a estas personas, pero esta película ya la hemos visto antes, en la historia del antisemitismo. Lo que ocurre con el antisemitismo es que nunca tuvo que ver con algo que hiciesen los judíos. Siempre estuvo relacionado con mitos espeluznantes, basados a menudo en invenciones deliberadas que se difundían sistemáticamente para generar odio.

Por ejemplo, la gente repitió durante décadas la «calumnia de sangre”, la afirmación de que los judíos sacrificaban bebés cristianos como parte del ritual de la Pascua judía. Y a principios del siglo XX, se difundieron ampliamente Los protocolos de los sabios de Sión, un supuesto plan para que los judíos dominasen el mundo que probablemente fuera fraguado por la policía secreta rusa. (La historia se repite, la primera vez como una tragedia y la segunda vez como una tragedia mayor).

Este documento falso se difundió ampliamente en EE UU gracias nada menos que al mismísimo Henry Ford, un virulento antisemita que supervisó la publicación y distribución de medio millón de ejemplares de una traducción en inglés, El judío internacional. Ford se disculpó más tarde por haber publicado una falsificación, pero el daño ya estaba hecho.

Insisto, ¿por qué alguien como Ford – que no solo era rico, sino que también era uno de los hombres más admirados de su época – emprendió esta senda? No lo sé, pero es evidente que estas cosas ocurren.

En cualquier caso, lo importante es entender que las atrocidades que está cometiendo nuestro país en la frontera no son una reacción exagerada o una respuesta mal ejecutada ante algún problema real que haya que resolver. No hay ninguna crisis de inmigración y no hay ninguna crisis de delincuencia de los inmigrantes.

No, la verdadera crisis es el aumento del odio, un odio irracional que no guarda ninguna relación con nada de lo que hayan hecho las víctimas. Y cualquiera que justifique ese odio – que intente, por ejemplo, convertirlo en una historia con “dos lados” – en realidad es un defensor de los crímenes contra la humanidad.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía.

© The New York Times Company, 2018.

Traducción de News Clips.

https://elpais.com/economia/2018/06/22/actualidad/1529667353_901299.html

22.18.-LOS NIÑOS ENJAULADOS DE TRUMP María A. García

El gran territorio que antaño pertenecía a México, es más grande que Colombia -1´350.000 kilómetros cuadrados- y simboliza la riqueza usurpada al vecino del sur. Pero, en lugar de intentar saldar esa deuda histórica, Estados Unidos cierra los ojos frente a la tragedia humanitaria que se desarrolla en la parte sur del continente Americano y contribuye al desastre escudado en su derecho a proteger esa reciente frontera.

 

Un niño y su padre de Honduras son arrestados por la Patrulla Fronteriza de EE.UU. en la frontera con México. Foto: AFP

Un llanto sin consuelo. La voz de niños inmigrantes encerrados en jaulas, separados de sus padres, muy probablemente para siempre. Un presidente culpando al partido opositor, aunque no recae en ellos la responsabilidad. Luego, un paso atrás, la contraorden de no separar a los niños de sus padres, aunque miles ya no puedan reunirse nunca más. Todo esto ocurrió en Estados Unidos en una semana, ante la estupefacción del pueblo de ese país y de la mirada horrorizada de la comunidad internacional.

24 de junio 2018.-  El sentimiento de sorpresa, sin embargo, mesurado, pues se trata de Donald Trump. Y de Trump puede esperarse casi cualquier cosa. Estamos acostumbrados al horror de perseguir, separar y deportar a esas familias por el delito de cruzar una frontera huyendo de la muerte.

Ante la presión de los medios, la primera dama, la ausente Melania, viajó a Texas a ver a los niños con un letrero en su abrigo que decía: “A mí no me importa, ¿a ti sí?” en un acto de indolencia que intentó paliar su marido al decir que no se refería a la emergencia humanitaria en la frontera sino a las fake news. Incluso si así fuera, la señora Trump escogió la situación más inadecuada para expresar su opinión sobre las noticias de sus opositores, que ellos denominan, por default “falsas”.

Queda un largo camino en la presidencia del “polémico empresario” Trump y ronda la incertidumbre sobre qué otras medidas inhumanas se tomarán en contra de esas familias de migrantes. El desespero es tan grande que arriesgan su vida por cruzar esa frontera que separa el primer y el tercer mundo, la prosperidad y la pobreza, la vida y la muerte. Esa frontera que antaño se ubicaba mucho más arriba, antes de que Estados Unidos se apropiara de Colorado, California, Nevada, Nuevo México, Texas, Utah y Arizona.

El gran territorio que antaño pertenecía a México, es más grande que Colombia -1´350.000 kilómetros cuadrados- y simboliza la riqueza usurpada al vecino del sur. Pero, en lugar de intentar saldar esa deuda histórica, Estados Unidos cierra los ojos frente a la tragedia humanitaria que se desarrolla en la parte sur del continente Americano y contribuye al desastre escudado en su derecho a proteger esa reciente frontera.

Pero las gentes siguen cruzando, aunque sepan que no son bienvenidos. Los mueve una imagen en la mente, ese tío que vive en Los Angeles, esa amiga de su madre que trabaja en Dallas, una casa como en las películas, ayudar a la mamá o al abuelo que está enfermo. Y al mismo ritmo que cruza, la tierra del tío Sam los separa, encarcela y deporta. Estados Unidos parece desconocer que esas familias que cruzan no son criminales, son refugiados, y el trato que han recibido no dista mucho de la realidad de la que huyeron. Es triste el momento en que el país que debería proporcionar un mayor bienestar termina criminalizando y maltratando a estos miles de hombres, mujeres y niños.

Ante esta dramática situación, no parece haber indicios de un viraje en las políticas migratorias dentro del partido Republicano y se vienen más años de maltrato a los inmigrantes mexicanos, guatemaltecos, hondureños, salvadoreños sustentado en racismo y clasismo. Está claro que la incomodidad ante el inmigrante se manifiesta solo cuando se trata de extranjeros de piel oscura, que no hablan bien inglés y que carecen de documentos. No estamos frente a un fenómeno xenofóbico -odio al extranjero- sino aporofóbico -fobia a los pobres- donde los inmigrantes pobres más vulnerables (los niños) ni siquiera tienen derecho a un abogado en los cortos procesos judiciales donde se decide su destino.

Y así usando términos que denotan una supuesta fobia -y no un simple y llano racismo- pasan los días, los meses, mientras que miles de niños de brazos y pequeños que no saben hablar todavía, pasan los días y las noches separados de sus padres, traumatizados de por vida sin entender por qué esa tierra prometida convirtió su vida en un infierno. El viraje de Trump de no separarlos llega tarde y mal pues lo único que cambia es que ya no estarán separados cuando, tras las rejas, los traten como animales.

http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/maria-a-garcia-de-la-torre/los-ninos-enjaulados-de-trump-235250

21.18.-LO QUE ESTÁ EN JUEGO EN LAS ELECCIONES DE EE UU – Paul Krugman

El mensaje de los republicanos al electorado con problemas crónicos de salud es muy sencillo: «Moríos»

El gobernador del Estado de Florida, Rick Scott.JOE RAEDLE AFP

Los sondeos indican que los ciudadanos consideran que la sanidad es la cuestión más importante en las elecciones de mitad de mandato. Esto plantea inmediatamente una pregunta: ¿entienden los votantes qué está en juego? Y en concreto, ¿se dan cuenta de que si los republicanos conservan el Congreso eliminarán la protección a los 52 millones de estadounidenses —más de una cuarta parte de los adultos no ancianos— con afecciones preexistentes que, antes de que se aprobase la Ley de Atención Sanitaria Asequible (conocida como Obamacare), podrían haber llevado a las aseguradoras a negarles cobertura?

De hecho, el Gobierno de Trump está intentando ya eliminar esas protecciones a través de los tribunales. Probablemente no lo conseguirá. Pero podría hacerlo, en cuyo caso se calcula que 17 millones de estadounidenses perderían su seguro médico.

16 jun 2018 .- Y aunque la demanda no prospere, el apoyo del Gobierno a una demanda judicial increíblemente endeble—tan indefendible que tres abogados de carrera del Departamento de Justicia se retiraron de la causa— es una señal clara de las prioridades conservadoras. El mensaje del Partido Republicano a los estadounidenses con problemas de salud es sencillo: «moríos».

Por cierto, a algunos parecen sorprenderles las medidas tomadas por el Gobierno a este respecto, ya que Donald Trump ha prometido muchas veces proteger a las personas con afecciones preexistentes. Pero recuerden: la campaña contra la Ley de Atención Sanitaria Asequible se ha basado en todo momento en mentiras.

Primero, mentiras acerca de cuál era exactamente el contenido de la ley. ¿Se acuerdan de los «paneles de la muerte»?

Después, mentiras acerca de sus consecuencias. Durante un tiempo, Americans for Prosperity, el grupo financiado por los hermanos Koch, publicó anuncios que supuestamente presentaban historias reales de estadounidenses que soportaban terribles desgracias por culpa de la ley. Pero ninguna —repito, ninguna— de estas historias soportó una verificación imparcial. De modo que los anuncios pasaron a ser cada vez más vagos, y al final presentaban actores que fingían ser víctimas de la ley en lugar de víctimas reales, que al parecer eran demasiado difíciles de encontrar.

