• 20.44.-China, por el relevo de hegemonía BEETHOVEN HERRERA
  • Narendra Modi amenaza con convertir a India en un estado de partido único
  • 20.44.-EEUU: Los representantes de las grandes empresas son aun una pequeña minoría de los miembros del equipo de transición presidencial PHIL MATTERA
  • Elogio a Janet Yellen, la economista PAUL KRUGMAN

China proyecta ser en 2035 el líder tecnológico mundial, cuando alcance el grado de “nación socialista completamente modernizada”.

22 nov 2020.- La primera decisión que tomó Trump en 2016 fue retirar a Estados Unidos del Tratado Transpacífico, que excluía a China, cuyas negociaciones estaban próximas a concluir.

Y el primer acto de China tras reconocer la victoria de Biden fue firmar la Asociación Integral Regional, que excluye a Estados Unidos, con 15 países que representan un tercio de la economía mundial, con un PIB de US$26,2 billones (un tercio de la economía mundial) e incluye a 2.200 millones de personas (30% de la población global).

El acuerdo reduce aranceles y cuotas para el 65% de los productos y aborda economía digital, inversiones y propiedad intelectual; pero no incluye derechos laborales ni medio ambiente. India se abstuvo de participar y llama la atención que Japón, enfrentado históricamente a China, haga parte del acuerdo al lado de Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda, además de Myanmar, Brunéi, Camboya, Filipinas, Indonesia, Laos, Malasia, Singapur Tailandia y Vietnam, país que asume la presidencia rotatoria del bloque.

En medio de la guerra comercial y tecnológica que la enfrenta con EE. UU., China ha adoptado ‘la doble circulación’ como una nueva estrategia económica que sin cerrarse a las inversiones occidentales, mira hacia el interior buscando reducir la dependencia tecnológica y financiera.

Frente a la estrategia occidental de trasladar sus plantas a China para aprovechar los menores salarios, la paz laboral y las exenciones fiscales, China no será más la ‘maquiladora del mundo’ y responde así al traslado de empresas occidentales desde China hacia Vietnam, Tailandia, Malasia o Camboya. Entre tanto, la Unión Europea ha cedido el puesto de primer socio comercial chino a países del Sudeste Asiático, con los que en 2020 el comercio llega a SU$500.000 millones.

La nueva ley de exportaciones autoriza acciones contra cualquier país que “abuse de las medidas de control de exportaciones” y represente una amenaza para su seguridad china y sus intereses. Ello puede incluir la prohibición de exportar sustancias estratégicas (tierras ‘raras’) y tecnología a empresas extranjeras que amenacen su seguridad nacional. Las tierras ‘raras’ son materiales imprescindibles para teléfonos móviles y misiles: China exporta el 70% de ellas y cuenta con el 95% del total mundial. Aunque la ley combina capital público y privado, “es el Estado el sujeto principal de la economía el que fija las condiciones económicas” y el interés privado estará subordinado y así busca convertirse en “una sociedad de altos ingresos” en los próximos cinco años, vigorizando las zonas rurales y el desarrollo verde.

El plan propone aumentar el gasto público en salud, educación y pensiones, apuesta por el consumo interno frente a las exportaciones, promueve la inteligencia artificial y busca «reemplazar las tecnologías estadounidenses en áreas centrales» de la economía aumentando la inversión en Investigación y Desarrollo desde el 2.2% actual al 3% del presupuesto estatal.

También planea desarrollar industrias estratégicas, acelerar servicios, promover la infraestructura, fortalecer el transporte, impulsar la revolución energética y el desarrollo digital. Con esa estrategia China proyecta ser en 2035 el líder tecnológico mundial, cuando alcance el grado de “nación socialista completamente modernizada”.
Beethoven Herrera Valencia

Profesor, universidades Nacional y Externado 

https://www.portafolio.co/opinion/beethoven-herrera-valencia/china-por-el-relevo-de-hegemonia-546871


20.44.-Narendra Modi amenaza con convertir a India en un estado de partido único

Un primer ministro cada vez más dominante y la constante erosión de los controles y equilibrios

Yo a principios de noviembre, los jueces de la Corte Suprema de India dirigieron su atención a una petición urgente. Arnab Goswami, un destacado periodista, había sido sacado a rastras de su casa y encarcelado.

28 nov 2020.- Los ministros del gobierno condenaron el arresto como un ataque a la libertad de expresión y exigieron que se le concediera la libertad bajo fianza al Sr. Goswami. La audiencia fue breve. «Si nosotros, como tribunal constitucional, no promulgamos la ley y protegemos la libertad, ¿quién lo hará?» proclamó un juez. Esa noche, el Sr. Goswami salió de la prisión de Taloja de Mumbai hacia una multitud embelesada. «¡Esta es una victoria para el pueblo de la India!» gritó.

¿Pero lo fue? Para muchos de los comentaristas de la India, el caso de Goswami no representó tanto una prueba de libertad como una prueba de poder. En su trayectoria actual, según todas las pruebas (como lo ilustra el gráfico de la página siguiente), la democracia más grande del mundo se encamina hacia un futuro que es menos, no más libre.

Goswami es una figura controvertida. Ha sido pionero en un estilo de periodismo de ataque que hace que su programa de televisión nocturno parezca un espectáculo de prueba de la Revolución Cultural de China. Sus víctimas suelen ser críticos de la política gubernamental. Por lo general, se reducen a un recuadro de esquina cuando Goswami se convierte en un fiscal punzante y los denuncia como «antinacionales» o, peor aún, como un agente de Pakistán.

Lo que llevó a Goswami a la cárcel no fue algo que dijera, aunque sus diatribas contra la policía de Mumbai han enfurecido al gobierno local, que se opone al primer ministro, Narendra Modi, y su Partido Bharatiya Janata ( bjp ). El presunto delito del periodista involucraba una gran deuda impaga con un decorador, quien había dejado una nota de suicidio culpándolo, entre otros, de su fatal angustia. La «incitación» al suicidio sigue siendo un delito en la India. El caso se había cerrado en 2019, cuando el bjp todavía ejercía el poder en Mumbai, y su reapertura olía a vendetta.

Por tanto, el fallo de la corte no fue sorprendente. Lo que sorprendió fue la rapidez de su intervención. Goswami pasó solo una semana detenido, y su caso apenas había llegado al peldaño más bajo de los tribunales, sin embargo, los jueces más importantes del país ignoraron el retraso del tribunal de unos 60.000 casos para programar una audiencia de fianza un día después de la apelación del presentador. Esto es en un país donde las cárceles tienen el doble de reclusos en espera de juicio, unas 330.000 personas, que condenados.

La mayoría de estos «subpruebas» provienen de grupos minoritarios y una cuarta parte ha pasado más de un año tras las rejas, reconoce Leah Verghese, investigadora de derecho. Cuando Modi impuso un gobierno directo sobre el antiguo estado de Jammu y Cachemira en agosto del año pasado, miles de sus residentes fueron detenidos. De los más de 550 recursos de hábeas corpus, como el de Goswami, que presentaron los habitantes de Cachemira, los tribunales se han negado a examinar todos menos unos pocos.

En la misma semana en que Goswami obtuvo su indulto, el padre Stan Swamy, un sacerdote jesuita de 83 años que ha defendido los derechos de los pueblos indígenas y está detenido como presunto terrorista maoísta, se declaró culpable ante un tribunal inferior. Como sufre de la enfermedad de Parkinson y no puede sostener una taza con firmeza, los abogados solicitaron que se le permitiera tener una pajita en su celda de la prisión. El tribunal pospuso la audiencia por 20 días.

Aún más sorprendente es la demora de los tribunales sobre cuestiones constitucionales. En 2017, Modi pasó por el parlamento una controvertida ley que creaba «vínculos electorales», afirmando que, como cuestión presupuestaria, no era necesario que la cámara alta la examinara, que entonces no estaba bajo el control del bjp . La Corte Suprema aún no ha examinado la constitucionalidad de esta innovación, que permite donaciones ilimitadas y anónimas a partidos políticos. Otras grandes preguntas que sus jueces aún deben abordar incluyen la imposición el año pasado de un gobierno directo sobre Cachemira y unas 140 peticiones legales contra la Ley de Enmienda de Ciudadanía de 2019, que al insertar la religión como criterio para la ciudadanía socava la naturaleza secular del estado indio. .

¿Sonambulismo hacia el autoritarismo?

La justicia lenta, desigual y arbitraria no es nueva en India. Sin embargo, sus tribunales a menudo han tratado de controlar el poder ejecutivo. Fue un fallo de un juez que Indira Gandhi, quizás la primera ministra más poderosa de India, había hecho trampa en una elección que la llevó en 1975 a hundir a India en una Emergencia de 21 meses, durante la cual arrojó a sus oponentes a la cárcel y gobernó por decreto. Los profesionales del derecho comparan ahora el momento actual con el período más oscuro de la democracia india. “Este gobierno ha hecho mucho daño a la libertad personal”, dice Ajit Prakash Shah, ex juez del tribunal superior. «Pero los tribunales, especialmente la Corte Suprema, han visto este pisoteo indiscriminado y violento de la disidencia como espectadores mudos».

Por desgracia, no son solo los tribunales los que parecen ansiosos por mantenerse al día con el gobierno. Muchos engranajes de la maquinaria institucional de India no son meramente complacientes, sino que se han vuelto cómplices de un proyecto que amenaza con convertir al país en un estado de partido único. Al menos durante la Emergencia, la amenaza fue clara, dice Tarunabh Khaitan, vicedecano de derecho de la Universidad de Oxford y autor de un artículo, “Matando una Constitución con mil cortes”, que detalla la decadencia institucional de India. “Lo que tenemos ahora es un lobo con piel de oveja”, dice. «No hay un ataque frontal total y de gran valor a la democracia, pero hay múltiples ataques simultáneos en todos los frentes … Estamos caminando hacia el autoritarismo».

De las instituciones aparentemente independientes que ahora cumplen, la policía de India se destaca. A pesar de los oficiales individualmente humanos y honestos, la impresión que tienen los indios de la fuerza es que su propósito principal es proteger a los poderosos y perseguir a los débiles. Un ejemplo es la gestión de la policía de Delhi de los disturbios comunales que asolaron partes de la capital de India durante tres días el invierno pasado, dejando 53 muertos.

Los principales oficiales de la fuerza, que antes de que el gobierno de Modi dejara de publicar estadísticas comprendían solo un 2% de musulmanes en una ciudad con un 13% de minoría musulmana, habían sido filmados de pie junto a un político del bjp en un mitin donde amenazó con atacar a los manifestantes, en su mayoría musulmanes. , realizando una sentada pacífica contra la nueva ley de ciudadanía. Durante la violencia, se filmó a la policía arrojando piedras y torturando a los jóvenes musulmanes capturados. Más de dos tercios de los golpeados, baleados y asesinados a machetazos eran musulmanes. Sin embargo, los mejores de Delhi se han negado a registrar quejas contra miembros del bjp por incitación. Sus investigaciones se han centrado en una supuesta conspiración islamista-marxista para fomentar los disturbios y avergonzar a Modi en un momento en que recibía al presidente Donald Trump.

Una enmienda hecha el año pasado a la Ley de Prevención de Actividades Ilícitas (uapa), una ley draconiana de 1967 que permite al estado etiquetar y luego prohibir a los grupos como terroristas, ahora faculta al gobierno para designar a cualquier individuo como terrorista. El estado puede detener a los sospechosos indefinidamente sin derecho a fianza, confiscar sus propiedades e implicar a cualquier asociado como cómplice del terrorismo. Durante el duro bloqueo de India para combatir el covid-19 la primavera pasada, la policía de Delhi reunió silenciosamente a decenas de jóvenes presuntamente involucrados en los disturbios y acusó a muchos bajo la uapa.

Después de haber disfrutado de un dominio absoluto sobre la Lok Sabha, la cámara baja del parlamento, durante seis años, y más recientemente adquirido el control de la parte superior de Rajya Sabha, el gobierno de Modi ha aprobado una serie de otras leyes no solo para expandir sus poderes, sino también para diluir los de retadores potenciales. Una espina en su costado ha sido una ley de 2005 que defiende el derecho de los ciudadanos a obtener información ( rti ) de los funcionarios estatales. Considerada como un gran avance para la transparencia en un país donde los mandarines se mantuvieron distantes e indiscutidos, la ley creó una comisión independiente para garantizar que las solicitudes del público reciban una respuesta. El número de solicitudes supera el millón al año.

En 2019, el gobierno enmendó la ley rti. Redujo el mandato y el prestigio del papel del jefe de la comisión. No es de extrañar que la comisión esté rechazando un número creciente de solicitudes de información del público, citando “documentación insuficiente”, incluso cuando el número de solicitudes pendientes ha aumentado en un 50%. Habiendo descuidado con frecuencia llenar puestos vacíos en la comisión de 11 personas, el gobierno seleccionó en octubre a un periodista cuyos trabajos principales son dos libros que alaban con entusiasmo el “modelo Modi” de gobierno.

Dichos nombramientos son una prerrogativa del ejecutivo, algo que los líderes anteriores apenas han tenido reparos en ejercer. Más inusual bajo Modi ha sido su elección casi axiomática de candidatos con credenciales nacionalistas hindúes, a menudo de su estado natal de Gujarat, y su insistencia en insertar a los leales incluso en instituciones que habían sido vistas como santuarios de la política de partidos. En dos ocasiones, Modi ha reemplazado a los jefes del Banco de la Reserva de la India, el respetado banco central del país, después de que expresaron un elogio menos que exagerado por sus políticas económicas. Como el último contralor y auditor general ( cag ) de la India , el Sr. Modi supuestamente pasó por encima de siete secretarios superiores de la organización y en su lugar se lanzó en paracaídas sobre un funcionario retirado de Gujarat. El cag tiene un historial de informes honestos e incisivos, pero ha provocado molestias al exponer el desperdicio del gobierno.

Modi operandi

En 2016, Modi ignoró de manera similar el precedente institucional en el ejército indio, al levantar al general Bipin Rawat sobre las cabezas de dos oficiales superiores para nombrarlo su comandante superior. El año pasado, luego de un cambio de reglas que extendió la edad de jubilación, el general Rawat fue ascendido a jefe de personal de las fuerzas combinadas de India. El ejército mantiene una tradición de mantenerse alejado de la política que lo hace casi único en su región, pero los observadores han detectado una tendencia creciente de los oficiales a opinar públicamente sobre asuntos civiles, y los soldados retirados susurran reproches a los oficiales por «coquetear» políticos.

Modi ha hecho un espectáculo de su propio papel de comandante en jefe como ningún otro primer ministro reciente, y también ha acuñado oro electoral de operaciones militares preelectorales. Afortunadamente, los soldados de la India también han permanecido en silencio en los momentos útiles. A medida que surgieron pruebas satelitales independientes este verano que mostraban que las fuerzas chinas habían ocupado puestos estratégicos en el territorio reclamado por India a lo largo de secciones remotas de la frontera de los países, el ejército se negó rotundamente a comentar sobre las afirmaciones del gobierno indio de que no se habían perdido tierras.

Incluso la imparcialidad de la Comisión Electoral de India (eci), con un excelente historial de siete décadas en la gestión de la gigantesca logística de los votos indios, ha sido objeto de escrutinio. Durante las elecciones generales de 2019, que Modi ganó por abrumadora mayoría, sus oponentes protestaron enérgicamente cuando el primer ministro y otros altos líderes del bjp escaparon repetidamente a una seria censura por emitir lo que equivalía a silbidos para perros comunales, mientras que la eci sancionó rápidamente a los candidatos rivales por infracciones menores. de sus estrictos códigos de conducta. Uno de los tres principales comisionados del cuerpo se opuso, pero fue rechazado. Posteriormente, su familia fue investigada por presunta evasión fiscal. El funcionario abandonó la eci antes de finalizar su mandato.

Dado que India sigue llevando a cabo elecciones que, según la mayoría de los estándares, son admirablemente libres y justas, puede parecer grosero expresar temores por su democracia. Después de todo, incluso cuando el recuento presidencial de Estados Unidos estaba envuelto en una controversia a principios de noviembre, los funcionarios electorales de Bihar, el estado más pobre de India, con una población de 125 millones, lograron contar los votos sin problemas en menos de un día. Como tantos otros en los últimos años, esa elección fue ganada de manera justa por el equipo de Modi, en el caso de Bihar en alianza con un partido local.

Los partidarios del bjp se burlan de la noción de que su ascenso bajo Modi ha supuesto una subversión de las instituciones o una dilución de la democracia. Tales protestas son meras uvas amargas, insiste Raghavan Jagannathan, editor de Swarajya, una revista de derecha. “Nuestra democracia tiene fallas, pero es un trabajo en progreso, no solo sobre las personas que están actualmente en el poder”. Los apologistas de Modi señalan tendencias inquietantes en estados que no están gobernados por el bjp . Kerala introdujo recientemente una ley para castigar el discurso «ofensivo» con hasta tres años de prisión (pero la retiró después de fuertes críticas). En Odisha, una familia con conexiones con el bjp que posee un canal de televisión que critica al partido gobernante local se ha visto envuelta en juicios.

La política india es un juego duro. El bjp es la máquina política más grande del mundo, con muchas veces la energía, la fuerza organizativa y el respaldo financiero de sus rivales. Tiene un líder fuerte en Modi y una narrativa fuerte, por desagradable que sea para muchos. Esto contrasta fuertemente con la vacilación del Congreso, el anterior partido dominante de India. Liderado por una dinastía Gandhi que se desvanece, se ha desintegrado lentamente. Ghulam Nabi Azad, uno de los 23 líderes del Congreso que recientemente solicitó a Sonia Gandhi, la presidenta del partido, cambios radicales, dice que su liderazgo ha perdido la conexión con la gente en el terreno. Su estructura organizativa se ha «derrumbado». Los indios que detestan a Modi suelen menospreciar a Rahul Gandhi, el mediocre testaferro actual del partido.

Grandes diseños en Delhi

En ausencia de una fuerte oposición en el centro, la resistencia más efectiva al dominio del bjp se encuentra en las capitales de los estados, así como en la prensa y, en general, en la sociedad civil. Todos estos bastiones están bajo un fuerte asalto. El temible lugarteniente de Modi, Amit Shah, el ministro del Interior, no ha ocultado su determinación de derrocar a Mamata Banerjee, una crítica acérrima y a menudo mordaz que ha dirigido el estado fundamental de Bengala Occidental desde 2011, en las elecciones estatales del próximo año. Los partidos de oposición con escasa mayoría en otros grandes estados, incluidos Rajasthan y Maharashtra, son muy conscientes del bjpla capacidad de «persuadir» a los desertores de su lado. Esto sucedió recientemente en Madhya Pradesh, donde el partido de Modi derrocó sin ceremonias al
Congreso después de atraer a una parte de sus diputados.

Al apoyarse en los grandes conglomerados que dominan los principales medios de comunicación, al favorecer los medios que comparten su ideología, como el de Goswami, y al inundar las redes sociales con agitprop, el bjp ha marginado en gran medida las voces críticas en la prensa. En los últimos dos meses, las nuevas reglas han reducido el nivel permitido de inversión extranjera en los medios en línea y han colocado a todo el sector bajo la autoridad del ministerio de radiodifusión. Las medidas parecen tener como objetivo controlar uno de los principales medios de disensión restantes, dicen los editores de tres de los sitios de noticias cada vez más populares de la India. Uno que se especializó en historias de investigación contundentes, HuffPost India, cerró el 24 de noviembre.

Las regulaciones de cumplimiento con respecto a las donaciones extranjeras ya se han utilizado para cerrar decenas de miles de ong . El ejemplo más reciente es el capítulo local de Amnistía Internacional, un grupo de defensa de los derechos humanos. En septiembre, el gobierno agregó requisitos de presentación onerosos y reglas que prohíben a las organizaciones benéficas más grandes financiar a las más pequeñas.

Khaitan, el profesor de derecho de Oxford, no es el único que advierte que la ventaja unilateral del bjp está cambiando sutilmente la naturaleza del juego de la India. “Ya no tenemos igualdad de condiciones”, dice. «Lo que estamos consiguiendo no es un estado de partido único, pero ciertamente un estado hegemónico». La trayectoria se asemeja a la de otras democracias, como Hungría, Polonia y Turquía, donde la autocracia está en aumento (ver gráfico).

El señor Modi está ahora interesado en remodelar Delhi, la capital de la India, de una manera más imperial. Tras un proceso opaco y apresurado que, sin sorpresa alguna, terminó con la elección del arquitecto favorito de Modi, un compañero gujarati, como diseñador jefe, Central Vista de la ciudad, una avenida de césped de 3 km de largo similar al National Mall en Washington, es pasando por el quirófano. Estará flanqueado por diez edificios de oficinas gubernamentales gigantes e idénticos. El proyecto prevé la construcción de un nuevo parlamento ampliado, lo suficientemente grande como para dar cabida al doble de los 545 diputados que actualmente se encuentran en la cámara baja. El antiguo edificio se convertirá en un “Museo de la Democracia”. Y, naturalmente, habrá una residencia y una oficina más grandes y elegantes para el propio primer ministro.

Otro signo de la dirección de viaje de Modi se puede detectar en las diferentes «lecturas» después de su llamada telefónica de felicitación al presidente electo Joe Biden. Entre las cosas que el equipo de Biden dijo que los dos habían discutido estaba un compromiso compartido para «fortalecer la democracia, en el país y en el extranjero». En la versión de la oficina del Sr. Modi, esa parte quedó fuera. ■

https://www.economist.com/briefing/2020/11/28/narendra-modi-threatens-to-turn-india-into-a-one-party-state

20.44.-EEUU: Los representantes de las grandes empresas son aun una pequeña minoría de los miembros del equipo de transición presidencial PHIL MATTERA

Entre los muchos desafíos a los que tendrá que enfrentarse la Administración Biden cuando Trump termine con su rabieta está decidir la postura que quiere adoptar hacia las grandes empresas. Habrá una batalla para ganarse el alma del nuevo presidente ya que los demócratas corporativos compiten con los progresistas para influir en las políticas en áreas como la regulación y la defensa de la competencia.

21 nov 2020.- Las señales iniciales son alentadoras. La transición de Biden acaba de publicar una lista de unas 500 personas que formarán parte del personal de los Equipos de la Agencia de Revisión encargados de preparar el camino para una transferencia de poder en todas las partes del poder ejecutivo.

He consultado la lista de afiliaciones y he encontrado solo unas 20 de grandes empresas. La gran mayoría de las personas pertenecen al mundo académico, el gobierno estatal, bufetes de abogados, organizaciones sin fines de lucro, sindicatos, centros de estudios y fundaciones. Es probable que algunos de los bufetes de abogados estén allí para representar intereses empresariales específicos, pero los numerosos representantes de grupos progresistas de interés público, ambiental y laboral pueden actuar de contrapeso efectivo.

En la lista del Departamento de Trabajo no hay firmas de abogados ni corporaciones; en su lugar hay representantes de cinco sindicatos diferentes junto a personas del Proyecto de Ley Nacional del Empleo y otros grupos progresistas.

Lo que es particularmente significativo es la casi ausencia de personas afiliadas a los bancos de Wall Street. La lista del Departamento de Defensa tiene a alguien de JPMorgan Chase; Seguridad Nacional tiene un representante de Capital One; y el grupo de Desarrollo Internacional incluye a alguien del U.S. Bank. No hay nadie del Bank of America, Goldman Sachs, Citigroup, Wells Fargo o Morgan Stanley.

El grupo del Departamento del Tesoro está dirigido por alguien del Keybank, que tiene su sede en Cleveland y ocupa el puesto 29 entre los bancos estadounidenses. Afortunadamente, el grupo del Tesoro también incluye representantes de lugares como el Center for American Progress, el American Economic Liberties Project y la AFL-CIO.

Otros de los actos de equilibrio es la lista de la Agencia de Protección Ambiental, que tiene un representante de Dell Technologies pero también de Earthjustice (el líder) y de The Sierra Club.

Algunas grandes empresas aparecen en lugares sorprendentes. Walt Disney está representado en la lista de la Intelligence Community. La firma de cosméticos Estee Lauder tiene a alguien en la lista del Departamento de Estado. Alguien de Airbnb está en el grupo del Consejo de Seguridad Nacional.

En cuanto a los villanos empresariales actuales, el que se destaca es Amazon.com. Aparece en dos listas: la del Departamento de Estado y la de la Oficina de Administración y Presupuesto (OMB)

Lyft y Airbnb también están en la lista de OMB, junto con algunos académicos, un consultor, un funcionario estatal y alguien de Meow Wolf, una organización sin fines de lucro con sede en Santa Fe que produce experiencias artísticas inmersivas.

Dado que la OMB supervisa la política regulatoria, la ausencia de representantes de intereses públicos, sindicatos y ambientalistas genera preocupación. Por otro lado, parece que el equipo de Biden está limitando la influencia empresarial en la administración emergente. Esperemos que siga así.

Phil Mattera dirige el Corporate Research Project, afiliado a Good Jobs First.Fuente: https://dirtdiggersdigest.org/archives/6711
Traducción: Anna María Garriga Tarré

https://www.sinpermiso.info/textos/eeuu-los-representantes-de-las-grandes-empresas-son-aun-una-pequena-minoria-de-los-miembros-del

20.44.-Elogio a Janet Yellen, la economista PAUL KRUGMAN

Su pensamiento riguroso se vuelve más importante en momentos de locura como los que vivimos

Janet Yellen, en la Universidad de Brown, en 2018.MICHAEL DWYER / AP

Es difícil exagerar lo entusiasmados que están los economistas con el hecho de que Joe Biden haya escogido a Janet Yellen como próxima secretaria del Tesoro (cargo equivalente a ministra de Economía).

27 nov 2020.- Parte de este entusiasmo refleja la naturaleza revolucionaria de su nombramiento. No solo será la primera mujer que ocupe el cargo, sino que también será la primera persona que haya ejercido los tradicionales tres cargos máximos en la política económica estadounidense: presidenta del Consejo de Asesores Económicos, presidenta de la Reserva Federal y ahora secretaria del Tesoro. Y sí, hay algo de desquite con Donald Trump, quien supuestamente le negó el merecido segundo mandato como presidenta de la Reserva Federal, en parte porque le parecía demasiado baja.

Pero la buena noticia sobre Yellen es que va más allá de su increíblemente distinguida trayectoria como funcionaria pública. Antes de ocupar cargos políticos era una investigadora en toda regla. Y fue, en concreto, una de las principales figuras en un movimiento intelectual que ayudó a salvar la macroeconomía como disciplina útil, en un momento en el que esa utilidad estaba sometida a ataques externos e internos.

Antes de llegar a eso, permítanme hablar de la época de Yellen en la Reserva Federal, en especial el tiempo que pasó en la junta de ese organismo, a principios de la década de 2010, antes de convertirse en su presidenta. En aquel momento, la economía estadounidense estaba recuperándose muy lentamente de la Gran Recesión, una recuperación impedida, a propósito, por los congresistas republicanos que, fingiendo preocuparse por el endeudamiento nacional, impusieron recortes de gasto que perjudicaron significativamente el crecimiento. Pero el gasto no era el único tema de debate; había también feroces disensiones en torno a la política monetaria.

Específicamente, mucha gente en la derecha condenaba los esfuerzos de la Reserva Federal por rescatar la economía de los efectos de la crisis financiera de 2008. Entre ellos, por cierto, se encontraba Judy Shelton, la inepta sin paliativos que Trump sigue intentando instalar en la junta de la Fed, y que en 2009 advirtió de que las medidas de la Reserva Federal producirían una “inflación ruinosa” (Pista: no lo hicieron).

Incluso dentro de la Reserva Federal había una división entre los “halcones”, preocupados por la inflación, y las “palomas”, que insistían en que la inflación no era una amenaza en una economía deprimida y que la prioridad debía ser luchar contra la depresión. Yellen era una de las palomas más destacadas, y un análisis llevado a cabo por The Wall Street Journal en 2013 concluyó que, de los políticos de la Reserva Federal, ella era quien había presentado los pronósticos más acertados.

¿Por qué eran acertadas sus conclusiones? Parte de la respuesta, diría yo, se remonta al trabajo académico que realizó en la década de 1980. En aquel entonces, como ya he insinuado, la macroeconomía útil estaba en entredicho. Cuando digo “macroeconomía útil” me refiero a la opinión, compartida por economistas tan diversos como John Maynard Keynes o Milton Friedman, de que la política monetaria y fiscal podía utilizarse para luchar contra las recesiones y paliar sus estragos económicos y humanos. Este punto de vista no suspendió el examen de la realidad; por el contrario, la experiencia de comienzos de la década de 1980 confirmó firmemente las predicciones de la macroeconomía básica.

Pero las ciencias económicas útiles estaban amenazadas. Por un lado, los políticos de derechas se apartaron de la teoría económica basada en la realidad y se pasaron a las doctrinas extrañas, como que los Gobiernos pueden sacarse de la manga un crecimiento milagroso bajando los impuestos a los ricos. Un número considerable de economistas rechazaban que la política desempeñara una función en la lucha contra las recesiones, y afirmaban que no habría necesidad de esa función si los ciudadanos actuaran racionalmente en su propio interés, y que los análisis económicos siempre deberían partir de la base de que las personas son racionales.

Y ahí es donde entró Yellen; era una figura destacada en el ascenso de la ciencia económica “neokeynesiana”, que se basaba en una premisa clave: los seres humanos no son estúpidos, pero tampoco son perfectamente racionales e interesados. Y, por poco que sea, el realismo acerca de la conducta humana devuelve su validez a la defensa de las políticas agresivas para combatir las recesiones. En investigaciones posteriores, Yellen demostró que los resultados en el mercado laboral dependen en gran medida no solo de cálculos puros y duros de dólares y centavos, sino también de las percepciones de ecuanimidad.

Puede que todo esto parezca abstruso, pero doy fe por experiencia propia de que este trabajo tuvo un enorme impacto en muchos economistas jóvenes, a los que básicamente daba licencia para ser sensatos. Y me parece que hay una relación directa entre el realismo disciplinado de la investigación académica de Yellen y su éxito como política. Siempre ha sido alguien que entendía el valor de los datos y los modelos. De hecho, el pensamiento riguroso se vuelve más, no menos, importante en tiempos de locura como estos, en los que la experiencia pasada ofrece poca guía acerca de qué debemos hacer. Pero ella tampoco ha olvidado que la ciencia económica trata de personas, que no son las máquinas calculadoras hiperracionales que a veces los economistas desearían que fueran.

Claro que, nada de esto significa que las cosas vayan necesariamente a salir bien. No siempre el más veloz gana la carrera, ni el más fuerte la batalla, pero a ambos les llega el momento y la oportunidad. El Gobierno de Trump era una función de payasos –posiblemente el peor en la historia de Estados Unidos– pero las consecuencias de su incompetencia no se han puesto completamente de manifiesto hasta 2020. Aun así, es tremendamente tranquilizador saber que de la política económica se encargará alguien que sabe lo que hace.

https://elpais.com/economia/2020-11-27/elogio-a-janet-yellen-la-economista.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART 

  • 20.43.-Presidente Trump, Año IV: La hora del planeta quemadaGILLES PARIS
  • EEUU: las mujeres, los jóvenes, la clase trabajadora, las ciudades y las minorías étnicas se deshacen de Trump  MICHAEL ROBERTS
  • China, hegemonía programada  BEETHOVEN HERRERA 

El presidente estadounidense saliente ya no tiene el jefe de asuntos estatales y deja que su administración funcione. Una transición a imagen de su mandato.

Donald Trump, durante una ronda de golf, en su club en Sterling, Virginia, el 21 de noviembre. TASOS KATOPODIS / AFP

Desde el 3 de noviembre, la presidencia de Trump ha vacilado entre el drama y la bufonada. The Beaten está difundiendo correo electrónico tras correo electrónico diciendo que la hora es grave con matices de Churchill. Allí denuncia, mientras pide dinero a sus seguidores, la villanía ilimitada de los demócratas, de los que realmente no vemos qué podríamos hacer salvo embellecerlos a todos, o bien torturarlos un poquito por el ejemplo, luego va a jugar al golf.

22 nov 2020.- Lo que le queda de abogados trompeta mañana y tarde que una conspiración de dimensión histórica está por salir a la luz. Que un fraude electoral que pasó por Venezuela, China, Cuba, España y Alemania (lamentamos personalmente la ausencia de Corea del Norte), privó al presidente de su victoria. Que los demócratas son incapaces de demostrar que no hicieron trampa, como si la carga de la prueba recayera sobre ellos.

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Donald Trump ya no gobierna, o casi. Su agenda oficial está vacía cada dos días. Asistió brevemente a la cumbre virtual del G20 el sábado 21 de noviembre para expresar sus buenos sentimientos sobre el presidente de los Estados Unidos, luego partió con un equipo completo a los greens de Virginia mientras sus compañeros debatían un retoque, la pandemia de Covid-19.

Ya no tiene la cabeza en los asuntos estatales, después de casi cuatro años de trabajo a tiempo parcial, porque está plagado de una derrota que quiere poder rechazar negándola. Abandonado a sus propios recursos, su administración hace ejecutar a unos pocos condenados a muerte, desafiando la tregua que se suele observar en tiempos de transición, porque al presidente le gusta. Ella está acelerando el ritmo para comenzar a perforar petróleo en un santuario natural de Alaska porque a él también le gusta. Y anuncia, para disgusto de la Reserva Federal, la interrupción de los programas de apoyo a la economía, para que su sucesor pueda comenzar su mandato en las peores condiciones.

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Nada de una democracia

Es la hora en que quemamos lo que se puede quemar y atrapamos lo que se le presta. No nos sorprenderá si, en la mañana del 20 de enero, el presidente recorrió las oficinas del ala oeste para sacar los enchufes y romper la centralita telefónica con un palo de golf antes de verter aceite usado en el vestíbulo de azulejos.

La derrota no revela nada más de lo que la presidencia no ha sacado a la luz. Donald Trump apenas mencionó la democracia en sus discursos porque no le gustan sus principios y sus leyes. Cuando fue golpeado por el senador de Texas Ted Cruz en Iowa, durante la primera etapa de las primarias republicanas, en febrero de 2016, rápidamente denunció las trampas. Luego había asegurado durante meses que su oponente demócrata, Hillary Clinton, solo podía triunfar de esta manera, al igual que Joe Biden cuatro años después.

A Donald Trump no le importa el efecto corrosivo de sus acusaciones de fraude utilizadas para mancillar a otros, entonadas mecánicamente por fieles mantenidos durante años en la ilusión de hechos alternativos. Estos últimos son insensibles al carácter grotesco del abogado del presidente, Rudy Giuliani, que se ha convertido en el vergonzoso tío de un Partido Republicano paralizado. El maquillaje del ex alcalde de Nueva York se hundió simbólicamente en dos corrientes oscuras, a través de su rostro, el 19 de noviembre, mientras explicaba las teorías de la conspiración con un júbilo incómodo durante una rueda de prensa memorable.

Es en este momento cuando la bufonada da paso al drama. La de un país que descubre que es fácil no respetar las reglas de un contrato social de más de doscientos años. Que los Padres Fundadores no previeron que un avetoro inigualable pudiera pisotear el jardín institucional dejado como legado. Y que una dictadura débil de coraje desafía a una República repentinamente incómoda.

https://www.lemonde.fr/chroniques-de-la-presidence-trump/article/2020/11/22/president-trump-an-iv-l-heure-de-la-terre-brulee_6060678_5077160.html 

20.43.-EEUU: las mujeres, los jóvenes, la clase trabajadora, las ciudades y las minorías étnicas se deshacen de Trump  MICHAEL ROBERTS

El candidato del partido demócrata, Joe Biden, ha vencido al actual presidente republicano Donald Trump en las elecciones de 2020. ¿Qué podemos aprender del resultado de las elecciones sobre los Estados Unidos de América, la mayor potencia imperialista del mundo, en la tercera década del siglo XXI?

15 nov 2020.- Primero, sobre la participación de los votantes. Con votos aun por contar, parece que unos 150 millones de estadounidenses en edad de votar lo habrían hecho. Dado que había 239 millones elegibles para votar, eso significa que hubo aproximadamente un 62% de participación (VEP).

Eso es mejor que en 2016 con un 59% y la mejor participación desde 1960, pero no es tan alta como afirmaban muchos pronósticos de los medios de comunicación el día de las elecciones. Significa que el 37% de los estadounidenses con derecho a voto no lo han ejercido. Hay que compararlo con el 31,4% que votó por Biden y el 29,6% que votó por Trump. Así que, una vez más, el partido de los No Votantes obtuvo el resultado nacional más alto en las elecciones estadounidenses.

Además, hubo otros 20 millones de estadounidenses en edad de votar que fueron excluidos del censo electoral por distintas razones negativas (haber cometido un delito mayor o que la administración estatal hubiese rechazado su inscripción). Así que la participación de la población en edad de votar fue solo del 58%, lo que implica que una parte considerable de las clases trabajadoras de Estados Unidos no votó y / o no se les permitió votar. De hecho, la «mayor democracia del mundo» tiene uno de los niveles más bajos de participación de sus votantes entre las denominadas «democracias liberales».

Una gran parte de la población que no ejerce su derecho al voto son los jóvenes. Menos de la mitad, solo el 43.4%, de los estadounidenses elegibles menores de 30 años votaron en las elecciones presidenciales de 2016. Esto fue mucho menos que el 71,4% de los mayores de 60 años que votaron. Fue incluso menor en estas elecciones.

Trump está diciendo que las elecciones han sido amañadas y en cierto modo tiene razón. Siempre están manipuladas porque el candidato con la mayoría de votos, por no hablar con el voto más grande, rara vez gana. En estas elecciones, Trump obtuvo más de 71 millones de votos, el voto más alto de la historia para un republicano. Pero Biden obtuvo 75 millones de votos, el voto más alto de la historia para un presidente. Pero eso se debe a que en esta elección votó más gente que nunca.

En las últimas ocho elecciones presidenciales, dos elecciones las ganó un candidato que obtuvo menos votos que su principal oponente. Esto se debe a que el ganador es el que recibe la mayoría de los votos del «colegio electoral». Y esos votos se registran en cada estado de los 50 de la Unión. Estamos hablando de los Estados Unidos de América, una unión federal de estados soberanos constituida en la revolución americana del siglo XVIII, y cada estado tiene sus propias leyes y procedimientos electorales. Por lo tanto, la suma de un gran número de votos en Nueva York y California, los estados más poblados, para el candidato demócrata no garantiza la victoria cuando el candidato republicano logra márgenes de victoria estrechos en muchos estados pequeños que suman una mayoría en el colegio electoral.

Así, en 2016, la demócrata Hillary Clinton obtuvo 3 millones de votos más que Trump, pero Trump obtuvo 306 votos del colegio electoral porque ganó por muy poco en una serie de estados pequeños y medianos en el Medio Oeste. Esta vez, Biden ha obtenido una mayoría más importante de votos directos, probablemente alrededor de 4 millones, pero el resultado parece menos claro debido a los estrechos márgenes en los ‘estados indecisos’ clave. Pero esta vez Biden le arrebató esos estados a Trump y el 6 de enero, cuando se reúna el colegio electoral, obtendrá 306 votos electorales para ganar, lo mismo que Trump obtuvo en 2016.

Otra razón por la que el resultado de las elecciones fue apretado es que en los estados controlados por los republicanos ha habido una manipulación significativa de los distritos electorales, el bloqueo deliberado del registro de votantes y, en estas elecciones, un intento desesperado de frustrar las masivas votaciones por correo durante la pandemia de COVID. La «democracia» estadounidense es una broma. Según The Economist, está en la parte inferior de la lista de las llamadas «democracia liberal», ¡y solo Albania obtiene una puntuación más baja!

La razón por la que la participación fue mayor en esta ocasión es en parte la intensa polarización en Estados Unidos debida a la pandemia de COVID y la crisis económica; que ha sido alimentada por las diatribas demagógicas de Trump. Pero también los confinamientos por la pandemia de COVID han provocado un aumento masivo del voto por correo, un proceso más fácil para los votantes que acudir a los centros de votación. También hubo importantes campañas de base en las grandes ciudades para que la gente se registrase y votase.

¿Podemos aprender algo de la composición demográfica y económica de quienes votaron? La encuesta de votantes de Votecast nos da algunas pistas.  Según la encuesta, los votantes masculinos (47%) se dividieron 46-52 en relación a Trump, pero los votantes mujeres (53%) lo hicieron 55-45 en el caso de Biden. Fueron las mujeres votantes las que dieron la victoria a Biden.

El voto de los jóvenes, como de costumbre, fue bajo, solo el 13% del voto total, pero los menores de 29 años votaron 61-36 por Biden. Y los de 30 a 44 años (23% de los votos) también respaldaron a Biden 54-43. Aquellos de 45 a 64 años (un enorme 36% de los votos) optaron por poco a Trump 51-48. Y los mayores de 65 años (otra parte considerable, el 27%) votaron nuevamente por Trump por un estrecho margen 51-48. Así que el 63% de los que votaron tenían más de 44 años y respaldaban a Trump (por poco); mientras que los menores de 45 años (solo el 37% de los votos) respaldaron fuertemente a Biden. Eso fue suficiente para superar las pequeñas mayorías de Trump en los grupos de mayor edad.

¿Qué ocurrió con los grupos étnicos? Según la encuesta el 74% de los votantes eran blancos y respaldaban a Trump 55-43. Pero todos los demás grupos étnicos apoyaron abrumadoramente a Biden. Los afroamericanos constituían solo el 11% de los votantes, pero respaldaron a Biden 90-8. Los votantes hispanos fueron solo el 10% del total, pero respaldaron a Biden 63-35. Los votantes asiáticos fueron solo el 2% de los votos, pero respaldaron a Biden 70-28. Este 25% de los votantes no blancos (y creciendo en tamaño en cada elección) respaldó tan abrumadoramente a Biden que fue suficiente para superar a la mayoría más pequeña de Trump entre los votantes blancos.

Se ha hablado mucho del supuesto aumento de votos a favor de Trump por parte de los afro-americanos e hispano-americanos en esta ocasión en comparación con 2016. Pero la evidencia es dudosa e incluso si es cierta, el cambio es mínimo. Según la encuesta a pie de urna de Edison, hubo una caída en el apoyo de los hombres blancos a Trump en comparación con 2016 del 62% al 57% y un pequeño aumento de las mujeres blancas del 52% al 54%. El supuesto aumento en el apoyo a Trump de los hombres negros fue del 13% al 17% y de las mujeres negras fue del 4% al 8%. Pero considerando que los votantes blancos representaron el 75% de los votos y los votantes negros solo el 11%, el supuesto cambio a favor de Trump de los votantes negros es menos de la mitad de la pérdida de Trump de los votantes blancos. Más votantes hispanos apoyaron a Trump esta vez, se afirma, pero alrededor de dos tercios no lo hicieron.

¿Qué ocurre en relación con la clase y los ingresos? Por nivel de educación, los que abandonaron la escuela secundaria (27% de los votantes) respaldaron a Trump 52-46; y aquellos con pocas cualificaciones (34% de los votantes) nuevamente respaldaron a Trump, pero por poco 50-48. Los graduados universitarios (un considerable 24% de los votantes) respaldaron fuertemente a Biden 56-42 y los votantes con posgrados (alrededor del 14%) fueron aún más pro-Biden 58-40. Cuanto más educados, más pro-Biden.

Pero eso no significa que los estadounidenses de clase trabajadora respaldaran a Trump más que a Biden. Aquellos votantes que ganan $ 50,000 al año (el ingreso medio) o menos respaldaron a Biden significativamente 53-45, y fueron el 38% de los votantes. Aquellos en el grupo de ingresos medios de $ 50-99 mil al año (36% de los votantes) respaldaron por poco a Trump 50-48, mientras que aquellos que ganan más de $ 100 mil al año (25% de los votantes) en realidad respaldaron a Biden 51-47. Los estadounidenses peor pagados, el grupo más grande de votantes, votaron por Biden por un buen margen, mientras que los pequeños empresarios y los de ingresos medios respaldaron por poco a Trump. Los más acomodados respaldaron a Biden (pero sospecho que cuanto más alto en la escala de ingresos, más votos para Trump, ya que otras encuestas muestran que los millonarios respaldaron fuertemente a Trump).

Creo que podemos hacer una estimación de si la mayoría de la clase trabajadora blanca respaldó a Biden o no. Usando las estadísticas de Vote Cast (¡y asumiendo que sean precisas!), el voto de aquellos que ganan $ 99.000 al año o menos fue del 72% del voto total. De ese 72%, Biden obtuvo el 37%, mientras que Trump obtuvo el 35%. Si asumimos que todos los votantes negros e hispanos de Biden están en este grupo, entonces calculo que los trabajadores blancos constituyeron el 52% del voto total. De ese 52%, Biden obtuvo el 21% de ese voto, mientras que Trump obtuvo el 31%. La clase trabajadora blanca respaldó a Trump sobre Biden alrededor del 60-40. Sin embargo, dado que más mujeres votaron y más votaron por Biden, calculo que una pequeña mayoría de mujeres blancas de clase trabajadora votaron por Biden sobre Trump. Eso significa que los votantes hombres blancos de clase trabajadora apostaron por Trump en más de dos a uno. Aún así, la clase trabajadora en su conjunto dio una pequeña mayoría (2.5%) a favor de Biden.

Hay una minoría considerable de estadounidenses de clase trabajadora que respaldaron a Trump, principalmente en pueblos pequeños y áreas rurales. Pero la mayoría de los estadounidenses de clase trabajadora rechazaron el trumpismo. Las áreas urbanas (65% de los votos) respaldaron fuertemente a Biden, mientras que los pueblos pequeños y las áreas rurales respaldaron fuertemente a Trump.  Fue aquí donde la polarización en la votación fue mayor.

La religión también jugó un papel. Los creyentes cristianos protestantes y los evangélicos (45% de los votantes) votaron fuertemente por Trump, mientras que los católicos (22%) se dividieron 50-50 y los musulmanes, judíos y ateos declarados (25% de los votantes) apoyaron muy mayoritariamente a Biden.

¿Cuáles fueron los principales problemas en estas elecciones? Destacan dos: la pandemia del COVID-19 y el estado de la economía. La pandemia fue considerada el problema más importante por el 41% de los votantes y apoyaron fuertemente a Biden. El 28% de los votantes que respaldaron fuertemente a Trump consideraban la economía y el empleo como el tema más importante. Esta fue otra causa clara de polarización en Estados Unidos: confinamientos para salvar vidas; o salvar empleos sin confinamientos. Ese fue el dilema para muchos estadounidenses en 2020.

En resumen, los estadounidenses acudieron a estas elecciones en un número ligeramente mayor, pero la participación fue todavía muy baja en comparación con otras «democracias liberales». Votaron más por el candidato demócrata que en 2016, pero las peculiaridades constitucionales del sistema electoral hicieron que el resultado fuera bastante cercano, aunque, más o menos, en línea con las previsiones de las encuestas. Biden ganó porque las minorías étnicas de Estados Unidos superaron a la mayoría blanca. Biden ganó porque los estadounidenses más jóvenes votaron por Biden en cantidad suficiente como para superar la mayoría de Trump entre los votantes mayores. Biden ganó porque los estadounidenses de la clase trabajadora votaron por él en cantidades suficientes como para superar los votos de los empresarios de las pequeñas ciudades y las áreas rurales.

Las elecciones estadounidenses fueron un desastre. Reflejan el lío en el que se encuentra actualmente el imperialismo estadounidense, con la pandemia de COVID desatada en Estados Unidos y la economía destrozada con millones de desempleados, salarios recortados y los servicios públicos paralizados.

Biden contó con el respaldo de la mayoría de las mujeres trabajadoras, las minorías étnicas, los jóvenes y los habitantes de las ciudades. Votaron para deshacerse de Trump: pero es posible que no esperen mucho de Biden y tienen toda la razón.

Algunos datos sobre la economía de Estados Unidos en un contexto mundial

Participación del PIB mundial

En 1980, era así:

Estados Unidos tenía más del doble que Japón en su participación del PIB mundial, y más que Japón, Alemania y Francia juntos. La participación de China era inferior al 2% y prácticamente la misma que la de India.

Ahora en 2019, antes de COVID, es así :

Estados Unidos todavía tiene la mayor participación en términos de dólares constantes. Aunque su participación ha disminuido, sigue siendo mayor que la del resto del G7. Pero la de China se ha disparado más del 16%, dejando a la India en el camino.

Tasa de crecimiento del PIB per cápita 1980-2020

La tasa de crecimiento del PIB real per capita de EEUU ha sino menos del 3% anual de media y se ha desacelerado constantemente, mientras que la de China ha sido alrededor de tres veces más.

Participación en la producción manufacturera mundial

A principios de la década de 1980, la industria manufacturera estadounidense suponía más del 25% de la producción mundial, Japón el 11% y Alemania el 7%. China ni aparecía. Para 2017, la participación de EEUU había caído aproximadamente al 18%, con Japón y Alemania por debajo del 10%. China se había disparado a más del 25%.

Participación en las exportaciones mundiales

La participación de Estados Unidos en las exportaciones mundiales en 1980 superó el 13%, con Alemania y Japón muy por detrás. China tenía solo el 1% de las exportaciones mundiales.

En 2019, China superó a EEUU con casi un 11% de participación, mientras que la participación de EEUU cayó al 10%.

Esperanza de vida 

La esperanza media de vida es una medida importante de la calidad de vida. En 1980, Estados Unidos ocupaba el puesto 21 en el mundo con una esperanza de vida al nacer de 73,6 años, detrás de la mayoría de los países europeos e incluso de Cuba.

Para 2019, EEUU había caído al puesto 43 en la clasificación con 78,5 años y China se situaba en los 76,7 años

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Desigualdad de ingresos y de riqueza

De las economías del G7, Estados Unidos tiene la distribución más desigual tanto de la riqueza como de los ingresos personales.

Gastos militares

Estados Unidos gasta tres veces más en gastos militares que China y más que el resto del mundo en su conjunto.

Emisiones de carbono por cabeza

Estados Unidos es el líder mundial en emisiones de carbono por persona, seguido por los exportadores de energía y minerales, Australia y Canadá. Las emisiones per cápita de China son menos de la mitad que las de EEUU.

Robots per cápita

Corea lidera en el mundo en densidad de robots, con más de tres veces el número por cada 10.000 empleados que Estados Unidos. Estados Unidos va por detrás de Alemania, Japón y Suecia. China se está poniendo al día rápidamente y superará a Estados Unidos el próximo año.

Tasa de homicidios 

Estados Unidos tiene la tasa de homicidios más alta entre las economías del G7, con casi cinco veces la tasa promedio del G7 y nueve veces la tasa de China.

https://www.sinpermiso.info/textos/eeuu-las-mujeres-los-jovenes-la-clase-trabajadora-las-ciudades-y-las-minorias-etnicas-se-deshacen-de 

20.43.-China, hegemonía programada  BEETHOVEN HERRERA

Busca así convertirse en «una sociedad de altos ingresos» en los próximos cinco años y vigorizar las zonas rurales y el desarrollo verde.

En la última quincena de octubre se celebró el pleno del Partido Comunista de China y se aprobó la ley sobre el control de las exportaciones.

16 nov 2020.- En medio de la guerra comercial-tecnológica que la enfrenta con EEUU, China ha adoptado ‘la doble circulación’ como una nueva estrategia económica que sin cerrarse a las inversiones occidentales, mira hacia el interior buscando reducir la dependencia tecnológica y financiera.

Frente a la estrategia de Occidente de trasladar sus plantas a China para aprovechar los menores salarios, la paz laboral y las exenciones fiscales, ahora China no será más la ‘maquiladora del mundo’ y responde así a la deslocalización de empresas occidentales desde China hacia Vietnam, Tailandia, Malasia o Camboya.

Entre tanto la Unión Europea ha perdido el puesto de primer socio comercial de China, desplazada por los países de la Asociación de Estados del Sudeste Asiático, con los cuales en 2020 el comercio se acerca a US$500.000 millones.

La nueva ley de exportaciones autoriza a adoptar medidas contra cualquier país que “abuse de las medidas de control de las exportaciones” y represente una amenaza para su seguridad nacional y los intereses de China. Ello puede incluir la prohibición de exportar sustancias estratégicas (tierras raras) y tecnología a empresas extranjeras que amenacen su seguridad nacional. Las tierras raras son materiales imprescindibles para teléfonos móviles y misiles: China exporta el 70% de ellas y cuenta con el 95% del total mundial.

La ley combina capital público y privado, pero «es el Estado el sujeto principal de la economía quien establece las condiciones económicas», de modo que el interés privado está subordinado al Estado. China busca así convertirse en «una sociedad de altos ingresos» en los próximos cinco años y vigorizar las zonas rurales y el desarrollo verde.

El plan propone aumentar el gasto público en salud, educación y pensiones; se va a relajar el permiso de residencia que restringe el movimiento de los trabajadores que migran a las ciudades y apuesta por el consumo interno frente a las exportaciones.

Además promueve la inteligencia artificial y busca «reemplazar las tecnologías estadounidenses en áreas centrales» de la economía aumentando la inversión en Investigación y Desarrollo desde el 2.2% actual al 3% del presupuesto estatal.

También se desarrollarán industrias emergentes estratégicas, se acelerará el desarrollo de servicios, se promoverá la infraestructura, fortalecerá el transporte, impulsará la revolución energética y el desarrollo digital. Con esa estrategia China proyecta ser en 2035 el líder tecnológico mundial, cuando alcance el grado de “nación socialista completamente modernizada».

Esta es la primera ley que China promulga desde su ingreso a la OMC (2001) y pese a que Estados Unidos impuso el diseño de esa entidad bajo la inspiración del librecomercio, ahora Trump cuestiona la entidad, y ha paralizado su funcionamiento. China en cambio se mantiene dentro y proclama que una potencia no va a dictar de modo unilateral la política comercial mundial.

La fusión de esa política comercial, del intervencionismo tipo keynesiano y de la planificación estatal es algo parecido a la Nueva Política Económica de Lenin. ¿O será el ‘socialismo de mercado’? o ¿‘el socialismo con características chinas»?.

Beethoven Herrera Valencia

Profesor, U. Nacional y Externado.

https://www.portafolio.co/china-hegemonia-programada-opinion-beethoven-herrera-valencia-546666

20.43.-Hay que aprovechar la recuperación que se avecinaPAUL KRUGMAN

El presidente electo de Estados Unidos, Joe Biden. CAROLYN KASTER / AP

Los próximos meses van a ser increíblemente nefastos. La pandemia explota, pero Donald Trump sigue tuiteando mientras Estados Unidos arde. Sus funcionarios, reacios a admitir que ha perdido las elecciones, se niegan incluso a compartir datos sobre el coronavirus con el equipo de Biden.

20 nov 2020.- En consecuencia, antes de la distribución generalizada de una vacuna se producirán muchas muertes que podrían haberse prevenido. Y la economía también se verá golpeada; están descendiendo los viajes, un indicador temprano de que se está ralentizando el aumento de empleo y de que posiblemente volvamos a experimentar una nueva destrucción de puestos de trabajo a medida que el miedo al coronavirus vuelva a hacer que los consumidores se resguarden.

Pero la vacuna está cerca. Nadie sabe con seguridad cuál de las prometedoras candidatas se impondrá, o cuándo estarán disponibles para la población en general. Sin embargo, es de suponer que en algún momento del próximo año consigamos controlar la pandemia. Y podemos apostar también a que, cuando la tengamos controlada, la economía volverá a rugir. Bueno, esta no es la opinión de consenso. La mayoría de los pronosticadores económicos parecen muy pesimistas; esperan una recuperación prolongada y lenta que tarde años en situarnos en algo parecido al pleno empleo. Les preocupa mucho la “cicatriz” que a largo plazo dejarán el desempleo y el cierre de empresas. Y podrían tener razón.

Pero yo intuyo que muchos analistas han interiorizado excesivamente las lecciones de la crisis financiera de 2008, que, efectivamente, estuvo seguida por años de desempleo, desafiando las predicciones de los economistas, que preveían la recuperación en V experimentada por la economía en otras recesiones vividas con anterioridad. Por si sirve de algo, yo me encontraba entre quienes disentían por aquel entonces, y afirmé que se trataba de una recesión distinta, y que la recuperación tardaría mucho en llegar.

La cosa es que la misma lógica que en la última gran depresión predecía que la recuperación sería lenta, apunta a que esta vez será mucho más rápida, pero, insisto, no hasta que tengamos la pandemia bajo control. ¿Qué frenó la recuperación después de 2008? De una manera muy obvia, el estallido de la burbuja inmobiliaria dejó a las familias con niveles elevados de endeudamiento y con balances de cuentas muy debilitados, que tardaron años en recuperarse. Sin embargo, esta vez, las familias entraron en la recesión provocada por la pandemia mucho menos endeudadas. El valor neto sufrió un golpe breve, pero se recuperó enseguida. Y probablemente hay mucha demanda contenida: los que han conservado su empleo han ahorrado mucho durante la cuarentena, acumulando mucha liquidez.

Todo esto me indica que el gasto aumentará en cuanto la pandemia remita y los ciudadanos se sientan seguros para moverse con libertad, del mismo modo que el gasto se disparó en 1982, cuando la Reserva Federal rebajó los tipos de interés. Y esto a su vez da a entender que Joe Biden presidirá finalmente una recuperación del tipo “amanecer en Estados Unidos”.

Lo cual me lleva a la política. ¿Cómo debería Biden anunciar la buena noticia económica cuando se produzca, si es que se produce? Ante todo, debería celebrarla. No espero que Biden se dedique a jactarse al estilo de Trump; no es esa clase hombre, y su equipo económico estará compuesto por personas a quienes les interesa su reputación profesional, no por charlatanes y aficionados como los que pueblan la actual Administración. Pero puede resaltar las buenas noticias, y señalar que refutan las afirmaciones de que, de algún modo, las políticas progresistas impiden la prosperidad.

Además, Biden y sus subordinados no deberían dudar en desafiar a los republicanos si intentan sabotear la economía, cosa que, por supuesto, harán. Ni siquiera me sorprendería ver esfuerzos republicanos por impedir una distribución generalizada de la vacuna. ¿Qué? ¿De verdad piensan ustedes que habrá líneas que un partido que se niega a cooperar con la administración entrante no esté dispuesto a cruzar?

Por último, aunque Biden debería aprovechar al máximo las buenas noticias económicas, tendría que intentar cosechar más éxitos, y no dormirse en los laureles. Las expansiones económicas puntuales no son garantía de una prosperidad duradera. A pesar de la rápida recuperación de 1982-1984, el trabajador estadounidense medio ganaba, teniendo en cuenta la inflación, menos en 1989, al final de la presidencia de Reagan, que en 1979. Y aunque soy optimista respecto a las perspectivas inmediatas para la economía posterior a la vacuna, seguiremos necesitando invertir a gran escala para reconstruir nuestras desmoronadas infraestructuras, mejorar la situación de las familias estadounidenses y, sobre todo, prevenir el catastrófico cambio climático.

De modo que, incluso si acierto respecto a las perspectivas de que con Biden tendrá lugar una expansión, las ventajas políticas de esa recuperación no deberían provocar complacencia, sino que deberían utilizarse para afianzar la situación de Estados Unidos a la larga. Y el hecho de que Biden tal vez lo consiga es razón para la esperanza.

Aquellos de nosotros a quienes nos preocupa el futuro nos sentimos aliviados al ver la derrota de Trump, pero profundamente decepcionados por la incapacidad para conseguir que la marea azul se materializase en los cargos políticos que aparecían más abajo en la lista de candidatos. Sin embargo, si tengo razón, la peculiar naturaleza de la crisis económica causada por el coronavirus podría dar a los demócratas otra gran oportunidad política. Hay muchas probabilidades de que logren presentarse a las elecciones de mitad de mandato en 2022 como el partido que sacó el país y la economía de las profundidades de la desesperación causada por la covid. Y deberían aprovechar esa oportunidad, no solo por su bien, sino por el bien del país y del mundo.

Paul Kruman es Premio Nobel de Economía © The New York Times, 2020. Traducción de News Clips

https://elpais.com/economia/2020-11-20/hay-que-aprovechar-la-recuperacion-que-se-avecina.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART 

  • 20.42.-Biden vs Trump. retrocediendo del borde del abismoRICARDO CHICA
  • El partido que vendió su alma MAURICIO CABRERA
  • Un Senado republicano sería malo para los negociosPAUL KRUGMAN
  • EEUU: Lo que espera la izquierda progresista de Biden. Entrevista ALEXANDRIA OCASIO-CORTEZ

En lo económico Trump combina una posición proteccionista en lo comercial con una neoliberal en materia de regulación.

Lo que tiene lugar en USA tiene la trascendencia histórica de las grandes definitorias batallas de la 2ª guerra mundial, Stalingrado y Midway, en las cuales el fascismo fue derrotado por las democracias liberales.

9 nov 2020.- Estas enfrentaron el violento ataque de los poderes de eje defendiendo la democracia para el bien de la humanidad entera. La democracia está sufriendo un ataque que, aunque menos destructivamente violento, no es menos peligroso para ella, el que proviene de la extrema derecha populista/fascista. Una gama de grupos de extrema derecha está adelantando una tarea sistemática de erosión de las instituciones democráticas, el GOP y el CD ejemplos paradigmáticos: destruyen la distinción/autonomía de poderes que las caracteriza, politizando los procesos judiciales y manipulando los legislativos en forma destructiva del estado de derecho.

La afinidad ideológica se traduce en mutuas intervenciones en los asuntos internos del otro país (que ha llegado al exabrupto de injerencia en procesos judiciales en Colombia), y una relación de patrón a peón que le hace las labores con Venezuela, Cuba y el BID. Los gobiernos de Trump y Duque comparten, además del honor de ser los peores en la historia de los dos países y una ideología y psicología autoritarias, varias características del populismo de derecha/fascismos (Portafolio 21/9/20). La erosión de las respectivas democracias ha operado en una variedad de formas que caracterizan al uribismo y al trumpismo como tales, salvo que el anacronismo antiliberal de este no es el patriarcal/caudillista/terrateniente de Uribe sino su nacionalismo extremo.

Además de esta erosión de la democracia tres desastres que Trump continuaría generando se destacan:

  1. Medio Ambiente.La total inconsciencia del predicamento que enfrenta la humanidad de dinámica imparable del calentamiento global y el deterioro ambiental, como resultado de la falla de coordinación (de mercado, gubernamental institucional) más grave de la historia, se traduce en el retiro del acuerdo de Paris legitimando otros climate deniers y emisores de carbono (Brasil e India). Sabotea la construcción de mecanismos globales como los acuerdos de Tokio/Paris. torpedeando la lucha contra el calentamiento global al emascular la institucionalidad que pudiera detener la miope e insensata dinámica que llevara al mundo al abismo de la hecatombe climática/ecológica.Miopía e ignorancia en una regresión (de lo avanzado por Obama en materia regulatoria, tanto a nivel doméstico como global) a estadios superados de la carbon economy (continuado apoyo a sus MN), priorizándola en contra de las energías verdes, con lo que priva a la economía de sus enormes posibilidades en materia de innovación y de empleo. Una agravación de la catástrofe climática por el principal consumidor/productor de combustibles fósiles con el desmonte de regulaciones que moderaban su impacto, retrasando la mayor economía del mundo (su más voraz consumidor/depredador de recursos naturales) en la transición a la Green economy/energy
  1. Estabilidad económica y política y su institucionalidad.El enfoque de unilateralismo/excepcionalísimo, refleja la incapacidad de cooperar, de acceder al concepto de bien común (las partes están mejor si cooperan que si confrontan), lo que le imposibilita entender, en lo económico, la importancia de la integración y los acuerdos económicos que la facilitan; y en lo político, la institucionalidad global y los acuerdos internacionales.

En lo económico Trump combina una posición proteccionista en lo comercial con una neoliberal en materia de regulación (como lo exige la combinación de marginados y elite de privilegiados que lo apoya). No entiende que el déficit con China, Alemania y Japón es por falta de competitividad y no se resuelve regresando las regiones afectadas por la desindustrialización a un estadio superado e insostenible. Trump increíblemente expresa y explota simultáneamente, por una parte, el bandazo antiglobalización del populismo de derecha, por el contraste entre la marginalización de los beneficios de la globalización y la concentración de estos en la elite de los sectores financiero, energético y tecnológico; y por otra, esa concentración, pues su base es una peculiar alianza de esos marginalizados con estos privilegiados que se vienen beneficiando excluyentemente del experimento anti-regulación que se adelantó en USA desde los 80. El trumpismo es una radicalización del neoliberalismo: la agenda neoliberal de Trump incluye derrumbe de la regulación de protección al más débil en salud, lo financiero, lo ambiental y en lo informático. En lo financiero, revirtió la regulación adoptada por Obama para limitar las maniobras abusivas/especulativas de los financistas y su capacidad de socializar sus pérdidas en ellas. Rentabiliza para las aseguradoras la prestación de los servicios de salud y al reversar Obamacare niega el acceso a ellos a los más pobres. Un proceso de mercantilización/marginalización que se extenderá a la www (contra su neutralidad instaurada por Obama) a la cual tendremos acceso residual frente a las grandes corporaciones (brecha digital ampliada: el gobierno no podrá regular la provisión de internet de alta velocidad como un servicio público).

En lo geopolítico, reversa las avances de Obama con Irán (y Cuba), perturbando el equilibrio Irán vs Israel/SArabia y agudizando el conflicto sunita-chiita=SArabia-Iran en el MO, acusando a Irán de ser el principal promotor del terrorismo islámico (cuando este es casi mayoritariamente sunita, del cual su aliado SArabia es la fuente). Enterró toda posibilidad de estabilizar al MO uniéndose a Netanyahu en sepultar la solución de los dos estados: reconoce a Jerusalén como capital del estado de Israel y propone un supuesto acuerdo de paz (deal of the century solo para Netanyahu) que destruye toda posibilidad de ella (legitimando, como lo intentan en Colombia Lafaurie-Cabal, el despojo criminal de tierras); como también al acuerdo con Irán apoyando a SArabia en su extremismo (incluso en la bellacada del sitio a Yemen en donde están matando centenares de miles de personas de hambre, cólera y difteria). Continuó irresponsablemente la fatal intervención en Irak asesinando a su comandante militar y debilitó a la única fuerza democrática de la región (los kurdos) entregándoselos a sus históricos opresores (los turcos) al retirarse de Siria entregándosela a Asad+Rusia. Un manejo insensato que se extiende del MO a las relaciones con China y Corea, confrontando a extremos innecesarios a la primera y caotizándo el manejo del problema de la segunda.

3. Pandemias. El impacto de las insensateces de Trump, en un mundo que estará cada vez más expuesto a estas, no se limita a los 10’ enfermos y un cuarto de muertos causados por una incompetencia demencial, sino que alcanza dimensiones globales: no solo destruyó la oficina creada por Obama para monitorear brotes infecciosos por el mundo, sino que también torpedeó a la OMS.

Un caos en todas las esferas, causado por un narcisista omnipotente que pudiera hacerle un daño ingente a la humanidad.

Ricardo Chica
Investigador Desarrollo Económico

https://www.portafolio.co/opinion/otros-columnistas-1/biden-vs-trump-retrocediendo-del-borde-del-abismo-546280

 

20.42.-El partido que vendió su alma MAURICIO CABRERA

El Partido Republicano le vendió el alma al diablo, como lo hizo el joven Fausto para lograr riqueza, fama y placeres.

PROEMIO: La partida de Horacio Serpa deja un enorme vacío. Mucha falta nos hará el incansable luchador por la paz, el demócrata convencido, el político leal e íntegro, el líder progresista que siempre trabajó por la igualdad y la justicia, pero sobre todo el compañero y amigo. Tendrá paz en su tumba si honramos su memoria continuando su lucha por una Colombia justa y en Paz.

8 nov 2020.- ¿Por qué un partido conservador como el Republicano apoyó a un personaje como Trump que es la antítesis de los valores y principios que siempre había defendido?

La semana pasada señalé como la base de votantes del PR se había fortalecido entre los grupos sociales de menor nivel educativo, más propensos a creer en mentiras y teorías conspirativas sobre todo si son difundidas por las redes sociales o Fox News que son su única fuente de información. El 71% de los votantes republicanos solo tienen grado de bachiller, según el Pew research center.

Pero queda un grupo del 29%, incluyendo los dirigentes del partido, con grados universitarios que votan por el Partido Republico (PR). Otra cifra clave es que 4 de cada 5 de los votantes republicanos son cristianos, evangélicos, protestantes o católicos, cuyos valores esenciales incluyen la honestidad, la verdad, o el respeto a los demás.

Entonces parece más contradictorio que un partido con esta composición apoye a Trump. Porque hoy es más que evidente que las características personales de Trump son lo opuesto a estos valores. Para solo citar un dato comprobado, Trump es un mentiroso consumado; el Washington Post, registró que hasta agosto Trump había hecho 22.417 afirmaciones falsas, esto es un increíble promedio de 17 mentiras diarias.

Ni para que hablar de su desprecio por la mujer, sus relaciones con prostitutas, sus estafas como empresario, su evasión de impuestos o la utilización de la presidencia para sus negocios familiares.

Los líderes del PR sabían cómo era Trump. Basta recordar que en la campaña electoral de 2016 los otros precandidatos republicanos como Ted Cruz, Marco Rubio o Mitt Romney, hicieron toda clase de críticas y denuncias sobre los antecedentes de Trump. Sin embargo cuando fue elegido presidente, el PR se olvidó de todas esas verdades y se volcó a apoyarlo en todo, e inclusive a defenderlo en el juicio para destituirlo por el apoyo que negoció con los rusos para su elección.

El PR le vendió el alma al diablo, como lo hizo el joven Fausto para lograr riqueza, fama y placeres. Apoyó a Trump porque le servía para sus intereses económicos y políticos: porque bajó los impuestos a los ricos, porque está eliminando las regulaciones que exigen a las grandes empresas compensar los daños al medio ambiente, porque se comprometió a hacer trizas la reforma al sistema de salud, porque impuso una mayoría de jueces conservadores en la Corte Suprema.

Todo esto demuestra que para el PR han sido más importantes los intereses económicos que los valores, más necesario aferrarse al poder que defender los principios, lo cual se entiende, aunque no se justifica, porque hasta ahora han logrado su objetivo. Lo que no se entiende es que políticos colombianos apoyen y hayan hecho campaña por Trump: comparten su mismo talante mentiroso y carente de principios, pero como a Fausto les llegó el día en que tendrán que pagar el precio.

https://www.portafolio.co/opinion/mauricio-cabrera-galvis/el-partido-que-vendio-su-alma-546452

20.42.-Un Senado republicano sería malo para los negociosPAUL KRUGMAN

Un Gobierno dividido significaría parálisis en tiempos de crisis, lo que es catastrófico para todos

Tienda cerrada por el impacto del coronavirus en Nueva York. CHINA NEWS SERVICE

Parece que la marea azul no ha estado a la altura de las expectativas. Joe Biden será el próximo presidente, pero a no ser que los demócratas consigan evitar una derrota en la segunda vuelta para el Senado en Georgia (lo cual, para ser justos, es posible, teniendo en cuenta la notable fuerza de sus esfuerzos organizativos en ese Estado), Mitch McConnell será el próximo líder de la mayoría del Senado.

13 nov 2020.- Las grandes empresas parecen satisfechas con este resultado. Las Bolsas ya estaban subiendo incluso antes de recibir la buena noticia sobre las perspectivas de obtener una vacuna contra el coronavirus. Los intereses empresariales parecen imaginar que prosperarán con una presidencia de Biden frenada por el control republicano del Senado.

Pero las grandes empresas se equivocan. Es muy probable que un poder estatal dividido signifique parálisis en un momento en el que necesitamos desesperadamente actuaciones enérgicas.

¿Por qué? A pesar de las noticias sobre la vacuna, se nos avecina un invierno de pesadilla por la pandemia; y será peor, desde una perspectiva humana y económica, si un Senado republicano obstruye la respuesta de la Administración de Biden. Y aunque la economía volverá a ponerse en marcha en cuanto se distribuya ampliamente la vacuna, tenemos enormes problemas a largo plazo que no se resolverán si nos enfrentamos a la clase de paralización que caracterizó la mayor parte de la presidencia de Obama.

Empecemos por la pandemia. Ahora que buena parte de la atención pública se centra, o bien en los últimos esfuerzos desesperados de Donald Trump para robar las elecciones, o bien en las esperanzas de que una vacuna nos permita retomar la vida normal, no estoy seguro de cuánta gente comprenderá la ruinosa perspectiva que nos espera para los próximos meses.

La pasada semana murieron más de 1.000 estadounidenses al día de covid-19. Pero, por lo general, las muertes llevan un retraso de 14 días respecto a los casos diagnosticados, y el número diario de nuevos contagios se ha duplicado en las últimas tres semanas. Esto significa que casi con seguridad alcanzaremos 2.000 muertes diarias en algún momento del próximo mes. Y el número de casos nuevos sigue aumentando exponencialmente, de modo que las cosas se pondrán mucho, mucho peor en los próximos meses, en especial porque, a efectos prácticos, no tendremos presidente hasta el próximo 20 de enero. Cuando Biden asuma por fin el cargo, es muy probable que estemos padeciendo todos los días el equivalente a un 11-S.

Además de provocar muertes y secuelas duraderas en la salud de muchos supervivientes, la pandemia descontrolada provocará enormes penurias económicas. Los gobernadores responsables están imponiendo nuevos confinamientos que tal vez ayuden a frenar la expansión del coronavirus, pero esto también conducirá a una nueva oleada de pérdida de empleos. Es cierto que algunos de los peores brotes de coronavirus se dan ahora en Estados con gobernadores irresponsables que ni siquiera imponen el uso obligatorio de mascarillas. Pero incluso en esos Estados la población no puede evitar percatarse de que tienen amigos y vecinos que mueren y que los hospitales están llenos; reducirán sus gastos, lo cual provocará la pérdida de muchos puestos de trabajo, incluso sin imposiciones políticas.

Lo que necesitamos es, claramente, un programa a muy gran escala de subvenciones para casos de catástrofe, que proporcione a familias, empresas y, en igual medida, a Gobiernos estatales y locales la ayuda que necesitan para evitar la ruina económica hasta que llegue la vacuna. Y se podría pensar que un Senado republicano estaría dispuesto a colaborar con la Administración Biden en un programa tan evidentemente necesario. Es decir, podríamos pensarlo si nos hubiéramos pasado los últimos 12 años escondidos en una cueva.

Recuerden la famosa declaración de Mitch McConnell —»Lo más importante que queremos lograr es que Obama sea un presidente de un solo mandato»— en octubre de 2010, un momento de recuperación lenta y desempleo extremadamente elevado. ¿Por qué pensar que vaya a mostrarse más cooperativo, más dispuesto a actuar por el interés nacional, cuando millones de defensores de un Trump sin futuro están acusando a la cúpula republicana de apuñalar a su héroe por la espalda?

Siendo realistas, lo máximo que podemos esperar es un paquete mísero, muy por debajo de lo que EE UU necesita. Y me pregunto si los republicanos temerosos de Trump —que han dado una imagen increíble de cobardía mientras el pronto expresidente lanza afirmaciones ridículas acerca del robo de las elecciones»— estarán dispuestos a aceptar siquiera eso. La buena noticia es que la desgracia remitirá cuando por fin tengamos una distribución generalizada de la vacuna. De hecho, el próximo año seguramente veremos un fuerte repunte del empleo.

