34.19.-Las tribulaciones de RappiSALOMÓN KALMANOVITZ

Fundada en Bogotá, ahora con más de 13 millones de usuarios que piden a domicilio, por medio de la app, desde comida y medicamentos hasta casi cualquier mandado que se les ocurra. 

Rappi es uno de los pocos unicornios surgidos en Colombia y paradigma de la economía naranja que el presidente Duque ha promovido como su estandarte de gobierno. De hecho, la firma hizo campaña en las pasadas elecciones a su favor y el candidato publicó una foto con la gorra naranja que distingue a los rappitenderos. Dijo, además, que la empresa refleja el poder de los millennials. 

Unicornio se le considera a un emprendimiento basado en las nuevas tecnologías que alcanza una valoración de US$1.000 millones, algo que Rappi ha logrado con presencia en siete países latinoamericanos, tras su fundación en 2015.

10 sep 2019.- Tal tipo de empresas aprovechan que la tecnología avanza a una velocidad superior a las regulaciones establecidas para la tributación, las cotizaciones a la seguridad social, las relaciones laborales y las cargas que enfrentan las empresas tradicionales de cada sector. De esta manera, Uber evade el pago de la matrícula y seguros de sus “socios” conductores de taxis encubiertos y Airbnb evade los impuestos hoteleros al rentar apartamentos por períodos cortos a los que visitan su plataforma.

Se puede afirmar que las nuevas empresas tienen más impacto en sustituir a las antiguas que en profundizar los mercados, aunque tienen la virtud de reducir costos al contar con economías de escala derivadas de sus plataformas electrónicas, pero así mismo despiertan la desesperada lucha de los perdedores. Los taxistas en varias ciudades del mundo han emprendido campañas para igualar las condiciones de los uberconductores a las propias y el nuevo sistema ha sido prohibido por las autoridades en varias de ellas. Muchas ciudades han restringido los alquileres de apartamentos por plataformas electrónicas globales, ya que limitan la oferta de vivienda a los locales y han contribuido a disparar los alquileres.

Recientemente, la Superintendencia de Industria y Comercio dictaminó que Rappi estaba administrando su plataforma de comercio en forma irresponsable: no daba factura de compra; cuando había que dar vueltas en los pedidos, las daba en rappicréditos y no en efectivo; no informaba verazmente el precio de los productos y hacía cobros distintos a los enunciados; cobraba pedidos cancelados; incumplía las promociones; demoraba la entrega; confundía las órdenes; hacía cobros dobles por un mismo producto y descuentos en tarjeta de crédito sin autorización.

El “director de policy” de Rappi expresó que acataba a la autoridad, “pero deben tener en cuenta que esto es una nueva economía y deben estudiar los impactos negativos que desincentivan los emprendimientos”, o sea que la ley no les debe aplicar. Falta todavía que el Ministerio de Trabajo investigue algo mucho más grave: las condiciones laborales de los trabajadores de las nuevas industrias “asociativas”, que incumplen todas las normas de contratación y de responsabilidad. Entre otras, Rappi no cotiza para la salud y la pensión de sus “asociados”; no paga el seguro por riesgos de accidentes de trabajo, muy frecuentes, por cierto, entre los ciclistas-tenderos; no hay primas, vacaciones ni cesantías y no hay posibilidades de ascenso en la empresa. En la página de Rappi para captar jóvenes se lee: “Actívate cuando quieras”, “recibe buenos ingresos”, y “pasión, orgullo y voluntad”, de las que necesitarán mucho los muchachos que, a pesar de poder contar con algunas horas de trabajo, seguirán sumidos en la informalidad del no futuro.

https://www.google.com/search?q=KALMANOVITZ+COLUMNAS&oq=KALMANOVITZ+COLUMNAS&aqs=chrome..69i57j69i59.10571j1j8&sourceid=chrome&ie=UT 

 

33.19.-El incendio amazónico de todos –  HERNANDO GÓMEZ*

Se ha dicho hasta el cansancio que es el pulmón de la humanidad. Y es el pulmón de la humanidad. 

Pero es también territorio de Brasil y otros países soberanos. Con lo cual ya topamos con el problema más difícil, peligroso y angustioso que haya tenido la humanidad en mucho tiempo; quizá desde el comienzo de los tiempos.

1 sep 2019.-  Es el problema de los “bienes públicos internacionales”, o de las cosas que todos necesitamos y sin embargo son manejadas por autoridades que no nos representan y cuyos intereses son contrarios a los nuestros.