Pero la mentira más persistente de quienes se oponen a la ley —no solo Trump, sino todos ellos— es la afirmación de que quieren proteger a los estadounidenses con afecciones preexistentes. No quieren, y nunca han querido.

Es fácil ver por qué afirman lo contrario. La enorme mayoría del electorado, incluido el 59% de los republicanos, quiere mantener las normas que prohíben a las aseguradoras negar la cobertura a cualquier persona basándose en su historial médico. Por consiguiente, existe un fuerte incentivo para fingir que protegerán a personas que en el pasado han tenido problemas de salud.

Era evidente por una cuestión de pura lógica incluso antes de que los republicanos empezasen a proponer supuestos sustitutos de Obamacare. Si vas a garantizar cobertura con independencia del historial médico, tienes que inducir a contratar un seguro a personas que todavía están sanas, para que las aseguradoras tengan un fondo de riesgos manejable. Eso conlleva algún tipo de combinación de subvenciones para hacer el seguro asequible y sanciones para quien no se asegure. En otras palabras, exige un sistema muy parecido al contemplado en la Ley de Atención Sanitaria Asequible.

De modo que las exigencias de que se suprimiera la ley siempre han significado eliminar la cobertura para quienes más la necesitan, solo que los enemigos del Obamacare esperaban que la gente no se diera cuenta de ello. Y lo cierto es que, en general, se salieron con la suya hasta el año pasado, cuando tuvieron que presentar una legislación sanitaria específica.

Ahí se acabó el juego. Quedó claro de inmediato que cualquier alternativa republicana al Obamacare dejaría fuera a los estadounidenses con afecciones preexistentes. Y la reacción pública contra esa revelación es básicamente lo que hizo que fracasara el intento de revocación republicano. Pero fracasó por poco. Y si los republicanos siguen conservando el Congreso el próximo año, cualquiera con un historial de problemas médicos a quien su empresa no proporcione un seguro médico perderá la cobertura.

De hecho, podría incluso no bastar un empleo con cobertura sanitaria: si la demanda judicial respaldada por Trump prospera, las empresas podrán negarse a cubrir las afecciones preexistentes de los nuevos trabajadores.

Lo que puede parecer desconcertante de todo esto es la crueldad. Cierto, Donald Trump es obviamente un hombre que carece por completo de empatía. ¿Pero no hay otros republicanos que se sientan un poco mal respecto a la perspectiva de retirarles la atención sanitaria a millones de estadounidenses que no han hecho nada malo aparte de tener problemas médicos en el pasado?

Pues no. Piensen en Rick Scott, gobernador de Florida (y en la actualidad candidato al Senado), cuyo fiscal general se ha unido a la demanda judicial para eliminar la protección a las afecciones preexistentes. Aunque Scott se ha negado a decir si apoya o no la demanda, declaraba: «Tenemos que recompensar a la gente que se cuida». Cierto, porque si tienes cáncer, o artritis, o esclerosis múltiple —todas ellas incluidas en las afecciones preexistentes por las que a los solicitantes se les negaba la cobertura— debe de ser culpa tuya.

Por cierto, una advertencia a los mayores que votan en Florida: quizá piensen que nada de esto les importa, porque están cubiertos por la asistencia sanitaria a los mayores de 65 años, el Medicare. Si es así, piénsenlo dos veces: si los republicanos ganan en noviembre, a continuación irán por el Medicare, para compensar el coste de su rebaja fiscal. ¿Y eso quién lo dice? Ellos mismos.

De modo que, como he dicho, los votantes deben entender qué nos jugamos en estas elecciones de mitad de mandato. Determinarán si las personas con problemas médicos reciben la atención sanitaria que necesitan.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times Company, 2018. https://elpais.com/economia/2018/06/15/actualidad/1529063423_839542.html

20.18.-LA TENSIÓN ENTRE EE UU Y SUS ALIADOS ESTALLA TRAS UN POLÉMICO G7 – Amanda Mars

El conflicto comercial que les enfrentaba hasta ahora sube en intensidad hasta convertirse en crisis diplomática. El conflicto comercial entre Estados Unidos y sus aliados del G7 ha escalado ya al nivel de una crisis diplomática tras una cumbre en Canadá ya de por sí muy bronca. Donald Trump se apeó del comunicado conjunto en el último momento colérico por las críticas del primer ministro canadiense, Justin Trudeau, a su giro proteccionista y le tachó de “débil” y “deshonesto”. Francia y Alemania expresaron su hartazgo respecto a la política incendiaria del estadounidense.

El primer ministro canadiense, Justin Trudeau, a la derecha, junto a Donald Trump al inicio de la cumbre del G7 en la región quebequesa de Charlevoix. CHRISTINNE MUSCHI REUTERS

La crisis comercial se suma a la ruptura unilateral del pacto nuclear de Irán por Washington y el adiós al acuerdo del clima de París. Hay que retroceder a la Guerra de Irak para hallar un distanciamiento comparable, pero entonces el conflicto se canalizó a través de un códigos políticos tradicionales, mientras que el actual inquilino de la Casa Blanca ha dilapidado toda convención: no tiene reparos en insultar al líder de un país aliado ante todos los públicos o acusar al mundo entero de robar a Estados Unidos.

10 jun 2018 .- La cita había arrancado marcada por la polémica de los nuevos aranceles al acero y al aluminio impulsados por Washington a Canadá, México y la Unión Europea, que a su vez han reaccionado con represalias. Aun así, el grupo formado por los países más industrializados (EE UU, Canadá, Alemania, Reino Unido, Francia, Italia y Japón) hizo concesiones para lograr alumbrar un comunicado conjunto que apelaba a la rebaja de aranceles de forma genérica, pactaba reformar la Organización del Comercio y reivindicaba un libre comercio “recíproco” y “equitativo”. Tanto el primer ministro canadiense como el presidente francés, Emmanuel Macron, confirmaron que Estados Unidos estaba a bordo de ese texto.

En la rueda de prensa de clausura, Trudeau se mostró crítico con Trump. “Los canadienses somos amables y razonables, pero no nos van a avasallar”, enfatizó. Consideró “insultante” que Washington haya usado el argumento de la seguridad nacional para subir los aranceles a sus productos, teniendo en cuenta, resaltó, que soldados de ambos países “han luchado hombro con hombro en tierras lejanas en conflicto desde la Primera Guerra Mundial”.

 Miembros del G7 e invitados con ausencia del presidente de USA, Donald Trump. Su abrupto retiro del comunicado final de la cumbre dio lugar a un cruce de agrias declaraciones entre el gobierno estadounidense  y los líderes europeos y Canadá. Trump parece jugar, sin cesar, aranceles contra la infernal deuda comercial de los Estados Unidos.

Ataques a Trudeau

Trump conoció esas declaraciones a bordo del Air Force One y montó en cólera. Agarró su cuenta de Twitter y acusó a Trudeau de mentir, anunció que había pedido a sus colaboradores que no firmasen el comunicado de la cumbre y amenazó con nuevos aranceles también a los automóviles canadienses. Acto seguido, acusó al primer ministro canadiense de haberse comportado de forma “dócil” y “suave” en las reuniones mientras que en su rueda de prensa fue “muy deshonesto y débil. ¡Nuestros aranceles son una respuesta a sus tasas del 270% sobre los lácteos!”, exclamó.

El asesor económico de la Casa Blanca, Larry Kudlow, añadió ayer tensión en una entrevista en CNN en la que acusó directamente a Trudeau: “Realmente, de alguna manera, nos apuñaló por la espalda. Fue una traición”.

“En cuestión de segundos, puedes destruir la confianza con 280 caracteres de Twitter», lamentó el ministro de Exteriores alemán, Heiko Maas. Reconstruir la confianza, añadió, costará mucho más. Fuentes del Elíseo también expresaron su hartazgo por la dinámica que parece haberse establecido en las relaciones con Trump y recalcaron que la cooperación global “no puede depender de rabietas y de frasecitas”.

Pero hoy por hoy, todo indica que la geopolítica en la era Trump sí depende de esa rabia, de esa pulsión que los estadounidenses se acostumbraron a ver en un programa de telerrealidad. Macron, el líder europeo que más se ha afanado en normalizar el trato con el estadounidense, resumió así los nuevos tiempos: “Usted dice que al presidente Trump no le importa [es aislamiento]”, dijo a un periodista. “Quizá pero nadie es eterno”, añadió.

 “UN LUGAR EN EL INFIERNO”

El país con el que estalló la crispación fue precisamente el anfitrión de la cumbre. La Administración de Trump acusó al primer ministro de haberle engañado, aunque el Gobierno de Ottawa recalcó que Trudeau no había dicho en la rueda de prensa nada distinto de lo que le había planteado a su homólogo estadounidense en persona. “Hay un lugar reservado en el infierno para todo dirigente extranjero que se embarque en una diplomacia de mala fe contra Donald Trump y que intente apuñalarlo por la espalda cuando se retira”, advirtió Peter Navarro, asesor comercial de Trump, en la cadena Fox.