Pero la historia no terminará ahí. Antes de que el coronavirus nos golpeara, EE UU registraba un desempleo bajo, pero nuestra prosperidad transitoria (y muy desigualmente distribuida) enmascaraba hasta qué punto estábamos descuidando nuestro futuro. Necesitamos desesperadamente invertir billones de dólares en reparar nuestras infraestructuras en mal estado, cuidar de nuestros niños y tomar medidas urgentes contra el cambio climático.

¿Qué parte de ese gasto esencial aceptará un Senado republicano? La apuesta más segura es: ninguna. Al fin y al cabo, McConnell bloqueó el gasto en infraestructuras incluso cuando Trump estaba en la Casa Blanca y la inversión pública podría haberle ayudado a conservar el cargo. Ahora bien, lo que es malo para EE UU no es necesariamente malo para las grandes empresas. Pero teniendo en cuenta el punto en que nos encontramos, un Gobierno dividido significaría parálisis en tiempos de crisis, lo que muy bien podría resultar catastrófico para todos. Lo cierto es que incluso por su propio interés, el gran capital debería estar apoyando a los demócratas en esa segunda vuelta en Georgia.

https://elpais.com/economia/2020-11-13/un-senado-republicano-seria-malo-para-los-negocios.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART

20.42.-EEUU: Lo que espera la izquierda progresista de Biden. Entrevista           ALEXANDRIA OCASIO-CORTEZ

Durante meses, la representante Alexandria Ocasio-Cortez ha sido una buena militante del Partido Demócrata y de Joseph R. Biden Jr. para derrotar al presidente Trump.

8 NOV 2020.- Pero el sábado, en una entrevista de casi una hora, poco después de que el presidente electo Biden fuera declarado ganador, Ocasio-Cortez ha dejado claras que las divisiones en el partido de las primarias todavía existen. Y descartó las críticas actuales de algunos miembros demócratas de la Cámara que culpan a la izquierda de la perdida de escaños importantes. Algunos de los miembros que han perdido, dice, se habían convertido en «patos de feria».

Estos son extractos editados de la conversación con Astead W. Herndon para el NYT.

Ya tenemos una comprensión más completa de los resultados. ¿Cuál es tu interpretación general?

La principal es que ya no estamos en una caída libre al infierno. Pero si vamos a recuperarnos o no es la cuestión central. Hemos frenado la caída. Y la pregunta es si y cómo nos vamos a recuperarnos.

Sabemos que la cuestión racial es un problema y que evitarla no resuelve ningún problema electoral. Debemos desarmar activamente el potente efecto del racismo en las urnas.

Pero también hemos descubierto que las políticas progresistas no perjudican a los candidatos. Todos los candidatos que copatrocinaron Medicare para todos en un distrito indeciso han conservado su escaño. Además, sabemos que copatrocinar el Green New Deal tampoco ha sido causa de derrota. Mike Levin fue uno de los copatrocinadores originales de la ley y ha conservado su escaño.

En relación con tu primer punto, los demócratas han perdido escaños en unas elecciones en las que se esperaba que ganasen más. ¿Lo atribuyes al racismo y al supremacismo blanco en las urnas?

Creo que será muy importante cómo trata internamente el partido este tema y si va a ser honesto al realizar una verdadera autopsia y realmente indagar por qué las perdidas. Porque antes incluso de que tuviéramos datos sobre muchas de estas campañas electorales ya había quién señalaba con el dedo a los progresistas y acusaba al Movimiento por las Vidas Negras de tener la culpa.

He comenzado a analizar en detalle esas campañas. Y el hecho es que he desbancado a otros demócratas en los últimos dos años. He derrotado las campañas dirigidas por el DCCC estos dos años. Así conseguí entrar en el Congreso. Así es como conseguimos que se eligiera a Ayanna Pressley. Así ganó Jamaal Bowman. Así lo consiguió Cori Bush. Así que sabemos cuáles son los puntos vulnerables de las campañas demócratas.

Algunos de estos puntos débiles son ilegales. Son malas prácticas. Conor Lamb gastó $ 2,000 en Facebook la semana antes de las elecciones. No creo que nadie que no esté en la web de una manera real en este Año de Nuestro Señor 2020 y pierde una elección pueda culpar a nadie más si ni siquiera está en la web.

Y hemos analizado muchos aspectos de estas campañas derrotadas, y la realidad del asunto es que si no estás invirtiendo $ 200,000 en Facebook para recaudar fondos, para convencer, para reclutar voluntarios, para convencer a la gente de que vote … la semana antes de las elecciones, no se está funcionando a toda máquina. Y ni una sola de estas campañas ha estado funcionando a toda máquina.

Bueno, Conor Lamb ganó. Lo qué estás diciendo es que ¿La falta de inversión en promoción digital y campañas han sido una causa más importante de la derrota de los demócratas moderados que las políticas progresistas?

Esta gente está apuntando hacia los mensajes republicanos que realmente creen que han acabado con ellos, ¿verdad? Pero, ¿por qué son tan vulnerables a estas acusaciones?

Si no haces campaña puerta a puerta, si resulta que no estás en la web, si tus principales instrumentos de campaña son la televisión y el correo, es evidente que no estás haciendo una campaña a toda máquina. Simplemente no veo cómo alguien puede atreverse a hacer estas afirmaciones ideológicas cuando no ha realizado una campaña de verdad.

Nuestro partido ni siquiera esta en la web, no de una manera real que muestre su capacidad. Y así, sí, han sido vulnerables a esos mensajes, porque ni siquiera estaban en los medios donde estos mensajes han sido más potentes. Claro, puedes acusar al mensaje, pero han sido unos “patos de feria”, meros patos sentados de un tiro al blanco.

Barack Obama construyó con razón un equipo completo de campaña a nivel nacional sin depender del Comité Nacional Demócrata. Y cuando dejó de utilizarlo perdimos la mayoría de la Cámara. Porque el partido, por sí mismo, no tiene la capacidad mínima para ello, y no hay cantidad de dinero que pueda arreglarlo.

Si pierdo mi elección, salgo y digo: “Es culpa de los moderados. La causa es que no se nos permitió tener una votación sobre Medicare para todos «. Y abren mi caja de campaña y descubren que solo gasté $ 5.000 en anuncios de televisión la semana antes de las elecciones, ¿qué pasaría? Se reirían de mí. Y eso lo que esta ocurriendo cuando intentan responsabilizar al Movimiento por las Vidas Negras de su derrota.

¿Hay algo que te haya sorprendido en este martes electoral? ¿O reconsiderar tus puntos de vista previos?

La proporción del apoyo blanco a Trump. Creía que la votación estaba sellada, sin embargo, simplemente al verla, tenía esa sensación de darme cuenta del trabajo que ahora tenemos que hacer.

Tenemos que hacer mucho trabajo anti-racista, una campaña profunda puerta a puerta en todo el país. Porque si seguimos perdiendo sectores del electorado blanco y simplemente permitimos que Facebook radicalice a más votantes blancos, no hay suficientes personas de color y jóvenes que puedan compensar eso.

Pero el problema inmediato es que creo que gran parte de la estrategia demócrata es evitar trabajar en ese sentido. Se limita a intentar no despertar al oso. Ese es su argumento con el recorte de fondos a la policía, ¿verdad? No agitar el resentimiento racial. No creo que eso sea sostenible.

Hay mucho pensamiento mágico en Washington, que estas cosas solo incumben a gente especial que cae desde arriba. Año tras año, rechazamos la idea de que trabajen y lleven a cabo campañas sofisticadas con la excusa de que son personas mágicas y especiales. Quiero que la gente se quite estas gafas y se dé cuenta de cómo hacer las cosas mejor.

Si eres del DCCC y los candidatos titulares están siendo sangrados por los nuevos candidatos progresistas, quizás quiera utilizar alguna de esas firmas consultoras de campaña… Pero en vez de hacer eso, las prohíbe. El DCCC ha prohibido todas y cada una de las mejoras agencias del país en organización digital.

La dirección y una parte del partido – francamente, gente en algunos de los puestos de toma de decisiones más importantes del partido – están tan cegadas por este sentimiento anti-activista que son ciegas ante los medios y ventajas que proporcionan.

Llevo dos años pidiendo al partido que me dejen ayudarles. Ese es otro de los motivos de mi indignación. He intentado ayudar. Antes de las elecciones, me ofrecí a ayudar a cada uno de los candidatos demócratas en distritos indecisos. Y todos ellos, menos cinco, rechazaron mi ayuda. Y los cinco de distritos vulnerables o indecisas a las que ayudé consiguieron la victoria o están camino hacia una victoria segura. Y todos los que rechazaron mi ayuda están perdiendo. ¡Y ahora nos culpan de su pérdida!

Por eso quiero que mis colegas comprendan que no somos el enemigo. Y que su base no debería ser el enemigo. Que el Movimiento por las Vidas Negras no debería ser el enemigo, que Medicare para todos no debería ser el enemigo. No se trata de ganar un debate. Sino de que si siguen equivocándose, quiero decir, simplemente están demostrando su propia inutilidad.

¿Qué expectativas tienes sobre la apertura de la administración Biden hacia la izquierda? ¿Y cuál es su estrategia para cambiarla?

No sé hasta que punto estarán abiertos. Y no es algo personal. Simplemente, la historia del partido es que las bases son importantes a la hora de ser elegidos, pero son olvidadas después.

Siento que el periodo de transición indicará si la administración Biden adoptará o no una estrategia más abierta y colaborativa, o si será una estrategia de contención y enfriamiento. Porque la transición de Obama marcó una tendencia para 2010 y fue la causa de algunas de las pérdidas demócratas en la Cámara. Fueron muchas de estas decisiones en el periodo de transición, y quién fue nombrado para puesto de dirección, lo que realmente determinó, como era de esperar, la estrategia de gobierno.

¿Y si la administración es hostil? ¿Si adoptan el punto de vista de John Kasich sobre quién debe ser Joe Biden? ¿Qué harás?

Bueno, no estaré muy animada, porque vamos a perder. Y así son las cosas. Estos nombramientos de transición, envían una señal. Determinan una narrativa de a quién atribuye la administración esta victoria. Y será realmente difícil después de que los activistas jóvenes inmigrantes ayudasen probablemente a ganar Arizona y Nevada. Va a ser realmente complicado después de Detroit y de que Rashida Tlaib fuera la que consiguiera los votantes en su distrito.

En realidad, es muy difícil recurrir a los no votantes cuando realmente sienten que nada cambia para ellos. Cuando realmente sienten que la gente no los ve, ni reconoce su participación.

Si después de que el 94 por ciento de Detroit fuera para Biden, si después de que los organizadores negros simplemente duplicaran y triplicaran la participación en Georgia, si después de que tanta gente organizase Filadelfia, el Partido Demócrata cree que fue John Kasich quién ganó estas elecciones, no puedo ni imaginar lo peligroso que eso es.

Estás diagnosticando tendencias a nivel nacional. Quizás eres la voz más conocida de la izquierda en la actualidad. ¿Qué podemos esperar de ti en los próximos 4 años?

No lo sé. Creo que probablemente tendré más respuestas a medida que avancemos en la transición y hacia el nuevo período. Cómo responda el partido influirá mucho en mi estrategia y en lo que siento que es necesario

Los dos últimos años han sido bastante hostiles. Externamente, hemos sido rentables. Externamente, ha habido un montón de ayuda, pero internamente, ha sido extraordinariamente hostil a cualquier cosa que huela a progresista.

¿Está el partido dispuesto a sentarnos y trabajar colectivamente y pensar cómo vamos a hacer uso de los medios de todos en el partido? ¿O simplemente se van a limitar a doblar la presión en esta estrategia asfixiante? Eso determinará lo que haga.

¿Existe un escenario que sea lo suficientemente hostil como para que estemos hablando de una campaña para el Senado en un par de años?

Realmente no lo sé. Ni siquiera sé si deseo estar en política. Sabes, de hecho, en los primeros seis meses de mi legislatura, ni siquiera sabía si iba a postularme para la reelección este año.

¿De Verdad? ¿Por qué?

Es la tensión. Es el estrés. Es la violencia. Es la falta de ayuda de tu partido. Es tu propio partido que te considera el enemigo. Cuando sus propios colegas filtran de forma anónima a la prensa y luego se dan la vuelta y te acusan de decir lo que piensas con nombre y apellidos.

Decidí postularme para la reelección porque sentí que necesitaba demostrar que esto es real. Que este movimiento es real. Que no fui elegida por casualidad. Que la gente realmente necesita atención médica asegurada y que la gente realmente necesita que el Partido Demócrata luche por ellos.

Pero soy sincera cuando le digo a la gente que las probabilidades de que me presente a unas elecciones más importantes o de que me retire a una granja perdida son probablemente las mismas.

https://www.sinpermiso.info/textos/eeuu-lo-que-espera-la-izquierda-progresista-de-biden-entrevista

  • 20.41.-Trump no es el problema MAURICIO CABRERA
  • ¿Se está convirtiendo EE UU en un Estado fallido? PAUL KRUGMAN
  • «La desesperación y el resentimiento son los combustibles de la popularidad de Donald Trump» STEPHANE FOUCART

¿Por qué el país con el mayor desarrollo científico y tecnológico, elige presidente a una persona que desprecia la ciencia?

“Podrán sacar a Trump de la Casa Blanca pero no podrán deshacerse de nosotros”, fueron las desafiantes declaraciones de uno de sus partidarios, un supremacista blanco vestido de milicia y armado hasta los dientes, como cualquier paramilitar, después de uno de los actos públicos de su campaña, con contagio de coronavirus incluido.

2 nov 2020.- Esta frase resume el gran problema que enfrenta la democracia en Estados Unidos, y otros países del mundo. El problema no es que un Trump llegue a ser presidente, sino que haya millones de personas que voten por él porque no les importan sus mentiras ni su desprecio por la ley y las instituciones, y por el contrario creen que es el líder que necesita su país.

¿Cómo explicar ese apoyo, minoritario pero aun así enorme, en el país que ha sido el líder del mundo occidental desde la II guerra mundial? ¿Por qué el país con el mayor desarrollo científico y tecnológico, con las mejores universidades del mundo, elige presidente a una persona que desprecia la ciencia?

Dos elementos para responder esta pregunta. El primero es que Estados Unidos es un país muy heterogéneo en materia de educación y conocimiento. Tiene la mayor cantidad de premios Nobel, pero 1 de cada 5 norteamericanos cree que el calentamiento global es un engaño de los socialistas para debilitar el país, y la mitad de los que reconocen el problema no acepta que sea producido por actividades humanas que deben ser reguladas.

Científicos norteamericanos han descifrado el código genético del homo sapiens, pero el 20% de la población todavía rechaza la evolución de las especies y sigue creyendo que el hombre fue creado de la nada. Más increíble aún, solo el 84% de los norteamericanos está seguro que la tierra es redonda, el resto tiene dudas o inclusive un 4% piensa que es plana.

Las opiniones frente a la ciencia se han dividido en claras líneas partidistas: mientras el 92% de los demócratas creen que el cambio climático es un problema, solo el 52% de los republicanos reconoce esta amenaza.

La causa de que se mantengan este tipo de creencias es una educación deficiente, lo que nos lleva a la segunda explicación que es la instrumentalización política de la ignorancia. El conservador partido republicano se ha convertido en un partido populista de derecha que busca su apoyo en grupos sociales con menor educación que son los más propensos a creer en teoría conspirativas y a aceptar las mentiras hoy amplificadas y difundidas por las redes sociales.

Según datos del Pew research, mientras el 41% de los votantes demócratas tiene educación universitaria, en el lado republicano solo el 29% han pasado de la secundaria. Cuando se añade el factor raza la situación es aún peor: entre los blancos sin educación universitaria solo el 40% votará por Biden, y el 56% por Trump.

En Colombia está sucediendo algo similar. La última encuesta de Polimétrica muestra una opinión pública dividida en forma pareja: el 53% de los encuestados se ubican en el centro, el 23% en la izquierda y 24% en la derecha. Lo sorprendente es que de los que tienen solo educación primaria o secundaria el 35% se ubican a la derecha y solo el 12% a la izquierda. El problema no es Trump sino que el populismo de derecha ha sido exitoso en capturar la opinión de los menos educados.

https://www.portafolio.co/opinion/mauricio-cabrera-galvis/trump-no-es-el-problema-columnista-546253

20.41.-¿Se está convirtiendo EE UU en un Estado fallido? PAUL KRUGMAN

La mayoría del Supremo fue elegida por un partido que solo ganó el voto popular una vez en las pasadas ocho elecciones

El líder de la mayoría republicana en el Senado de Estados Unidos, Mitch McConnell. JON CHERRY / AFP

Mientras escribo estas líneas, parece extremadamente probable que Joe Biden gane la presidencia. Y claramente ha recibido millones de votos más que su rival. Puede y debería afirmar que ha recibido un firme mandato para gobernar la nación.

6 nov 2020.- Pero hay verdaderas dudas acerca de si podrá, de hecho, gobernar. Por el momento, parece probable que el Senado —que no es nada representativo del pueblo estadounidense— siga en manos de un partido extremista que saboteará a Biden de todas las formas posibles.

Antes de entrar en los problemas que probablemente cause este enfrentamiento, hablemos de lo poco representativo que es el Senado. Cada Estado, por supuesto, elige dos senadores, lo que significa que los 579.000 habitantes de Wyoming tienen el mismo peso que los 39 millones de California. Los Estados excesivamente representados tienden a estar mucho menos urbanizados que el conjunto del país. Y teniendo en cuenta la creciente división política entre las áreas metropolitanas y las rurales, esto da al Senado una fuerte inclinación a la derecha.

Un análisis llevado a cabo por FiveThirtyEight.com concluía que el Senado representa de hecho un electorado casi siete puntos porcentuales más republicano que el votante medio. Casos como Susan Collins, que resistió en un Estado demócrata, son excepciones; el sesgo derechista subyacente del Senado es la principal razón por la que probablemente el Partido Republicano conserve el control, a pesar de la importante victoria demócrata en número de votos populares.

Posiblemente se preguntarán por qué es un problema que el control del Gobierno esté dividido. Después de todo, los republicanos controlaron una o ambas cámaras del Congreso durante tres cuartas partes de la presidencia de Barack Obama y sobrevivimos, ¿no? Sí, pero.

El hecho es que la obstrucción republicana causó mucho daño incluso durante los años de Obama. Los republicanos emplearon tácticas agresivas, incluso amenazaron con provocar el impago de la deuda nacional para forzar una retirada prematura de las ayudas fiscales que ralentizó el ritmo de la recuperación económica. He calculado que, sin este sabotaje, la tasa de desempleo en 2014 podría haber sido dos puntos porcentuales más baja de lo que fue de hecho.

Y la necesidad de aumentar el gasto es todavía más aguda ahora que en 2011, cuando los republicanos se hicieron con el control de la Cámara de Representantes. En estos momentos, el coronavirus avanza desbocado, con más de 100.000 contagios diagnosticados cada día y en rápido aumento. Esto va a golpear duramente la economía, incluso si los gobiernos estatales y locales no imponen nuevos confinamientos.

Necesitamos desesperadamente una nueva ronda de gasto federal en sanidad, ayuda para el desempleo y para empresas, y apoyo a las apuradas administraciones estatales y locales. Cálculos razonables indican que deberíamos gastar 200.000 millones de dólares o más al mes hasta que una vacuna ponga fin a la pandemia. Me asombraría mucho que un Senado todavía controlado por Mitch McConnell accediera a algo así.

Incluso después de que la pandemia haya pasado, es probable que afrontemos una persistente debilidad económica y una necesidad urgente de más inversión pública. Pero McConnell decidió bloquear el gasto en infraestructuras incluso con Trump en la Casa Blanca. ¿Por qué iba a volverse más responsable con Biden en el cargo?

Por supuesto, el gasto no es la única forma de hacer política. Por lo general, hay muchas cosas que un presidente puede hacer para bien (Obama) o para mal (Trump) mediante órdenes ejecutivas. De hecho, durante el verano, un grupo de trabajo demócrata determinó cientos de cosas que un presidente como Biden podría hacer sin tener que acudir al Congreso.

Pero ahí es donde me preocupa la participación de un Tribunal Supremo fuertemente partidista, un tribunal modelado por la decisión de McConnell de saltarse las normas y nombrar a Amy Coney Barrett cuando solo faltaban unos días para las elecciones. Seis de los nueve magistrados han sido nombrados por un partido que solo ha ganado la votación popular una vez en las pasadas ocho elecciones. Y pienso que hay muchas probabilidades de que este tribunal pueda comportarse como lo hizo el Supremo de la década de 1930, que siguió bloqueando programas del New Deal hasta que Franklin D. Roosevelt amenazó con aumentar el número de magistrados, algo que Biden no podría hacer hoy, con un Senado controlado por los republicanos.

De modo que estamos en un buen lío. La derrota de Trump significaría que, por el momento, hemos evitado caer en el autoritarismo; y sí, lo que está en juego es eso, no solo por quién es Trump, sino también por lo extremista y antidemocrático que es el Partido Republicano de nuestros días. Pero nuestro sesgado sistema electoral significa que el partido de Trump sigue todavía en posición de obstaculizar, quizá paralizar, la capacidad del próximo presidente para abordar los enormes problemas epidemiológicos, económicos y medioambientales a los que nos enfrentamos.

Digámoslo así; si estuviéramos analizando un país extranjero con el grado de disfunción política de Estados Unidos, probablemente consideraríamos que está al borde de convertirse en un Estado fallido, es decir, un Estado cuyo Gobierno ya no es capaz de ejercer el control efectivo.

Es posible que la segunda vuelta de las elecciones en Georgia otorgue el control del Senado a los demócratas; a falta de eso, a lo mejor Biden logra encontrar unos cuantos republicanos razonables y dispuestos a alejarnos de ese abismo. Pero a pesar de la victoria aparente del demócrata, la República sigue corriendo un gran peligro.

Paul Krugman es Premio Nobel de Economía © The New York Times, 2020. Traducción News Clips

https://elpais.com/economia/2020-11-06/se-esta-convirtiendo-ee-uu-en-un-estado-fallido.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART

20.41.-«La desesperación y el resentimiento son los combustibles de la popularidad de Donald Trump» STEPHANE FOUCART

Más allá del análisis macroeconómico, el descenso de la esperanza de vida de parte de la población de Estados Unidos, signo de un deterioro de su salud física y mental, dice mucho sobre el estado de la población. La sociedad estadounidense, considera en su columna Stéphane Foucart, periodista del «Le Monde».

 En 2016, los encuestadores no preveían el ascenso y finalmente el acceso al poder de Donald Trump. Cuatro años después, todavía no han logrado medir la popularidad del actual presidente de Estados Unidos. Lejos de la esperada ola demócrata, Trump ganó más votos hoy que en 2016. Y, sea cual sea el resultado del proceso electoral, tan increíblemente caótico que sorprende al resto del mundo, Una cosa parece segura: la llegada de Trump a la Casa Blanca no fue el resultado de un accidente, sino de la concretización de una tendencia importante en la sociedad estadounidense.

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Las causas de esta fuerte tendencia se buscan en las tensiones identitarias y, sobre todo, en el análisis de datos macroeconómicos (renta per cápita, crecimiento del producto interior bruto, tasa de desempleo). Con, implícitamente, la idea de que la condición de cualquier individuo es, a grandes rasgos, resultado de su condición económica. Las elecciones de 2016 ya cuestionaron esta reductio ad economicum: de todos los países occidentales, Estados Unidos fue uno de los que se benefició del crecimiento más sostenido y la tasa de desempleo más baja. ¿Cómo, entonces, interpretar este voto de enfado y desconfianza frente a las élites y el «sistema»?

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En 2015, dos economistas de Princeton, Anne Case y Angus Deaton, publicaron en Proceedings of the National Academy of Sciences un análisis que se ha vuelto esencial, mostrando que la mortalidad de los “blancos no hispanos” (según una nomenclatura estándar al otro lado del Atlántico) de 45 a 54 años, había ido aumentando desde el cambio de siglo, revirtiendo una tendencia a la baja que había prevalecido hasta entonces. Estas muertes inesperadas, estas muertes cada vez más «excesivas», Anne Case y Angus Deaton las han llamado las «muertes de la desesperación».

Tasa de mortalidad comparativa para personas de 45 a 54 años Infografía Le Monde

En esta categoría de la población, especialmente entre los menos educados, es la mortalidad por suicidio, sobredosis de drogas o drogas o abuso de alcohol lo que domina y aumenta año tras año. Hasta el punto de provocar una caída de la esperanza de vida en Estados Unidos. Comenzó a estancarse a principios de la década de 2010 y cayó entre 2014 y 2017. Según muchos analistas, es en estas franjas de la América blanca desclasificada, desesperada, debería decirse, donde gran parte del electorado de Trump.

Erosión del vínculo social

En la primavera de 2017, en un extenso análisis publicado en Brookings Papers on Economic Activity, Anne Case y Angus Deaton intentaron determinar las causas de esta desesperación galopante. Con mucha cautela, sugieren una variedad de determinantes. Algunas, clásicas, se relacionan con el acceso al mercado laboral y el nivel de ingresos. Pero eso no es suficiente para explicarlo todo. «El aumento de la mortalidad entre los blancos de 40 años va de la mano con una mayor morbilidad, incluido el deterioro de la salud física y mental, y un aumento del dolor crónico», escriben los dos economistas.

Las enfermedades crónicas nutren la desesperación y el resentimiento es sin duda uno de los combustibles de la popularidad del 45 º presidente de los Estados Unidos. Una posible cadena de causalidades es tanto más preocupante cuanto que otros investigadores sugieren que los “blancos no hispanos” ya no están aislados. En un estudio publicado a fines de 2019 en el Journal of the American Medical Association (JAMA), Heidi Shoomaker (Eastern Virginia Medical School) y Steven Woolf (Virginia Commonwealth University) indican que otras comunidades están comenzando a seguir las mismas tendencias. Una sociedad que produce cada vez más desesperación: nada bueno puede salir de ella.

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Quien muere ¿Cuando? Por qué? Estas tres preguntas, cuando las exploramos, dicen mucho más sobre el estado de una sociedad que los principales indicadores económicos que, sin embargo, forman el principal marco analítico utilizado en el debate público. Una cuadrícula de análisis que no dice nada sobre la dificultad de vivir con una enfermedad crónica, la erosión de los lazos sociales, la destrucción del medio ambiente, la imposibilidad de ver un futuro sereno para tus hijos…

Mortalidad infantil

Este es el objetivo de la última obra de Eloi Laurent ( Et si la santé guidait le monde?, LLL, 192 p., 15,50 €), que se publica estos días. A favor de la pandemia y las medidas tomadas para proteger a las poblaciones tomadas en muchos países – medidas desfavorables para la actividad económica – el economista francés (Sciences Po) aboga por hacer que la esperanza de vida y «plena salud ”(que integra la de las personas y su entorno) son indicadores del éxito de las políticas públicas.

De hecho, es sorprendente que todavía sea necesario escribir libros para defender esta causa. En 1976, el demógrafo e historiador Emmanuel Todd predijo, en una obra que sigue siendo famosa (The Final Fall. Ensayo sobre la descomposición de la esfera soviética, Robert Laffont), el colapso de la Unión Soviética analizando (entre otras cosas) diferentes datos.

¿El más importante de ellos? “Mi convicción (…) en cuanto a la existencia de una crisis irreversible [en la Unión Soviética] surgió principalmente del análisis demográfico, y quizás básicamente del asombroso desarrollo de una sola variable, la tasa de mortalidad infantil ”, escribió Todd en 1990 en el prefacio de la primera reedición de su libro. Esta tasa siguió aumentando y aumentando hasta que finalmente desapareció de las estadísticas oficiales. Se hizo necesario hacerla desaparecer para ocultar la falla de un sistema. Y por una buena razón: ¿qué mejor métrica de la desesperación que la muerte de los niños?

Stephane Foucart

https://www.lemonde.fr/idees/article/2020/11/07/le-desespoir-et-la-ranc-ur-sont-les-carburants-de-la-popularite-de-donald-trump_6058900_3232.html

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En el camino económico de la Socioeconomía china, en los últimos trimestres ha habido varias piedras puntiagudas desperdigadas por aquí y por allá, con el riesgo cierto de poder hacer descarrilar al gigante asiático. Si bien es cierto que son piedras que de una manera u otra también están amenazando con sacar del carril a buena parte de las economías del resto del mundo, no es menos cierto que buena parte de los “pedruscos” llevan un “made in China” más claro que el de una baratija de un bazar de “Todo a un Euro”.

22 oct 2020.- Aparte de que eventos socioeconómicos “disruptivos” como la guerra comercial o el Coronavirus tengan esa marca china, la realidad es que la Socioeconomía china se ha podido resentir de tamañas calamidades, pero lo cierto es que está saliendo casi hasta reforzada de estas crisis. Y es algo que (por ahora) llama poderosamente la atención, especialmente cuando la economía del gigante rojo es comparada con la de la práctica totalidad del resto de países del mundo. Y es que el ritmo de crecimiento de las exportaciones chinas, lejos de suponer un lastre, está experimentando un auge que parece estar devolviendo bríos al corcel socioeconómico chino.

China sufrió lo suyo económicamente especialmente a raíz de la pandemia, pero ahora se refuerza

Desde estas líneas fuimos de los primeros en advertirles tan pronto como el 3 de Febrero de la que se nos venía encima con la pandemia, además de exponerles claramente cómo tras ésta iba a venir asociada una grave crisis social y económica, de la que China tampoco saldría indemne. La realidad así ha sido con revueltas sociales que llegaron a preocupar seriamente a las élites pekinenses, pero lo cierto es que, al final, los países desarrollados (aparentemente) están sufriendo peores consecuencias. Es que China, si bien fue la primera en caer en crisis, lo cierto es que ahora muestra unas cifras macro-económicas que podrían ser calificadas hasta de vigorosas. Y no son vigorosas sólo por sus cifras absolutas, sino que, además de exportar más, China está consiguiendo también ganar cuota de mercado internacionalmente, siendo cada vez más uno de los grandes líderes dominantes del comercio a nivel mundial. El tigre asiático ruge de nuevo, y habrá que volver a tener mucho cuidado con si ruge tan sólo reafirmándose para sus adentros, si ruge avisando de que se propone devorarnos, o si el rugido va por ambas cosas (el extremo más probable, para serles sincero).

Y es que ahora mayormente ya no proceden esas dudas que nosotros mismos nos planteábamos sobre la recuperación económica china hace unos meses. Unas dudas que, como mínimo, deben ser aplazadas hasta ver si se demuestra que se trataba de tan sólo un paréntesis coyuntural en la recesión. No obstante, entonces las dudas estaban totalmente justificadas en un momento en el que la economía china estaba literalmente “cogida con pinzas”, pendiendo su vida básicamente de una sobre-inversión estatal a base de pura y dura deuda, y con un cortoplacismo inherente a la eterna burbuja de sobre-endeudamiento chino. Pero a veces la realidad económica es tozuda, y una vez más les digo que las economías hiper-estatalizadas e hiper-dirigidas pueden mostrar una deriva que tarde lustros en aterrizar. Aunque lo cierto es que los peores augurios sobre ese insostenible crecimiento chino parecen haber remitido en este punto, y ahora ese crecimiento empieza dar síntomas de ser relativamente sano, al menos en la línea de lo que ha venido siendo considerado “sano” en su modelo económico de las últimas décadas.

Porque si algo es cierto es que la economía china sigue fracasando en su inalcanzado giro hacia un modelo de consumo interno, y, al igual que lo fue su boom de los últimos 15 años, ahora su salida de la crisis pandémica está siendo vía exportaciones masivas a terceros países. Ésa ha sido la verdadera (y grata) sorpresa para un servidor, que sinceramente no esperaba esta súbita revitalización del consumo desarrollado todavía con la que está cayendo, con el Coronavirus desatado, y todavía sin vacuna contra él. Pero tampoco lancen las campanas al vuelo, porque ese consumo occidental no presenta un patrón equilibrado ni sano, y además aquí puede quedar aún pandemia (y crisis) para rato. Además, la sorpresa de crecimiento de exportaciones a nivel global ha podido venir simplemente del hecho de que algunos países, como Alemania y algunos más, han tenido una excelente gestión de la pandemia (no como otros). Como consecuencia, ahora hay mercados internacionales que pueden tirar de la economía china (y de la mundial), donde nosotros nos contraemos económicamente en torno al doble que ellos, en lo que supone un nuevo mundo del futuro dividido por la calidad en la gestión pandémica. En todo caso, el fracaso chino al no poder transformarse en una economía basada en el consumo interno hace que China siga siendo hiper-dependiente de esas exportaciones al mundo desarrollado. Pero a la vez también nos hace a nosotros hiper-dependientes de unos suministros chinos que China no dudará mucho en instrumentalizar, como se ha evidenciado en lo peor de la crisis sanitaria.

Eso sí, tras los merecidos elogios al crecimiento chino en medio de la que tenemos, también debemos desde aquí poner algún “pero” a esas cifras tan aparentes. Y se trata de un gran “pero”, que además explicaría, mucho mejor que el optimismo económico, el porqué de que China esté exportando tanto a Occidente en medio de la pandemia y estando como estamos. Es innegable que los patrones de consumo de los gobiernos, empresas y familias de todo el mundo han dado un importante giro desde que el COVID-19 irrumpió en nuestras vidas. Ahora una parte muy importante del consumo que hacemos es de material sanitario e higiénico, además de electrónico e informático por el auge del tele-todo: tele-trabajo, tele-educación, tele-streaming, etc. Casualmente, un material sanitario y electrónico en los que China es líder, y que se produce en buena medida en el país asiático: es un hecho muy destacable que está contribuyendo definitivamente a ese brío en las cifras de exportaciones chinas actuales.

Mientras tanto, las exportaciones de los productos clásicos de zonas económicas como Europa o Estados Unidos siguen mayormente languideciendo. Realmente, parece que la sensación de éxito chino auspiciada por sus vigorosas exportaciones de los últimos meses no viene tanto por un éxito de gestión y de su modelo económico, sino por haber tenido la suerte de ser el gran fabricante de las actuales prioridades de consumo actuales. Éste sería un punto realmente imprevisible hace tan sólo unos trimestres (o tal vez no tan imprevisible para algunos, ¿Quién sabe ya a estas alturas?). Y eso por no hablar del también positivo impacto de la caída en picado de ciertas materias primas como el petróleo, de la cual China en particular es hiper-dependiente, y que obviamente también juega su papel macro-económico.

Así, en cierto modo, realmente esto tampoco son todas malas noticias para los países desarrollados, porque realmente, al calor de la deslocalización, las exportaciones chinas se han convertido en otro termómetro de la capacidad de consumo de los consumidores occidentales (mal que nos pese, al tratarse de Euros que pasan de un bolsillo europeo a uno chino). Si China vuelve a exportar es porque los países desarrollados vuelven a comprar. Aunque no es menos cierto que por otro lado nos vemos vitalmente abocados a consumir ciertos productos esenciales ahora mismo para protegernos y poder seguir desempeñando nuestra actividad profesional. En cualquiera de los dos casos, lo que ya sólo restaría es que por fin nuestros políticos consiguiesen hacer esa globalización sostenible para todos, y que esa renovada capacidad de compra revierta también en suelo europeo. No como nos ha venido ocurriendo en las últimas décadas, (según lo que les advertimos hace ya bastantes años que iba a ser el resultado último de toda esta dañina corriente deslocalizadora), cuando todavía estábamos a tiempo de evitar el grueso del desastre.

En este engañoso escenario repleto de máscaras resulta difícil saber qué persigue cada superpotencia

La visionaria novela de 1984 de George Orwell retrató con un pasmoso y hasta adivinatorio realismo el mundo actual que nos está tocando vivir. En la distópica y realista novela a un tiempo, Orwell dividía el mapa mundial en un tablero de Risk a merced de tres superpotencias, Oceanía (compuesta por América, África del sur, y Oceanía), Eurasia (Europa, Turquía y Rusia) y Asia Oriental (desde el Cáucaso hasta China). Las tres eran muy proclives a los juegos geoestratégicos, en los cuales Orwell ya retrataba un escenario de guerra mediática con agresiones en forma de injerencias mutuas e influencias tóxicas sobre uno u otro líder, con desconfianza de los propios ciudadanos y burócratas ante esos mesiánicos dirigentes que podían ser topos de otras superpotencias, con dosis elevadas de propaganda para manipular masivamente a ciudadanos propios y ajenos, etc. Son todo clásicos ciber-punk hechos novela (y cada vez más también realidad), con consecuencias como la represión fascista-comunista para erradicar de forma brutal la más mínima disidencia, o como los estados hiper-vigilados donde la información es más un producto de la conveniencia política que de la realidad tangible. Y así hasta un largo y distópico etcétera, que un servidor no atina a concebir cómo hace tantas décadas un gran novelista pudo haber retratado tan fidedignamente el convulso mundo en el que hoy nos estamos convirtiendo.

Así, aparte de presentar ya convulsiones que amenazan con derribar la cordura democrática que tantas décadas nos costó conquistar, lo cierto es que nuestro mundo actual ha degenerado en un escenario teatral donde nada es lo que parece: ni las estrategias, ni las intenciones, ni las políticas, ni las relaciones internacionales… Y ya casi ni tan siquiera las cifras macro-económicas. Lo más censurable resulta que, donde los que se supone que deberían dirigirnos en pos del interés común, se limitan a interpretar el auto-destructivo papel que parece haberles sido encomendado. Las frases de Orwell más inquietantes se han hecho realidad hoy en día, y así, los ciudadanos más comedidos y más demócratas (de los de verdad) asistimos atónitos a comprobar cómo efectivamente hoy en día:

“La libertad es la esclavitud”: léase cómo nuestras libertades se extinguen en medio de unos espíritus críticos languidecientes, y con unos votantes cautivos de sus partidos “hagan lo que hagan”, como si la política se tratase simplistamente de un pasional partido de fútbol en el que sólo hay que ganar a los otros como sea. Así, muchas veces, lo que nos venden interesadamente como un camino hacia la libertad, en realidad es sólo una forma ladina de conducirnos hacia la más sumisa esclavitud.

“La ignorancia es la fuerza”: léase cómo en la era de la guerra cibersocial, de la propaganda más cruda, y de la manipulación masiva, muchos ciudadanos caen presa de unos medios y unas redes intencionada y dirigidamente sesgadas, que junto con unos sistemas educativos cada vez más deteriorados, permiten criar manadas de borregos que balan más que piensan con su propio espíritu crítico. Así, en una democracia degenerada, la ignorancia del pueblo es la fuerza de los dirigentes anti-demócratas y sin escrúpulos.

“La guerra es la paz”: léase este lema orwelliano todavía en clave de futuro (cada vez más próximo). Lo cierto es que los discursos de los políticos mundiales ya van tiñéndose progresivamente de una retórica bélica que algunos estábamos esperando (que no anhelando), como el siguiente paso en el camino al matadero que nos han trazado. No crean que les venderán la guerra de forma evidente como la muerte para usted y para sus hijos. No, van poco a poco, alentando el odio hacia otros países o colectivos, polarizando, satanizando, para luego acabar enfrentándonos finalmente en un baño de sangre que disfrazarán con alguna causa justa, como puede ser preservar la paz mundial o salvar el país, cuando en realidad la hoja de ruta que van desvelando es cada vez más un camino directo al cementerio, al menos para ese ciudadano medio que no tiene escapatoria ni de los impuestos, ni tampoco de la llamada a filas.

Y de nuevo, en este teatrillo mundial, ¿Quién sabe ya lo que es representado y lo que es la vida real? ¿Lo que es política nacional y lo que es injerencia?

Y ahora, hablando hoy en este convulso panorama mundial de la orwelliana Asia, digo, de China (son cosas distintas mal que le pese al imperialismo chino), tras los datos económicos expuestos anteriormente, ¿Qué dirían que puede estar persiguiendo China inclementemente con su propaganda estatal y con sus armas de guerra ciber-social? ¿A que parece que China debería estar persiguiendo por todos los medios que Trump no saliese re-elegido para dejar de sufrir sus ataques comerciales y su retórica de enemigo único? Pues por desconcertante que pueda parecer, las cosas no están tan claras. No se sorprendan, que ya les decía que el propio Orwell ya retrató nuestro mundo como un mundo de mentiras continuas y donde nada es lo que parece. El hecho es que, por ahora, el grueso de los ciber-ataques chinos se ha estado dirigiendo hacia otro objetivo que no sería Trump, sino Biden.

Si bien no se sabe a ciencia cierta el motivo ni la intencionalidad real (ni nunca lo sabremos), lo que sí es un dato objetivo y un hecho contrastable es que las grandes tecnológicas estadounidenses han denunciado que los ciber-ataques chinos se están dirigiendo a “reventar” cuentas y bases de datos de círculos próximos a Biden, obviamente con la intención de conseguir información sobre él. Si es para hacerse una idea de sus intenciones para cuando sea presidente (si es que lo logra), o para obtener informaciones comprometedoras para soltarlas como golpe de efecto en el momento preciso en medio de la campaña electoral, es algo que ni sabemos ni sabremos fácilmente con antelación. La incertidumbre sobre las intenciones finales forma parte de las estrategias de la guerra ciber-social, y del épico manual chino de “El arte de la guerra” escrito por Sun Tzu, por cierto. Así, para poder hacernos una mínima idea de por dónde podrían ir “los tiros” en el futuro (esperemos que no acaben siendo de los de verdad), lo que hay que tratar de hacerse son algunas preguntas, en vez de limitarse a leer las respuestas que desde algunos sectores nos quieren vender.

Y algunas de esas preguntas con las que les dejo serían del estilo a ¿Les ha ido bien a los chinos con Trump a pesar de (o a raíz de) su mediática guerra comercial, escenificada en los titulares y en los Telediarios? ¿Sobre quién están indagando informaciones reservadas los chinos, sobre Trump o sobre Biden? ¿Cuál es el verdadero objetivo de acabar sabiendo cosas que no deberías saber, conocer a tu oponente o poder sacarlo de la carrera electoral? ¿En todo caso no se trata de una forma de injerencia electoral en medio de una carrera electoral en plena efervescencia, y no se podría haber hecho ya hace meses si fuese para “informarse” en vez de justo ahora en el momento más influenciable de la opinión pública estadounidense? Además está el hecho de que tampoco tiene mucha cabida que esos ataques informáticos sean tan sólo para “averiguar” intenciones, puesto que éstas ya han sido mayor y abiertamente declaradas por Biden respecto a la globalización. Y para terminar, la que tal vez sea la pregunta más inquietante, ¿Todo este entramado de injerencias, intereses, y propaganda cada vez más belicosa tiene por objetivo de alguna manera la conquista mundial por parte de uno o todos los jugadores? ¿Se trata de hacerlo sólo por medios puramente comerciales, o está también en la hoja de ruta sacar algún día los tanques a la calle? Quién sabe qué nos estarán guardando las mentes de la geoestrategia mundial, pero lo cierto es que entre estadounidenses, rusos, y chinos anda el juego. Y la Vieja Europa anda huérfana y a merced de un tercero al que subyugarse, sin que realmente nos haga ninguna falta, ni nos interesen unos ideales y unos valores que ya distan mucho de los europeos (hoy en día, a veces incluso los estadounidenses).

Es tiempo de Europa, es tiempo de que seamos una superpotencia efectiva. Porque no podemos estar siempre dependiendo vitalmente de cómo nos quiera mirar el próximo inquilino de la Casa Blanca, de cómo nos quiera atacar en la línea de flotación de nuestros nacionalismos la despiadada propaganda rusa, o de cómo nos quiera comer una China que sigue creciendo a costa de nuestras importaciones y que aspira a imponer su propio modelo socioeconómico dictatorial e hiper-vigilante. Debemos dar por muerto a Orwell, y añadir a esas Oceanía y Asia Oriental, una Europa que, o bien conseguimos adherirle como Eurasia a una Rusia que debería dar un giro democrático y de progreso antes, o bien dividir esa Eurasia en una Europa y una Rusia que no han acabado por tener nada que ver. Es hora de Europa, es hora de corregir a Orwell y tomar el control de nuestro propio destino (y de nuestras exportaciones a la fagocitadora China). Si la economía china está creciendo, lo está haciendo a costa de nuestra capacidad de compra; una capacidad de compra que, “para más inri”, necesitan vital y desesperadamente nuestras propias empresas para poder sobrevivir en plena agonía. El tema es si tal vez sea ya demasiado tarde como para revertir esa deslocalización de riqueza cada vez más dañina y plenamente vigente, revertir la deslocalización de puestos de trabajo, y también de un poder económico que además ha sido instrumentalizado para contribuir definitivamente a hacer más convulsos los sistemas occidentales. En todo caso, la deslocalización más salvaje sigue siendo para Europa un camino a ninguna parte, por lo que realmente ya llevamos varios lustros en la senda del peor escenario posible.

Y con unas diferencias en la recuperación respecto a China que ya les anticipamos como probables, donde nosotros andamos peligrosamente renqueantes, la realidad de las envidiables cifras exportadoras (y también de su crecimiento económico) son la mejor demostración de que deberíamos ser conscientes de que estamos literalmente luchando por nuestra propia supervivencia como modelo socioeconómico. La superpotencia que salga reforzada de esto, será la que seguro aproveche la coyuntura para intentar acabar imponiéndose como nuevo líder hegemónico mundial. Esta dinámica imperialista no es sino el mero curso de la Historia del mundo, y por ahora hoy en día China va ganando. Pero no olviden que aquí tampoco se puede descartar ningún escenario, porque no duden de que hasta la guerra es un negocio, y que a veces la escalada bélica es lo que más interesa a las mentes que juegan con nosotros como peones sobre el tablero mundial, y que desde la seguridad de su inexpugnable sillón de jerarca pueden decidir en unos minutos la muerte de millones de seres humanos.

El dinero mueve el mundo, y la guerra mueve dinero, mucho dinero, incluida su «redirección» tras la contienda a través de un nuevo recaudador. Por ello nunca se fíen ni de todo lo que leen, ni de lo que les venden, especialmente cuando son discursos que intencionadamente van encendiendo el odio y la belicosidad. Nunca sabrán quién es el verdadero origen de esos mensajes de guerra, ni si es propaganda china, rusa, estadounidense, o incluso europea (que es la de menos, pero que ya la hay también), pero lo que si pueden tener por seguro es su objetivo final (y quién va sacando ventaja de ella). Y ese siniestro objetivo final que revela la belicosidad creciente de los mensajes no nos interesa al pueblo ni remotamente, así que refuercen su espíritu crítico por el bien de todos, y como dicen los líderes de verdad: “Keep calm” (“Mantengan la calma”), especialmente en la tempestad.

https://www.elblogsalmon.com/economia/locomotora-exportadora-china-avanza-nuevo-imparable-coronavirus-que-mantiene-presion-su-caldera

20.40.-Gay Talese DICE: “Trump y Biden no tienen la voluntad ni el talento para cambiar nada” – Hugo Alconada

Entrevista con el periodista y escritor estadounidense Gay Talese

Nacido en 1932, en Ocean City (Estados Unidos), Talese se graduó en periodismo en la Universidad de Alabama, es uno de los padres del Nuevo Periodismo y una de las plumas más notables de su país.Foto: Juan Diego Buitrago. EL TIEMPO

Gay Talese está furioso.

Sigue tan elegante como siempre, pero habla más asertivo que nunca.

1 nov 2020.- Talese siempre se condujo como un caballero, pero ahora, a los 88 años y cuando resta una semana para la elección presidencial en Estados Unidos, uno de los padres del Nuevo Periodismo explicita su fastidio con lo “políticamente correcto” y con la forma en que los medios alimentan la grieta en su país. 

Tal es su fastidio, que Talese pasa por encima de las preguntas de La Nación, mientras ultima la revisión de su nuevo libro, sobre el que tampoco quiere hablar. Porque detesta a Donald Trump, pero el demócrata Joe Biden le parece “horrible”. Considera “unilateral” y “propagandística” la cobertura de los medios, sostiene que la sociedad estadounidense está partida por el racismo y carga contra el “policía moral” que algunos quieren arrogarse. Está furioso el genial autor de Frank Sinatra está resfriado, sí, y aquí lo deja claro.

“Muchos estadounidenses que odian a Trump lo llaman ‘matón’ y dicen lo peor de él sin cesar. ¡Pero Trump es Estados Unidos! ¡Esto es lo que la gente no quiere oír, no quiere leer y no aceptará”

Nos acercamos a la elección presidencial en Estados Unidos. ¿Qué avizora?

Es importante que primero explique a sus lectores mis posiciones políticas, que son bastante controvertidas estos días en Estados Unidos. ¿Por qué? Porque soy un inconformista. Soy un pensador poco ortodoxo de mente independiente, un poco ‘contreras’ podría decirse. Soy, sobre todo, un escritor que trata de ver cada pregunta desde más de un lado. Esto explica por qué mi tipo de persona está pasada de moda. Ahora, en Estados Unidos, casi todo es unidimensional. Especialmente entre las clases educadas: la corrección política domina por completo. Si usted, como profesor universitario, dice algo “incorrecto” –es decir, algo a lo que se oponen sus estudiantes más obcecados–, su carrera académica habrá terminado. Si como editor elige publicar a un autor controvertido o alguna figura pública cuyo mensaje es ofensivo para cierto número de lectores, será despedido. Recuerde que el editor de The New York Review of Books, Ian Buruma, perdió su trabajo porque publicó a alguien cuyas palabras no fueron bien recibidas por algunos empleados de la revista, lectores y anunciantes. Recuerde que en The New York Times, el editor de Opinión, James Bennett, perdió su trabajo porque publicó las opiniones de Tom Crotton, un senador republicano y quizás pro-Trump. Casi todas las semanas hay nuevos ejemplos que muestran que si usted se arriesga y transmite algo que la ‘policía moral’ encuentra ofensivo, sufrirá terribles consecuencias.

(De interés: Una crisis institucional, el temor que ronda las elecciones de EE. UU.).

¿Cómo explica este fenómeno?

Los medios son completamente unilaterales. El coro de odio a Trump es abrumador. A mí no me gusta Trump, pero me siento decepcionado por cómo los principales medios se han convertido en propagandistas de las fuerzas de ‘Nunca más Trump’. En cierto modo puedo entender cómo empezó todo hace cuatro años.

En aquel momento, todos los expertos de los diarios, revistas y editoriales, entre otros, además de los profesionales políticos, incluyendo a encuestadores, asesores y consultores, asumieron que Trump era un chiste y no tenía ninguna posibilidad de vencer a Hillary Clinton. Pero cuando ganó, todos los ‘expertos’ y ‘pensadores’ quedaron expuestos como idiotas mal informados y quedaron avergonzados y resentidos. A esto le siguieron meses y meses de investigaciones sobre su vida política. Afirmaron que los rusos ganaron las elecciones por él y que Trump era un pervertido demasiado inmoral para el alto cargo que ocupaba, publicando rumores de que había sido orinado por prostitutas moscovitas y tanto más. Se esperaba que el Informe (del exfiscal especial del Departamento de Justicia, Robert) Mueller finalmente liquidara a Donald ‘el sucio’, pero por desgracia, después de años de investigaciones, citaciones y muchos millones de dólares que terminaron en los bolsillos de abogados partidistas no se encontraron pruebas de todo lo que los medios unilaterales imprimían todos los días. Del The New York Times al The Washington Post, además de los canales anti-Trump como MSNBC y CNN. Cualquiera que odiara a Trump fue entrevistado de manera respetuosa y constante en esos canales.

(Le recomendamos: Lo que le espera a Colombia con Trump o con Biden).

“No voté por Trump ni lo haré. ¿Pero Biden presidente? Creo que es una opción horrible, si gana llevará a la Casa Blanca al mismo elenco de personajes de los Obama y los Clinton, que no hicieron nada”

 

Qué panorama traza, incluso sobre algunos medios para los que trabajó…

 

Sí. Ahora yendo a cómo veo las próximas elecciones presidenciales. Veo todo con mucha tristeza. No voté por Trump, ni lo haré. ¿Pero Biden presidente? Creo que es una opción horrible y, lo que es peor, si gana llevará a la Casa Blanca al mismo elenco de personajes de los Obama y los Clinton que no hicieron nada durante los ocho años que Obama fue presidente. Y le aclaro: no solo voté por Obama las dos veces, sino que contribuí a su campaña, algo que nunca antes había hecho por un candidato. Pero después de ocho años ‘políticamente correctos’ de Obama y sus amigos abogados de Harvard, me decepcionó tanto que hiciera tan poco por los negros, así como por la mayoría de los estadounidenses desfavorecidos mientras que los medios le daban carta blanca. Su gobierno resultó una decepción. Entonces, ¿quiero más de eso con Biden? No, gracias.

En ese contexto, ¿ve posible que Estados Unidos afronte los desafíos que debe afrontar?

 

No, a menos que los blancos estén dispuestos a renunciar a algo. Porque los blancos pueden poner caras negras todos los meses en las portadas de Vogue, Vanity Fair y la sección de Arte y Ocio del New York Times, y pueden presumir de incorporar más empleados negros en las grandes empresas, y hasta pueden convertir en víctimas y heroínas a cualquier negro que ayude a disminuir la culpa y a encubrir la hipocresía de los blancos, sí. Pero ¿qué están dispuestos a ceder los blancos? Lo importante sería que se abolieran las escuelas privadas y que todos los chicos –negros, blancos, hispanos, asiáticos– asistieran a la escuela pública hasta ingresar en la Universidad. Eso marcaría la diferencia, garantizaría que todos tuvieran el mismo comienzo en una sociedad democrática. Pero sabemos que los blancos nunca harán eso. Por tanto, olvídese de verdaderos cambios en lo que respecta al racismo.

(Además: Habla el colombiano que se ha volcado de lleno a favor de Trump).

 

Algo así suena inviable en Estados Unidos…

 

Ok, ¿qué más sugiero? Que todos pasen dos años en las Fuerzas Armadas. ¡Conscripción! Eso realmente ayudaría a igualar a esta sociedad. Los universitarios malcriados, tras graduarse más o menos a los 21 años, harían dos años de servicio militar. Sí, servicio militar antes de conseguir empleos en Wall Street o en bufetes de abogados donde aprenderán a utilizar las lagunas legales para obtener todas las ventajas financieras. Recuerde que, en este momento, el Ejército está en teoría conformado por ‘voluntarios’, pero en la práctica está compuesto por blancos pobres, negros y latinos porque es su única forma de evitar un trabajo en un local de comida rápida, en la construcción o como policías. No veo ningún cambio en un sistema que es racista. Y no veo que los candidatos a la presidencia planteen un cambio. Trump y Biden no tienen la voluntad ni el talento para cambiar nada.

Quedan claros su hartazgo y su frustración. ¿Y entonces? ¿Qué?

 

Me hubiera gustado que Bernie Sanders llegara a la Casa Blanca. Pero siempre supe que era una fantasía de mi parte. No tuvo ninguna posibilidad en 2016 de obtener la nominación de los demócratas que querían una mujer presidenta; y en 2020 lo tildaron de socialista por sus ideas progresistas y su carrera se terminó.

(Le puede interesar: ‘Si los latinos salen a votar, va a cambiar la distribución de poder’).

Le insisto, ¿cree que algo puede cambiar en el corto y mediano plazo? ¿Puede Estados Unidos virar, por ejemplo, en su política exterior?

 

Muchos estadounidenses que odian a Trump lo llaman ‘matón’ y dicen lo peor de él sin cesar. ¡Pero Trump es Estados Unidos! ¡Esto es lo que la gente no quiere oír, no quiere leer y no aceptará de nadie que escriba eso! Pero es cierto: Trump es Estados Unidos. Obama no era Estados Unidos.

¿No es un poco excesivo?

Trump es un matón y la política exterior estadounidense representa al matón en acción. Lo cual a menudo me hace apoyar, como ‘contreras’ que soy, a quien sea que esté en la lista de ‘objetivos’ del Gobierno de los Estados Unidos. Comencé como redactor de deportes, allá por la década de 1950, y siempre apoyé al más débil, la gente caída que tenía el coraje de levantarse una y otra vez. Todavía tiendo a admirar a quien se enfrenta a la política exterior de matones que aplica Estados Unidos. Por supuesto, esto me convierte en un personaje muy sospechoso, un imbécil sin valor y tanto más (risas). Pero aplaudo a las personas que se enfrentan a los matones de nuestro Salón Oval y nuestro Departamento de Estado.

(Siga leyendo: La advertencia del Gobierno de EE. UU. sobre viajar a Colombia).

Deme un nombre… 

Bashar al-Assad, de Siria. Otro sobreviviente: Nicolás Maduro. Durante décadas, Estados Unidos ha tratado de gobernar Venezuela, lo que se remonta a 1780, cuando el presidente de Estados Unidos era Samuel Adams. Pero Maduro, como antes Chávez, sobrevivió a los escuadrones de la CIA y a todos los boicots y golpes de Estado que intentó Estados Unidos… y al final, Maduro sigue al frente de su país. A Estados Unidos le encanta dar lecciones sobre derechos humanos y se pronuncia en contra de ‘dictadores’ como Vladimir Putin, Xi Jinping o Rodrigo Duterte, en Filipinas, pero al mismo tiempo apoya al general egipcio (Abdelfatah) Al-Sisi, que derrocó a un presidente debidamente elegido, Mohamed Morsi, quien murió en la cárcel. Y ni el secretario de Estado ni los activistas de derechos humanos enviaron sus condolencias.

HUGO ALCONADA MON

LA NACIÓN (Argentina) – GDA 

https://www.eltiempo.com/mundo/eeuu-y-canada/trump-y-biden-no-tienen-la-voluntad-ni-el-talento-para-cambiar-nada-gay-talese-546500

20.40.-Estados Unidos: elecciones presidenciales imperfectas – RODRIGO UPRIMNY

Las elecciones presidenciales en Estados Unidos del próximo martes evidencian varios defectos de la democracia de ese país, que tiene cosas admirables, pero cuyo sistema electoral es muy imperfecto.

31 oct 2020.- El presidente estadounidense no es electo por voto popular directo sino por un enrevesado sistema. Los ciudadanos de cada estado eligen un número de electores, que es relativamente proporcional a la población de ese estado. Esos electores forman un “colegio electoral” de 538 electores, que es el que jurídicamente nombra al presidente. Gana entonces el candidato que logre más de 269 electores.

La regla general es que el candidato que gane en un estado se lleva a todos sus electores, lo cual genera dos graves problemas.

Primero, desde hace varios años, unos 35 a 40 estados tienen mayorías políticas estables. Por ejemplo, en California o Nueva York gana casi siempre y en forma contundente el candidato demócrata, mientras que lo contrario ocurre en Luisiana y Nuevo México, en donde casi siempre ganan los republicanos. En cambio hay unos 10 a 15 estados pendulares: los swing states, en donde las adhesiones partidistas cambian. Esos estados pendulares, como Florida y Wisconsin, son definitivos en la elección presidencial, porque los estados con mayorías estables dan un número semejante de electores a republicanos y demócratas. Por ello las campañas presidenciales se focalizan en los estados pendulares, cuyos votantes, que representan aproximadamente un 20 % de la población, definen quién es el presidente. Entonces, las opiniones y visiones de ese otro 80 % de ciudadanos cuentan poco, al menos en la elección presidencial.

Segundo, debido al sistema de colegio electoral, es posible que resulte electo presidente un candidato que perdió en el voto popular. Eso sucedió hace cuatro años, pues Trump fue electo presidente, a pesar de que Clinton ganó la elección popular por 2 %, que equivalían a unos dos millones de votos. Esto sucedió porque Trump ganó por estrecho margen en casi todos los estados pendulares y se llevó todos esos electores: por ejemplo se llevó los 29 electores de Florida y los 16 de Míchigan, donde ganó por solo 1,3 % y 0,3 % respectivamente. Así, Trump, a pesar de perder la votación popular, arrasó en el colegio electoral: 306 electores contra 232.

El colegio electoral fue justificado en 1787 esencialmente como un mecanismo para evitar la demagogia, pues se esperaba que los electores, menos manipulables que los ciudadanos, escogerían para presidente a la persona mejor calificada. Es una triste ironía que esto hubiera servido para elegir a un demagogo como Trump. Pero independientemente de su origen histórico, el colegio electoral es hoy una institución anticuada que distorsiona profundamente la democracia estadounidense, a lo cual hay que agregar al menos otros dos mecanismos que la afectan gravemente: i) la ausencia de límites a los gastos electorales, que ha conferido un peso desproporcionado a los más ricos y a las grandes empresas; y ii) sus sesgos raciales por la manera como muchos afros, que tienen mayor probabilidad de terminar encarcelados, han sido privados de sus derechos políticos en ciertos estados por haber sido encarcelados, incluso por un delito menor.

Corresponde a los ciudadanos estadounidenses corregir los defectos de su elección presidencial, pero esta reflexión no es inútil en Colombia, pues muestra el impacto decisivo que tienen las reglas y los diseños electorales sobre la calidad de la democracia. Una lección importante ahora que cursa en el Congreso, casi en silencio, una polémica propuesta de reforma electoral, que amerita una discusión pública vigorosa.

* Investigador de Dejusticia y profesor de la Universidad Nacional.

https://www.elespectador.com/opinion/estados-unidos-elecciones-presidenciales-imperfectas/

20.40.-Mentiras, malditas mentiras y los mítines de Trump PAUL KRUGMAN

La estrategia republicana se basa en intentar asustar a los votantes hablándoles de cosas malas que no están ocurriendo

Donald Trump a su llegada a un mitin en Arizona. BRENDAN SMIALOWSKI/AFP/GETTY IMAGES

Donald Trump miente muchísimo. De hecho, miente tan a menudo que algunos medios de comunicación procuran mantener un cómputo actualizado, e incluso intentan extraer inferencias políticas a partir de las fluctuaciones en el número de mentiras que cuenta en un mes cualquiera (aunque la tendencia ha ido inexorablemente en ascenso).

30 oct 2020.- Sin embargo, en las últimas semanas hemos cruzado una especie de umbral. No se trata tanto de que Trump mienta más, sino de que las mentiras son cualitativamente diferentes, todavía más descaradas, y cada vez más desligadas de cualquier estrategia política verosímil.

En otros tiempos, las mentiras de Trump tendían a ser, por ejemplo, las afirmaciones repetidas de que estaba a punto de presentar un plan de atención sanitaria que sería mucho mejor y más barato que el Obamacare, y que no dejaría de proteger a las personas con afecciones preexistentes. Quienes seguíamos de cerca la cuestión sabíamos que ese plan no existía, y de hecho, que no podía existir dada la lógica del seguro sanitario; también sabíamos que había hecho la misma promesa muchas veces, pero nunca la cumplía.

Pero los votantes corrientes no son expertos en política sanitaria y puede que no recordaran todas esas promesas incumplidas, de modo que existía al menos una posibilidad de que algunos se dejaran engañar. En cierto sentido, las afirmaciones de Trump quejándose de que era víctima de una enorme conspiración del “Estado profundo” eran similares. Para los que conocen cómo funciona realmente el Estado estaba claro que eran tonterías. Pero muchos votantes no son expertos en derecho civil, y la teoría de la conspiración le servía —como sus declaraciones de que todos los informes negativos son “noticias falsas”— para escudarse frente a los datos incómodos.

Pero las mentiras recientes de Trump están siendo distintas. El martes, la oficina de ciencia de la Casa Blanca fue más allá de las afirmaciones ahora habituales de que estamos “doblando la esquina” del coronavirus, y declaró que uno de los principales logros del Gobierno ha sido el de “poner fin a la pandemia de covid-19”. ¿A quién se suponía que debía convencer, cuando casi todo el mundo es consciente no solo de que la pandemia continúa sino de que los casos y las hospitalizaciones por coronavirus se están disparando? Solo sirvió para hacer que Trump parezca aún más alejado de la realidad.

Pero esperen, la cosa se pone peor. En el debate de la semana pasada, Trump declaraba que Nueva York es una “ciudad fantasma”. Ocho millones de personas pueden comprobar a simple vista que no es cierto. El martes, mientras hacía campaña en Pensilvania, afirmó una y otra vez que, por culpa del gobernador demócrata, “no podéis ir a la iglesia”. Miles de pensilvanos practicantes saben que eso es sencillamente falso. El miércoles, de campaña en Arizona, Trump se dedicó a despotricar contra California, donde “tienes que llevar una mascarilla especial, no puedes quitártela en ninguna circunstancia. Tienes que comer con ella puesta. ¿A que sí, Charlie, a que sí? Es un mecanismo muy complejo”. Como nos dirán 39 millones de californianos, no existe nada remotamente parecido.

Insisto, ¿a quién se supone que va a convencer? Es difícil verle ningún aspecto político positivo a unas confabulaciones tan ridículas, que exigen que la ciudadanía rechace su propia experiencia directa. Todo lo que hacen —y odio decirlo, pero es evidente— es suscitar dudas acerca de la estabilidad del presidente.

Entonces, ¿qué está ocurriendo? Trump no será el primer político que profiera terribles ataques verbales en una situación de derrota electoral. “Ya no tendréis un Nixon al que maltratar”. Recuerden también que Roy Moore, derrotado en las elecciones especiales al Senado como representante de Alabama en 2017, nunca se dio por vencido.

De hecho, casi todo el mundo se espera la madre de todos los berrinches, posiblemente con llamamientos a la violencia incluidos, si, en efecto, Trump pierde la semana que viene. Hasta cierto punto, es posible que esté empezando con antelación.

Pero yo diría que lo que está pasando es más profundo. Lo que Trump ha ido revelando, más claramente que nunca, es que tiene una mentalidad dictatorial. Después de esas grotescas afirmaciones sobre las mascarillas californianas, releí Mi Guerra Civil española, el ensayo clásico de George Orwell. Al observar a los fascistas españoles y a sus simpatizantes —incluidos muchos periodistas británicos—, a Orwell le preocupaba que “el concepto mismo de verdad objetiva esté desapareciendo en el mundo”. Temía un futuro en el que, si el líder “dice que dos y dos son cinco… pues dos y dos son cinco”.

La cuestión es que para Trump y muchos de sus seguidores, ese futuro ya ha llegado. ¿Cree él que hay alguna verdad en sus absurdas afirmaciones de que a los californianos les obligan a comer con unas complicadas mascarillas puestas? Esa es una mala pregunta, porque no acepta que exista nada parecido a una verdad objetiva. Hay cosas que quiere creer, y las cree; hay otras que no quiere creer, así que no las cree.

Lo temible de todo esto no es solo la posibilidad de que Trump todavía pueda ganar —o robar— un segundo mandato. Es el hecho de que casi todo su partido, y decenas de millones de votantes, parecen perfectamente dispuestos a seguirlo al abismo.

En efecto, la actual estrategia republicana se basa casi por completo en intentar asustar a los votantes hablándoles de cosas malas que no están ocurriendo –como la enorme oleada de violencia anarquista que barre las ciudades de Estados Unidos– y al mismo tiempo no fijarse en las cosas malas que realmente están ocurriendo, como la pandemia y el cambio climático. Esta estrategia puede funcionar o no; es probable que este año fracase. Pero, funcione o no, envenenará la vida política estadounidense durante muchos años.

https://elpais.com/economia/2020-10-30/mentiras-malditas-mentiras-y-los-mitines-de-trump.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART

  • 20.39.-Entre China y Estados Unidos, crecientes tensiones – BRICE PEDROLETTI
  • «El trumpismo tiene un futuro independiente de Trump»- NICOLAS BOURCIER
  • Con 10 días para el final, el tiempo y la historia no están del lado de Donald Trump LARRY ELLIOTT
  • ¿Qué propone Trump para su segundo mandato? – MARC FORTUÑO
  • Necesitamos políticos que se tomen en serio la covid – PAUL KRUGMAN

Washington somete a Beijing a un bombardeo de sanciones por razones políticas, por primera vez. Pero la defensa de los derechos humanos también sirve a otro objetivo: frenar al gigante asiático en su búsqueda tecnológica. Washington somete a Beijing a un bombardeo de sanciones por razones políticas, por primera vez. Pero la defensa de los derechos humanos también sirve a otro objetivo: frenar al gigante asiático en su búsqueda tecnológica.

Mike Pompeo analiza los casos de dos ciudadanos canadienses detenidos en China desde 2018, durante una conferencia de prensa en Washington, el 1 de julio. MANUAL BALCE CENATA / AFP

Poco más de dos años después de la guerra comercial declarada por la administración Trump contra China, Estados Unidos ha abierto nuevos frentes para ejercer presión sobre Pekín, en nombre de los principios que defiende y a través de leyes extraterritoriales. La ofensiva se centra en cuestiones políticas: autonomía para Hong Kong, derechos humanos para la región de Xinjiang y espionaje para Huawei y los medios oficiales chinos en Estados Unidos, ahora conocidos como «misiones extranjeras».

Esta es la primera vez desde Tiananmen en 1989 que se han tomado sanciones tan sistemáticas contra China. En ese momento, fue una masacre. Allí se castiga la represión, pero lo que se apunta es la afirmación del poder chino. La verdadera pregunta ahora es: “¿Podemos permitir que una dictadura se convierta en la principal potencia mundial?”, Analiza el sinólogo Jean-Pierre Cabestan, de la Universidad Bautista de Hong Kong.

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La «guerra relámpago» legal estadounidense se basa en la Ley de Autonomía de Hong Kong, firmada el 14 de julio, la Ley de Política de Derechos Humanos Uigur, firmada el 17 de junio, así como en la Ley de Derechos Humanos Global Magnitsky. Esta ley, originalmente destinada a Rusia, extendida en 2016 a los perpetradores de violaciones de derechos humanos en todo el mundo, tiene como objetivo a China por primera vez. Varios altos funcionarios de Xinjiang que tuvieron un papel clave en la política de internamiento masivo de la minoría uigur ahora tienen prohibido permanecer en Estados Unidos, y sus activos, si los hay, congelados por el Departamento de Estado.

La nueva ley de Hong Kong, además de la revocación del trato preferencial otorgado al territorio por los estadounidenses en materia comercial y financiera, debe sancionar a las entidades e individuos que han contribuido a erosionar el alto grado de autonomía de Hong Kong mediante la ley de seguridad nacional promulgada por Beijing el 1 er  julio. No se especificó ningún nombre, pero «todo está sobre la mesa», dijo un portavoz del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos.

Ralentizar la búsqueda tecnológica de China

Bloomberg informó el miércoles (15 de julio) que el funcionario de asuntos de Hong Kong en el Comité Permanente del Partido Comunista de China (PCCh) Han Zheng, potencialmente el líder chino de mayor rango en unirse a la lista. Objetivo -, así como la jefa de gobierno de Hong Kong, Carrie Lam. El New York Times informó el mismo día de un plan que estaba considerando la Casa Blanca para prohibir visas a 92 millones de miembros del PCCh. Sin embargo, una decisión delicada de implementar debido a la dificultad de los estadounidenses para verificar este estado para los miembros ordinarios.

En un análisis en el sitio web del think tank Center for Strategic and International Studies, la sinóloga estadounidense Jude Blanchette considera «inmadura» y «carente de pensamiento estratégico» la propensión de la administración Trump a «jugar duro» , porque tal actitud permite precisamente al líder chino «para presentarse asediado por fuerzas occidentales hostiles».

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Es cierto que las sanciones, como medio de intervención, a veces solo tienen un efecto simbólico, especialmente en los funcionarios chinos que no viajan a Estados Unidos. Y Washington los está desplegando, en esta etapa, mucho menos contra China que contra Venezuela, Irán o incluso Rusia. Pero la defensa de los derechos humanos también sirve a otro objetivo: frenar a China en su búsqueda tecnológica. En cuanto a Xinjiang, veinte entidades vinculadas al aparato policial y ocho empresas de tecnologías de videovigilancia y reconocimiento facial ya estaban, desde octubre de 2019, en una lista negra del Departamento de Comercio de los Estados Unidos que les prohíbe adquirir componentes estadounidenses sin el aprobación del gobierno.

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Huawei, el gigante chino de las telecomunicaciones, fue sometido por primera vez al mismo régimen. Luego, a cualquier agencia federal se le prohibió suministrarlo en casa. Desde la primavera, sus teléfonos inteligentes ya no pueden usar el sistema operativo Android, ni las aplicaciones de Google o Facebook. Los proveedores extranjeros del grupo deben obtener una licencia estadounidense para cualquier componente que contenga propiedad intelectual estadounidense. “Una de las consecuencias es que el TSMC taiwanés no podrá suministrar a Huawei chips de 5 nanómetros, lo que bloqueará a Huawei en los teléfonos inteligentes de próxima generación. A Huawei también le resultará difícil mantener su oferta 5G”, señala el investigador Mathieu Duchâtel, del Institut Montaigne.

Las decisiones estadounidenses ahora tienen un efecto dominó en los aliados de Estados Unidos: los británicos acaban de excluir a Huawei de sus redes 5G, después de los australianos. Lógicamente podrían seguir otros países, en particular miembros de la OTAN.

Respuesta «mesurada» de Beijing

“Todas estas leyes han recibido un amplio apoyo bipartidista. Y China es el único tema en el que Donald Trump y [el candidato presidencial demócrata] Joe Biden están de acuerdo”, analiza Pierre-Antoine Donnet, autor del libro Global Leadership in Question: the Clash between China and Estados Unidos (Editions de l’Aube). En su inventario detallado de las fuerzas presentes, Donnet recuerda que después de la retirada estadounidense del Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio en agosto de 2019, el Secretario de Defensa estadounidense, Mark Esper, había declarado que el Pentágono desplegaría misiles de medio alcance lo antes posible en el Pacífico: «Es un nuevo frente que también se está abriendo allí «, explica.

China ha proporcionado, en esta etapa, una respuesta «mesurada», en forma de cinco rondas de sanciones contra Estados Unidos: privará a varios senadores estadounidenses conocidos por su movilización en su contra, así como a aquellos que » liderar una política maliciosa en el Tíbet”. Ha anunciado que está boicoteando al grupo de defensa estadounidense Lockheed Martin por sus ventas a Taiwán, pero la compañía tiene poca presencia en China. Y someterá a varios de los principales medios estadounidenses en China a nuevas restricciones administrativas.

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Beijing, que siempre ha denunciado enérgicamente la extraterritorialidad de las leyes estadounidenses, pronto podría utilizar medios similares: «La nueva ley de seguridad nacional en Hong Kong puede aplicarse a cualquier persona en el mundo, es una señal clara en el sentido de un enfoque que incluiría la extraterritorialidad”, dijo el juez Mathieu Duchâtel. Otro campo de enfrentamiento: los ciberataques. “Esa guerra comenzó y nunca se declaró. Es un elemento que no existía durante la guerra fría con la Unión Soviética, y que lo hace diferente con China, estima el sinólogo Jean-Pierre Cabestan. Los estadounidenses, en este asunto, están acostumbrados a realizar contraataques. Pero evite publicitarlo.

https://www.lemonde.fr/international/article/2020/07/18/entre-la-chine-et-les-etats-unis-l-escalade-des-tensions_6046577_3210.html

20.39.-«El trumpismo tiene un futuro independiente de Trump»- NICOLAS BOURCIER

Según la historiadora Maya Kandel, cualquiera que sea el resultado presidencial, el post -Trumpismo, basado en el nacionalismo, la religión y el antiliberalismo, ya está en proceso

Maya Kandel, durante el foro “El año visto a través de la historia”, organizado por France Culture, 25 de marzo de 2017. WIKIMEDIA

Graduada de la Universidad de Columbia y especialista en el Congreso Americano, Maya Kandel es investigadora asociada en la Universidad de París-III Sorbonne-Nouvelle (CREW). En particular, ha publicado The United States and the World. De George Washington a Donald Trump (Perrin, 2018), donde ofrece una perspectiva de la política exterior de Estados Unidos desde su nacimiento.