El caso Bolsonaro es la muestra dolorosa del momento. Los brasileños lo escogieron por motivos simplemente deplorables. La corrupción de los gobiernos de derecha, que por fin se mostró con Odebrecht, llevó hace años a la elección de Lula, el presidente obrero que más ha hecho contra la pobreza en América Latina. Su sucesora no tenía carisma, de modo que un Congreso corrupto decidió destituirla por hacer un traslado presupuestal ¡sin que nadie se robara ni un real! Entonces Lula se postuló de nuevo y punteó en las encuestas, hasta que un juez corrupto y endiosado por los medios decidió encochinarlo y lo mandó a la cárcel… por un apartamento que ni siquiera estaba escriturado a Lula o su familia.

El juez pasó a ministro de Justicia de Bolsonaro, el presidente más inverosímil que recuerdo (si no fuera por los que digo más abajo). Un chafarote en ropa de civil, ignorante, patán y mujeriego, que no cree en el cambio climático y cuyo plan de desarrollo en un país tan envainado consiste en explotar la Amazonia. Fue la señal para que los colonos duplicaran las quemas, que a este paso acabarán con el 20 % del oxígeno del mundo.

Pero a su vez Bolsonaro recibió la señal de Donald Trump, el ignorante, patán y mujeriego que no cree en el cambio climático y escogieron los gringos para que decidiera por todos nosotros. Es el retiro del Acuerdo de París y es la silla vacía en el G7 que esta semana se ocupó de los incendios. Es el desmonte descarado de las regulaciones ambientales, en el país que más contaminación produce.

Y es, ante todo, la patada de Estados Unidos al orden internacional que él mismo había creado y mantenido desde el final de la Segunda Guerra.

La política internacional de Trump se reduce a esta idea: los gringos se cansaron de que el mundo se aproveche de ellos. Por idiota que suene, esta idea convence a los perdedores de la globalización en su país, que por eso lo apoyan a rabiar. De aquí los actos y palabras que al resto del planeta le suenan incoherentes: rechazo de los foros multilaterales, negociaciones duras con cada país por separado, bravuconadas y retiradas por doquier, y no más guerras donde mueran sus votantes.

Estados Unidos vela por lo suyo, y cada quien que vele por lo suyo. De aquí la invitación de Trump a los enemigos de sus amigos para que ayuden a deshacer el orden: Rusia invitada al G7, Kim disparando sus cohetes, el príncipe saudí cometiendo asesinatos, Netanyahu bombardeando a su antojo, Boris Johnson saliéndose de Europa y Bolsonaro quemando la selva.

Es el mundo sin más orden que el interés de cada Estado, donde Rusia responde con Crimea, China con una guerra comercial o con Hong Kong, Macron posa de líder de Occidente, Italia deja ahogar a los migrantes, Polonia y Hungría se declaran racistas, Reino Unido se deshace, Alemania se detiene, Siria se desangra, Japón pelea con Corea del Sur, Puerto Rico se ahoga, Venezuela se muere, proliferan las armas nucleares, los polos se derriten y la Amazonia arde.

Nunca se había necesitado tanto la concertación internacional. Nunca se había estado tan lejos de tenerla.

*Director de la revista digital Razón Pública. https://www.elespectador.com/opinion/hernando-gomez-buendia

32.19.-Migrantes Náufragos del Mediterráneo –  MANUEL CASTELLS

Lo más repugnante es la actitud de quienes, como Matteo Salvini o Carmen Calvo, amenazan a quienes arriesgan su vida para salvar a los que nadie salva con la idea de que no tienen “permiso para rescatar”.

El Mediterráneo, cuna de nuestra civilización, se está convirtiendo en testigo aterrado de nuestra barbarie. La idea de dejar ahogarse a miles de personas desesperadas fugitivas del hambre y de la guerra porque nos molestan es simplemente una abdicación de ­hu­- ma­nidad. Ya no somos solidarios con nuestra especie, ni con nuestro planeta, ni con nadie que no nos interese ­di­rectamente.

Estamos naufragando moral y personalmente junto con los que se hunden en las aguas que separan en lugar de unir. En el 2018, 2.242 náufragos ahogados, y en el 2019, estamos llegando al millar. Y, de hecho, el 75% de los náufragos ahogados cuando intentaban llegar a España no están identificados. La prensa alemana ha publicado una lista, elaborada por una oenegé holandesa, con los 32.293 nombres que se han podido identificar como muertos en el Mediterráneo desde 1993, la mayoría en los últimos cinco años.

Pero lo más repugnante es la actitud de quienes, como Matteo Salvini o Carmen Calvo, amenazan a quienes arriesgan su vida para salvar a los que nadie salva con la idea de que no tienen “permiso para rescatar”. ¿Cabe mayor bajeza moral? ¿Hay que tener un permiso burocrático con la estampilla correspondiente para poder socorrer a quienes se están ahogando?