Este rifirrafe supone un torpedo en las negociaciones para reformar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC) que EE UU, Canadá y México mantienen desde hace un cuarto de siglo. Trump, dentro de su giro proteccionista, lo considera injusto para EE UU y exige cambios profundos, en caso contrario, quiere romperlo. Tras casi un año de conversaciones, no ha habido pacto.

https://elpais.com/internacional/2018/06/10/estados_unidos/1528655021_569447.html

      20.18.-CÓMO PUEDE CHINA EVITAR UNA GUERRA                  COMERCIAL CON EE.UU. – Martin Wolf*                                                                

Cómo debiera responder China ante la agresiva política comercial de Donald Trump? La respuesta es: estratégicamente. Necesita manejar una oleada creciente de hostilidad por parte de EE. UU.                                                                                                                                                 De los acontecimientos ocurridos en Washington, el nombramiento de John Bolton como principal asesor del presidente estadounidense en materia de seguridad nacional tal vez sea más trascendental que el anuncio de una acción comercial conforme a la “sección 301” en contra de China.

Sin embargo, el plan de imponer aranceles del 25% a los US$60.000 millones en exportaciones chinas (aún no especificadas) a EE. UU. muestra la agresión de la agenda comercial de Trump.

Los aranceles propuestos representan tan sólo una de las numerosas acciones dirigidas a las políticas relacionadas con la tecnología de China.

Entre estas acciones se incluyen un caso contra China ante la Organización Mundial del Comercio (OMC) y un plan para imponer nuevas restricciones a sus inversiones en compañías de tecnología estadounidenses.

Los objetivos de estas acciones por parte de EE. UU. no están claros.

¿Se trata simplemente de detener supuestas transgresiones, como las transferencias forzadas (o el robo descarado) de propiedad intelectual? O, como lo sugiere su definición de China como “competidor estratégico”, ¿es una movida para detener por completo el progreso tecnológico de China, un objetivo que es inalcanzable y ciertamente no negociable?
Trump también enfatizó la necesidad de que China reduzca su superávit comercial bilateral en US$100.000 millones. De hecho, su retórica implica que el comercio debiera ser equilibrado con cada socio. Este objetivo no es, una vez más, ni alcanzable ni negociable.

La perspectiva optimista es que éstos son movimientos de apertura en una negociación que culminará en un acuerdo. Una perspectiva más pesimista es que se trata de una etapa en un proceso interminable de tensas negociaciones entre las dos superpotencias que se extenderá hacia el futuro lejano.

Una opinión aún más pesimista es que las discusiones comerciales se desintegrarán convirtiéndose en un ciclo de represalias, quizás como parte de hostilidades más amplias.

Lo cual resulta ser también dependiente de China. Debe reconocer el cambio en las percepciones estadounidenses, de las cuales la elección del Sr. Trump representa un síntoma. Además, en asuntos de comercio, los demócratas son mucho más proteccionistas que los republicanos.

¿CUÁLES SON LAS FUERZAS QUE IMPULSAN ESTE CAMBIO?

El ascenso de China ha hecho que EE. UU. tema perder su primacía. La autocracia comunista china está ideológicamente en desacuerdo con la democracia estadounidense. Lo que los economistas llaman “el choque de China” ha sido real e importante, aunque el comercio con China no ha sido la razón principal de los cambios adversos experimentados por los trabajadores industriales estadounidenses. EE. UU. también ha fracasado en proporcionarles la red de seguridad o el apoyo activo que necesitan los trabajadores y las comunidades afectadas.

Además, el acuerdo alcanzado cuando China se unió a la OMC en 2001 ya no es aceptable. Tal y como lo ha declarado el Sr. Trump, EE. UU. quiere una estricta “reciprocidad”. Por último, numerosos empresarios argumentan que China está “haciendo trampa” en pos de lograr sus objetivos industriales.

QUEJAS NUNCA CESARÁN

Hace aproximadamente una década, las quejas tenían que ver con los superávits por cuenta corriente de China, con la infravalorada tasa de cambio y con las enormes acumulaciones de reservas.

Todo esto actualmente se ha transformado: el superávit por cuenta corriente ha caído a sólo el 1,4% del producto interno bruto (PIB). Ahora las quejas se han desplazado hacia los desequilibrios bilaterales, hacia las transferencias forzadas de tecnología, hacia el exceso de capacidad y hacia la inversión extranjera directa por parte de China.
Este es un país exitoso, grande y diferente. Las quejas cambian, pero no el quejarse.

¿Cómo pudiera China manejar estas fricciones, exacerbadas por la personalidad de Trump, pero arraigadas en profundas ansiedades?

En primer lugar, tomando represalias con contra de medidas focalizadas, precisas y limitadas. Como todos los bravucones, Trump respeta la fuerza. De hecho, él respeta al líder chino Xi Jinping.

En segundo lugar, sosegando las quejas legítimas o aquellas cuya rectificación beneficie a China. La liberalización de la economía china redunda en el propio beneficio de China, como lo demuestran los asombrosos resultados de 40 años de “reforma y apertura”. China puede y debe acelerar su propia liberalización interna y externa.

Entre las quejas ampliamente compartidas provenientes de las empresas extranjeras se encuentra la presión excesiva para transferir conocimientos técnicos como parte de realizar actividades comerciales en China.

Tales “requisitos de desempeño” son contrarios a las normas de la OMC. China necesita actuar decisivamente con respecto a esto.

En tercer lugar, haciendo ciertas concesiones. China pudiera importar gas natural licuado de EE. UU. Esto reduciría el superávit bilateral, mientras que simplemente redistribuiría el suministro de gas a nivel mundial.

Pero hacer lo mismo con las materias primas en las que China es el mercado dominante del mundo sería mucho más problemático, ya que perjudicaría a otros proveedores. Es muy probable que Trump quiera que China discrimine contra los alimentos australianos o contra los aviones europeos. Pero seguir ese camino conduciría al final del sistema de comercio global liberal.

En cuarto lugar, multilateralizando estas discusiones. La cuestión de los excedentes en productos estándar, como el acero, no puede tratarse a un nivel puramente unilateral o bilateral. Como potencia global en ascenso, China pudiera desempeñar un papel central en la liberalización del comercio, fortaleciendo así el sistema y aumentando la participación mundial en la salud de la economía china.

Operar a ese nivel global conlleva otro potencial beneficio: para las grandes potencias es difícil negociar bilateralmente, ya que tienden a considerar las concesiones mutuas como humillantes. En el contexto global, sin embargo, una concesión puede considerarse como un beneficio para todos los países.

Por último, al operar bajo la rúbrica de la OMC, China coloca a los europeos en una posición difícil. Los europeos comparten las ansiedades de EE. UU. en cuanto a las políticas de propiedad intelectual de China, pero también creen en las reglas.
Si China tomara el camino moral y éticamente correcto, los europeos pudieran sentirse obligados a apoyarlo.

Nos encontramos en una nueva era de competencia estratégica. La pregunta es si esta situación se controlará o si conducirá a un colapso en las relaciones.

La política comercial de Trump representa una parte enormemente desestabilizadora de esta historia. China debería considerar una visión a más largo plazo de la situación, por su propio bien y por el del mundo.

*Columnista del Financial Times http://www.portafolio.co/internacional/como-china-puede-evitar-una-guerra-comercial-con-ee-uu-515707

20.18.-CORRUPCIÓN DE MEDIO PELO – Paul Krugman

Las tonterías por las que los ministros trumpistas están dispuestos a sacrificar su reputación demuestran lo malos políticos que son.

 Por supuesto que Donald Trump es corrupto. Cualquiera con sentido sabía que lo sería, aunque la escala de su lucro personal y la fuerte probabilidad de que los intereses económicos de su familia hayan distorsionado los intereses de la política exterior y de la seguridad nacional estadounidenses han asustado incluso a los cínicos. Y, naturalmente, el ejemplo dado por el estafador en jefe ha infectado todo su Gobierno.

Pero lo que realmente me asombra no es tanto el grado de corrupción entre los miembros del gobierno de Trump como su mezquindad. Y esa mezquindad dice mucho acerca del tipo de personas que gobiernan Estados Unidos.

8 jun 2018.- Los políticos corruptos solían parecerse al secretario del Interior de Warren Harding, Albert Fall, situado en el centro del escándalo Teapot Dome. Fall utilizó su cargo para conseguir sustanciosas operaciones a dos empresas petrolíferas y, a cambio, recibió más de 400.000 dólares en mordidas (muy por encima de 5 millones de dólares en precios actuales). Ese es el tipo de corrupción que uno logra entender y, en cierta manera, respetar.

Los políticos corruptos de Trump, por el contrario, se parecen a Tom Price, que consiguió perder su cargo de secretario de Salud y Servicios Humanos por pagarse demasiados vuelos en aviones privados a costa de la Hacienda pública; Ryan Zinke, que ocupa la antigua cartera de Fall, Interior, y tiene un problema similar al de Price, pero con los helicópteros y la costumbre general de utilizar fondos públicos para financiar viajes privados; Ben Carson, de Vivienda y Desarrollo Urbano, con sus muebles de comedor de 31.000 dólares; y Steve Mnuchin, secretario del Tesoro, al que le gusta viajar en reactores militares para lo que parecen a veces vacaciones privadas.

Y después está el rey de los extras: Scott Pruitt, director de la Agencia de Protección Medioambiental, cuya lista de pequeñas estafas incluye de todo, desde plumas personalizadas hasta decirle a un asistente que le busque un colchón usado, pasando por el intento de utilizar su cargo para conseguirle una franquicia de una conocida cadena de restaurantes especializados en bocadillos de pollo a su esposa.