Trump es descrito como un político impulsivo, un populista desprovisto de coherencia ideológica. Pero dices al contrario que el trumpismo existe y que “su esencia es el nacionalismo”. Por qué?

16 oct 2020.- ¡No es contradictorio! Trump ha estado más cerca de los demócratas que de los republicanos, a través de sus contribuciones de campaña o sus posiciones «liberales», como sobre el aborto. Pero Trump no es un ideólogo ni un intelectual, es ante todo un hombre de negocios, un hombre de negocios y un showman. Lo que lo hizo famoso, si no su fortuna, fue el reality show «The Apprentice» [en NBC].

Y debemos reconocer su dominio de la comunicación y su dominio del mensaje mediático. Trump también se ha beneficiado de operaciones de recopilación de datos muy precisas (especialmente a través de la empresa especializada Cambridge Analytica). Esto le permitió calibrar mensajes precisos, destinados a los grupos constituyentes del Partido Republicano, ya que fue en las primarias republicanas que eligió competir en 2015. Esto, por ejemplo, arroja luz sobre su alianza con el movimiento antiaborto. y más ampliamente con los evangélicos, a quienes ha prometido nombrar a “sus” jueces, opciones que no guardan relación con sus convicciones personales.

Fueron otros los que teorizaron por él. Steve reclutó Bannon especialmente en el verano de 2016, que ha infundido los temas de la alt – derecha en la campaña trumpienne tocó la Trump común con Andrew Jackson [7 º Presidente de los Estados Unidos, conocida por su el populismo en la política doméstica y su política de «limpieza étnica» de los amerindios] cuyo retrato colgó en el Despacho Oval; Steve Miller, su asesor de inmigración; Yoram Hazony y el think tank californiano Claremont Institute, de donde proviene esta frase, de la pluma de Christopher DeMuth: «El trumpismo tiene una esencia y esa esencia es el nacionalismo».

El trumpismo se refiere a esas ideas fuertes detrás de la coalición electoral que le dio la victoria a Trump, y la teorización intelectual a posteriori que se puede hacer de ellas: una mezcla de mensajes «antisistema» y anti-élite, nacionalismo, conservadurismo religioso y del antiliberalismo.

La victoria de Trump en 2016 redefinió al Partido Republicano. ¿Lo destruyó o lo modeló a su imagen?

Trump ganó las elecciones defendiendo las causas de los grupos de interés y votantes útiles para su elección, sin buscar la coherencia ideológica. Apostó principalmente por la fuerte movilización de la base blanca, rural y sin educación. Gracias a una combinación de factores (el asunto del correo electrónico de Hillary Clinton, la manipulación de información de origen ruso u otro, una fuerte abstención y una dosis de suerte), esta apuesta triunfó en 2016 – desde precisión y perdiendo el voto popular de casi 3 millones de votos, pero sin embargo fue elegido presidente. La victoria de Trump marca así la culminación del deslizamiento hacia la derecha del Partido Republicano para convertirse en un partido de extrema derecha, también una señal de la creciente polarización ideológica de Estados Unidos durante cuatro décadas.

El 14 de julio de 2019, intelectuales conservadores estadounidenses se reunieron en Washington para una conferencia de fundación sobre el «conservadurismo nacional». ¿Cuál fue el verdadero objetivo?

El movimiento conservador, columna vertebral intelectual del Partido Republicano, buscó, después de tres años en la presidencia de Trump y con el acercamiento de una nueva fecha límite electoral, «teorizar hacia atrás» sobre el trumpismo, para retener a los votantes de Trump.

Esta conferencia, que supuestamente consagraría el nacimiento de un nuevo «conservadurismo nacional» que definiera al Partido Republicano, reunió a gran parte de intelectuales conservadores, unidos por sus detestaciones comunes e irrigados por las aportaciones de la «alt-right», a quienes Trump tomó prestados sus marcos de lectura del mundo, en particular la oposición entre «globalistas» y nacionalistas, el apetito por las teorías de la conspiración y el temor de un «gran reemplazo» por la inmigración cristiana y no blanca. El organizador de la conferencia, Yoram Hazony, autor israelí-estadounidense de La virtud del nacionalismo (ed. Jean-Cyrille Godefroy), en 2019, desempeñó un papel central en la federación de los desarrollos que ya se estaban gestando.

¿Cuáles son los principales marcadores?

El supuesto inicial es que el trumpismo tiene un futuro independiente de Trump, y que este futuro es nacionalista, religioso y antiliberal: se trata de adaptar la línea del partido al electorado trumpista, incluyendo, sino sobre todo, para prepararse para la era posterior a Trump. Este antiliberalismo debe entenderse en tres niveles, porque deliberadamente juega con las confusiones semánticas.

El primer plan acerca el nacional-populismo estadounidense a sus homólogos europeos y particularmente húngaros: este “antiliberalismo” debe entenderse de hecho a la luz de la teorización orbaniana de la democracia cristiana como “democracia antiliberal”. Los conservadores nacionales estadounidenses, como Viktor Orban, juegan con las ambigüedades del término «liberal», para rechazar ante todo los valores «liberales», en el sentido de «progresistas», desde los derechos de las minorías hasta la noción misma de universalismo.

Los manifestantes que afirman ser de «extrema derecha» ondean la bandera confederada frente al Lincoln Memorial en Washington, el 25 de junio de 2017. JIM BOURG

Pero antiliberal también debe entenderse en el sentido de antineoliberal: los nacional-conservadores estadounidenses critican de hecho los excesos de la desregulación de los años de Reagan, la «desnacionalización» de las multinacionales, el aumento sin precedentes de las desigualdades, destructivo para las clases medias y gente popular que construyó América. Esta crítica considera que la globalización neoliberal ha beneficiado a China, con la complicidad de una élite económica y política estadounidense en el desprecio del pueblo. Se trata, en efecto, de un nacionalismo blandido contra la globalización y que pretende rehabilitar el papel del Estado en la economía, tema que también está resurgiendo del lado democrático.

Finalmente, también es un rechazo a lo que los estadounidenses llaman «el orden internacional liberal», expresión que designa a las instituciones internacionales (ONU, OTAN, Banco Mundial, etc.), construidas y garantizadas por Washington desde 1945. Estas ahora se consideran obsoletos, restrictivos para la soberanía estadounidense y contraproducente, porque los adversarios de Estados Unidos los utilizan en su beneficio.

¿Qué papel juega Fox News en esta remodelación del panorama político estadounidense?

A menudo escuchamos que Estados Unidos liberal y Estados Unidos conservador viven en dos realidades paralelas. Un informe (2018) de la Fundación Knight y el Instituto Gallup muestra que esto no es una metáfora: los republicanos y los demócratas en Estados Unidos viven en entornos de información tan diferentes que ya no tienen una percepción común de realidad.

En particular, el estudio pidió a los adultos que nombraran lo que veían como una fuente de información objetiva: el 60% de los republicanos nombraron a Fox News como su primera y única fuente de información. En comparación, los demócratas citaron fuentes mucho más variadas: CNN (21%), NPR (15%), luego un rango que incluía la BBC (5%), The New York Times (5%) y PBS News (4%). Ningún otro grupo dio una respuesta tan fluida y unidimensional como los republicanos.

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Los republicanos de hoy viven en un monocultivo de información, dominado por las decisiones editoriales de Fox. Ninguna otra institución en los medios o la política, con la posible excepción del feed de Twitter de Trump, tiene tanta influencia. Esto plantea un problema fundamental para la democracia estadounidense: porque Fox News sigue siendo una empresa comercial. Si movimientos como el Tea Party [ultraconservador] o políticos como Donald Trump son buenos para la audiencia, entonces será mejor que Fox les dé peso. Estos incentivos son los mismos para otros medios, pero solo Fox News tiene una influencia tan amplia en un grupo.

En 2016, dos politólogos estadounidenses, Theda Skocpol y Vanessa Williamson, ya señalaron en su libro sobre el Tea Party el creciente poder de Fox News como síntoma del declive del Partido Republicano y consecuencia del vacío intelectual dejado tras el rechazo de Bush y de su equipo de neoconservadores: «Sin líderes intelectuales fuertes dentro del partido mismo, los presentadores de Fox News se han convertido en las únicas voces de autoridad para los votantes republicanos».

¿Cómo explicar el apoyo de la derecha evangélica a Trump y qué papel juegan los católicos conservadores?

El apoyo de los evangélicos blancos a Trump (a diferencia de los evangélicos negros, que apoyan a los demócratas) está ligado a la creencia de que la sociedad estadounidense ha renegado de sus fundamentos cristianos bajo la presión por la justicia en manos de los demócratas, ya sea legalización del aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo e incluso los derechos cívicos para algunos. Por tanto, la derecha evangélica pretende liderar el contraataque por el mismo medio, es decir, una renovación de los jueces y de todo el sistema judicial. Pero Trump ha cumplido sus compromisos, con dos (y quizás tres) nuevos magistrados de la Corte Suprema, y ​​especialmente más de una cuarta parte de los magistrados de la Corte de Apelaciones de Washington, nombrados de por vida y con un papel decisivo en cualquier procedimiento. Yendo a la Corte Suprema.

También debemos señalar la influencia más reciente pero creciente de los intelectuales católicos conservadores en el Partido Republicano, que la investigadora y profesora Blandine Chelini-Pont (Universidad de Aix-Marsella) ha calificado de «colonización católica de la derecha estadounidense». Cada vez más evidente desde finales de la década de 2000, esta influencia está ejemplificada por los muchos conversos en la vida política (Newt Gingrich, Paul Ryan, Jeb Bush), o el hecho de que, si Amy Coney Barrett se confirma [en el próximo semanas], la Corte Suprema tendrá seis jueces católicos de nueve, una novedad histórica.

Este conservadurismo católico, [escribe el investigador]«se basa en una relectura del orden político estadounidense, en sus propios orígenes, ya no como un orden liberal, sino como un orden cristiano republicano» que debe permanecer fiel a las intenciones de los Padres Fundadores«. Que habían puesto a su país bajo la guía de Dios”.

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¿Por qué la política exterior es una parte esencial del credo nacionalista?

Entre las promesas de Trump en 2016 estaba la de redefinir la relación de Estados Unidos con el resto del mundo (sobre comercio, inmigración, el «fin de guerras sin fin», «aliados que se benefician de Estados Unidos»). . Entre los nacional-conservadores, encontramos estos aspectos con una visión del mundo que mezcla la lectura civilizatista de Samuel Huntington, el prisma “nacionalista contra globalista” de Hazony, pero también la obsesión soberanista de larga data de parte de los republicanos. (John Bolton) como intelectuales del Claremont Institute: la Constitución estadounidense es vista como la única fuente de legitimidad y derecho, lo que también explica por qué la Unión Europea representa tal herejía a sus ojos.

Estos nacionalistas ven su lucha en el marco de un doble enfrentamiento: adentro, contra una élite favorable a la gobernanza mundial («globalista») y al multiculturalismo («cosmopolita»); internacionalmente, contra aquellos que quieren el fin de Occidente (“China y el Islam político”, para citarlos). Pero donde Hazony, como Pompeo, habla de redefinir las alianzas de acuerdo con estos principios, otros, como el presentador de Fox News, Tucker Carlson (cercano a Trump y cuyo programa es el segundo más visto en Estados Unidos). ), defienden un auténtico aislacionismo que ve la política exterior como la defensa del interés norteamericano redefinido al menos por la seguridad del territorio, la protección de las fronteras, la defensa de las empresas norteamericanas.¿Sobrevivirá el trumpismo a Trump?

Lo que sobrevivirá es esta redefinición nacionalista religiosa del Partido Republicano, un conservadurismo nacional libre de los excesos verbales de Trump, sin el apoyo de los supremacistas blancos: ahora también está bien representado a nivel judicial, lo que sin duda lo estará. El principal legado de la presidencia de Trump. Asimismo, la rehabilitación del papel del estado en la economía, al menos para tratar con China, también debería durar más que Trump, independientemente del resultado de las próximas elecciones.

Más allá de eso, ya estamos viendo emerger varios campos, con distinciones según el grado e intensidad de la lealtad al trumpismo: están los “principescos” (la familia Trump) o los “herederos” directos (Pence, Pompeo, DeSantis); jóvenes reformadores alimentados del trumpismo (Hawley, Cotton, Rubio) o partidarios de una determinada restauración (Cruz, Haley). La única certeza es que el post-Trump comenzará el 4 de noviembre, sea cual sea el resultado.

https://www.lemonde.fr/international/article/2020/10/16/maya-kandel-le-trumpisme-a-un-avenir-independant-de-trump_6056289_3210.html

20.39.-Con 10 días para el final, el tiempo y la historia no están del lado de Donald Trump LARRY ELLIOTT

Covid ha derrumbado los avances que logró en la economía y cualquier nuevo estímulo podría ser demasiado tarde.

Donald Trump sabe que los presidentes estadounidenses en funciones pueden verse frustrados por una economía de bajo rendimiento. Fotografía: Jim Bourg / AFP / Getty Images

Todo parecía tan simple para Donald Trump cuando subió al escenario en el Foro Económico Mundial en Davos en enero de este año. Al comienzo de un año electoral, la reunión anual de la élite empresarial global fue una oportunidad para lanzar su campaña.

23 oct 2020.- Fue uno que Trump se apoderó con entusiasmo. Los siguientes 30 minutos fueron una larga jactancia, detallando cómo una economía estadounidense que supuestamente había estado de rodillas bajo Barack Obama se había transformado bajo su dirección.

“Hoy me enorgullece declarar que Estados Unidos se encuentra en medio de un boom económico como el que el mundo nunca ha visto antes”, dijo Trump en un salón abarrotado. “Hemos recuperado nuestro paso, descubrimos nuestro espíritu y volvimos a despertar la poderosa maquinaria de la empresa estadounidense. Estados Unidos está prosperando, Estados Unidos está floreciendo y, sí, Estados Unidos está ganando de nuevo como nunca antes».

Trump conocía su historia. La mayoría de los presidentes en ejercicio desde la Segunda Guerra Mundial habían despedido a sus rivales, y los que no lo habían hecho (Gerald Ford en 1976, Jimmy Carter en 1980 y George Bush padre en 1992) no recibieron ayuda de una economía de bajo rendimiento. Entonces, con el mercado de valores en un nivel récord y el desempleo en su nivel más bajo desde las misiones espaciales Apolo de fines de la década de 1960, el presidente pensó que el camino hacia la victoria sería sencillo.

Trump había sido informado sobre Covid-19 y el primer caso en Estados Unidos se informó el día de su discurso en Davos. Pero no pensó ni por un momento que su campaña de reelección se libraría en el contexto de una pandemia mundial y durante algún tiempo pareció negar la importancia del virus, alegando que pronto desaparecería.

Eso resultó ser una ilusión. Antes del debate cabeza a cabeza del jueves con Joe Biden, la pandemia había provocado más de 200.000 muertes en Estados Unidos y las tasas de infección siguen aumentando. El desempleo se disparó al 15% cuando gran parte de la economía cerró en la primavera. Lejos de presidir un auge económico, el Fondo Monetario Internacional estima que la mayor economía del mundo se contraerá en más de un 4% este año. En contexto, la última vez que la economía se contrajo más de un 4% en un año de elecciones presidenciales fue en 1932, en las profundidades de la Gran Depresión, cuando Herbert Hoover estaba en la Casa Blanca. Hoover no consiguió un segundo mandato.

Mohamed El-Erian, ex director ejecutivo de la firma de inversiones estadounidense Pimco y ahora presidente del Queens ‘College, de la Universidad de Cambridge, dice que en enero, parecía que Trump evitaría el destino de Hoover, pero ahora enfrenta una ardua lucha para derrotar a su rival demócrata. , Biden.

“Al entrar en Covid-19, Trump habría ganado en dos temas: la mayor economía de la historia de Estados Unidos y el mayor mercado de valores de la historia de Estados Unidos”, dice El-Erian. «El desempleo había caído en todos los sectores de la población, Estados Unidos había superado a otros países avanzados, se habían batido una serie de récords en Wall Street».

Aunque la economía se recuperó después de contraerse casi un 10% en el segundo trimestre, la tasa oficial de desempleo se mantiene en el 7,9%, el doble de su nivel anterior a la crisis. Es más, el nivel obstinadamente alto de nuevas solicitudes de desempleo sugiere que la recuperación ha comenzado a perder fuerza a medida que los estadounidenses se autoaislan ante los nuevos brotes del virus.

Wall Street se recuperó bruscamente después de su liquidación en febrero y marzo, pero El-Erian dice que esta no es una buena noticia para Trump. “A medida que pasan las semanas, la desconexión de los mercados financieros de la economía se está convirtiendo lentamente en un problema político. Son los ricos los que están mejor».

Incapaz de afirmar que está presidiendo la economía estadounidense más fuerte de todos los tiempos, durante las últimas semanas Trump ha estado intentando otra táctica: que es el candidato mejor situado para asegurar la recuperación. El presidente está ansioso por obtener un nuevo proyecto de ley de estímulo en el Congreso antes del día de las elecciones.

David Blanchflower, profesor de economía en Dartmouth College en New Hampshire y ex miembro del comité de política monetaria del Banco de Inglaterra, dice que Estados Unidos está sufriendo de desempleo y subempleo, y que las cifras oficiales de desempleo no reflejan realmente el estado de la mano de obra. Mercado. “La tasa de desempleo real pasó del 4% al 20% en seis semanas”, dice.

Durante meses, Trump ha intentado obtener un nuevo paquete de estímulo en el Congreso, pero Blanchflower dice que ha permitido que los demócratas alarguen las conversaciones durante demasiado tiempo. “Incluso si se llega a un acuerdo, los votantes no sentirán el impacto antes de las elecciones”, dice.

Con menos de dos semanas para el final, el tiempo y la historia no están del lado del presidente. Tampoco lo es la pandemia. Como dice El-Erian, esta elección no solo se trata de quién es el mejor en el manejo de la economía, sino también de quién será el mejor para abordar el Covid-19 y quién puede mantener seguros a los estadounidenses.

https://www.theguardian.com/us-news/2020/oct/23/with-10-days-to-go-time-and-history-are-not-on-donald-trumps-side

20.39.-¿Qué propone Trump para su segundo mandato? – MARC FORTUÑO

El próximo 3 de noviembre Trump se enfrenta a su reelección como presidente de los Estados Unidos. Siempre son relevantes estas elecciones por su papel dominante en la economía global, sin embargo, en medio de la recesión global por la pandemia del Covid-19, adquieren una mayor importancia.

19 oct 2020.- Las actuales previsiones del FMI apuntan a que en 2020 el PIB global viviría una contracción del 4,4% y que Estados Unidos sufriría una recesión del 4,3%, lejos del impacto económico en la Eurozona pronosticado en el 8,3%.

Comparativamente el varapalo económico no es el peor entre los países desarrollados, pero supone un gran reto económico de cara al futuro. En los próximos trimestres existe un manto de incertidumbre importante debido a la naturaleza del virus, los confinamientos más y menos intensos y la espera para la vacuna efectiva.

Por ello, es de vital importancia conocer el programa que pretende desarrollar Donald Trump si finalmente consigue ser reelegido en representación de la candidatura republicana.

Combatir al coronavirus: Prometiendo la vacuna

 

La acción contra la pandemia es uno de los ejes centrales de la campaña electoral de Estados Unidos. Hasta ahora, no podemos calificar que la gestión de la pandemia se haya realizado con mucho éxito. La población de Estados Unidos representa el 4% de la población mundial y, por su parte, representa el 23% de los casos de coronavirus y el 21% de las muertes registradas.

En esta pandemia, la administración Trump cometió el error de minimizar la amenaza del virus durante los primeros días. No proporcionó suficientes pruebas para saber cómo se estaba propagando el virus y Trump se enfrentó a los gobernadores por la necesidad de equipos de protección.

La maquinaria económica de Estados Unidos se puso en marcha para dar respuesta a la pandemia. La Reserva Federal prometió un programa de 7,1 billones de dólares de los cuales se ha desembolsado 2,4 billones y un apoyo fiscal contenido en seis leyes aprobadas por el Congreso que movilizan un importe de 4,1 billones de dólares y ya se han gastado 2,3 billones en el gasto para el desempleo, mayor gasto en Medicaid y el Programa de Protección de Cheques de Pago (programa de préstamos diseñado para ayudar a las pequeñas empresas).

A partir de aquí, Trump promete desarrollar una vacuna para finales de 2020, que se regrese a la normalidad en 2021, fabricar todos los medicamentos son suministros esenciales para los trabajadores del sector sanitario en Estados Unidos y la preparación para futuras pandemias.

Suma y sigue con el déficit

 

Estados Unidos ha entrado en una normalidad de déficits estructurales elevados en los últimos años. La enorme y creciente deuda estadounidense amenaza con desacelerar el ritmo de crecimiento económico pero no supone ningún problema que modifique su perfil de rating.

Trump no pretende desviar esta senda de más deuda. Según el Comité para la Responsabilidad Federal del Presupuesto, con el programa económico planteado por Donald Trump se incurría en un incremento de la deuda de 4,95 billones de dólares en los próximos 10 años. Dicho esto, la alternativa del exvicepresidente Biden sería aún peor, con un incremento de deuda de 5,60 billones de dólares.

Con la propuesta de Trump, veríamos que la ratio de deuda pública sobre PIB se elevaría hasta al 125% en 2030 y con Biden al frente al 127% del PIB.

Debemos de tener muy en cuenta que en el momento de analizar la evolución de la deuda pública estadounidense, Hay una variable muy importante y es la predominancia del dólar en el papel mundial. Debido a que es la divisa por excelencia existe una demanda recurrente en dólares, y el activo para ofrecer rentabilidad a esos dólares es la deuda pública estadounidense. De ahí, que no exista un verdadero problema con los abultados déficits.

El plan Trump es pura deuda en la próxima década. Incluye 5,45 billones de dólares destinados al plan de inversión en infraestructura y una política de mantener la reducción de impuestos impulsada. Como contrapeso, parcialmente se trata de compensar ​​con 750.000 millones de ahorros.

Por la parte de infraestructura, se moviliza un total de 2 billones de dólares en la agenda 2021-2030. Y es que el candidato republicano tiene como objetivo «construir el mayor sistema de infraestructura del mundo», «ganar la carrera hacia la 5G» y «continuar liderando el mundo en el acceso al agua potable y al aire más limpios».

Biden va en la misma línea pero aportando un billón de dólares más que Trump en este período que se divide en dos planes: el Plan Biden para una revolución de energía limpia y justicia ambiental (1,70 billones de dólares) e invertir en la competitividad de la clase media (1,30 billones).

El otro gran responsable del déficit de Trump es la bajada de impuestos. Se apuesta por extender la reforma fiscal que se llevó a cabo en 2017. Si nos ponemos en antecedentes, al inicio de su mandato Trump impulsó la Ley de Reducción de Impuestos y Empleos que llevó a que el impuesto de sociedades cayera del 35% al 21% y rebajó y simplificó los tramos impositivos al impuesto de la renta. Además, se apuesta por la reducción de los impuestos sobre las rentas del capital pasando de una tasa del 23,8% al 15%, que estaría en enmarcados dentro de un recorte de impuestos del 10% para los contribuyentes de ingresos medios.

Todo lo contrario que está prometiendo Biden, que pretende incrementar los impuestos aquellos estadounidenses que ganen más de 400.000 dólares anuales vía la Seguridad Social, restaurar la tasa impositiva máxima del 37 % al 39,6%. El 75% de las cargas fiscales de Biden van dirigidas al «1%» más rico de los estadounidenses.

Hay otros gastos llamativos en el ámbito de defensa para Trump. Y es que volvemos a la conquista del espacio. La campaña de Trump ha pedido la construcción de la Fuerza Espacial -una nueva rama del ejército estadounidense-, establecer una presencia permanente en la luna y el envío de una misión tripulada a Marte. Todo ello implicaría la utilización de 0,65 billones de dólares.

La guerra comercial contra China 

En último lugar, China, uno de los elementos que marcaron las elecciones pasadas y que en esta legislatura han sido protagonistas de la guerra comercial siguen teniendo una gran relevancia en la política exterior si Trump es reelegido.

Hemos visto que dos años de intercambios de «golpes arancelarios» han llevado a una intensa disminución de los flujos comerciales entre los dos países. Una política que no parece que haya tenido mucho éxito porque, según el Banco de la Reserva Federal de Nueva York, casi todos los costes de los altos aranceles de importación fueron asumidos por las empresas y los consumidores estadounidenses.

Si vamos a los datos, el superávit comercial mensual de China con los Estados Unidos ha sido en promedio de unos 27.000 millones de dólares desde julio de 2018, frente a un promedio de 21.000 millones de dólares en los cinco años anteriores. De hecho, el déficit comercial ha aumentado de 41.000 millones de dólares al mes a 48.400 millones de dólares en el mismo período.

El único logro de los aranceles fue forzar a China a salir del mercado estadounidense. China ha perdido casi 2 puntos porcentuales de su cuota de importaciones entre 2017 y 2019.

Pero Trump no se detiene… Los objetivos de la agenda para su segundo mandato incluyen el compromiso de «recuperar 1 millón de puestos de trabajo de fabricación en China», y evitar contratos federales con empresas que subcontratan a China.

https://www.elblogsalmon.com/entorno/que-propone-trump-para-su-segundo-mandato

20.39.-Necesitamos políticos que se tomen en serio la covid – PAUL KRUGMAN

Mientras oímos mucha retórica libertaria y de responsabilidad individual el rumbo de la pandemia es aterrador

Rascacielos Paramount Miami Worldcenter que muestra un mensaje animando a la votación. BRYAN GLAZER / AP

Había una vez, en un Estados Unidos muy, muy lejano —de hecho, apenas esta última primavera— muchos conservadores que veían la covid-19 como un problema de Nueva York. Es cierto que, en los primeros meses, el área de Nueva York, puerto de entrada de muchos visitantes europeos infectados, se vio duramente golpeada.

23 oct 2020.- Pero que Nueva York fuese el epicentro también encajaba en los relatos de “carnicería estadounidense” de la derecha acerca de los males que padecen las ciudades diversas y densamente pobladas. Los Estados rurales blancos se creían inmunes.

Sin embargo, Nueva York acabó controlando la expansión del virus, en gran parte mediante el uso generalizado de las mascarillas, y en este momento la “jurisdicción anarquista” es uno de los lugares más seguros del país. Pese a un preocupante repunte en algunos barrios, en especial en comunidades religiosas que han estado saltándose las normas de distanciamiento social, la tasa de positividad de Nueva York —la fracción de pruebas que muestran la presencia de coronavirus— está solo ligeramente por encima del 1%.

Pero mientras Nueva York contenía su pandemia, el coronavirus empezaba a descontrolarse en otras partes del país. En verano se produjo un repunte mortal en buena parte del Cinturón del Sol. Y ahora mismo el virus invade buena parte del Medio Oeste; en concreto, los lugares más peligrosos de Estados Unidos tal vez sean las dos Dakotas.

El pasado fin de semana, Dakota del Norte, con una media de más de 700 nuevos casos de coronavirus al día, tenía solo 17 camas de UCI disponibles. Dakota del Sur tiene ahora una aterradora tasa de positividad del 35%. Los fallecimientos tienden a llevar un retraso respecto a las infecciones y las hospitalizaciones, pero en este momento ya mueren a diario más personas en las dos Dakotas que en el estado de Nueva York, que multiplica por 10 la población de estos dos estados juntos. Y hay todas las razones para temer que las cosas empeorarán a medida que el frío obligue a las personas a resguardarse en interiores y la covid-19 interactúe con la temporada de gripe.

¿Pero por qué sigue ocurriendo esto? ¿Por qué Estados Unidos sigue cometiendo los mismos errores? El desastroso liderazgo de Donald Trump es, por supuesto, un factor importante. Sin embargo, yo también culpo a Ayn Rand o, más en general, al libertarismo echado a perder, a una mala interpretación de lo que es la libertad.

Si nos fijamos en qué dicen los políticos republicanos mientras la pandemia arrasa sus Estados, vemos mucha negación de la ciencia. La gobernadora de Dakota del Sur, Kristi Noem, en modo Trump total, cuestiona la utilidad de las mascarillas y fomenta los eventos con potencial de supercontagio. (Es posible que el rally de motociclismo de Sturgis, que atrajo a casi medio millón de motoristas a su Estado, influyera de manera crucial en la escalada del virus).

Pero también oímos mucha retórica libertaria, mucha charla sobre la “libertad” y la “responsabilidad personal”. Hasta los políticos dispuestos a decir que las personas deberían taparse la cara y evitar las reuniones en espacios cerrados se niegan a utilizar su poder para imponer normas a tal efecto, e insisten en que debe ser una decisión individual. Lo cual es una tontería.

Hay muchas cosas que deberían responder a decisiones individuales. El Gobierno no es quién para dictar los gustos culturales de uno, su fe religiosa o lo que decida hacer con otros adultos que lo consientan.

Pero negarse a llevar mascarilla durante una pandemia, o insistir en socializar con grupos grandes en lugares cerrados, no es como escoger la confesión religiosa que uno quiera. Se parece más a verter residuos no tratados en un embalse que proporciona agua potable a otras personas.

Curiosamente, hay muchas figuras destacadas que, por lo visto, siguen sin entender (o no están dispuestas a entender) por qué deberíamos practicar el distanciamiento social. No se trata principalmente de protegernos a nosotros mismos; si fuera por eso, constituiría efectivamente una decisión personal. Se trata, por el contrario, de no poner en peligro a los demás. La mascarilla puede proporcionar cierta protección a quien la lleva, pero esencialmente limita la posibilidad de infectar a otras personas.

O dicho de otro modo, la conducta irresponsable en este momento es básicamente una forma de contaminación. La única diferencia está en el nivel en el que debe cambiarse la conducta. Para controlar la contaminación son necesarias en gran medida instituciones reguladoras que limiten las emisiones de dióxido de azufre de las centrales eléctricas, o que exijan que los coches lleven catalizadores. Las decisiones individuales —usar papel en lugar de plástico, caminar en lugar de conducir— no son completamente irrelevantes, pero solo tienen un efecto marginal.

Por otro lado, controlar una pandemia exige principalmente que los individuos cambien de conducta: que se cubran el rostro, que eviten quedar en bares. Pero el principio es el mismo.

Ahora bien, ya sé que algunos se sienten irritados ante la menor insinuación de que deberían soportar algún inconveniente para proteger el bien común. De hecho, por razones que no llego a entender del todo, la irritación parece más intensa cuando el inconveniente es trivial. Un ejemplo que viene al caso: cuando semanalmente fallecen unos 5.000 estadounidenses de covid-19, Donald Trump parece obsesionado con los problemas que aparentemente tiene con las cisternas que vierten poca agua.

Pero este no es momento para que la gente se recree en sus obsesiones mezquinas. Trump puede quejarse de que “solo se oye hablar de covid, covid y más covid”. Pero lo cierto es que el rumbo actual de la pandemia es aterrador. Y necesitamos desesperadamente el liderazgo de políticos que se la tomen en serio.

https://elpais.com/economia/2020-10-23/necesitamos-politicos-que-se-tomen-en-serio-la-covid.html?event_log=oklogin&o=CABEP&prod=REG 

  • 20.38.-La amenaza republicana para la República JOSEPH STIGLITZ
  • Cómo pueden los republicanos hundir EE UU – PAUL KRUGMAN
Donald Trump busca su reelección con serias dudas sobre su estado de salud y contradicciones entre su entorno y los médicos.

Nerón, como se sabe, tocaba el arpa mientras Roma ardía y el presidente norteamericano, Donald Trump, como se sabe, fue a jugar al golf a sus canchas deficitarias mientras arde California –y más de 200.000 norteamericanos han muerto por COVID-19, del cual él mismo ha dado positivo-. Al igual que Nerón, Trump sin duda será recordado como una figura política excepcionalmente cruel, inhumana y posiblemente insana.

11 oct 2020.- Hasta hace poco, la mayoría de la gente en todo el mundo había estado expuesta a esta tragedia norteamericana en pequeñas dosis, a través de clips cortos de Trump espetando mentiras y tonterías en los programas de noticias de la noche o en las redes sociales. Pero a fines de septiembre, decenas de millones de personas soportaron un espectáculo de 90 minutos, vendido como un “debate” presidencial, en el que Trump demostró inequívocamente que no es presidencial –y que explica por qué tanta gente cuestiona su salud mental.

Sin duda, en los últimos cuatro años, el mundo ha observado a este mentiroso patológico establecer nuevos récords –registrando unas 20.000 mentiras o declaraciones engañosas hasta mediados de julio, según el Washington Post-. ¿Qué tipo de debate puede haber cuando uno de los dos candidatos no tiene credibilidad, y ni siquiera está ahí para debatir?

Cuando le preguntaron por el reciente informe del New York Times que muestra que había pagado sólo 750 dólares del impuesto a las ganancias federal de Estados Unidos en 2016 y 2017 –y nada en los años anteriores-, Trump vaciló y luego dijo sin ninguna evidencia que había pagado “millones”. Claramente estaba dando una respuesta que, pensaba, haría que la conversación se trasladara a un tema que le resultara más cómodo, y no hay ninguna buena razón para que alguien tuviera que creerle.

Aún más perturbadora resultó su reticencia a denunciar a los supremacistas blancos y a grupos extremistas violentos como los Proud Boys, a quienes les dijo “retrocedan y esperen”. Sumado a su reticencia a comprometerse con una transición pacífica del poder y a sus esfuerzos persistentes por deslegitimar el proceso electoral, el comportamiento de Trump en el período previo a la elección ha planteado, cada vez más, una amenaza para la democracia norteamericana.

Cuando yo era niño y crecía en Gary, Indiana, aprendíamos las virtudes de la Constitución de Estados Unidos –desde el poder judicial independiente y la separación de los poderes hasta la importancia del buen funcionamiento de los controles y contrapesos-. Nuestros antepasados parecían haber creado un conjunto de grandes instituciones (aunque también eran culpables de hipocresía al declarar que todas las personas son creadas iguales siempre que no sean mujeres o gente de dolor). Cuando me desempeñaba como economista jefe en el Banco Mundial a fines de los años 1990, recorríamos el mundo enseñándoles a otros sobre buena gobernanza y buenas instituciones. Les decíamos que a Estados Unidos muchas veces se lo presentaba como un ejemplo de estos conceptos.

Ya no. Trump y sus colegas republicanos han suscitado dudas sobre el proyecto norteamericano, recordándonos lo frágiles –algunos podrían decir defectuosos- que son nuestras instituciones y el orden constitucional. Somos un país de leyes, pero son las normas políticas las que hacen funcionar al sistema. Las normas son flexibles, pero también son frágiles. George Washington, el primer presidente de Estados Unidos, decidió que sólo gobernaría durante dos mandatos y eso creó una norma que no se rompería hasta la presidencia de Franklin D. Roosevelt. Después de eso, una enmienda constitucional codificó el límite de dos mandatos.

En los últimos cuatro años, Trump y sus colegas republicanos han llevado la destrucción de las normas a un nuevo nivel, deshonrándose a sí mismos y minando las instituciones que supuestamente deben defender. Cuando era candidato en 2016, Trump se negó a revelar sus declaraciones de impuestos. Y, ya en el poder, ha despedido a inspectores generales por hacer su trabajo, en repetidas ocasiones ignoró conflictos de intereses y se benefició de su cargo, socavó a los científicos independientes y a las agencias críticas, intentó una supresión directa de votantes y extorsionó a gobiernos extranjeros en un intento por difamar a sus opositores políticos.

Con razón, los norteamericanos ahora nos estamos preguntando si nuestra democracia puede sobrevivir. Uno de los mayores temores de los fundadores, después de todo, era que pudiera surgir un demagogo y destruyera el sistema desde adentro. Ése es en parte el motivo por el cual establecieron una estructura de democracia representativa indirecta, con el Colegio Electoral y un sistema de lo que supuestamente tenían que ser controles y contrapesos robustos. Pero, después de 233 años, esa estructura institucional ya no es lo suficientemente robusta. El Partido Republicano, particularmente sus representantes en el Senado, no han cumplido en absoluto con su responsabilidad de controlar a un ejecutivo peligroso y errático, mientras éste entabla abiertamente una guerra al poder constitucional y al proceso electoral de Estados Unidos.

Hay una tarea abrumadora por delante. Además de encontrarle una solución a una pandemia fuera de control, a una creciente desigualdad y a la crisis climática, también existe una necesidad urgente de rescatar a la democracia norteamericana. Los republicanos vienen ignorando desde hace mucho tiempo sus juramentos al cargo, de manera que las normas democráticas tendrán que ser remplazadas por leyes. Pero esto no será fácil. Cuando se las observa, las normas suelen ser preferibles a las leyes, porque se pueden adaptar más fácilmente a las circunstancias futuras. Especialmente en la sociedad litigiosa de Estados Unidos, siempre estarán los que estén dispuestos a evadir las leyes honrando su letra, pero violando su espíritu.

Pero cuando una parte ya no juega según las reglas, deben introducirse barandas de contención más fuertes. La buena noticia es que ya tenemos una hoja de ruta. La ley For the People Act de 2019, que fue adoptada por la Cámara de Representantes de Estados Unidos a comienzos del año pasado, estableció una agenda para ampliar los derechos de votación, limitar la manipulación partidaria, fortalecer las reglas de ética y limitar la influencia del dinero de los donantes privados en la política. La mala noticia es que los republicanos saben que, cada vez más, representan una minoría en la mayoría de las cuestiones críticas de la política de hoy. Los norteamericanos quieren un control de armas más fuerte, un salario mínimo más alto, regulaciones ambientales y financieras sensatas, un seguro médico asequible, un mayor financiamiento de la educación preescolar, un mejor acceso a la universidad y mayores restricciones al dinero en la política.

La voluntad claramente expresada de la mayoría coloca al Partido Republicano en una posición imposible: el partido no puede perseguir su agenda impopular y al mismo tiempo defender la gobernanza honesta, transparente y democrática. Es por eso que hoy está librando una guerra abierta contra la democracia norteamericana, redoblando la apuesta para privar de derechos a los votantes, politizar el sistema judicial y la burocracia federal y garantizar el gobierno de la minoría a través de tácticas como la manipulación partidaria.

Como el Partido Republicano ya ha hecho su trato con el diablo, no hay motivos para esperar que sus miembros vayan a respaldar alguna iniciativa para renovar y proteger a la democracia norteamericana. La única opción que les queda a los norteamericanos es otorgarles una victoria abrumadora a los demócratas en todos los niveles en la elección del mes próximo. La democracia de Estados Unidos pende de un hilo. Si falla, los enemigos de la democracia en el mundo saldrán victoriosos.

Copyright: Project Syndicate, 2020. www.project-syndicate.org

https://www.clarin.com/economia/amenaza-republicana-republica_0_SXbTAymO-.html 

20.38.-Cómo pueden los republicanos hundir EE UU – PAUL KRUGMAN

Si Trump pierde el voto popular, pero gana en el Colegio Electoral, sería el fin de la democracia en el país

 

Donald Trump, en un momento de un mitin en Orlando. JONATHAN ERNST / REUTERS 

Después de lo ocurrido en 2016, nadie puede ni debería dar nada por sentado, pero Joe Biden tiene probabilidades de vencer a Donald Trump, muy posiblemente por una mayoría aplastante. Sin embargo, el partido de Trump podría estar aún en posición de infligir un enorme daño a Estados Unidos y al mundo en los próximos años.

17 oct 2020.- Para empezar, si bien los demócratas son también los favoritos para hacerse con el control del Senado, sus probabilidades no son ni mucho menos tan altas como en las presidenciales. ¿Por qué? Porque el Senado, que da al votante medio de Wyoming un peso 70 veces mayor que el del votante medio de California, es un órgano muy poco representativo. Y tiene pinta de que un presidente que probablemente no será reelegido —y que perdió la votación popular ya en 2016— junto con un Senado que representa a una minoría de los ciudadanos estadounidenses están a punto de instalar una supermayoría de extrema derecha en el Tribunal Supremo.

Si quieren un adelanto de lo mal que puede salir esto, fíjense en lo que está pasando en Wisconsin. En 2018, los votantes de este Estado eligieron a un gobernador demócrata. Los legisladores demócratas obtuvieron también una mayoría holgada —53%— de los votos. Pero debido a la forma en que están diseñados los distritos electorales del Estado, los demócratas acabaron ocupando solo 36 de los 99 escaños que tiene la Asamblea Estatal. Y el poder judicial electo de Wisconsin está también dominado por los republicanos.

Probablemente no les sorprenda saber que el Partido Republicano de Wisconsin ha intentado usar el poder que le queda para debilitar al gobernador Tony Evers. Lo que a lo mejor no saben es que ahora este asalto al poder se está volviendo letal.

Me explico: Wisconsin está experimentando una escalada aterradora del coronavirus, que parece a punto de igualar a la que golpeó a Arizona en verano. Arizona logró contener con el tiempo la oleada imponiendo el uso obligatorio de mascarillas, cerrando los bares y limitando las reuniones en lugares cerrados. Pero el legislativo republicano de Wisconsin ha obstaculizado los intentos de Evers de controlar la pandemia. Y el pasado miércoles, un juez republicano bloqueó una orden que limitaba el número de personas que pueden reunirse en bares y otros espacios públicos. En Wisconsin, por lo tanto, un partido rechazado por los votantes está consiguiendo infligir un daño inmenso, que probablemente incluya cientos de muertes innecesarias. Y algo similar pero mucho peor podría ocurrir muy fácilmente a escala nacional.

Lo primero de todo, aunque Trump tiene muy pocas posibilidades de ganar la votación popular, podría hacerse con una victoria en el Colegio Electoral. Si lo logra, podría significar el fin de la democracia estadounidense. Un resultado más probable es que Trump pierda, pero los republicanos conserven el Senado. En ese caso, sabemos qué va a pasar: un sabotaje fiscal a gran escala. Es decir, los republicanos, que se han mostrado completamente indiferentes ante los déficits presupuestarios durante el mandato de Trump, redescubrirán repentinamente los males de la deuda pública y bloquearán cualquier esfuerzo del Gobierno de Biden para sostener la economía y el nivel de vida frente a la pandemia.

E incluso si los demócratas se hicieran con el Senado y la Casa Blanca, es casi seguro que ahora se encontrarán frente a una minoría de 6-3 en el Tribunal Supremo: es decir, un Supremo dominado por jueces nombrados por un partido cada vez más extremista que solo ha obtenido la mayoría de los votos emitidos por los ciudadanos una vez en las últimas tres décadas.

En las sesiones para debatir el nombramiento de Amy Coney Barrett, los demócratas han insistido, con razón y comprensiblemente, en la posibilidad de que dicho Tribunal Supremo emplee argumentos claramente espurios para revocar la Ley de Atención Sanitaria Asequible, lo que significaría que decenas de millones de estadounidenses perderán su cobertura sanitaria. La despenalización del aborto corre también un peligro evidente.

Pero yo diría que la mayor amenaza que planteará este Supremo es para la política ambiental. Digámoslo de este modo: parece que Charles Koch está invirtiendo millones en un intento de que se confirme a Barrett. Y no lo hace porque sea un detractor apasionado del derecho al aborto, ni siquiera, probablemente, porque quiera una revocación de la ley sanitaria. Lo que busca es un tribunal que bloquee la regulación gubernamental de las empresas y sobre todo un tribunal que restrinja los esfuerzos del Gobierno de Biden para tomar medidas contra el cambio climático. Y cómo no, durante su presentación, Barrett, cuando se le preguntó sobre el cambio climático, pronunció las temidas palabras: “Ciertamente, no soy científica”. A estas alturas todo el mundo sabe lo que eso significa. No es una expresión de humildad; es señal de que el hablante pretende obviar la ciencia y oponerse a cualquier intento de evitar la mayor amenaza a la que se enfrenta la humanidad.

Es difícil exagerar lo peligroso que será que el poder del Tribunal Supremo acabe siendo utilizado para debilitar la protección medioambiental. Biden ha dejado claro que las medidas climáticas constituirán el núcleo de su programa económico. Y esas medidas ya llegan tarde. Empezamos a ver ya los efectos del calentamiento global en forma de incendios e inundaciones, y si desperdiciamos los próximos años probablemente será demasiado tarde para evitar la catástrofe. En otras palabras, si un Tribunal Supremo atestado de republicanos bloquea una política climática efectiva, no solo será una atrocidad, sino también un desastre, tanto para Estados Unidos como para el mundo. De modo que no podemos permitir que eso ocurra. Da igual todo lo que se diga sobre las normas (que, de todas formas, solo parecen aplicables a los demócratas). Lo que está en juego aquí podría ser el futuro de la civilización.

 

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2020. Traducción de News Clips 

https://elpais.com/economia/2020-10-16/como-pueden-los-republicanos-hundir-ee-uu.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART 

20.37.-Trump está matando la economía por rencor PAUL KRUGMAN

Si pierde las elecciones, debe preocuparnos qué va a hacer durante los dos meses y medio que dirigirá el país

Trump a su regreso a la Casa Blanca desde el centro médico Walter Reed. NICHOLAS KAMM/AFP/GETTY IMAGES 

El año pasado, Donald Trump acusó a Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes, de ser “una persona vengativa y horrible”. De hecho, Nancy no lo es, pero Trump, sí. Su rencor empieza a convertirse en una de las principales preocupaciones a medida que se acercan las elecciones.

11 oct 2020.- Ya ha dado a entender que, si pierde, algo que parece cada vez más probable, aunque no seguro, no aceptará los resultados. Nadie sabe qué caos, incluso violencia tal vez, puede desencadenar si las elecciones no salen como él quiere.

No obstante, incluso dejando a un lado esa preocupación, un Trump derrotado seguiría ocupando la presidencia durante dos meses y medio. ¿Pasaría ese tiempo actuando de manera destructiva, vengándose de Estados Unidos por haberle rechazado? Pues bien, el martes pasado tuvimos un adelanto de cómo podría ser el tiempo que le queda en la presidencia a un Trump que no sale reelegido. Ni siquiera ha perdido aún, pero ya ha suspendido de sopetón las conversaciones sobre un programa de ayudas económicas que los estadounidenses necesitan desesperadamente. Y su motivación parece haber sido la pura venganza.

¿Por qué necesitamos las ayudas económicas? A pesar de varios meses de aumento del empleo, Estados Unidos solo se ha recuperado parcialmente de las horribles pérdidas de puestos de trabajo que padeció en los primeros meses de la pandemia, y el ritmo de la recuperación se ha ralentizado hasta avanzar a paso de tortuga. Todo indica que la economía mantendrá su debilidad muchos meses, incluso años tal vez.

Dada esta sombría realidad, la administración federal debería seguir proporcionando la clase de subsidios que ofreció en los primeros meses de la crisis: prestaciones generosas a los parados y préstamos que ayuden a las pequeñas empresas a mantenerse a flote. De lo contrario, pronto habrá millones de familias incapaces de pagar el alquiler, y cientos de miles de empresas yéndose a pique.

Además, las administraciones estatales y locales –a las que, a diferencia de la administración federal, se les exige en general mantener el equilibrio fiscal– se encuentran en situaciones presupuestarias desesperadas, porque la contracción causada por la pandemia ha reducido sus ingresos. Necesitan mucha ayuda, y ya, o se verán obligadas a recortar sus plantillas y servicios. Ya hemos perdido unos 900.000 puestos de trabajo en la enseñanza local y estatal.

De modo que hay argumentos humanitarios de peso a favor de un gasto considerable en ayudas públicas: a no ser que la administración federal dé un paso al frente, se producirá un sufrimiento enorme e innecesario. También hay argumentos macroeconómicos: si las familias se ven obligadas a disminuir el consumo, si las empresas se ven obligadas a cerrar y si las administraciones se ven obligadas a aplicar unos recortes de gasto extremos, el crecimiento de la economía se ralentizará e incluso podríamos volver a caer en la recesión.

Ya sé, ya, los sospechosos de rigor dirán que las peticiones de ayuda económica son otra manifestación más del progresismo partidario de un Gobierno fuerte. Pero las advertencias sobre los peligros de no ampliar las ayudas no proceden solo de los demócratas progresistas; las están haciendo analistas de Wall Street y Jerome Powell, el presidente de la Reserva Federal.

Aun así, las negociaciones sobre los subsidios llevan meses paralizadas, a pesar de que la ayuda especial para desempleados y pequeñas empresas ha expirado. El principal escollo ha sido, diría yo, la rotunda negativa de los republicanos del Senado a considerar la concesión de ayudas a las administraciones; seguramente los demócratas habrían aceptado un acuerdo que incluyera ayudas significativas, aunque eso hubiese favorecido a Trump en el terreno político.

Pero los republicanos han insistido —falsamente— en que el objetivo de todo esto es el de rescatar a Estados demócratas mal gestionados. Y Trump se hacía eco de esa falsedad el martes, cuando paralizó las negociaciones afirmando que las propuestas de Pelosi no son más que un rescate de “estados demócratas mal gestionados y con una elevada tasa de delincuencia”.

La pregunta es por qué ha decidido Trump rechazar la posibilidad de alcanzar un acuerdo a menos de un mes de las elecciones. No cabe duda de que es demasiado tarde para que la legislación influya mucho en el estado de la economía antes del 3 de noviembre, aunque un acuerdo podría haber evitado algunos despidos en grandes empresas. Pero desde el punto de vista político, a Trump le interesaría que al menos parezca que intenta ayudar a los estadounidenses en apuros. ¿Por qué ha escogido este preciso momento, entre todos los posibles, para torpedear la política económica?

Que yo sepa, nadie ha ofrecido una motivación política verosímil, ni indicado la manera en que negarse a intentar siquiera rescatar la economía podría mejorar las perspectivas de Trump. Lo que esto parece, más bien, es rencor. No sé si Trump piensa que va a perder las elecciones. Pero ya actúa como un hombre profundamente amargado, que ataca a quienes, en su opinión, lo han tratado de manera injusta, es decir, básicamente todo el mundo. Y como de costumbre, reserva una furia especial contra las mujeres fuertes e inteligentes; el jueves pasado llamó “monstruo” a Kamala Harris.

Alcanzar un acuerdo sobre un rescate habría significado transigir con esa “repugnante” mujer, Nancy Pelosi. Y da la impresión de que antes preferiría dejar la economía reducida a cenizas. El problema es que, si se comporta así ahora, cuando todavía tiene alguna oportunidad de ganar, ¿cómo va a actuar si pierde?

La preocupación más inmediata es que se niegue a aceptar el resultado de las elecciones. Pero también debería preocuparnos qué ocurrirá después, si se ve obligado a aceptar la voluntad de los ciudadanos, pero sigue dirigiendo el país. Trump siempre ha sido rencoroso; ¿qué hará cuando no le quede más que el rencor?

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2020. Traducción de News Clips

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  • 20.36.-El debate Joseph Stiglitz-Thomas Piketty: Estados Unidos, momentos de la verdad THOMAS PIKETTY
  • Argumentos de peso a favor del programa de Biden PAUL KRUGMAN

El premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz y el economista Thomas Piketty participaron en un dúplex entre Nueva York y París el jueves 10 de septiembre. Un debate moderado por Sylvie Kauffmann, directora editorial de “Monde”, sobre la situación en Estados Unidos.

30 sep 2020.- Tensiones raciales, polarización extrema del debate electoral, Covid-19, gran crisis económica… A menos de dos meses de las elecciones presidenciales, Estados Unidos se enfrenta a varios momentos de la verdad, cuyo desenlace condicionará su futuro inmediato pero también el de la planeta. ¿Cuál será el impacto a corto y largo plazo de esta crisis proteica sin precedentes?

La Casa Francesa de la Universidad de Columbia (Nueva York), en asociación con Le Monde , propuso a los economistas Joseph Stiglitz y Thomas Piketty debatirlo en dúplex y en vivo el jueves 10 de septiembre de 2020 – debate que debería haber tenido lugar en Columbia como parte del primer Festival Mundial de Nueva York que se pospuso hasta el 12 y 13 de marzo de 2021 por motivos de salud.

Aquí está el texto completo de este programa especial, presentado por la directora editorial de Le Monde, Sylvie Kauffmann, y puede encontrar la versión original, en inglés, en el sitio web de Columbia Global Centers.

Sylvie Kauffmann: Joe Stiglitz, ¿cómo evalúa la situación económica en su país hoy, aproximadamente seis meses después de la llegada del Covid-19 a los Estados Unidos?

Joseph Stiglitz: La situación estadounidense no es buena. La pandemia y sus consecuencias económicas reflejan buena parte de las disfunciones preexistentes en Estados Unidos. El país no estaba preparado en dos aspectos. No preparado para organizar su sistema de protección social, su sistema de salud.

Frente a este virus, no hay igualdad de oportunidades: golpea con más fuerza la salud de los más vulnerables. Como sabrá, la esperanza de vida promedio en los Estados Unidos se encuentra entre las más bajas de los países desarrollados. Es más bajo hoy que hace cuatro años, por lo que se está deteriorando. Sobre todo, existen enormes desigualdades en el acceso al sistema de salud.

Estados Unidos es el único país con una economía avanzada que no reconoce el derecho al acceso a la atención médica como un derecho humano básico. Gran parte de la población simplemente no tiene acceso al sistema de salud. Debido a la pobreza, tampoco tienen acceso a una buena alimentación. Por tanto, estas condiciones preexistentes nos hicieron especialmente vulnerables.

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Conocemos la importancia del Estado en la respuesta ante desastres, ya sean desastres naturales o cualquier tipo de imprevisto. En este caso particular, una vez más, fue la falta de preparación lo que caracterizó la situación. Deberíamos haberlo esperado. Hubo advertencias: SARS, MERS, Ébola…

Bajo la administración anterior, se había creado un departamento dedicado a las pandemias en la Casa Blanca. Se disolvió bajo la administración Trump. Entendimos que el sector privado no iba a realizar las acciones necesarias para afrontar una posible crisis. Teníamos existencias de equipo de protección personal, máscaras, pero la administración dejó que se agoten, incluidos los respiradores.

«Hoy estamos sufriendo las consecuencias de cuarenta años de ataques de los republicanos contra este sistema de protección» (Joseph Stiglitz)

Finalmente, para responder a tal crisis, necesitamos hacer investigación científica. Sin embargo, cada año, la administración Trump ha propuesto recortes presupuestarios del 30%. En particular, redujo el presupuesto de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, estos organismos encargados de responder a las enfermedades contagiosas.

Hoy estamos sufriendo las consecuencias de cuarenta años de ataques de los republicanos contra este sistema de protección. Han debilitado el sistema y estamos sufriendo las consecuencias.

Sylvie Kauffmann:¿Qué opinas de la respuesta económica del gobierno a la crisis?

Joseph Stiglitz:: Económicamente, parte del problema es que los responsables creyeron, o fingieron creer, porque ahora entendemos que es posible que en realidad no lo crean, que el virus iba a causar una sacudida. Corto plazo, y que habría una recuperación. Los planes de acción económica se basaron en escenarios de recuperación con curva en V. Era una ilusión. Cualquiera que esté familiarizado con la epidemiología sabía que sería más complicado que eso, con un virus tan contagioso.

Es más, algunos de nosotros estábamos muy preocupados de que la gente ya no pudiera ir a trabajar. Había que mantener el vínculo entre empleados y empresas. Especialmente en los Estados Unidos, donde normalmente tienes que ser un empleado para poder beneficiarte de un seguro médico. Perder el seguro médico en medio de una pandemia es el peor momento. Hay buenos modelos: Dinamarca puso en marcha un plan desde el principio, y Francia, Nueva Zelanda encontró formas de mantener a la gente en el trabajo.

En Estados Unidos, Donald Trump ha propuesto una reducción de las contribuciones sobre los salarios de las empresas, pero no se ha hecho nada para combatir el desempleo. La principal preocupación de los compromisos alcanzados fue ayudar a los bancos. Y los bancos no se preocupan por los empleados. Se preocupan especialmente por ayudar a su red de amigos. Esto ha resultado en un enorme aumento del desempleo, hasta un 15%. Y la tasa todavía está alrededor de ese nivel, si no más.

Sylvie Kauffmann: La tasa de desempleo ahora está disminuyendo…

JS: Sí, la tasa oficial. Pero la tasa de desempleo real, ¿cuál es? Para que os hagáis una idea: hoy han aparecido las últimas cifras sobre nuevas solicitudes de prestaciones por desempleo. Ascienden a más de 800.000 solicitudes. Bajo el nuevo programa, los autónomos ahora son elegibles. Representan a 800.000 personas más. Eso hace que 1,6 millones de nuevos desempleados potenciales en una semana.

Sylvie Kauffmann: Thomas Piketty, escuchando a Joseph Stiglitz, parece que Europa está actuando con eficacia en determinadas áreas. ¿Cuál es su análisis de la situación?

Thomas Piketty: Es cierto que Estados Unidos ya tenía grandes problemas de desigualdades en el sistema preexistente. Antes de la epidemia, la última vez que se observó una disminución de la esperanza de vida en tiempos de paz fue en la Unión Soviética en la década de 1970. Es bastante inusual ver una disminución de la esperanza de vida de este tipo. Vida en tiempos de paz, además en un país muy rico, mucho más rico que la Unión Soviética en ese momento. Esto refleja problemas profundos de desigualdad. Desde este punto de vista, la situación en Francia y en Europa es evidentemente mejor.

Pero lo que también aprendimos de esta crisis es que nuestro sistema de salud pública no es tan bueno como solía ser. En Francia, todos se sorprendieron por la falta de máscaras al principio. Seis meses después del inicio de la pandemia, tenemos colas de 400 metros en las calles de París para poder hacer una prueba. Se necesitan cuatro horas para realizar una prueba y no está claro quién debe someterse a la prueba o no, ya que las capacidades de prueba de la población son muy inciertas. Por tanto, me parece que debemos seguir siendo modestos en lo que respecta a nuestros sistemas sociales nacionales y todas las lecciones que se pueden extraer de esta crisis.

“Claramente, la crisis de Covid está cambiando profundamente el panorama político e ideológico. Pero no debemos sobreestimar lo que se ha hecho” (Thomas Piketty)

Hubo una respuesta a nivel comunitario, con el plan de recuperación adoptado el 21 de julio por la Unión Europea (UE). De hecho, es una gran novedad. Hace seis meses o un año, si alguien hubiera dicho que juntos pediríamos prestados 390.000 millones de euros para distribuirlos directamente en beneficio de los presupuestos nacionales, nadie le habría creído. Claramente, la crisis de Covid está cambiando profundamente el panorama político e ideológico.

Pero, de nuevo, no sobrestime lo que se ha hecho. 390.000 millones de euros es mucho dinero, pero el producto interior bruto (PIB) de la UE supera los 14 billones de euros, por lo que este plan es menos del 3% del PIB europeo. Este presupuesto debe gastarse entre tres y cuatro años, para una contribución anual del 0,4% al PIB. ¿Será esto suficiente? No estoy seguro de eso.

Además, el principal límite de la acción europea es que todavía no hemos modificado el funcionamiento político fundamental de la Unión, es decir, la regla de la unanimidad en la toma de decisiones como -esta. Podemos ver los límites de este sistema. Desde mi punto de vista, podría haber sido mejor tener un plan de estímulo adoptado por un número menor de países que los veintisiete.

Estos países podrían haber tomado la decisión clave de avanzar hacia una regla de toma de decisiones por mayoría en cuestiones de presupuesto, deuda pública, impuestos, recuperación … Podríamos haber tenido un plan de estímulo más grande, pero sobre todo, podríamos haber cambiado las condiciones en las que se tomarán las decisiones futuras en Europa.

Quizás eso es lo que haremos en seis meses, un año. En general, tendemos a rechazar siempre los cambios reales que se van a realizar en Europa, y tal vez en seis meses o unos años nos daremos cuenta de que no hemos aprovechado esta oportunidad para cambiar las reglas del juego tanto como lo hemos hecho. Debería tener.

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Sylvie Kauffmann: ¿Cuál será el impacto de esta crisis en el proceso de globalización? ¿Estamos asistiendo a un cambio fundamental de modelo que se verá reflejado en los hechos, o es simplemente una cuestión de insatisfacción, sin que nadie esté realmente dispuesto a actuar?

JS: Hay dos aspectos. Por un lado, al igual que el cambio climático, esta epidemia nos hace darnos cuenta de que compartimos un planeta. Ha habido un interés renovado en la globalización y el multilateralismo, con los esfuerzos de la Organización Mundial de la Salud para desarrollar un marco global para compartir la vacuna.

Los esfuerzos de la comunidad científica para compartir conocimientos también han sido realmente impresionantes. Este es el aspecto positivo: un fortalecimiento del multilateralismo y la conciencia de que compartimos el mismo planeta. Esto será muy importante en la lucha contra el cambio climático.

Por otro lado, nos dimos cuenta de que habíamos construido un sistema económico poco resistente. Lo hemos visto muy claro en Estados Unidos. Se supone que somos el país más rico del mundo, pero ni siquiera hemos podido producir máscaras para todos, o equipo de protección personal, y mucho menos productos complejos como pruebas y respiradores.

Por lo tanto, existen grandes fallas en nuestra economía de mercado, que han salido a la luz y que en parte se relacionan con la falta de cadenas de suministro globales resistentes y diversas. Pero también sucedió en el contexto de otro tema que quizás no debería abordarse aquí. Es la disputa entre Estados Unidos y China por una serie de cuestiones, desde los derechos humanos en Hong Kong y la cuestión de los uigures hasta la seguridad, desde la vigilancia masiva hasta el respeto por la vida. Privado, etc. Esto complica aún más la tarea de la globalización y no se detendrá en los próximos años.

Sylvie Kauffmann: Thomas Piketty, retomemos los elementos positivos mencionados: ¿ve alguna oportunidad en esta crisis? Mucha gente en Europa espera que sea una oportunidad para avanzar hacia una agenda económica más «verde», para construir un futuro mejor, con un premio mejor teniendo en cuenta los requisitos ambientales y sociales. Con todo el dinero público que se gastará, ¿cree que podemos corregir los principales defectos que ambos mencionaron?

TP  : Podríamos. Pero, en esta etapa, la tentación es fuerte de reproducir las elecciones del pasado. Creo que existe un gran riesgo de reproducir los errores de política monetaria que cometimos después de 2008 y 2012. Usamos las nuevas políticas monetarias y la nueva oferta monetaria para impulsar los precios de las acciones, bienes raíces. Beneficia a quienes ya tienen mucho capital y riqueza, pero aumenta las desigualdades sin solucionar nuestros problemas ambientales, nuestros problemas sociales, nuestros problemas de desigualdades. Por eso creo que realmente necesitamos repensar nuestras políticas monetarias.

En cuanto a las políticas medioambientales, en las últimas semanas hemos sido testigos de una batalla casi militar en la carrera del gas y el petróleo en el Mediterráneo oriental. Sin embargo, como bien sabéis, si queremos tomarnos en serio los acuerdos de París, este gas debería quedarse donde está y nadie debería ir a buscarlo. En cambio, estamos discutiendo la posibilidad de que la marina francesa ayude a Grecia a defenderse de Turquía, a hacer cumplir las fronteras coloniales trazadas en 1920. No volveremos al mundo de ayer. , pero en el mundo de hace un siglo.

En Francia, acabamos de volver a autorizar un insecticida, el neonicotinoide, utilizado en la producción de azúcar, que habíamos decidido prohibir hace unos años. El argumento a favor de esta reversión se puede resumir de la siguiente manera: “Ciertamente, es un insecticida muy malo, pero otros países europeos han comenzado a usarlo para su producción de azúcar, así que si no lo hacemos no, vamos a morir. Sin embargo, existe otra solución. Si otros países toman malas decisiones sobre insecticidas o emisiones de carbono, deberíamos establecer un impuesto al carbono en la frontera. Pero, una vez más, no podemos esperar a la unanimidad para aplicar esta medida. Es la carrera continua hacia abajo en cuestiones ambientales y sociales.

«Con la opacidad financiera del sistema económico global actual, es muy difícil para los países pobres desarrollar una forma justa de gravar a las multinacionales» (Thomas Piketty)

Finalmente, en mi opinión, lo más grave es lo que está sucediendo en India, África Occidental y más en general en el Sur. Existe una necesidad urgente de desarrollar un sistema de red de seguridad allí. En India o Sudáfrica, en caso de encierro, sin ingresos mínimos, ¿qué será de las personas? De alguna manera, tienen que salir y trabajar por comida.

La crisis de salud podría representar una oportunidad para construir un sistema de red de seguridad, pero, nuevamente, y como dijo Joe, depende del sistema económico global. Con la opacidad financiera del sistema económico mundial actual, es muy difícil para los países pobres desarrollar una manera justa de gravar a las multinacionales, las personas más ricas, para generar confianza en los gobiernos y en la posibilidad de prestar servicios públicos y sociales. Todos debemos estar unidos para intentar mejorar este sistema económico mundial.

Sylvie Kauffmann: Joseph Stiglitz, las elecciones presidenciales de Estados Unidos se llevan a cabo en seis semanas. ¿Qué opinas del programa económico de Joe Biden, el candidato demócrata? Como vicepresidente de Barack Obama, parecía un centrista, pero ahora está tomando prestadas algunas ideas de Bernie Sanders. ¿Es un programa de izquierda? ¿Ve elementos del capitalismo progresista que defiende?

JS: Todo el país se está volviendo un poco más progresista, y es ese espíritu el que describo en mi último libro. En los Estados Unidos, la palabra “izquierda” tiene muchas connotaciones. Donald Trump intenta asimilar a Nicolás Maduro oa Stalin a cualquier persona etiquetada de izquierda. En este contexto, la palabra debe usarse después de precaución. Pero usaré los términos de una “agenda progresista” de larga data que se esfuerza por hacer que la economía funcione mejor, regulando la competencia, fortaleciendo los derechos de los trabajadores y combatiendo la explotación. En todas sus formas, incluida la del medio ambiente y el planeta.

Pero también es reconocer que en esta etapa el XXI ° siglo, el estilo de vida básico de la clase media está fuera del alcance de muchos estadounidenses. Así que creo que el programa de Joe Biden le habla a mucha gente. Quieren un salario mínimo decente, más alto, más cercano a un mínimo de subsistencia, acceso a atención médica y la seguridad de que cualquier persona calificada para ir a la universidad pueda inscribirse. Actualmente, la deuda media de los estudiantes es de 30.000 dólares (25.800 euros) y va en aumento. Limitamos las oportunidades. En realidad, el sueño americano no es más que un mito.

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Joe Biden aprovechó estos puntos en su programa. Pero también hay elementos que destacan aún más en esta situación pandémica. Las personas más afectadas son nuestros cuidadores. Están en primera línea y dependemos de ellos. Nos damos cuenta de que están afectados por una enfermedad, pero se les paga menos. Necesitamos hacer algo por nuestros cuidadores. Dice mucho sobre nosotros los estadounidenses, sobre nuestra identidad, sobre nuestro modelo de sociedad. Lo ha puesto al frente de su agenda y creo que tiene mucho sentido, especialmente en el contexto de esta pandemia.

Sylvie Kauffmann: Thomas Piketty, ¿cuáles son los riesgos de estas elecciones estadounidenses para los europeos?

TP: Lo que está en juego es la posibilidad de tener una asociación normal con Estados Unidos sobre el clima, el capitalismo, la economía, la cooperación, la fiscalidad. Trabajamos juntos, Joseph y yo, esta misma tarde, participamos en una reunión de la Comisión Independiente para la Reforma de la Fiscalidad Comercial Internacional. Con Joe Biden, esto es algo que podría progresar, ciertamente no tanto como con [la candidata del Partido Demócrata] Elizabeth Warren o Bernie Sanders, pero ciertamente más que con Donald Trump.

Durante las primarias demócratas en Estados Unidos, Bernie Sanders y Elizabeth Warren movilizaron un enorme apoyo, especialmente entre los jóvenes, y cuando digo «jóvenes», no se trata solo de los menores de 25 años.

Según las encuestas, los votantes menores de 50 años apoyaron a Sanders más que a Biden. No estoy diciendo que solo los menores de 50 años voten por él, pero sí significa que la opinión pública en los Estados Unidos y especialmente los demócratas ha cambiado. Joe Biden debería inspirarse en su programa, lo que hizo hasta cierto punto, pero no lo suficiente en mi opinión.

Creo que la idea de un «impuesto sobre el patrimonio», de un impuesto sobre el patrimonio, es importante, porque vivimos en una época en la que hay un gran número de fortunas, no sólo en Estados Unidos sino en todo el mundo. , ha crecido mucho más rápido que el tamaño de la economía. No hay intención de expropiar a todos, de reducir todo a cero, pero tiene sentido pedir a estas personas que contribuyan más por el bien común, sobre todo en un momento como este, porque El impuesto sobre la renta no está realmente listo para «hacer el trabajo». Estas discusiones se repiten una y otra vez, pero creo que las discusiones en los Estados Unidos son igualmente importantes para todos nosotros en Europa y el resto del mundo.

Sylvie Kauffmann: Hablando de impuestos, ¿cuál es su posición sobre el impuesto del 2% defendido por Elizabeth Warren durante su campaña sobre fortunas de más de $ 50 millones?

TP: Sanders propuso un impuesto del 8% a los multimillonarios, Elizabeth Warren luego subió al 6%. Están en competencia. Creo que están tomando la dirección correcta.

“Un impuesto sobre el patrimonio puede ser un sistema fiscal muy eficaz. «(Joseph Stiglitz)

JS: Gravar la fortuna es una buena idea. Tenemos tanta desigualdad que incluso una tasa moderada, como el 3% para los multimillonarios, el 2% para aquellos con más de 50 millones de dólares, ya es una enorme cantidad de dinero. Uno de los puntos importantes es que un impuesto sobre el patrimonio a menudo puede cosechar dinero que no puede escapar, a diferencia del impuesto sobre las ganancias de capital. A veces es posible organizarse para evitar esto último. De hecho, un impuesto sobre el patrimonio puede ser un sistema fiscal muy eficaz.

Sylvie Kauffmann: El ministro de Relaciones Exteriores alemán, Heiko Maas, dijo recientemente que frente a los dos modelos de la economía digital, cito, el modelo de Silicon Valley, que es la maximización de beneficios, y el modelo chino, que es el de la represión y el autoritarismo, Europa debe encontrar otro modelo. ¿Cuál podría ser este modelo?

TP: La solución puede ser el socialismo democrático, el socialismo participativo. Algunas personas hablan de «capitalismo progresista», pero yo prefiero el «socialismo participativo», el que Europa ha comenzado a construir desde hace varios siglos. Mire las empresas alemanas, por ejemplo. La mitad de los puestos de su consejo de administración están ocupados por representantes de los trabajadores. No es un sistema perfecto porque al final los accionistas todavía tienen el derecho de voto decisivo, pero el sistema podría mejorarse de muchas maneras.

Y eso ya representa una diferencia muy grande en comparación con un sistema donde cien personas tienen los derechos de voto de los accionistas… O con sistemas como el de China, donde el Estado y el Partido Comunista tienen la última palabra en todo. Es un modelo alternativo que ya cambia toda la estructura de la propiedad. Si, además, los trabajadores o los gobiernos regionales poseen el 10% o el 20% de las acciones de la empresa, pueden influir en la mayoría, incluido un accionista mayoritario que posea el 80% o el 90% de las acciones.

Les puedo decir que cuando esto se instituyó, los accionistas no estaban contentos. Si intentáramos hacer esto en Francia o en otros países europeos, en muchos casos la Constitución tendría que cambiarse un poco, lo que se hizo en Alemania en 1949.

En mi opinión, este tipo de modelo europeo debería desarrollarse. En un momento, en los años setenta y ochenta, Alemania intentó aprobar una directiva europea sobre gobierno corporativo, en un intento de generalizar este modelo, pero Francia no lo quería, ni otros. País. Este es solo un ejemplo, pero volviendo a los gigantes tecnológicos, creo que debe haber la misma respuesta general.

Está claro que no podemos permitir que se concentre tanto poder en una o dos o tres empresas privadas. Tiene sentido desmantelar estos monopolios en varias entidades diferentes. O, si desde un punto de vista organizativo y tecnológico, no se pueden separar estas entidades, como la empresa ferroviaria SNCF en Francia por ejemplo, que no queremos cortar en dos, entonces hay que tener una normativa muy pública. Fuerte sobre lo que las empresas están autorizadas o no a hacer en los territorios europeos. Tenemos que llegar ahí.

“Necesitamos articular un modelo de fiscalidad y regulación, de alcance universal, que aborde el problema en todos los sectores utilizando principios generales. «(Thomas Piketty)

¡Piense que puede pagar Facebook para obtener más visitas! Todo el proceso de difusión de información, para las campañas electorales en particular, ha sido pervertido por el hecho de que hemos dejado que el capitalismo puro haga, básicamente, lo que quiera. Tenemos que gravar, pero va mucho más allá de los impuestos; Europa tendrá que proponer un modelo más amplio de regulación del capitalismo.

Si solo apuntas a los gigantes tecnológicos, corres el riesgo de una reacción de Estados Unidos, especialmente con Trump, pero también con Biden. «Está bien, estás haciendo esto porque tenemos los gigantes tecnológicos, así que vamos a cobrar impuestos a tus gigantes del lujo y tus vinos». Creo que necesitamos articular un modelo de fiscalidad y regulación, de alcance universal, que aborde el problema en todos los sectores a través de principios generales. Preveo un riesgo, incluso bajo la presidencia de Biden, para la estrategia actual de Francia, que es apuntar al sector tecnológico.

Sylvie Kauffmann: Joseph Stiglitz, ¿está de acuerdo y cree que los europeos nos llevaremos mejor con una administración Biden en este tema?

JS: Antes de responder a esta – y apoyo firmemente lo que dijo Thomas – celebramos en 2020, el 50 º aniversario de la publicación de un artículo en el New York Times Milton Friedman diciendo que la responsabilidad exclusiva de empresas era aumentar el valor de las acciones para sus accionistas.

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¡Es interesante que esté haciendo esta pregunta ahora! Y hace apenas un año, en 2019, la Business Roundtable [asamblea de los principales líderes empresariales estadounidenses] dijo que Milton Friedman estaba equivocado. Las empresas, incluso las estadounidenses, han declarado que deben asumir más responsabilidades, respetar el medio ambiente, sus clientes, sus empleados, las comunidades en las que operan.

En la década de 1970, escribí artículos científicos que demostraban que maximizar el valor para los accionistas no promovía el bienestar de la empresa. Pero los publiqué en un trimestral de economía, un académico financiero, no el New York Times, y la retórica de Friedman tuvo más influencia en los legisladores que mis fórmulas matemáticas. Sin embargo, 49 años después, ¡mi opinión ha prevalecido sobre la de Friedman!

Para el sector tecnológico en particular, me gustaría subrayar y respaldar lo que dijo Thomas: impuestos, competencia… Esto se deriva de toda una serie de abusos, manipulación política, discursos de odio, incitación a odio, desinformación, desinformación …

Europa está trabajando en el desarrollo de un marco regulatorio. Existe un amplio consenso entre los demócratas estadounidenses de que debemos hacer exactamente lo mismo. Necesitamos una política de competencia más sólida. No solo el desmantelamiento, sino la obligación de no participar en la multitud de prácticas anticompetitivas que ha visto en Google, Amazon y otros. Europa y Estados Unidos pueden estar de acuerdo en esto.

Es un marco muy diferente al de China porque no queremos un estado de vigilancia. Queremos preservar un cierto grado de democracia y privacidad.