Que no se extrañen de que la gente esté asqueándose de todos los gobiernos, todos, que siempre encuentran pretextos para mirar a otro lado. No subestimen la indignación ciudadana que se puede producir como sancionen al Open Arms y a su armador, una iniciativa ciudadana, de Badalona concretamente, sin más recursos que los de la gente que los apoya. Ha cambiado el Gobierno español en este tema, claro que ha cambiado, con respecto a la actitud mostrada al acoger al Aquarius. La razón, dicen, es que hay que hacerlo mancomunadamente con Europa. Y como hay desacuerdos profundos, porque en el fondo nadie quiere afrontar el coste electoral del voto xenófobo, se van echando la pelota de unos a otros esperando que pase la tormenta.

Una tormenta que no amainará, porque es insostenible la situación de 1.216 millones de personas al sur del Mediterráneo, separados por un mar del área más rica del mundo. Por eso cuando no pueden más piensan en sus hijos y ­prefieren arriesgarlo todo para que algún alma caritativa los lleve a tierra ­europea donde empezar una nueva vida de trabajo y familia. Es un proceso de inmo­lación gradual para golpear lo que quede de conciencia solidaria. Muchos responden, aunque no sean los gobiernos. Y barco tras barco, salen al mar a so­correr, aun sin tener el permiso que les reclama Carmen Calvo, desafiando una legalidad injusta e insostenible. Tienen el apoyo de muchos ciudadanos que no votan a Vox ni a Salvini, aún ­somos ­mayoría.

Y una comprensión judicial allí donde quedan jueces independientes. Como el juez italiano que liberó a Carola Rackete, la capitana alemana del Sea Watch, que entró con su barco en Lampedusa y fue inmediatamente arrestada. El juez escribió en su sentencia absolutoria que Rackete “estaba haciendo su trabajo salvando vidas humanas”. Rackete anunció su inmediata vuelta al mar. Como los tripulantes del Ocean Viking, que por fin pudieron desembarcar en Malta a los cientos de personas a la deriva que habían salvado.

Claro que hay un problema de mayor envergadura y que no se puede resolver persona a persona. Es necesario un programa de desarrollo de África, financiado por Europa con controles estrictos del gasto para ir deteniendo el flujo de inmigración desesperada. Hay que combatir a las mafias del tráfico de seres humanos allí donde estén. Ahora vemos las consecuencias de la desestabilización de Libia tras acabar a bombazos con la dictadura estable de Gadafi por inte­reses geopolíticos. Y naturalmente, habría que establecer procedimientos de acogida y reparto de refugiados entre distintos países europeos, por lo menos los que estén dispuestos a ello, pero superando cuotas ridículas que son una gota de aceite en un mar embra­vecido (y que, por cierto, también está muriendo).

Y mientras las Cortes se divierten y los políticos se echan la culpa unos a otros, la gente muere y la desesperación aumenta, y con ella, la rabia que nos dará coletazos. Personalmente, sólo creo en la solidaridad persona a persona, en la acogida de familias del Sur por nuestras familias durante un tiempo hasta que se integren, tal como han estado haciendo la Comunidad de San Egidio y otras comunidades solidarias. O en el esfuerzo de municipios como los de Barcelona o València, dispuestos a acoger. Pero incluso esa generosidad tropieza con las burocracias estatales que se arrogan todos los poderes, incluidos los de vida y muerte sobre seres humanos, y no quieren que se les escape el control aunque sea a costa del sufrimiento de los ­demás.

Por cierto que, en esas condiciones, considerando este tema y muchos otros, no entiendo por qué Podemos y sus confluencias se empeñan en querer entrar en un gobierno en el que estarían atados para disentir de lo que está pasando.

Hacen falta expresiones políticas significativas, no marginales, que desde fuera del gobierno mantengan la presión de la sociedad sobre la maraña de intereses de todo tipo que siguen dominando a los partidos tradicionales, en España y en Europa. Votar la investidura a cambio de vagas promesas programáticas serviría, y mucho, para evitar nuevas elecciones que ganaría la extrema derecha con su º de izquierda, votar a Sánchez y hacer una oposición dura en lo que haya que hacer, en la calle y en el Parlamento. Sería más claro para todos. Y sólo así volvería a crecer Podemos, que no nació para ocupar ministerios, sino para cambiar la política. Pero la autodestrucción es la enfermedad congénita de la izquierda.

Manuel Castells es sociólogo, economista y profesor universitario de Sociología y de Urbanismo en la Universidad de California en Berkeley.

https://www.lavanguardia.com/opinion/20190830/4783941549/naufragos.html

http://www.sinpermiso.info/textos/naufragos 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.