Algo que me llama inmediatamente la atención de estas historias es que ninguno de estos altos cargos pasa la prueba de las nubes de caramelo, el famoso aunque controvertido experimento psicológico en el que a los niños se les dice que pueden conseguir dos nubes si logran esperar unos minutos antes de comerse la que tienen delante.

Piénsenlo: si ocupasen ustedes un alto cargo en el Gobierno y estuviesen dispuestos a hacer la voluntad de los intereses especiales —permitir que las multinacionales saquen beneficios a costa de terrenos públicos, dejar que los contaminadores envenenen el aire y el agua— dos años de conducta circunspecta le labrarían un futuro extremadamente brillante como miembro de un grupo de presión. Consideren lo débil que debe de ser el autocontrol de alguien dispuesto a poner esta enorme recompensa en juego por un colchón usado.

Pero la curva descendente de la corrupción desde el asunto Teapot Dome hasta el de los sándwiches de pollo no solo nos habla de la inmadurez de los altos cargos de Trump, sino que también nos permite ver la vacuidad de su alma.

Hace mucho tiempo Tom Wolfe escribió un memorable ensayo sobre qué mueve realmente a muchos poderosos. No es tanto el gusto por las cosas buenas; la verdad es que los aviones privados no son tan cómodos, y supongo que muchos de los que se beben botellas de vino de 400 dólares no notarían la diferencia si les sirvieran otro de 20.

Es más bien el placer de “verlos saltar”, de ver a la gente rebajarse, pasar por el aro, satisfacer los caprichos de uno. Se trata de sentirse más grande consiguiendo que los demás se comporten como si fuesen más pequeños.

¿No explica esto todo lo que hace Pruitt? Lo absurdo de sus exigencias es una característica, no un antojo: tengo mis dudas de que use su cabina telefónica insonorizada de 43.000 dólares, pero seguramente le complació ver a su personal correr para proporcionársela.

¿Por qué está el Gobierno de Trump lleno de estafadores de medio pelo? Claramente, siguen el ejemplo de su jefe, que como es bien sabido disfruta con la adulación y humillando a sus subordinados, incluidos los altos cargos. De hecho, sospecho que muchos de los miembros de su Gobierno practican lo que en una ocasión vi descrito como “hacer la bicicleta”: inclinarse ante el que tienen por encima y al mismo tiempo pisotear a los de debajo.

Y es llamativo el apoyo que ha dado Trump a altos cargos como Pruitt, descubiertos en abusos de autoridad mezquinos, a pesar de la mala prensa. Está claro que no ve nada malo en lo que hacen; es lo que él haría y, de hecho, hace.

En consecuencia, como he dicho, estamos gobernados por hombres con almas mediocres y vacías. ¿Importa eso?

En un sentido directo, la verdad es que no. Hay buenas razones para pensar que la especulación de Trump está haciendo un enorme daño, pero las pequeñas estafas de sus subordinados a las arcas públicas son triviales en comparación con las grandes cosas que están haciendo para que Estados Unidos sea un lugar peor: socavar la atención sanitaria, la protección medioambiental, la regulación financiera, y más.

Sin embargo, en un sentido más profundo, la corrupción mezquina y la política destructiva y cruel están de hecho relacionadas. No es muy probable que hombres que en gran medida ven un alto cargo como una licencia para vivir a lo grande, actuar como peces gordos y obligar a los funcionarios públicos a comportarse como criados, se preocupen demasiado por el interés público.

No necesitamos un gobierno de santos; la gente puede ser imperfecta (¿quién no lo es?) y aun así hacer el bien. Pero un gobierno compuesto casi enteramente por mala gente —que es lo que tenemos ahora— va, de hecho, a gobernar mal.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times Company, 2018.
Traducción de News Clips.
https://elpais.com/economia/2018/06/08/actualidad/1528453654_824703.html

19.18.-MENUDA GUERRA COMERCIAL MÁS TONTA – Paul Krugman

Trump parte de criterios erróneos para meterse en una refriega en la que tiene mucho que perder

Un operario de una acería de la empresa rusa NLMK en Portage, en el Estado de Indiana (EE UU) SCOTT OLSON AFP

Así que ha empezado la guerra comercial. Y menuda guerra comercial más estúpida.

La justificación oficial –y legal– para los aranceles al acero y el aluminio es la seguridad nacional. Salta a la vista que estamos ante una lógica fraudulenta, ya que las principales víctimas directas son países aliados y democráticos. Pero no creo que Trump y compañía tengan problema en mentir en relación con la política económica, puesto que es lo que hacen con todo. Si el resultado de sus medidas es un aumento del empleo del que Trump pueda ufanarse, pensarán que ha sido juego limpio. ¿Pero lo será?

1 jun 2018.- Vale, este es el punto en el que el hecho de estar afiliado al gremio de economistas me pone en un aprieto. La respuesta correcta a cuáles son los efectos de creación o destrucción de empleo de la política comercial —sea cual sea, e independientemente de lo bien o lo mal concebida que esté— es, lisa y llanamente, ninguno.

¿Por qué? La Reserva Federal está aumentando gradualmente los tipos de interés porque cree que se ha alcanzado más o menos el pleno empleo. Incluso si los aranceles fuesen expansionistas, eso no haría más que llevar a la Reserva a aumentar los tipos más deprisa, lo que a su vez eliminaría puestos de trabajo en otros sectores: la subida de los tipos perjudicaría a la construcción, el dólar se fortalecería y esto haría las manufacturas estadounidenses menos competitivas, etcétera. De modo que toda mi formación profesional me lleva a descartar la cuestión de los puestos de trabajo por considerarla poco realista.

Pero me parece que en este caso la macroeconomía, aunque yo creo que tiene razón, dificulta un debate útil. Queremos saber si la guerra comercial de Trump va a ser directamente expansionista o contraccionista, es decir, si, manteniendo la política monetaria constante (aunque sabemos que la política monetaria no será constante), se aumentarán o se reducirán los puestos de trabajo. Y la respuesta, casi con seguridad, es que esta guerra comercial no creará empleo, sino que lo destruirá, por dos razones.

En primer lugar, Trump está aplicando aranceles a mercancías intermedias, es decir, mercancías utilizadas como materiales para producir otras cosas, algunas de las cuales tienen a su vez que competir en los mercados mundiales. Claramente, la fabricación de coches y otros productos de consumo duraderos se encarecerá, lo que significa que venderemos menos; y cualquier aumento de empleo que se logre en los metales primarios se verá contrarrestada por la pérdida en otros sectores a lo largo de la cadena. Jugando con las cifras, parece muy probable que hasta este efecto directo sea netamente negativo para el empleo.

En segundo lugar, otros países tomarán represalias contra las exportaciones estadounidenses, lo que costará puestos de trabajos en todos los sectores, desde las motocicletas hasta las salchichas.

En algunos aspectos, esta situación me recuerda a los aranceles sobre el acero establecidos por George W. Bush, que estuvieron motivados en parte por el orgullo desmedido: Bush y su Gobierno creían que Estados Unidos era la superpotencia imbatible del mundo, lo cual era cierto desde el punto de vista militar, pero no reconocieron que no era ni mucho menos igual de dominante en la economía y el comercio, y que tenía mucho que perder en un conflicto comercial. La Unión Europea les puso rápidamente las cosas claras, y recularon.

En el caso de Trump, pienso que se trata de un delirio diferente: él imagina que porque mantenemos déficits comerciales e importamos más de otros países de lo que ellos nos compran a nosotros, tenemos poco que perder, y que el resto del mundo se someterá pronto a su voluntad. Pero se equivoca al menos por cuatro razones.

Primero, porque, aunque exportamos menos de lo que importamos, seguimos exportando mucho; una represalia comercial ojo por ojo perjudicará enormemente a los trabajadores estadounidenses (y en especial a los agricultores), bastantes de los cuales votaron a Trump y ahora se sentirán traicionados.

Segundo, el comercio moderno es complicado; no es solo que los países se vendan unos a otros mercancías elaboradas, sino que es una cuestión de complejas cadenas de valor, que la guerra comercial de Trump interrumpirá. Esto convertirá en perdedores a muchos estadounidenses, incluso aunque no estén directamente empleados en producir mercancías para la exportación.

Tercero, si la espiral aumenta, una guerra comercial hará subir los precios al consumo. En un momento en el que Trump intenta desesperadamente convencer a las familias de a pie de que han salido ganando con esta rebaja de impuestos, no haría falta mucho para que se fueran a pique las diminutas mejoras que hubieran recibido.

Por último –y me parece que esto es verdaderamente importante– estamos hablando de países reales, principalmente democracias. Los países reales hacen política real; tienen orgullo, y a sus electorados no les gusta nada Trump. Esto significa que aunque sus dirigentes pudiesen querer hacer concesiones, los votantes probablemente no se lo permitirían.

Pensemos en el caso de Canadá, un vecino pequeño, de buenos modales, que podría salir muy perjudicado de una guerra comercial con su vecino gigante. Se podría pensar que esto intimidaría mucho más a los canadienses que a la UE, que es una superpotencia económica en igual medida que nosotros. Pero aunque el Gobierno de Justin Trudeau se sintiera inclinado a ceder (hasta el momento, altos cargos como Chrystia Freeland parecen más enfadados que nunca), se enfrentaría a una fuerte reacción de los votantes canadienses contra todo aquello que pareciese una rendición ante el maligno matón de al lado.