Sylvie Kauffmann: Entre las muchas preguntas formuladas por los lectores de ambos lados del Atlántico, el problema de la deuda surge con frecuencia. Entonces Olivia Álvarez le pregunta: «¿Cómo pueden los países recuperarse económicamente con este alto nivel de deuda, y que sigue aumentando debido a la situación actual?» «

JS: Ahora mismo, no es la deuda lo que me preocupa. Lo que más me preocupa es que no se hace nada por este miedo a la deuda. Si no estimulamos la economía de la manera correcta para lograr una recuperación adecuada, habrá daños a largo plazo y las consecuencias económicas de esta pandemia podrían tardar años y años en revertirse. Por eso es muy importante hacer algo.

Actualmente, el costo de esta deuda, con tasas de interés cercanas a cero, es cercano a cero. El reembolso no es un problema en este momento. Gran parte de la deuda está compuesta por deudas entre una parte del gobierno y otra. El balance general de la Reserva Federal ha crecido enormemente, por lo que incluso si lo compensa, no está ni cerca de donde estaba.

Es importante gastar muy bien nuestro dinero. Uno de los problemas es que el plan de $ 3 billones gastado por el gobierno federal de los Estados Unidos no estaba bien pensado dado el nivel de desempleo. Como estábamos hablando de desigualdades, reveló una brecha muy profunda en nuestra sociedad.

Aproximadamente la mitad de la población estadounidense vive «de cheque a cheque» de un cheque a otro. Tan pronto como la gente obtiene dinero, lo gasta. Lo que estimula la economía. A la otra mitad de la población le va muy bien, ni siquiera han perdido el trabajo, sus salarios son buenos, todo está bien. La tasa de ahorro promedio en Estados Unidos, que suele ser cercana a cero, fue del 25% en el último trimestre, lo que significa que la mitad privilegiada de los estadounidenses ha ahorrado más del 25%.

“Lo que tenemos que hacer es asegurarnos de que el dinero se gaste (…) en una economía verde, una economía del conocimiento, una sociedad más igualitaria. «(Joseph Stiglitz)

Así que tenemos que pensar realmente con cuidado sobre cómo usamos nuestro dinero, y aquí es donde la agenda económica de Joe Biden, “Reconstruir mejor la economía”, se vuelve importante. Lo que tenemos que hacer es asegurarnos de que el dinero se gaste para el propósito previsto, y que lo gastemos para mover nuestra economía hacia lo que podría llamarse una economía pospandémica: una economía verde, una economía del conocimiento, una sociedad más igualitaria. Esta visión realmente debe dictar nuestros gastos.

Sylvie Kauffmann: Thomas Piketty, ¿estás de acuerdo?

TP: Me gustaría recordarle que ya hemos experimentado niveles aún más altos de deuda pública en la historia. Después de la segunda guerra mundial, muchos países tenían 200%, 300% de la deuda pública. Lo que muestra la experiencia histórica es que hay diferentes formas de deshacerse de él. Alemania y Japón, después de la Segunda Guerra Mundial, dependieron en gran medida de impuestos sobre el patrimonio excepcionales para reducir rápidamente esta deuda. Otros países han utilizado la inflación, como Francia.

Creo que un impuesto progresivo sobre el patrimonio es mejor que la inflación. Alemania lo había practicado en la década de 1920 y esa es parte de la razón por la que no quiso volver a hacerlo. Es por estas razones que estos impuestos sobre los patrimonios excepcionales se inventaron a fines de la década de 1940 y principios de la de 1950, que tienen el mismo impacto.

La diferencia hoy en día es que tenemos una solución completamente nueva: los bancos centrales respaldan parte de la deuda pública en sus balances. Esta es otra forma de saldar la deuda pública. Como señala Joe, el otro problema es cómo se usa ese dinero hoy.

Concretamente, aumenta el precio de las acciones en bolsa, el precio de los inmuebles, creamos una brecha enorme, entre los que tienen algunos ahorros en su cuenta bancaria y cero intereses y los que pueden pedir prestado a cero o casi cero intereses y invertir en bolsa, invertir en bienes raíces. Es posible que la forma en que estamos usando esta política monetaria en este momento esté aumentando la desigualdad. Al final, contribuye a aumentar las desigualdades. Resuelves un problema por un lado, lo que crea otro por el otro.

«Necesitamos pensar más en una combinación de política monetaria, impuestos, para reducir estos ratios de endeudamiento muy altos a largo plazo» (Thomas Piketty)

Nadie sabe cómo evolucionarán las tasas de interés, es probable que en el mediano plazo los bancos centrales logren mantenerlas muy bajas, pero con un precio a pagar en términos de desigualdades, en tasas de retorno. En resumen, lo que hemos hecho hasta ahora, la forma en que hemos utilizado los bancos centrales para resolver nuestro problema, no es suficiente a largo plazo. Necesitamos pensar más en una combinación de política monetaria, impuestos, para reducir estos ratios de endeudamiento tan elevados a largo plazo. Existen soluciones, pero en algún momento tendrás que afrontar el problema de forma imaginativa.

Sylvie Kauffmann: Otra pregunta de un lector, muy diferente pero muy directo, sobre la democracia, y también sobre el populismo, de Ivan Paravitz, en Chile: “¿Crees que la democracia está llegando a su fin? «

JS: Existe una gran preocupación y mucho debate sobre esto en Estados Unidos. Durante los últimos cuarenta años, uno de nuestros dos grandes partidos, el Partido Republicano, se ha convertido en una extraña coalición de evangelistas, barones de negocios, toda una serie de extrañas coaliciones, que defienden globalmente las opiniones de una minoría de la población. Como ha señalado Thomas Piketty, la gran mayoría de los estadounidenses, incluidos los jóvenes, están a favor de cosas como aumentar el salario mínimo por hora, el acceso a la atención médica para todos, el acceso a la educación. Desde el jardín de infancia hasta la universidad, pasando por el control de armas.

En este contexto, ¿qué sucede cuando eres un partido minoritario con una base electoral cada vez menor? El electorado republicano está menos educado, las minorías están muy mal representadas, es muy rural mientras el país se urbaniza, es siempre más étnicamente diverso y cada vez más educado. Entonces, ¿qué sucede cuando te encuentras en esta posición minoritaria?

Te comprometes con una agenda antidemocrática de privación de derechos, privación de poder y encadena la democracia. Como hacer esto? Haces más difícil entrar en el censo electoral, más difícil votar, rediseñas los distritos electorales, inyectas mucho poder financiero en la política, con el resultado final de socavar realmente la democracia.

“El presidente Bush fue elegido presidente de una minoría. El presidente Trump también. Tememos que vuelva a suceder” (Joseph Stiglitz)

La combinación de todo esto dio como resultado que el presidente Bush fuera elegido presidente de una minoría. El presidente Trump también fue elegido presidente de una minoría. Nos preocupa que esto vuelva a suceder. Esto no es solo cierto para el período presidencial. Una gran mayoría de votantes estadounidenses votó por candidatos demócratas al Senado, pero tenemos un Senado controlado por los republicanos. El sentimiento de un déficit democrático muy importante es siempre más fuerte en Estados Unidos.

Sylvie Kauffmann: Pregunta adicional para ti, Thomas Piketty: “¿Cómo ves hoy el populismo y la extrema derecha? ¿Son una amenaza tan grande como antes de esta crisis? «

TP: Los partidos nacionalistas y los movimientos de extrema derecha siguen siendo una gran amenaza en Estados Unidos, en Europa y en el mundo. La única forma de luchar contra esto a largo plazo es reabrir el debate sobre los diferentes sistemas económicos. Durante décadas le hemos dicho a la opinión pública que solo hay un modelo posible de política económica, que no hay nada que los gobiernos puedan hacer para cambiar el sistema, para reducir las desigualdades, que el único lo que estaba en su poder era controlar sus fronteras y preservar la identidad.

No debería sorprendernos si, treinta años después, el debate político permanece totalmente bloqueado sobre el control de fronteras, sobre la identidad. Más aún si le dices a la gente que solo es posible un sistema económico centrista.

También se está extendiendo en Europa, donde las tensiones por los inmigrantes no europeos y el Islam se han ido acumulando durante diez o veinte años. El riesgo de que acabemos con un enfrentamiento político racial en Europa es muy real.

Sylvie Kauffmann: De vuelta a la economía. En el sitio del “Mundo”, un lector se pregunta sobre la posibilidad de un desempleo masivo debido a una cascada de quiebras. Pregunta si deberíamos reconsiderar la Renta Básica. ¿Debe adoptarse y cómo financiarlo?

TP: Muchos países europeos ya practican la distribución de una renta básica de una forma u otra, por ejemplo la de una renta mínima de 500 o 600 euros al mes. Podríamos incrementarlo y distribuirlo de forma más automática, pero ya existe como renta básica.

En Estados Unidos no existe este tipo de renta básica. Tienes cupones de alimentos, transferencias de ingresos si tienes hijos a cargo, pero tradicionalmente individuos específicos tienen derecho a ellos, por diversas razones históricas que también tienen que ver con prejuicios raciales y antagonismos específicos a la sociedad norteamericana.

«Los ingresos básicos deben pagarse automáticamente para complementar sus ingresos cada mes» (Thomas Piketty)

En el contexto europeo, creo que el verdadero desafío es hacer que la administración de una renta básica sea más eficiente, más automática. Demasiadas personas no tienen acceso a él. Necesitamos mejorar la forma en que se administra, hacerlo más automático, especialmente durante las transiciones entre ningún trabajo, trabajo mal pagado, medio tiempo, tiempo completo. Debe pagarse automáticamente para complementar sus ingresos cada mes. No debería tener que pedirlo cuando su situación cambie y esperar seis meses. Por tanto, debe ser mucho más automático y, por supuesto, es muy importante.

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JS: Cuando miro el mundo de hoy, encuentro que hay una cantidad increíble de cosas que deben hacerse. Estamos ante la transición “verde”, vamos a tener que invertir mucho, hay mucha gente a la que cuidar, tenemos que construir mucha infraestructura. Por lo tanto, para mí, el primer objetivo de un gobierno debería ser «emparejar» a las personas que quieren trabajar con los trabajos que deben hacerse.

Pero tenemos el mismo problema en Europa, al menos en Francia. Alta tasa de desempleo a pesar de muchos puestos de trabajo vacantes. ¿Es solo una cuestión de educación, de formación? ¿Cómo conseguir que el trabajo y el empleado se reúnan?

TP: En algunos casos, también deberíamos crear más puestos de trabajo en salud, educación, renovación energética de hogares, de los que hemos estado hablando durante años. Incluso con el paquete de estímulo, probablemente solo podamos ocuparnos de una fracción muy pequeña de las viviendas que deberían rehabilitarse… Así que tiene muchos puestos de trabajo que crear.

El problema en mi opinión es ideológico. Por tratarse de trabajos que se consideran del sector público (salud, educación, obras públicas), no deberíamos hacerlo. Pero estos sectores de actividad van a cobrar mucha importancia, hay que pensar en cómo organizarlos de forma descentralizada para que presten el servicio público adecuado allí donde lo necesiten.

No vamos a organizar el transporte del futuro, la salud del futuro, en el marco de sociedades anónimas, empresas puramente capitalistas, sólo para complacer una ideología. Porque simplemente no funciona. Muchos sectores, especialmente el de la salud, no funcionan bien cuando se administran sobre una base puramente capitalista. Cuesta más y es menos eficaz en términos de salud pública. Por tanto, deberíamos ser pragmáticos, pero en este mismo momento, en torno al plan de recuperación, veo resistencia, incluso en Francia, a invertir más, a crear puestos de trabajo en este sector.

Sylvie Kauffmann: Última pregunta, pero es una gran pregunta, se trata de China. Brian Spencer le pregunta: «¿Debería el crecimiento de la economía de China hacer que las democracias occidentales y sus ciudadanos piensen dos veces sobre su contribución a este crecimiento, a través de su dependencia cada vez mayor de los productos fabricados en China?» ¿Qué impacto podría tener un movimiento ciudadano en China continental que boicoteara las exportaciones chinas? ¿Y apoyarías este boicot? «

JS: ¡Esa es una gran pregunta! Al final de la Guerra Fría había esperanza… Todos íbamos a convertirnos en democracias liberales y economías de libre comercio muy rápidamente, como predijo en 1992 el maravilloso libro de Francis Fukuyama, “El fin del mundo”. ‘historia y el último hombreEl comercio haría todo más fácil y nos convertiríamos en una familia mundial feliz.

Bueno, las cosas no salieron tan bien como se esperaba. China sí cambió, en una dirección que parecía acercarse a una economía más abierta, y luego se detuvo. Se ha vuelto menos abierta de lo que era, más autoritaria. Problemas en Hong Kong, problema con los uigures… Las esperanzas que teníamos hace treinta años se han desvanecido.

“’1984′ fue una obra de ficción. Pero lo que era ficción bien podría, en 2020, ser realidad” (Joseph Stiglitz)

Al mismo tiempo, la tecnología ha cambiado. Esta tecnología, de la que hablamos antes, ha dado a los gobiernos autoritarios los instrumentos para volverse aún más totalitarios, más que nunca. 1984 [de George Orwell] fue una obra de ficción. Pero lo que era ficción en 2020 bien puede ser realidad. Y es muy inquietante.

Por tanto, es obvio que Estados Unidos y Europa tendrán que entablar debates. Estas discusiones se empantanaron con Trump, quien se limita a una concepción estrecha del comercio al estilo: «un juego de suma cero», «sus ganancias son a costa nuestra»El agua se ha preocupado por la importancia que se le da a los organismos bilaterales, multilaterales, a los problemas secundarios, en detrimento de la atención a los derechos humanos, al tipo de sociedad que queremos… de verdad creo que es el momento para ellos. Estados Unidos y Europa para pensar qué tipo de sociedad global queremos realmente.

TP: Creo que lo que se descarriló es que nunca deberíamos haber concedido el libre comercio sin un quid pro quo. Como las relaciones económicas internacionales en general, el libre comercio debe ser parte de un marco general, con objetivos comunes en materia de medio ambiente y cooperación en los temas de tributación, flujos financieros, regulaciones del sistema bancario. Todo tiene que ir de la mano.

Vamos a enfrentar el mismo problema con el Reino Unido y las negociaciones del Brexit. La Unión Europea debe declarar claramente, y lo más rápido posible: “Este es el tipo de tarifa que enfrentará, 10% o 20%, sobre un conjunto de productos, y así sucesivamente. Vamos a tener que ser muy concretos en esto muy rápidamente. No podemos seguir haciendo creer a la gente que podemos beneficiarnos de un 0% de aranceles aduaneros a cambio de nada, y que podemos enfrentar una estrategia absolutamente poco cooperativa.

Este es también muy a menudo el problema que tenemos dentro de la propia UE. Holanda se comporta como un paraíso fiscal y sigue haciéndose pasar por un país «frugal», incluso cuando extrae 10.000 millones de euros en ingresos fiscales de otros países europeos, atrayendo beneficios contables que no coinciden a ninguna actividad económica real. Es una actitud poco cooperativa.

Necesitamos cambiar nuestra actitud y la idea de que podemos tener libre comercio, flujos de capital libres, sin nada a cambio. Estoy a favor de la circulación de bienes, servicios e inversiones. Pero debemos tener en cuenta, ante todo, el coste medioambiental. Si tiene grandes transportes de carga, al menos grave la huella de carbono.

De manera más general, es necesario participar en la construcción de un sistema fiscal y económico más equitativo, en la regulación del sector financiero. Debemos dejar atrás esta ilusión de libre comercio y libre circulación autónoma de capitales, ante la ausencia de un modelo de desarrollo global que defender.

Un texto traducido por Claire Ulrich 

https://www.lemonde.fr/le-monde-evenements/article/2020/09/29/etats-unis-moments-de-verite-le-debat-joseph-stiglitz-thomas-piketty_6054052_4333359.html

20.36.-Argumentos de peso a favor del programa de Biden PAUL KRUGMAN

Los republicanos siempre han pronosticado un desastre con las políticas progresistas y nunca han acertado

El candidato demócrata Joe Biden, durante un mitin en Pennsylvania. ALEX WONG / AFP

Gracias a los gritos y a las continuas mentiras de Donald Trump, el pasado martes no hubo un verdadero debate político. Pero sí escuchamos algunas aseveraciones generales —y como era de esperar, falsas— sobre política económica. Joe Biden declaró que sus planes de gasto y fiscalidad crearían millones de puestos de trabajo y fomentarían el crecimiento económico. Trump afirmó que destruirían la economía.

2 oct 2020.- Pues bien, todo lo que sabemos da a entender que Biden estaba en lo cierto y Trump se equivocaba. Y no soy el único que lo dice. Analistas independientes como Moody’s Analytics y los economistas de Goldman Sachs, a quienes no se puede tachar precisamente de socialistas, están muy entusiasmados con las propuestas de Biden.

Pero antes de entrar en eso, un poco de historia. La percepción generalizada es que a los republicanos se les da mejor gestionar la economía que a los demócratas. Pero eso no es ni mucho menos lo que dicen los archivos. Sí, Ronald Reagan presidió un periodo de expansión económica prolongada; pero también Bill Clinton, y la prosperidad de Clinton fue más duradera y mayor. La economía sumó muchos puestos de trabajo durante el mandato de Trump hasta que golpeó el coronavirus, pero ese aumento no representaba más que la continuación de una expansión que empezó con Barack Obama. Y esos fueron los tramos buenos. Los dos Bush presidieron periodos con unos resultados económicos realmente malos.

Los republicanos llevan también mucho tiempo afirmando que las políticas progresistas conducen al desastre económico. Y se han equivocado siempre. Estaban equivocados respecto a las subidas de impuestos: cuando Clinton los subió en 1993, los republicanos predijeron que se produciría una recesión, pero lo que experimentamos de hecho fue una enorme expansión. Cuando California subió los impuestos durante el mandato de Jerry Brown, la derecha lo tachó de “suicidio económico”; una vez más, la economía creció.

También se equivocaron respecto a los programas sociales. El Partido Republicano insistía en que la ley sanitaria de Obama destruiría millones de puestos de trabajo. Uno entre las docenas de intentos de revocar la Ley de Atención Sanitaria Asequible se llamó de hecho “Revocación de la ley sanitaria que mata el empleo”. Pero en los seis años que siguieron a la plena entrada en vigor de la ley, en enero de 2014, la economía creó casi 15 millones de nuevos puestos de trabajo. Y no olvidemos el otro lado: las muchísimas veces que los republicanos prometieron que rebajando los impuestos a los ricos se produciría un milagro económico, promesas que nunca se cumplieron. Hay una razón para que los conservadores no paren de hablar sobre los tiempos de prosperidad de Reagan, hace tantísimos años; es el único ejemplo que tienen que parecer respaldar su ideología económica (no lo hace, pero ese es otro tema).

Ahora bien, una cosa es decir que las políticas progresistas no son el desastre del que hablan los conservadores, y otra, sostener que el plan de Biden fomentaría de hecho el crecimiento. ¿Por qué entusiasman tanto sus propuestas a Moody’s y a Goldman Sachs? ¿Y por qué comparto yo su optimismo? En primer lugar, veamos los antecedentes. Incluso antes del coronavirus, las buenas cifras del empleo podían esconder una debilidad económica subyacente. Desde hace al menos una década, vivimos en un mundo de exceso de ahorro: la cantidad que el sector privado ahorra supera persistentemente a la cantidad que gasta en inversión real. Esta saturación de ahorros se refleja en los bajos tipos de interés, incluso cuando la economía es fuerte.

A su vez, los bajos tipos de interés limitan la capacidad de la Reserva Federal para luchar contra las recesiones, razón por la cual Jerome Powell, el presidente de la Reserva, ha pedido más estímulo fiscal.

En el mundo actual, por lo tanto, lo que queremos de hecho es que el Estado incurra en déficits presupuestarios para dar uso a ese exceso de ahorro. Pero también queremos que esos déficits sean productivos, para potenciar la inversión y fortalecer la economía a largo plazo. La bajada de impuestos de Trump en 2017 no superó esa prueba. Aumentó el déficit presupuestario, pero el principal impulsor de esos números rojos —una enorme rebaja del impuesto de sociedades— fracasó estrepitosamente a la hora de producir el aumento de la inversión empresarial que habían prometido.

El plan de Biden eliminaría ese recorte del impuesto de sociedades, sustituyéndolo por programas de gasto con probabilidades de rendir mucho más por cada dólar invertido. En concreto, buena parte del gasto se dedicaría a infraestructuras y educación, es decir, gastos destinados a fortalecer la economía a largo plazo, además de estimularla en los próximos años. Cuando Moody’s introdujo este programa en su modelo, concluyó que a finales de 2024 el PIB real sería un 4,5% más que si se continuaran las políticas de Trump, y que eso se traduciría en siete millones de puestos de trabajo más.

Ahora bien, un modelo es solo un modelo, y los economistas se equivocan a menudo en sus predicciones (aunque algunos estamos dispuestos a reconocer nuestros errores y a aprender de ellos). Pero si intentan valorar las afirmaciones económicas de los candidatos, deberían saber que las predicciones de Trump sobre el descalabro económico que Biden causaría carecen de credibilidad, no solo porque Trump miente respecto a todo, sino porque los republicanos siempre han predicho que las políticas progresistas causarían un desastre y nunca han acertado. Y deberían saber también que las afirmaciones que hizo Biden acerca de que su plan daría un importante impulso a la economía están bien fundadas en la ciencia económica convencional y respaldada por análisis independientes y no partidistas. De modo que las afirmaciones económicas de Biden son, efectivamente, creíbles; las de Trump, no.

https://elpais.com/economia/2020-10-02/argumentos-de-peso-a-favor-del-programa-de-biden.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART 

  • 20.35.-Recuperar la grandeza de Estados UnidosJOSEPH STIGLITZ
  • La visión estalinista que Trump tiene de la ciencia PAUL KRUGMAN

Determinante. La elección de noviembre entre Donald Trump y Joe Biden sería determinante para problemas que van desde el cambio climático hasta la inmigración y la pandemia. 

Julia Jackson (madre de Jacob Blake, un joven negro de Kenosha, Wisconsin, que recibió siete tiros por la espalda de la policía) no se equivocó al afirmar: «Estados Unidos es grande cuando nuestra conducta es grande». Lamentablemente, hace cuatro años que el presidente Donald Trump viene llevando a Estados Unidos en la dirección opuesta.

20 sep 2020.- Parece que cuando enfrente a los votantes el 3 de noviembre, estará en juego la historia entera del país. Han pasado 160 años desde que Estados Unidos intentó lidiar con el «pecado original» de la esclavitud. En aquel momento el presidente Abraham Lincoln advirtió: «Una casa dividida no puede mantenerse en pie». Pero con Trump, todas las divisiones de Estados Unidos se han acrecentado.

No sorprende que durante su presidencia los ricos se hayan vuelto más ricos, ya que Trump tiende a juzgar el desempeño económico general según los resultados de las bolsas, donde el 10% más rico de los estadounidenses posee el 92% de las acciones. Y mientras las cotizaciones bursátiles no han dejado de subir, lo mismo ocurrió con el subempleo y el desempleo. Unos 30 millones de residentes estadounidenses viven en hogares con insuficiencias alimentarias, y la mayoría de los que integran la mitad inferior de la distribución de ingresos ganan sueldos de subsistencia. En un país que ya estaba atravesado por desigualdades cada vez más profundas, los republicanos de Trump no sólo les bajaron los impuestos a los multimillonarios y a las corporaciones sino que también implementaron políticas que llevarán a que la inmensa mayoría de las personas con ingresos medios deban tributar más.

Como señaló Martin Luther King hace más de medio siglo, en Estados Unidos la injusticia racial es inseparable de la injusticia económica. Yo estuve en la Marcha de Washington, hace 57 años, cuando King pronunció aquel conmovedor discurso del «I Have a Dream» (yo tengo un sueño) y los asistentes cantamos «algún día venceremos». Con la ingenuidad de mis veinte años, no me imaginé que ese algún día quedara tan lejos; que después de un breve período de progreso, la búsqueda de justicia racial y económica se paralizaría.

Pero ya han pasado más de 50 años desde el informe de la Comisión Kerner sobre los disturbios raciales de 1967, y las disparidades entre razas apenas se han reducido. La conclusión principal del informe sigue siendo válida: «nuestra nación va camino de convertirse en dos sociedades, una negra, una blanca, separadas y desiguales». Pero acaso bajo una presidencia de Joe Biden, el país pueda finalmente emprender una senda distinta.

Mientras tanto, la pandemia de COVID-19 seguirá exponiendo y exacerbando desigualdades previas. Lejos de ser un patógeno «igualitario», el coronavirus es más peligroso para quienes ya tienen problemas de salud; y tales personas abundan en un país que todavía no reconoce el acceso a la atención médica como un derecho básico. De hecho, la cantidad de estadounidenses sin seguro médico creció varios millones durante el mandato de Trump, después de una enorme reducción bajo el presidente Barack Obama; e incluso antes de la pandemia, la expectativa media de vida con Trump había caído por debajo del nivel de mediados de la década de 2010.

No se puede tener una economía sana sin una fuerza laboral sana, y no hace falta decir que a un país donde la salud de la gente está empeorando le falta mucho para ser «grande». En enero escribí un artículo en el que señalé el (previsible) mal desempeño de Trump en materia económica, ya antes de la pandemia. En vez de reducir el déficit comercial de Estados Unidos, la errada guerra comercial de Trump lo aumentó más del 12% en sólo tres años. En ese mismo período se crearon menos empleos que en los últimos tres años de la administración Obama. Además, hubo escaso crecimiento, y con señales de ir menguando después del estímulo transitorio de la rebaja impositiva de 2017, que no generó un aumento de la inversión, pero llevó el déficit federal por encima del umbral del billón de dólares.

La imprudente gobernanza de Trump, avalada por los congresistas republicanos, dejó al país mal preparado para responder a la primera crisis que se presentara (que estaba a la vuelta de la esquina). Cuando en 2017 los donantes multimillonarios de los republicanos y sus aliados corporativos pidieron limosna hubo dinero de sobra. Pero ahora que las familias, las pequeñas empresas y los servicios públicos esenciales necesitan ayuda con urgencia, los republicanos dicen que las arcas están vacías.

Si el combate a la pandemia es comparable a una movilización bélica, Estados Unidos ha tenido un comandante que sólo piensa en sí mismo y pone al resto en riesgo con su rechazo de la ciencia y del saber experto. No extraña que sea uno de los países que menos han podido controlar la enfermedad y sus consecuencias económicas. Los estadounidenses están muriendo a un ritmo tres veces mayor a la tasa mensual de la Segunda Guerra Mundial.

Poco después del inicio de esta presidencia, el escritor y periodista Michael Lewis advirtió que la guerra de Trump y sus secuaces contra el «Estado administrativo» dejaría a Estados Unidos inerme cuando llegara una crisis. Ahora el país no consigue hacer frente a una pandemia (que era previsible) y sigue a merced de una crisis climática inminente, una crisis socioeconómica y una crisis de democracia y justicia racial; por no hablar de las divisiones que están apareciendo entre las áreas urbanas y las rurales, entre la costa y el interior, entre jóvenes y viejos.

Trump atacó dos de los ingredientes esenciales de la grandeza nacional: la solidaridad social y la confianza pública. Los países que las tienen han podido controlar la pandemia y sus consecuencias económicas mucho mejor. ¿Cómo puede pretender ser grande un país que va a la zaga del resto del mundo en estos temas?

Lo mejor que puede pasarle ahora a Estados Unidos es una victoria de Biden, cuya mayor fortaleza es su potencial para reunificar a una población dividida. Aunque las fracturas que atraviesan el país han crecido demasiado para sanar de un día para el otro, hay algo de verdad en aquello de que «el tiempo cura todas las heridas».

Pero la sanación no sucederá sola. Depende de los estadounidenses abrazar un proyecto de renovación nacional. Felizmente, hay muchos jóvenes dispuestos a estar a la altura del desafío. Estados Unidos sólo podrá volver a ser grande si aprovecha el entusiasmo de esos jóvenes, se mantiene unido y renueva su dedicación a sus viejos principios y aspiraciones.

https://www.clarin.com/economia/recuperar-grandeza-unidos_0_MFPOtvGaZ.html

20.35.-La visión estalinista que Trump tiene de la ciencia PAUL KRUGMAN

El “trumpismo”, como el estalinismo, parece inspirar desdén por los científicos y cariño por los charlatanes

Simpatizantes del partido Republicano sin mascarilla de protección asisten a un acto de campaña de Donald Trump en Florida esta semana. TOM BRENNER / REUTERS

Últimamente he estado pensando en Trofim Lysenko. ¿Quién? Lysenko, un agrónomo soviético que decidió que toda la genética moderna estaba equivocada y de hecho iba contra los principios del marxismo-leninismo. Negaba incluso que existieran los genes, e insistía en que las viejas teorías sobre la evolución desacreditadas hacía tiempo eran de hecho correctas. Los verdaderos científicos se asombraban de su ignorancia.

25 sep 2020.- Pero a Joseph Stalin le gustaba Lysenko, así que sus puntos de vista se convirtieron en la doctrina oficial, y los científicos que se negaban a respaldarlos eran enviados a campos de trabajo o ejecutados. El lysenkoísmo se convirtió en base de buena parte de la política agrícola soviética, contribuyendo en última instancia a las desastrosas hambrunas de la década de 1930.

¿Les suena esto a algo, habida cuenta de los acontecimientos recientes en Estados Unidos? A los que les preocupa una crisis de la democracia en Estados Unidos —es decir, cualquiera que esté prestando atención— comparan por lo general a Donald Trump con autócratas como el húngaro Viktor Orban y el turco Recep Tayyip Erdogán, no con Stalin. De hecho, si el Partido Republicano se ha convertido en un partido extremista y antidemocrático —y así ha sido—, su extremismo es de derechas.

Pero aunque nadie acusaría a Trump de izquierdista, su estilo político siempre me ha recordado al estalinismo. Al igual que Stalin, ve conspiraciones por todas partes: anarquistas que de algún modo dominan las principales ciudades, izquierdistas radicales que de alguna forma controlan a Joe Biden, camarillas secretas contra él en toda la administración pública federal. También llama la atención que los que trabajan para Trump, igual que los funcionarios estalinistas, sistemáticamente acaban desterrados y denigrados, aunque no enviados a gulags, al menos por ahora.

Y el trumpismo, como el estalinismo, parece inspirar un especial desdén por los expertos y cariño por los charlatanes. El pasado miércoles Trump hizo dos cosas que, si me preguntan a mí, diría que merecían salir en los titulares. La más alarmante fue su negativa a comprometerse a permitir una transición de poder pacífica si pierde las elecciones. Pero además insinuó que podría rechazar las nuevas directrices de la Administración de Alimentos y Fármacos (FDA por sus siglas en inglés) para la aprobación de una vacuna contra el coronavirus, afirmando que el anuncio de esas directrices “suena a maniobra política”. ¿Queeé?

Vale, todos entendemos lo que está pasando. A muchos observadores les preocupa que el equipo de Trump, en un esfuerzo por influir en las elecciones, anuncie que disponemos de una vacuna segura y eficaz contra el coronavirus lista para aplicársela a la población, aunque no la tengamos (y casi con seguridad tardaremos en tenerla). De modo que la FDA intentaba tranquilizar a los ciudadanos acerca de la integridad de sus trámites de aprobación. Y realmente necesitamos esa garantía, porque el Gobierno de Trump nos ha dado todas las razones para desconfiar de las declaraciones procedentes de los organismos de salud pública.

El mes pasado, los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC por sus siglas en inglés) emitía una nueva directriz estableciendo que las personas expuestas al coronavirus pero sin síntomas de covid-19 no necesitaban hacerse una prueba, en contra de lo recomendado prácticamente por todos los epidemiólogos independientes. Informaciones posteriores revelaron que la nueva directriz había sido preparada por altos cargos políticos y no había pasado por el procedimiento de revisión científica.

Más recientemente, los CDC advirtieron de la transmisión aérea del coronavirus —esta vez coincidiendo con lo que afirman los expertos— pero, al cabo de unos días, retiraron la advertencia de su página digital. No sabemos exactamente qué ocurrió, pero es difícil no darse cuenta de que la recomendación que retiraron habría dejado claro que los últimos mítines de Trump, que reúnen a multitud de personas en espacios cerrados, muchas de ellas sin mascarilla, suponen un grave riesgo para la salud pública.

De modo que la FDA intentaba asegurarnos que no se dejará corromper por la política, como por lo visto les ha ocurrido a los CDC. Y Trump, básicamente, enmendó la plana al organismo; su afirmación de que las nuevas directrices parecen tener un origen político significaba de hecho que no eran lo bastante políticas, que quiere dejar abierta la posibilidad de anunciar una vacuna que le ayude a conservar el poder.

Pero si los trepas políticos llevan la batuta en los CDC, y a la FDA se le dice que se calle y siga la línea del partido, ¿quién asesora a Trump en política contra la pandemia? Que vengan los charlatanes.

La desastrosa ofensiva de Trump, allá por abril, para que se reabriera la economía antes de tiempo estuvo supuestamente influida por los artículos de Richard Epstein, un catedrático de derecho que por alguna razón decidió que era un experto en epidemiología y que la covid-19 no mataría a más de 500 personas, una cifra que acabó aumentando a 5.000 y que es aproximadamente la cifra de muertos que en la actualidad registramos semanalmente.

Pero el charlatán del momento es Scott Atlas, un radiólogo sin experiencia en enfermedades infecciosas que aun así ha impresionado a Trump con sus apariciones en el canal Fox News. La oposición de Atlas al uso obligatorio de mascarillas y su propuesta de dejar que el coronavirus se expanda sin más hasta que alcancemos la “inmunidad de rebaño” están reñidas con lo que dicen los verdaderos epidemiólogos, pero son lo que Trump quiere oír.

Eso es lo que me ha hecho pensar en Trofim Lysenko. Trump, como Stalin, denigra y acosa a los expertos y sigue los consejos de gente que no sabe de qué habla, pero que le dice lo que él quiere oír. ¿Y saben qué pasa cuando un dirigente nacional hace eso? Que muere gente.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2020 Traducción de News Clips

https://elpais.com/economia/2020-09-25/la-vision-estalinista-que-trump-tiene-de-la-ciencia.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART 

20.34.-China anuncia medidas de represalia contra Estados Unidos tras la prohibición de TikTok AFP

  • La peligrosa obstinación de Trump contra la mascarilla PAUL KRUGMAN

Las tensiones entre Estados Unidos y China han aumentado desde agosto cuando Donald Trump, haciendo campaña para su reelección, emitió un ultimátum a TikTok, al que acusa de espionaje industrial en nombre de Beijing.

19 sep.2020.- El enfrentamiento se está endureciendo entre las dos grandes potencias. El gobierno chino anunció, el sábado 19 de septiembre, el establecimiento de un mecanismo que le permitirá restringir las actividades de empresas extranjeras, una medida ampliamente vista como una represalia contra Estados Unidos.

El anuncio del Ministerio de Comercio, realizado en plena escalada entre Beijing y Washington, no se dirige específicamente a ninguna empresa extranjera. Pero generalmente menciona una serie de acciones que hacen a estas empresas sujetas a multas, restricciones de actividades o entrada de equipos y personal a China.

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La lista incluirá empresas cuyas actividades «socavan la soberanía nacional de China y sus intereses de seguridad y desarrollo» o que violen «reglas económicas y comerciales internacionalmente aceptadas» , según el ministerio.

El anuncio se produce cuando Estados Unidos ha prohibido la descarga, desde el domingo, de las aplicaciones TikTok y WeChat propiedad de los gigantes chinos ByteDance y Tencent.

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Huawei también en el visor

En un comunicado, el Ministerio de Comercio chino acusó el sábado a Washington de practicar «intimidación» . «Si Estados Unidos persiste en sus acciones unilaterales, China tomará las medidas necesarias para proteger resueltamente los derechos e intereses legítimos de las empresas chinas» , amenazó.

Las tensiones entre Estados Unidos y China han crecido desde agosto cuando el presidente Donald Trump, en medio de su campaña de reelección, lanzó un ultimátum a TikTok, al que acusa de espionaje industrial por parte de de Pekín, sin haber hecho pública ninguna prueba tangible.

El gigante chino de las telecomunicaciones Huawei también está en una lista negra estadounidense para evitar que adquiera tecnologías “made in USA” esenciales para sus teléfonos. Estados Unidos también está presionando a los europeos para que excluyan a Huawei de sus futuras redes 5G.

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https://www.lemonde.fr/international/article/2020/09/19/la-chine-annonce-des-mesures-de-retorsion-ciblant-les-etats-un

20.34.-La peligrosa obstinación de Trump contra la mascarilla PAUL KRUGMAN

La artimaña más reciente del presidente es tratar de convencer de que la amenaza de la covid está superada

Una mujer con mascarilla favorable a la reelección del presidente Trump. APU GOMES/AFP/GETTY IMAGES

Lo crean o no –y sé que muchos se negarán a creerlo–, en estos momentos la ciudad de Nueva York podría ser uno de los mejores lugares de Estados Unidos para evitar contagiarse de coronavirus.

18 sep 2020.- En todo el Estado de Nueva York, la cifra de personas que fallecen a diario de covid-19 es solo un poco más elevada que la de fallecidos en accidentes de tráfico. En la ciudad de Nueva York, solo dan positivo en torno al 1% de las pruebas de coronavirus, frente a, por ejemplo, más del 12% en Florida. ¿Cómo ha logrado Nueva York llegar hasta aquí después de los espeluznantes días de abril? No es ningún misterio: puede que la inmunidad de rebaño influya un poco pero, principalmente, el Estado ha tomado medidas sencillas y obvias para evitar la transmisión del virus. Los bares están cerrados; servir comidas en lugares cerrados sigue estando prohibido. Y, sobre todo, es obligatorio usar mascarilla, y la gente en general obedece.

Nueva York no es el único lugar donde las cosas van bien. Al principio, el gobernador republicano de Arizona, Doug Ducey, lo hizo todo mal; no solo mantuvo los bares abiertos, sino que se negó a permitir que los alcaldes de las ciudades más grandes del Estado (en su mayoría demócratas) impusieran el uso obligatorio de mascarillas. La consecuencia fue un enorme aumento de los contagios: en julio hubo varias semanas en las que morían casi tantas personas al día en Arizona, con una población de siete millones de habitantes, como en toda la Unión Europea, con 446 millones.

Pero para entonces Ducey había cambiado de rumbo, cerrando bares y gimnasios. No impuso el uso obligatorio de mascarilla en todo el Estado, pero permitió a los Ayuntamientos tomar medidas. Y tanto los contagios como los fallecimientos cayeron en picado.

En otras palabras, sabemos qué funciona. Y eso hace que resulte extraño y aterrador que Donald Trump haya decidido pasar las últimas semanas de su campaña desincentivando y cargando contra el uso de mascarillas. La conducta de Trump se tilda a veces de rechazo de la ciencia y, hasta cierto punto, es verdad. Después de todo, el escepticismo que muestra hacia las mascarillas no solo choca con lo que afirman casi todos los expertos independientes, sino que entra en conflicto directo con lo que dicen sus propios funcionarios de sanidad —personas como Robert Redfield, el jefe de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, nombrado por él—. Apenas pasaron unas horas entre la declaración de Redfield ante el Congreso, en la que afirmó que las mascarillas son “la herramienta de salud pública más potente e importante que tenemos” para luchar contra la pandemia, y la afirmación de Trump de que “hay muchos problemas con las mascarillas”.

Pero también me parece importante entender lo que yo pretendía señalar con los ejemplos de Nueva York y Arizona: el argumento a favor de las mascarillas no se basa únicamente en una investigación científica. A estas alturas está confirmado por la experiencia de regiones que han sufrido brotes graves de coronavirus y han logrado controlarlos.

De modo que, ¿cómo es posible que la agitación antimascarillas siga siendo un factor importante que inhibe la capacidad de Estados Unidos para enfrentarse a la pandemia? A veces se oye a la gente insinuar que el uso de la mascarilla contradice de alguna manera la cultura individualista estadounidense. Y si eso fuera cierto, supondría una condena de esa cultura. Al fin y al cabo, hay algo profundamente erróneo en una definición de la libertad que incluye el derecho a exponer gratuitamente a otras personas al riesgo de enfermar y morir, que es a lo que equivale negarse a llevar mascarilla en una pandemia.

Pero no creo que este sea un fenómeno cultural muy arraigado. Algunos podrían rechazar el cumplimiento generalizado que veo a mí alrededor alegando que Nueva York no representa al verdadero Estados Unidos. Pero incluso dejando a un lado el hecho de que el Estados Unidos del siglo XXI es principalmente urbano, ¿dirían lo mismo de Arizona?

Y tengan en cuenta que, hasta donde logro recordar, muchas tiendas y restaurantes tienen en sus puertas carteles que afirman no shirt, no shoes, no service [no se sirve a quien no lleve camisa ni zapatos]. ¿Cuántos de estos establecimientos han sido atacados por multitudes de manifestantes a pecho descubierto?

En resumen, la agitación contra las mascarillas no trata realmente de libertad, ni de individualismo, ni de cultura. Es una declaración de lealtad política, impulsada por Trump y sus aliados. ¿Pero por qué convertir en una cuestión partidista algo que debería ser lisa y llanamente política de salud pública? Una respuesta bastante obvia es que estamos asistiendo a los esfuerzos de un político amoral por rescatar su endeble campaña.

La recuperación parcial de la economía tras la caída experimentada a principios de año no ha reportado a Trump los dividendos políticos que esperaba. Sus intentos de hacer que cundiera el pánico con afirmaciones como que los activistas radicales iban a destruir las zonas residenciales no han cuajado, y los votantes en general ven a Joe Biden como el mejor candidato para mantener la ley y el orden. Y probablemente sea demasiado tarde para cambiar la opinión de la mayoría de los votantes que creen que el presidente ha renunciado a luchar contra el coronavirus.

De modo que su artimaña más reciente es tratar de convencer a la ciudadanía de que la amenaza de la covid-19 está superada. Pero el uso generalizado de la mascarilla es un recordatorio constante de que el virus sigue suelto. De ahí los renovados ataques de Trump contra la precaución sanitaria más sencilla y sensata. Probablemente esta artimaña no funcione como estrategia política. Pero provocará muchas muertes innecesarias.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2020. Traducción de News Clips

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  • 20.33.-«Xi Jinping encarna un país que muestra sus ambiciones: ser la superpotencia del mañana» – ALAIN FRACHON
  • 20.33.-Un voluntario en el ensayo de la vacuna de Oxford: “Para mí el riesgo real es que la gente no quede inmunizada” RAFA DE MIGUEL
  • La respuesta de Trump fue más que competentePAUL KRUGMAN
  • Un balance de la política económica de Abe Shinzo

China se ha convertido para Estados Unidos en un adversario cuyas pretensiones hegemónicas hay que combatir, considera en su columna Alain Frachon, columnista de «Le Monde».

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se reúne con el presidente chino, Xi Jinping, en el G20 en Osaka, Japón, el 29 de junio. KEVIN LAMARQUE / REUTERS

10 sep.-  En Washington, la administración trumpista ya no dice «China», sino «Partido Comunista Chino». Donald Trump ya no elogia los méritos de Xi Jinping, pero nos asegura que Estados Unidos debe aislarse de China. Como deshacerse de una droga dura. Para el presidente y candidato republicano para las elecciones del 3 de noviembre, el objetivo ya no es restablecer la balanza comercial entre los dos países. Sería ingenuo. Trump defiende el «desacoplamiento» , el de-anidamiento, de las dos economías.

Trump en campaña, atronador, juró esta semana: “  Terminaremos con nuestra dependencia de China, porque no podemos depender de un país como China. « Y prometió: » Vamos a repatriar a todas nuestras empresas. «

El 23 de julio, en California, en la Biblioteca Richard Nixon, el secretario de Estado Michael Pompeo, peso pesado del ultranacionalismo estadounidense con una tendencia fundamentalista religiosa, dio sus frutos al final de medio siglo de acuerdo chino-estadounidense: fue «un error», el registro es «un fracaso» . Ese día, Nixon, el presidente republicano que inauguró la política de «compromiso» con Beijing en 1972, se revolcó en su tumba.

Una China más dictatorial que nunca

La apertura económica de China no ha tenido su contraparte política internamente, al contrario: la China de Xi Jinping es más dictatorial que nunca. Esta apertura no convirtió a China en un «socio» de Estados Unidos, sino en un rival económico, tecnológico y estratégico, afirma el secretario de Estado. Pompeo va de la crítica política a la denuncia ideológica: debemos “liberarnos de los tentáculos del PCCh”, “el mundo libre debe triunfar sobre esta nueva tiranía” . Las palabras – la lucha necesaria contra «los tiranos» -, la ambición – de cambiar el régimen – son las de los neoconservadores de finales de los noventa.

Pero tenemos que hacerlo más complejo. Esta presentación del estado de las relaciones entre las dos mayores economías del mundo no da cuenta, o muy parcialmente, de la situación. El conflicto estadounidense-chino, que se ha puesto de manifiesto a raíz de la década de 2010, ahora se ha vuelto rojo, requiere un doble comentario.

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Primero, el detonador no es Trump, sino Xi. Pekín puede argumentar con alguna razón que Estados Unidos resiente haber contribuido tanto al surgimiento de una potencia rival global como nunca lo fue la URSS.

Pero el efecto de campaña electoral al estilo estadounidense y la propensión de Trump a decir cualquier cosa enmascara una realidad básica: China ha cambiado. Estados Unidos (y el mundo) están lidiando con una nueva China. Al llegar al poder a fines de 2012, Xi encarna un país dominante y seguro de sí mismo. Muestra sus ambiciones: ser la superpotencia del mañana; la batalla se decidirá en el campo de la tecnología.

Cada día más dictatorial en casa, el régimen es más agresivo en el exterior. Su concepción del multilateralismo no es la de Francia, como creen demasiadas personalidades parisinas: Pekín resuelve sus disputas territoriales por la fuerza, en el Mar de China como en el Himalaya. Su intensa práctica de piratería digital coquetea con una especie de agresión armada permanente. Su expansionismo económico es un medio de chantaje político: negociar con China es abstenerse de criticarla —en el Tíbet, los uigures, Hong Kong— excepto para arriesgarse a sufrir represalias.

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Trump perdió la batalla de Covid-19

Barack Obama ya estaba buscando una política destinada a «contener» la China de Xi Jinping. Con fines electorales, Trump está abusando de una tarjeta anti-china aún popular en los Estados Unidos. Pero Joe Biden, su competidor demócrata, está de acuerdo con la acusación. El consenso de China de 2020 es bipartidista en el Congreso y está bastante dividido en los círculos empresariales: China ya no es simplemente un rival de Estados Unidos, se ha convertido en un adversario cuyas pretensiones hegemónicas deben combatirse.

Segunda observación: la crisis del Covid-19 reveló la intensidad de un conflicto que se ha vuelto estructural. Originalmente, arrojó luz sobre las debilidades de un sistema de poder, el autoritarismo chino, incapaz de hacer frente a una pandemia naciente a tiempo por falta de transparencia. Pero ocho meses después, la comparación con Estados Unidos es terrible para Trump. Incluso si China manipuló los números, una certeza, el historial estadounidense es espantoso. Trump perdió la batalla de Covid-19 y China puede argumentar que la ganó, observó Nader Mousavizadeh, uno de los analistas más populares de la escena internacional , durante el Festival de Otoño del Financial Times . .

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Esta «victoria» es parte de una serie de eventos que marcan lo que China percibe como el «declive» inexorable de Occidente: 2003 (la invasión de Irak), 2008 (la crisis financiera), 2016 (elección de Trump). Durante mucho tiempo símbolo de competencia y eficiencia, apertura y tolerancia, se dice que el modo de gobierno democrático liberal es cada vez menos atractivo y eficiente. Al menos eso es lo que pensamos en Beijing, donde ya no dudamos en promover la autocracia con características chinas – la dictadura «impulsada» a lo digital – como horizonte político del mañana.

Ya sea Trump II o Joe Biden, el próximo presidente de Estados Unidos enfrentará este conflicto multifacético con la China de Xi. En la batalla, el demócrata Biden tendría la inmensa ventaja de revivir una democracia estadounidense que Trump ha tratado de distorsionar. Sería una gran ventaja.

Posdata Tres lecturas sobre este tema: Le Temps des Predateurs, de François Heisbourg, Odile Jacob, 233 p., 22,90 €; Le Leadership mondial en question, de Pierre-Antoine Donnet, L’Aube, 243 p., 22 €; Geopolítica de Covid-19, de Pascal Boniface, Eyrolles, 190 p. 13,90 €.

https://www.lemonde.fr/idees/article/2020/09/10/xi-jinping-incarne-un-pays-qui-affiche-ses-ambitions-etre-la-superpuissance-de-demain_6051605_3232.html

20.33.-Un voluntario en el ensayo de la vacuna de Oxford: “Para mí el riesgo real es que la gente no quede inmunizada” RAFA DE MIGUEL

“Acudiré cuando me llamen para la segunda dosis”, dice Ezequiel Martín, que resta importancia al parón de los ensayos

Ezequiel Martín, voluntario en los ensayos de la vacuna de Oxford.

Ezequiel Martín (Málaga, 46 años) lleva en Londres más de 10 años. Trabaja como informático para Deustche Bank. Como otros muchos, la irrupción de la pandemia le llevó a sumergirse en internet y leer toda la información que iba surgiendo. Hasta que dio con la convocatoria de voluntarios para los ensayos de una vacuna —la desarrollada por la Universidad de Oxford junto a AstraZeneca— y no se lo pensó. “Esto tiene que ser importante. Yo quiero colaborar”, se dijo a sí mismo.

Pregunta. ¿Qué ha pensado al saber que un voluntario ha sido hospitalizado y que los ensayos se han paralizado?

Respuesta. A medida que he ido leyendo, sí, pero creo que se trata de una sola persona entre las casi 10.000 que hemos recibido ya la vacuna. Me parece muy poco, un riesgo completamente asumible. Estamos hablando ahora mismo de reabrir el mundo, como quien dice. Para mí el riesgo real es que la gente no esté vacunada y que sigamos todos andando por la calle.

  1. P. ¿Sigue firme en su convicción de participar en el ensayo?
  2. Sí, por supuesto. En cuanto reabran el ensayo ya me han dicho que me van a volver a llamar para cerrar cita para la segunda vacuna [la primera se la pusieron en junio]. Y allí estaré yo.
  3. P. ¿Qué dijo su mujer cuando decidió participar?
  4. R. Que yo soy así, que me apunto a todo. A un bombardeo, si hace falta. Sí que es verdad que a mí nunca me pareció una cosa arriesgada. Era la fase 3. Ya habían hecho los estudios de seguridad, y le habían puesto la vacuna a muchísima gente. Pero cuando se lo comenté a ella y algunos otros amigos, la reacción de muchos fue: “Huy, ¿no te parece peligroso?”. Lo curioso es que corrí a apuntarme porque di por sentado que todo el mundo querría hacerlo.
  5. P. Imagino que le advirtieron del riesgo.
  6. R. Sí, al principio me mandaron mucho papeleo y mucha información sobre posibles efectos secundarios. Algunos muy normales, como que iba a tener fiebre y que me iba a doler el brazo durante un par de días. Al final no me pasó, aunque lo dieran por seguro. Y también me hablaron de otros efectos más graves, de posibles enfermedades raras, pero me dejaron claro que las posibilidades eran remotas, de uno entre diez mil casos. Aseguraron que me tendrían informado en todo momento, y fueron exquisitos en sus explicaciones.
  7. P. ¿Y cómo se enteró del caso del voluntario afectado que ha paralizado el ensayo?
  8. R. Me llamaron ellos personalmente, antes de que saliera en los medios. Coincidió además con que yo estaba esperando ya la llamada para la segunda cita. Me contaron que se había dado el caso de una persona que había tenido algo, y que habían pausado el proceso para investigar lo ocurrido. Algo, por cierto, que ya me habían explicado previamente al darme a conocer el protocolo.
  9. P. ¿Y se fía de ellos?
  10. R. Mucho. Las primeras pruebas me las hicieron en el University College Hospital de Londres, donde nació mi hija. Son muy serios, y me dio mucha seguridad. Sé que allí se hace mucha investigación desde hace tiempo.
  11. P. ¿Crees que el ensayo tendrá éxito?
  12. R. Sí, porque hasta ahora está ocurriendo lo que decían que iba a ocurrir, según las previsiones. Nadie dijo en ningún momento que esto iba a ser la cura milagrosa que haría desaparecer la enfermedad. Pero, al parecer, van a mucha velocidad. No será perfecta, ni la barrera completa para salir a la calle a hacer todo lo que quieras.
  13. P. ¿Cuál es tu compromiso con ellos?
  14. R. Un año. Si todo sale como ellos piensan, todavía queda tiempo hasta que estén del todo contentos. Pero me dijeron que, si los datos eran buenos, terminaría antes. Y que en ese momento nos indicarían si estábamos en el grupo de control o en el de estudio [si han recibido realmente la vacuna o un placebo]. Y en el caso de que estuviera en el grupo de control, me ofrecieron la oportunidad de ponerme la vacuna en ese mismo momento.

https://elpais.com/sociedad/2020-09-10/un-voluntario-en-el-ensayo-de-la-vacuna-de-oxford-para-mi-el-riesgo-real-es-que-la-gente-no-este-inmunizada.html 

20.33.-La respuesta de Trump fue más que incompetentePAUL KRUGMAN

Es un error decir que Trump gestionó mal la covid-19; fue inmoral, rayando en lo criminal

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a punto de subir a bordo del Air Force One. JONATHAN ERNST / REUTERS 

La mayoría de los casos en los que un coche mata a un peatón seguramente se deben a una negligencia: conductores que estaban demasiado ocupados hablando por el móvil o pensando en su partida de golf para fijarse en el anciano o anciana que cruzaba la calle enfrente de ellos. Un puñado de ellos son actos homicidas, como el del hombre que mató a una mujer al embestir con su coche a un grupo de manifestantes contra un mitin neonazi en Charlottesville, en Virginia.

11 sep 2020.- Pero, a veces, los conductores terminan matando a otras personas porque su comportamiento es claramente peligroso, como conducir muy por encima del límite de velocidad o saltarse múltiples semáforos en rojo. Las muertes que se producen como consecuencia de ello no se consideran asesinatos. Pero podrían considerarse homicidio, que es cuando uno no tiene la intención concreta de matar a alguien, pero sus actos irresponsables lo matan de todas formas.

Hasta esta semana, pensaba que la desastrosa manera en que Donald Trump ha gestionado la covid-19 se debía básicamente a la negligencia, incluso si esa negligencia era intencionada, es decir, que no entendía la gravedad de la amenaza porque no quería enterarse y se negó a tomar medidas que podrían haber salvado miles de vidas estadounidenses porque la política eficaz no es realmente lo suyo.

Pero me equivocaba. Según el nuevo libro de Bob Woodward, Rage, Trump no era ajeno a lo que pasaba; a principios de febrero ya sabía que la covid-19 era mortal y se transmitía por el aire. Y este no es un caso de recuerdos contradictorios: Woodward ha grabado a Trump. No obstante, Trump siguió celebrando mítines multitudinarios en espacios cerrados, menospreciando las medidas cautelares y presionando a los Estados para que reanudaran la actividad económica a pesar del riesgo de contagio. Y sigue haciendo lo mismo, incluso ahora. En otras palabras, un gran porcentaje de los más de 200.000 estadounidenses que seguramente morirán de covid-19 antes del día de las elecciones habrán sido víctimas de algo mucho peor que la mera negligencia.

Seamos claros: un particular que hubiera hecho lo que ahora sabemos que hizo Trump estaría indudablemente en un buen aprieto legal. Pensemos en las demandas que probablemente se interpondrían contra un consejero delegado que sabe que el centro de trabajo de su empresa es peligroso, pero miente al respecto, se niega a tomar precauciones y amenaza a los trabajadores con despedirles si no van a trabajar.

Ahora bien, Trump no tendrá que rendir cuentas de una manera comparable debido, en parte, al cargo que ocupa y, en parte, a que el partido que dirige es totalmente pasivo y no va a pedirle que rinda cuentas. Pero dejémonos de sutilezas por un momento, ¿de acuerdo? La enormidad del comportamiento impropio de Trump debe ser el elemento principal y no las conjeturas sobre si se enfrentará o no a alguna consecuencia.

¿Hay excusa para las acciones de Trump? Un argumento que se escucha es que, si se ajustan las cifras a la población, algunos países europeos han perdido más o menos el mismo número de personas por covid-19 que el EE UU de Trump, aunque la tasa reciente de nuevos fallecimientos en EE UU es mucho más elevada, por lo que pronto nos separaremos del resto del pelotón. Pero cuando los actos de un ciudadano de a pie provocan la muerte de otra persona, tanto las circunstancias como la motivación cuentan.

De los demás países con una cifra elevada de muertos, Italia fue el primer país occidental que padeció un brote extenso y muchos pacientes fallecieron antes de que los expertos entendieran del todo lo que había que hacer.

Suecia y Gran Bretaña se vieron muy afectadas porque en un principio aplicaron la doctrina de la “inmunidad de rebaño” para solucionar la pandemia. Era una política terrible, que Reino Unido acabó por abandonar. Suecia no ha llegado a cambiarla oficialmente, aunque en la práctica ha acabado por establecer a menudo el distanciamiento social. Pero hay una gran diferencia entre los errores, por mortíferos que sean, y el engaño deliberado. Solo en EE UU el jefe del Estado estaba tranquilizando a la gente respecto a la enfermedad a sabiendas de que era mortal y se contagiaba fácilmente.

Trump justificó esta ocultación de los peligros que comportaba la covid-19 como un deseo de evitar el “pánico”. Tiene gracia, viniendo del tipo que inició su presidencia con advertencias sobre la “carnicería estadounidense” y que actualmente trata de aterrorizar a los habitantes de las zonas residenciales con visiones de hordas antifascistas desenfrenadas. Pero, ¿cuáles eran exactamente los peligros del pánico que tanto le preocupaban?

Al fin y al cabo, decir la verdad sobre el coronavirus no habría sido como gritar “fuego” en un teatro lleno de gente. Lo único que la verdad habría llevado a la gente a hacer por miedo habría sido quedarse en casa siempre que fuera posible, evitar las multitudes, lavarse las manos, etcétera. Y son cosas que la gente debería haber estado haciendo; de hecho, en cuanto el pánico cundió entre la población en lugares como Nueva York, las tasas de contagio descendieron considerablemente. Por supuesto, todos tenemos una idea bastante buena de a qué se refería realmente Trump: fuentes fidedignas han informado de que quería restar importancia a la crisis por temor a que las malas noticias perjudicasen a su amado mercado de valores. Es decir, le parecía que tenía que sacrificar miles de vidas estadounidenses para sostener el Dow Jones.

En realidad, estaba equivocado: las cotizaciones bursátiles se han mantenido altas a pesar del constante aumento de la cifra de fallecimientos. Pero el hecho de que se equivocara en cuanto al intercambio no altera el hecho de que su voluntad de hacer ese intercambio era totalmente inmoral. La conclusión es que es un error decir que Trump gestionó mal la covid-19, que su respuesta fue incompetente. No, no lo fue; fue inmoral, rayando en lo criminal.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2020. Traducción de News Clips

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20.33.-Un balance de la política económica de Abe Shinzo

8 sep 2020.- En el segundo trimestre de 2020, la producción nacional de Japón cayó un 7,8% en comparación con el primer trimestre, es decir, una caída anualizada del 27,8%, una caída trimestral un 60% mayor que en las profundidades de la Gran Recesión de 2009.

Pero Japón ya estaba en una recesión económica clásica antes de que el COVID-19 afectase a la economía mundial. El PIB real ya había caído en el último trimestre de 2019.

De hecho, es un triste final para las grandes esperanzas despertadas cuando Abe asumió el cargo a principios de 2013. Abe anunció entonces que aplicaría una política económica, que pronto se llamaría Abeconomia, que tenía tres ‘flechas’, para sacar la economía japonesa de su largo estancamiento. Las flechas fueron inyecciones monetarias, estímulo fiscal y reforma estructural. Abe explicó así su misión: “Derribaré todos y cada uno de los muros que se ciernen sobre la economía japonesa y trazaré una nueva trayectoria de crecimiento. Esta es precisamente la misión de la Abeconomia” (2017).

Ahora que Abe ha dimitido, ¿se puede decir que lo que califique de mezcla keynesiana/neoliberal de la Abeconomia, ha funcionado a la hora de impulsar el capitalismo japonés? Es una pregunta interesante, porque la Abeconomia combinó todas las propuestas de política de la teoría economica dominante en una y sus tres flechas fueron elogiadas por los economistas neoclásicos y keynesianos por igual. Así que Japón ha sido el modelo de laboratorio perfecto para comprobar la eficacia de la política económica dominante a la hora de lograr un crecimiento sostenido de la producción, los ingresos y el empleo.

Así que empecemos por considerar los resultados de referencia del propio gobierno de Abe para medir su éxito, tal y como se describe en el documento de progreso económico de la Abeconomia: a saber, el PIB nominal, el desempleo; la inflación; y las ganancias.

El PIB nominal era de 495 billones de yuanes a finales de 2012, cuando Abe asumió el cargo. Estableció el objetivo para su gobierno de llevar la economía de Japón a los 600 billones de yuanes. ¿Qué alcanzó antes de que estallara el COVID-19? El PIB nominal alcanzó los 560 billones de yuanes a finales de 2019, un aumento de alrededor del 2% anual. La evolución del PIB real fue aún peor, un promedio anual de solo 1.2%, casi el peor de las economías del G7, aunque en Italia fue aún peor.

Las razones por las que la Abeconomia no logró cumplir su objetivo de crecimiento y, en cambio, Japón continuó con su trayectoria de bajo crecimiento y estancamiento son múltiples. Primero, la población de Japón ha ido disminuyendo. Durante los últimos 15 años, la tasa de natalidad de Japón ha estado por debajo de su tasa de mortalidad.

De modo que la población «natural» (es decir, excluida la inmigración) ha caído.

Por lo tanto, el aumento de la producción nacional solo podría provenir de un mayor empleo y del crecimiento de la productividad. Bajo Abe, hubo un aumento del empleo (4 millones), principalmente por un crecimiento del empleo femenino (3 millones), pero Japón se ha quedado rezagado respecto al resto del mundo en esta expansión. Irónicamente, esto explica por qué la tasa de desempleo cayó bajo Abe del 4% a menos del 2,5% en 2019 antes de la pandemia. La población japonesa en edad de trabajar cayó de los 80,6 millones de personas a 75,1, mientras que el empleo aumentó. Y por consiguiente, la tasa de desempleo cayó.

Pero la mayoría de los nuevos empleados son mujeres y personas mayores que están asumiendo trabajos de asistencia sanitaria y social, temporales y a tiempo parcial, el extremo inferior del mercado salarial. Más de un tercio de la fuerza laboral japonesa está trabajando en empleos no regulares, incluido un número creciente de personas mayores que se han convertido en trabajadores por contrato o temporales después de la jubilación. El empleo puede haber aumentado bajo Abe y el desempleo ha disminuido, pero los salarios reales y el consumo de los hogares no han mejorado en absoluto. Los salarios reales han caído con Abe.

Fuente: Oficina del Gabinete, cálculos del autor.

Mientras que el consumo de los hogares (lo que obtienes por tu salario) prácticamente se ha estancado (solo un 0,3% al año).

En general, los trabajadores japoneses están gastando un promedio de un 11 por ciento más de tiempo para ganar el mismo salario que llevaban a casa hace unos 20 años, y algunos están trabajando además horas extra no remuneradas. Muchos trabajadores tienen que tener dos o más trabajos para llegar a fin de mes. Algunas personas trabajan 70 horas a la semana en varios trabajos. Según la investigación de Lancers, unos 4,5 millones de trabajadores a tiempo completo en Japón tienen un segundo empleo, donde trabajan, en promedio, entre seis y 14 horas adicionales cada semana, además de las horas extra que registran en su trabajo principal; un pequeño número de ellos trabajan hasta 30 o 40 horas a la semana en sus segundos trabajos. Bajo Abe, las horas de trabajo anuales promedio por empleado disminuyeron, pero solo porque muchos de los nuevos trabajadores lo eran a tiempo parcial o temporales, y las horas trabajadas anualmente de Japón siguen siendo una de las más altas del mundo.

A diferencia del Reino Unido o incluso de Alemania, la inmigración neta no ha impulsado el empleo en Japón. Por lo tanto, la otra razón por la que Abe nunca logró su objetivo de relanzar el crecimiento económico japonés fue el bajo crecimiento de la productividad del trabajo. Japón ocupa el vigésimo primer lugar en productividad laboral de las 36 naciones de la OCDE. La productividad laboral por hora de Japón en 2018 fue de $ 46,8 (equivalente en poder adquisitivo a ¥ 4.744); esto es menos de la mitad del nivel de $ 102,3 en Irlanda y aproximadamente un 60% del nivel de $ 74,7 en los Estados Unidos.

La productividad laboral por hora y per cápita de Japón está por encima del 60% del nivel en los Estados Unidos. Y la brecha que separa a los dos países se ha ido ampliando de manera constante, en comparación con aproximadamente el 70% en 2000 y el 65% en 2010.

Y recuerde, el crecimiento de la productividad en Estados Unidos también ha sido muy bajo desde el final de la Gran Recesión, como lo ha sido en todas las economías avanzadas. En consecuencia, los resultados de Japón sonparticularmente malos.

Y la razón de ello es evidente. La inversión empresarial nacional aumentó solo un poco por encima del 1% anual con Abe. Las corporaciones japonesas no invirtieron mucho para impulsar la productividad, y la productividad languideció. La inversión de capital en relación al % del PIB aumentó del 23,2% en 2013 al 24,2% en 2018, pero ese aumento todavía estaba por debajo del período anterior a la Gran Recesión.

Eso fue a pesar de que Abe intentó desde el principio aumentar la rentabilidad del capital japonés. Ha sido el único objetivo en el que la Abeconomia ha funcionado: aumentar los beneficios empresariales. Como escribí en 2012, el verdadero propósito de la Abeconomia era aumentar la rentabilidad del capitalismo japonés, a expensas de los trabajadores. Esa fue la tercera flecha de la Abeconomia: los llamamientos a las ‘reformas estructurales’, es decir, la reducción del coste de producción mediante la desregulación del mercado laboral, la privatización y la reducción de impuestos sobre las ganancias, etc. Estas medidas tenían como objetivo ayudar a impulsar la tasa de explotación y la rentabilidad del capital en Japón. Abe recortó drásticamente los impuestos a las ganancias corporativas, al estilo Trump

y aumentó las contribuciones a la seguridad social de los empleados para reducir la carga para los empleadores.

El resultado fue un cambio en la participación de las rentas salariales en el ingreso nacional a favor de las rentas de capital. Las ganancias corporativas se duplicaron bajo Abe de 2013 a 2018, pero luego retrocedieron en 2019 cuando la economía japonesa se encaminó a la recesión.

Aun así, la Abeconomia no logró restaurar la rentabilidad del capital ni siquiera a los niveles anteriores a la Gran Recesión. Y aquí radica la causa subyacente del fracaso de la Abeconomia, a pesar de las esperanzas y expectativas de la teoría económica dominante/keynesiana.

* Esta medición de la tasa de retorno se compila a partir de la serie IRR de las Penn World Tables 9.1 con una actualización estimada para 2018 y 2019 utilizando la base de datos AMECO en NRR.

¿Y qué pasa con el objetivo político clave de recuperar un nivel de inflación en la economía de alrededor del 2% anual? La tasa de inflación anual promedió solo es del 0,8%. Así que la primera flecha de la Abeconomia, las inyecciones monetarias, la flexibilización cuantitativa, etc. ha fracasado estrepitosamente incluso en sus propios términos.

¿Y qué hay del objetivo de reducir los déficits presupuestarios y los niveles de deuda del sector público y depender más de los impuestos que de la emisión de deuda? Con Abe el gobierno siguió teniendo déficits presupuestarios (aunque reduciéndolos) y el ratio de deuda pública siguió aumentando, aunque más lentamente. Por lo tanto, la dependencia de los préstamos (la deuda como parte del gasto) retrocedió, hasta que llegó el COVID-19. Pero todo este estímulo fiscal no evitó que Japón volviera a caer en recesión en 2019. Fracaso de la segunda flecha de la Abeconomia.

Antes de que Abe dimitiera, su gobierno aprobó un presupuesto suplementario para el año fiscal 2020 para incluir la entrega de 100.000 yenes en efectivo para todos los residentes. Esto ha elevado la tasa de dependencia de los bonos al 45,4%. Esto llevará la emisión de bonos del gobierno japonés a un récord de 58,2 billones de yenes en el año fiscal 2020. La ratio se está acercando al nivel de más del 50% de la Gran Recesión.

Michael Roberts es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajado 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession. 

https://kaosenlared.net/un-balance-de-la-politica-economica-de-abe-shinzo-ex-primer-ministro-de-japon/ 

  • 20.32.-Este gran malentendido que inspiró nuestras relaciones con ChinaNICOLAS COLIN
  • Trump y el ataque de los anarquistas invisibles PAUL KRUGMAN

CRÓNICO. Para muchos en Occidente, la apertura del país iría inevitablemente acompañada de democratización. Para el liderazgo chino, por otro lado, era solo una forma de acelerar el desarrollo del país y consolidar el poder del Partido Comunista.

El líder chino Deng Xiaoping y el presidente estadounidense Jimmy Carter, en la Casa Blanca en enero de 1979. (AP/SIPA)

Pensar en China siempre ha sido un ejercicio difícil. Este país es lejano, inmenso e impenetrable en muchos sentidos: porque es difícil dominar el idioma y porque el acceso a su territorio siempre ha estado estrictamente regulado para la mayoría de los occidentales, hasta el siglo XIX. Porque China estaba cerrada en principio, luego desde 1949 por pertenecer al bloque comunista.

31 ago 2020.- El redescubrimiento de China se remonta a 1972, cuando el presidente estadounidense Richard Nixon y su secretario de Estado Henry Kissinger viajaron a Beijing para conversar con Mao Zedong y su primer ministro Zhou Enlai. Este viaje sin precedentes había asombrado al mundo entero. Pero los especialistas en relaciones internacionales rápidamente vieron los motivos ocultos. Como diplomático experimentado, Kissinger había observado durante mucho tiempo el malentendido entre China y la Unión Soviética. Dar un paso en la dirección del liderazgo chino aisló y debilitó a Moscú.

Este primer paso no se siguió de inmediato. Para que China finalmente se abra y despierte, no fue hasta la muerte de Mao y la llegada al poder de Deng Xiaoping, quien entendió que el acercamiento con Occidente era una forma de acelerar el desarrollo del China e, indirectamente, para preservar y fortalecer la posición del Partido Comunista en la sociedad.

De ahí data el malentendido que ha inspirado nuestras relaciones con China hasta hace poco. Para muchos occidentales, la apertura de China fue un proceso irreversible que, tarde o temprano, inevitablemente iría acompañado de una democratización de la sociedad y una occidentalización del pensamiento y de las costumbres en la mayoría de los casos. Países desarrollados. Para el liderazgo chino, por otro lado, era simplemente la forma más efectiva de hacer funcionar el motor del desarrollo a toda velocidad y así asegurar la estabilidad que permitiría al Partido Comunista consolidar su legitimidad y poder en China y en el mundo. – vista de su vecindario – incluso, por supuesto, en territorios con estatus híbrido o en disputa como Hong Kong o Taiwán.

Vicio cognitivo

Este gran malentendido explica el fenómeno de la disonancia cognitiva del que son víctimas todos aquellos que buscan mirar más de cerca a China. Por un lado, a todos nos fascina su destreza en términos de desarrollo económico y la extraordinaria oportunidad que representa: un campeón francés como LVMH debe buena parte de su éxito durante tres décadas a su temprana participación en el mercado chino. ! Pero, por otro lado, todavía nos sorprende que nada vaya según lo planeado en el frente político.

Deng Xiaoping, el mismo que se presenta (con razón) como el padre del milagro económico chino, es también el líder que ordenó la brutal represión de las manifestaciones estudiantiles en la Plaza de Tiananmen en 1989. Y desde su llegada a la poder de Xi Jinping en 2012, el régimen parece volverse cada vez más autoritario, no más democrático.

La disonancia se ha hecho evidente en estos días en gran parte debido a Donald Trump. Desde que llegó a la Casa Blanca en 2017, ha estado decidido a «desacoplar» la economía estadounidense de la economía china. Su preocupación no es la naturaleza del régimen, que a Trump no le importa. En su mayor parte, simplemente tiene una desconfianza fundamental en el resto del mundo y piensa que Estados Unidos debería confiar en sí mismo.

Cualquiera que sea su motivación, las acciones de Trump tienen consecuencias para nuestra percepción de China. Debido a que la dependencia económica de Estados Unidos de él disminuye, los comentaristas se sienten más libres para criticar las prácticas del régimen chino. Y debido a que estas críticas ahora se expresan de frente en la prensa occidental, Beijing está respondiendo endureciendo aún más sus prácticas con respecto al resto del mundo, así como a la propia China.

No es seguro que hayamos ganado en el intercambio. Por supuesto, nos estamos liberando gradualmente de este agarre cognitivo que nos impide pensar en China y describirla como es. Pero al mismo tiempo, nos estamos privando de oportunidades futuras para interactuar y comprender mejor este gran país. La Guerra Fría con China es similar en esto a la que durante mucho tiempo nos ha enfrentado a la Unión Soviética: nacida de la oposición ideológica y la incomprensión cultural, podría degenerar rápidamente en un conflicto abierto y en un factor importante de desestabilización en Europa. Escala global.

https://www.nouvelobs.com/chroniques/20200831.OBS32710/ce-grand-malentendu-qui-a-inspire-nos-relations-avec-la-chine.html

20.32.-Trump y el ataque de los anarquistas invisibles PAUL KRUGMAN

No está claro que la mentira del presidente respecto a la oleada de violencia le sirva para ganar las elecciones

Un operario limpia una mesa de una terraza casi vacía en Times Square a finales de junio. CARLO ALLEGRI / REUTERS

El jueves me recorrí a pie buena parte de Manhattan, ida y vuelta. (¿Por qué están todas las consultas de médicos en el East Side?). Hacía un día precioso, y la ciudad se veía animada: las tiendas estaban abiertas, había gente tomando café en las terrazas que han proliferado durante la pandemia, y Central Park estaba lleno de corredores y ciclistas. Pero debo de habérmelo imaginado, porque Donald Trump me asegura que Nueva York está plagada de “anarquía, violencia y destrucción”.

4 sep 2020.- Solo quedan dos meses de campaña presidencial, y evidentemente, Trump ha decidido que no puede presentarse con su propio currículo ni atacar eficazmente a Joe Biden. De modo que arremete contra los anarquistas que, insiste, dominan en secreto el Partido Demócrata y arruinan las ciudades estadounidenses.

No hay mucho que decir acerca de la afirmación de Trump sobre que hay personas “en las oscuras sombras” que controlan a Biden, y que esa misteriosa gente vestida de negro amenaza a los republicanos, excepto que hasta hace poco habría sido inconcebible que un político de un partido importante se embarcase en este tipo de teorías de la conspiración. Sí se puede decir algo más acerca de sus afirmaciones sobre la violencia y la destrucción descontroladas en las “jurisdicciones anarquistas”, y es que guardan poca semejanza con una realidad mayormente pacífica.

Pero los anarquistas invisibles son lo único que le queda a Trump. Para entender por qué, hablemos de los verdaderos problemas: la pandemia y la economía. Hace unos meses, la campaña de Trump esperaba haber dejado atrás el coronavirus. Pero el virus se ha negado a cooperar. Y no solo porque la desescalada prematura provocó una segunda oleada enorme de contagios y fallecimientos. Igual de importante, desde un punto de vista político, ha sido la expansión geográfica de la covid-19.