De modo que meternos en este conflicto económico sería una verdadera idiotez. Y es probable que la situación en esta guerra comercial no evolucione necesariamente a favor de Trump.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times Company, 2018.
Traducción de News Clips.
https://elpais.com/economia/2018/06/01/actualidad/1527859972_319240.html

18.18.-LA ECONOMÍA NOS FALLÓ DESPUÉS DE LA CRISIS MUNDIAL – Martin Wolf*

El análisis de la teoría macroeconómica indica que existe una ignorancia sustancial de cómo funcionan estos sistemas en el mundo y los peligros de obviar sus fundamentos.

Los mercados financieros globales han presentado importantes episodios de turbulencias y volatilidad durante este año, lo que terminó con la calma que reinó el año pasado.EFE/JUSTIN LANE

La economía es, como la medicina (y, a diferencia de, digamos, la cosmología), una disciplina práctica. Su objetivo es convertir al mundo en un mejor lugar. Esto es particularmente cierto en el caso de la macroeconomía, la cual John Maynard Keynes inventó en respuesta a la Gran Depresión.

Las pruebas de esta disciplina se resumen en si sus adeptos entienden qué pudiera salir mal en la economía y cómo corregirlo. Cuando la crisis financiera de 2007 sorprendió a la profesión casi completamente, no pasó la primera de estas pruebas. Le fue mejor en la segunda. Sin embargo, necesita una reconstrucción.

23 mar 2018.-  En un blog para el Financial Times en 2009, Willem Buiter, actualmente en Citi, argumentó que: “La mayoría de las innovaciones teóricas macroeconómicas convencionales desde la década de 1970 han resultado ser, en el mejor de los casos, distracciones autorreferenciales e introspectivas”.

(Lea: Así ven los líderes económicos los riesgos del futuro inmediato)

Un análisis exhaustivo, publicado en la Oxford Review of Economic Policy, bajo el título ‘Rebuilding Macroeconomic Theory’ (Reconstruyendo la teoría macroeconómica), ha llevado a este lector a la misma conclusión. El enfoque resultó ser, de hecho, gravemente defectuoso.

Además, los economistas profesionales de primera clase difieren profundamente sobre qué hacer al respecto. Sócrates pudiera decir que la conciencia de la propia ignorancia es mucho mejor que la ilusión del conocimiento. Si es así, la macroeconomía está en buenas condiciones.

Tal y como David Vines y Samuel Wills lo han explicado en su excelente resumen, el modelo macroeconómico central descansaba sobre dos críticas suposiciones: la hipótesis de los mercados eficientes y las expectativas racionales.

Ninguna de las dos parece convincente hoy en día. Incluso la posibilidad de tener ‘expectativas racionales’ de un futuro profundamente incierto es cuestionable. Tal incertidumbre ayuda a explicar la existencia de instituciones –dinero, deuda y bancos– cuyos efectos son tan significativos y, sin embargo, fueron mayormente ignoradas en los modelos estándar. Es mejor estar aproximadamente en lo correcto que estar precisamente equivocado.

Por lo tanto, la visión de Hyman Minsky de los peligros de las tendencias especulativas en las finanzas estaba aproximadamente en lo correcto, mientras que muchos de los macroeconomistas más brillantes demostraron estar precisamente equivocados.

No es suficiente argumentar que el modelo canónico funciona durante épocas normales.
También debemos comprender los riesgos de las crisis y qué hacer al respecto. Esto se debe en parte a que las crisis son, como lo señala el ganador del Premio Nobel Joseph Stiglitz, los eventos más costosos. Una macroeconomía que no incluya la posibilidad de una crisis pasa por alto lo esencial, al igual que lo haría un medicamento que ignorara la posibilidad de los ataques cardíacos.

Además, las crisis son endógenas: es decir, provienen de la economía misma. Son el resultado de la interacción entre las tendencias hacia el optimismo excesivo y la fragilidad de cualquier sistema de intermediarios financieros altamente apalancados.
Mi colega Martin Sandbu ha señalado, en particular, la posibilidad de “equilibrios múltiples”: la idea de que las economías pudieran acabar en estados negativos que se autorrefuercen.

Esta posibilidad hace que sea vital responder enérgicamente ante las crisis. La primera respuesta de los médicos ante un ataque cardíaco no es, después de todo, decirle al paciente que se ponga a dieta. Eso sucede sólo después de que hayan lidiado con el ataque en sí.

Entonces, una importante pregunta no es sólo si sabemos cómo responder a una crisis, sino si lo hicimos. En su contribución, el ganador del premio Nobel Paul Krugman argumenta, en mi opinión de manera persuasiva, que los remedios keynesianos básicos –una fuerte respuesta fiscal y monetaria– continúan siendo correctos. También es vital la rápida revitalización del sistema bancario.

El contraste entre la recuperación más rápida de Estados Unidos y los terribles retrasos en la eurozona representa un impresionante apoyo de esta visión. Esencialmente, esta última perdió cinco años antes de que comenzara la recuperación.

Una comparación entre lo que sucedió en la década de 1930 y este período posterior a la crisis muestra que efectivamente hemos aprendido algunos conceptos importantes. En comparación con la Gran Depresión, la disminución inmediata de la producción y el aumento del desempleo fueron mucho menores. Además, los precios también han sido mucho más estables esta vez.

Estos hechos representan verdaderos éxitos. Sin embargo, después de una década, el nivel de producción por habitante, en relación con los niveles previos a la crisis, es menos impactante: A Alemania y al Reino Unido les fue aún mejor la última vez. Y, lo que es más, los países más afectados de la eurozona han sufrido significativamente, no importa cuál criterio se considere. Esta recuperación realmente no ha representado un triunfo.

Esto sugiere que reparar los daños causados por una enorme crisis después del evento es terriblemente difícil. Entonces, la necesidad obvia es hacer que las economías sean más resilientes. Incluso si no comprendemos completamente la dinámica económica, las amplias lecciones a favor de la reforma de nuestras economías parecen claras.

Las economías serían más resilientes si estuvieran menos apalancadas y, en particular, si dependieran menos de las tenencias de dinero respaldadas por activos de riesgo propiedad de los intermediarios financieros altamente apalancados conocidos como bancos.

Las soluciones obvias incluyen eliminar los incentivos al apalancamiento de nuestros sistemas tributarios; fomentar un mayor uso por parte de la economía del financiamiento de capital y de la deuda que pueda fácilmente convertirse en capital; elevar los requisitos de reservas y de capital de los bancos; y avanzar rápidamente hacia la emisión de efectivo digital del banco central.

El análisis de la teoría macroeconómica fundamental indica una ignorancia sustancial de cómo funcionan nuestras economías. Esto no es tan sorprendente. Es posible que nunca comprendamos cómo funcionan esos complejos sistemas, animados, como lo están, por deseos y malentendidos humanos.

Esto no significa que intentar mejorar la comprensión sea un ejercicio fútil. Por el contrario, es importante. Pero pudiera decirse que, en la práctica, es más vital concentrarse en otras dos tareas.

La primera es cómo hacer que el organismo económico sea más resistente a las consecuencias de las manías y de los pánicos que le puedan afectar. La segunda es cómo restaurarle la salud lo más rápidamente posible. En ambos casos, debemos reflexionar más y hacer más. Éstos son los retos prácticos que tenemos ante nosotros.

Martin Wolf, columnista del Financial Times. http://www.portafolio.co/economia/la-nos-fallo-despues-de-la-crisis-mundial-515516

18.18.-TORMENTA PARA EL TRUMP TURCO – Paul Krugman

Los apuros de Erdogan demuestran que, para los mercados, no importa quién manda hasta que importa

Un líder antisistema se hace con el poder tras unas elecciones polémicas. Su Gobierno demuestra enseguida que es extraordinariamente corrupto; pero él desbarata el sistema judicial y logra no solo suprimir las investigaciones sobre su corrupción —sus defensores lo tachan todo de «caza de brujas»— sino también consolidar su dominio y debilitar las instituciones (el «Estado profundo») que podrían haber limitado su poder.

25 may 2018.-  ¿Hablo de Donald Trump? Podría ser. Pero la figura que tengo de hecho en mente es la de Recep Tayyip Erdogan, presidente de Turquía, cuyo éxito para salir impune a pesar de la corrupción palmaria politizando el poder judicial nos ofrece una inquietante visión previa de cómo podría Trump convertirse en el gobernante autoritario que claramente quiere ser. No es de extrañar que el presidente de EE UU, a quien básicamente le gustan los dictadores en general, haya expresado admiración por Erdogan y su régimen.

Los instintos autoritarios y el desprecio por el sistema de derecho no son lo único que Erdogan y Trump tienen en común. Ambos menosprecian también a los expertos. En concreto, los dos se han rodeado de personas que destacan por su ignorancia y sus opiniones descabelladas. Erdogan tiene asesores que creen que está sometido a un ataque psíquico; Trump tiene asesores que se insultan a gritos durante las misiones comerciales.