Al principio de la pandemia, se podía describir la covid-19 como un problema de las grandes ciudades y los Estados demócratas; a los votantes de las zonas rurales y de los Estados republicanos les resultaba más fácil negar la amenaza, en parte porque tenían menos probabilidades de conocer a personas que hubieran contraído la enfermedad. Pero la segunda oleada de contagios y fallecimientos se ha concentrado en los Estados del Cinturón del Sol.

Y aunque la epidemia remite lentamente en esta zona ahora que las Administraciones estatales y locales han hecho lo que Trump no quería que hicieran —cerrar bares, prohibir las reuniones de muchas personas e imponer la obligatoriedad de las mascarillas— parece que ahora se está extendiendo por el Medio Oeste. Lo que significa es que el día de las elecciones casi todos los estadounidenses conocerán a alguien que ha padecido el virus, y sabrán también que las repetidas promesas de Trump de que desaparecería sin más eran falsas.

En lo que respecta a la economía, todo indica que el rápido repunte de mayo y junio se ha aplanado, y el desempleo sigue en niveles muy altos. Es probable que el próximo informe sobre el empleo muestre que la economía sigue creando puestos de trabajo [se conoció el pasado viernes que el paro bajó al 8,4%], pero nada parecido a la “superrecuperación en V” de la que Trump sigue jactándose. Y solo habrá un informe más sobre el mercado de trabajo antes de las elecciones.

Es más, la política de la economía no depende tanto de lo que dicen las cifras oficiales como de lo que siente la población. La confianza de los consumidores sigue siendo baja. Las valoraciones de las empresas que han respondido a la encuesta de la Reserva Federal varían de poco entusiastas a sombrías. Trump no va a poder subirse al carro de la expansión económica para ganar las elecciones.

Por eso necesita atacar a esos anarquistas invisibles. Es cierto que ha habido saqueos, daños a inmuebles y violencia durante las manifestaciones del movimiento Black Lives Matter. Pero los daños materiales han sido insignificantes comparados con las revueltas urbanas del pasado —no, Portland no está “todo el tiempo en llamas— y buena parte de la violencia no procede de la izquierda sino de la extrema derecha.

Y también es cierto que recientemente ha habido un aumento de los homicidios, y nadie sabe con seguridad por qué. Pero el número de asesinatos el año pasado fue muy bajo, e incluso si se mantuviera la tasa de lo que va de año, la ciudad de Nueva York registrará muchos menos homicidios en 2020 que cuando Rudy Giuliani era alcalde.

En resumen, la única oleada de anarquía y violencia es la que ha desatado el propio Trump. Pero, ¿es posible que los votantes se dejen convencer por las excéntricas fantasías del presidente? El hecho es que sí es una posibilidad. Por la razón que sea, existe una larga historia de desconexión entre la realidad de la delincuencia y las percepciones de los ciudadanos. Según el Pew Research Center, la cifra de delitos violentos en EE UU se desplomó entre 1993 y 2018; los homicidios en Nueva York cayeron más del 80%. Así y todo, durante ese periodo los estadounidenses respondían sistemáticamente a los entrevistadores que la criminalidad estaba aumentando. Y con una bajada tan pronunciada de los viajes y el turismo, que impide a los ciudadanos ver la realidad de otros lugares con sus propios ojos, a Trump podría resultarle especialmente fácil pretender que las grandes ciudades se han convertido en distópicos paisajes infernales.

Lo que no está tan claro es si esa mentira le ayudará, aunque la población la crea. “EE UU se ha ido al infierno durante mi mandato, por eso debéis reelegirme” no es el mejor lema de campaña que se me ocurre.

Y las encuestas dan a entender que, efectivamente, el miedo no es amigo del presidente. Por ejemplo, en un nuevo sondeo de la Universidad de Quinnipiac, los entrevistados declaraban por un amplio margen que tener a Trump de presidente les hacía sentirse menos seguros. Las reacciones a Biden eran mucho más favorables. Con eso y todo, cuenten con que Trump seguirá despotricando contra esos anarquistas invisibles. Son lo único que le queda.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2020. Traducción de News Clips

https://elpais.com/economia/2020-09-04/trump-y-el-ataque-de-los-anarquistas-invisibles.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART 

  • 20.31.-Si Biden rechaza a su base progresista, cantará victoria TrumpAMY GOODMAN – DENIS MOYNIHAN 
  • Las acciones de Wall Street suben después de que la Fed anunciara un enfoque suave a la inflación LARRY ELLIOTT
  • Abril, el mes más cruel de Donald TrumpPAUL KRUGMAN
Fuentes: Democracy Now!

¿Va el Partido Demócrata a desdeñar las demandas de su ala progresista más joven y cada vez más diversa? Lo va a intentar.

Este martes, la Convención Nacional Demócrata oficializó a Joe Biden como candidato presidencial del Partido Demócrata para las elecciones de noviembre.

22 ago 2020.- Durante la votación nominal, efectuada de forma virtual a causa de la pandemia, representantes de 57 estados y territorios estadounidenses declararon sus totales de delegados para Bernie Sanders y Joe Biden, cada uno desde un entorno icónico que destacaba su región. Los delegados indígenas estadounidenses de Dakota del Norte, Dakota del Sur y Nuevo México saludaron a los espectadores en sus lenguas nativas. Delegados afroestadounidenses hablaron desde la Plaza Black Lives Matter en Washington DC y el Puente Edmund Pettus en Selma, Alabama.

Sin embargo, la espectacular celebración de la diversidad del Partido Demócrata también destacó la fractura entre la dirigencia del partido, de posturas centristas, y el ala progresista emergente. Sí, todas las delegaciones declararon con entusiasmo a Joe Biden “el próximo presidente de Estados Unidos”. No obstante, el total de delegados de Bernie Sanders de 1.151, en comparación con los 3.558 de Biden, indica la persistencia de una división ideológica significativa.

Dos voces del ala progresista tuvieron la oportunidad de expresarse durante algunos minutos de transmisión en el programa del martes por la noche: la congresista Alexandria Ocasio-Cortéz y el activista a favor de Medicare para todos Ady Barkan.

Ocasio-Cortéz, más conocida como “AOC”, transformó la política del Partido Demócrata con su sorpresiva victoria en las primarias de 2018 contra el poderoso demócrata Joe Crowley, que llevaba diez mandatos en funciones. La victoria de AOC demostró el poder de la organización de base junto con las posiciones políticas progresistas para energizar a un electorado joven y diverso. A Ocasio-Cortéz se le habían concedido 60 segundos para su discurso en la Convención, pero ella habló 90: “Buenas noches, bienvenidos y gracias a todos los que están aquí hoy, esforzándose por construir un futuro mejor y más justo para nuestro país y nuestro mundo. En fidelidad y gratitud al movimiento popular de masas que trabaja para establecer los derechos sociales, económicos y humanos del siglo XXI, incluida la atención médica garantizada, la educación superior, salarios dignos y derechos laborales para todas las personas en Estados Unidos. Un movimiento que se esfuerza por reconocer y reparar las heridas de la injusticia racial, la colonización, la misoginia y la homofobia y proponer, construir y reimaginar sistemas de inmigración y política exterior que se alejen de la violencia y xenofobia de nuestro pasado; un movimiento que se da cuenta de la brutalidad insostenible de un sistema económico que recompensa las explosivas desigualdades de la riqueza para unos pocos a expensas de la estabilidad a largo plazo para muchos, y que organizó una histórica campaña de base para recuperar nuestra democracia, en una época en la que millones de personas en Estados Unidos estamos buscando soluciones profundas y sistémicas para nuestras crisis de desalojos masivos, desempleo y falta de atención médica”.

La declaración de Ady Barkan también fue pregrabada, pero por otra razón: se está muriendo de esclerosis lateral amiotrófica. Barkan, abogado y activista israelí-estadounidense formado en Yale, fue diagnosticado con esa enfermedad en 2016 a la edad de 32 años y sufrió una creciente degeneración nerviosa, atrofia muscular y parálisis. Ya no puede hablar, por lo que redacta sus discursos con anticipación, utilizando una voz sintética de computadora: “En medio de una pandemia, casi cien millones de estadounidenses no cuentan con cobertura médica suficiente. E incluso un buen seguro de salud no cubre necesidades esenciales como como tratamientos a largo plazo. Nuestros seres queridos están muriendo en hogares de ancianos inseguros, el personal de enfermería está abrumado y desprotegido y nuestros trabajadores esenciales son tratados como prescindibles. Vivimos en el país más rico que existe. Y aun así no logramos garantizar este derecho humano básico. Todas las personas que viven en Estados Unidos deben recibir la atención médica que necesitan, independientemente de su situación laboral o su capacidad de pago”.

Ady Barkan abogó por Medicare para todos sin nombrarlo, aunque por lo general lo hace, tal vez porque Joe Biden prometió que, de llegar a ser presidente, iba a vetar cualquier proyecto de ley de Medicare para todos que llegara a su escritorio. Poco después de que se transmitiera su discurso pregrabado, Barkan tuiteó: “Necesitamos elegir a Joe Biden para dar el siguiente paso hacia el programa Medicare para todos. ¿Y después del 4 de noviembre? Vamos a poner un proyecto de Ley en su escritorio”, tuiteó Barkan.

¿Va el Partido Demócrata a desdeñar las demandas de su ala progresista más joven y cada vez más diversa? Lo va a intentar.

Esta semana el Comité Nacional Demócrata retiró silenciosamente de la plataforma partidaria su compromiso de eliminar los subsidios y las exenciones fiscales para la industria de los combustibles fósiles y declaró que había aparecido en el borrador de la plataforma de este año “por error”, a pesar de aparecer en la plataforma de 2016 y contar con el apoyo de Biden y su compañera de fórmula, la candidata a la vicepresidencia Kamala Harris.

También esta semana, la campaña de Biden denunció a la respetada activista musulmana de origen palestino-estadounidense Linda Sarsour, después de que ella saliera en la transmisión en vivo de la Asamblea de Delegados Musulmanes y Aliados, un evento paralelo a la Convención Nacional Demócrata. Sarsour ha luchado públicamente contra el racismo, la xenofobia, la islamofobia y el antisemitismo. También apoya el movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) a favor de los derechos de los palestinos. Un portavoz de Biden afirmó que este “obviamente condena los puntos de vista [de Sarsour] y se opone al movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones”.

Ady Barkan utilizó su cuenta de Twitter para solidarizarse con Sarsour: “Digo esto como judío y ciudadano israelí… la campaña de Biden emitió una declaración vil y deshonesta contra mi amada hermana Linda Sarsour, una firme defensora de la justicia y la libertad, así como una líder en la lucha contra el racismo y el antisemitismo. La campaña de Biden debe retractarse y ofrecerle disculpas”, tuiteó.

Si Joe Biden ignora, desmoraliza o se aparta activamente de su base progresista, podría allanar el camino para otra victoria de Donald Trump, en lo que el intelectual Noam Chomsky ha llamado “la elección más crucial en la historia de la humanidad”.

Traducción al español del texto en inglés: Inés Coira. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org

Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 800 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 450 en español. Es co-autora del libro “Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos”, editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

https://rebelion.org/si-biden-rechaza-a-su-base-progresista-cantara-victoria-trump/

20.31.-Las acciones de Wall Street suben después de que la Fed anunciara un enfoque suave a la inflación LARRY ELLIOTT

El presidente Jerome Powell dice que se permitirá que la inflación suba por encima del 2% para impulsar el empleo

Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, dice que el plan tiene como objetivo evitar la «dinámica adversa» de la caída de las expectativas de precios que arrastra la inflación hacia abajo. Fotografía: Eric Baradat / AFP / Getty Images 

Los precios de las acciones en Wall Street subieron a un nuevo máximo después de que el director del banco central de EE. UU. Allanara el camino para años de políticas más favorables al crecimiento al suavizar su enfoque de la inflación.

27 ago 2020.- Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, dijo que él y sus colegas políticos en Washington acordaron unánimemente que se permitiría que la inflación se eleve por encima de su objetivo del 2% durante algún tiempo para impulsar el empleo.

En una clara indicación de la determinación del banco central más poderoso del mundo de evitar la lucha de una década de Japón contra la deflación, Powell dijo que la persistente falta de inflación en los últimos años era motivo de preocupación y corría el riesgo de un ciclo en el que la expectativa de caída de precios arrastró la tasa real de inflación hacia abajo.

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“Hemos visto esta dinámica adversa desarrollarse en otras economías importantes de todo el mundo y hemos aprendido que una vez que se establece, puede ser muy difícil de superar”, dijo Powell en un discurso ante el simposio del banco central de Jackson Hole, que se celebró virtualmente este año como resultado de Covid-19. «Queremos hacer todo lo posible para evitar que esa dinámica suceda aquí».

El nuevo enfoque de la Fed significa que incluso si la inflación comienza a subir, no tomará medidas, como aumentar las tasas de interés o vender activos, que desacelerarían la economía. En cambio, podrá estimular la actividad durante más tiempo para crear puestos de trabajo.

Los mercados financieros respondieron a los comentarios ampliamente esperados de Powell. El promedio industrial Dow Jones se volvió positivo para 2020 por primera vez desde marzo, mientras que los índices S&P y Nasdaq alcanzaron nuevos picos.

Los comentarios de Powell se produjeron cuando los datos mostraron que el número de nuevas solicitudes de desempleo presentadas en Estados Unidos la semana pasada se redujo en 98.000, pero se mantuvo por encima del nivel de un millón en 1.006.000. Cifras separadas mostraron que la depresión económica de Estados Unidos en el segundo trimestre de 2020 fue un poco menos severa de lo que se temía originalmente. La caída anualizada del 31,7% fue menor en comparación con la caída del 32,9% estimada a fines de julio, pero siguió siendo la más pronunciada registrada.

Una declaración de política emitida por la Fed dijo que trataría de garantizar que la inflación promediara el 2% a lo largo del tiempo. Powell dijo que esto significa que después de períodos en los que la inflación ha estado por debajo del 2%, la política adecuada sería lograr una inflación «moderadamente por encima del 2% durante algún tiempo».

Añadió: «Nuestra declaración revisada refleja nuestra apreciación por los beneficios de un mercado laboral fuerte, particularmente para muchas comunidades de ingresos bajos y moderados, y que un mercado laboral sólido puede mantenerse sin causar un aumento no deseado de la inflación».

Candice Bangsund, vicepresidenta y administradora de cartera de Fiera Capital, dijo: “Esta visión más relajada de la inflación reforzará la idea de que las tasas permanecerán fijadas en estos niveles mínimos durante un período prolongado, lo que será fundamental para guiar la economía hacia atrás a la salud y actuando como una fuente clave de apoyo para los activos de riesgo en general «.

Paul Ashworth, economista estadounidense de Capital Economics, dijo que con las tasas de interés ya tan bajas, la Fed tendría dificultades para llevar la inflación al 2% y mucho menos aún más. Añadió que otro cambio importante era que la Fed ahora interpretaría su objetivo máximo de empleo como un «objetivo amplio e inclusivo», lo que sugería que, en lugar de centrarse únicamente en la tasa de desempleo agregada, los funcionarios también tendrían en cuenta explícitamente qué tan bajo Los participantes en el mercado laboral de ingresos y minorías estaban pasando.

https://www.theguardian.com/business/2020/aug/27/wall-street-shares-rise-after-fed-announces-soft-approach-to-inflation

20.31.-Abril, el mes más cruel de Donald Trump PAUL KRUGMAN

Al abandonar la lucha contra el virus en primavera se ha impedido que los niños retomen el curso en otoño

Manifestantes apoyan al presidente Donald Trump frente al Capitolio de Michigan el pasado 15 de abril

El miércoles, el vicepresidente Mike Pence nos vendía una extraordinaria fantasía acerca de cómo ha gestionado Donald Trump el coronavirus. El relato de liderazgo heroico y decisivo que hizo Pence difería tanto de la realidad que prácticamente las únicas palabras pronunciadas que no eran mentira fueron “un”, “y” y “el”. Y ciertamente, la mayoría de los medios de comunicación han señalado las falsedades.

28 ago 2020.- Sin embargo, lo que yo creo que falta en buena parte de los comentarios sobre el carnaval republicano de desinformación es reconocer que el peor momento para Trump no fue el brote inicial de covid-19, sino semanas después, cuando el presidente hizo todo lo posible por empujar a Estados Unidos a una desescalada temeraria… y sin mascarilla. Y está haciéndolo otra vez. Uno tras otro, los ponentes en la Convención Nacional Republicana que mencionaron la covid-19 lo hicieron en pasado. Su no tan sutil mensaje era que la pandemia está superada. Pero no lo está, y el Gobierno de Trump sigue sin proteger a los ciudadanos estadounidenses.

Si tuviera que escoger un día concreto en el que Estados Unidos perdió la batalla contra el coronavirus, diría que el 17 de abril. Fue el día en el que Trump proclamó su apoyo a las turbas —algunas armadas— que proferían amenazas contra los Gobiernos de los Estados demócratas y les exigían que pusieran fin al distanciamiento social. “LIBERAD MINNESOTA”, tuiteaba el presidente, seguido de “LIBERAD MICHIGAN” y “LIBERAD VIRGINIA y salvad vuestra gran segunda enmienda”. (Esta última parte se parece terriblemente a una incitación a la insurrección armada).

Al hacer esto, Trump, impaciente por ver unas buenas cifras económicas, prefirió desoír las advertencias que hacían los expertos sanitarios de que retomar la actividad económica habitual haría que los contagios volvieran a dispararse. Y aunque los gobernadores demócratas hicieron en gran medida caso omiso de sus pullas, muchos gobernadores republicanos se apresuraron a levantar las restricciones impuestas a restaurantes, bares e incluso gimnasios. La consecuencia ha sido una monumental catástrofe nacional.

Igual que sucedió en los primeros días de la pandemia, Trump y su círculo perdieron semanas cruciales poniendo en duda la evidencia y negándose a tomar medidas. El 16 de junio, Mike Pence escribía en una tribuna de opinión que no había “segunda ola” de coronavirus (spoiler: sí la había). Cuatro días después, Trump celebraba otro mitin en un espacio cerrado de Tulsa, sin distanciamiento físico y con muy pocos asistentes llevando mascarilla, en un claro intento de transmitir la sensación de que todo iba bien.

Pero desde luego, las cosas no iban bien. Una buena manera de ver lo bien que no iban es esta: el día que Trump emitió sus exigencias de LIBERTAD, habían fallecido a causa de la covid-19 unos 33.000 estadounidenses. El total ronda ahora los 180.000. Es decir, la inmensa mayoría de los fallecimientos por covid-19 en Estados Unidos han tenido lugar desde que Trump intentó efectivamente dar la señal de que el peligro había pasado.

Para ser justos, algunas de esas muertes añadidas se habrían producido seguramente aunque Trump hubiera hecho lo que debía hacer: instar a los Estados a imponer y mantener límites estrictos a las reuniones en lugares cerrados, exigir el distanciamiento social, animar a los estadounidenses a llevar mascarilla en lugar de ridiculizar esta práctica, etcétera. Pero muchos de los fallecimientos, quizá la mayoría, podrían haberse evitado.

Es más, el precio pagado por la irresponsabilidad de Trump no se ha quedado meramente en la innecesaria pérdida de vidas y en las secuelas para la salud a largo plazo que, como parece cada vez más probable, afectarán a muchos de los que han superado la covid-19. La recuperación económica prometida también se está quedando corta. La desescalada dio pie a un breve aumento de las reincorporaciones al trabajo, pero ahora la mayoría de los Estados han frenado o dado marcha atrás a la reapertura y el aumento del empleo parece haberse ralentizado drásticamente.

Y luego están las consecuencias en la enseñanza. Al abandonar la lucha contra el coronavirus en primavera, Trump y compañía han impedido que los niños del país retomen algo parecido a un año escolar normal en el otoño.

Alemania, cuya respuesta a la covid-19 ha sido infinitamente mejor que la nuestra, ha logrado reabrir sus colegios más o menos con normalidad, realizando pruebas de detección constantes y tomando medidas rápidas para contener posibles brotes. Para Estados Unidos, este es un sueño imposible, y el daño que le estamos haciendo a la enseñanza básica afectará negativamente al país en las próximas décadas.

Ahora bien, la situación en Estados Unidos parece haber mejorado un poco en las últimas dos semanas, pero una vuelta a la política irresponsable podría dar al traste con estas frágiles mejoras. Y Trump y compañía parecen no haber perdido su empeño en hacer lo que no conviene.

Y no se trata solo de los discursos en la Convención Nacional Republicana. Los leales de Trump están volviendo a vender curas milagrosas, hasta el punto de que la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA por sus siglas en inglés) está haciendo declaraciones sobre las virtudes del tratamiento con plasma sanguíneo que han desconcertado a los expertos. Y el miércoles, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades planteaban la sugerencia alarmantemente irresponsable de que las personas sin síntomas de covid-19 se abstuvieran de hacerse la prueba.

Todo indica que los trumpistas quieren hacer ahora lo mismo que han hecho ya otras dos veces: enfrentarse a una pandemia mortal fingiendo que no existe o que ya está desapareciendo. Y, definitivamente, la tercera no será la vencida.

https://elpais.com/economia/2020-08-28/abril-el-mes-mas-cruel-de-donald-trump.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART 

  • 20.30.-Se disparan las Bolsas… y la miseria PAUL KRUGMAN
  • 20.30.-«Capital e ideología», de Thomas Piketty: Un planteo radical y utópico, pero sustentado en datos MARTÍN NARBONDO

Los precios bursátiles están bastante desconectados de cosas como el empleo o incluso el producto interior bruto

Sede de la Bolsa de Nueva York. JOHANNES EISELE / GETTY IMAGES 

El martes, el índice bursátil S&P 500 alcanzaba un máximo histórico. Al día siguiente, Apple se convertía en la primera empresa estadounidense con una valoración bursátil superior a los dos billones de dólares. Y cómo no, Donald Trump presenta las Bolsas como prueba de que la economía se ha recuperado del coronavirus; lástima que fallecieran 173.000 estadounidenses, pero como él dice, “es lo que hay”.

21 ago 2020.- Sin embargo, a los millones de trabajadores que aún no han recuperado el empleo y que acaban de sufrir un recorte en las prestaciones, probablemente no les parezca que la economía vaya tan bien. La prestación adicional de 600 dólares semanales aprobada en marzo para los parados ha expirado, y lo que Trump ha propuesto para sustituirla es básicamente una broma de mal gusto.

Incluso antes de que se recortara la ayuda, el número de padres que se quejaban de pasarlo mal para dar de comer a sus hijos aumentaba a toda velocidad. Y seguramente, esa cifra va a dispararse en las próximas semanas. Además, estamos a punto de ver una enorme oleada de desahucios, porque las familias ya no ingresan dinero suficiente para pagar el alquiler y porque, al igual que las prestaciones complementarias por desempleo, la prohibición temporal de los desahucios acaba de expirar.

¿Pero cómo es posible que exista semejante desconexión entre los precios bursátiles en alza y este aumento de la penuria? Los tipos de Wall Street, a los que les encantan las sopas de letras, hablan de una “recuperación en forma de K”: subida de los valores bursátiles y de la riqueza individual en la parte superior, y bajada de los ingresos y agravamiento del sufrimiento en la inferior. Pero eso es solo una descripción, no una explicación. ¿Qué está sucediendo?

Lo primero que debemos señalar es que la economía real, a diferencia de los mercados financieros, sigue en muy mal estado. El índice económico semanal publicado por la Reserva Federal da a entender que, a pesar de haber tocado fondo hace ya unos meses, la economía sigue estando más profundamente deprimida que en cualquier momento de la crisis de 2008. Y esta vez, las pérdidas de empleo se concentran entre los trabajadores peor remunerados, es decir, aquellos estadounidenses que carecen de recursos económicos.

¿Y qué hay de las Bolsas? Lo cierto es que las cotizaciones bursátiles nunca han estado estrechamente ligadas al estado de la economía. Como dice un viejo chiste de economistas, el mercado ha pronosticado nueve de las últimas cinco recesiones.

Es verdad que a las Bolsas les afectan las crisis financieras pero los precios bursátiles están bastante desconectados de cosas como el nivel de empleo o incluso el PIB. Y en los tiempos que corren, la desconexión es aún mayor de lo habitual, porque la reciente subida del mercado ha estado guiada por un pequeño número de gigantes tecnológicos. Y los valores bursátiles de estas empresas guardan muy poca relación con los beneficios actuales de las mismas, y mucho menos con el estado de la economía en general. Tienen que ver más bien con las percepciones que los inversores tienen de un futuro bastante distante.

Tomemos como ejemplo Apple y su valoración: tiene aproximadamente una relación precio-beneficio —es decir, la relación entre su valoración bursátil y los beneficios— de 33. Una forma de interpretar esa cifra es que solo en torno a un 3% del valor que los inversores asignan a la empresa refleja la cantidad de dinero que esperan que esta gane a lo largo del próximo año. Mientras prevean que Apple seguirá siendo rentable dentro de varios años, les importa muy poco lo que pueda ocurrir con la economía estadounidense en los próximos trimestres.

Es más, los beneficios que los inversores prevén que Apple obtendrá dentro de unos años influyen especialmente en este caso porque, a fin de cuentas, ¿en qué otra parte van a invertir su dinero? La rentabilidad de la deuda pública estadounidense, por ejemplo, está muy por debajo de la tasa de inflación prevista. Y la valoración bursátil de Apple es de hecho menos extrema que la de otros gigantes tecnológicos, como Amazon o Netflix. De modo que a las acciones de las grandes tecnológicas —y a sus propietarios— les va muy bien porque los inversores creen que obtendrán buenos resultados a largo plazo. La depresión económica importa muy poco.

Por desgracia, los estadounidenses de a pie reciben muy pocos ingresos derivados del incremento del patrimonio, y no pueden vivir de las buenas proyecciones acerca de sus perspectivas futuras. Decirle al casero que no se preocupe por nuestra incapacidad actual de pagar el alquiler, porque sin duda dentro de cinco años tendremos un trabajo buenísimo, no nos llevará a ninguna parte, o más exactamente, servirá para que nos pongan de patitas en la calle.

Así que esta es la situación actual en Estados Unidos: el desempleo es extremadamente elevado en gran medida porque Trump y sus aliados se negaron primero a tomarse en serio el coronavirus y después presionaron para reabrir prematuramente la economía, en un país que no cumplía ninguna de las condiciones para reanudar la actividad. E incluso ahora se niegan a asumir estrategias de protección básicas, como imponer las mascarillas.

A pesar de este fracaso épico, la ayuda federal mantuvo durante meses a flote a los desempleados, y eso permitió evitar una catástrofe tanto humanitaria como económica. Pero ahora esa ayuda ha expirado, y Trump y sus aliados se toman el desastre económico inminente tan poco en serio como se tomaron antes el desastre epidemiológico inminente.

De modo que todo indica que, aunque la pandemia remita, lo cual no está ni mucho menos garantizado, estamos a punto de sufrir un enorme aumento de la pobreza nacional. Pero las Bolsas suben. ¿Por qué, exactamente, tendríamos que preocuparnos?

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2020

https://elpais.com/economia/2020-08-21/se-disparan-las-bolsas-y-la-miseria.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART

20.30.-«Capital e ideología», de Thomas Piketty: Un planteo radical y utópico, pero sustentado en datos MARTÍN NARBONDO

Mientras Francia vive la peor huelga general desde 1995, se discute Capital e Ideología, el nuevo libro de Thomas Piketty, que es optimista sobre «superar el capitalismo» mediante la circulación de la propiedad privada. Pone a la desigualdad como motor de la historia, lo cual ha sido al menos parcialmente corroborado en algunos hechos recientes como los que vive Chile.

8 dic 2019  En 2014, editado por el Fondo de Cultura Económica, se conoció en español el libro El Capital en el siglo XXI, del economista y matemático francés Thomas Piketty (1971), cuya primera edición en francés es de 2013, y cuya versión inglesa fue record de ventas en todo el mundo.

8 dic 2019.- Es un macizo volumen de 664 páginas, dividido en cuatro partes tituladas: “Ingreso y Capital”; “La dinámica de la relación Capital/Ingreso”; “La estructura de la desigualdad”, y “Regular el Capital en el siglo XXI”.

Estas se abren en dieciséis capítulos. Está precedido por un epígrafe significativo: “Las distinciones sociales sólo pueden fundarse en la utilidad común”, que es el artículo primero de la «Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano» de 1789. El libro analiza documentadamente la evolución de la distribución de la riqueza en los tres últimos siglos y formula propuestas para la reducción de la desigualdad a nivel global, ya que ve en su aumento (con la consecuente concentración de la riqueza en los sectores más elevados, particularmente el célebre 1% de la población) un freno al desarrollo de la actividad económica. Se trata de un sólido y documentado trabajo académico, pero también formula tres propuestas: disminuir la desigualdad de ingresos a nivel global; enfatizar en la regulación de los mercados e instaurar un impuesto mundial progresivo sobre el capital, retomando el planteo que formulara en su momento el Premio Nobel de Economía James Tobin.

Se la ha acusado de ser una obra militante lo cual no es un demérito, ya que también lo son libros de autores neoliberales, pero sin duda se trata de una obra “de tesis”. Prueba cabal son, en particular, los capítulos titulados “Repensar el impuesto progresivo sobre el Ingreso” y “Un impuesto mundial sobre el capital”.

 Un escritor torrencial

En octubre de 2015 se conocieron en Uruguay dos nuevos libros de Piketty.

Se trata de “La economía de las desigualdades/Cómo implementar una redistribución justa y eficaz de la riqueza” (Siglo Veintiuno Editores, 2008, 204 págs., trabajo precursor de su opus magnun) y “La Crisis del Capital en el siglo XXI/Crónicas de los años en que el capitalismo se volvió loco” (Siglo Veintiuno Editores, mayo de 2015, 301 págs.).

El segundo libro recopila las columnas que publicó mensualmente en el diario Libération entre setiembre de 2004 y enero de 2012, período marcado por la crisis global desatada en 2007, que originaron la Gran Recesión 2007 – 2010, cuyas consecuencias aún perduran.

Recorre una variada temática que va del rol de los bancos centrales en la crisis global, a temas típicamente franceses y a reiteradas preguntas sobre el rol a cumplir por la Unión Europea que podría “transformarse en la potencia pública continental y en el espacio de soberanía democrática que nos permita retomar el control de un capitalismo mundializado y enloquecido”, o convertirse en un instrumento tecnocrático de la desregulación y la austeridad merkelianas.

Piketty, al contrario de mucho talenteador laureado que infecta el mundo económico, elabora una secuencia perfecta de las crisis recurrentes del sistema capitalista, mencionando la Gran Depresión de 1929, la “estanflación” de los ´70, la “revolución conservadora” de Ronald Reagan y Margaret Thatcher en los ´80, el unilateralismo que siguió a la implosión de la URSS, y la euforia bursátil y el predominio del capital financiero global de los 2000, que llevó a las crisis que aún se prolongan.

Con gran lucidez apunta al principal drama del Viejo Continente: “Europa sufre además una dificultad extra. Su moneda, el euro, y su banco central, el Banco Central Europeo (BCE), fueron concebidos (…) en un momento en que se imaginaba que los bancos centrales tenían como única función mirar pasar el tren, es decir, garantizar que la inflación permaneciera baja y que la masa monetaria aumentase grosso modo al mismo ritmo que la actividad económica”. (…) Así se llegó a crear, por primera vez en la historia, una moneda sin Estado y un banco central sin gobierno”. Pronto el mundo iba a recordar que los bancos centrales son un instrumento indispensable para lograr estabilidad en los mercados cambiarios y financieros, y evitar las depresiones. “Esta rehabilitación del (verdadero) rol de los bancos centrales es la gran lección de las crisis de los últimos años.” Señala con acierto que si los dos mayores bancos centrales del mundo, la Reserva Federal y el BCE no hubieran desarrollado amplias y prolongadas políticas monetarias expansivas  (“muchas docenas de puntos del PIB de cada uno en 2008 y 2009”), “es probable que la depresión hubiera alcanzado dimensiones comparables con la de los años 30, con tasas de desempleo mayores al 20%”,

Piketty acierta también con precisión al afirmar que el pragmatismo monetario permitió evitar lo peor en la Gran Recesión, “y apagar un incendio de manera provisoria”, pero no sustituyó a los responsables, ni construyó una verdadera macrosupervisión financiera, “y pretendió ignorar los orígenes de la crisis vinculados a la desigualdad: el estancamiento de los ingresos de las clases populares y medias y el aumento de la desigualdad, en particular en los EEUU (donde el 1% de los más ricos absorbió cerca del 60% del crecimiento entre 1997 y 2007), contribuyeron de manera evidente a la explosión del endeudamiento privado.”

Con la misma precisión y claridad (que no pueden o no quieren entender los árbitros alemanes de la Europa de «la austeridad»), afirma refiriéndose a la Eurozona que “la explicación principal de nuestras dificultades es, lisa y llanamente, que la zona euro y el BCE fueron mal concebidos desde el comienzo”. Piketty señala la verdad elemental –que ignoran a designio los 27 mandatarios de la Eurozona y sus vergonzantes asesores económicos – de que cuando hay problemas de competitividad, siempre queda el recurso de devaluar la moneda, excepto cuando se tiene una prisión como el euro.

Recorriendo los interesantes artículos, se ve cómo Piketty exige una fiscalidad adecuada a las ganancias de las empresas irlandesas (“debe estar entre el 25% y el 30%”); regular a los encuestadores que terminan siendo formadores de opinión; propone un impuesto sobre los intercambios comerciales en lugar de la Tasa Tobin, de imposible aplicación; su opinión favorable a gravar las sucesiones; y sus valiosas reflexiones sobre la forma en que EEUU enfrentó la Gran Recesión 2007 – 2010; el rol que deben cumplir los bancos centrales (muy lejano del mero control de la inflación, como se redujo entre nosotros); su apoyo a la recomendación de Joseph Stiglitz de sustituir el uso del PIB por el Producto Neto Nacional (PNN), que mide los ingresos realmente disponibles para los residentes de un país, lo cual coloca al hombre en el centro de la actividad económica, en tanto que el PIB refiere a la impersonal globalidad productiva. Hay apuntes jugosos sobre quiénes ganan con las crisis, la necesidad de repensar los bancos centrales, una insólita y muy necesaria defensa del proteccionismo, un extenso debate sobre la fiscalidad en Francia (muy útil para Uruguay), y unas extensas reflexiones sobre «el fracaso de la experiencia socialdemócrata en Francia/ ¿qué lecciones debe aprender la Izquierda», que tienen una actualidad uruguaya todavía mayor. El libro concluye con interesantes reflexiones sobre los EEUU de Obama, más reflexiones sobre la desigualdad y un capítulo desesperado: « ¿Podemos salvar a la vieja Europa? ¿Cómo inventar regulaciones globales para un capitalismo enloquecido», cuyo título lo dice todo.

El segundo libro «La economía de las desigualdades/Cómo implementar una redistribución justa y eficaz de la riqueza», obra preparatoria de «El Capital en el siglo XXI» aborda una somera descripción de las realidades y causas que luego desarrolló en su obra mayor, pero trabaja con brevedad y concisión los instrumentos de registro de la desigualdad en las relaciones de capital y trabajo, y formula una sucinta enumeración de herramientas para una redistribución más justa y eficaz, particularmente en materia de instrumentos fiscales.

 Capital e Ideología: cómo superar el capitalismo

Según consigna El País de España, el nuevo libro, de 1.200 páginas se extiende por cuatro continentes y abarca desde la Edad Media hasta hoy. Como es habitual en el autor, de marcada vocación enciclopédica, el texto recurre a la economía, la historia, la ciencia política, la justicia y a la literatura. Cita a Honoré de Balzac, Jane Austen, Carlos Fuentes y los asocia a unas 170 tablas y gráficas, referidas a «la historia de la propiedad privada y su efecto en las desigualdades».

El autor señala que «hoy afrontamos una lógica de acumulación sin límite y de sacralización del derecho del propietario, y olvidamos los grandes éxitos del siglo XX en la reducción de las desigualdades, pero también en el crecimiento económico, se obtuvieron reequilibrando los derechos del propietario con los del asalariado, el consumidor. Se hizo circular la propiedad».

Según El País de Madrid, el libro Capital e ideología «contiene tres libros en uno. El primero y más extenso —las 800 primeras páginas— es una historia detallada de lo que el autor llama los “regímenes desigualitarios” o “de desigualdad”. Comienza por el Antiguo Régimen y la desigualdad “trifuncional” de las sociedades divididas en el clero, la nobleza y el tercer estado. (…) De la ideología “trifuncional”, Piketty pasa a la “sociedad de propietarios”. La Revolución Francesa de 1789 abolió los privilegios, pero no la propiedad privada, que podía incluir a los esclavos. Entre 1800 y 1914 las desigualdades se disparan y superan los niveles del Antiguo Régimen».

Señala que el período entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial muestra «una transición entre el “propietarismo” desigualitario y no regulado del siglo XIX y la era socialdemócrata de la posguerra mundial (la «Edad Dorada del capitalismo»). Estados Unidos y Europa adoptan entonces la fiscalidad progresiva con tipos impositivos (tasas de interés) que superaron el 80% (en los sectores más privilegiados), sistemas de protección social avanzados y el acceso a la educación. Deja paso a partir de los ochenta, con la revolución reaganiana y la caída del bloque soviético, a lo que Piketty denomina el “hipercapitalismo”. La ideología desigualitaria, lo que en este periodo, que es el nuestro, legitima el statu quo, sería la meritocracia, “la necesidad de justificar las diferencias sociales apelando a capacidades individuales”».

Agrega que el segundo libro, que ocupa 300 páginas, es un estudio sobre la evolución del sistema de partidos en Europa y Estados Unidos. Con acidez no exenta de realismo, anota que «en unos años los socialdemócratas han pasado de ser el partido de la clase trabajadora al de la élite con diplomas universitarios, y han abrazado las ideologías de la desigualdad. Son los cómplices necesarios del “hipercapitalismo”». Piketty propone la expresión “izquierda brahmán” (por el nombre de la privilegiada casta sacerdotal hindú), y señala que este sector (del cual en Uruguay tenemos una destacada representación tanto en la derecha como en la izquierda) «esta domina la élite política junto a la “derecha mercader” (las élites económicas y empresariales). Es un eco de la sociedad “trifuncional” del Antiguo Régimen que deja a las clases populares en la intemperie política y a la merced de los mensajes nacionalistas y racistas».

Terminadas las fases descriptivas, lleva el polémico sector propositivo: «el tercer y último libro dentro de Capital e ideología es el más breve, menos de cien páginas, pero el más debatido en Francia. En este capítulo, Piketty lanza su programa de “socialismo participativo” para “superar el capitalismo y la propiedad privada”. El objetivo es convertir la propiedad en “temporal” y “organizar una circulación permanente de los bienes y la fortuna”. Defiende una integración federal de la Unión Europea. Y aboga por un impuesto sobre el patrimonio con un tipo máximo del 90% para los supermillonarios, por una cogestión de las empresas, en las que los trabajadores compartan el poder, y por una especie de herencia para toda persona de 25 años de 120.000 euros».

La enorme discusión que ha suscitado gira, obviamente, en torno a la factibilidad y aún la razonabilidad de alguna de estas propuestas.

A su favor podemos señalar que no es malo que se discutan estos temas, en estos tiempos feroces donde el debate ideológico, al menos el de izquierda, parece haber desaparecido.

El artículo señala que Piketty no es un intelectual apocalíptico, sino que es básicamente optimista, ya que señala que Capital e Ideología parte de una constatación: ha habido una mejora prodigiosa de los niveles de educación y de salud. Y termina con otra constatación optimista: hay un aprendizaje de la justicia en la historia. Hay fases de regresión terrible, pero creo en una historia de progreso: no solo técnico, sino humano, por medio de la educación y la sanidad, y con una organización social que sea más igualitaria en el sentido de que permita acceder a la educación, a la cultura, a la riqueza”. Si un rasgo de la izquierda fue la fe en el progreso humano, Piketty la conserva».

Una frase de Piketty

«Partiendo de las experiencias analizadas en este libro, estoy convencido de que es posible superar el capitalismo y la propiedad privada y construir una sociedad justa basada en el socialismo participativo y en el federalismo social. Esto pasa principalmente por desarrollar un régimen de propiedad social y temporal que repose, por una parte, en la limitación y la distribución (entre accionistas y asalariados) de los derechos de voto y de poder en las empresas y, por otra parte, en una fiscalidad fuertemente progresiva sobre la propiedad, en una dotación universal de capital y en la circulación permanente de la riqueza. También pasa por la fiscalidad progresiva sobre la renta y por un sistema de regulación colectiva de las emisiones de carbono que contribuya a la financiación de los seguros sociales y de una renta básica, así como por la transición ecológica y un sistema educativo verdaderamente igualitario. La superación del capitalismo y la propiedad privada también pasa por organizar la mundialización de otra manera, con tratados de cooperación al desarrollo que giren en torno a objetivos cuantificados de justicia social, fiscal y climática, cuyo cumplimiento condicione el mantenimiento de los intercambios comerciales y de los flujos financieros. Una redefinición del marco legal como ésta exige la retirada de un cierto número de tratados en vigor, en particular los acuerdos de libre circulación de capitales puestos en marcha desde los años 1980-1990 y su sustitución por nuevas reglas basadas en la transparencia financiera, la cooperación fiscal y la democracia transnacional. Algunas de estas conclusiones pueden parecer radicales. En realidad, son una continuación del movimiento hacia el socialismo democrático que se inició a finales del siglo XIX y que ha supuesto una profunda transformación del sistema legal, social y fiscal. La fuerte reducción de las desigualdades observada a mediados del siglo XX fue posible gracias a la construcción de un Estado social basado en una relativa igualdad educativa y en un cierto número de innovaciones radicales, como la cogestión germánica y nórdica o la progresividad fiscal a la anglosajona. La revolución conservadora de la década de 1980 y la caída del comunismo interrumpieron este movimiento y contribuyeron a que el mundo entrase, a partir de los años 1980-1990, en un periodo de fe indefinida en la autorregulación de los mercados y casi de sacralización de la propiedad. La incapacidad del movimiento socialdemócrata para superar el marco del Estado nación y renovar su programa, en un contexto caracterizado por la internacionalización de los intercambios comerciales y por la terciarización educativa, también ha contribuido al hundimiento del sistema izquierda-derecha que permitió la reducción de las desigualdades durante la posguerra».

Un autor mundialmente consolidado

Thomas Piketty (1971) es un economista francés que se ha especializado en el estudio de la desigualdad económica y la distribución de los ingresos a lo largo de la Historia. Actualmente es director de investigación en la École des Hautes Études en Sciences Sociales, profesor en la Paris School of Economics y codirector de la World Inequality Database.

Estudió economía y matemáticas en la École Normale Supérieure (ENS), y a los 22 años de edad se doctoró con una tesis sobre la redistribución de la riqueza. Entre 1993 a 1995 fue profesor asistente en el Departamento de Economía del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). En 1995 se convirtió en investigador del prestigioso Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS). ​

Fue columnista del periódico Libération y escribe columnas en Le Monde.

Piketty es un especialista en la economía de la desigualdad o desigualdad de ingreso, desde una aproximación estadística e histórica.

Ha publicado decenas de artículos y numerosos libros.

https://www.carasycaretas.com.uy/capital-e-ideologia-de-thomas-piketty-un-planteo-radical-y-utopico-pero-sustentado-en-datos/

20.29.-El sueño racista, estatalista y residencial de Trump PAUL KRUGMAN

El movimiento ‘Black Lives Matter’ ha revelado a muchos blancos que la ley dista mucho de tratar a todos por igual

Activistas del movimiento Black Lives Matter, durante una protesta en Tampa, EE UU.LUIS SANTANA / AP

A los conservadores les encantan sus guerras falsas. ¿Recuerdan aquella sobre la Navidad? ¿Y la “guerra del carbón”? (Donald Trump prometió poner fin a esta última, pero en el tercer año de su presidencia la producción de carbón cayó a su nivel más bajo desde 1978, y el Departamento de Energía estadounidense prevé que seguirá cayendo).

14 ago 2020.- Y ahora, cuando el equipo de su campaña electoral busca desesperadamente vías de ataque político, estamos oyendo hablar mucho de la “guerra de los barrios residenciales”. Probablemente sea un tema que no dé mucho juego fuera de la base más conservadora del Partido Republicano; Joe Biden y Kamala Karris no parecen agitadores dispuestos a liderar las hordas antifascistas en los saqueos a los barrios residenciales de Estados Unidos.

Pero sí es verdad que un Gobierno de Biden y Harris retomaría y ampliaría las iniciativas de la era de Obama para aplicar por fin la Ley de Vivienda Justa de 1968, con la intención concreta de reparar algunas de las injusticias provocadas por el uso histórico del poder político para producir y reforzar la desigualdad racial. Porque lo que Trump denomina el “sueño del estilo de vida suburbano” no ha surgido de la nada; lo crearon las políticas estatales. La gran expansión de las zonas residenciales que se produjo tras la Segunda Guerra Mundial fue posible gracias a enormes subvenciones federales, mediante programas –sobre todo los de la Administración Federal de la Vivienda y la Administración de los Excombatientes, FHA y VA por sus siglas en inglés– que protegían a los bancos de posibles riesgos asegurando las hipotecas cualificadas sobre las viviendas.

Por supuesto, estas subvenciones no solo ayudaron a los compradores de vivienda. Constituyeron también una mina de oro para los promotores inmobiliarios, entre ellos uno llamado Fred Trump, que sería más tarde demandado por discriminar a los inquilinos negros y cuyo hijo ocupa en la actualidad la Casa Blanca.

Pero estas subvenciones solo estaban a disposición de los blancos. De hecho, solo estaban disponibles en comunidades para blancos. Como explica Richard Rothstein en un libro de 2017 titulado The Color of Law (“El color de la ley”), las directrices de la FHA descartaban la concesión de préstamos en comunidades en las que los niños pudieran compartir aula con otros niños que “representen un nivel de sociedad mucho más bajo o un elemento racial incompatible”. De hecho, la FHA no se limitó a favorecer a localidades compuestas solo por blancos; se propuso crearlas. Después de la guerra, cuando promotores como William Levitt se disponían a construir nuevas comunidades en tierras de cultivo, presentaban previamente sus proyectos ante la FHA, garantizando así que los compradores tuvieran acceso automático a hipotecas subvencionadas. Y una de las cosas que la FHA exigía para aprobar dichos proyectos era una estricta segregación racial, supuestamente para garantizar el valor patrimonial.

El racismo descarado que se impuso en la política de vivienda durante la posguerra proyecta una alargada sombra sobre nuestra sociedad. Porque, aproximadamente durante los 20 años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, la clase media disfrutó de una oportunidad única para consolidar su posición, una oportunidad que se le negó a la población negra. Y es que las décadas de 1950 y 1960 fueron un tiempo de salarios relativamente buenos y de viviendas relativamente baratas. Los salarios se mantenían relativamente altos en parte porque Estados Unidos disponía aún de un movimiento sindical fuerte, y las viviendas eran asequibles siempre que el comprador tuviera acceso a esos programas de vivienda federales.

Después, esa ventana de oportunidad se cerró. Los salarios, ajustados a la inflación, se estancaron. El precio de la vivienda se disparó, en parte debido a que las restricciones a la construcción en muchas zonas residenciales prohibían los edificios de viviendas múltiples. Y a las familias negras, que habían quedado fuera de un mercado en expansión en una época en la que muchos otros estadounidenses compartían los frutos del auge inmobiliario, se les hicieron especialmente altos los obstáculos económicos que debían superar para adquirir una vivienda en propiedad. De modo que el “sueño del estilo de vida suburbano” propugnado por Trump es básicamente una aldea vallada que el Gobierno había construido para blancos y cuyas puertas se cerraban cuando otros intentaban entrar.

¿Qué propone Biden para remediar al menos algunas de estas injusticias? Cosas razonables, significativas, pero difícilmente revolucionarias, como ampliar los bonos para alquiler y eliminar la zonificación excluyente y discriminatoria. Posiblemente Trump afirme que dichas políticas “destruirán las zonas residenciales”, pero esa afirmación solo tiene sentido para quien piense que la única alternativa a la anarquía sangrienta es una comunidad exactamente igual a la de Levittown en 1955.

Es importante entender que nada de lo que se dice sobre la guerra contra las zonas residenciales está relacionado con la habitual retórica conservadora sobre la “libertad” y lo de que el Gobierno no puede decirles a los estadounidenses lo que tienen que hacer. No son las decisiones individuales y la libertad de los mercados las que han convertido Estados Unidos en una sociedad tan segregada y desigual. La discriminación fue una política estatalista que utilizó el ejercicio del poder para denegar a la ciudadanía el ejercicio de la libertad de elección. Y sigue pasando. Lo que ha hecho el movimiento Black Lives Matter ha sido revelar a muchos estadounidenses blancos que distamos mucho de ser una sociedad en la que la ley nos trate a todos por igual, sin importar el color de la piel. Pero la gran diferencia entre los partidos ahora es que Biden y Harris pretenden mejorar las cosas, intentan que Estados Unidos se parezca más al país que supuestamente es. Trump y Mike Pence, en cambio, aspiran básicamente a devolver al racismo manifiesto su grandeza.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2020 Traducción de News Clips

https://elpais.com/economia/2020-08-14/el-sueno-racista-estatalista-y-residencial-de-trump.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART

  • 20.28.-Dólar y opción digital BEETHOVEN HERRERA
  • La segunda ola de la crisis será aún más fuerte PAUL KRUGMAN

En las actuales condiciones las ayudas para mitigar la pandemia tardan hasta un mes para llegar a los beneficiarios.

El cuantioso paquete de rescate que la Unión Europea ha adoptado para enfrentar la pandemia fortalecerá al euro y el crecimiento exponencial del precio del oro como activo de reserva, han conducido a Goldman Sachs a advertir que el papel de la moneda estadounidense como divisa de reserva mundial podría estar amenazado.

2 ago 2020.- El precio del oro se acerca a los US$2000 por onza y la proyección a 12 meses se ubica en torno a US$2.300 por onza, al tiempo que el índice Blomberg Dollar Spot se encamina a su peor cotización para un mes de julio en diez años.

A la orientación de la Reserva Federal hacia un enfoque inflacionario con expansión monetaria por la compra de títulos a particulares debe sumarse el hecho de que Estados Unidos lidera las cifras de contagio y el desacato del gobierno a las opiniones de los científicos.

La emisión creciente de dólares y el abultado aumento de la deuda pública ( que alcanza a 80% del PIB), pueden generar temor a la desvalorización y por ello Daniel Sharp, analista de Godman Schas considera que “Han comenzado a surgir preocupaciones reales sobre la longevidad del dólar estadounidense como moneda de reserva… y el oro es la moneda de último recurso, particularmente en un entorno como el actual donde los gobiernos están degradando sus monedas fiduciarias y empujando las tasas de interés reales a mínimos históricos”.

Paralelamente, la Fundación Digital Dollar y la empresa Accenture avanzan en un proyecto de ‘Digital Dollar’ como moneda digital del banco central (Central Bank Digital Currency-CBDC). Si casi todas las actividades económicas pueden desarrollarse virtualmente es obvio que la divisa de mayor uso debería adecuarse a esas condiciones, máxime si existe el temor al contagio que puede transmitirse por billetes. Se trataría de la ‘tokenizacion’, para convertir la moneda en una representación digital, con la información necesaria para confirmar su autenticidad y su transferencia de propiedad. Como este CBDC sería emitido por la Reserva Federal tendría el respaldo de una nueva infraestructura de pagos, con interoperabilidad para coexistir complementariamente con otras infraestructuras y eliminaría costos de transacción al tiempo que incrementaría la cobertura de la población. Así bajarán costos de transacción, se diversificarían formas de pago y se incluirían personas sin cuenta bancaria (hoy, 14 millones), permitiendo transacciones en plataformas de comercio electrónico que no aceptan efectivo. En las actuales condiciones las ayudas para mitigar la pandemia tardan hasta un mes para llegar a los beneficiarios.

Por ser un método que permite operaciones bilaterales está expuesto a falsificaciones pues el token se transmite de modo descentralizado y por ello se requieren canales de validación que impidan falsificaciones y se debe limitar la información que contenga este token para proteger la privacidad, y garantizar la seguridad frente a operaciones ilícitas. Si se tratara de una asociación publico-privada podría traer problemas si la Reserva Federal no garantiza un sistema de pagos sano y una prestación equitativa de servicios de pago al mercado financiero.

https://www.portafolio.co/opinion/beethoven-herrera-valencia/dolar-y-opcion-digital-columnista-543294

20.28.-La segunda ola de la crisis será aún más fuerte – PAUL KRUGMAN

No hemos aprendido del pasado reciente y estamos abocados a una recesión peor que la de 2007-2009

Protestas en Nueva York para pedir una moratoria en el pago de los alquileres debido a la crisis de la covid-19.JUSTIN LANE / EFE 

Una norma bastante buena para hacer pronósticos en esta era del coronavirus es tomar como base lo que quiera que diga el Gobierno de Trump y dar por sentado que ocurrirá todo lo contrario. 

7 ago 2020.- Cuando el presidente Trump declaraba en febrero que el número de casos se reduciría enseguida prácticamente a cero, sabíamos que se acercaba una pandemia. Cuando el vicepresidente Mike Pence insistía a mediados de junio en que “no hay segunda ola”, estaba claro que prontamente se produciría un gigantesco aumento de los casos nuevos y los fallecimientos. Y cuando Larry Kudlow, jefe de economistas del Gobierno, declaraba hace apenas una semana que todavía estaba en marcha la “recuperación en V”, era predecible que la economía se iba a estancar.

El viernes [horas después de que se publicase este artículo] se dio a conocer el informe oficial sobre el empleo en el mes de julio. Pero diversos indicadores privados, como el informe mensual de la empresa de procesamiento de datos ADP, ya apuntan a que la rápida mejora del empleo en mayo y junio fue una recuperación momentánea y que el crecimiento del empleo ha sido, en el mejor de los casos, mínimo. Al menos la cifra de ADP era positiva; otros indicadores dan a entender que el empleo está cayendo de hecho. Pero incluso si esa mejora del empleo que se ha anunciado fuera correcta, a este ritmo no recuperaremos el nivel anterior al coronavirus hasta… 2027.

Además, tanto el informe de ADP como el próximo informe oficial serán noticia de ayer, básicamente unas instantáneas de la segunda semana de julio. Desde entonces, buena parte del país ha frenado o incluso revertido la reapertura económica, y hay indicios de que muchos trabajadores recontratados durante la abortada recuperación de mayo y junio han vuelto a ser despedidos. Pero las cosas podrían ponerse mucho peor. De hecho, seguramente empeorarán considerablemente, a no ser que los republicanos se planteen seriamente el aprobar otro paquete de estímulo económico y lo hagan ya.

No estoy seguro de que mucha gente se dé cuenta de que la recesión causada por el coronavirus en 2020 podría haber sido mucho más profunda. Evidentemente, ha sido terrible: el empleo se ha hundido, y el PIB real ha caído en torno a un 10%. Sin embargo, prácticamente todo eso era un reflejo de los efectos directos de la pandemia, que obligó a paralizar buena parte de la economía. Lo que no se ha producido es una segunda ronda importante de pérdida de empleo provocada por el desplome de la demanda de los consumidores. Millones de trabajadores han perdido sus ingresos regulares; sin la ayuda oficial, se habrían visto obligados a recortar gastos, lo que habría dejado sin trabajo a muchos millones más. Por suerte, el Congreso asumió su responsabilidad y aprobó una ayuda especial a los desempleados, que sostuvo el gasto en consumo y mantuvo a flote las partes de la economía no sometidas al confinamiento.

Ahora esa ayuda ha expirado. Los demócratas presentaron un plan para mantener las prestaciones, pero los republicanos ni siquiera logran ponerse de acuerdo entre ellos y proponer una oferta alternativa. Incluso si se forjara un acuerdo —y no hay señales de que sea algo inminente— pasarán semanas hasta que el dinero vuelva a circular. El sufrimiento que esto provocará a las familias a las que se les ha retirado la ayuda será inmenso, pero también perjudicará al conjunto de la economía. ¿Cuál será la dimensión de estos daños? He estado haciendo cálculos, y da miedo.

A diferencia de los estadounidenses acaudalados, los trabajadores cuyas subvenciones acaban de terminar, principalmente empleados con salarios bajos, no pueden amortiguar el impacto tirando de ahorros o hipotecando su patrimonio. De modo que su gasto caerá mucho. Los datos sobre los efectos iniciales de la ayuda de emergencia indican que el fin de las prestaciones hará que el gasto en consumo —principal motor de la economía— disminuya en más de un 4%. Es más, los datos derivados de las políticas de austeridad que se aplicaron hace una década dan a entender que estas tienen un considerable efecto “multiplicador”, ya que el recorte de gastos provoca una caída de ingresos, que a su vez ocasiona nuevos recortes de gastos.

Si consideramos todos estos aspectos, la expiración de la ayuda de emergencia podría provocar una caída de entre el 4% y el 5% del PIB. Pero esperen, hay más. Hay estados y municipios en serias dificultades, y ya preparan fuertes recortes de gastos; pero los republicanos se niegan a conceder ayudas, y Trump insiste en que las crisis fiscales locales no tienen nada que ver con la covid-19, lo cual es mentira. Tengan en cuenta que el coronavirus en sí solo redujo el PIB en torno al 10%. Lo que estamos viendo ahora podría ser otra crisis, una segunda oleada económica, casi tan grave desde el punto de vista monetario como la primera. Y a diferencia de la pandemia, esta crisis se habrá generado sola, provocada por la temeridad del presidente Trump y de Mitch McConnell, líder de la mayoría del Senado.

La pregunta es cómo puede estar sucediendo esto. No hace tanto tiempo que sufrimos la crisis financiera de 2008 y la lenta recuperación que la siguió, y ambas nos aportaron lecciones valiosas y aplicables a nuestra situación actual. Ante todo, la experiencia adquirida en esa recesión demostró que las depresiones no son un buen momento para obsesionarse con la deuda y que recortar el gasto en una situación de desempleo masivo es un terrible error.

Pero nadie en la Casa Blanca o en la parte republicana del Capitolio parece haber aprendido de esa experiencia. De hecho, el no haber aprendido nada de la última crisis casi parece constituir uno de los requisitos exigidos para ser asesor económico republicano. De modo que, por el momento, parecemos abocados a una recesión aún mayor, una contracción peor que la de 2007-2009, añadida a la provocada por el coronavirus. ¡Devolvamos a Estados Unidos su grandeza!

https://elpais.com/economia/2020-08-07/la-segunda-ola-de-la-crisis-sera-aun-mas-fuerte.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART

  • 20.27.-Guerras de capitales – MICHAEL ROBERTS
  • La gran depresión de Estados Unidos  SALOMÓN KALMANOVITZ
  • Pesadilla en la Avenida de Pensilvania – PAUL KRUGMAN

Hemos abordado el debate de que el principal problema mundial en el siglo XXI es la creciente guerra comercial y tecnológica entre los EEUU y China. En su libro, Las guerras comerciales son guerras de clase, Klein y Pettis consideran que los desequilibrios comerciales son causados ​​por la desigualdad, el ingreso y el consumo en las dos potencias: China tiene un «exceso de ahorro» y Estados Unidos tiene un «exceso de consumo». He defendido que esta tesis no se sostiene en artículos anteriores.

Ahora tenemos el libro Capital Wars como una explicación alternativa de la rivalidad entre China y los Estados Unidos. La rivalidad entre Estados Unidos y China en la esfera económica se ha desarrollado hasta ahora en el comercio y la tecnología. La fricción en los mercados financieros no ha sido comparable. De hecho, a medida que se incorporan más acciones chinas en los índex globales, los inversores estadounidenses han estado invirtiendo capital en China a través de su inversión en fondos de inversión que siguen los índex.

Sin embargo, es poco probable que eso dure, según Michael Howell, ex director de investigación del banco de inversión Salomon Brothers, que ahora dirige su propia consultora. En Capital Wars, señala que las líneas de intercambio abiertas por la Reserva Federal de los EEUU a otros bancos centrales después de la crisis financiera de 2008, que se ha repetido con la crisis del coronavirus, se han extendido a naciones amigas, pero China ha sido excluida. Por lo tanto, el papel de la Reserva Federal como prestamista global de último recurso ha sido parcial y politizado.

Howell reconoce que la naturaleza de la relación entre estas dos potencias no es equilibrada. A pesar de la disminución de su participación en la producción mundial, Estados Unidos es el principal proveedor de la moneda de reserva dominante para los mercados mundiales. Pero su economía está marcada por un bajo crecimiento de la productividad junto con mercados financieros altamente desarrollados. China ha disfrutado de un alto crecimiento de la productividad a medida que se moderniza, pero ha subdesarrollado los mercados financieros. Sus persistentes excedentes comerciales han contribuido a una enorme acumulación de reservas de divisas: la mayoría en activos en dólares. Todo esto crea una interdependencia fragmentada.

El auge económico de China coincidió con un largo período de liberalización en los mercados financieros internacionales. Un tema central del libro de Howell es el aumento de la liquidez global: los grandes flujos de crédito, ahorro y capital internacional que facilitan la deuda, la inversión y los flujos de capital transfronterizos. En 2019, este flujo internacional de fondos se estimó en $ 130 billones, dos tercios más que el PIB mundial. La contribución de China era cercana a los $ 36 billones.

No hay nada nuevo en la visión de Howell. De hecho, varios autores, incluido yo, han señalado el enorme aumento de «liquidez», es decir, de la oferta de dinero, del crédito bancario, de la deuda (tanto pública como privada) y de los instrumentos de deuda como los derivados, particularmente desde principios de la década de 2000.

Lo nuevo es el énfasis de Howell en las nuevas formas que el sistema financiero ha encontrado para expandir lo que Marx llamó ‘capital ficticio’, es decir, activos financieros que supuestamente representan nuevos valores y ganancias futuras. Los bancos solían depender de los depósitos de los clientes para prestar y especular con ellos; ahora la principal fuente de fondos no son los depósitos, sino los acuerdos de recompra o ‘repos’, una forma de préstamo que debe ser respaldada por un ‘colateral’ en forma de activos “seguros” como bonos del gobierno.

Howell argumenta, como otros, que el sistema financiero ha superado el modelo de posguerra, cuando los bancos eran los principales facilitadores de préstamos. Tomaban prestado de sus depositantes minoristas y daban crédito a particulares y empresas. Hoy predominan los mercados mayoristas; y los principales proveedores de fondos son instituciones financieras y grandes empresas como Apple o Toyota. Los usuarios van desde compañías y bancos hasta fondos de cobertura y gobiernos: finanzas no bancarias o ‘banca en la sombra’.

El principal argumento de Howell es que la principal fuente de inestabilidad en el sistema financiero moderno ha sido la escasez de activos seguros para estos creadores de liquidez, ya que no se ha emitido suficiente deuda pública y el rendimiento era bajo de todos modos. De hecho, antes de la crisis financiera de 2008, los bancos de inversión intentaron inventar nuevos ‘activos seguros’, como las obligaciones hipotecarias garantizadas. Por supuesto, ahora sabemos que dichos activos no eran «seguros» en absoluto, solo un esquema de crédito Ponzi gigantesco que resultó ser muy «ficticio» cuando el colapso financiero global en 2007-2009.

La pregunta que Howell sugiere es si la gran inyección de dinero crediticio por parte de la Reserva Federal y otros bancos centrales para rescatar a compañías y gobiernos en la crisis pandémica del COVID conducirá posteriormente a un «shock» financiero similar. La diferencia ahora es que es el estado el que está comprando estos ‘activos seguros’ directamente, en lugar del sistema bancario o la “banca en la sombra” como en 2008-9. Sin embargo, el tamaño de las compras de bonos corporativos e hipotecarios del banco central, así como el papel del gobierno, es tan grande que, si hubiera un tsunami de bancarrotas, el prestamista de último recurso (el banco central) – convertido en la actualidad en el primer comprador de capital ficticio – puede terminar con enormes pérdidas que los gobiernos tendrían que absorber.

Un mérito del libro de Howell sobre otros del mismo tipo es que ofrece una explicación de por qué hubo este cambio drástico de la «banca tradicional» a la «financiarización» de los activos gubernamentales y corporativos. Howell sitúa la causa directamente en el colapso de la rentabilidad en los sectores productivos de la economía.

Howell reconoce que la caída de la rentabilidad del capital industrial condujo a una creciente ‘liquidez’ global y esto contribuyó a la caída de las tasas de interés de los activos de riesgo, lo que condujo a la búsqueda de activos financieros seguros, abandonando la deuda pública y buscando ‘repos’, en detrimento de la inversión productiva.

Sin embargo, Howell comprende a medias la historia de los últimos treinta años, el colapso financiero global y la Gran Recesión. Desafortunadamente, a pesar de referirse al análisis de Marx en ocasiones, Howell no lo usa. En cambio, recurre a las macro-identidades keynesianas habituales para explicar por qué ocurren las crisis. Como con todas las macro-identidades keynesianas, las ganancias desaparecen de la ecuación.

Howell parte de la identidad básica: ahorro = inversión y la revisa en su ecuación clave: liquidez = inversión fija más la adquisición neta de activos financieros. La liquidez es realmente ganancia más crédito en sus diversas formas. Sin embargo, para Howell, la fuerza impulsora del capitalismo moderno no es la parte lucrativa de la «liquidez», esa vieja conocida. Es la parte del crédito. Para él, los flujos financieros y la asunción de riesgos de los inversores impulsan la economía real y los precios de los activos, y no al revés. Más liquidez conduce a más compras de activos financieros. Y más compras de activos financieros requieren más liquidez. Así, pasamos de una visión del capitalismo como un modo de producción con fines de lucro, al capitalismo como un modo de especulación e inestabilidad financieras.   Esta teoría es similar al enfoque de Minsky y las modernas teorías de la «financiarización».

Para Howell, la próxima guerra entre EEUU y China se librará no tanto a través del comercio o la tecnología, sino de los flujos financieros y el control de las monedas internacionales a medida que las potencias rivales luchen por ofrecer los activos financieros «más seguros» al capital global: por ejemplo, ¿el dólar o el renminbi?

Claramente hay algo de verdad en esto. Si China pudiera ofrecer una moneda fuerte y con líquidez para reemplazar al dólar, el imperialismo estadounidense estaría en serios problemas. Pero una moneda fuerte no puede ser «creada» por los mercados financieros; proviene de la fuerza relativa de la productividad del trabajo y la creación de valor en una economía. Ahí es donde se centra la guerra económica; con el comercio, la tecnología y las finanzas como campos de batalla. El valor es lo decisivo, no el crédito.

https://www.sinpermiso.info/textos/guerras-de-capitales

20.27.-La gran depresión de Estados Unidos  SALOMÓN KALMANOVITZ

La pandemia del COVID-19 y el señor Trump están disolviendo la globalización y debilitando la economía yanqui. En efecto, el comercio exterior se ha deteriorado más que las economías nacionales debido al aumento del nacionalismo hirsuto.

27 jul 2020.- Los cierres obligados de las actividades productivas y comerciales, por la extensión del contagio y el miedo que despierta en el resto de la población, han llevado a una contracción económica sin paralelo en la historia del capitalismo, mayor que la de los años 30 del siglo pasado y que no sabemos hasta cuando se extenderá, si hacia 2021 e incluso 2022.

El ultranacionalismo del señor Trump se expresó en sus ataques racistas y xenófobos contra China y México, que tienen repercusiones sobre las exportaciones de estos dos países y perjudican al propio comercio estadounidense. Se está liquidando la competencia que les daba ventaja a los productores chinos más eficientes o a los mexicanos más baratos, lo que significará un deterioro de la calidad de los bienes y servicios y precios más altos para los estadounidenses.

La reducción del comercio internacional es acompañada por un cierre similar de las inversiones globales. La globalización se está diluyendo rápidamente, mientras se impone el proteccionismo reaccionario de la derecha estadounidense. Trump es un plutócrata que pretende destruir el sistema de salud heredado de Obama, ¡en plena pandemia! Él ha reducido la tributación de las empresas y de los ricos, pero ha aumentado el gasto público a punta de endeudamiento extremo. El enorme déficit público es monetizado, propiciando hacia futuro la estanflación; es decir estancamiento acompañado de inflación.

Según Nouriel Roubini, el futuro de la economía estadounidense se puede concebir como una curva en forma de L, en la que los estímulos dan lugar a una reactivación que se agota para dar lugar a un estancamiento de largo plazo. La situación es peor porque la economía digital intensiva en capital, que demanda poco empleo, se expande a costa de las otras actividades productivas intensivas en mano de obra. No hay inversión en capital humano y mucho menos en infraestructura, que se está derrumbando en muchas regiones de los Estados Unidos. Así mismo, se reduce la inversión social en educación y salud, que se quedan sin el financiamiento que generaban los impuestos que dejaron de pagar los ricos.

La distribución del ingreso está sesgada a favor del capital: aumentan las utilidades de las empresas y de los inversionistas en bolsa, pero se deterioran los salarios y los ingresos de la clase media. Esta última y los trabajadores son los perdedores del nuevo entorno creado por la derecha, pues sufrirán mayor desempleo e ingresos más bajos.

El liderazgo del señor Trump ha sido muy errático y ha comprometido el futuro de la economía estadounidense al no imponer medidas de salubridad elementales, lo que ha servido para que países de Asia y Europa estén superando los efectos negativos de la pandemia. La estupidez y arrogancia de su líder han conducido a la bancarrota del partido republicano y a que estén en grave riesgo de perder las elecciones de noviembre. Aun si ganan los demócratas, el daño es tan extendido que se requerirán varios años para repararlos, incluyendo los que está generando el colapso mismo del sistema de salud en la mayor parte del territorio estadounidense. Es inaudito que el país más rico del mundo no pueda controlar la peste.

https://www.elespectador.com/opinion/la-gran-depresion-de-estados-unidos/

20.27.-Pesadilla en la Avenida de Pensilvania PAUL KRUGMAN

A estas alturas, Trump no es más que un presidente fracasado. Todos, salvo sus defensores acérrimos, lo saben

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, el pasado 29 de julio en Midland, Texas. BOB DAEMMRICH/ZUMA WIRE / SPLASH / GTRES

La pesadilla de todo trabajador es ese jefe horrible —todos conocemos al menos uno— que es completamente incompetente, pero se niega a dejar el cargo. Estos jefes tienen el toque opuesto al del Rey Midas —todo lo que tocan se convierte en escoria—, pero hacen todo lo posible, incumplen las normas que haga falta, para quedarse en el despacho de la esquina.

31 jul 2020.- Y perjudican a las instituciones que supuestamente deben dirigir, llegando en ocasiones a destruirlas.

Donald Trump es, cómo no, uno de esos jefes. Por desgracia, no es un mal directivo cualquiera. Es, Dios nos asista, el presidente. Y la institución que podría destruir son los Estados Unidos de América.

¿Ha habido antes algún presidente que haya suspendido su gran prueba tan estrepitosamente como Trump en estos últimos meses? Rechazó el asesoramiento de los expertos sanitarios y forzó una reapertura económica rápida, con la esperanza de que se produjera una expansión antes de las elecciones. Ridiculizó y menospreció medidas que habrían ayudado a ralentizar la propagación del coronavirus, como llevar mascarilla y mantener el distanciamiento físico, convirtiendo algo que debería haber sido de sentido común en un frente de la guerra cultural.

El resultado ha sido el desastre epidemiológico y económico. A lo largo de la última semana, en Estados Unidos han fallecido de media por la covid-19 más de 1.000 personas al día, frente a los cuatro —¡cuatro!— muertos diarios en Alemania. La declaración del vicepresidente Mike Pence a mediados de junio de que “no hay segunda oleada de coronavirus”, parecía ya entonces una baladronada; ahora suena a broma pesada.

Y todas esas muertes de más no parecen habernos aportado nada en cuanto a resultados económicos. La contracción económica en Estados Unidos durante el primer semestre de 2020 ha sido casi idéntica a la de Alemania, pero con un número de muertos mucho mayor. Y mientras que en Alemania la vida ha vuelto a la normalidad en muchos aspectos, diversos indicadores dan a entender que, después de dos meses de rápido aumento del empleo, la recuperación estadounidense se estanca debido al resurgimiento de la pandemia.

Pero esperen, aún hay más. Trump, los miembros de su Gobierno y sus aliados en el Senado han apostado todo a la idea de que, a pesar de la nueva oleada de contagios y fallecimientos, la economía estadounidense experimentará una recuperación asombrosamente rápida. Están tan convencidos de ello que parecen incapaces de asumir las abrumadoras pruebas que lo desmienten.

Hace solo unos días, Larry Kudlow, economista jefe de Trump, insistía en que seguía en marcha la llamada recuperación en V, y que “las solicitudes de prestación inicial y las de ampliación de la prestación por desempleo caen con rapidez”. Lo cierto es que ambas están aumentando.

Pero como el equipo de Trump siguió insistiendo en que se aproximaba una fuerte recuperación, y se negaba a ver que no se estaba produciendo, hemos caído en una crisis económica completamente innecesaria.

Gracias a la inacción republicana, millones de desempleados han recibido los últimos cheques del programa de Compensación por Desempleo a causa de la Pandemia, que debían sostenerlos en medio de una economía devastada por el coronavirus; el virus sigue desatado, pero a ellos les han cortado su soporte vital.

Por tanto, Trump ha hecho muy mal su trabajo, y provocado un perjuicio innecesario a millones de estadounidenses y una muerte innecesaria a miles de ellos. Puede que a él no le importe, pero a los votantes, sí. De modo que debería estar intentando dar la vuelta a la situación, aunque solo fuera por su propio interés político y personal.

Lo que pasa es que, aunque Trump fuera el tipo de persona capaz de aprender de sus errores, ya es demasiado tarde. Si nos hubiéramos encontrado en la actual situación hace un año, podría haber tenido tiempo de controlar el virus y sanear la economía. Pero las elecciones están a la vuelta de la esquina.

Supongamos que el número de fallecimientos y el empleo mejorasen un poco en los próximos tres meses. ¿Cambiaría eso la opinión de los votantes sobre el negacionista en jefe? ¿Cuánto crédito daría la ciudadanía a las buenas noticias, incluso a las verdaderamente buenas, tras el falso amanecer de la pasada primavera? A estas alturas, Trump no es más que un presidente fracasado y todos, excepto sus partidarios más acérrimos, lo saben.

Pero, como dije al principio, Trump es uno de esos jefes de pesadilla que no saben hacer su trabajo, pero se niegan a echarse a un lado.

Y ahora, naturalmente, habla de retrasar las elecciones. Era predecible; de hecho, Joe Biden lo adivinó hace meses, suscitando las burlas de los expertos (ninguno de los cuales, anuncio, va a disculparse).

Ahora bien, Trump no puede hacerlo. El 3 de noviembre habrá elecciones. Pero lo que sí puede hacer el presidente, si pierde, es afirmar que le han robado las elecciones, que ha habido millones de votos fraudulentos, que los resultados son ilegítimos. Ya lo hizo después de perder la votación popular en 2016, a pesar de haber ganado el Colegio Electoral.

Casi con seguridad, esas bufonadas no le permitirán seguir en la Casa Blanca, aunque el proceso para sacarlo tal vez sea… interesante. Pero podrían ocasionar un gran caos y muy posiblemente actos violentos en todo el país. Y si alguien piensa que los seguidores contrariados de Trump no intentarán sabotear a un Gobierno de Biden —incluidos los esfuerzos por superar la pandemia— es que no ha estado prestando atención.