¿Pero tiene alguna importancia? En Estados Unidos, la Bolsa sube y la economía avanza a ritmo lento pero constante. Durante la presidencia de Erdogan el país ha experimentado una verdadera expansión económica. A los inversores y a los mercados no parece importarles la locura en la cima. Que los responsables de la política económica no sepan de qué hablan no parece tener ninguna importancia. Hasta que la tiene.

Lo cierto es que la mayor parte del tiempo la calidad del liderazgo económico importa mucho menos de lo que la mayoría —líderes económicos incluidos— cree. Una cosa son las políticas realmente destructivas, como las que están llevando a Venezuela a la cuneta. Pero las políticas corrientes y molientes como los cambios en la ley tributaria, aunque sean muy grandes y claramente irresponsables, raramente tienen repercusiones drásticas.

El año pasado, por ejemplo, Trump y sus aliados lograron que el Congreso aprobase una rebaja de impuestos de casi dos billones de dólares. Es una cantidad bastante elevada, incluso para una economía tan grande como la estadounidense. Pero aparte de provocar una insólita oleada de recompras de acciones, la rebaja de impuestos está teniendo pocas consecuencias visibles, buenas o malas. No hay señal del auge de inversiones prometido por sus defensores, pero tampoco hay indicios de que los inversores estén perdiendo la fe en la solvencia de Estados Unidos.

Básicamente, mientras la economía no se vea afectada por crisis importantes, las posturas políticas apenas tienen importancia. Si alguien analizara el crecimiento del PIB o del empleo en Estados Unidos en los últimos años y no supiera que en 2016 hubo elecciones, no tendría razones para sospechar que se hubieran producido cambios importantes.

Pero cuando las crisis graves golpean, la calidad de los líderes de repente importa muchísimo. Y eso es lo que estamos viendo ahora en Turquía.

Un aparte: si bien la calidad del liderazgo económico solo importa mucho durante las crisis, cabría esperar que los mercados pensasen por adelantado e incorporasen a los precios de los valores y los bonos el riesgo de futuras crisis mal gestionadas. Pero por alguna razón, eso casi nunca ocurre.

Lo que tenemos, en cambio, son prolongados periodos de complacencia seguidos por un pánico repentino. A quienes estudian la macroeconomía internacional les gusta citar la «ley de Dornbusch» (denominada así en honor de mi fallecido maestro Rudiger Dornbusch): «Las crisis tardan más en llegar de lo que pueda imaginarse, pero cuando llegan, se producen con más rapidez de lo que pueda imaginarse».

Lo que ocurre en Turquía es la clásica crisis monetaria y de endeudamiento, como las que hemos visto muchas veces en Asia y Latinoamérica. Primero, un país se vuelve popular entre los inversores internacionales y acumula una deuda exterior considerable. En el caso de Turquía, las más endeudadas son principalmente las grandes empresas del país.

Entonces empieza, por la razón que sea, a perder lustre: en estos momentos, los mercados emergentes en general se ven frenados por la subida del dólar y el aumento de los tipos de interés en Estados Unidos. Y en ese momento se hace posible una crisis que se refuerza a sí misma: los factores externos causan una pérdida de confianza, lo que a su vez hace que la divisa del país caiga, pero la caída de la divisa hace que el valor interno de esas deudas extranjeras se dispare, lo cual empeora la economía y conduce a nuevas pérdidas de confianza, y así sucesivamente.

En momentos como ese, la calidad del liderazgo importa de repente muchísimo. Se necesitan responsables que sepan qué ocurre, capaces de diseñar una respuesta y con suficiente credibilidad como para que los mercados les otorguen el beneficio de la duda. Algunos mercados emergentes tienen esas cosas, y están superando bastante bien la tempestad. El régimen de Erdogan no tiene ninguna de ellas.

¿Es la tempestad en Turquía una vista previa de lo que ocurrirá con Trump? No al detalle: aunque Estados Unidos se endeuda mucho en el extranjero, lo hace en su propia moneda, lo que significa que no es vulnerable a la clásica crisis de los mercados emergentes.

Pero las cosas pueden salir mal de muchas maneras, desde crisis de política exterior —el Nobel de la Paz no parece demasiado probable en este momento, ¿verdad?— hasta guerras comerciales, y podemos decir sin temor a equivocarnos que el equipo de Trump no está preparado para ninguna de estas posibilidades. A lo mejor no tiene que afrontar ningún reto realmente grave. ¿Pero y si tuviera que hacerlo?

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times Company, 2018.
Traducción de News Clips. https://elpais.com/economia/2018/05/25/actualidad/1527255348_672102.html

17.18.-PELIGRO ECONÓMICO DEL NACIONALISMO AGRAVIADO – Martin Wolf

Los ganadores de la globalización prestaron poca atención a los perdedores.

La humanidad es tribal. Somos animales sociales y culturales. La cultura nos permite cooperar no solo en grupos familiares, sino en comunidades imaginadas. De todas estas comunidades, nada es más cercano a la familia que la ‘nación’, una palabra que significa ascendencia compartida.

La capacidad de crear comunidades imaginadas es la fuerza de la humanidad y se cuenta entre sus mayores debilidades. La comunidad imaginada define lo que las personas comparten. Pero lo que las une, las separa de otros individuos. Hoy en día, como en el pasado, los líderes fomentan el nacionalismo agraviado para justificar el despotismo e incluso la guerra. Durante gran parte de la historia humana, la guerra se consideró la relación natural entre las sociedades. La victoria acarreaba saqueo, poder y prestigio, al menos para las élites. La movilización de recursos para la guerra representaba un papel central de los Estados. Justificar tal movilización era un papel central de la cultura.

Existe otra manera de lograr prosperidad: el comercio. El equilibrio entre el comercio y el saqueo es complejo. Ambos requieren sólidas instituciones apoyadas por culturas eficaces. Pero la guerra requiere ejércitos, respaldados por lealtad, mientras que el comercio requiere seguridad, respaldada por justicia.

Quizás la mayor contribución de la economía es la idea de que las sociedades se beneficiarán más de tratar de comerciar entre sí que de intentar conquistarse las unas a las otras. Por otra parte, mientras más ricos sean sus socios, mayores serán las oportunidades para un comercio mutuamente enriquecedor. Por lo tanto, la relación sabia entre Estados es de cooperación, no de guerra, y de comercio, no de aislamiento.

LEALTAD TRIBAL

Esta brillante idea da la casualidad que es correcta. Pero también es contraintuitiva, e incluso inquietante. Significa que se pudiera ganar más de los extranjeros que de los conciudadanos. Esta idea corroe el sentimiento de pertenencia a la tribu imaginada. Para muchos, esta erosión de la lealtad tribal es amenazante. Y se torna más amenazante si se permite a los extranjeros inmigrar libremente. ¿Quién, pregunta la gente, son estos desconocidos que residen en nuestra casa y comparten sus beneficios? La idea de que la mejor forma de que las sociedades se relacionen entre sí es a través del comercio mutuamente enriquecedor es la filosofía que valida el Foro Económico Mundial, el cual está celebrando su reunión anual en Davos esta semana. La filosofía destaca el comercio sobre el conflicto y lo que los seres humanos tienen en común sobre lo que los divide.

Es un buen credo. Sin embargo, Theresa May, la conservadora primera ministra del Reino Unido, condena a sus creyentes como ‘ciudadanos del mundo’ que no son ciudadanos de ninguna parte.

El resentimiento que ella evoca está, hasta cierto punto, justificado. Aquellos a quienes les había ido bien – debido a la globalización y a la transición poscomunista – prestaron demasiada poca atención a quienes no les había ido bien. Ellos supusieron que una marea creciente levantaría a todas las embarcaciones. Ellos prosperaron enormemente, a menudo con poca justificación aparente.

CRISIS FINANCIERA

Ellos crearon una crisis financiera que devastó su reputación de probidad y de competencia, con terribles resultados políticos. Ellos supusieron que los lazos de pertenencia que significaban tan poco para sí mismos significaban poco para los que quedaban atrás.

No es sorprendente que quienes encuentran el mundo transformado por el cambio social y económico sucumban ante el nacionalismo agraviado y el proteccionismo.

Sin embargo, la política del resentimiento nacionalista no es sólo un surgimiento desde abajo. Es una táctica de quienes buscan el poder. Los detalles de las historias que estos líderes cuentan varían, pero la esencia es siempre la misma. Ellos diferencian a las personas ‘reales’ que los apoyan de los “enemigos del pueblo”. Para ellos, la vida es guerra. En una guerra, pueden justificar cualquier cosa.

Su historia justifica convertir la democracia liberal en una dictadura plebiscitaria. En un brillante ensayo, el analista polaco Slawomir Sierakowski explica cómo funciona esto en su país.

El aspirante a déspota tacha de caos a la libertad personal; de ilegítimas a las instituciones restrictivas; de corruptas a las fuentes de información independientes; de engañosos a los extranjeros; y de amenazantes a los inmigrantes.

PARANOIA

La cultivación de la paranoia justifica cada paso. El aspirante a déspota necesita enemigos, los cuales siempre son fáciles de encontrar. Mientras tanto, los aspirantes a déspotas subrayan que la mayoría está de su parte (aunque no lo esté).