Esto es lo que pasa cuando se pone un jefe horrible al mando de un país. Y nadie puede saber cuándo se reparará el daño, si es que se repara alguna vez.

https://elpais.com/economia/2020-07-31/pesadilla-en-la-avenida-de-pensilvania.html?ssm=whatsapp?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART 

  • 20.26.-Por qué los EE UU de Trump no pueden ser Italia PAUL KRUGMAN
  • El sistema financiero chino JORGE MOLINERO

A pesar de las desventajas, el país alpino ha gestionado mejor la pandemia porque no tuvo un liderazgo desastroso

 Un grupo de turistas admira la bóveda de la Capilla Sixtina de Roma. MONDADORI PORTFOLIO / MONDADORI PORTFOLIO VIA GETTY IM

Hace unos días, The New York Times publicaba un artículo largo y muy crítico sobre cómo había podido fracasar tan estrepitosamente el Gobierno de Trump a la hora de responder al coronavirus. Buena parte del contenido confirmaba lo que cualquiera que hubiera ido siguiendo la debacle sospechaba. Sin embargo, una cosa que no había visto venir era el papel aparentemente esencial que ha desempeñado la experiencia italiana.

24 jul 2020.- Como sabrán, Italia fue el primer país occidental en padecer una gran oleada de contagios. Los hospitales se saturaron y, en parte como consecuencia de ello, el número de fallecimientos inicial fue terrible. Pero los casos alcanzaron el pico al cabo de unas semanas e iniciaron un descenso. Y por lo visto, en de la Casa Blanca confiaban en que Estados Unidos seguiría una senda similar.

Pero no fue así. En Estados Unidos, el número de casos se estabilizó durante un par de meses, y después empezó a aumentar con rapidez. Los fallecimientos llegaron con efecto retardado. A estas alturas no podemos sino contemplar con añoranza el éxito de Italia a la hora de contener el coronavirus: a pesar de que se han reabierto restaurantes y cafeterías, aunque con restricciones, y se ha reanudado buena parte de la vida normal, la tasa de mortalidad es 10 veces inferior a la de Estados Unidos. En cualquiera de estos últimos días, por ejemplo, fallecían de covid-19 más de 800 estadounidenses y solo unos 12 italianos.

Aunque Donald Trump sigue jactándose de que hemos tenido la mejor respuesta del mundo al coronavirus, y algunos seguidores ingenuos le creen, me parece que mucha gente es consciente de que nuestra gestión de la pandemia se ha quedado trágicamente corta en comparación, por ejemplo, con la de Alemania. Puede que no sorprenda que la disciplina y la competencia alemana hayan dado sus frutos (a pesar de que nosotros creíamos estar mejor preparados que cualquier otro para afrontar una pandemia). ¿Pero cómo puede ser que lo estemos haciendo mucho peor que Italia?

No pretendo difundir estereotipos nacionales facilones. A pesar de todos sus problemas, Italia es un país serio y avanzado, no un escenario de ópera bufa. Aun así, Italia inició esta pandemia con grandes desventajas respecto a Estados Unidos. Después de todo, la burocracia italiana no tiene fama de eficaz, y los ciudadanos no son conocidos por su tendencia a cumplir las normas. El Gobierno de la nación está endeudado, y esta deuda importa, porque Italia no tiene moneda propia; eso significa que no puede hacer lo que hacemos nosotros, y acuñar montones de dinero en una crisis.

Su demografía desfavorable y los problemas económicos suponen también grandes desventajas para Italia. La ratio entre jubilados y adultos en edad de trabajar es la más alta del mundo occidental. Y la tasa de crecimiento italiana es profundamente decepcionante: el PIB per cápita lleva dos décadas estancado. Sin embargo, a la hora de responder a la covid-19, todas estas desventajas se vieron compensadas por una enorme ventaja: Italia no tuvo que soportar la carga del desastroso liderazgo estadounidense.

Después de un comienzo horrible, Italia empezó a hacer lo necesario para enfrentarse al virus. Impuso un confinamiento muy estricto, y lo mantuvo. La ayuda estatal sirvió para sostener a trabajadores y empresas durante el confinamiento. La red de seguridad tenía agujeros, pero las autoridades intentaron hacer que funcionara; en un caso supremo de antitrumpismo, el primer ministro hasta pidió disculpas por los retrasos que experimentaron las ayudas. Y lo más crucial, Italia aplanó la curva: mantuvo el confinamiento hasta tener relativamente pocos casos, y su desescalada fue cauta.

Estados Unidos podría haber seguido el mismo camino. De hecho, la trayectoria de la covid-19 en el noreste del país, que al principio se vio duramente golpeado, pero se tomó la pandemia en serio, se parece mucho a la de Italia. Pero el Gobierno de Trump y sus aliados ejercieron presión para que se reabriera rápidamente la economía, haciendo caso omiso de las advertencias de los epidemiólogos. Como no hicimos lo que hizo Italia, no aplanamos la curva, sino todo lo contrario. Las cosas empeoraron por la oposición patológica a cosas como el uso de mascarillas, de igual forma que hasta las precauciones más obvias se convertían en campos de batalla en las guerras culturales.

Y de ese modo los casos y las muertes se dispararon. Hasta la prometida compensación económica que traería consigo la desescalada rápida poniéndose al mundo por montera era un espejismo: muchos Estados están volviendo a imponer confinamientos parciales, y cada vez hay más pruebas de que la recuperación del empleo se está estancando, o retrocediendo.

Por increíble que parezca, Trump y sus aliados parecen no haberse planteado siquiera cómo reaccionar si la abrumadora opinión de los expertos se confirmaba y su apuesta por hacer caso omiso del coronavirus no salía bien. El Plan A era un crecimiento milagroso; pero no había Plan B.

En concreto, decenas de millones de trabajadores están a punto de perder unas prestaciones por desempleo cruciales, y los republicanos ni siquiera han acordado una respuesta mala. El pasado miércoles, los republicanos del Senado propusieron la idea de reducir las prestaciones complementarias de 600 a solo 100 dólares, lo cual supondría un desastre para muchas familias.

Para alguien como Trump, todo esto debe de ser humillante, o lo sería si alguien se atreviera a contárselo. Después de tres años de “devolver a Estados Unidos su grandeza”, nos hemos convertido en una figura patética en el escenario mundial, una fábula sobre aquello de que después del orgullo viene la caída. En los tiempos que corren, los estadounidenses no pueden sino envidiar el éxito de Italia a la hora de capear el coronavirus, y su rápido retorno a una especie de normalidad que parece un sueño distante en un país que se congratulaba de su cultura de puedo con todo. A Italia se la conoce comúnmente como “el enfermo de Europa”; ¿en qué nos convierte eso a nosotros?

https://elpais.com/economia/2020-07-24/por-que-los-ee-uu-de-trump-no-pueden-ser-italia.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART 

20.26.-El sistema financiero chino JORGE MOLINERO

Foto: https://www.masters-finanzas.com

Hace pocos meses los chinos habían informado sus planes para introducir una “Moneda Digital” (El Cohete, 24.05.2020). Ahora dejan trascender el proyecto de crear bancos de inversión “del tamaño de portaaviones”. Hasta el momento el sector financiero chino está dominado por instituciones bancarias estatales. Tanto el People Bank of China (su banco central) como los bancos comerciales Industrial & Commercial Bank of China (ICBC), China Construction Bank (CCB), Agricultural Bank of China (ABC), y Bank of China (BOC), son estatales y dominan ampliamente la escena. ¿Cuál es la razón para desarrollar bancos de inversión y cuál la diferencia con los bancos comerciales? 

La ley Glass-Steagal de Roosevelt 

24 jul 2020.- La separación entre bancos de inversión y bancos comerciales se produce en 1933 por la promulgación de la Ley Glass-Steagal, para evitar los excesos de especulación que llevaron a la crisis de 1929.

Desde 1922 los bancos norteamericanos invertían frenéticamente en el mercado de valores, contribuyendo a una exuberancia irracional en su valor, con crecientes apalancamientos de compras. Cuando el mercado de valores se derrumbó en octubre de 1929, los depositantes en tropel quisieron retirar sus fondos. También pidieron oro a cambio del dinero, casi agotando la Reserva Federal. En el pánico bancario que siguió al crack de la bolsa de Wall Street quebraron más de 4.000 bancos. No sólo quebraron los bancos insolventes que se habían apalancado en los ahorros de sus clientes comerciales sino también muchos prudentes bancos que no soportaron los súbitos retiros de depósitos.

 En marzo de 1933, el nuevo presidente Roosevelt declaró un feriado bancario de cuatro días para dictar la ley conocida como Glass-Steagal, que eliminó la convertibilidad del dólar en oro, prohibió a los bancos comerciales hacer operaciones riesgosas en el mercado de valores bursátiles, prohibió a los bancos de inversión tener participación mayoritaria en los bancos comerciales, obligó a encontrar fuentes de fondos separada de los depositantes comerciales, prohibió a los funcionarios bancarios pedir préstamos excesivos de su propio banco y dio plazo de un año para decidir si se convertirían en bancos de inversión o comerciales. La ley había creado un muro anti-incendio entre ambas bancas, con el propósito de defender los ahorros que los ciudadanos depositaban en los bancos comerciales, los que pasaron a tener una garantía estatal hasta cierto monto. Cuando los bancos reabrieron tras el largo feriado bancario la corrida había cesado y a poco comenzaba la recuperación con el conjunto de medidas del New Deal. El capital financiero fue relegado y se mantendría debilitado y en un segundo plano por varias décadas.

A partir de Reagan se comienzan a relajar las medidas de regulación financiera y en 1999, bajo Clinton, se deroga formalmente la ya no respetada ley Glass-Steagal, produciendo una nueva y creciente exuberancia especulativa que tuvo su mayor expresión en 2008 con la crisis de las hipotecas basura o sub-prime.

Los bancos e instituciones “de inversión” se ocupan de las finanzas corporativas y los fondos líquidos de personas muy acaudaladas, clientes que no se contentan con las tasas de interés ofrecidas por los bancos comerciales y asumen mayores riesgos. Sus principales operaciones son suscripción de emisión de valores, fusiones y adquisiciones, negocios de futuros, fondos mutuos, fondos de cobertura (hedge funds) y similares. Las compras apalancadas y el abuso de los derivados financieros han reiterado, una y otra vez, las corridas especulativas que la ley de 1933 evitó por muchos años.

China ha tenido especulaciones financieras que derivaron en caídas importantes de sus bolsas a mediados de 2015 y modificaciones reglamentarias posteriores llevaron a un esquema de separación similar a la ley norteamericana de 1933. ¿Por qué ahora quieren modificar sus propias restricciones a la banca de inversión? ¿Cómo proponen llevar adelante esta etapa de financiarización del sector?

 La principal razón es la letra chica de los acuerdos parciales (Etapa 1) acordados bajo la implacable presión de Estados Unidos, por la que se comprometen a abrir totalmente el mercado de capitales antes de fin de 2020. De estos acuerdos han trascendido en Argentina el compromiso de mayores compras de soja a Estados Unidos, pero hay otros que indican la magnitud de la presión de Estados Unidos y la debilidad relativa de China. La apertura financiera es una de ellas.

Para contrarrestar el ingreso de bancos de inversión internacionales los chinos están diseñando instrumentos que le permitan tener el lugar ocupado con “campeones nacionales” para cuando aquellos entren en escena. Una pista de los cambios se puede rastrear en la creación de la Comisión Reguladora de Banca y Seguros de China (CBIRC) en 2018 o en la repetición en la prensa de la necesidad de estudiar los “bancos universales”, palabras en código para anticipar la movida por think tanks representantes de la fracción más pro-mercado dentro del PCCh.

Recientemente el semanario financiero chino Caixin Weekly informó que la CBIRC daría licencia a algunos bancos comerciales para realizar operaciones propias de la banca de inversión, para canalizar los excedentes de corporaciones y los nuevos ricos que el desarrollo vertiginoso de China ha creado en estos años. De acuerdo a la probada táctica china de ensayo y error, las autoridades están pensando en comenzar un plan piloto, como el que se lleva a cabo con la moneda digital.

Las aseguradoras y bancos chinos son de los más grandes del mundo, pero sus instituciones para el manejo de bolsa son pequeñas a escala mundial. El conjunto de los más de 130 corredores chinos iguala las operaciones de Goldman Sachs, según China Securities Journal.

Hasta ahora el banco candidato para la etapa piloto es el estatal ICBC, el banco comercial más grande del mundo. Hay dos empresas estatales (SOEs por sus siglas en inglés) que se anotan para banca de inversión: Citic Group (no confundir con el Citigroup americano) y Everbright Group.

Citic Group controla el Citic Bank, con un valor de mercado equivalente a USD 31,2 miles de millones. La posible fusión con otros corredores llevaría el valor del grupo por sobre los USD 82 mil millones.

La bolsa de Shanghái, la más importante del país y una de las principales del mundo, ha sido testigo del incremento del valor de las acciones de Citic y Everbright, en una anticipada especulación que formarían parte del “portaaviones” que ya descuenta el mercado de valores chino. La cotización total de las acciones chinas ha subido recientemente a USD 9,7 billones (amer. Trillion) casi el nivel máximo obtenido en junio de 2015 de USD 10 billones (amer. Trillion). La bolsa de Shanghái exhibe cotizaciones muy elevadas a pesar del deterioro de sus bases fundamentales (“fundamentals”) por la pandemia. Al igual que en las bolsas de Estados Unidos por otras razones, son conductas alimentadas por actores que pueden llegar a desestabilizar el modelo de crecimiento sin crisis durante cuarenta años.

 Jugar con fuego

¿Qué es la “industria financiera”, como gusta llamarla los norteamericanos? Es el nombre que le han puesto al capital financiero para embellecer su función, legalizándola como “creadora de valor” y pretendiendo contribuir con sus “innovaciones” al crecimiento del PBI. Los grandes salarios de los ejecutivos financieros, como las fabulosas ganancias del sector, por arriba de la tasa de ganancias del sector industrial en su conjunto, serían la representación “correcta” de las “extraordinarias” contribuciones del mismo al crecimiento nacional. Sin embargo, la desviación de los excedentes hacia esquemas financieros en vez de inversión productiva ha coincidido con una reducción de la tasa de crecimiento respecto al período de posguerra. Keynes distinguió las esferas financieras e industriales de la economía de una manera similar a como podríamos actualmente separar la economía de activos de la economía real. La propuesta de Keynes de practicar la eutanasia del rentista no fue una idea de mera crítica frente a la crisis que éstos habían provocado en 1929 sino una denuncia de su carácter parasitario y dañino.

La inconvertibilidad del dólar en 1971 y el crecimiento del capital financiero fueron madurando las condiciones para la desregulación financiera que caracteriza al neoliberalismo. De ser ayuda del ciclo productivo el capital financiero ha pasado a ser su control. El capital financiero, como dinero que crea más dinero sin otra intervención que el tiempo, es mistificación y ocultamiento del proceso social de la generación de valor por los distintos tipos de trabajo en la esfera productiva.

Con el retorno de la hegemonía del capital financiero sobre el resto de las fracciones del capital en los años ochenta ese capital ficticio ha venido creciendo en forma alarmante. Se ha producido un florecimiento de nuevos instrumentos (derivados y otros) que en forma parasitaria extraen el excedente de explotación de otros sectores. El aumento de las ganancias financieras y su apropiación de la esfera real es paralelo al aumento de las representaciones de lo financiero sobre la economía real. En 1980 la liquidez internacional – medida como porcentaje del PBI Mundial – ascendía a casi el 70% del mismo, para empinarse hasta casi el 160 % en 2016 y ubicarse en el 140 % en 2019 (Michael Howell. Capital Wars. 2020). Una masa creciente de “capital ficticio”, grandes esquemas de Ponzi, que cada tanto son violentamente devaluados por crisis periódicas de realización.

 Hay actividades financieras de inversión – por ejemplo, la suscripción de emisión de valores – necesarias para canalizar los ahorros de empresas y particulares a nuevos emprendimientos reales o expansión de los actuales. Es el financiamiento de la actividad real, la producción de bienes y servicios. Mientras esa necesidad se cumple como una función para el desarrollo social y económico el costo de esas instituciones financieras justifica su existencia. Hasta ahora el sistema bancario chino ha canalizado ahorros hacia una elevada tasa de inversión, fruto de los elevados ahorros familiares y de las empresas.

Inversión/Producto Bruto Tasa Promedio 1980 – 2019

PAIS PROMEDIO
CHINA 40,0%
EEUU 21,6%

Fuente: FMI – WEO 2019

 China está jugando con fuego al programar voltear la muralla que dividía la banca comercial de la más especulativa y desestabilizante banca de inversión, aun de poca dimensión en ese país. Hasta ahora había logrado un recorrido de cuarenta años sin caída del nivel de actividad general, y fuera de la actual – producida por las necesarias cuarentenas para dominar el coronavirus – nunca tuvo una caída anual de su PBI. Inclusive puede que – a pesar de la pandemia – cierre el año en valores positivos, con alguna ayuda cosmética en el crecimiento oficial del 3,2 % de su PBI en el segundo trimestre de este año.

 El cambio de política financiera será el resultado de la presión de Estados Unidos para que abra su economía al capital financiero internacional, del que son los principales exponentes junto a Gran Bretaña. Una de las principales diferencias entre el capitalismo de Estado chino y el capitalismo neoliberal es que el capital financiero está controlado por el Estado. El ingreso de las instituciones internacionales disminuye ese poder. Las alas dentro del gobierno chino (pro libre mercado e intervencionista) luchan por imponer qué tipo de control y con qué instituciones podrán enfrentar a los pesos pesados occidentales entrando en la ciudadela de su poder financiero. En las reglamentaciones que aparezcan en los próximos meses quizá podamos imaginar el peso relativo de cada sector.

Si la apertura financiera china multiplica las actividades financieras al estilo de Occidente – donde el centro se corre del financiamiento de inversiones reales a esquemas de especulación financiera – corre el peligro que el centro de las decisiones pase al capital financiero, aumentando la especulación de valores en desmedro de la inversión real en medios de producción, infraestructura, etc. El florecimiento de las nuevas instituciones, estatales o extranjeras, reduciría el desarrollo en beneficio de una fracción parasitaria. Los negocios del pináculo de la riqueza china – en un país muy desigual con ricos muy ricos, aunque cada vez haya menos pobres – pasarían a ser más importantes que el Estado que los hizo nacer y crecer, y lo controlarían. Si las nuevas instituciones y las reglamentaciones no limitan en los hechos la participación de instrumentos de inversión internacionales el juego será doblemente riesgoso. Ese es el peligro que la fracción dirigente del PCCh parece querer evitar.

Las tres esferas que China trata de impulsar en esta etapa son el desarrollo tecnológico, el poderío de su defensa militar y el sendero de desarrollo de su economía, procurando evitar un conflicto armado con Estados Unidos o sus aliados. La pandemia ha trastocado sus planes y los del resto del mundo también. Al ser el primer país importante que la está superando se le abren oportunidades para desplegar sus fuerzas productivas antes que el resto y reparar los enormes costos incurridos. La introducción de la gran banca de inversión siembra dudas sobre el cumplimiento cabal de algunos senderos independientes de expansión.

Este es el escenario que se irá desarrollando en los años por venir, configurando el mundo que influirá sobre las posibilidades de muchos países, entre ellos la Argentina, para retomar senderos de expansión. Los dados están rodando.

 https://www.alainet.org/es/articulo/208071

20.25.-Se avecina el siguiente desastre PAUL KRUGMAN

El fin de las mejoras en las prestaciones por desempleo hará que sus beneficiarios sean lanzados por la borda

Un hombre carga cajas de comida de un banco de alimentos de Los Ángeles. FREDERIC J. BROWN / AFP VIA GETTY IMAGES

Algunos sabíamos desde el principio que Donald Trump no estaba a la altura del cargo de presidente, que no lograría afrontar una crisis que no estuviera causada por él mismo. Aun así, la magnitud del fracaso en la gestión del coronavirus en Estados Unidos ha sorprendido incluso a los escépticos.

17 jul 2020.- A estas alturas, Florida tiene por sí sola una media diaria de fallecimientos aproximadamente igual a la de toda la Unión Europea, a pesar de que esta multiplica por 20 su población. ¿Cómo ha podido pasar? Un elemento clave de nuestra debacle mortal ha sido la extremada cortedad de miras: en cada fase de la crisis Trump y sus aliados se han negado a reconocer o adelantarse a desastres que cualquiera que prestara atención veía venir claramente. A la alegre negación de que la covid-19 supusiera una amenaza, le siguió la alegre negación de que un desconfinamiento rápido pudiera causar un nuevo rebrote de los contagios; ahora que tenemos los rebrotes encima, los gobernadores republicanos responden con lentitud y a regañadientes, mientras que la Casa Blanca no hace nada en absoluto.

Y ahora se avecina otro desastre, esta vez económico en lugar de epidemiológico. Para entender el abismo por el que estamos a punto de precipitarnos debemos saber que, mientras que la gestión general de la covid-19 en Estados Unidos ha sido catastróficamente mala, sí ha habido un aspecto —la respuesta económica— realmente mejor de lo que muchos esperábamos. La Ley de Ayuda, Alivio y Seguridad Económica contra el Coronavirus (CARES por sus siglas en inglés), diseñada principalmente por los demócratas, pero aprobada por una mayoría de ambos partidos a finales de marzo, tenía fallos de diseño y de aplicación, pero contribuyó en gran medida a aliviar las dificultades y a limitar las consecuencias económicas de la pandemia.

En concreto, la ley establecía un importante aumento de la ayuda a los trabajadores que se habían visto obligados a dejar de trabajar debido a los confinamientos impuestos. El seguro de desempleo en Estados Unidos representa, por lo general, una débil protección frente a la adversidad; muchos trabajadores no están cubiertos e incluso aquellos que lo están reciben solo una pequeña fracción de sus salarios anteriores. Pero la Ley CARES amplió la cobertura, por ejemplo, a los trabajadores ocasionales, y aumentó drásticamente las prestaciones, sumando 600 dólares al cheque semanal de cada perceptor. Este aumento de las prestaciones sirvió a un doble propósito. Supuso que la miseria era mucho menor de la que habría podido esperarse de una crisis que eliminó temporalmente 22 millones de puestos de trabajo; y en algunos aspectos, la pobreza disminuyó de hecho.

También contribuyó a sostener aquellas partes de la economía que no estaban paradas. Sin esas prestaciones de emergencia, los trabajadores despedidos se habrían visto obligados a reducir todos sus gastos. Esto habría generado una segunda ronda de pérdida de empleo y contracción económica, además de provocar una enorme oleada de impagos de alquileres y desahucios.

De modo que la mejora de las prestaciones por desempleo ha constituido un salvavidas crucial para decenas de millones de estadounidenses. Por desgracia, a todos esos beneficiarios les quedan unos días para ser lanzados por la borda. Porque ese complemento semanal de 600 dólares solo es aplicable a las semanas de prestación que terminan “el 31 de julio o con anterioridad a dicha fecha”. El 31 de julio cae en viernes. Las semanas de prestación por desempleo terminan, por lo general, en sábado o domingo. De modo que en la mayoría de los lugares el complemento dejará de aplicarse el 25 o el 26 de julio, y millones de trabajadores verán desplomarse sus ingresos un 60% o más en los próximos días.

Han transcurrido dos meses desde que la Cámara de Representantes aprobó una medida de rescate que, entre otras cosas, extendería la mejora de las prestaciones al resto del año. Pero ni los republicanos del Senado ni la Casa Blanca han mostrado prisa por atajar la inminente crisis. ¿Por qué? Parte de la respuesta es que Trump y sus funcionarios van muy rezagados respecto a la curva del coronavirus. Siguen hablando de una rápida recuperación en V que nos devolverá enseguida al pleno empleo, por lo que el subsidio extraordinario al desempleo será innecesario. Por lo visto no se dan cuenta de lo que todos los demás vemos: una economía que vuelve a tambalearse a medida que el coronavirus rebrota.

Las falsas ilusiones acerca del estado de la recuperación económica permiten a su vez a los conservadores deleitarse en una de sus ideas zombies favoritas: que ayudar a los desempleados en tiempos de depresión económica perjudica la creación de empleo, al actuar como desincentivo para que los desempleados acepten trabajos. La preocupación por los incentivos al desempleo en medio de una pandemia es incluso más ridícula que la preocupación por esos incentivos inmediatamente después de una crisis financiera, pero parece constituir la base del pensamiento de la Casa Blanca (o quizá debería ser “pensamiento”, entre comillas) respecto a la política económica que debe aplicarse en este momento.

Presiento que los republicanos tienen una visión ilusoria de su propia posición negociadora. No parecen darse cuenta de que serán ellos, no los demócratas, quienes cargarán con la culpa si millones de personas caen en la penuria debido al retraso en la ayudas; en la medida en que están dispuestos a actuar, siguen suponiendo que pueden exigir concesiones como una exención total de la responsabilidad empresarial por la pandemia. Quizá la perspectiva de catástrofe centre las mentes republicanas, pero parece más probable que nos esperan semanas, si no meses, de dificultades económicas extremas para millones de estadounidenses, dificultades que harán que toda la economía se tambalee. Este desastre no tenía por qué ocurrir; pero lo mismo podría decirse de la mayor parte de lo que ha ido mal en este país en los últimos tiempos.

https://elpais.com/economia/2020-07-17/se-avecina-el-siguiente-desastre.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART 

  • 20.24.-Tesla ya es la empresa automovilística más valorada del mundo MARC FORTUÑO
  • Los delirios mortales del rey Donald  – PAUL KRUGMAN

Recientemente, Tesla ha conseguido un hito histórico en sector automovilístico y es convertirse en el fabricante de mayor valor bursátil global, después de que sus acciones alcanzarán máximos históricos y superararan a la veterana Toyota.

9 jul 2020.- A día de hoy, Tesla supera en capitalización de mercado a Toyota ya que está valorada en 253.000 millones de dólares frente a los 205.000 millones del fabricante japonés. Este no es el único dato escalofriante que se recogen de las valoraciones actuales, y es que Tesla ahora vale más que el valor combinado de General Motors, Volkswagen, Ford, Fiat y Daimler.

En términos de valoración de mercado, en los últimos cinco días ha logrado posicionarse en una quinta parte del mercado mundial de automóviles y componentes de automóviles.

Y es que a pesar de la crisis del COVID-19, se ha visto un aumento meteórico en las acciones de Tesla de un 190% desde que se inició el 2020. Esto pone de relieve las altísimas expectativas existentes por parte de los inversores en el futuro de los vehículos eléctricos el paso de Tesla de un fabricante de automóviles de nicho a un líder mundial.

Este cambio de expectativas está fundamentado en qué tras años de numerosas pérdidas, Tesla ha conseguido registrar tres trimestres consecutivos de rentabilidad desde el tercer trimestre de 2019 e, incluso, llegó a sorprender a los inversores con sólidas entregas en el primer trimestre, cuando el COVID-19 se empezó a expandir por Europa.

Además, los inversores ven más en Tesla una empresa tecnológica que un fabricante de coches. La prueba es que las acciones del grupo eléctrico casi se han triplicado en lo que va del año, mientras que los valores de los fabricantes de automóviles establecidos han caído debido al impacto de la pandemia mundial de coronavirus. Las acciones de Toyota han caído más del 12% desde principios de febrero, ya que se vio obligada a cerrar fábricas y presentaciones en todo el mundo.

Hay otro factor a tener en cuenta. Si Tesla logra otro trimestre positivo encadenando cuatro positivos con números negros, tiene muchas papeletas para entrar en el índice bursátil S&P 500, lo que desataría las compras de los fondos índices que deberían ponderar Tesla en su estructura de inversión. Con esta visión, muchos inversores ya están descontando esa realidad de flujos futuros.

Tesla vs Toyota: Más allá de la valoración bursátil 

Los números de Tesla frente a los números de Toyota no tienen nada que ver. Y es que los ingresos de la compañía japonesa ascendieron a unos 253.000 millones de dólares en 2019, en comparación con los 21.000 millones de Tesla.

El total de entregas de Tesla fue de 368.000 en 2019, comparado con los 9 millones de vehículos entregados por Toyota.

Las valoraciones de Tesla desafían toda racionalidad. Mientras que las acciones de Toyota cotizan en un múltiplo que valora el negocio en 16 veces sus beneficios, las acciones de Tesla cotizan en un múltiplo de casi 220 veces los beneficios de la compañía (a beneficios constantes deberíamos esperar 220 años para recuperar nuestra inversión), muy por encima de cualquier otro negocio automotriz y casi duplican los múltiplos vistos por gigantes tecnológicos como Amazon.

Al ser un negocio más maduro, Toyota sigue estando muy por delante de Tesla en cuanto a la eficiencia de la fabricación, produciendo más vehículos por empleado, al tiempo que utiliza sus activos fijos e inventarios de manera más eficaz. Tesla ha entregado unos 9 vehículos por empleado a tiempo completo en 2019, comparado con los 24 de Toyota.

Si miramos la eficiencia Toyota vuelve a ganar. La tasa de rotación del inventario se calcula como el coste de los bienes vendidos dividido por el promedio de inventario (un índice más alto indica que una empresa es más eficiente en la gestión de su inventario) la ratio de rotación de Toyota se situó en 9x frente a 5x para Tesla en 2019.

https://www.elblogsalmon.com/sectores/tesla-empresa-automovilistica-valorada-mundo 

20.24.-Los delirios mortales del rey Donald PAUL KRUGMAN

En Estados Unidos somos todos pasajeros a merced de un capitán loco y decidido a hundir su barco

Panel informativo en una carretera para prevenir la covid-19.CHENEY ORR / REUTERs

No sé ustedes, pero yo me siento cada vez más como si estuviéramos todos atrapados en el Titanic, pero esta vez con un capitán loco que insiste en ir directos hacia el iceberg. Y su tripulación es demasiado cobarde para contradecirle, por no hablar ya de amotinarse para salvar a los pasajeros.

10 jul 2020.- Hace un mes se podía esperar aún que la ofensiva de Donald Trump y los gobernadores trumpistas de la región conocida como el Cinturón del Sol para relajar las medidas de confinamiento y reabrir negocios como restaurantes y bares —a pesar de que no cumplíamos ninguno de los criterios necesarios para hacerlo con seguridad— no tuviera resultados completamente catastróficos.

Sin embargo, a estas alturas, está claro que todo lo que los expertos intuyeron que podía pasar, está pasando. El número de nuevos casos diarios de covid-19 es dos veces y media mayor que a principios de junio, y aumenta con rapidez. Los hospitales de los Estados que relajaron las medidas antes de tiempo soportan una presión terrible. La cifra de muertos diaria en todo el país sigue cayendo gracias al descenso de los fallecimientos en el noreste, pero está aumentando en los estados del Cinturón del Sol y, sin duda, lo peor está por llegar.

Un presidente y un partido político normales estarían horrorizados ante este giro de los acontecimientos. Caerían en la cuenta de que han tomado una decisión equivocada y de que es hora de cambiar drásticamente de rumbo; empezarían a tomarse en serio las advertencias de los expertos sanitarios. Pero a Trump, que inició su presidencia con una diatriba sensacionalista y desmentida por los hechos sobre la “carnicería americana”, parece no preocuparle lo más mínimo el número de víctimas de una pandemia que casi con seguridad causará más muertos que los fallecidos por homicidio durante toda la década pasada. Y está más decidido si cabe a desoír a los expertos, al exigir esta semana una reapertura total de los colegios, a pesar de las recomendaciones actuales. Ah, y sigue sin aconsejar a los estadounidenses que se protejan unos a otros llevando mascarillas, y sin dar ejemplo llevándola él.

¿Cómo se puede entender esta respuesta patológicamente inepta de Trump al coronavirus? Hay un fondo oculto de puro cinismo: está claro que a Trump y a los que le rodean no les importa mucho cuántos estadounidenses mueren o sufren secuelas permanentes por culpa de la covid-19, siempre que la política les favorezca. Pero este cinismo va envuelto en múltiples capas de delirio.

Por un lado, está claro que los trumpistas siguen sin aceptar que esto está ocurriendo de verdad. Hasta principios de 2020, Trump disfrutó de una vida política afortunada. Todos sus predecesores recientes habían tenido que lidiar con algún reto externo durante sus primeros tres años de mandato. Barack Obama heredó una economía hundida por una crisis financiera. Con independencia de lo que cada uno opine sobre su respuesta, George W. Bush dio la cara ante el 11-S. Bill Clinton se enfrentó a un desempleo persistentemente elevado. Pero Trump heredó una nación en paz y en medio de una prolongada expansión económica que continuó, sin cambios de tendencia visibles, después de que asumiese la presidencia.

Y entonces llegó la covid-19. Probablemente otro presidente habría visto la pandemia como una crisis a la que había que plantar cara. Pero esa idea no parece habérsele pasado en ningún momento por la cabeza a Trump. Por el contrario, lleva cinco meses intentando hacernos volver al punto en el que estábamos en febrero, cuando iba sentado en lo alto de una locomotora en marcha y fingía que la conducía él.

Esto ayuda a explicar su extraña aversión a las mascarillas: recuerdan a la gente que estamos en medio de una pandemia, que es algo que desea que todos olvidemos. Por desgracia para él —y para los demás— el pensamiento positivo no hace que los virus desaparezcan. Ahí, sin embargo, es donde entra la segunda capa de delirio. A estas alturas ya está claro que la cínica decisión de sacrificar vidas en pos de una ventaja política está fracasando incluso en sus propios términos. La desescalada apresurada de las medidas de confinamiento sí produjo un aumento importante del empleo en mayo y principios de junio, pero claramente, a los votantes no les impresionó demasiado; la valoración de Trump en los sondeos siguió empeorando. Este año no es la economía, estúpido; es el virus.

Y ahora, el aumento de los contagios podría estar retrasando la recuperación económica. En otras palabras, la estrategia de “ni caso a los expertos, adelante a toda máquina” parece tan absurda como inmoral. Pero Trump, lejos de reconsiderar la situación, sigue cavando el agujero en el que se encuentra, casi del mismo modo en que sigue agitando el racismo a pesar de que políticamente no le está funcionando. Por increíble que parezca, pese al aumento de las hospitalizaciones, sigue insistiendo en que la subida del número de casos declarados no es más que una ilusión debida a que se realizan más pruebas. ¿Qué podemos hacer en esta situación? A Trump le quedan otros seis meses en el cargo (como siga en él después del 20 de enero, que Dios nos coja confesados). Y ahora está claro que no va a cambiar de rumbo, por mucho que empeore la pandemia. Como he dicho, somos todos pasajeros a merced de un capitán loco y decidido a hundir su barco.

Es cierto que el federalismo es nuestro amigo. Trump no tiene realmente ninguna autoridad directa sobre decisiones como la apertura de colegios. Y, aunque no todos, muchos Estados tienen gobernadores racionales que intentan limitar los daños, si bien es difícil contener la expansión en Nueva Jersey o Michigan cuando en Florida el coronavirus avanza sin control.

Pero van a morir muchos más estadounidenses. Y si Joe Biden llega a ser presidente, deberá, al igual que Obama hace 12 años, ponerse al mando de un país sumido en una crisis profunda.

https://elpais.com/economia/2020-07-10/los-delirios-mortales-del-rey-donald.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART

20.23.-Asolados por el trumpismo JOSEPH-STIGLITZ

  • «Con ambas manos, Xi Jinping vota a Donald Trump» ALAIN FRACHON
  • El virus de Trump crece, y su economía se estanca PAUL KRUGMAN

Porqué la epidemia de coronavirus puede ser más grave en Estados Unidos debido a la política del presidente Donald Trump.

NUEVA YORK – Como docente, siempre busco “momentos pedagógicamente aprovechables”: hechos de actualidad que ejemplifiquen y refuercen los principios que enseño en mis clases. Y no hay nada como una pandemia para centrar la atención en lo que verdaderamente importa.

9 mar 2020.- La crisis del COVID-19 es rica en enseñanzas, en especial para los Estados Unidos. Una conclusión es que los virus no tienen pasaporte; de hecho, no respetan en absoluto las fronteras nacionales –ni la retórica nacionalista-. En este mundo estrechamente integrado, una enfermedad contagiosa que se origine en un país puede volverse global y lo hará.

La propagación de las enfermedades es uno de los efectos secundarios negativos de la globalización. Siempre que surgen estas crisis transfronterizas, exigen una respuesta global y colaborativa, como en el caso del cambio climático. Al igual que los virus, las emisiones de gases de efecto invernadero causan estragos y ocasionan costos enormes a los países de todo el mundo a través de los daños causados por el calentamiento global y los acontecimientos meteorológicos extremos relacionados con él.

Una mujer con barbijo frente a la Casa Blanca, en Washington, este lunes. EFE/EPA/ERIK S. LESSER

Ninguna administración presidencial estadounidense ha hecho más para debilitar la cooperación mundial y el papel del gobierno que la de Donald Trump. Y, sin embargo, cuando enfrentamos crisis como una epidemia o un huracán, recurrimos al gobierno, porque sabemos que tales acontecimientos requieren acción colectiva. No podemos arreglarnos solos ni depender del sector privado. Con demasiada frecuencia, las empresas que buscan maximizar sus ganancias consideran que las crisis son oportunidades para aumentar los precios, como ya es evidente en el alza del precio de los barbijos.

Lamentablemente, desde la presidencia de Ronald Reagan, el mantra en los EE.UU. ha sido que “el gobierno no es la solución a nuestro problema, el gobierno es el problema”. Tomar esa panacea en serio es un callejón sin salida, pero Trump se ha internado más en él que cualquier otro dirigente político estadounidense de que se tenga memoria.

En el corazón de la respuesta estadounidense a la crisis del COVID-19 se halla una de las instituciones científicas más respetadas del país, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por las siglas en inglés), que tradicionalmente están dotados de profesionales comprometidos, informados y altamente capacitados. A Trump, el máximo ejemplo del político que no sabe nada, estos expertos le plantean un problema grave porque lo contradicen cada vez que trata de inventar datos para beneficiar sus propios intereses.

La fe puede ayudarnos a hacer frente a las muertes que causa una epidemia pero no reemplaza el conocimiento médico y científico. La fuerza de voluntad y las oraciones no sirvieron para contener la Peste Negra en la Edad Media. Afortunadamente, la humanidad ha logrado notables avances científicos desde entonces. Cuando apareció la cepa COVID-19, los científicos rápidamente pudieron analizarla, someterla a análisis, rastrear sus mutaciones y comenzar a trabajar en una vacuna. Si bien todavía queda mucho por aprender sobre el nuevo coronavirus y sus efectos en los seres humanos, sin la ciencia, estaríamos totalmente a su merced y ya habría sobrevenido el pánico.

La investigación científica necesita recursos. Pero la mayor parte de los mayores avances científicos de los últimos años han costado centavos en comparación con la generosidad otorgada a nuestras compañías más ricas por Trump y las rebajas de impuestos de 2017 dispuestas por los legisladores republicanos. De hecho, nuestras inversiones en ciencia también palidecen en comparación con los costos que probablemente tenga la última epidemia para la economía, para no hablar del valor perdido en los mercados de valores.

No obstante, como señala Linda Bilmes de la Escuela Kennedy de Harvard, la administración Trump ha propuesto recortes en el financiamiento de los CDC año tras año (10% en 2018, 19% en 2019). A comienzos de año, Trump, con el peor sentido de la oportunidad imaginable, reclamó una rebaja de 20% del gasto en programas para combatir las enfermedades infecciosas y las zoonosis emergentes (es decir, los patógenos como los coronavirus, que se originan en los animales y saltan a los seres humanos). Y en 2018, eliminó la Dirección de Seguridad Sanitaria y biodefensa global del Consejo Nacional de Seguridad.

Como no es de extrañar, el gobierno ha demostrado estar mal preparado para enfrentar el brote. Aunque el COVID-19 alcanzó proporciones de epidemia hace semanas, EE.UU. tiene una capacidad de análisis insuficiente (incluso frente a un país mucho más pobre como Corea del Sur) y procedimientos y protocolos inadecuados para tratar a los viajeros potencialmente expuestos que regresan del exterior.

Esta respuesta deficiente debería servir de nuevo recordatorio de que más vale prevenir que curar. Pero la panacea universal de Trump para cualquier amenaza económica es simplemente pedir más flexibilización de la política monetaria y reducciones de impuestos (habitualmente para los ricos), como si rebajar las tasas de interés fuera todo lo que se necesitara para generar otro boom del mercado de valores.

Este tratamiento de curandero tiene aún menos probabilidades de surtir efecto ahora que en 2017, cuando las rebajas de impuestos crearon un auge económico de corto plazo que ya se había diluido cuando ingresamos a 2020. En tanto muchas empresas estadounidenses podrían sufrir trastornos en la cadena de suministro, es difícil imaginar que repentinamente decidan encarar grandes inversiones sólo porque las tasas de interés bajaron 50 puntos básicos (suponiendo que los bancos comerciales trasladen esas rebajas en primer lugar).

Lo que es peor, puede que los costos totales de la epidemia para los EE.UU. no se hayan producido aún, en particular si no se contiene el virus. Al no tener licencia por enfermedad con goce de sueldo, muchos trabajadores infectados que ya tienen dificultades para llegar a fin de mes se presentarán a trabajar de todos modos. Y a falta de un seguro de salud adecuado, serán reacios a someterse a análisis y tratamientos, por temor a tener que pagar gastos médicos siderales. La cantidad de estadounidenses vulnerables no debería subestimarse. Bajo el gobierno de Trump, las tasas de morbilidad y mortalidad están subiendo y unos 37 millones de personas regularmente se enfrentan al hambre.

Todos estos riesgos aumentarán si se genera pánico. Para prevenirlo hace falta confianza, particularmente en aquellos encargados de informar al público y responder a la crisis. Pero Trump y el Partido Republicano vienen sembrando desconfianza en el gobierno, la ciencia y los medios desde hace años, al tiempo que dan vía libre a gigantes de los medios sociales ávidos de ganancias como Facebook, que a sabiendas permite que su plataforma se use para difundir desinformación. La perversa ironía es que la torpe respuesta de la administración Trump debilitará la confianza en el gobierno aún más.

Estados Unidos debería haber comenzado a prepararse para los riesgos de pandemia y cambio climático hace años. Sólo una gobernanza basada en principios científicos sólidos puede protegernos de tales crisis. Ahora que ambas amenazas se ciernen sobre nosotros, uno espera que todavía queden en el gobierno suficientes funcionarios públicos y científicos comprometidos para protegernos de Trump y sus incompetentes amigos.

https://www.clarin.com/opinion/asolados-trumpismo_0_RZ8PQ29W.html

20.23.-«Con ambas manos, Xi Jinping vota a Donald Trump» ALAIN FRACHON

Incluso si está llevando a cabo una campaña histéricamente anti-china, el Partido Comunista desea la victoria del presidente estadounidense, porque tiene dos cualidades principales: inconsistencia e incompetencia.

Donald Trump y Xi Jinping, en Beijing, 9 de noviembre de 2017. DAMIR SAGOLJ / REUTERS

Crónico. Es casi una tradición del partido comunista chino: votamos republicano en las elecciones estadounidenses. No solo para honrar la memoria del presidente Richard Nixon (1913-1994) que normalizó las relaciones de los Estados Unidos con China de Mao. No solo porque los republicanos tradicionalmente han tomado menos lecciones que los demócratas en materia de derechos humanos. Serían más realistas en la política exterior en general, pero también y, sobre todo, más cerca de los «grandes negocios», dos consideraciones que deleitan a los comunistas chinos.

2 jul 2020.- Será el mismo nuevamente el martes 3 de noviembre de 2020. El PCCh desea la victoria del presidente saliente. Con ambas manos, Xi Jinping vota por Donald Trump. Ciertamente, él es el primer presidente estadounidense en librar una guerra comercial contra China. Su predecesor, el demócrata Barack Obama, quería «contener» la expansión de la segunda potencia mundial. Trump lo enfrenta de frente, con aranceles, denunciando, entre otras cosas, las costumbres comerciales injustas de China y su comportamiento como pirata digital.

Pero, aparte del hecho de que esta actitud de confrontación con China es en gran medida bipartidista en Washington, compartida tanto por demócratas como por republicanos, la forma de Trump no ha aportado mucho a los Estados Unidos. Los chinos respondieron golpe por golpe, tarifa por tarifa. Washington y Beijing, cada uno en un entorno económico difícil, tuvieron que concluir un alto el fuego temporal en enero. Es cierto que, nuevamente, Trump y su campamento han optado por llevar a cabo una campaña histéricamente anti-china: todo es culpa de Beijing, comenzando con la crisis debido al nuevo coronavirus acusado de haber pesado la economía estadounidense cuyo dinamismo fue el principal argumento electoral. Del republicano Trump.

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«Los chinos manipularon a los estadounidenses»

Pero, a los ojos de los chinos, el presidente saliente tiene dos cualidades principales: inconsistencia e incompetencia. Al recibir a Trump en noviembre de 2017 en Beijing, en el esplendor imperial y con atenciones especiales, Xi Jinping trabajó con su interlocutor en el punto más sensible: el ego, un gran ego. Un ego que atrofia la inteligencia y sofoca la vigilancia, un ego que floreció en Beijing como una flor de loto en una de las zonas acuáticas de la Ciudad Prohibida. «Los chinos han manipulado a los estadounidenses», dice un observador. Xi halagó a Trump, que no se ha recuperado y parece dedicar eterna gratitud al Hijo del Cielo, el emperador de la tradición china.

A pesar de que su administración estaba reduciendo los aranceles contra China, el presidente pareció dudar. Continuó hablando de Xi en términos brillantes: «el presidente más grande en la historia de China». Quería ahorrarle a su homólogo pekinés: ni una palabra sobre la cuestión de los derechos humanos. Según John Bolton, su ex asesor de la Casa Blanca, aprobó la política de internar a cientos de miles de musulmanes uigures en China.

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En 1990, ya le había dicho a la revista Playboy que apreciaba la exhibición del «poder de la fuerza» por parte de las autoridades chinas durante la represión, en la primavera de 1989, de las protestas en favor de la democracia en la Plaza Tiananmen en Beijing, que causó cientos de muertes. En el Beijing de Xi Jinping, seguramente acogemos con satisfacción el hecho de que el líder de la democracia occidental más grande muestra tanto respeto por la autocracia política. ¿Cómo se dice «respeto» en mandarín?

Pero Trump tiene otra ventaja para Pekín: el estadounidense lidera la política china de Estados Unidos solo. Desprecia, desprecia o denigra a sus aliados, tanto en Europa como en Asia. El presidente de Joe Biden haría todo lo contrario. Al definir y aplicar una política de negociaciones difíciles con China, el demócrata buscaría apoyo. Zhou Xiaoming, ex miembro del equipo de negociación comercial chino y que ahora representa a su país en Ginebra, confió recientemente a la agencia Bloomberg: «Si se elige a Biden, creo que sería más peligroso [que Trump] para el China porque trabajará con aliados de Estados Unidos, mientras que Trump destruyó sus alianzas « (citado en el New York Times del 25 de junio).

Retórica simplista

«Trump es un regalo del cielo para China «, confió Chris Patten, el último gobernador británico de Hong Kong, a nuestro colega Le Point. En lugar de ser un frente con otras democracias liberales, Trump atacar a sus aliados en el nombre de una vista proteccionista y m ercantile. «En su rechazo al multilateralismo, Trump ha despojado al sistema de la ONU que China se apresuró a adoptar para ocupar los primeros lugares. Biden no le daría a los chinos el regalo de abandonar la Organización Mundial de la Salud en medio de una crisis de coronavirus.

China atraviesa una de las fases económicas más difíciles de su historia reciente y el PCCh ha impuesto un autoritarismo incomparable en la sociedad china desde Mao. Nuevamente, Trump es un «aliado objetivo». Sus palabras sobre la lucha contra China, la agresividad anti-china de la campaña republicana, toda esta retórica simplista justifica, a cambio, el discurso chino sobre la hostilidad occidental contra el renacimiento del Imperio Medio.

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Trump sirve propaganda del partido. Al degradar la democracia estadounidense, convierte al molino ideológico chino. En la batalla que Pekín está librando para denigrar la democracia liberal y legitimar la autocracia política, la América de Trump es un activo importante: un sistema de atención médica fallido, una división racial que todavía está abierta y, a menudo, bloquea las instituciones políticas. El promotor de Nueva York es el candidato natural del PCCh que con gusto cantaría el eslogan de los «Trumpistas»: «cuatro años más».

https://www.lemonde.fr/idees/article/2020/07/02/des-deux-mains-xi-jinping-vote-donald-trump_6044892_3232.html 

20.23.-El virus de Trump crece, y su economía se estanca PAUL KRUGMAN

Los cuatro próximos meses van a ser muy feos. Millones de estadounidenses perderán su salvavidas económico

Donald Trump insiste en que el coronavirus pasará. DOUG MILLS / AFP

Hace poco más de dos semanas, The Wall Street Journal publicaba una tribuna de opinión del vicepresidente Mike Pence titulada “No hay ‘segunda ola’ de coronavirus”. Se suponía que el artículo levantaría el ánimo al país. Pero fue, más bien, un claro ejemplo de los delirios y el pensamiento mágico que han caracterizado cada paso de la respuesta del Gobierno de Trump a la covid-19, que ha provocado un desastre político de proporciones épicas.

3 jul 2020.- Pongámoslo así: a estas alturas, según los funcionarios y los sicofantes de Trump, supuestamente estaríamos viendo una pandemia en retroceso y una recuperación espectacular. Lo que tenemos, en cambio, es una recuperación en retroceso y una pandemia espectacular. Acerca de la pandemia: el artículo de Pence declaraba alegremente que “los casos se han estabilizado”, con una cifra media diaria de solo 20.000 contagiados. Incluso esa cifra, por cierto, era cinco veces mayor que la de la UE, que tiene un tercio más de población que Estados Unidos. Desde entonces, los nuevos contagios se han disparado, y el miércoles superaban los 50.000 según algunos cálculos.

De hecho, en estos momentos, Arizona, con siete millones de habitantes, declara tantos casos nuevos al día como toda la UE, con 446 millones. Algunos partidarios de Trump siguen intentando borrar de la mente ese aumento de los contagios porque consideran que es una fábula creada por la realización de más pruebas. Pero no lo es. Los casos han aumentado mucho más que las pruebas. Las hospitalizaciones se han disparado en Arizona y Texas, que son el epicentro del nuevo pico; en ambos estados, los hospitales están en modo crisis. (Florida, que probablemente esté en la misma situación, no ha publicado datos de hospitalizaciones).

La única noticia ligeramente buena es que las muertes por coronavirus siguen disminuyendo, en parte porque la nueva ola de infecciones está golpeando a personas más jóvenes que la primera, y en parte quizá porque los médicos tienen más práctica a la hora de tratar la enfermedad. Pero la covid-19 puede ser debilitante y causar secuelas duraderas, aunque no mate. Además, las muertes son un indicador desfasado. En Arizona, donde la subida de casos comenzó unas dos semanas antes que en el resto del Cinturón del Sol, los fallecimientos están aumentando.

El caso es que el repunte de la covid-19 era completamente predecible, y se predijo. Cuando Donald Trump declaró que iniciaríamos una “transición hacia la grandeza” —es decir, que nos apresuraríamos a reabrir la economía a pesar de que la pandemia seguía descontrolada— los epidemiólogos advirtieron de que esto podría desencadenar una nueva oleada de infecciones. Y acertaron. Y los economistas advirtieron de que, si bien relajar el distanciamiento social conduciría a un breve periodo de crecimiento del empleo, estas mejoras serían de corta duración, que la reapertura prematura sería contraproducente incluso en lo relativo a la economía. Y acertaron también.

No nos dejemos engañar por el elevado número de puestos de trabajo en el informe de empleo del martes; se trata de una cifra que sigue dejándonos con casi 15 millones de puestos de trabajo menos que en febrero. El informe era una instantánea de la economía durante el “periodo de referencia”, básicamente la segunda semana de junio. De modo que nos cuenta lo que estaba ocurriendo antes de que el repunte de la covid-19 se hiciera evidente. No tenemos datos oficiales sobre lo que ha ocurrido desde entonces, pero diversos indicadores en tiempo real muestran que la recuperación se ha estancado o incluso retrocedido. Efectivamente, las cosas empezaron a estropearse antes de que los estados decidieran revocar algunas de las medidas de desescalada. Es lo que tiene el miedo a la infección: mucha gente evita salir, independientemente de lo que digan sus gobernadores.

En consecuencia, el desempleo sigue por encima del 10%, y probablemente no mejore demasiado en mucho tiempo.

Ahora bien, no existe correspondencia directa entre el empleo y la expansión de la pandemia. Si todos hubiéramos llevado mascarillas y evitado políticas estúpidas como reabrir bares y reanudar las reuniones en espacios cerrados, probablemente habríamos registrado un aumento considerable del empleo sin que las infecciones se disparasen. Pero no lo hicimos, principalmente porque Trump y los gobernadores republicanos se negaron a tomar medidas sensatas. Y tampoco podemos pulsar sin más la tecla de reinicio. Las actividades que podríamos haber retomado con seguridad hace dos meses, cuando las tasas de infección de covid-19 eran bajas, han dejado de ser seguras dada la prevalencia mucho más elevada de ahora. Es decir, estamos en peor situación, incluso desde el punto de vista económico, de lo que habríamos estado si Trump y sus aliados se hubieran tomado la pandemia en serio antes.

El aspecto realmente aterrador de nuestra situación actual es que Trump y su gente no parecen haber aprendido nada de su debacle del coronavirus. El miércoles pasado Trump insistía, como lleva haciéndolo en todas las fases de la pandemia, en que el coronavirus “desaparecerá sin más”. Y los trumpistas siguen presumiendo de las cifras de empleo de junio, sin darse cuenta, por lo visto, de que están desfasadas y de que la situación probablemente haya empeorado en las últimas semanas.

Lo triste, aterrador incluso, es que los delirios de éxito trumpianos nos van a salir muy caros al resto de nosotros. Deberíamos estar dejándonos la piel para controlar los contagios de covid-19 y asegurarnos de que los estadounidenses siguen recibiendo toda la ayuda económica que necesiten. En realidad, no es probable que ocurra ninguna de las dos cosas. Las infecciones y las hospitalizaciones se dispararán aún más, y millones de estadounidenses perderán unos salvavidas económicos cruciales en pocas semanas. Los próximos cuatro meses van a ser muy, muy feos. 

https://elpais.com/economia/2020-07-03/el-virus-de-trump-crece-y-su-economia-se-estanca.html?event_log=oklogin&o=CABEP&prod=REG

20.22.-El fracaso ante la covid-19 es de los republicanos, no de Estados Unidos  PAUL KRUGMAN

La pandemia es como el cambio climático: no es el tipo de amenaza que el partido de Trump quiera reconocer

Un camarero sirve bebidas en un bar en Austin, Texas, en mayo. El aumento de casos obligó a las autoridades a cerrar los locales el pasado viernes. SERGIO FLORES / AFP

Hace unos meses, buena parte de Estados Unidos soportaba el infierno de luchar contra la covid-19. A estas alturas han muerto más de 120.000 estadounidenses; más de 20 millones han perdido su empleo.

26 ju2020.- Pero parece que todos esos sacrificios han sido en vano. Nunca hemos tenido realmente el coronavirus bajo control, y ahora, los contagios, aunque han caído a un nivel bastante bajo en la zona de Nueva York, el epicentro original de la pandemia, están aumentando en buena parte del país.

Y la mala noticia no se debe solo al aumento de las pruebas de detección. En los nuevos lugares más afectados, como Arizona —donde la capacidad de hacer pruebas se está viendo superada— y Houston, el porcentaje de pruebas que sale positivo se está disparando, lo que demuestra que la enfermedad se expande con rapidez.

No tenía por qué ser así. La Unión Europea, una zona enormemente diversa y con más población que Estados Unidos, ha tenido mucho más éxito a la hora de limitar la propagación de la covid-19 que nosotros. ¿Qué ha ido mal?

La respuesta inmediata es que muchos Estados hicieron caso omiso de las advertencias de los expertos sanitarios y se apresuraron a reabrir su economía, y demasiada gente incumplió las reglas de precaución básicas, como llevar mascarillas y evitar las aglomeraciones. ¿Pero a qué se debe tamaña insensatez?

Bueno, yo sigo viendo declaraciones de que los estadounidenses han sido demasiado impacientes para mantener el rumbo, demasiado reacios a actuar con responsabilidad. Pero son declaraciones sumamente engañosas, porque evitan afrontar la esencia del problema. No son los estadounidenses los que han suspendido la prueba de la covid-19, sino los republicanos.

Después de todo, el noreste del país, con una mayoría de gobernadores demócratas ha sido debidamente cauto con la reapertura, y sus cifras se parecen a las de Europa. California y Washington son estados demócratas que están experimentando un aumento de casos, pero partían de una base relativamente baja, y sus gobernadores demócratas están tomando medidas como exigir el uso de mascarillas y parecen dispuestos a dar marcha atrás a la desescalada.

De modo que las malas noticias proceden de los Estados controlados por los republicanos, en especial Arizona, Florida y Texas, que se apresuraron a desescalar y, aunque algunos están ahora aminorando el ritmo, no han dado marcha atrás. Si el noreste se parece a Europa, el sur empieza a parecerse a Brasil.

Y no son solo los gobernadores y las legislaturas estatales republicanos. Según el sondeo llevado a cabo conjuntamente por The New York Times y el Siena College, los votantes en general están a favor de dar prioridad al control de la pandemia sobre la reapertura de la economía, pero los votantes republicanos, presumiblemente siguiendo el ejemplo de la Casa Blanca y Fox News, adoptan la posición contraria.

Y no se trata solo de decisiones políticas. El partidismo parece estar guiando también la conducta individual, de modo que es significativamente más probable que los que se declaran demócratas lleven mascarilla y practiquen el distanciamiento social que los que se declaran republicanos. Por tanto, la cuestión no es por qué “Estados Unidos” no ha logrado enfrentarse con eficacia a la pandemia, sino por qué el Partido Republicano se ha aliado de hecho con el coronavirus.

Parte de la respuesta es la política a corto plazo. A principios de este año, el mensaje para la reelección de Donald Trump se basaba en el triunfalismo económico: el desempleo se mantenía bajo, las Bolsas subían, y el presidente contaba con que las buenas cifras lo auparan en noviembre. Trump y sus funcionarios perdieron semanas cruciales negándose a reconocer la amenaza viral porque no querían oír ninguna noticia mala. Y presionaron para que se produjera una apertura prematura, porque querían que las cosas volvieran a verse como en febrero. De hecho, hace solo unos días los mismos funcionarios de Trump salieron a descartar los riesgos de que se produzca una segunda oleada.

Me atrevería a insinuar que la negación del coronavirus por parte de los republicanos va más allá de Trump y sus perspectivas electorales. El aspecto clave, diría yo, es que la covid-19 es como el cambio climático: no es un tipo de amenaza que el partido quiera reconocer.

No es que la derecha sea reacia al alarmismo. Pero no quiere que le tengamos miedo a amenazas impersonales que requieren una respuesta política efectiva, por no hablar de incomodidades como llevar mascarilla; quiere que tengamos miedo de personas a las que podamos odiar, personas de unas razas distintas o arrogantes progresistas.

De modo que en lugar de afrontar la covid-19, los líderes republicanos y los medios de derechas han intentado convertir la pandemia en el tipo de amenaza del que quieren hablar. Es la “kung flu” [juego de palabras entre Kung Fu y “flu”, gripe en inglés] que nos han endilgado los malignos chinos. O una farsa perpetrada por el “Estado Profundo médico” contra Trump.

La buena noticia es que la política de negación del virus no parece funcionar. Esto se debe, en parte, a que el racismo no está cumpliendo su papel como antes: los manifestantes del movimiento Black Lives Matter [Las vidas negras importan] han recibido un amplio respaldo por parte de los ciudadanos, a pesar de los esfuerzos de los sospechosos de rigor por presentarlos como hordas furiosas. Y también se debe, en parte, a que el aumento de los contagios se está volviendo demasiado evidente como para negarlo. La mala noticia es que ese partidismo ha paralizado nuestra respuesta a la covid-19. El virus está ganando, y todo indica que los próximos meses serán una aterradora pesadilla de enfermedad y turbulencia económica rampantes

https://elpais.com/economia/2020-06-26/el-fracaso-ante-la-covid-19-es-de-los-republicanos-no-de-estados-unidos.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART

  • 20.21.-EUU: Probablemente has oído que los socialistas no votarán por Biden – BHASKAR SUNKARA
  • El «día de la emancipación» de los últimos esclavos en los Estados Unidos. Es el tono único del Juneteenth.
  • Tulsa y los muchos pecados del racismo  PAUL KRUGMAN

 No es fácil ser un socialista estadounidense en estos días, a pesar del hecho de que el senador por Vermont, Bernie Sanders, construyó un movimiento multitudinario en torno a ideas que hemos defendido durante mucho tiempo, estamos ahora confrontados como potenciales saboteadores [spoilers] en las elecciones de noviembre.

13 jun 2020.- Los progresistas de toda la vida, incluyendo a más de sesenta veteranos de la organización radical Students for a Democratic Society de los años 60, describen a los socialistas —en particular, a los jóvenes socialistas— como unos pocos privilegiados que no sólo rechazan a Joe Biden sino que están incluso ansiosos por verlo perder, sin preocuparse y sin verse afectados por otros cuatro años del presidente Donald Trump.

En las más generosas de estas narrativas, somos naives bienintencionados que hemos fallado a la hora de ajustar nuestras perspectivas radicales a las necesidades pragmáticas requeridas para conseguir un cambio político en los Estados Unidos. Esta es la narrativa atemporal de la impetuosidad juvenil. Es también un retrato sesgado de lo que la mayoría de los socialistas democráticos están haciendo hoy en día.

El reducido pero renaciente movimiento socialista en este país está desarrollando un enfoque político capaz de hablarle a millones de americanos alienados. Al igual que los liberales de centro-izquierda y los progresistas, durante las próximas elecciones presidenciales y más allá de estas, nuestro objetivo es el de derrotar al populismo de derecha. La diferencia es que nosotros rechazamos hacerlo en los términos centristas que, en nuestra opinión, ayudaron a crearlo en un primer momento.

Lograr un equilibrio entre estos imperativos será delicado. Michael Harrington, fundador de Democratic Socialists of America, solía decir que los radicales tenían que caminar por una peligrosa cuerda floja: corrían el riesgo de caer en el abismo de la política convencional, o bien, de caer en la irrelevancia sectaria.

Ninguna de estas dos opciones parecía ser un peligro hace unos meses. Los socialistas democráticos cargaban con ambas, un espíritu radical y legiones de partidarios que parecían encaminarse hacia la Casa Blanca. La campaña de Bernie Sanders se apuntó algunos éxitos tempranos en la carrera por las primarias Demócratas y señalaba la llegada de una nueva coalición en la política americana –jóvenes, clase trabajadora y comprometida con las políticas igualitarias como el Medicare for All, impuestos más altos a la riqueza e iniciativas para la conciliación familiar.

“Tras el estallido de Nevadaahora es el Partido de Bernie”, rezaba el titular que escribí para Jacobin —la revista que edito— después de su victoria de febrero en el caucus estatal. Todos sabemos lo que vendría después. Los líderes moderados dentro del Partido Demócrata junto a millones de votantes convencionales se congregaron en torno a Joe Biden.

Buena parte del programa de Sanders contaba con el apoyo de la mayoría de los americanos, pero la coalición que sostenía la campaña era más estrecha de lo que pensábamos. A pesar de la fortaleza del senador por Vermont, todavía sigue siendo el partido del presidente Barack Obama. Al menos por ahora.

El mes pasado, Sanders quedó fuera de la carrera y respaldó la candidatura de Biden. Para los socialistas democráticos lo que por un momento parecía una vía directa hacia el poder se ha transformado una vez más en la tan conocida cuerda floja.

De acuerdo con algunos observadores progresistas, nuestros próximos pasos deberían ser simples. Donald Trump es la amenaza fundamental para los Estados Unidos y todo aquel que rechace votar por Biden permanecerá indiferente al sufrimiento de millones. Una izquierda socialista no puede aislarse a sí misma de un movimiento progresista más amplioy disputar por el poder en una primaria demócrata significa respetar los resultados de esta primaria del mismo modo en que lo ha hecho Bernie Sanders.

La mayoría de los seguidores de Bernie Sanders [Bernicrats] coinciden con esta lógica: el 88% de aquellos que votaron por Sanders en 2016 acabaron votando por la candidata demócrata, Hillary Clinton, en la elección general, y no hay ninguna razón para que esto no se repita este otoño. Pero los izquierdistas pertenecientes a organizaciones como Democratics Socialists of America se enfrentan a un dilema aún más complejo. No están simplemente resolviendo cómo votar a nivel individual, sino que están ponderando cómo usar recursos institucionales finitos para construir las alternativas políticas del futuro.

La mayor parte de los socialistas tienen claro que Trump supone una amenaza para la mayoría de los estadounidenses, sembrando divisiones entre los trabajadores y combinando la retórica populista con políticas que no hacen sino enriquecer aún más a sus poderosos amigos. No es extraño escuchar a jóvenes izquierdistas señalando que el Partido Republicano es la mayor amenaza para el progreso de los Estados Unidos.

Comparto la creencia de que teniendo a Joe Biden en la Casa Blanca el daño para la mayoría de los trabajadores sería menor que el que supondrían otros cuatro años de Donald Trump. Biden se aparta de aquellos progresistas, del ala más laborista [labor-oriented] del partidopero cada persona pobre y trabajadora en América, así como cada socialista, estaría mejor chocando sus cabezas con una Casa Blanca repleta de demócratas moderados antes que con una llena de hombres designados por Trump.

Pero esto no significa que los socialistas deban alinearse detrás de Biden. Hay un ambiente anti-establishment creciendo en este país, y no solamente entre los socialistas; millones de votantes desconfían de las políticas convencionales y están hartos de elegir entre dos partidos atrapados por las élites corporativas. Bernie Sanders representaba una alternativa real para muchos de ellos, pero Joe Biden no. Y están frustrados por la falta de reconocimiento: tanto en 2016 como en 2020, los finalistas derrotados en las primarias demócratas fueron los socialistas democráticos, pero teniendo en cuenta la falta de concesiones a las bases, nadie lo diría.

El ex-vicepresidente prometió a las grandes fortunas que “nada va a cambiar en lo fundamental” y parece asumir firmemente la premisa de que tocar lo menos posible es la mejor manera de unificar el voto anti-Trump. Manteniendo la línea estratégica que rige el Partido Demócrata desde 2016, Biden pretende conquistar el voto moderado de las clases profesionales de las zonas residenciales; parece, en cambio, mucho menos interesado en conquistar a los trabajadores cuyo nivel de vida ha empeorado durante las últimas décadas.

Esto podría estar bien como un cálculo electoral contra un presidente impopular, pero se adapta torpemente al coro de expertos que están intentando articular una organización socialista de 60.000 miembros detrás de una campaña moderada sin brillo. Los emisarios enviados por Biden a la izquierda han vuelto con pocas zanahorias, y todos sabemos qué tipo de palos seguirán. El centro está ya preparando un chivo expiatorio adecuado para el caso de que Biden finalmente fracase. Nosotros somos, al mismo tiempo, demasiado marginales para sentarnos en la mesa de discusión y lo bastante poderosos como para decantar una elección presidencial.

Semejante ruido aparta la atención del verdadero trabajo que las distintas secciones de Democratics Socialist of America están realizando a lo largo y ancho del país durante este ciclo electoral. Más allá de los estereotipos, no estamos impulsando a un tercer candidato o ansiosos por ver la reelección de Trump. Más bien estamos haciendo campaña por demandas fundamentales como el Medicare for All, protegiendo el U.S. Portal Service de la destrucción bipartidista, organizando a los trabajadores esenciales para luchar por mejores salarios y condiciones durante la crisis del Coronavirus y respaldando a candidatos locales [downballot candidates]que se encuentran disputando en las listas demócratas.

Este es el tipo de actividades que, de tener éxito, elevarán la participación y recordarán a millones que la política puede mejorar sus vidas. Lejos del voluble sectarismo, esta es una estrategia pragmática. Estados Unidos tiene un sistema político que penaliza la aparición de terceros partidos, por eso grupos como D. S. A. (Democratic Socialists of America) no tratan inútilmente de construir una candidatura independiente.

A la vez, reconocemos cuán impopulares son ambos partidos. En lugar de presentar a un candidato testimonial [spoiler] o permitir que la representación del malestar de las masas en relación con las instituciones políticas sea monopolizada por el populismo de derechas, los socialistas están construyendo pacientemente los pilares para las reformas en favor de los trabajadores que este país necesita urgentemente.

Esto es lo que caminar en la cuerda floja, y estar seguros de dirigirnos a algún lado, significa hoy.

20.21.-El «día de la emancipación» de los últimos esclavos en los Estados Unidos. Es el tono único del Juneteenth.

Muchos eventos están programados para el viernes para conmemorar la liberación de los últimos esclavos en Texas el 19 de junio de 1865.

JOE RAEDLE / AFP

Las protestas antirracistas en todos los Estados Unidos, la denuncia de la violencia policial… el contexto en el que tienen lugar las conmemoraciones de la emancipación de esclavos al otro lado del Atlántico, el viernes 19 de junio, les da un tono sin precedentes, en ciento cincuenta y cinco años de ‘existencia.

19 jun 2020.- En los últimos meses, varias tragedias han obligado al país a examinar su conciencia sobre la discriminación sufrida por los miembros de la comunidad negra, sobre el racismo que ha marcado su pasado y aún impregna a la sociedad. Entre ellos: la muerte de George Floyd, un afroamericano de 46 años, asfixiado por un oficial de policía blanco durante su arresto el 25 de mayo en Minneapolis, Minnesota, que causó una onda de choque y manifestaciones en todo el mundo. .

En este paso, se espera que miles de personas, viernes, durante las manifestaciones Juneteenth – contracción de junio y 19 e -, planifican desde Nueva York a Los Ángeles (California).

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·         ¿Qué conmemoramos durante el diecinueve de junio?

La rendición del jefe del ejército confederado, Robert Lee, y, por lo tanto, el final de la Guerra Civil estadounidense, se llevó a cabo el 9 de abril de 1865. Sin embargo, la llegada de las tropas de la Unión, más de dos meses después, para que los esclavos de Galveston (Texas) supieran que ahora eran libres. Texas, que era parte de la Confederación (los Estados Confederados), fue el último estado en liberar a sus esclavos. Es el recuerdo de esta fecha, 19 de junio de 1865, que fue bautizada «Juneteenth».

Contrariamente a la creencia popular, este día no marca la abolición de la esclavitud. Presidente Abraham Lincoln tenía, de hecho, liberó a los esclavos de la servidumbre de dos y medio atrás, firma, el 1er  de enero de 1863, el Proclamación de Emancipación.

«Hasta donde Juneteenth representa la libertad, también representa cómo la emancipación se retrasó trágicamente a las personas esclavizadas en las profundidades de la Confederación», insiste el medio en línea estadounidense Vox .

Con el tiempo, el 19 de junio se ha denominado Día de la Emancipación, Día del Jubileo, Día Nacional de la Libertad o Día de la Independencia Negra. Sin embargo, Vox señala que, a pesar de estos múltiples apodos, muchos estadounidenses lo desconocían, al menos hasta este año.

De hecho, Juneteenth ha tenido dificultades para establecerse en los Estados Unidos, especialmente en lo que otras fechas celebran la emancipación: el 1er enero para la entrada en vigor de la Proclamación emancipación o 4 de julio, el día en que se firmó la Declaración de Independencia en 1776. Además, durante la Primera Guerra Mundial, algunos individuos consideraron a Juneteenth como antiamericano, antipatriótico y avergonzado «porque llamó la atención sobre un período oscuro en la historia de los Estados Unidos «, según los autores del artículo académico» When Peace Come: Teaching the Significance of Juneteenth» .

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·         ¿Es feriado público?

Soling Ellis, de 7 años, espera el inicio de una Caminata de Awarness del 16 de junio contra la desigualdad racial en Boston, Massachusetts, el 18 de junio. BRIAN SNYDER / REUTERS

Los negros recién liberados celebraron el primer diecinueve de junio de 1866. Un siglo y medio después, todavía no se enseña en la mayoría de las escuelas. Del mismo modo, no es un feriado federal ni un día nacional de recuerdo, a pesar de las décadas de presión de los activistas .

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En 2012, la senadora republicana de Texas Kay Bailey Hutchison abogó por el establecimiento de un día nacional de conmemoración, como el dedicado a la bandera (14 de junio). Y después del asesinato de George Floyd, el senador Jon Cornyn, también republicano y nativo de Texas, presentó una propuesta federal de vacaciones.

Texas fue el primer estado en declarar el 19 de junio como feriado oficial en 1980. En 2020, Washington (Distrito de Columbia) y casi todos los estados reconocen esta fecha, pero pocos le han dado el estatus de Día feriado. Según Forbes, solo tres estados no consideran el día diecinueve como festivo: Hawai, Dakota del Norte y Dakota del Sur.

Varias ciudades han decidido, en su escala, reconocer específicamente esta fecha. Este es el caso de Filadelfia (Pensilvania), que alberga uno de los desfiles más grandes del país y recientemente adoptó un decreto que designa el día diecinueve como día festivo desde 2020 .

Además, muchas compañías han anunciado que honrarán o reconocerán el 19 de junio como un feriado pagado para sus empleados este año, como un signo de apoyo para la comunidad negra, detalla NBC, que lo enumera. Entre ellos, el proveedor de equipos deportivos Nike, la National American Football League (NFL) o incluso Twitter.

·         ¿Cómo se celebra este día?

«Juneteenth» marca la celebración de la emancipación de esclavos hace más de un siglo y medio. Aparece un arcoíris detrás del Lincoln Memorial en Washington, el 19 de junio de 2020. JONATHAN ERNST / REUTERS

El día diecinueve se celebra principalmente en reuniones familiares, así como en misas. Conmemoraciones se han olvidado en el principio del XX ° siglo, antes de que vuelvan a aparecer después del movimiento por los derechos civiles en los años 1950 y 1960.

“Para algunos [celebrando el diecinueve de junio] , es tener una barbacoa, disparar fuegos artificiales, reunirse alrededor de una comida y beber bebidas rojas, una tradición que simboliza la perseverancia y honra la sangre derramada por la gente afro -Americanos. Para otros, solo se trata de comprar en tiendas de propiedad de negros, compartir la historia o descansar en casa. Este año, algunos se reunirán en línea para chats de video en vivo, lo que se ha convertido en la norma frente a la pandemia [Covid-19] , detalla el  New York Times . El Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericana, por ejemplo, tiene un día virtual especial en su sitio .

El 19 de junio de 2020 también estará marcado por numerosos desfiles y conmemoraciones en las ciudades del país. Mientras que el movimiento Black Lives Matter convocó a huelgas generales de trabajadores y marchas contra la brutalidad policial y el racismo.

El 19 de junio de 2020 se desató un monumento confederado en Decatur, al noreste de Atlanta (Georgia), Estados Unidos. Cientos de personas aplaudieron a los equipos que trabajaban para mover el monumento. CHANDAN KHANNA / AFP

En varias ciudades, como Houston (Texas) o Atlanta (Georgia), las estatuas de personalidades confederadas tuvieron que ser desatornilladas y retiradas de los lugares públicos para ser transferidas a los museos.

·         ¿Cuál es la posición de Donald Trump?