El asalto a la noción de unas confiables fuentes de información independientes representa un elemento central en la política de un déspota plebiscitario, como es el caso de Recep Tayyip Erdogan de Turquía o de Vladimir Putin de Rusia. ¿Cómo definen tales regímenes la verdad? La verdad es lo que ellos dicen que es. Así es que el poder determina la verdad.

Ésta es una característica de todas las dictaduras, especialmente las comunistas, como nos dijo George Orwell. Es también lo que el presidente electo de EE. UU. Donald Trump cree: la verdad es lo que él considera conveniente hoy.

EE. UU. es el ejemplo más importante. ¿Hasta qué punto en el camino hacia el despotismo plebiscitario llevaría Trump a su país? El consenso es “no muy lejos”, dada la fortaleza de sus instituciones. Sin embargo, las instituciones son tan fuertes como las personas que las dirigen. Cuando Augusto se convirtió en emperador, las instituciones de la república romana sobrevivieron.

¿Defenderá el Poder Judicial estadounidense la libertad de expresión? ¿Defenderán los legisladores el derecho al voto? ¿O intimidará exitosamente el presidente a aquellos con quienes no está de acuerdo? ¿Y qué pudiera suceder si ocurriera un ataque terrorista?
Sierakowski señala que el líder polaco Jaroslaw Kaczynski ha acogido el estado benefactor. Trump también ganó entre la base republicana al enfatizar su apoyo a los programas de los que dependen los estadounidenses comunes y corrientes. Pero los líderes republicanos desean reducirlos significativamente. Su éxito pudiera depender de si se apega a sus promesas o a su partido.

Yuval Harari, el pensador israelí, recientemente ha argumentado que: “A pesar de la desilusión con la democracia liberal y con el libre mercado, nadie ha formulado una visión alternativa que goce de ningún tipo de atractivo global”. Esto es cierto, pero irrelevante. El nacionalismo autoritario potencialmente cuenta con tal atractivo. Se ha trasladado al núcleo del sistema mundial. Eso lo cambia todo.

*Martin Wolf Columnista del Financial Times. http://www.portafolio.co/opinion/otros-columnistas-1/peligro-economico-del-nacionalismo-agraviado-502888

17.18.-¿SOBORNÓ CHINA A DONALD TRUMP? – Paul Krugman

El partido Republicano hará cualquier cosa, incluso traicionar a la nación, con tal de obtener ventaja

Oficinas de ZTE en Shanghái. JOHANNES EISELE AFP

Ha traicionado el presidente de Estados Unidos la seguridad de la nación a cambio de

una mordida del Gobierno chino? No digan que es una insinuación ridícula: dado todo lo que sabemos de Donald Trump, está dentro de los límites de lo posible, e incluso de lo verosímil.

Tampoco digan que no hay pruebas: no hablamos de un proceso judicial, en el que a los acusados se les supone inocentes mientras no se demuestre su culpabilidad. En lo que al comportamiento de las máximas autoridades se refiere, el criterio es prácticamente el contrario: se supone que deben evitar situaciones en las que haya el más mínimo indicio de que sus actos pudieran estar motivados por el lucro personal.

18 may 2018 .- Y no digan que, de una manera u otra, da igual porque los republicanos que controlan el Congreso no van a hacer nada al respecto. Esa es en sí una parte fundamental de la historia: un partido político al completo —un partido que históricamente se ha envuelto en la bandera y ha cuestionado el patriotismo de sus rivales— se ha vuelto totalmente complaciente ante la eventualidad de corrupción vulgar, incluso si esta implica pagos de potencias extranjeras hostiles.

La historia hasta ahora: en los últimos años, ZTE, una empresa electrónica china que, entre otras cosas, fabricas teléfonos inteligentes baratos, ha tenido una y otra vez problemas con el Gobierno de Estados Unidos. Muchos de sus productos contienen tecnología estadounidense, tecnología que, por ley, no debe exportarse a países embargados, como Corea del Norte e Irán. Pero ZTE eludía la prohibición.

Inicialmente se multó a la empresa con 1.200 millones de dólares. Más tarde, cuando quedó claro que esta había recompensado a los ejecutivos implicados, en lugar de sancionarlos, el Departamento de Comercio prohibió a las empresas tecnológicas estadounidenses vender componentes a ZTE durante siete años.

Y hace dos semanas, el Pentágono prohibió las ventas de teléfonos ZTE en las bases militares, a raíz de las advertencias de los organismos de inteligencia de que el Gobierno chino podría estar empleando los productos de la empresa para actividades de espionaje. Todo lo cual hace de hecho muy extraño que, de repente, Trump declare que está colaborando con el presidente chino Xi para ayudar a salvar ZTE —“Demasiados empleos perdidos en China”— y que iba a ordenar al Departamento de Comercio que lo solucionase.

Es posible que Trump solo estuviese intentando ofrecer una rama de olivo en medio de lo que parece una posible guerra comercial. ¿Pero por qué escogió un ejemplo tan flagrante de comportamiento indebido por parte de China? Esa fue la razón por la cual muchas miradas se centraron en Indonesia, donde una empresa estatal china acababa de anunciar una importante inversión en un proyecto en el que la Organización Trump tiene una participación sustancial.

Esa inversión, por cierto, forma parte del Proyecto Cinturón y Ruta de la Seda, una iniciativa de infraestructuras multinacional que China está utilizando para reforzar su peso económico —y su influencia geopolítica— en toda Eurasia. Mientras tanto, ¿qué ha sido del plan de infraestructuras de Trump?

Volviendo a ZTE: ¿ha habido un quid pro quo? Puede que nunca lo sepamos. Pero esta no era la primera vez que el Gobierno de Trump hacía una peculiar jugada en política exterior que parece asociada con los intereses empresariales de la familia Trump. El año pasado, el Gobierno respaldó extrañamente el bloqueo saudí a Qatar, un país de Oriente Próximo que casualmente alberga una importante base militar estadounidense. ¿Por qué? Bien, la medida se tomó poco después de que los cataríes se negasen a invertir 500 millones de dólares en 666 Fifth Avenue, un inmueble lleno de problemas propiedad de la familia de Jared Kushner, el yerno del presidente.

Y ahora parece que, después de todo, Qatar podría estar a punto de alcanzar un acuerdo respecto a 666 Fifth Avenue. Me pregunto por qué.

Alejémonos de los detalles y contemplemos el panorama general. Los altos cargos del Gobierno tienen poder para compensar o sancionar tanto a empresas como a otros Gobiernos, de modo que la influencia indebida es siempre un problema, aunque adopte la forma de aportaciones a campañas electorales o compensaciones económicas indirectas a través de la puerta giratoria.

Pero el problema se vuelve muchísimo peor si las partes interesadas pueden limitarse a canalizar dinero a esos altos cargos a través de sus posesiones empresariales. Y Trump y su familia, al no haberse deshecho de sus intereses empresariales internacionales, básicamente han colgado un cartel declarándose abiertos a las mordidas (y estableciendo los parámetros para el resto de la Administración). Y el problema de la influencia indebida es especialmente grave cuando se trata de Gobiernos extranjeros autoritarios. Las democracias tienen normas éticas propias: Justin Trudeau se vería en grandes apuros si a Canadá la pillasen metiendo dinero en la Organización Trump. A las empresas se las puede avergonzar o demandar. Pero si Xi Jinping o Vladimir Putin sobornan a políticos estadounidenses, ¿quién los va a parar?

La primera respuesta se supone que sería la supervisión del Congreso, que antes significaba algo. Si hubiera habido el más mínimo tufo de mordidas extranjeras a, pongamos por caso, Gerald Ford o Jimmy Carter, los dos partidos habrían exigido una investigación, y probablemente se les habría sometido a una moción de censura.

Pero los republicanos de hoy han dejado claro que no van a exigirle a Trump ninguna responsabilidad, ni siquiera aunque raye en la traición.

Todo lo cual quiere decir que la corrupción de Trump no es más que un síntoma de un problema mayor: un Partido Republicano que hará cualquier cosa, incluso traicionar a la nación, con tal de obtener ventaja.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times Company, 2018 Traducción de News Clip https://elpais.com/autor/paul_krugman/ahttps://elpais.com/autor/paul_krugman/a 

16.18.-QUE COMAN FILETES MARCA TRUMP – Paul Krugman

Retirar las ayudas a la compra de alimentos perjudicará, una vez más, a los votantes del presidente

Donald Trump (en el centro), en una reunión del Consejo de Ministros. SAUL LOEB GETTY

En general, a Donald Trump le interesan muy poco los detalles de la política. Por ejemplo, es evidente desde hace tiempo que nunca se ha molestado en entender para qué servía realmente su única victoria legislativa importante, la rebaja fiscal de 2017. De modo similar, está bastante claro que no tenía ni idea de qué había en realidad en el acuerdo con Irán que acaba de revocar. En ambos casos, ha sido más una cuestión de ego que de fondo: anotarse una «victoria» y deshacer lo logrado por su predecesor.

11 may 2018.- Pero hay algunas cuestiones políticas que sí le importan de verdad. A decir de todos, siente verdadera aversión por la idea de que la gente reciba «asistencia social», refiriéndose con esto a cualquier programa público que ayude a personas con rentas bajas, y quiere eliminar esos programas siempre que sea posible.

Se dice que hace poco amenazó con vetar la futura ley agraria a no ser que imponga duros requisitos laborales a los perceptores del Programa Asistencial de Nutrición Suplementaria (SNAP por sus siglas en inglés), conocido en general como los cupones para alimentos.