«Es, en realidad, un evento importante, es un momento importante. Pero nadie lo escuchó», dijo en una entrevista con el Wall Street Journal , publicada el 18 de junio, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. El inquilino de la Casa Blanca se jactó en la misma entrevista de haber dado visibilidad a esta conmemoración y se sorprendió de que su administración ya se haya comunicado al respecto en el pasado: «¿En serio? Hicimos una declaración? La Casa Blanca de Trump hizo una declaración?» ¿Ha preguntado así al periodista que preguntó?

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Donald Trump había planeado celebrar una gran reunión de campaña el 19 de junio en Tulsa, Oklahoma, mientras la ciudad permanece marcada por el recuerdo de uno de los peores disturbios raciales en la historia del país: en 1921, unos tres Cientos negros fueron masacrados allí por una multitud blanca. Una tragedia largamente escondida en la historia de los Estados Unidos.

Ante el torrente de críticas, el presidente republicano pospuso esta reunión para el día siguiente. Como explicó al WSJ“Lo hice por respeto porque tenía dos amigos y simpatizantes afroamericanos. «

https://www.lemonde.fr/international/article/2020/06/19/qu-est-ce-que-le-juneteenth-le-jour-de-l-emancipation-aux-etats-unis_6043476_3210.html

20.21.-Tulsa y los muchos pecados del racismo  PAUL KRUGMAN

Seguimos manchados por nuestro pecado original, pero es posible que estemos, por fin, en la senda de la redención

Un manifestante sostiene una imagen con el rostro de George Floyd, el afroamericano asesinado por un policía blanco en Nueva York. JUSTIN LANE / EFE 

Cuando los encargados de la campaña electoral de Donald Trump programaron un mitin en Tulsa, Oklahoma, para el 19 de junio, enviaron lo que parecía una señal de aprobación a los supremacistas blancos. Porque el 19 de junio es Juneteenth, el día en el que los afroamericanos celebran el final de la esclavitud. Y Tulsa fue el lugar en el que se produjo la masacre racista de 1921, uno de los incidentes más mortíferos en la larga y violenta ofensiva para denegarles a los negros los frutos de la libertad que con tanto esfuerzo se habían ganado.

19 jun 2020.- Ahora se afirma que los responsables de la campaña de Trump no entendieron la importancia de la fecha, pero yo no me lo creo ni por un momento. El presidente, a regañadientes, retrasó el mitin un día, pero fue sin duda porque tanto a él como a su círculo más cercano les sorprendió la fuerza de la reacción, al igual que les había sorprendido el apoyo ciudadano a las protestas del movimiento Black Lives Matter (Las vidas de los negros importan).

Pero hablemos de Tulsa, y de cómo encaja en la historia del racismo en Estados Unidos. Joe Biden ha declarado que la esclavitud es el “pecado original” de Estados Unidos. Y, por supuesto, tiene razón. Sin embargo, es importante entender que el pecado no cesó cuando la esclavitud fue abolida. Si Estados Unidos hubiera tratado a los antiguos esclavos y sus descendientes como verdaderos ciudadanos, con plena protección jurídica, es probable que el legado de la esclavitud se hubiera borrado poco a poco.

Los esclavos liberados empezaron de cero, pero sin duda con el tiempo muchos de ellos habrían logrado ascender, adquiriendo propiedades, educando a sus hijos y convirtiéndose en miembros de pleno derecho de la sociedad. Lo cierto es que eso empezó a ocurrir durante los 12 años de la Reconstrucción, cuando los negros se beneficiaron brevemente de algo parecido a la igualdad de derechos.

Pero el corrupto pacto político que puso fin a la Reconstrucción dio el poder a los supremacistas blancos del sur, que sistemáticamente suprimían los beneficios que obtenían los negros. Los afroamericanos que conseguían adquirir alguna propiedad veían con demasiada frecuencia cómo les era expropiada, bien mediante subterfugios legales o a punta de pistola. Y la naciente clase media negra fue de hecho sometida a un reinado del terror. Y aquí es donde encaja Tulsa. En 1921, la ciudad de Oklahoma era el centro de un boom petrolero, un lugar al que los ciudadanos emigraban en busca de oportunidades. Contaba con una considerable clase media negra, asentada principalmente en el barrio de Greenwood, conocido en general como el “Wall Street negro”.

Y ese fue el barrio destruido por las multitudes blancas que saquearon las tiendas y las casas de los negros, matando probablemente a centenares de ellos. Naturalmente, la policía no hizo nada por proteger a los esclavos negros; por el contrario, se unió a los saqueadores. Como es comprensible, la violencia contra los afroamericanos que lograban alcanzar cierto éxito económico desincentivó la iniciativa individual. Por ejemplo, la economista Lisa Cook ha demostrado que el número de negros que obtenían patentes, que se disparó en las décadas posteriores a la Guerra Civil, se desplomó ante la creciente violencia blanca.

La represión violenta ayudó a impulsar la Gran Migración, el movimiento de millones de negros desde el sur hacia las ciudades del norte, que empezó cinco años antes de la masacre de Tulsa y continuó hasta aproximadamente 1970. Incluso en las ciudades del norte, a los negros se les negaban a menudo las oportunidades de movilidad ascendente. Pero la discriminación y la represión eran menos severas que en el sur. Y era de esperar que la terrible historia de represión contra los negros llegara a su fin cuando la Ley de los Derechos Civiles, aprobada un siglo después de la emancipación, puso punto final a la discriminación abierta.

Por desgracia, las ciudades del norte se convirtieron para muchos afroestadounidenses en una trampa socioeconómica. Las oportunidades que atraían a los emigrantes fueron desapareciendo a medida que los trabajos industriales se trasladaban, primero, a las afueras de las ciudades y, después, al extranjero. Chicago, por ejemplo, perdió el 60% de sus puestos de trabajo en las fábricas entre 1967 y 1987.

Y cuando la pérdida de oportunidades económicas condujo, como hace habitualmente, a la disfunción social —familias rotas y desesperación— hubo demasiados blancos dispuestos a culpar a las víctimas. El problema, afirmaban muchos, radicaba en la cultura negra, o como insinuaban algunos, en la inferioridad racial.

Ese racismo implícito no era solo de boquilla; alimentó la oposición a los programas públicos que pudieran ayudar a los afroamericanos, como el Obamacare. Si se preguntan por qué la red de seguridad social en Estados Unidos es mucho más débil que la de otros países avanzados, se reduce esencialmente a una sola palabra: racismo.

Es curioso, por cierto, que no se oyera a tanta gente culpando de manera comparable a las víctimas unas décadas más tarde, cuando los blancos residentes en el interior de los Estados del este experimentaron una pérdida de oportunidades y un aumento de la disfunción social, puesto de relieve por el aumento de los fallecimientos por suicidio, alcohol y opiáceos.

Por tanto, como ya he dicho, si bien la esclavitud fue el pecado original de Estados Unidos, su funesto legado fue perpetuado por otros pecados, algunos de los cuales perduran en la actualidad.

La buena noticia es que, a lo mejor, Estados Unidos está cambiando. El intento de Trump de recurrir al viejo guion racista ha provocado su hundimiento en los sondeos. Parece que su numerito de Tulsa está produciendo un efecto indeseado. Seguimos manchados por nuestro pecado original, pero es posible que estemos, por fin, en la senda de la redención.

https://elpais.com/economia/2020-06-19/tulsa-y-los-muchos-pecados-del-racismo.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART 

  • 20.20.-«Puede ser el final de la contrarrevolución estadounidense» – Bernard E. Harcourt
  • Un mal mes para los reaccionarios  PAUL KRUGMAN
  • George Floyd: la ambiciosa reforma contra los abusos de la policía que comienza a discutirse en EE.UU. en medio de la histórica ola de protestas – REDACCIÓNBBC NEWS MUNDO

Al apelar al ejército contra los manifestantes antirracistas, Donald Trump ha ido demasiado lejos y provocó la ola revolucionaria que temía, dijo Bernard E. Harcourt, profesor de derecho en la Universidad de Columbia en Nueva York. 

En general, en la historia, los eventos tienen lugar en un cierto orden: primero surgen revoluciones, luego desencadenan contrarrevoluciones. Pero la historia, como casi todo en este período pandémico, está retrocediendo.

14 jun 2020- En una sorprendente reversión de ciclos, la respuesta militarizada del presidente Donald Trump a las protestas predominantemente pacíficas en todo el país ha desatado una revuelta que bien podría inclinar las elecciones de 2020.

«Dominación total»

Trump ha sido demasiado transparente sobre sus ambiciones. En una reunión el 1 er junio con gobernadores, que ha pedido explícitamente una respuesta militar y un «dominio total» del campo de batalla para erradicar los manifestantes llaman «terroristas» , las penas de prisión de hasta «Diez años» y la imposición de una verdadera «fuerza de ocupación» en las ciudades estadounidenses.

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Fue al Jefe del Estado Mayor de Defensa y al más alto oficial militar, el General Mark A. Milley, a quien Trump le confió la tarea de diseñar la respuesta del gobierno federal. Trump resolvió la necesidad de «dominar» el campo de batalla. «Dominar es la palabra», insistió. «Si no dominas tu ciudad y tu estado, te perseguirán». » En Washington, aseguró,» obtendremos una dominación total”.

El mismo día, Trump ha movilizado a la policía militar y un helicóptero militar Halcón Negro para controlar una manifestación pacífica, y desplegado el 82 ª División Aerotransportada en Washington. Después de dispersar a la multitud pacífica con gases lacrimógenos y balas de goma para una sesión de fotos ahora infame, Trump caminó desde la Casa Blanca hasta la cercana iglesia de Saint John, rodeado por su secretario de defensa y el general Milley en camuflaje.

El reflejo de un largo proceso.

Esta marcha es la culminación de la transformación que ha tenido lugar en la política estadounidense durante varias décadas. El 11 de septiembre de 2001 marcó un punto de inflexión en la forma en que los líderes estadounidenses gobiernan. La hipermilitarización de la fuerza policial no fue solo un resultado accidental de los programas de equipamiento del departamento de defensa, cuando se distribuyeron miles de millones de dólares de equipamiento militar avanzado utilizado en Irak y Afganistán. A la policía de un pueblo pequeño. Este enfoque militarizado es, en realidad, el reflejo de un largo proceso por el cual los estadounidenses han aprendido las prácticas y las lógicas de la guerra de contrainsurgencia después de las guerras de Irak y Afganistán.

De hecho, un servicio policial ultra militarizado es una parte integral del nuevo modo de gobierno estadounidense, dentro y fuera del país, inspirado en la lógica de la guerra de contrainsurgencia. Es una transformación política considerable: la transición, no del estado de derecho a un estado de excepción, como sugirieron el filósofo italiano Giorgio Agamben y otros después del 11 de septiembre, sino de un gobierno inspirado por el modelo de guerra a gran escala a otro, modelado sobre las estrategias de contrainsurgencia. Estas estrategias provienen en gran parte de los comandantes franceses en Indochina y Argelia como Roger Trinquier y David Galula, quienes conceptualizaron esta nueva forma de guerra no convencional llamada «guerra moderna».

Desde Irak y Afganistán, estas prácticas han resurgido en los Estados Unidos. Casi todas las estrategias de la guerra moderna se han desplegado en suelo estadounidense. Y en los últimos tres años, Donald Trump ha cambiado este modo de gobierno de contrainsurgencia del lado de la nueva supremacía de derecha y blanca, convirtiendo a sus propios ciudadanos musulmanes, hispanos y afroamericanos en enemigos internos.

Lo más sorprendente de todo esto es que ninguna revolución ha precedido a esta contrarrevolución. A diferencia de Argelia o Vietnam, teatros de revoluciones anticoloniales armadas, el paradigma de la contrainsurgencia se impuso en los Estados Unidos sin insurgentes reales. Aquí es donde la historia se pone interesante.

¿No era la táctica principal de la «guerra moderna» ganarse los corazones y las mentes de las masas pasivas?

El concepto moderno de revolución, ya que apareció al XVIII XX y XIX th siglos, claramente inscrito con diseños que existían en la antigüedad una transformación cíclica de la política – por ejemplo, la aristocracia a oligarquía, luego democracia a tiranía, según Platón. La idea de revolución entendida astronómicamente como un regreso al punto de origen ha sido reemplazada por la de una transformación social decisiva, un punto de quiebre dirigido, según la expresión del historiador alemán Reinhart Koselleck (1923-2006), «La emancipación social de todos los hombres» .

Sin embargo, estamos presenciando hoy un extraño retorno a los ciclos de los Antiguos, pero en la dirección opuesta. Trump perfeccionó la contrarrevolución sin una revolución previa. Al hacerlo, terminó comenzando la revolución que temía. Quizás fue demasiado transparente sobre sus ambiciones militares. ¿No era la táctica principal de la «guerra moderna» ganarse los corazones y las mentes de las masas pasivas? Al enviar claramente las tropas, podría haber tomado demasiado.

Artículo reservado para nuestros suscriptores Lea también Estados Unidos: Donald Trump sigue sordo a la movilización contra la violencia policial

De hecho, hoy hemos llegado a un punto de inflexión. En todo el espectro político, incluso entre algunos políticos republicanos, existe la sensación de que Trump ha cruzado un umbral. Acusando al presidente, su ex secretario de defensa, Jim Mattis, un general de cuatro estrellas del Cuerpo de Marines, acaba de escribir en el periódico The Atlantic: «La militarización de nuestra respuesta, como vimos en Washington, destaca coloca un conflicto, un falso conflicto, entre la sociedad militar y la sociedad civil. «

El Pentágono se distancia

Altos funcionarios de defensa están trabajando para mantener al Pentágono alejado de la infame dispersión que Trump quería para su sesión de fotos. El secretario de Defensa Mark Esper y varios líderes militares condenaron severamente la respuesta militarizada. Incluso la senadora republicana de Alaska Lisa Murkowski se ha opuesto, confesando que ahora duda en apoyar a Trump en las elecciones de 2020. El ex presidente George W. Bush y Colin Powell dicen que ya no votarán por Trump.

Las encuestas de opinión más recientes sugieren que el pueblo estadounidense desaprueba el manejo de Trump de las protestas. «Tal vez hemos llegado al punto en que podemos ser más honestos con nuestras preocupaciones internas y tener el coraje de nuestras propias convicciones para hablar», dijo el senador Murkowski.

Trump bien pudo haber comenzado esta ola revolucionaria que temía. Y tal vez, digo tal vez, que finalmente pondrá fin a la contrarrevolución estadounidense.

https://www.lemonde.fr/idees/article/2020/06/10/c-est-peut-etre-la-fin-de-la-contre-revolution-americaine_6042326_3232.html

20.20.-Un mal mes para los reaccionarios  PAUL KRUGMAN

No quieren ley y orden; quieren una excusa para aplastar las manifestaciones a favor de la justicia social

Estatua de Jefferson Davis, segundo desde la izquierda, presidente de los Estados Confederados entre 1861 y 1865, exhibida en Washington. SUSAN WALSH / AP

¿Qué es Braxton Bragg para Donald Trump, o Trump para Braxton Bragg? Siempre ha sido extraño (e indignante) que las bases militares estadounidenses tengan nombres de traidores, de generales confederados que se rebelaron contra la Unión para defender la esclavitud. Y los altos mandos del Ejército parecen dispuestos a cambiárselos. Pero Trump dice que no.

12 jun 2020.- ¿Cómo se le ocurre asumir esa posición en un momento en el que por fin los estadounidenses parecen estar reconociendo la injusticia que por sistema sufren los afro estadounidenses, lo cual ha llevado a un aumento del respaldo público al movimiento Black Lives Matter [Las vidas de los negros importan]? Sin duda, lo inteligente sería emular a buena parte del Estados Unidos empresarial: hacer unos cuantos gestos baratos en nombre de la justicia social, aunque sin cambiar nada fundamental. Por ejemplo, hasta la Nascar [la asociación más importante de carreras de coches] ha anunciado que prohibirá la bandera confederada en sus competiciones. Y cambiar el nombre de las bases militares resultaría muy barato.

Pero Trump no puede dignarse a dar cualquier muestra de conmiseración, aunque solo sea simbólica. E intentar entender su incapacidad ayuda a explicar de qué va el trumpismo, y de hecho, el actual conservadurismo en su conjunto.

Trump afirma que se trata de conmemorar “una historia de triunfo, victoria y libertad”. ¿En serio? Estas bases conmemoran a hombres que defendían la esclavitud, lo opuesto a la libertad; y se da la casualidad de que dos de las mayores bases llevan el nombre de generales que son famosos no por sus victorias, sino por sus derrotas. Bragg, cuyo ejército sufrió un descalabro épico en Chattanooga, era uno de los generales peor considerados de la Guerra Civil. John Bell Hood malgastó la vida de sus hombres en ataques fútiles en Atlanta y Franklin, y por último condujo a lo que quedaba de su ejército a la aniquilación en Nashville.

Está claro que Trump desconoce todo eso. ¿Pero por qué iba a interesarle la tradición confederada a un tipo que se crio en Queens?

La respuesta es que Trump y la mayoría de su partido son reaccionarios. Como explica el teórico político Corey Robin, están motivados sobre todo por “un deseo de resistirse a la liberación de ciudadanos marginales o indefensos”. Y la iconografía confederada se ha convertido en símbolo de la reacción en Estados Unidos. Por eso algunos republicanos de Maine se opusieron a convertir una canción sobre el 20º de Maine —el regimiento de voluntarios cuya heroica defensa de Little Round Top fue crucial en la batalla de Gettysburg— en balada del Estado. Era ofensivo, afirmaban, “decir que somos mejores que el Sur”. El Sur defendía la esclavitud.

El impulso reaccionario explica también, creo yo, por qué algunos hombres blancos privilegiados, desde el director de la influyente Journal of Political Economy hasta el (ahora ex) consejero delegado de CrossFit, han sido incapaces de controlar sus autodestructivos arrebatos contra las protestas de Black Lives Matter.

Después de todo, desde un punto de vista reaccionario, las últimas tres semanas han sido una pesadilla. No solo los ciudadanos marginales, que supuestamente deberían saber el lugar que les corresponde, están exigiendo justicia, sino que encima están ganando abrumadoramente la batalla de la opinión pública. ¡Así no es como deben funcionar las cosas!

Una respuesta a esta pesadilla de los reaccionarios ha sido la negación. Trump sigue tuiteando “¡Ley y orden!”, como si el repetir esa frase mágica suficientes veces pudiera hacer que el reloj retrocediera hasta 1968. La respuesta de su campaña electoral al sondeo desfavorable de CNN no ha sido replantearse el mensaje, sino exigir que la cadena retire el sondeo y pida disculpas.

Otra respuesta han sido las teorías conspiranoicas descabelladas. Para la derecha, está claro que las manifestaciones populares masivas han sido orquestadas por los radicales antifascistas, aunque no haya la más mínima prueba de ello. Y como todo el mundo sabe, Trump insinuó que el anciano de 75 años al que la policía hizo caer —todos lo hemos visto en vídeo desangrándose en la acera— era un provocador antifascista que de algún modo había maquinado el ataque que sufrió. Sin embargo, lo más temible ha sido el palpable deseo de poderosas figuras de la derecha de encontrar la manera de emplear la violencia estatal para enfrentarse a las protestas de Black Lives Matter.

Según cualquier valoración racional, nunca ha tenido ningún sentido exigir una respuesta militar a las marchas abrumadoramente pacíficas, estropeadas solo por un número reducido de saqueos oportunistas. ¿Se creen los derechistas sus propias afirmaciones de que estamos sitiados por “turbas de cretinos violentos”? Lo dudo.

Sin embargo, lo que horroriza a los reaccionarios no es la posibilidad de que las manifestaciones puedan volverse violentas, sino el hecho mismo de que ocurran.

Y por eso, gente como Trump y Tom Cotton se han mostrado tan ansiosos por mandar al Ejército. No les preocupa mantener la paz; si eso les importara, habrían reaccionado con dureza ante el espectáculo de derechistas armados amenazando a la cámara legislativa del estado de Michigan. En lugar de eso, Trump publicó un tuit en su apoyo.

No, los reaccionarios estadounidenses no quieren ley y orden; quieren una excusa para aplastar con mano dura las manifestaciones a favor de la justicia social.

Por el momento, al menos, los reaccionarios estadounidenses no se están saliendo con la suya. Gobernadores, alcaldes y también el Ejército, han dejado claro que no quieren participar en una represión brutal. Pero no menospreciemos a los reaccionarios. Siguen siendo extremadamente peligrosos, y lo serán más si, como parece cada vez más probable, Trump se ve ante la perspectiva de una derrota electoral.

https://elpais.com/economia/2020-06-12/un-mal-mes-para-los-reaccionarios.html

20.20.-Ambiciosa reforma contra los abusos de la policía comienza a discutirse en EE.UU. en medio de la histórica ola de protestas por asesinato de George Floyd – REDACCIÓNBBC NEWS MUNDO

En las calles de Estados Unidos se siguen pidiendo cambios y el Congreso ya tiene una propuesta sobre la mesa.

Se trata de un ambicioso plan de reforma de la policía en el país propuesto por el Partido Demócrata en medio de las multitudinarias manifestaciones contra el racismo y la brutalidad policial.

El proyecto de ley se presenta después de que los legisladores de Minneapolis -la ciudad donde se produjo la muerte de George Floyd a manos de un agente blanco y que fue el detonante de la actual oleada de protestas- prometieran desmantelar el Departamento de Policía.

«Esta es una propuesta de ley que transformará las cosas. Este es un día importante. El martirio de George Floyd ha generado un cambio en el mundo», dijo la líder demócrata en el Congreso, Nancy Pelosi, al presentar la iniciativa.

  • «Recién estamos empezando»: las imágenes de las multitudinarias protestas en EE.UU. contra el racismo y la brutalidad policial a 12 días de la muerte de George Floyd
  • El costo «oculto» de la violencia policial en Estados Unidos

Pese a los intentos de los demócratas, no está claro si los republicanos, que controlan el Senado, apoyarán la propuesta, denominada formalmente Ley de Justicia en las Tácticas Policiales.

¿Qué dice exactamente el proyecto de ley?

El plan de reforma fue presentado este lunes por parte de prominentes legisladores del Partido Demócrata: además de Pelosi estuvieron el líder de la minoría progresista en el Senado, Chuck Schumer, y los congresistas afroestadounidenses y progresistas del llamado Caucus Negro del Congreso.

La propuesta busca responder a la abrumadora indignación popular que ha desatado la muerte de Floyd junto a otros ejemplos recientes de racismo y violencia policial.

En el momento de presentar el proyecto de ley, Pelosi leyó los nombres de los hombres y mujeres afroestadounidenses que murieron a manos de la policía en los últimos años.

No obstante, miembros del partido conservador se han mostrado mayoritariamente reticentes a respaldar públicamente una posible legislación.

En claro contraste con la línea de la formación y el propio presidente, el senador republicano Mitt Romney publicó el domingo fotografías en Twitter de él marchando hacia la Casa Blanca con manifestantes cristianos, con el mensaje «Black Lives Matter.»

¿Cuán probable es que el proyecto de ley sea aprobado?

Análisis de Anthony Zurcher, periodista de la BBC especializado en política estadounidense

El plan de forma, diseñado por los líderes demócratas en el Congreso, puede ser visto como la postura «oficial» del partido. Al menos por ahora.

Es, en parte, un esfuerzo por prevenir medidas más drásticas que algunos están impulsando desde la izquierda, bajo el eslogan de «desmantelemos la policía».

Si los demócratas pueden mantener a los miembros más liberales a raya, deberían ser capaces de aprobar la reforma en la Cámara de Representantes, donde tienen la mayoría.

El panorama es más incierto en el Senado, controlado por los republicanos, especialmente si Donald Trump ve algún tipo de ventaja política en tratar de pintar las propuestas demócratas como una amenaza a la «ley y el orden».

Pese a que es seguro que habrá grandes dosis de tensa retórica entre políticos durante la campaña hacia las presidenciales, el cambio real podría venir por parte de autoridades locales, más directamente responsables ante los electores en las municipalidades con mayores protestas.

El reclamo de desmantelar la Policía en Minneapolis, pese a que en este momento es en gran parte simbólico, podría indicar que los cambios profundos son una posibilidad real: con o sin guía federal.

Este podría ser el principio de una serie de experimentos locales en reforma policial que adquieran diferentes formas en diversas partes de Estados Unidos.

https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-52972487

  • 19.20.-Donald Trump no es Richard Nixon (es peor) – PAUL KRUGMAN
  • China: la encrucijada tras la pandemia – MICHAEL ROBERTS

La razón por la que la democracia se ve amenazada no es simplemente que Trump sea peor ser humano de lo que jamás fuera Nixon; es el hecho de que tiene muchos facilitadores

Una mujer se manifiesta en protesta tras la muerte violenta de George Floyd. JOEL MARKLUND/BILDBYRAN VIA ZUMA / DPA / EUROPA PRESS 

El 4 de mayo de 1970, la Guardia Nacional de Ohio abrió fuego contra una manifestación de estudiantes, matando a cuatro. El 50º aniversario de la masacre del Estado de Kent ha pasado casi desapercibido en un país preocupado por la covid-19, pero ahora, de repente, los ecos de la era de Nixon están por todas partes. Y Donald Trump parece invocar deliberadamente el legando de Nixon, tuiteando “¡LEY Y ORDEN!” con la clara esperanza de que rescate mágicamente su fortuna política.

5 jun 2020.- Y dada la determinación de Trump de sacar las tropas a las calles de las ciudades estadounidenses, es muy probable que en algún momento maten a civiles inocentes. Pero Donald Trump no es Richard Nixon; es mucho, mucho peor. Y el Estados Unidos de 2020 no es el de 1970; en muchos aspectos somos un país mejor, pero nuestra democracia es muchísimo más frágil gracias a la corrupción pura y dura del Partido Republicano.

Las comparaciones entre Trump y Nixon son evidentes. Al igual que Nixon, Trump ha aprovechado la reacción blanca para obtener ventajas políticas. Como él, cree sin duda que las leyes solo se aplican a la gente de a pie. Sin embargo, no parece que Nixon fuera un cobarde. Cuando se vio rodeado por las manifestaciones masivas, no se escondió en el Magabúnker [MAGA es el acrónimo de Make america great again], aventurándose a salir solo después de que sus subalternos gasearan a manifestantes pacíficos y los sacaran de Lafayette Park. Él, por el contrario, salió a hablar con los manifestantes en el Lincoln Memorial. Su comportamiento fue un tanto extraño, pero no cobarde.

Y aunque su estrategia política era cínica y despiadada, Nixon era un hombre inteligente y trabajador que se tomaba en serio la presidencia. Su legadofue sorprendentemente positivo: en concreto, hizo más que cualquier otro presidente, anteriormente o desde entonces, para proteger el medio ambiente. Y antes de que el Watergate lo derribara, estaba trabajando en un plan para ampliar la cobertura del seguro sanitario que en muchos aspectos anticipaba el Obamacare.

Trump, por el contrario, parece pasar los días tuiteando y viendo Fox News. El único gran logro político de su Gobierno hasta el momento ha sido la rebaja fiscal de 2017, que supuestamente desataría una oleada de inversiones empresariales, pero no lo hizo. Ha respondido a la amenaza de la covid-19 primero negándola, y después con esfuerzos frenéticos, no para controlar la pandemia, sino para echar la culpa a otros por las políticas caóticas e ineficaces.

Por eso, Trump no es Nixon. Y el país que intenta dominar –su palabra favorita– también es muy distinto. La buena noticia es que Estados Unidos es actualmente un país mucho menos racista y mucho más tolerante que en 1970. Curiosamente, numerosos sondeos muestran que la mayoría de los estadounidenses aprueba las protestas inspiradas por la muerte de George Floyd, y desaprueba firmemente la respuesta de Trump.

Esto no significa que el racismo sistémico haya desaparecido, ni mucho menos. Pero una mayoría de estadounidenses está dispuesta a reconocer que ese racismo es real y a verlo como un problema, lo que representa un enorme avance moral. La “mayoría silenciosa” de Nixon es ahora una minoría ruidosa.

Pero es una minoría muy peligrosa. Aunque, como he dicho, en muchos aspectos somos una nación mejor de la que éramos, también somos una nación en la que el sistema de derecho y los valores democráticos están bajo asedio.

A estas alturas, es alarmantemente fácil ver cómo Estados Unidos podría seguir la senda que ya ha tomado Hungría, y convertirse en una democracia sobre el papel, pero en un Estado de un solo partido en la práctica. Y no hablo de un futuro distante; podría ocurrir este año, si Trump consigue la reelección, o incluso, posiblemente, si pierde, pero se niega a aceptar los resultados.

Y la razón por la que la democracia se ve amenazada como nunca lo estuvo en tiempos de Nixon no es simplemente que Trump sea peor ser humano de lo que jamás fuera Nixon; es el hecho de que tiene muchos facilitadores.

Los instintos autoritarios de Trump, su admiración y envidia por los autócratas extranjeros, su deseo de militarizar los cuerpos de seguridad, son patentes desde hace tiempo. Sin embargo, estas cosas no importarían tanto si el Partido Republicano siguiera siendo la institución que era en la década de 1970: una gran carpa con espacio para diversos puntos de vista, representados en el Senado por muchas personas con principios verdaderos. Eran personas dispuestas a expulsar a un presidente, aunque fuese republicano, por traicionar el juramento de su cargo.

Sin embargo, el Partido Republicano actual no se parece en nada a aquel. Muchas de sus principales figuras –como el senador Tom Cotton– son tan autoritarias y antidemocráticas como el propio Trump. El resto, sin apenas excepciones, son apparátchiks del partido, compelidos a obedecer por unas bases enojadas. Estas bases reciben su información de Fox y Facebook, y viven básicamente en una realidad alternativa, en la que los manifestantes que participan en marchas pacíficas contra la brutalidad policial son de hecho una horda radical dispuesta a comenzar de un momento a otro una insurrección violenta.

La cuestión es que el Partido Republicano de nuestros días no se opondría a una toma trumpiana del poder, aunque equivaliera a un golpe militar. Por el contrario, el partido la alentaría. La conclusión es que, aunque los paralelos con la era de Nixon son reales, hay importantes diferencias entre el ayer y el hoy, y las diferencias no son tranquilizadoras. En muchos aspectos, somos un país mejor del que solíamos ser, pero nos encontramos en una situación política desesperada, porque uno de nuestros grandes partidos ya no cree en la idea americana.

https://elpais.com/economia/2020-06-05/donald-trump-no-es-richard-nixon-es-peor.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART 

19.20.-China: la encrucijada tras la pandemia  – MICHAEL ROBERTS

Apertura de sesión de la Asamblea Nacional Popular. ETIENNE OLIVEAU GETTY IMAGES 

La Asamblea Nacional Popular (ANP) de China se reunió hoy, tras un retraso debido a la pandemia de coronavirus. La ANP es la versión china de un parlamento y es utilizada por los dirigentes del partido comunista para informar sobre el estado de la economía y describir sus planes para el futuro, tanto a nivel nacional como global.

27 may 2020.- El primer ministro Li Keqiang anunció que, por primera vez en décadas, no habrá un objetivo de crecimiento para el año. Por lo tanto, los dirigentes chinos han abandonado su tan anunciado objetivo de duplicar el PIB del país según el plan en vigor para este año. Es aceptar lo inevitable.

La pandemia y el cierre han llevado a la economía china a una severa contracción durante varios meses, de los que solo se está empezando a recuperar. La economía se contrajo un 6,8 por ciento en el primer trimestre y la mayoría de las previsiones anuales suponen menos de la mitad de la tasa de crecimiento del 6,1 por ciento del año pasado. Pero incluso esa cifra sería mucho mejor que la de todas las economías del G7 en 2020.

La producción industrial y la inversión ya se están recuperando, pero el consumo sigue deprimido.

Pero según Li la razón principal de no fijar un objetivo de crecimiento se debe a la incertidumbre sobre «la pandemia de Covid-19 y el entorno económico y comercial mundial». En otras palabras, incluso si la economía nacional comienza a recuperarse, el resto del mundo todavía está todavía en una recesión. Con la contratación del comercio mundial, hay pocas perspectivas para las exportaciones de manufacturas, de las que China ha dependido esencialmente para su expansión.

China va por delante de otras economías importantes en la salida de la pandemia. Pero incluso Li tuvo que admitir que se cometieron muchos errores en la gestión de la pandemia y que «todavía había margen para mejorar el trabajo del gobierno», incluido el retraso a la hora de alertar al público, lo que permitió que el virus se propagara. “Las formalidades sin sentido y el burocratismo siguen siendo un problema grave. Un pequeño número de funcionarios eluden sus deberes o son incapaces de cumplirlos. La corrupción sigue siendo un problema común en algunos campos”, admitió Li. Sin embargo, en comparación con la gestión de los gobiernos occidentales, a China le ha ido mucho mejor en la contención de los infectados y el número de muertes.

A corto plazo, Li señaló que el gobierno tiene la intención de impulsar la economía con cierto estímulo fiscal y flexibilización monetaria, como las economías del G7. China predice un déficit presupuestario para 2020 de al menos 3.6% del PIB, por encima del 2.8% del año pasado, y ha aumentado la financiación crediticia de los gobiernos locales en dos tercios. Y, por primera vez, el gobierno central emitirá bonos para ayudar al gasto de los gobiernos locales y a las empresas en dificultades. El desempleo oficial es de un 5,5%, pero probablemente se acerque al 15-20%, por lo que el gobierno tiene como objetivo crear más empleos y reducir la pobreza en las zonas rurales para frenar la huida de los migrantes rurales a las ciudades.

Lo que nos lleva a discutir el futuro a largo plazo de la economía china tras la pandemia en el contexto de la intensificación de la guerra comercial y tecnológica con los Estados Unidos y otras potencias imperialistas.

En mi opinión, hay tres formas de ver el desarrollo económico de China (esto es algo que he escrito en detalle en un artículo reciente para el Austrian Journal of Development Studies). La visión económica dominante es que China debería convertirse en una economía de «mercado» plena como las del G7. Debería acabar con su dependencia de la mano de obra barata para vender productos manufacturados a Occidente. El aumento de los costos laborales mostraría que el modelo económico de dirección estatal de China no puede conseguir desarrollar tecnología moderna o satisfacer la demanda de bienes de consumo de su población. Esta ha sido la orientación de política económica del Banco Mundial y de otras Instituciones Financieras internacionales en el pasado y convenció a un sector de la élite china, especialmente la conectada a los multimillonarios privados de China. Pero hasta ahora, esta opción ha sido rechazada por la mayoría de la dirección actual.

La segunda visión es lo que podríamos llamar keynesiana. Reconoce el éxito de la economía china en los últimos 30 años al sacar a casi 900 millones de personas del nivel oficial de pobreza del Banco Mundial. De hecho, el Banco Mundial acaba de ajustar sus cifras a la baja de quienes están por debajo de su nivel de pobreza. La disminución parece impresionante, hasta que se observa que el 75% de quienes han salido de la pobreza a nivel mundial en las últimas tres décadas son chinos.

Esta visión keynesiana argumenta que el éxito de China se ha basado en una inversión masiva en la industria y la infraestructura que ha permitido que el país se convierta en la potencia manufacturera mundial. Pero ahora ese énfasis en la inversión industrial debe cambiarse porque el consumo de los hogares es débil y en una economía moderna lo que importa es el consumo. A menos que haya un cambio en el consumo, la economía china se desacelerará y el enorme nivel de deuda corporativa y familiar aumentará el riesgo de crisis financieras.

En realidad, el consumo personal en China ha aumentado mucho más rápido que la inversión fija en los últimos años, incluso si parte de niveles muy bajos. El consumo aumentó un 9% el año pasado, mucho más rápido que el PIB. Y el crecimiento del consumo sería aún más rápido si el gobierno tomara medidas para reducir el alto nivel de desigualdad de ingresos.

La idea de que China se dirige a una crisis debido al bajo consumo y a la inversión excesiva no es convincente. Es cierto que, según el Instituto de Finanzas Internacionales (IFF), la deuda total de China alcanzó el 317 por ciento del producto interno bruto (PIB) en el primer trimestre de 2020. Pero la mayor parte de la deuda interna es de unas entidades estatales con otras; de los gobiernos locales con los bancos estatales, de los bancos estatales con el gobierno central. Cuando todo eso se compensa, la deuda de los hogares (54% del PIB) y de las corporaciones privadas no es tan alta, mientras que la deuda del gobierno central es baja según los estándares mundiales. Además, la deuda externa en relación al PIB en dólares es muy baja (15%) y, de hecho, el resto del mundo le debe a China mucho más, el 6% de la deuda global. China es un gran acreedor mundial y tiene enormes reservas en dólares y euros, un 50% más que su deuda en dólares.

Es cierto que parte de la expansión de la inversión fija puede haberse desperdiciado. De hecho, el modelo de desarrollo keynesiano de China basado en el aumento de la inversión y la demanda de consumo privado es cada vez menos útil. Como dijo el presidente Xi Jinping, «las casas son construidas para ser habitadas, no para especular». Pero el gobierno permitió la especulación capitalista en la propiedad inmobiliaria, de modo que el 15% de todos los apartamentos actualmente son propiedad de inversionistas, a menudo ni siquiera están conectados al suministro eléctrico. Esta especulación inmobiliaria fue impulsada por el crédito financiado por los bancos estatales, pero también por «bancos en la sombra» no oficiales. Este tipo de especulación desperdicia recursos y no dirige la inversión a areas como la reducción de las emisiones de CO2 para cumplir con el objetivo declarado del gobierno de hacer de China una ‘economía limpia’. Con la población de China alcanzando su techo en esta década y la población en edad de trabajar disminuyendo un 20% para 2050, el objetivo de la inversión debe ser la creación de empleo, la automatización y el crecimiento de la productividad.

Eso me lleva al tercer modelo de desarrollo, el marxista. La clave para la prosperidad no son las fuerzas del mercado (corriente principal neoclásica) o la demanda de inversión y consumo (keynesiana) sino el aumento de la productividad del trabajo de una manera planificada y armoniosa (marxista).

En una economía capitalista, las empresas compiten entre sí para aumentar la rentabilidad mediante la introducción de nuevas tecnologías. Pero existe una contradicción inherente en la producción capitalista entre la caída de la rentabilidad del capital y la creciente productividad del trabajo. A medida que los capitalistas intentan aumentar la productividad de la mano de obra y reducir la mano de obra sustituyéndola por tecnología, para reducir los costes laborales y aumentar las ganancias y la participación en el mercado, la rentabilidad general de la inversión y la producción comienza a caer. Luego, en una serie de crisis, la inversión se derrumba y la productividad se estanca.

Esto será claramente un problema en China en una fase más madura de acumulación en el siglo XXI, si se acepta que China es solo otra economía capitalista como las potencias imperialistas o economías emergentes como Brasil o India. El argumento es que China puede ser diferente del ‘capitalismo liberal’ de Occidente y desarrollar, en cambio, un ‘capitalismo político’ autocrático, que es como Branco Milanovic describe a China en su libro, Solo Capitalismo , pero sigue siendo capitalismo.

Si se acepta esa visión, podemos evaluar la salud y el futuro de la economía de China midiendo la rentabilidad de su floreciente sector capitalista. En un nuevo documento (Catching Up China India Japan), los economistas marxistas brasileños, Adalmir Marquetti, Luiz Eduardo Ourique y Henrique Morrone comparan el desarrollo de China con el de India en relación con las economías del G7. Muestran que la alta tasa de acumulación de capital en China ha provocado una caída en la rentabilidad incluso mayor que en los EEUU, por lo que está en riesgo una mayor expansión. En otro documento, argumentan que ya se está gestando una crisis de sobreacumulación y que una fuerte inversión adicional no funcionaría, especialmente dado el aumento de las emisiones de efecto invernadero que crearía.

Al igual que Marquetti et al, he medido la rentabilidad del sector capitalista en China (a partir de la tasa interna de rendimiento de Penn World Tables 9.1 sobre las series de capital) y encuentro una caída similar. La gran expansión de la inversión y la tecnología, particularmente una vez que los mercados mundiales se abrieron a la industria china después de 2000 cuando se unió a la Organización Mundial del Comercio, condujo a tasas de crecimiento de dos dígitos hasta la Gran Recesión de 2008. Pero la mayor composición orgánica del capital impulsó que la rentabilidad cayese antes de la crisis mundial de pandemia y, finalmente, el crecimiento se desaceleró.

¿Significa que China se dirige hacia una gran crisis con características capitalistas clásicas en algún momento de esta década? Marquetti et al parecen sugerir que: “La mayor tasa de beneficio explica la fuerte mecanización en las primeras etapas del proceso. La rápida acumulación de capital disminuyó la productividad del capital y la tasa de ganancia. Por lo tanto, alcanzar los niveles occidentales depende de elevar las tasas de ahorro e inversión. Puede reducir aún más la productividad del capital y la tasa de ganancia, poniendo en riesgo el proceso, lo que parece ser el caso en China e India». Y citan a Minqi Li:  »si China siguiera esencialmente las mismas leyes económicas que en otros países capitalistas (como Estados Unidos y Japón), la disminución en la tasa de ganancias sería seguida por una desaceleración de la acumulación de capital, que culminaría en una gran crisis económica ».

Pero la pregunta para mí es si el sector capitalista en la economía de China es dominante. ¿Sigue China la misma ley de valor que otras economías capitalistas ? China parece ser más que una versión autocrática, antidemocrática, «política» del capitalismo en comparación con la versión «liberal democrática» de Occidente (como defiende Milanovic). Su economía no está dominada por el mercado, por decisiones de inversión basadas en la rentabilidad; o por empresas capitalistas y sus directivos; o por inversores extranjeros. Su economía todavía está dominada por el control estatal, la inversión pública, los bancos estatales y por funcionarios comunistas que controlan las grandes empresas y planifican la economía (a menudo de manera ineficiente, ya que no hay rendición de cuentas ante los trabajadores de China).

Les recuerdo a los lectores el estudio que hice hace unos años sobre el alcance de los activos estatales y la inversión en China en comparación con cualquier otro país. Demostró que China tiene un stock de activos del sector público por valor del 150% del PIB anual; solo Japón tiene una cantidad similar del 130%. Todas las demás economías capitalistas importantes tienen menos del 50% del PIB en activos públicos. Cada año, la inversión pública de China en relación con el PIB es de alrededor del 16% en comparación con el 3-4% en los Estados Unidos y el Reino Unido. Y aquí está la cifra clave. Hay casi tres veces más de activos productivos públicos que activos del sector capitalista privado en China. En los Estados Unidos y el Reino Unido, los activos públicos son menos del 50% de los activos privados. Incluso en la ‘economía mixta’ de India o Japón, la proporción de activos públicos y privados no supera el 75%. Esto muestra que en China la propiedad pública de los medios de producción es dominante, a diferencia de cualquier otra economía importante.

Y ahora el FMI ha publicado nuevos datos que confirman ese análisis. China tiene un stock de capital público cercano al 160% del PIB, mucho más que en cualquier otro lugar. Pero tenga en cuenta que este stock del sector público ha estado cayendo más rápido que incluso las economías occidentales neoliberales. El modo de producción capitalista puede no ser dominante en China, pero está creciendo rápidamente.

¿Hacia dónde irá China? En la década tras la pandemia, ¿evolucionará hacia una economía capitalista similar al resto del mundo? En otras palabras, ¿adoptará el modelo neoliberal dominante? Hasta ahora, a la luz del desastroso fracaso de las economías de mercado «democráticas liberales» en la gestión de la pandemia, con tasas de mortalidad 100 veces más altas que en China y una depresión como no se había visto desde la década de 1930, ese modelo de mercado no parece atractivo a la dictadura comunista o al pueblo chino. En cambio, Xi y Li parecen querer continuar y expandir el modelo de desarrollo existente: una economía controlada y dirigida por el estado que frena el sector capitalista y resiste la intervención imperialista.

De hecho, China busca expandir su capacidad tecnológica y su influencia a nivel mundial a través de la iniciativa de inversión de “La Ruta de la Seda” y sus enormes programas de préstamos a países de África y otros estados. Y será capaz de hacerlo porque su modelo económico no descansa en la caída de la rentabilidad de su importante sector capitalista. Según un informe del IIF, China es ya el mayor acreedor mundial de los países de bajos ingresos.

Por eso la estrategia post-pandemia del imperialismo hacia China está girando bruscamente. Y este es el gran problema geopolítico de la próxima década. El enfoque imperialista ha cambiado. Cuando Deng asumió la dirección del PCCh en 1978 y comenzó a abrir la economía al desarrollo capitalista y la inversión extranjera, la política del imperialismo era de «compromiso». Después de la visita de Nixon y el cambio de política de Deng, la esperanza era que China pudiera ser atraída al nexo imperialista y el capital extranjero se ocuparía del resto, como lo ha hecho en Brasil, India y otros ‘mercados emergentes’. Con la ‘globalización’ y la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio, se intensificó su relación con el Banco Mundial, que aconsejó la privatización de la industria estatal y la introducción de los precios de mercado, etc.

Pero el colapso financiero global y la Gran Recesión han cambiado todo eso. Con su modelo de control estatal, China sobrevivió y se expandió mientras el capitalismo occidental entró en crisis. China se esta convirtiendo rápidamente no solo en una economía manufacturera y exportadora de mano de obra barata, sino en una sociedad urbanizada de alta tecnología que ambiciona con extender su influencia política y económica, incluso más allá del oriente asiático. Es inaceptable para unas economías imperialistas cada vez más débiles. Los Estados Unidos y otras naciones del G7 han perdido terreno frente a China en el sector manufacturero, y su dependencia de los insumos chinos para su propia industria ha aumentado, mientras que la dependencia de China de los insumos del G7 ha disminuido.

Fuente: Acciones del sector manufacturero de la base de datos en línea del World Development Indicator. Cálculos de confianza de los autores, basados ​​en las tablas ICIO de la OCDE ( https://www.oecd.org/sti/ind/inter-country-input-output-tables.htm ).

Así que la estrategia ha cambiado: si China no coopera con el imperialismo y se somete, la política se transforma en una de «contención». El tristemente fallecido Jude Woodward escribió un excelente libro que describe esta estrategia de contención que comenzó incluso antes de que Trump lanzara su guerra de aranceles comerciales con China al asumir la presidencia de los EEUU en 2016. La política de Trump, al principio considerado imprudente por otros gobiernos, está siendo adoptada en todos los ámbitos, después del fracaso de los países imperialistas para proteger vidas durante la pandemia. La culpa de la crisis del coronavirus se achaca a China.

El objetivo es debilitar la economía de China y destruir su influencia y tal vez lograr el ‘cambio de régimen’. Bloquear el comercio con aranceles; bloquear el acceso de China a nuevas tecnologías y sus exportaciones; aplicar sanciones a las empresas chinas; y enfrentar a los deudores con China. Todo esto puede ser costoso para las economías imperialistas. Pero el coste puede valer la pena, si China puede ser derrotada y se asegura la hegemonía estadounidense.

China no es una sociedad socialista. Su gobierno comunista autocrático mono partidista es a menudo ineficiente e impuso medidas draconianas a su pueblo durante la pandemia. El régimen maoísta reprimió a los disidentes sin piedad y la Revolución Cultural fue una farsa trágica. El gobierno actual también reprime a las minorías, como el grotesco confinamiento de los musulmanes uigures en la provincia de Xinjiang, en «campos de reeducación». Y nadie puede hablar en contra del régimen sin consecuencias. La dirección del PCCh acabar de presentar en la ANP una nueva Ley de Seguridad Nacional para Hong Kong, que puede cerrar su parlamento y reprimir militarmente las protestas. Y todavía quiere que Taiwán, refugio de los señores de la guerra ex nacionalistas que huyeron a Formosa y la ocuparon al final de la guerra civil en 1949, finalmente se incorpore al continente.

La dirección de China no es responsable ante sus trabajadores. No hay órganos de democracia obrera. Y está obsesionada con reforzar su poderío militar: la ANP fue informada que el presupuesto militar aumentaría un 6.6 por ciento en 2020 y China gasta un 2% del PIB en armamento. Pero es todavía mucho menos que los Estados Unidos. El presupuesto militar de los EEUU en 2019 fue de 732 mil millones de dólares, que representa el 38 por ciento del gasto de defensa global, en comparación con los 261 mil millones de dólares de China.

Pero recuerde, todos los llamados «comportamientos agresivos» y crímenes contra los derechos humanos de China han sido superados por los crímenes del imperialismo el siglo pasado: la ocupación y masacre de millones de chinos por el imperialismo japonés en 1937; las continuas y horribles guerras posteriores a 1945 del imperialismo contra el pueblo vietnamita, en América Latina y las guerras indirectas en África y Siria, así como la invasión más reciente de Irak y Afganistán y la terrible pesadilla en Yemen causada el repugnante régimen saudí que respalda Estados Unidos, etc. Y no olvide la horrible pobreza y desigualdad que sufren miles de millones de personas bajo el modo de producción imperialista.

La reunión de la ANP pone de manifiesto que China se encuentra en una encrucijada en su desarrollo. Su sector capitalista tiene problemas cada vez más profundos con la rentabilidad y la deuda. Pero su dirección actual se ha comprometido a continuar su modelo económico de dirección estatal y su control político autocrático. Y parece decidida a resistir la nueva política de «contención» de las «democracias liberales». La “guerra fría” comercial, tecnológica y política se “calentará” toda esta década, como el propio planeta.

https://www.sinpermiso.info/textos/china-la-encrucijada-tras-la-pandemia

  • 18.20.-Rentabilidad, inversión y pandemia  – MICHAEL ROBERTS
  • No morirse es importante para la calidad de vida – PAUL KRUGMAN
El presidente de la Reserva Federal Jerome Powell, durante una conferencia de prensa en Washington. Estados Unidos (REUTERS/Kevin Lamarque)

El discurso de la semana pasada del presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Jerome Powell, en el Instituto Peterson de Economía Internacional de Washington fue realmente impactante. Powell dijo a su audiencia de economistas que «el alcance y la velocidad de esta recesión no tienen precedentes en los tiempos modernos».

23 may 2020.- Uno de los hechos sorprendentes que apuntó fue que, según una encuesta especial de la Fed sobre el «bienestar económico» en los hogares estadounidenses, «de las personas que trabajaban en febrero, casi el 40% de los hogares que ganaban menos de 40,000 dólares al año habían perdido un empleo en Marzo»! !!

Powell advirtió a su bien pagado público que atendía sentado en su casa gracias a Zoom que “si bien la respuesta económica ha sido oportuna y suficiente, puede que no sea el capítulo final, dado que el camino por delante es muy incierto y con riesgos a la baja significativos». De hecho, si son fiables las reducciones continuas de las previsiones de crecimiento global, el número de optimistas que cree posible una recuperación en forma de V se reduce a los dirigentes políticos y financieros.

Otro estudio predice que el PIB de los EEUU disminuirá un 22% en comparación con el período previo al COVID-19 y que el 24% de los empleos en los EEUU probablemente estén en peligro. Considera además que los efectos negativos serán mayores para los trabajadores con salarios bajos que podrían sufrir una caída del empleo de hasta el 42%, mientras que los trabajadores con salarios altos experimentarán solo una reducción del 7%.

Y Powell estaba preocupado porque cree que este colapso provocará daños a largo plazo en la economía de Estados Unidos, dificultando cualquier recuperación rápida o incluso significativa. “La historia muestra que las recesiones más profundas y prolongadas pueden provocar un daño duradero a la capacidad productiva de la economía», dijo Powell, haciéndose eco de los argumentos defendidos en mi artículo sobre las ‘cicatrices’ económicas de la pandemia.

Powell cree que el principal problema para iniciar la recuperación tras la pandemia es que “una recesión prolongada y una recuperación débil también podrían desalentar la inversión y la expansión empresarial, limitando aún más la creación de empleos, así como el crecimiento del capital fijo y el avance tecnológico. El resultado puede ser un período prolongado de bajo crecimiento de la productividad y de ingresos estancados». Ver aquí.

Y existe el grave riesgo de que cuanto más tarde la recuperación, más probabilidades hay de quiebras y cierres de empresas y bancos, ya que «la recuperación puede tardar en ganar impulso, y ese retraso puede convertir los problemas de liquidez en problemas de solvencia».

De hecho, la semana pasada, la Reserva Federal publicó su Informe de Estabilidad Financiera semestral, en el que concluye que “el valor de los activos siguen siendo vulnerable a caídas significativas de los precios si la pandemia toma un curso inesperado, las consecuencias económicas resultan peores de lo previsto o resurgen las tensiones del sistema financiero». El informe de la Fed advierte que los prestamistas podrían enfrentarse a «pérdidas materiales» por conceder préstamos a empresas en dificultades que no puedan volver a la normalidad después de la crisis. «Las tensiones en los balances de los hogares y las empresas debido a los shocks económicos y financieros que se han sucedido desde marzo probablemente provoquen una situación de fragilidad que durará algún tiempo”, según la Fed. «En resumen, la posibilidad de que las pérdidas de las instituciones financieras creen presiones a medio plazo parece elevada», asegura la Fed.

Por lo tanto, la crisis del coronavirus será profunda y duradera, con una recuperación débil y podría provocar un colapso financiero. Y los trabajadores sufrirán de verdad, especialmente los de la parte inferior en la escala de ingresos y formación. Ese es el mensaje del jefe del banco central más poderoso del mundo.

Pero el otro mensaje que Jay Powell quería subrayar ante su audiencia de economistas es que esta aterradora depresión no es culpa del capitalismo. Powell se esforzó en asegurar que la causa de la depresión son el virus y los cierres y no la economía. “La recesión actual es única en su clase, ya que es atribuible al virus y a las medidas adoptadas para limitar sus consecuencias. Esta vez, el problema no ha sido la alta inflación. Ni la amenaza de que pinche una burbuja que amenace la economía, ni que reviente un boom insostenible. La causa es el virus, no los sospechosos habituales, algo que vale la pena tener en cuenta en cómo respondemos».

Esta declaración me recordó lo que escribí a mediados de marzo, cuando la Organización Mundial de la Salud declaró el virus una pandemia. “Estoy seguro de que cuando termine este desastre, la teoría económica dominante y las autoridades afirmarán que fue una crisis exógena que no tiene nada que ver con defectos inherentes del modo de producción capitalista y la estructura social de la sociedad. Que la culpa fue del virus». Mi reacción entonces fue recordar a los lectores que “incluso antes de la pandemia, en la mayoría de las principales economías capitalistas, tanto en el llamado mundo desarrollado como en las economías ‘en desarrollo’ del ‘Sur Global’, la actividad económica se estaba frenando, en algunas economías ya se estaba contrayendo la producción y la inversión nacional, y otras muchas estaban a punto de que les ocurriera lo mismo».

Después del comentario de Powell, volví a echar un vistazo a la tasa de crecimiento del PIB real mundial desde el final de la Gran Recesión en 2009. Según los datos del FMI, se puede ver que la tendencia del crecimiento anual era a la baja y en 2019 el crecimiento global fue el más lento desde la Gran Recesión.

Y si comparamos la tasa de crecimiento del PIB real de 2019 con la media de los 10 años anteriores, todas las áreas del mundo muestran una caída significativa.

El crecimiento de la Eurozona fue un 11% inferior que la media del decenio anterior, en el G7 y las economías avanzadas incluso más bajas, una tasa de crecimiento de los mercados emergentes un 27% más baja; por lo que la tasa de crecimiento mundial en 2019 fue un 23% más baja que la media desde el fin de la Gran Recesión. He incluido a América Latina para mostrar que esta región estaba en crisis ya en 2019.

Así que la economía capitalista mundial ya estaba cayendo en una recesión (prevista hace tiempo) antes de que estallara la pandemia de coronavirus. ¿Por qué? Como Brian Green explicó en la discusión de You Tube que tuve con él la semana pasada, la economía de EEUU ha estado inflando una burbuja a base de crédito durante los últimos seis años, lo que permitió que la economía creciera a pesar de la caída de la rentabilidad y la inversión en la economía «real». Como dice Brian, «la salud subyacente de la economía capitalista global era débil antes de la plaga, pero estaba oculta por el dinero barato que generaban las ganancias especulativas que retro-alimentaban la economía». (Para los datos de Brian, ver su web aquí ).

En aquel debate, analicé la trayectoria de la rentabilidad del capital a nivel mundial. Las Penn World Tables 9.1 proporcionan una nueva serie llamada tasa interna de rendimiento del capital (TIR) ​​para todos los países del mundo desde 1950 hasta 2017. La TIR es un indicador razonable de un cálculo marxista de la tasa de ganancia en relación al capital fijo, aunque por supuesto no es lo mismo porque excluye el capital variable y los inventarios de materias primas (capital circulante) del denominador. A pesar de esa deficiencia, la TIR nos permite considerar la tendencia y la trayectoria de la rentabilidad de las economías capitalistas y compararlas entre sí a partir de una base similar de valoración.

Si observamos la TIR de las siete principales economías capitalistas, los países imperialistas, los G7, encontramos que la tasa de ganancia en las principales economías alcanzó su punto máximo al final de la llamada era ‘neoliberal’ a finales de la década de 1990. Hubo una disminución significativa de la rentabilidad después de 2005 y luego una caída durante la Gran Recesión, igualando los resultados de Brian para el sector no financiero de los Estados Unidos. La recuperación desde el fin de la Gran Recesión ha sido limitada y la rentabilidad se mantiene cerca de los mínimos históricos.

La serie TIR solo llega hasta 2017. Sería posible extender estos resultados a 2019 utilizando la base de datos AMECO que mide el rendimiento neto del capital de manera similar a las tablas TIR de Penn. No he tenido tiempo de hacerlo como de debe, pero una primera ojeada sugiere que no ha habido un aumento de la rentabilidad desde 2017 y probablemente ha caído ligeramente hasta 2019. Por lo tanto, estos resultados confirman los datos estadounidenses de Brian Green de que las principales economías capitalistas eran ya débiles antes del golpe de la pandemia.

En segundo lugar, también podemos llegar a esta impresión observando las ganancias corporativas totales, no solo la rentabilidad. Brian también lo hace para Estados Unidos y China. He intentado proyectar los movimientos de las ganancias corporativas de EEUU y China a escala global ponderando las ganancias corporativas (publicadas trimestralmente) de una selección de las principales economías: EEUU, Reino Unido, China, Canadá, Japón y Alemania. Estas economías constituyen más del 50% del PIB mundial. Lo que revela esta proyección es que las ganancias corporativas globales se habían estancado antes de la pandemia. La ley de doble filo de la rentabilidad de Marx estaba actuando.

El mini boom de ganancias que comenzó a principios de 2016 alcanzó su punto máximo a mediados de 2017 y retrocedió en 2018 hasta cero en 2019.

Eso me lleva a la conexión causal entre los beneficios y el estado de las economías capitalistas. A lo largo de los años, he presentado argumentos teóricos para defender mi interpretación de la visión marxista de que son los beneficios los que impulsan la inversión capitalista, no la «confianza», ni las ventas, ni el crédito, etc. Además, los beneficios arrastran la inversión, y no al revés. No es solo la lógica de la teoría la que respalda este punto de vista; también la evidencia empírica. Y hay mucha.

Pero permítanme llamar su atención sobre un nuevo artículo de Alexiou y Trachanas: “Predicting post-war US recessions: a probit modelling approach” (Predecir las recesiones estadounidenses de posguerra: un enfoque de modelado probit), abril de 2020. Es una Investigaron de la relación entre las recesiones estadounidenses y la rentabilidad del capital mediante un análisis de regresión multivariante. Concluyen que la probabilidad de una recesión aumenta con la caída de la rentabilidad y viceversa. Sin embargo, la variaciones en el crédito privado, en las tasas de interés y el índice Q de Tobin (el valor en bolsa comparado con los valores de los activos fijos) no son estadísticamente significativos y cualquier relación con las recesiones es «bastante escasa».

Deduzco de este estudio y de los otros anteriores, que aunque el capital ficticio (crédito y acciones) puede mantener una economía capitalista a flote un tiempo, eventualmente será la rentabilidad del capital en el sector productivo la que se imponga. Además, reducir las tasas de interés a cero o menos; inyectar crédito a niveles astronómicos que alientan la inversión especulativa en activos financieros (y así elevar el índice Q de Tobin) y un mayor gasto fiscal no permitirán que las economías capitalistas se recuperen de esta recesión pandémica. Para eso se requiere un aumento significativo de la rentabilidad del capital productivo.

Si observamos las tasas de inversión (medidas por la inversión total en relación con el PIB en una economía), encontramos que en los últimos diez años, la inversión total/PIB en las principales economías ha sido débil; de hecho, en 2019, la inversión total (publica, de los hogares y de las empresas) en relación con el PIB ha sido menor que en 2007. En otras palabras, incluso la baja tasa de crecimiento del PIB real en las principales economías en los últimos diez años no ha sido igualada por el crecimiento de la inversión total. Y si se deducen el gasto público y el de los hogares, la inversión empresarial se ha comportado aún peor.

Por cierto, el argumento de los keynesianos de que el bajo crecimiento económico en los últimos diez años se debe al «estancamiento secular» causado por un «exceso de ahorro», no se confirma. El índice de ahorro nacional en las economías capitalistas avanzadas en 2019 no ha sido mayor que en 2007, mientras que el índice de inversión ha caído un 7%. Ha habido una escasez de inversión, no un exceso de ahorro. Este es el resultado de la baja rentabilidad en las principales economías capitalistas, que obliga a buscar en el extranjero donde invertir con una rentabilidad más alta (el índice de inversión en las economías emergentes ha aumentado un 10%; volveré a este punto en un artículo futuro).

Lo importante para restaurar el crecimiento económico en una economía capitalista es la inversión empresarial. Y depende de la rentabilidad de esa inversión. E incluso antes del golpe de la pandemia, la inversión empresarial estaba cayendo. Por ejemplo, Europa. Antes del golpe de la pandemia, la inversión empresarial en los países periféricos europeos todavía estaba aproximadamente un 20% por debajo de los niveles anteriores a la crisis.

Andrew Kenningham, economista jefe para Europa de Capital Economics, pronostica que la inversión empresarial de la eurozona caerá un 24 por ciento interanual en 2020, contribuyendo a una contracción del 12 por ciento del PIB. En el primer trimestre, Francia sufrió su mayor contracción conocida en la formación bruta de capital fijo, un índice de la inversión pública y privada; la contracción en España también estuvo cerca de niveles récord, según datos preliminares de su oficina nacional de estadística.

En Europa, los fabricantes que producen bienes de inversión, utilizados como insumos para la producción de otros bienes y servicios, como maquinaria, camiones y equipos, experimentaron el mayor impacto negativo en su actividad, según datos oficiales. En Alemania, la producción de bienes de inversión cayó un 17 por ciento en marzo en comparación con el mes anterior, más del doble de la caída en la producción de bienes de consumo. Francia y España registraron diferencias aún mayores.

La baja rentabilidad y el aumento de la deuda son los dos pilares de la Larga Depresión (es decir, bajo crecimiento de la inversión productiva, de los ingresos reales y del comercio) en la que están desde hace una década las principales economías. Con la pandemia, los gobiernos y los bancos centrales están duplicando estas políticas, respaldados por un coro aprobatorio de las distintas escuelas keynesianas (incluida la TMM), con la esperanza y la expectativa de que conseguirán relanzar las economías capitalistas después de que se terminen o relajen los cierres y confinamientos.

Es poco probable que esto suceda, porque la rentabilidad seguirá siendo baja e incluso puede ser que menor, pero aumentarán las deudas, infladas por la enorme expansión crediticia. Las economías capitalistas seguirán deprimidas e incluso eventualmente experimentarán una inflación creciente, de modo que esta nueva etapa de depresión se convertirá en estanflación. El multiplicador keynesiano (gasto público) no será suficiente, como en la década de 1970. El multiplicador marxista (rentabilidad) demostrará ser una guía mejor de la naturaleza de los auges y las crisis capitalistas y demostrará que las crisis capitalistas se repetirán mientras exista el modo de producción capitalista.

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18-20.-No morirse es importante para la calidad de vida – PAUL KRUGMAN

El PIB es lo de menos; el cometido más esencial de cualquier líder es mantener viva a la población

Un hombre pasa ante una verja con mensajes por la memoria de los fallecidos en Nueva York. BRYAN SMITH/ZUMA WIRE/DPA / EUROPA PRESS

Estados Unidos está inmerso ahora en un experimento enorme y peligroso. Aunque el distanciamiento social ha limitado la difusión del coronavirus, este dista mucho de estar controlado. Aun así, a pesar de las advertencias de los epidemiólogos, buena parte del país avanza hacia la reapertura de la economía.

29 may 2020.- Cualquiera pensaría que una medida tan trascendental vendría acompañada de justificaciones muy pensadas; que los políticos que presionan para poner fin al confinamiento, de Donald Trump para abajo, intentarían al menos explicar por qué deberíamos asumir ese riesgo. Pero quienes piden una rápida reapertura guardan un extraordinario silencio respecto a las contrapartidas que ello implica. En cambio, no cesan de hablar de la necesidad de “salvar la economía”. Esa es, sin embargo, una forma muy mala de plantear la política económica durante una pandemia.

¿Cuál es, después de todo, el propósito de la economía? Si su respuesta es algo así como “generar rentas que permitan a los ciudadanos comprar cosas”, se equivocan; el dinero no es el objetivo último, sino solo un medio para alcanzar un fin, a saber, mejorar la calidad de vida. Por supuesto que el dinero es importante: existe una clara relación entre los ingresos y la satisfacción con la vida. Pero no es lo único que importa. En concreto, ¿saben qué contribuye también mucho a la calidad de vida? No morirse.

Y cuando tomamos en consideración el valor de no morirse, la prisa por reabrir parece realmente una mala idea, incluso en términos de economía en su sentido más estricto. Tal vez se sientan tentados a decir que no podemos poner precio a la vida humana. Pero si lo piensan bien, eso es una tontería; lo hacemos constantemente.

Gastamos mucho dinero en la seguridad de las carreteras, pero no lo suficiente como para evitar todos los accidentes mortales prevenibles. Regulamos las actividades empresariales para evitar la contaminación mortal, a pesar de que cuesta dinero, pero no de manera tan estricta como para eliminar todas las muertes causadas por la contaminación. De hecho, tanto la política de transportes como la medioambiental se han guiado en el pasado por las cifras asignadas al “valor de una vida estadística”. Los cálculos actuales de ese valor se sitúan en torno a los 10 millones de dólares.

Es cierto que los fallecimientos por covid-19 se han concentrado entre los estadounidenses de mayor edad, que pueden esperar que les queden menos años que a la media, de modo que tal vez queramos emplear una cifra más baja, pongamos que cinco millones de dólares. Pero incluso así, si hacemos cuentas, veremos que el distanciamiento social, aunque haya reducido el PIB, ha valido la pena. Esa es la conclusión de dos estudios que calcularon los costes y beneficios del distanciamiento social, teniendo en cuenta el valor de una vida. De hecho, tardamos demasiado: un estudio de Columbia calculaba que si el confinamiento hubiera empezado solo una semana antes, a principios de mayo se habrían salvado 36.000 vidas, y un cálculo apresurado indica que los beneficios de ese confinamiento más temprano habrían quintuplicado como mínimo el coste del PIB perdido.

¿Por qué nos apresuramos a reabrir, entonces? Sin duda, las previsiones epidemiológicas son enormemente inciertas. Pero esta incertidumbre exige más cautela, no menos. Si abrimos demasiado tarde, perderemos algo de dinero. Si abrimos demasiado pronto, nos arriesgamos a que se produzca una segunda oleada explosiva de infecciones, que no solo mataría a muchos estadounidenses, sino que probablemente nos obligaría a un segundo confinamiento, aún más costoso. Entonces, ¿por qué el Gobierno de Trump no intenta siquiera justificar la presión para la reapertura por medio de un análisis racional de coste y beneficio? La respuesta, por supuesto, es que la racionalidad tiene un sesgo progresista bien conocido.

Después de todo, si de verdad les importase la economía, incluso los partidarios ardientes de la reapertura querrían que la población siguiera llevando mascarillas, que son una forma barata de evitar la expansión del virus. En cambio, han preferido librar una guerra cultural contra esta precaución tan razonable. Y la Casa Blanca ha respondido a las advertencias de los expertos acerca del riesgo de reapertura — ¡sorpresa!— acusando a los expertos de conspirar contra el presidente. Cuando le preguntaron acerca de ese estudio de Columbia que insinuaba que una acción más rápida habría salvado muchas vidas, Trump respondió que “Columbia es una impresentable institución progresista”, y afirmó falsamente que él se había adelantado a los expertos en la petición del confinamiento.

¿He mencionado que Trump y su Gobierno han subestimado drásticamente las muertes por covid-19 a cada paso del camino? La cuestión es que la presión para reabrir la economía no refleja ningún tipo de juicio bien pensado acerca de los riesgos y las recompensas. Es mejor verlo más bien como un ejercicio de pensamiento mágico.

Trump y los conservadores en general parecen creer que si fingen que la covid-19 no es una amenaza aún presente, de algún modo desaparecerá, o al menos la población se olvidará de ella. De ahí la guerra a las mascarillas, que ayudan a limitar la pandemia, pero le recuerdan a la gente que el virus sigue suelto. Dicho de otra forma, Trump y sus aliados no quieren que llevemos mascarillas, pero sí quieren que nos pongamos anteojeras. ¿Cómo acabará este ejercicio de negación? Como decía, hay mucha incertidumbre en las proyecciones epidemiológicas. Trump y sus amigos podrían tener suerte; su insistencia en que deberíamos retomar la actividad normal podría no provocar un gran número de decesos. Pero seguramente los causará, porque la presión para reanudar la actividad se apoya en una base de terca ignorancia. El PIB es lo de menos; el cometido más esencial de cualquier líder es mantener viva a la población. Por desgracia, es un cometido que Trump no parece interesado en llevar a cabo.

https://elpais.com/economia/2020-05-29/no-morirse-es-importante-para-la-calidad-de-vida.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART

  • 17.20.-Coronavirus: los 2 grandes escenarios mundiales que plantean algunos expertos para después de la pandemia GERARDO LISSARDY* BBC News Mundo, Nueva York
  • Morir para salvar al Dow Jones  PAUL KRUGMAN
  • «Donald Trump está transformando profundamente la organización de la alta tecnología global y su futuro» – PHILIPPE ESCANDE
La pandemia de covid-19 puede alterar el tablero geopolítico global. GETTY IMAGES

Una devastadora pandemia de gripe azota al mundo, que entra en una peligrosa espiral de crisis económica, tensiones políticas y conflicto armado.

5 may 2020.- Sucedió tras la Primera Guerra Mundial y la llamada gripe española, cuando «regresar a la normalidad» era un deseo tan extendido que un candidato presidencial en Estados Unidos ganó las elecciones de 1920 con ese eslogan.

La inestabilidad global creció, sobre todo tras la Gran Depresión de 1929 que hundió el comercio y disparó el desempleo. La democracia retrocedía. El nacionalismo avanzaba. Y el mundo cayó en el mayor conflicto bélico de su historia.

  • Cómo cambió el mundo hace cien años con la gripe española, la peor pandemia del siglo XX

Pero hubo otra vez, después de la devastadora Segunda Guerra Mundial, en que los países pusieron de lado sus diferencias para responder a los riesgos del orden internacional que asomaba.

Se crearon organizaciones para promover la gobernanza, paz y seguridad global. Avanzó la cooperación entre países. Se integraron economías. Y se evitó una nueva guerra mundial.

Ahora otra pandemia ha vuelto a poner al planeta en una situación extrema.

El coronavirus es el mayor reto para el mundo desde la Segunda Guerra Mundial, según las Naciones Unidas. Y las medidas para combatirlo traerán la peor recesión económica desde la Gran Depresión, anticipó el Fondo Monetario Internacional.

En este contexto, distintos expertos comenzaron a cuestionarse si el escenario mundial que resultará de todo esto será más reminiscente a la era posterior a la Primera o la Segunda Guerra Mundial.

«Es una muy buena pregunta», dice James Hershberg, profesor de historia y relaciones internacionales en la Universidad George Washington, a BBC Mundo.

Se busca liderazgo 

Imagen caption. El secretario general de la ONU, António Guterres, cree que ha faltado liderazgo global en la respuesta al coronavirus.

La pandemia de coronavirus ya ha asestado un duro revés al mundo multilateral que surgió después de 1945.

No se trata sólo del cierre de fronteras y las críticas que intercambian potencias como Estados Unidos y China. Hay, además, una evidente falta de coordinación política global ante el avance del virus.

«Es obvio que nos falta el liderazgo que solo puede ser posible si (…) las potencias mundiales clave son capaces de aproximarse, adoptar una estrategia común y luego reunir a toda la comunidad internacional», admitió el secretario general de la ONU, António Guterres, en entrevista con la BBC.

Los especialistas vinculan esto con el vacío que ha dejado EE.UU. en el tablero internacional en los últimos años, sobre todo durante la presidencia de Donald Trump.

Trump llegó al poder con la promesa de poner a «América primero» ante los asuntos globales, un eslogan que había usado en la campaña de 1920 su antecesor Warren Harding: el mismo que prometía «regresar a la normalidad» tras la Primera Guerra Mundial.

Ese enfoque nacionalista y unilateral va a contramano del papel de líder global que EE.UU. asumió desde la Segunda Guerra Mundial para construir instituciones como la propia ONU, lograr acuerdos como el de Bretton Woods o ayudar a reconstruir Europa con el Plan Marshall.

Observadores como Ian Goldin, un profesor de globalización y desarrollo en la Universidad de Oxford, cuestionan preocupados quién ocupará el espacio cedido por Washington.

«Podemos tener optimismo, pero no vemos liderazgo desde la Casa Blanca», indicó. «China no puede asumirlo y el Reino Unido no puede liderar en Europa«, dijo a la BBC.

Goldin es uno de los expertos que plantea una disyuntiva entre dos escenarios globales similares a las eras pos-guerra, ya sea con crecientes divisiones o con mayor cooperación internacional.

  • Por qué la pandemia de coronavirus puede acelerar la desglobalización de la economía mundial (y qué peligros conlleva eso)

Otros van aún más lejos y advierten que, sin un involucramiento activo de EE.UU., con un declive económico histórico y tensiones entre países, el panorama se parecerá más al del período de entreguerras.

«Veo cómo toda la situación internacional se deteriora. Y ese es el paralelo: tras la Primera Guerra Mundial la situación global se puso progresivamente peor», dijo Richard Haass, presidente del Council on Foreign Relations, un influyente centro de análisis en EE.UU.

«No digo que vaya a ocurrir con seguridad, pero me preocupa que, a menos que cambiemos el curso, la dinámica, las cosas se pueden poner peores«, agregó Haass en una entrevista con BBC Mundo.

  • ¿Qué significa que «la Historia se esté acelerando» por la crisis del coronavirus?

Nuevos riesgos

Sin embargo, otros creen que los países se encaminarán hacia una mayor cooperación.

Bill Gates, el cofundador de Microsoft, ha sostenido que también EE.UU. acabará involucrado de forma más fuerte que ahora en la lucha global contra el virus.

Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGESImage caption Bill Gates es uno de los que ve posible una cooperación global como hubo tras la Segunda Guerra Mundial..

«Hay muchas voces que nos empujarán a trabajar con Europa y con otros países y ser parte de las innovaciones que pondrán fin a esto», sostuvo el filántropo multimillonario en el portal informativo Vox.

«Realmente creo que la analogía de la Segunda Guerra Mundial se aplica aquí«, añadió Gates, quien en un discurso en 2015 había advertido que la mayor amenaza para millones de vidas en el mundo sería un virus antes que una guerra.