Permítanme ser directo: hay algo esencialmente obsceno en este espectáculo. Tenemos a un hombre que heredó una gran riqueza y que luego desarrolló una trayectoria empresarial principalmente a base de engañar a gente crédula, ya fuesen ingenuos que invertían en sus negocios y cargaban con el muerto cuando esos negocios quebraban, o estudiantes que perdían tiempo y dinero en títulos inútiles emitidos por la Universidad Trump. Así y todo, está decidido a quitarles la comida de la boca a personas verdaderamente desesperadas, porque está seguro de que, de una manera u otra, se están librando de algo, de que lo tienen demasiado fácil.

Pero por mezquinos que sean los motivos de Trump, este es un gran problema desde el otro lado. La Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO, por sus siglas en inglés) calcula que los nuevos requisitos laborales y otras restricciones propuestas por los republicanos de la Cámara de Representantes acabarían negando o reduciendo la ayuda nutricional a cerca de dos millones de personas, la mayoría familias con niños.

¿Por qué querría alguien hacer eso? El problema está en que no es solo Trump: el odio de los conservadores a los cupones para alimentos está muy extendido. ¿A qué se debe?

El lado más respetable, supuestamente intelectual, de la opinión conservadora plantea que los cupones para alimentos reducen los incentivos, al hacerles la vida demasiado cómoda a los pobres. Como explicaba Paul Ryan, el SNAP y otros programas crean una «hamaca» que «mece a personas físicamente aptas y las lleva a una vida de dependencia y complacencia».

Pero este es un problema que existe solo en la imaginación de la derecha. Es muy difícil encontrar perceptores físicamente aptos de SNAP que debieran estar trabajando y no lo hacen; la gran mayoría de los beneficiarios del programa tienen trabajo —aunque en empleos inestables que pagan poco— o son niños, ancianos, discapacitados o cuidadores esenciales de familiares.

Ah, y hay pruebas sólidas de que los niños de familias con pocos ingresos que reciben cupones para alimentos se convierten en adultos más productivos y sanos, lo que significa que el programa es, de hecho, bueno para el crecimiento económico a largo plazo.

¿Se trata de dinero? La aprobación de la rebaja de impuestos de 2017, que destrozará el presupuesto, demostró de una vez por todas, a cualquiera que lo dudase, que a los republicanos les dan igual los déficits.

Pero incluso aunque les importasen, la CBO calcula que los recortes propuestos para los cupones de alimentos ahorrarían menos del 1%, sí, el 1%, de los ingresos perdidos debido a esa rebaja de impuestos. De hecho, en la próxima década todo el programa SNAP, que ayuda a 40 millones de estadounidenses, solo costará aproximadamente un tercio de lo que costará la rebaja de impuestos. No, no es una cuestión de dinero.

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¿Y el racismo? Históricamente, los ataques a los cupones de alimentos han comportado un elemento racial apenas oculto: por ejemplo, cuando Ronald Reagan imaginó a un «fornido joven negro» usando los cupones de alimentos para comprar chuletones. Y sospecho que el propio Trump todavía piensa que los cupones de alimentos son un programa para negros urbanos.

Pero si bien muchos negros urbanos reciben cupones para alimentos, también los reciben muchos blancos de las zonas rurales. A escala nacional, hay muchos más blancos que negros recibiendo cupones, y la participación en el SNAP es más elevada en los condados rurales que en los urbanos. Los cupones para alimentos son especialmente importantes en regiones deprimidas como los Apalaches, que han perdido empleos en el carbón y en otros sectores tradicionales.

Y sí, esto significa que algunas de las mayores víctimas de la obsesión de Trump con recortar la «asistencia social» serán los mismos que lo elevaron al cargo.

Piensen en el condado de Owsley, Kentucky, en el epicentro de la crisis regional de los Apalaches. Más de la mitad de la población del condado recibe cupones para alimentos; el 84% de los electores votaron a Trump en 2016. ¿Sabían qué votaban?

Al final, no creo que haya ninguna justificación política para el ataque a los cupones de alimentos. No se trata de incentivos, ni de dinero. Y hasta la animosidad racial que tradicionalmente se oculta tras los ataques a los programas sociales en Estados Unidos ha retrocedido parcialmente a un segundo plano.

No, esto es crueldad mezquina convertida en principio de gobierno. Se trata de gente privilegiada que mira a otros menos afortunados y no piensa «yo podría estar ahí, si no fuese por la gracia de Dios»; simplemente ven a un montón de perdedores. No quieren ayudar a los menos afortunados; de hecho, les indigna la idea misma de que la ayuda pública haga un poco menos desgraciados a esos perdedores.

Y esta es la gente que en estos momentos gobierna Estados Unidos.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times Company, 2018. Traducción de News Clips. https://elpais.com/economia/2018/05/11/actualidad/1526050047_858173.html

 

16.18.-COMO UN «PERÍODO DE ANTES DE LA CRISIS» EN LA CITY FINANIERA EN LONDRES –  Eric Albert* 

Con tres décadas de experiencia en el mercado de divisas, Simon Derrick ha experimentado muchas crisis financieras y bastantes momentos de euforia. Para este banquero británico del banco estadounidense BNY Mellon, sin duda, estamos pasando por la segunda fase. «Hay una atmósfera extraña que me recuerda a 1999 o 2007.

El optimismo que reina en los mercados es realmente preocupante. En resumen, estamos en un período “antes de crisis”. Quien se define a sí mismo como «eternamente pesimista» concentra sus ansiedades en el mercado de bonos. Desde finales de 1980, el mundo occidental ha entrado en un período de declive estructural en las tasas de interés: alrededor del 10% hace tres décadas, 5% en la década de 2000 y casi el 0% desde la crisis financiera 2008.

Sin embargo, han pasado casi dos años desde que este movimiento se invirtió. El primer banco central en liderar el cargo es la Reserva Federal de los Estados Unidos. Al aumentar su tasa clave, ha logrado elevar las tasas de los Estados Unidos a diez años. A fines de abril, pasaron la marca del 3%, causando una emoción digna de los picos más altos. En Europa y el Reino Unido, no estamos allí (0,8% en Francia), pero la tendencia al alza es la misma. Disparo de advertencia En sí mismo, es una buena señal.

El crecimiento occidental es sólido y las tasas de interés finalmente se normalizan después de años excepcionales. Esto recompensa a los ahorradores, que se beneficiarán de mejores rendimientos. El problema es que cambia el equilibrio de los mercados financieros.

En particular, los mercados de acciones repentinamente parecen estar sobrevalorados en gran medida. Una justificación los mantuvo en este nivel: como los rendimientos de los bonos eran muy bajos, los inversores prefirieron ir a los mercados de acciones, que pagaban más. «Pero hoy en día, estas valoraciones ya no se pueden justificar», dice Simon Derrick. La severa corrección de las bolsas de valores en enero y febrero sirvió como una advertencia.

Pero eso debería continuar. Como siempre, es imposible predecir con precisión la fecha de la caída. Agosto y septiembre, dos meses 14 may 2018 Como un «período anterior a la crisis» en el City en el Reino Unido, el Banco de Inglaterra un AUMENTO dE lA TASA que se prepara para los próximos meses, a menudo asociados con las caídas puestos violentas? A menos que un evento externo (una guerra en el Medio Oriente?) no sea el elemento disparador?

Por ahora, está claro que la calma prevalece. Cuando Argentina elevó su tasa de interés al 40% a principios de mayo, el caso permaneció localizado y nadie habló de la crisis del país emergente. Del mismo modo, escuchamos pocas advertencias sobre las tasas de los bonos en Italia, que es cercana al 2%. «Su diferencia con las tasas alemanas (que están en 0.5%) aún está en su nivel más alto desde 2009», dice Simon Derrick.Dificultades para anticipar según él, la relajación de los mercados proviene en gran medida de un factor humano muy simple.

«Todos aquellos que están a cargo del riesgo en los mercados y que tienen menos de 40 años solo han vivido con una política monetaria laxa. Nunca han sabido nada más y están luchando por anticipar un cambio real de la era. Sin embargo, todo indica que el aumento de la tasa continuará. La muy importante reducción de impuestos decidida por Donald Trump ampliará el déficit de los Estados Unidos, lo que obligará a emitir más letras del Tesoro.

El lado de compra, China está sentado en una enorme reserva de monedas (unos 3.000 billón de dólares) y anunció que no la aumentaría. Por lo tanto, será menos codiciosa en los bonos del Tesoro de los Estados Unidos. Más ofertas, menos demanda: para atraer inversores, las tasas tendrán que aumentar. En el mediano plazo, 4% es bastante posible.

En el Reino Unido, el Banco de Inglaterra prepara una subida de tipos en los próximos meses, y en la zona euro, Mario Draghi, gobernador del Banco Central Europeo, está tratando de forma gradual para poner fin a su política de flexibilización cuantitativa. Económicamente, esta estandarización es saludable. Pero para los mercados, esto requerirá un ajuste, que aún no ha tenido lugar.

* Eric Albert corresponsal de Le Monde en Londres.

http://www.lemonde.fr/idees/article/2018/05/14/comme-une-periode-d-avant-crise-a-la-city_5298711_3232.htm

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