Fue precisamente una combinación de amenazas, como las armas nucleares, el ascenso la Unión Soviética y la memoria viva del riesgo del nacionalismo en Europa, lo que junto con la creciente influencia de EE.UU. impulsó la cooperación multilateral tras la Segunda Guerra Mundial, explica el profesor James Hershberg.

«Nunca es un factor único; son múltiples factores que se unen. Pero estamos en una situación de desafíos globales cada vez más claros que requieren respuestas globales. Ya era evidente con el cambio climático y otros factores, pero la pandemia lo dramatizó», dice.

Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGESImage captionLa continuidad o no de Trump en la Casa Blanca tras las elecciones de EE.UU. será clave para el escenario global, según expertos.

A su juicio, las elecciones de noviembre en EE.UU. también serán clave para el rumbo global.

«Si hubiera cuatro años más de Trump, sería muy comparable al patrón de los años de entreguerras, de una lucha darwiniana de cada país por sí mismo, y es probable que se exacerben las tendencias actuales contra la democracia», opina Hershberg.

«Si Trump pierde, es posible que al menos haya alguna dinámica que contrarreste» esas tendencias, agrega.

¿»Escenario intermedio»?

Claro que en todo esto hay mucha incertidumbre.

Por ejemplo, desconocemos cuán larga y profunda será la debacle económica mundial por las medidas de confinamiento para reducir el contagio de covid-19.

Si se logra controlar el virus pronto, algunos economistas ven la posibilidad de una recuperación comparable a la que hubo después de la Segunda Guerra Mundial.

Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGESImage captionLa pandemia de gripe de principios del siglo XX fue única debido a la desproporcionada cantidad de jóvenes que mató.

Después de todo, la crisis actual no es una guerra donde las bombas destruyen la infraestructura o la capacidad productiva de los países.

Y, con todo el dolor que causa, el saldo de víctimas mortales de covid-19 (que pasó los 250.000 este martes, según la Universidad Johns Hopkins) está muy por debajo de los 20 a 50 millones que murieron por la «gripe española» entre 1918 y 1920.

Pero en aquella pandemia hubo una segunda ola de contagios más mortal que la primera.

Hoy el colapso de la economía mundial ya deja millones de desempleados y, si la recesión se extiende, podría causar mayor inestabilidad global, más fisuras en Europa y escalar los roces ya visibles entre Occidente y China, la gran potencia emergente.

También, como sucedió tras la crisis financiera de 2008, podría crecer la polarización política y la furia popular con gobiernos en varios países, lo que a su vez contribuyó al ascenso de Trump o la salida del Reino Unido de la Unión Europea.

Un aforismo atribuido a menudo a Mark Twain, aunque sin certeza que sea de su autoría, dice que «la historia no se repite, pero rima».

Mirar al pasado, aclara Hershberg, puede servir para sacar lecciones útiles para el presente y un futuro que los historiadores no pueden proyectar con precisión.

Saskia Sassen, profesora de sociología y miembro del Comité sobre Pensamiento Global en la Universidad de Columbia, cree que lo más más probable es que haya un «escenario intermedio» respecto a los que surgieron tras las dos guerras mundiales.

«Habrá algunos actores importantes, en particular EE.UU., que irán hacia crecientes nacionalismos«, dice Sassen a BBC Mundo. «Pero una vez que (Trump) esté fuera, puede haber distintos escenarios en juego».

Premio Príncipe de Asturias de ciencias sociales y autora del libro «Expulsiones: brutalidad y complejidad en la economía global», Sassen agregó que en Occidente aún hay figuras destacadas, como la canciller alemana Angela Merkel o el propio Guterres, que defienden la colaboración entre países.

A su entender, esas figuras «lograrán poner la razón y madurez delante, lo suficiente para superar a los líderes más regresivos que proliferan».

https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-52526090

17.20.-Morir para salvar al Dow Jones – PAUL KRUGMAN

Trump y la derecha presionan para una reapertura rápida de la economía porque creen que eso hará que la Bolsa suba

Banderas de EE UU en la sede de la Bolsa de Nueva York.JUSTIN LANE / EFE

A mediados de marzo, tras varias semanas negándose a aceptarlo, Donald Trump admitió por fin que la covid-19 era una amenaza seria y pidió a los estadounidenses que practicasen el distanciamiento social. El reconocimiento tardío de la realidad — supuestamente debido a la preocupación de que admitir que el coronavirus suponía una amenaza perjudicaría al mercado de valores— tuvo consecuencias mortales. 

22 may 2020.- Expertos en modelos epidemiológicos creen que, de haberse iniciado el confinamiento aunque fuese solo una semana antes, Estados Unidos podría haber evitado decenas de miles de muertes. Aun así, más vale tarde que nunca. Y durante un breve periodo de tiempo tuvimos la impresión de que por fin nos habíamos decidido por una estrategia para contener el virus y a la vez limitar las penurias económicas del confinamiento.

Pero Trump y el Partido Republicano han abandonado ya esa estrategia. Se niegan a decirlo explícitamente, y están dando varias explicaciones insinceras para lo que hacen, pero su posición básica es que miles de estadounidenses deben morir por culpa del Dow Jones. ¿Cuál era la estrategia que Trump abandonó? La misma que ha funcionado en otros países, desde Corea del Sur hasta Nueva Zelanda. Primero, usar el confinamiento para “aplanar la curva”, o sea, reducir el número de estadounidenses infectados hasta un nivel relativamente bajo. Después, combinar la reapertura gradual con las pruebas generalizadas, el seguimiento de contactos cuando se detecte un paciente infectado y el aislamiento de quienes pudieran contagiar la enfermedad.

Ahora bien, un confinamiento prolongado significa una gran pérdida de ingresos para muchos trabajadores y empresas; de hecho, casi la mitad de la población adulta vive en hogares que han perdido las rentas del trabajo desde marzo. De modo que, para hacer tolerable el confinamiento, hay que acompañarlo de ayudas para situaciones de desastre, de prestaciones especialmente generosas por desempleo y de ayudas a pequeñas empresas. Y el hecho es que la ayuda para situaciones de desastre ha sido más eficaz de lo que en general se reconoce.

En un principio, las sobrepasadas oficinas de desempleo fueron incapaces de procesar la avalancha de solicitudes. Pero poco a poco han ido poniéndose al día y, a estas alturas, parece que la mayoría de los estadounidenses en situación de desempleo está recibiendo prestaciones que sustituyen una gran parte de los salarios perdidos. La ayuda a pequeños empresarios, a través de préstamos que se convierten en subvenciones si el dinero se utiliza para mantener las plantillas, ha sido mucho más caótica. Así y todo, muchas pequeñas empresas han recibido préstamos y de hecho están usando el dinero para mantener las plantillas. En resumen, la red de seguridad tejida a toda prisa contra la covid-19, aunque esté llena de agujeros, ha protegido a muchos estadounidenses de la pobreza extrema.

Pero esa red de seguridad se retirará en los próximos meses a no ser que el Congreso y la Casa Blanca actúen. Las pequeñas empresas tienen solo una ventana de ocho semanas para convertir los préstamos en subvenciones, lo que significa que muchas empezarán a despedir aproximadamente dentro de un mes. La ampliación de las prestaciones por desempleo expirará el 31 de julio. Y a no ser que los Gobiernos estatales y locales reciban una amplia ayuda de Washington, pronto veremos despidos masivos de maestros, bomberos y policías.

Sin embargo, Trump y su partido se han pronunciado contra el aumento de las ayudas para los desempleados y contra las subvenciones a los asediados Gobiernos estatales y locales. En cambio, el partido pone cada vez más sus esperanzas en la rápida reapertura de la economía, a pesar de que la perspectiva aterra a los expertos, que advierten de que podría conducir a una segunda oleada de infecciones.

¿De dónde proviene este ímpetu por la reapertura? Algunos republicanos afirman que no podemos permitirnos seguir proporcionando una red de seguridad porque estamos incurriendo en un endeudamiento excesivo. Pero eso es al mismo tiempo mala teoría económica y una hipocresía. Al fin y al cabo, los déficits presupuestarios por las nubes no han impedido a los funcionarios de Trump proponer, sí, más rebajas fiscales.

Está también el pretexto de que la presión para que se reabra la economía procede de trabajadores de a pie. Pero a la ciudadanía le preocupa más reabrir demasiado rápido que reabrir demasiado despacio, y los que han perdido su salario por el confinamiento no se inclinan más por una reapertura rápida que los que no lo han perdido. No, la presión para desoír a los expertos viene de arriba; procede de Trump y sus aliados, y cualquier apoyo limitado que puedan estar recibiendo de la ciudadanía deriva del partidismo, no del populismo.

Entonces, ¿por qué Trump y sus amigos tienen tantas ganas de arriesgarse a que la cifra de muertos se eleve mucho más? La respuesta, sin duda, es que están volviendo a las andadas. En las primeras fases de esta pandemia, Trump y la derecha en general restaron importancia a la amenaza porque no querían perjudicar las cotizaciones bursátiles. Ahora están presionando para que se ponga fin prematuramente al confinamiento porque imaginan que eso volverá a hacer que las acciones suban otra vez.

No había por qué seguir este camino. Otro líder podría haberles dicho a los estadounidenses que se encuentran en una dura batalla, pero que al final vencerán. Gobernadores como Andrew Cuomo, que han adoptado esa postura, han visto dispararse su aprobación en las encuestas. Pero Trump no logra ir más allá de esta tendencia a la promoción de sí mismo. Y claramente sigue obsesionado con el mercado bursátil como baremo de su presidencia. De modo que Trump y su partido quieren avanzar a toda velocidad hacia la apertura, sin importar a cuánta gente mate. Como he dicho, en realidad su posición es que los estadounidenses deben morir por el Dow Jones.

https://elpais.com/economia/2020-05-22/morir-para-salvar-al-dow-jones.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART 

17.20.-«Donald Trump está transformando profundamente la organización de la alta tecnología global y su futuro» PHILIPPE ESCANDE

Al aumentar las prohibiciones de ventas en el campo de la electrónica en nombre de su rivalidad con China, el presidente estadounidense está rompiendo la cadena de valor global del sector, cree Philippe Escande, columnista económico en  Le Monde.

En la sede de TSMC en Hsinchu, Taiwán, en agosto de 2018. Tyrone Siu / REUTERS

Pérdidas y ganancias. Donald Trump no es un geek, es un desarrollador inmobiliario. Lo que le interesa al presidente de los Estados Unidos es la transacción del momento, no la especulación sobre el futuro de la tecnología.

18 may 2020.- Sin embargo, en la guerra que actualmente está luchando por destruir al fabricante chino de equipos de telecomunicaciones Huawei, está en el proceso de cambiar radicalmente la organización de la alta tecnología global y su futuro. Este es el significado de la advertencia al fabricante taiwanés Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC) de que ya no suministre a Huawei chips de alta gama de que es uno de los únicos en el mundo que sabe cómo fabricar.

Si, hoy en día, un teléfono inteligente es más poderoso que una supercomputadora de la década de 1980, es gracias a la progresión continua de la capacidad informática de los chips electrónicos. Uno de los fundadores de Intel, Gordon Moore, descubrió que, a precios constantes, el número de transistores que se podían insertar en un chip se duplicaba cada dos años. Lo que se ha llamado «Ley de Moore» se ha verificado durante casi cuarenta años. Es la base de la revolución de la microcomputadora, luego, hoy en día, los teléfonos inteligentes y detrás de las fábricas gigantes que gestionan el tráfico global de Internet.

Especialización de tareas 

Esta ley muy empírica fue posible gracias a una organización mundial que empujó a las empresas a especializarse. En 1987, el chino-estadounidense Morris Chang fundó TSMC, con el objetivo de producir chips para todos aquellos que lo quisieran. Al centrarse en la producción, pudo, gracias a los efectos de la escala, frustrar lo que la ley de Moore no dice: cada generación de chips requiere una nueva fábrica dos veces más cara que la anterior. Unos cientos de millones de dólares en la década de 1990, más de 10 mil millones en la actualidad.

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TSMC, que invierte 16 mil millones de dólares (14.8 mil millones de euros) por año, no vende nada bajo su propia marca, a diferencia de Samsung. Por lo tanto, es el más solicitado, desde Apple hasta Huawei, pero también por todos los ingenieros electrónicos estadounidenses como Qualcomm, Broadcom o Nvidia, que prefirieron centrarse en el diseño.

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Esta especialización de tareas a nivel global es crucial en el advenimiento de la sociedad de la información, que nos permite a todos teletrabajar por videoconferencia. Se pensó que la ley de Moore se enfrentaría a los límites físicos de la finura del grabado de chips, que hoy se aproxima al grosor de una hebra de ADN. Quizás, en última instancia, será la política la que, al limitar la especialización de los jugadores y el tamaño de su mercado mundial, y por lo tanto la rentabilidad de operaciones tan costosas, pondrá fin a este período excepcional en la historia mundial de las tecnologías. 

https://www.lemonde.fr/economie/article/2020/05/18/donald-trump-est-en-train-de-modifier-en-profondeur-l-organisation-du-high-tech-mondial-et-son-avenir_6040010_3234.html

  • 16.20.-La realidad de la covid-19 tiene un sesgo progresista – PAUL KRUGMAN
  • Coleros en la Ocde JORGE IVÁN GONZÁLEZ 

Miles de estadounidenses pueden estar a punto de morir por el Dow Jones. Trump está obsesionado con la Bolsa

Tiendas cerradas en la ciudad de Nueva York. ANGELA WEISS / AFP

Los principales expertos del Gobierno de Estados Unidos advirtieron el pasado martes de que la covid-19 no está ni mucho menos bajo control, y que el alivio prematuro del distanciamiento social podría tener consecuencias desastrosas. Hasta donde yo sé, su opinión la comparten casi todos los epidemiólogos.

15 may 2020.- Pero predicaban en el desierto. Está claro que el Gobierno de Trump y sus aliados ya han decidido que vamos a reabrir la economía, independientemente de lo que digan los expertos. Y si los expertos tienen razón y esto provoca un repunte de los fallecimientos, la respuesta no será replantearse la política, sino negar la realidad.

De hecho, las teorías conspiranoicas sobre el virus —insistir en que las muertes por covid-19 se han exagerado mucho y puede que trasluzcan una enorme conspiración médica— ya están muy extendidas en la derecha. Y podemos esperar que proliferen más en los próximos meses. Por un lado, este giro de los acontecimientos no debería sorprendernos. Hace tiempo que la derecha estadounidense rechazó la política basada en las pruebas y se decantó por las pruebas basadas en la política, o sea, negar los datos que puedan interponerse en el camino de un programa político predeterminado. Hace ya 14 años que Stephen Colbert soltó su famosa ocurrencia de que “la realidad tiene un conocido sesgo progresista”.

Por otro lado, sin embargo, la decisión de la derecha de hacer caso omiso de los epidemiólogos es políticamente mucho más temeraria que otras negaciones anteriores de la realidad. Como muchos han señalado, la nueva estrategia de la derecha para afrontar esta pandemia —o, más exactamente, no afrontarla— sigue muy de cerca el planteamiento de siempre del Partido Republicano para abordar el cambio climático: no está pasando, es una farsa perpetrada por científicos progresistas y, además, hacer cualquier cosa al respecto destruiría la economía.

En efecto, las manifestaciones de las últimas semanas contra el confinamiento parecen haber sido organizadas en parte por la misma gente y los mismos grupos que llevan décadas negando el cambio climático. La conspiración sobre el virus nos recuerda también las diversas teorías de complot que proliferaron durante la época de Obama. Los conspiranoicos de la inflación insistían en que el Gobierno ocultaba la verdad acerca de una inflación desbocada; los conspiranoicos del desempleo, entre ellos un tipo llamado Donald Trump, insistían en que la mejora constante de las cifras de empleo era un bulo.

Pero las afirmaciones falsas acerca de la economía en la época de Obama no tenían ningún precio político. Y, deplorablemente, tampoco lo tiene la negación del cambio climático; las consecuencias de esa negación avanzan demasiado lentamente como para que los votantes se centren en el inmenso daño que acabará provocando.

En cambio, la negación del virus podría volverse contra los republicanos en cuestión de meses. De hecho, en algunos lugares ya ha ocurrido. Gracias al efecto bandera, muchos líderes mundiales vieron aumentar sus tasas de aprobación a medida que la amenaza de la covid-19 se volvía evidente; la popularidad de Trump, que se pasó semanas negándola, solo experimentó un ligero repunte, pero ahora ha retrocedido. Dentro de Estados Unidos, los gobernadores que han tomado las medidas más duras para controlar la pandemia han sido recompensados con una aprobación muy elevada, mientras que a los que restaron importancia a la amenaza y presionan para reabrir la economía les va mucho peor.

Imaginemos ahora el rechazo —en especial, por cierto, entre los ciudadanos de más edad— si el intento de reanudar la economía conduce a una nueva oleada de infecciones. ¿Por qué, entonces, siguen Trump y compañía esta senda? Una respuesta es que miles de estadounidenses pueden estar a punto de morir por culpa del Dow Jones. Sabemos que Trump está obsesionado con el mercado bursátil y que su prolongada negativa a tomarse en serio la covid-19 tenía supuestamente mucho que ver con su creencia en que lo contrario perjudicaría a las cotizaciones. A lo mejor, ahora cree que pretender que la crisis está superada impulsará al alza las acciones, y que eso es lo único que importa.

Otra respuesta es que tal vez los republicanos crean de verdad que los ciudadanos con gorra roja y armados que se manifiestan contra el confinamiento representan al “Estados Unidos real”. Y hay de hecho estadounidenses que montan en cólera cuando se les pide que soporten cualquier incomodidad en nombre del bien público. Los sondeos indican que son una pequeña minoría, pero es posible que el partido republicano considere que esos sondeos son bulos.

Sin embargo, me gustaría insinuar que tal vez haya otra razón más para la peligrosa campaña en favor de la reapertura de la economía. Concretamente, que los republicanos en general, y Trump en particular, experimentan una profunda sensación de incapacidad.

Cuando las autoridades se topan con una crisis, se supone que se remangan y la afrontan: llaman a los expertos y diseñan y aplican una respuesta eficaz. Así respondió Obama al ébola en 2014. Pero al Partido Republicano no le gustan los expertos, y no tiene ideas políticas, aparte de la bajada de impuestos y la liberalización. De modo que no sabe responder a las crisis que no encajan en su programa político habitual. Trump, en particular, sabe hacer teatro político —mandar a Jared Kushner para que hable de cómo solucionar los problemas— pero no tiene ni idea de cómo hacerlo de verdad. Y pienso que, en el fondo, lo sabe.

Dada esta sensación de incapacidad, probablemente estaba cantado que Trump y sus aliados, tras un breve periodo aparentando tomarse en serio la covid-19, volverían a insistir en que todo va bien. Y es posible que, durante un tiempo, incluso consigan convencer a algunos votantes. Pero el coronavirus, al que le dan igual las tergiversaciones políticas, tendrá la última palabra.

https://elpais.com/economia/2020-05-15/la-realidad-de-la-covid-19-tiene-un-sesgo-progresista.html

16.20.-Coleros en la Ocde JORGE IVÁN GONZÁLEZ

Foto de OECD 

Es una buena noticia que el 28 de abril Colombia haya sido admitida como el país no. 37 de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (Ocde). Entre varias ventajas, destaco la posibilidad de hacer comparaciones regulares sobre aspectos fundamentales del desarrollo.

8 may 2020.- Colombia ya está siendo incluida en las estadísticas de la Ocde, así que se tiene un punto de referencia que podría contribuir a modificar supuestos falsos que suelen acompañar los debates de la política económica nacional. Estar a la cola de la Ocde en casi todos los indicadores es un aliciente para mejorar pero, sobre todo, para superar prejuicios que tienen poco sustento en los indicadores internacionales.

No es cierto, como se ha dicho, que Colombia sea uno de los países que más tributa en el mundo. Este argumento acompañó los debates de la última campaña presidencial y fue uno de los postulados que sirvió para justificar el aumento de las exenciones y reducir los impuestos. Este falso supuesto llevó a la aprobación de la mal llamada “Ley de crecimiento”. Mientras que la presión tributaria en Colombia (impuestos sobre PIB) es de 16%, en los países del norte de Europa supera 50%.

Tampoco es cierto que en Colombia la política fiscal, entendida como la conjunción de impuestos y subsidios, haya sido exitosa. Mientras que un país de la Ocde como Bélgica logra que la política fiscal reduzca el Gini de 0,50 a 0,20, en Colombia el Gini no se mueve, porque la leve reducción de la desigualdad que se consigue con un gasto público ligeramente progresivo, es contrarrestada por impuestos regresivos.

La calidad de la educación en Colombia es mala. Sobre todo, porque el gasto público es bajísimo. En los diversos estudios de la Ocde, cuando se compara el gasto anual por niño, Colombia aparece en los últimos lugares. Mientras que la canasta educativa nuestra cuesta $3,5 millones niño año, en Francia es de $20 millones y en Luxemburgo de $45 millones. Es fundamental que Colombia continúe participando en las pruebas internacionales, como Pisa y Tims para que tratemos de entender por qué somos los coleros.

No es cierto, como se repite continuamente, que los impuestos vayan en contra de la competitividad. La relación entre la tributación y la competitividad es positiva, como lo han mostrado estudios de la Ocde y del Banco de Pagos Internacionales. La competitividad europea fue mayor durante los años en los que se consolidó el Estado del Bienestar. Tampoco es cierto que el salario mínimo en Colombia sea “escandalosamente alto” como dice el ministro Carrasquilla. Basta con comparar el salario hora en Los Angeles, que es de US$12, con el salario mínimo día de Colombia que es de US$8.

La movilidad social en el país es un fracaso. El informe respectivo de la Ocde, dice que el “ascensor está roto”. Mientras que en Dinamarca el ascenso social requiere entre una y dos generaciones, en Colombia necesitamos 11 generaciones (275 años). Con razón los jóvenes de las comunas de Medellín le dicen a Alonso Salazar “no nacimos pa’ semilla”.

Colombia ha firmado las disposiciones de la Ocde sobre crecimiento verde, pero el país sigue soñando con el fracking, sin que se estén creando las condiciones que permitan cambiar la matriz energética. De ahora en adelante valdría la pena que las discusiones de política económica comenzaran ubicando a Colombia en el panorama de los países de la Ocde.

https://www.larepublica.co/analisis/jorge-ivan-gonzalez-506394/coleros-en-la-ocde-3003049

  • 15.20.-La cicatriz económica de la pandemia – MICHAEL ROBERTS
  • Una epidemia de privaciones y hambre –PAUL KRUGMAN

El optimismo reina en los mercados bursátiles mundiales, particularmente en los Estados Unidos. Después de caer alrededor del 30% cuando se impusieron los cierres para contener la pandemia del virus COVID-19, el mercado de valores de EEUU creció un 30% en abril. ¿Por qué? Bueno, por dos razones. La primera es que la Reserva Federal de EEUU ha intervenido para inyectar cantidades enormes de crédito mediante la compra de bonos e instrumentos financieros de todo tipo. 

3 may 2020.- Los otros bancos centrales también han reaccionado de manera similar con inyecciones de crédito, aunque nada comparable con el impulso monetario de la Reserva Federal.

Como resultado, la valoración de las bolsas de EEUU en relación con las futuras ganancias corporativas se ha disparado verticalmente con las inyecciones de la Fed. Si la Reserva Federal va a comprar cualquier bono o instrumento financiero que se tenga, ¿qué puede ir mal?

La otra razón para esta recuperación del mercado de valores, al mismo tiempo que los datos de la economía «real» revelan un colapso de la producción nacional, la inversión y el empleo en casi todas partes (con lo peor por venir), es la creencia de que los cierres pronto terminarán; que los tratamientos y vacunas están en camino para detener el virus; y así las economías volverán a crecer en tres a seis meses y la pandemia pronto será olvidada.

Por ejemplo, el secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Mnuchin, reiteró su opinión expresada al comienzo de los cierres de que «la economía se recuperará de verdad en julio, agosto y septiembre». Y el asesor de economía de la Casa Blanca Hassett estimó que, para el cuarto trimestre, la economía de Estados Unidos » va a ser realmente fuerte y el próximo año será un año estupendo». El CEO del Banco de América, Moynihan, calculó que el gasto de los consumidores ya ha tocado fondo y que pronto aumentará nuevamente en el cuarto trimestre, ¡seguido de un crecimiento del PIB de dos dígitos en 2021!

Parece difícil justificar que el consumo personal en los Estados Unidos haya tocado fondo cuando se miran los datos del primer trimestre. De hecho, en marzo, el gasto personal en los EEUU cayó un 7,5 por ciento mes a mes, la mayor disminución en el gasto personal registrado.

Pero no son solo los portavoces oficiales y bancarios las que creen que el daño económico de la pandemia y los cierres será breve, aunque no pequeño. Muchos economistas keynesianos en los Estados Unidos creen lo mismo. En artículos anteriores, cité la afirmación del gurú keynesiano, Larry Summers, exsecretario del Tesoro de Clinton, de que la crisis por los cierres era similar a la de las empresas en lugares turísticos de verano que cierran durante el invierno. Tan pronto como llega el verano, todos abren y están preparados para operar con normalidad. La pandemia es, por lo tanto, solo algo estacional.

Ahora, el principal gurú keynesiano, Paul Krugman, considera que esta crisis, mucho peor en su impacto en la economía global que la Gran Recesión, no es una crisis económica sino una «situación de ayuda en caso de desastre». Krugman argumenta que esto es «un desastre natural, como una guerra, una situación temporal». Por lo tanto, la respuesta es que «debería hacerse frente en gran medida con impuestos más altos y gastos más bajos en el futuro, en lugar de hacerlo de inmediato, lo cual es otra forma de decir que debería pagarse en gran parte mediante un aumento temporal del déficit». Una vez que este gasto actue, la economía volverá a funcionar igual que antes y el déficit solo será «temporal». Y Robert Reich, el ex Secretario de Trabajo supuestamente izquierdista de Clinton, estima que la crisis no es económica sino una crisis sanitaria y que tan pronto como se contenga el problema sanitario (presumiblemente este verano) la economía «rebotará».

Es de esperar que los asesores de Trump y los jefes de Wall Street proclamen un rápido regreso a la normalidad (a pesar de que los economistas de los principales fondos de inversión tienen una opinión diferente), pero resulta sorprendente que los principales economistas keynesianos estén de acuerdo. Creo que la razón es que ningún análisis keynesiano de las recesiones y las crisis puede explicar esta crisis pandemica. La teoría keynesiana parte de la afirmación de que las crisis son el resultado de un colapso en la ‘demanda efectiva’ que luego conduce a una caída en la producción y el empleo. Pero como he explicado en artículos anteriores, esta crisis no es el resultado de un colapso de la ‘demanda’, sino de un cierre de la producción, tanto en la industria como, en particular, en los servicios. Es un «shock de oferta», no un «shock de demanda». Para el caso, los teóricos de la «financiarización» de la escuela Minsky también están perdidos, porque esta crisis no es el resultado de una crisis crediticia o de un colapso financiero, aunque eso aún puede producirse.

Así que los economistas keynesianos piensan que tan pronto como la gente vuelva al trabajo y comience a gastar, la ‘demanda efectiva’ (incluso la demanda ‘acumulada’) se disparará y la economía capitalista volverá a la normalidad. Pero si se aborda la crisis desde el ángulo de la oferta o la producción, y en particular la rentabilidad, de reanudar la producción y el empleo, que es el enfoque marxista, entonces tanto la causa de la crisis cómo  la probabilidad de una recuperación lenta y débil se hacen evidentes.

Recordemos qué sucedió después del final de la Gran Recesión de 2008-2009. El mercado bursátil creció año tras año, pero la economía ‘real’ de la producción, la inversión y los ingresos de los trabajadores languideció. Desde 2009, el crecimiento anual del PIB per cápita de EEUU ha promediado solo 1.6%. A fines de 2019, el PIB per cápita estaba un 13% por debajo de la tendencia de crecimiento anterior a 2008. Esa brecha equivale a $ 10.200 por persona, una pérdida permanente de ingresos.

¡Y ahora Goldman Sachs pronostica una caída en el PIB per cápita que eliminaría incluso esas ganancias de los últimos diez años!

El mundo ahora está mucho más integrado que en 2008. La cadena de valor global, como se la llama, es ya dominante y general. Incluso si algunos países pueden comenzar la recuperación económica, la interrupción del comercio mundial puede obstaculizar seriamente la velocidad y la fuerza de esa recuperación. Veamos China, donde la recuperación económica tras su cierre está en marcha. La actividad económica todavía está muy por debajo de los niveles de 2019 y el ritmo de recuperación parece lento, principalmente porque los fabricantes y exportadores chinos no tienen a quién vender.

Esto no es consecuencia del virus o un problema de salud. El crecimiento del comercio mundial apenas ha sido similar al crecimiento del PIB mundial desde 2009 (línea azul), muy por debajo de su tasa anterior a 2009 (línea azul punteada). La Organización Mundial del Comercio no ve ningún retorno a esa trayectoria más baja (línea punteada amarilla) durante al menos dos años.

El gasto masivo del sector público (más de $ 3 billones) aprobado por el Congreso de los EEUU y el enorme estímulo monetario de la Fed ($ 4 billones) no detendrán esta profunda depresión, ni siquiera harán que la economía de EEUU vuelva a su tendencia anterior (baja). De hecho, Oxford Economics considera que hay todas las posibilidades de una segunda ola de la pandemia que podría forzar nuevas medidas de cierre y mantener a la economía estadounidense en crisis y estancada hasta 2023.

Pero, ¿por qué las economías capitalistas (al menos en el siglo XXI) no están volviendo a las tendencias anteriores? He argumentado en muchos artículos que hay dos razones clave. La primera porque la rentabilidad del capital en las principales economías no ha vuelto a los niveles alcanzados a fines de la década de 1990, y mucho menos a los de la ‘edad de oro’ del crecimiento económico y las recesiones leves de los años cincuenta y sesenta.

Y la segunda razón es que para hacer frente a esta caída de la rentabilidad, las empresas aumentaron sus niveles de deuda, alentadas por las bajas tasas de interés, ya sea para mantener la producción y / o para convertir los fondos en activos financieros y especular.

Pero vinculado a estos factores subyacentes hay otro: lo que se ha llamado «cicatrización» económica o histéresis. La histéresis en el campo de la economía se refiere a un suceso económico que persiste en el futuro, incluso después de que los factores que llevaron a ese suceso se hayan eliminado. La histéresis implica que los efectos a corto plazo pueden manifestarse en problemas a largo plazo que inhiben el crecimiento y dificultan el «retorno a la normalidad».

Los economistas keynesianos tradicionalmente creen que el estímulo fiscal puede sacar a las economías de una recesión. Sin embargo, incluso ellos han reconocido que las condiciones económicas a corto plazo pueden tener impactos duraderos. Los mercados de crédito congelados y el gasto deprimido de los consumidores pueden frenar la creación de pequeñas empresas que de otro modo tendrían éxito. Y las empresas más grandes pueden retrasar o reducir el gasto en I + D.

Como escribió Jack Rasmus recientemente en su blog: “A las empresas y los consumidores les lleva mucho tiempo restablecer sus niveles de ‘confianza’ en la economía y cambiar el comportamiento extremadamente cauteloso de inversión y compra en una tendencia a la  inversión más optimista. Los niveles de desempleo se mantienen altos y pesan sobre la economía algún tiempo. Muchas pequeñas empresas nunca vuelven a abrir y cuando lo hacen es con menos empleados y, a menudo, con salarios más bajos. Las empresas más grandes acumulan su efectivo. Los bancos suelen ser muy lentos a la hora de prestar con su propio dinero. Otras empresas son reacias a invertir y expandirse y, por lo tanto, a volver a contratar trabajadores, dado el gasto prudente de los consumidores, el acaparamiento de las empresas y el comportamiento conservador crediticio de los bancos. La Fed, el banco central, puede ofrecer una gran cantidad de dinero gratis y préstamos baratos, pero las empresas y los hogares pueden ser reacios a pedir prestado, prefiriendo acumular su efectivo, y también los préstamos». En otras palabras, una recesión económica puede provocar «cicatrices», es decir, daños duraderos a la economía.

Hace un par de años, el FMI publicó un artículo que analizaba las ‘cicatrices’ económicas. Los economistas del FMI señalaron que después de las recesiones no siempre hay una recuperación en forma de V de las tendencias anteriores. De hecho, a menudo se ha dado el caso de que la tendencia de crecimiento anterior nunca se restablece. Utilizando datos actualizados de 1974 a 2012, descubrieron que el daño irreparable a la producción no se limita a las crisis financieras y políticas. Todos los tipos de recesiones, en general, conducen a pérdidas de producción permanentes.

“En la visión tradicional del ciclo económico, una recesión consiste en una disminución temporal de la producción por debajo de su línea de tendencia, pero también en un rápido rebote de la producción a su línea de tendencia ascendente inicial durante la fase de recuperación (ver gráfico, panel superior). Por el contrario, nuestra evidencia sugiere que una recuperación consiste solo en un retorno del crecimiento a su tasa de expansión a largo plazo, sin un rebote de alto crecimiento a la tendencia inicial (ver gráfico, panel inferior). En otras palabras, las recesiones pueden causar cicatrices económicas permanentes”.

Y eso no solo se aplica solo a una economía, sino también a la brecha entre las economías ricas y pobres. Según el FMI: «Los países pobres sufren recesiones y crisis más profundas y frecuentes, y cada vez sufren pérdidas permanentes de producción y pierden terreno (líneas continuas en el cuadro a continuación)».

El documento del FMI complementa la visión de la diferencia entre recesiones y depresiones «clásicas» que describí en mi libro de 2016, La larga depresión. En el muestro que en las depresiones, la recuperación después de una crisis toma la forma no de una V, sino más bien de una raíz cuadrada, lo que relanza la economía en una trayectoria nueva y más baja.

Sospecho que esta depresión pandémica provocará una gran cantidad de cicatrices en el sector capitalista. Min Ouyang, profesor asociado de la Universidad Tsinghua de Beijing, descubrió que en las recesiones pasadas las ‘cicatrices’ de los empresarios por el colapso del flujo de efectivo superaron los efectos beneficiosos de obligar a las compañías débiles a cerrar y ‘limpiar’ el camino para aquellas que sobreviven. Y asegura que «El efecto cicatriz de esta recesión probablemente será más severo que en cualquier recesión pasada… Si decimos que las pandemias son la nueva normalidad, la gente dudará mucho más en asumir riesgos» .

Los hogares y las empresas querrían disponer de más ahorros y menos riesgos para protegerse contra posibles cierres futuros, mientras que los gobiernos tendrían que acumular equipos de emergencia y garantizar que pudieran fabricarse más rápidamente dentro de sus propias fronteras. Incluso si la pandemia no se repite, muchas personas serán reacias a socializar una vez que finalice el confinamiento, extendiendo el efecto a las empresas y economías que dependen del turismo, los viajes, las comidas y los eventos masivos.

Y esta caída acelerará las tendencias en la acumulación capitalista que ya estaban en marcha: Lisa B. Kahn, una economista de Yale, descubrió que después de una crisis las compañías intentan reemplazar a los trabajadores por máquinas y obligarle así a trabajar con ingresos más bajos o a encontrar otros trabajos que pagan menos (ver  investigación).  Después de todo, ese es uno de los propósitos del proceso de ‘limpieza’ para el capital: reducir los costes laborales y aumentar la rentabilidad. Se “cicatriza” así a los trabajadores de por vida.

“Esta experiencia dejará profundas cicatrices en la economía y en los sentimientos del consumidor / inversionista / directivo. Esto va a dejar una cicatriz tan profunda en esta generación como la Gran Depresión en nuestros padres y abuelos». John Mauldin

Fuente: https://thenextrecession.wordpress.com

https://www.sinpermiso.info/textos/la-cicatriz-economica-de-la-pandemia 

15.20.-Una epidemia de privaciones y hambre –PAUL KRUGMAN

Tras condenar a muchos a una muerte innecesaria, Trump se dispone a condenar a millones a carencias innecesarias

Panorámica de una calle de San Francisco. GETTY / HEARST NEWSPAPERS IA GETTY IMAG 

La covid-19 ha tenido consecuencias devastadoras para los trabajadores. La economía se ha desplomado tan rápido que resulta imposible mantener actualizadas las estadísticas, pero los datos de que disponemos indican que decenas de millones de estadounidenses han perdido el empleo sin tener culpa de nada. Habrá más pérdidas de puestos de trabajo, y seguramente no veremos una recuperación total hasta dentro de varios años. Pero los republicanos se oponen categóricamente a ampliar las prestaciones por desempleo; el senador Lindsey Graham ha asegurado que esa ampliación solo tendrá lugar “por encima de nuestros cadáveres”. (De hecho, por encima de los cadáveres de otros).

8 may 2020.- Por lo visto, quieren volver a una situación en la que la mayoría de los desempleados no reciban ninguna prestación y en la que hasta los que tienen seguro de desempleo reciban solo una pequeña fracción de sus ingresos previos. Dado que la mayoría de los estadounidenses en edad de trabajar dispone de seguro sanitario a través de las empresas, la pérdida de empleo causará un enorme aumento del número de personas sin seguro. El único factor de mitigación es la ley de asistencia asequible, también llamada Obamacare, que ahora ofrecerá una cobertura alternativa a muchos de los que se queden sin seguro, aunque, desde luego, no a todos. Pero el Gobierno de Trump sigue intentando que la ley sanitaria de Obama sea declarada inconstitucional. Tengan en cuenta que eliminar el Obamacare dejaría sin protección a estadounidenses con dolencias previas y que las aseguradoras probablemente se negarían a cubrir a cualquiera que haya padecido la covid-19.

Por último, la devastación causada por el coronavirus ha hecho que muchos en el país más rico del mundo se vean ante la imposibilidad de llevar suficiente comida a la mesa. Las familias con hijos menores de 12 años se están viendo especialmente afectadas: según una encuesta reciente, el 41% de estas familias ya no pueden permitirse comprar lo suficiente para comer. Los bancos de alimentos están sobrepasados, y las colas, a veces, son de más de un kilómetro.

Pero los republicanos siguen intentando poner más pegas para obtener cupones de alimentos y se oponen vehementemente a las propuestas de ampliar temporalmente la ayuda para la obtención de alimentos. A estas alturas, cualquiera que siga las noticias se ha hecho una idea de la manera chapucera en que el Gobierno de Trump y sus aliados han manejado y siguen manejando el aspecto médico de la pandemia. Semanas de negación y la incapacidad de realizar siquiera remotamente las pruebas necesarias han permitido que el virus se extienda de forma casi descontrolada.

Los intentos de reactivar la economía a pesar de que la pandemia diste de estar controlada provocarán más muertes y probablemente sea contraproducente incluso desde el punto de vista puramente económico si los Estados se ven obligados a confinar de nuevo a la población. Pero solo ahora hemos empezado a ver la crueldad del Partido Republicano respecto a las víctimas económicas del coronavirus. Ante lo que es un enorme desastre natural, era de esperar que los conservadores rompieran, al menos temporalmente, con su tradicional oposición a ayudar a los ciudadanos necesitados. Pero no; están tan decididos como siempre a castigar a los pobres y a los desafortunados. Lo extraordinario de esta determinación es que los argumentos habituales contra la ayuda a los necesitados, poco convincentes incluso en tiempos normales, se han vuelto insostenibles ante la pandemia.

Por ejemplo, se oyen todavía quejas de que el gasto en cupones de alimentos y prestaciones por desempleo aumenta el déficit. Y sin embargo, a los republicanos nunca les ha preocupado verdaderamente el déficit presupuestario: demostraron su hipocresía al aprobar tranquilamente una enorme rebaja tributaria en 2017 y no decir palabra mientras el déficit crecía. Pero es igualmente absurdo quejarse del coste de los cupones para alimentos mientras seguimos ofreciendo a las grandes empresas cientos de miles de millones de dólares en préstamos y avales de préstamos.

Pero lo que es aún peor, en mi opinión, es oír a los republicanos quejarse de que los cupones de alimentos y las prestaciones por desempleo reducen el incentivo para buscar trabajo. Nunca ha habido pruebas serias que justifiquen esta afirmación, pero ahora mismo —en un momento en el que los trabajadores no pueden trabajar, porque desempeñar su trabajo habitual mataría a muchísima gente— me resulta difícil entender cómo puede alguien plantear este argumento sin atragantarse. ¿Cómo se explica entonces la extraordinaria indiferencia republicana ante los apuros de los estadounidenses empobrecidos por este desastre nacional?

Tal vez una respuesta sea que buena parte de la derecha estadounidense ha decidido de hecho que debemos volver a la vida de siempre y aceptar el número de muertes que se produzcan como consecuencia de ello. Es posible que a quienes desean seguir por esa vía, cualquier cosa que reduzca las privaciones y por consiguiente haga más tolerable el distanciamiento social les parezca un obstáculo a sus planes. Además, es posible que a los conservadores les preocupe que si ayudamos, aunque sea temporalmente, a la gente en apuros, muchos estadounidenses decidirán que un colchón de seguridad social más fuerte es algo bueno en general. Cuando tu estrategia política depende de convencer a la población de que lo público es siempre el problema, nunca la solución, no quieres que los votantes vean que la Administración pública está de hecho haciendo cosas buenas, ni siquiera en tiempos de absoluta necesidad.

Independientemente de cuáles sean las razones, está claro que los estadounidenses que sufren las consecuencias económicas de la covid-19 recibirán mucha menos ayuda de la que debieran. Tras haber condenado ya a decenas de miles de ciudadanos a una muerte innecesaria, Trump y sus aliados se disponen a condenar a decenas de millones a privaciones innecesarias.

https://elpais.com/economia/2020-05-09/una-epidemia-de-privaciones-y- hambre.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART

4.20.-La economía se hunde, la Bolsa sube: ¿qué está pasando?PAUL KRUGMAN

No presten atención al Dow Jones; concéntrense en esos puestos de trabajo que están desapareciendo

Las noticias económicas han sido tremendas. El informe sobre el PIB publicado el miércoles en referencia al primer trimestre no tiene importancia. Una economía que se contrae a una tasa anual cercana al 5% se habría considerado algo terrible en tiempos normales, pero este informe solo captaba las primeras gotas de una precipitación torrencial. Datos más específicos muestran que la economía está cayendo por un precipicio. La Oficina Presupuestaria del Congreso proyecta una tasa de desempleo del 16% a finales de año, y ese cálculo podría quedarse corto.

2 may 2020.- Sin embargo, los precios de las acciones en EE UU, que bajaron las primeras semanas de la crisis de la covid-19, han recuperado buena parte de esas pérdidas. En la actualidad han vuelto más o menos al lugar donde iniciaron la caída, cuando se hablaba de lo bien que iba la economía. ¿Qué está ocurriendo?

Bien, siempre que se reflexione sobre las repercusiones económicas de los precios bursátiles se deben recordar tres normas. La primera, que la Bolsa no es la economía. La segunda, que la Bolsa no es la economía. Y la tercera, que la Bolsa no es la economía.

Es decir, la relación entre el comportamiento de las acciones –regido en buena medida por la oscilación entre la avaricia y el miedo– y el crecimiento económico real siempre ha sido entre laxa e inexistente. Recordemos la famosa ocurrencia del gran economista Paul Samuelson, allá por la década de 1960, cuando dijo que el mercado bursátil había predicho nueve de las cinco recesiones anteriores.

Pero yo diría que hay razones más profundas para la actual desconexión entre el mercado bursátil y la economía real: los inversores están comprando acciones en parte porque no tienen ningún otro sitio al que ir. De hecho, se tiene la sensación de que las acciones están tan altas precisamente porque la economía en conjunto está tan débil.

¿Cuál es, en resumidas cuentas, la principal alternativa a invertir en acciones? Comprar deuda pública. Sin embargo, en los tiempos que corren, la deuda pública ofrece una rentabilidad increíblemente baja. El tipo de interés de los bonos del Estado estadounidenses a 10 años es de solo el 0,6%, frente al 3% a finales de 2018. Y si lo que quieren son bonos protegidos contra la inflación futura, la rentabilidad es negativa, de 0,5%.

De modo que comprar acciones de empresas que siguen siendo rentables a pesar de la recesión provocada por la covid-19 parece de lo más atractivo.

¿Y por qué están tan bajos los tipos de interés? Porque el mercado de bonos prevé que la economía se mantenga deprimida varios años, y cree que la Reserva Federal mantendrá las políticas de dinero fácil en un futuro predecible. Como he dicho antes, se tiene la sensación de que las acciones están fuertes precisamente porque la economía real está débil.

Ahora bien, una pregunta que sin duda podrían plantearse es por qué, si la debilidad económica es en todo caso buena para las acciones, el mercado se hundió brevemente a principios de año. La respuesta es que durante unas semanas de marzo el mundo se balanceó al borde de una crisis financiera similar a la de 2008, lo que hizo que los inversores huyesen de todo lo que presentara el más mínimo asomo de riesgo.

Sin embargo, esa crisis se evitó gracias a las medidas extremadamente audaces de la Reserva Federal, que se apresuró a comprar activos en un volumen y una gama sin precedentes. Sin esas medidas estaríamos afrontando una catástrofe económica aún mayor.

Y esta es, por cierto, una de las razones por las que deberían preocuparnos los intentos de Donald Trump de nombrar personas afines y sin preparación, con historial de haber apoyado doctrinas económicas descabelladas, para el consejo directivo de la Reserva Federal. Imaginemos dónde estaríamos ahora si la Reserva Federal hubiera respondido a una crisis financiera inminente de la misma manera que el Gobierno de Trump ha respondido a una pandemia inminente.

Pero volviendo a la desconexión entre las Bolsas y la realidad económica, resulta que este es un fenómeno de larga duración, que se remonta al menos a mediados de la década de 2000. Piensen en todas las cosas negativas que hemos descubierto de la economía contemporánea desde, digamos, 2007. Hemos descubierto que las economías avanzadas son mucho menos estables, están mucho más sujetas a crisis periódicas, de lo que prácticamente todos creíamos posible.

El aumento de la productividad se ha desplomado, demostrando que la expansión impulsada por la tecnología de la información en la década de 1990 y comienzos de la de 2000 fue un hecho aislado. Los resultados económicos generales han sido mucho peores de lo que la mayoría de los observadores preveía hace unos 15 años.

Sin embargo, a los mercados bursátiles les ha ido muy bien. En vísperas de la crisis de la covid-19, la relación entre la capitalización bursátil y el PIB –la medida favorita de Warren Buffett– estaba muy por encima de su nivel de 2007, y un poco por encima del máximo alcanzado durante la burbuja de las puntocom. ¿Por qué?

Sin duda, la principal respuesta es considerar la alternativa. Si bien el empleo acabó recuperándose de la Gran Recesión, esa recuperación solo se alcanzó gracias a unos tipos de interés históricamente bajos. La necesidad de mantener los tipos bajos era un indicio de la debilidad económica subyacente: las empresas parecían reacias a invertir a pesar de los altos beneficios, prefiriendo a menudo recomprar sus propias acciones. Pero los tipos bajos eran buenos para los precios bursátiles.

¿He mencionado que el mercado bursátil no es la economía?

Nada de esto debería tomarse como afirmación de que las actuales valoraciones bursátiles son perfectas. Intuyo que los inversores están demasiado ansiosos por recibir buenas noticias; pero la verdad es que no tengo la menor idea de adónde se dirige el mercado.

La cuestión, más bien, es que la resistencia de los mercados tiene, de hecho, cierto sentido a pesar de las terribles noticias económicas, y por la misma razón, no contribuye a que esas noticias resulten menos terribles. No presten atención al Dow Jones; concéntrense en esos puestos de trabajo que están desapareciendo.

https://elpais.com/economia/2020-05-01/la-economia-se-hunde-la-bolsa-sube-que-esta-pasando.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART

  • 13.20.-McConnell a todos los Estados: caed muertos – PAUL KRUGMAN
  • La depresión pospandémica  – MICHAEL ROBERTS

El líder de los republicanos en el senado de EE UU se opone a conceder ayudas federales a las administraciones locales cuando más lo necesitan

El líder de la mayoría republicana en el Senado de EE UU, Mitch McConnell. CHIP SOMODEVILLA / AFP 

La covid-19 ha matado a decenas de miles de estadounidenses, y está claro que matará a muchos más. El confinamiento necesario para contener el coronavirus está provocando una contracción económica varias veces más profunda que la Gran Recesión.

24 abr 2020.- Así y todo, esta necesaria contracción no tiene por qué ir acompañada de graves penurias económicas. Disponemos de los recursos necesarios para garantizar que todos los estadounidenses tengan suficiente para comer, que no pierdan su seguro médico y que no pierdan su casa por no poder pagar el alquiler o la hipoteca. Tampoco hay razón por la que debamos imponer severos recortes a los servicios públicos esenciales.

Por desgracia, parece cada vez más probable que decenas de millones de estado­unidenses sufrirán de hecho una penuria extrema y que se producirán devastadores recortes de servicios. ¿Por qué? La respuesta se reduce principalmente a dos palabras: Mitch McConnell. El pasado miércoles, McConnell, líder de la mayoría en el Senado, declaró que se opone a conceder más ayudas federales a las asediadas Administraciones estatales y locales, y en cambio insinuó que los Estados se declaren en quiebra. Para que nadie acuse a McConnell de ser siquiera ligeramente imparcial, su oficina distribuyó dos memorandos que se refieren a las propuestas de ayuda a los Estados como “rescates para los Estados demócratas”.

Varios gobernadores ya han tachado de estúpida la posición de McConnell, y lo es. Pero también es vil e hipócrita.

Cuando digo que tenemos los recursos necesarios para evitar graves penurias financieras, me refiero al Gobierno federal, que puede pedir prestadas cantidades ingentes y de forma muy barata. De hecho, el tipo de interés de los bonos protegidos contra la inflación, que miden los costes reales del endeudamiento, es de menos del -0,43%: básicamente, los inversores están pagando a los federales para que les guarden su dinero. De modo que Washington puede y debe asumir grandes déficits presupuestarios en estos tiempos de necesidad. Sin embargo, los Gobiernos estatales y locales no pueden, porque a casi todos ellos se les exige por ley que equilibren sus presupuestos. Pero estos Gobiernos, que están al frente de la lucha contra la pandemia, se enfrentan a una combinación de desplome de ingresos y gastos desorbitados.

La respuesta evidente es la ayuda federal. Pero McConnell quiere, en cambio, que Estados y municipios se declaren en quiebra. Como he dicho, esto es una estupidez en varios ámbitos. Para empezar, los Estados ni siquiera tienen derecho por ley a declararse en quiebra; e incluso si, de alguna manera, se las apañasen para no pagar sus deudas relativamente pequeñas, esto no ayudaría mucho a aliviar sus dificultades económicas, aunque sí podría dar pie a una crisis financiera nacional. Ah, y la idea de que esto es un problema específicamente de los Estados demócratas es ridícula. Las crisis fiscales acechan por todo el país, desde Florida hasta Kansas, pasando por Texas (especialmente golpeada por la caída de precios del petróleo), e incluso, sí, Kentucky, el Estado al que McConnell representa. Y si los Gobiernos estatales y locales se ven obligados a recortar drásticamente sus presupuestos, la recesión económica se agravará, lo cual sería malo para Donald Trump y podría costarles a los republicanos el Senado.

De modo que sí, la posición de McConnell es estúpida. Pero también vil.

Pensemos en quién saldría perjudicado si los Gobiernos estatales y locales se ven obligados a efectuar recortes drásticos. Buena parte del dinero estatal va a parar a Medicaid, un programa de sanidad pública que debería estar ampliándose, no disminuyendo, ahora que millones de estadounidenses están perdiendo el seguro médico junto con su puesto de trabajo.

En cuanto a los funcionarios locales y estatales que podrían perder su trabajo o enfrentarse a recortes salariales, en su mayoría están empleados en la educación, la policía, los servicios de bomberos y las carreteras. De modo que, si McConnell se sale con la suya, la política de Estados Unidos será, a efectos prácticos, rescatar a los propietarios de gigantescas cadenas de restaurantes y despedir a maestros y policías.

Y en último lugar, aunque no menos importante, hablemos de la hipocresía de McConnell, que, al igual que su estupidez, queda reflejada en varios niveles.

En uno de esos niveles, resulta increíble ver a un hombre que ayudó a aprobar a toda prisa una enorme rebaja de impuestos para las grandes empresas —que utilizaron el dinero principalmente para recomprar sus propias acciones— fingir ahora que le preocupa profundamente endeudarse para ayudar a Estados que afrontan una crisis fiscal que no han provocado.

En otro nivel, es también realmente curioso ver a McConnell, cuyo Estado está fuertemente subvencionado por el Gobierno federal, dar lecciones de independencia a Estados como Nueva York, que pagan muchos más impuestos federales de los que reciben. Y no hablamos de cifras pequeñas. Según cálculos efectuados por el Instituto Rockefeller, entre 2015 y 2018, Kentucky — que paga relativamente pocos impuestos federales, porque es bastante pobre, pero recibe grandes subvenciones de programas como Medicare y la Seguridad Social— recibió de Washington transferencias netas que ascendían de media a 33.000 dólares por persona. Supusieron el 18,6% del PIB del Estado.

Es verdad que Estados relativamente ricos como Nueva York, Nueva Jersey y Connecticut probablemente deberían ayudar a sus vecinos más pobres, pero esos vecinos no tienen derecho a quejarse de los “rescates a los Estados demócratas” en una situación de desastre nacional. Por supuesto, McConnell tiene sus planes: espera utilizar la pandemia para obligar a los Estados afectados a adelgazar su administración pública. Solo nos queda esperar que esta explotación descarada de la tragedia fracase y que McConnell y sus aliados tengan que pagar un alto precio político.

https://elpais.com/economia/2020-04-24/mcconnell-a-todos-los-estados-caed-muertos.html

13.20.-La depresión pospandémica – MICHAEL ROBERTS

La pandemia de coronavirus marca el final de la expansión económica más larga registrada en los Estados Unidos, y experimentará la contracción económica más fuerte desde la Segunda Guerra Mundial.

17 abr 2020.- La economía global se enfrentaba al peor colapso desde la Segunda Guerra Mundial cuando el coronavirus comenzó a atacar en marzo, mucho antes del apogeo de la crisis, según el último índice de seguimiento Brookings-FT.

2020 será el primer año de caída del PIB mundial desde la Segunda Guerra Mundial. Y solo fueron los últimos años de la Segunda Guerra Mundial y sus secuelas cuando la producción cayó.

Los economistas de JP Morgan creen que la pandemia podría costar al mundo al menos $ 5.5 billones en producción perdida en los próximos dos años, más que la producción anual de Japón. Y eso se perdería para siempre. Eso es casi el 8% del PIB hasta fines del próximo año. El coste, solo para las economías desarrolladas, será similar al de las recesiones de 2008-2009 y 1974-1975. Incluso con niveles sin precedentes de estímulos monetarios y fiscales, es improbable que el PIB vuelva a su tendencia anterior a la crisis hasta al menos 2022.

El Banco de Pagos Internacionales advirtió que los esfuerzos nacionales sin coordinar podrían conducir a una segunda ola de casos de Covid-19, un escenario que en el peor de los casos dejaría el PIB de EEUU a fines de 2020 alrededor de un 12% por debajo de su nivel anterior al virus. Eso es mucho peor que en la Gran Recesión de 2008-9.

La economía de Estados Unidos perderá 20 millones de empleos según las estimaciones de @OxfordEconomics, lo que disparará la tasa de desempleo a niveles superiores a los conocidos tras la Gran Depresión y afectará gravemente al 40% de los empleos.

Y luego está la situación de las llamadas ‘economías emergentes’ del ‘Sur Global’. Muchos de estos países son exportadores de productos básicos (como energía, metales industriales y agroalimentos) que, desde el final de la Gran Recesión, han visto caer los precios.

La pandemia va a intensificar esa contracción. Se pronostica que la producción económica en los mercados emergentes caerá un 1.5% este año, la primera caída desde que comenzaron los registros estadísticos fiables en 1951.

El Banco Mundial considera que la pandemia empujará a África subsahariana a la recesión en 2020 por primera vez en 25 años. En su informe “África Pulse”, el BM asegura que la economía de la región se contraerá entre el 2.1% y -5.1% a partir de un crecimiento del 2.4% el año pasado, y que el nuevo coronavirus le costará al África subsahariana de $ 37 mil millones a $ 79 mil millones en pérdidas de producción este año debido a la contracción del comercio y la ruptura de la cadena de valor, entre otros factores». Estamos asistiendo a un colapso de los precios de los productos básicos y a un colapso del comercio mundial diferente a todo lo que hemos visto desde la década de 1930″, ha afirmado Ken Rogoff, ex economista jefe del FMI.

Más de 90 países «emergentes» han consultado sobre posibles rescates del FMI, casi la mitad de las naciones del mundo, mientras que al menos 60 han tratado de aprovechar los programas del Banco Mundial. Las dos instituciones juntas tienen recursos de hasta $ 1.2 billones que han dicho que pondrían a disposición de estos países para combatir las consecuencias económicas de la pandemia, pero esa cifra es pequeña en comparación con las pérdidas en ingresos, PIB y salidas de capital.

Desde enero, alrededor de $ 96 mil millones han salido de los mercados emergentes, según datos del Instituto de Finanzas Internacionales, un grupo bancario. Eso es más del triple de la salida de $ 26 mil millones durante la crisis financiera mundial de hace una década. «Seguramente seguirá una avalancha de crisis de deuda pública», señala, y «el sistema simplemente no puede manejar tantos incumplimientos y reestructuraciones al mismo tiempo», dijo Rogoff.

Sin embargo, el optimismo reina en muchos sectores de que una vez que terminen los bloqueos, la economía mundial se recuperará gracias a un aumento de la demanda ‘acumulada’ contraída. La gente volverá al trabajo, los hogares gastarán como nunca antes y las empresas contratarán a su antiguo personal y comenzarán a invertir cara a un futuro más brillante después de la pandemia.

Como lo expresó el gobernador del Banco de Islandia: “El dinero que ahora se ahorra porque la gente se queda en casa no desaparecerá; volverá a gotear en la economía tan pronto como termine la pandemia. La prosperidad volverá». Esta opinión fue repetida por el timonel de la economía más grande del mundo. El secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Mnuchin, dijo valientemente que: “Este es un problema a corto plazo. Pueden pasar un par de meses, pero vamos a superar esto y la economía será más fuerte que nunca».

El exsecretario del Tesoro y gurú keynesiano, Larry Summers, ha intentado no quedar a la zaga: “la recuperación puede ser más rápida de lo que mucha gente espera porque tiene el carácter de una recuperación tras la depresión total que afecta a una economía de tipo Cape Cod cada invierno o la recuperación que experimenta el PIB de los Estados Unidos todos los lunes por la mañana”. En efecto, esta diciendo que la economía de los Estados Unidos y del mundo es como Cape Cod fuera de temporada; listo para abrir en verano sin ningún daño significativo para las empresas durante el invierno.

Eso si es optimismo. Cuando estos optimistas hablan de una recuperación rápida en forma de V, no reconocen que la pandemia de COVID-19 no está generando una recesión ‘normal’ y está afectando no solo a una sola región sino a toda la economía global. Muchas compañías, particularmente las más pequeñas, no se recuperarán tras la pandemia. Antes de los cierres, entre el 10 y el 20% de las empresas en los Estados Unidos y Europa apenas obtenían suficientes ganancias para cubrir los costes de funcionamiento y el servicio de la deuda. Para estas llamadas empresas ‘zombis’ el invierno de Cape Cod puede ser el último clavo en sus ataúdes. Varias cadenas minoristas y de ocio medianas se han declarado ya en bancarrota y las aerolíneas y agencias de viajes pueden seguirlas. Un gran número de compañías de petróleo de esquisto también están bajo el agua (no las petroleras).

Como concluye Mohamed El-Erian, uno de los principales analistas financieros: “La deuda ya está demostrando ser una raya roja para las empresas que compiten para adaptarse a la crisis, y un factor crucial en la competencia por la supervivencia del más apto. Las empresas que entraron en la crisis altamente endeudada tendrán más dificultades para continuar. Si se sale de esto, será en un paisaje donde muchos de los competidores han desaparecido”.

Por lo tanto, llevará más tiempo volver a los niveles anteriores tras los cierres. ¡Los economistas de Nomura estiman que es improbable que el PIB de la zona euro supere el nivel del cuarto trimestre de 2019 hasta 2023!

Y recuerde, como expliqué en detalle en mi libro The Long Depression, después de la Gran Recesión no hubo ningún retorno al crecimiento tendencial anterior. Cuando se reanudó el crecimiento, fue a un ritmo más lento que antes.

Desde 2009, el crecimiento anual del PIB per cápita de EEUU ha sido de media un 1.6%. A fines de 2019, el PIB per cápita estaba un 13% por debajo del crecimiento tendencial anterior a 2008. Al final de la recesión de 2008-2009, estaba un 9% por debajo de la tendencia. Entonces, a pesar de una expansión de una década, la economía de EEUU cayó por debajo de la tendencia tras la Gran Recesión. La brecha ahora es de $ 10.200 per capita, una pérdida permanente de ingresos. ¡Y ahora Goldman Sachs pronostica una caída del PIB per cápita que eliminaría todas las ganancias de los últimos diez años!

Además está el comercio mundial. El crecimiento del comercio mundial apenas ha sido igual al crecimiento del PIB mundial desde 2009 (línea azul), muy por debajo de su tasa anterior a 2009 (línea de puntos). Ahora incluso esa trayectoria es más baja (línea amarilla punteada). La Organización Mundial del Comercio no ve ningún retorno a esta trayectoria más baja durante al menos dos años.

Pero, ¿qué pasa con las enormes inyecciones de crédito y préstamos que realizan los bancos centrales de todo el mundo y los enormes paquetes de estímulos fiscales de los gobiernos a nivel mundial? ¿No cambiará las cosas más rápido? Bueno, no hay duda de que los bancos centrales e incluso las agencias internacionales como el FMI y el Banco Mundial han intervenido para inyectar crédito mediante la compra de bonos gubernamentales, bonos corporativos, préstamos estudiantiles e incluso ETF en una escala nunca antes vista, incluso durante la crisis financiera mundial de 2008-2009. Las compras de tesorería de la Reserva Federal ya son superiores a los programas anteriores de flexibilización cuantitativa.

Y el gasto fiscal aprobado por el Congreso de los Estados Unidos el mes pasado eclipsa el programa de gasto público durante la Gran Recesión.

He hecho una estimación del tamaño de las inyecciones de crédito y los paquetes fiscales anunciados a nivel mundial para preservar las economías y las empresas. Creo que ha alcanzado más del 4% del PIB en estímulos fiscales y otro 5% en inyecciones de crédito y garantías gubernamentales. Eso es el doble de la cantidad durante la Gran Recesión, con algunos países clave haciendo más esfuerzos para compensar a los trabajadores sin trabajo y a las pequeñas empresas cerradas.

 Estos paquetes van aún más lejos de otra manera. Las entregas directas de dinero efectivo por parte del gobierno a hogares y empresas son, en efecto, lo que el infame economista monetarista y librecambista Milton Friedman llamó ‘dinero helicóptero, dólares que se dejan caer del cielo para salvar a las personas. Olvídese de los bancos; ponga el dinero directamente en manos de quienes lo necesitan y lo gastan.

Los economistas postkeynesianos que han presionado a favor del dinero del helicóptero, o el dinero para la gente, son vindicados.

Además, de repente, la idea, que hasta ahora era rechazada por la política económica convencional, se ha vuelto muy aceptable, es decir, el gasto fiscal financiado, no por la emisión de más deuda (bonos del gobierno), sino simplemente ‘imprimiendo dinero’, es decir, la Fed o el Banco de Inglaterra depositan dinero en la cuenta del gobierno para gastarlo.

El comentarista keynesiano Martin Wolf, habiendo explorado antes la TMM, ahora escribe: “Hay que abandonar los clichés gastados. Los gobiernos ya han renunciado a las viejas reglas fiscales, y con razón. Los bancos centrales también deben hacer lo que sea necesario. Esto significa financiación monetaria de los gobiernos. Los bancos centrales fingen que lo que están haciendo es reversible y que no se trata de financiación monetaria. Si eso los ayuda a actuar, está bien, incluso si probablemente no sea cierto. …No hay alternativa. A nadie debería importarle. Hay formas de manejar las consecuencias. Incluso el «dinero helicóptero» podría estar muy justificado en una crisis tan profunda».

¡Han llegado las políticas de la teoría monetaria moderna (TMM)! Claro, se supone que esta financiación monetaria pura es temporal y limitada, pero los chicos y chicas de la TMM tienen la esperanza de que podría convertirse en permanente, como defienden. Es decir, los gobiernos deberían gastar y así crear dinero y llevar la economía hacia el pleno empleo y mantenerla allí. El capitalismo será salvado por el estado y por la teoría monetaria moderna.

He discutido en detalle en varios artículos los errores teóricos de la TMM desde una perspectiva marxista. El problema con esta teoría y política es que ignora el factor crucial: la estructura social del capitalismo. Bajo el capitalismo, la producción y la inversión son con fines de lucro, no para satisfacer las necesidades de las personas. Y las ganancias dependen de la capacidad de explotar a la clase trabajadora en comparación con los costos de inversión en tecnología y activos productivos. No depende de si el gobierno ha proporcionado suficiente «demanda efectiva».

La suposición de los radicales chicos y chicas poskeynesianos / TMM es que si los gobiernos gastan y gastan, los hogares gastarán más y los capitalistas invertirán más. Por lo tanto, se puede restaurar el pleno empleo sin ningún cambio en la estructura social de una economía (es decir, el capitalismo). Según la TMM, los bancos permanecerían en su lugar; las grandes compañías, las FAANG, permanecerían intactas; el mercado de valores seguiría creciendo. El capitalismo sería salvado gracias al estado, financiado por el árbol mágico del dinero (TMM).

Michael Pettis es un conocido macro-economista ‘pro presupuesto equilibrado’ con sede en Beijing. En un convincente artículo, titulado “MMT heaven and MMT hell” (”El paraíso y el infierno de la TMM”), parte en su lugar de la suposición optimista de que imprimir dinero para aumentar el gasto del gobierno puede ser la solución. Pettis afirma: “el resultado final es este: si el gobierno puede gastar estos fondos adicionales de manera que el PIB crezca más rápido que la deuda, los políticos no tienen que preocuparse por la inflación galopante o la acumulación de deuda. Pero si este dinero no se usa productivamente, lo contrario es cierto”.

Agrega: «crear o pedir dinero prestado no aumenta la riqueza de un país a menos que hacerlo resulte directa o indirectamente en un aumento de la inversión productiva… Si las empresas estadounidenses son reacias a invertir no es porque el coste del capital sea alto sino porque la rentabilidad esperada es baja, es poco probable que respondan a la compensación entre un capital más barato y una menor demanda invirtiendo más». Puedes llevar un caballo al rio, pero no puedes obligarle a beber.

Sospecho que gran parte de esta generosidad monetaria y fiscal terminará no siendo gasto público, sino acumulada, no invertida en salarios y producción, sino en activos financieros improductivos; no es de extrañar que los mercados bursátiles del mundo se hayan recuperado a medida que la Fed y otros bancos centrales inyectan efectivo y préstamos gratuitos.

De hecho, incluso el economista de izquierda Dean Baker duda del paraíso prometido por la TMM y de la eficacia de un gasto fiscal tan grande. “En realidad, es posible que estemos viendo demasiada demanda, ya que un estallido del gasto posterior al cierre puede superar la capacidad inmediata de los restaurantes, aerolíneas, hoteles y otros negocios. En ese caso, es posible que veamos una explosión de inflación, ya que estas empresas subirán los precios en respuesta a la demanda excesiva». Es decir, el infierno de la TMM. Concluye que «el gasto en general no es aconsejable en este momento».

Bueno, la prueba del algodón consiste en pasar este y ya veremos. Pero la evidencia histórica que yo y otros hemos compilado durante la última década o más, muestra que el llamado multiplicador keynesiano tiene un efecto limitado en la restauración del crecimiento, principalmente porque no es el consumidor lo determinante para reactivar la economía, sino las empresas capitalistas.

Y hay nueva evidencia sobre el poder del multiplicador keynesiano. No funciona uno por uno o más, como se suele afirmar.  Por ejemplo, el aumento del 1% del PIB en el gasto público no conduce a un aumento del 1% del PIB en la producción nacional. Algunos economistas han estudiado el multiplicador en Europa en los últimos diez años. Llegaron a la conclusión de que «en contra de las afirmaciones previas de que el multiplicador fiscal se elevó bastante por encima de uno en el punto álgido de la crisis, sin embargo, sostenemos que el ‘verdadero’ multiplicador ex post se mantuvo por debajo de uno».

Y hay pocas razones para que sea más alto esta vez. En otro documento, otros destacados economistas sugieren que una recuperación en forma de V es poco probable porque “la demanda es endógena y se ve afectada por el shock de oferta y otras características de la economía. Lo que sugiere que el estímulo fiscal tradicional es menos efectivo en una recesión causada por un shock de oferta como el actual”. … la demanda puede reaccionar de manera exagerada ante el shock de oferta y provocar una recesión por falta de demanda debido a la «baja capacidad de sustitución entre sectores y mercados incompletos, con consumidores con liquidez limitada», de modo que «varias formas de política fiscal pueden ser menos efectivas por dólar gastado».

Pero, ¿Qué más podemos hacer? Por ello, «la política óptima para enfrentar una pandemia en nuestro modelo combina la relajación de la política monetaria y una abundante seguridad social». Y ese es el problema. Si la estructura social de las economías capitalistas se mantiene intacta, entonces todo lo que queda es imprimir dinero y aumentar el gasto público.

Quizás la profundidad y el alcance de esta depresión pandémica creará condiciones en las que los valores de los capitales se devalúen tanto por quiebras, cierres y despidos que las compañías capitalistas más débiles serán liquidadas y las compañías tecnológicamente mas avanzadas tomarán el control en un entorno de mayor rentabilidad. Este sería el ciclo clásico de auge, depresión y auge que prevé la teoría marxista.

El ex jefe del FMI y aspirante a la presidencia de Francia, el infame Dominique Strauss-Kahn, insinúa eso: “la crisis económica, al destruir el capital, puede proporcionar una salida. Las oportunidades de inversión creadas por el colapso de parte del aparato de producción, como el efecto sobre los precios de las medidas de apoyo, pueden revivir el proceso de destrucción creativa descrito por Schumpeter».

A pesar del tamaño de esta depresión pandémica, no estoy seguro de que se produzca una destrucción suficiente de capital, especialmente dado que gran parte de la financiación del rescate servirá para mantener en funcionamiento a las empresas, no a los hogares. Por esa razón, espero que al final de los cierres y confinamientos no haya una recuperación en forma de V o incluso un retorno a la «normalidad» (de los últimos diez años).

En mi libro, La Larga Depresión, dibujé un diagrama esquemático para mostrar la diferencia entre recesiones y depresiones. Una recuperación en forma de V o en forma de W es la norma, pero hay períodos en la historia del capitalismo cuando la depresión es la norma. En la depresión de 1873-97 (más de dos décadas), hubo varias recesiones en diferentes países, seguidas de recuperaciones débiles que tomaron la forma de un signo de raíz cuadrada en la que la tendencia anterior de crecimiento no se restablece.

Los últimos diez años han sido similares a finales del siglo XIX. Y ahora parece que cualquier recuperación de la depresión pandémica será débil y producirá una futura expansión por debajo de la tendencia anterior. Será otra etapa en la larga depresión que hemos experimentado durante los últimos diez años.

https://www.sinpermiso.info/textos/la-depresion-pospandemica 

 12.20.-La verdad es que Trump ganó un punto sobre la globalización LARRY ELLIOTT

La creencia del presidente de que el estado nación puede curar enfermedades económicas no carece de mérito   

 Una vez cada tres años, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial celebran sus reuniones anuales fuera de la ciudad. En lugar de ir a Washington, la reunión de ministros de finanzas y gobernadores de bancos centrales es organizada por un estado miembro. Desde que la reunión de 2000 en Praga fue asediada por los manifestantes antiglobalización, los partidos de distancia han tendido a celebrarse en lugares a los que es difícil llegar o donde el régimen tiende a tener una visión débil de protesta: Singapur, Turquía,   Perú.

26 sep 2018.- La reunión de este año tendrá lugar entre el 8 y el 14 de octubre, en la isla indonesia de Bali, donde el FMI y el Banco Mundial pueden estar razonablemente seguros de que las reuniones no se interrumpirán. Al menos no desde afuera. La verdadera amenaza ya no proviene de los anarquistas con pasamontañas que arrojan cócteles molotov, sino desde adentro. Donald Trump es ahora el que lanza las bombas de gasolina y para organizaciones multilaterales como el FMI y el Banco Mundial, eso representa una amenaza mucho mayor.

El presidente de Estados Unidos lo expresó de esta manera en su discurso ante las Naciones Unidas el martes: «Rechazamos la ideología del globalismo y adoptamos la doctrina del patriotismo». Durante décadas, el mensaje del FMI ha sido que derribar las barreras al comercio, permitir que el capital se mueva sin obstáculos a través de las fronteras y restringir la capacidad de los gobiernos para regular las corporaciones multinacionales fue el camino hacia la prosperidad. Ahora, el hombre más poderoso del planeta dice algo diferente: que la única forma de remediar los males económicos y sociales causados por la globalización es a través del Estado nación. El discurso de Trump fue burlado por otros líderes mundiales, pero la verdad es que no es una voz solitaria.

La otra gran superpotencia económica del mundo, China, nunca ha renunciado al Estado nación. A Xi Jinping le gusta usar el lenguaje de la globalización para hacer un contraste con el proteccionismo de Trump, pero el estupendo crecimiento publicado por China en las últimas cuatro décadas ha sido el resultado de hacer lo contrario de lo que recomiendan los libros de texto de globalización. Las medidas tradicionalmente desaprobadas por el FMI (industrias estatales, subsidios, controles de capital) han sido fundamentales para el capitalismo administrado de Beijing.

Ciertamente, China no se ha cerrado de la economía global, sino que se ha comprometido en sus propios términos. Cuando el régimen comunista quería sacar a la gente de los campos y entrar a las fábricas, lo hizo a través del mecanismo de una moneda infravalorada, lo que hizo que las exportaciones chinas fueran altamente competitivas.

Cuando la parte decidió que quería pasar a una manufactura más sofisticada y de mayor tecnología, insistió en que las compañías extranjeras que desean invertir en China compartan su propiedad intelectual.

Este tipo de enfoque no es nuevo. Fue la forma en que la mayoría de los países occidentales operaron en las décadas posteriores a la segunda guerra mundial, cuando los controles de capital, gestionaron la inmigración y se consideró necesario un enfoque cauteloso para eliminar las barreras comerciales si los gobiernos debían satisfacer las demandas públicas de pleno empleo y el aumento del nivel de vida. Estados Unidos y la UE ahora dicen que China no está jugando limpio porque ha estado prosperando con una estrategia económica que se supone que no funciona. Hay algo de ironía en esto.

La idea de que el estado nación se marchitaría se basó en tres argumentos separados. La primera fue que las barreras a la libre circulación mundial de bienes, servicios, personas y dinero eran económicamente ineficientes y que su eliminación conduciría a mayores niveles de crecimiento. Este no ha sido el caso. El crecimiento ha sido más débil y menos compartido.

La segunda fue que los gobiernos no podían resistir la globalización incluso si quisieran. En general, esta fue la opinión que una vez adoptaron Bill Clinton y Tony Blair, y que Emmanuel Macron mantuvo con vida. El mensaje para los trabajadores desplazados fue que el poder del mercado era, más bien como un huracán o una tormenta de nieve, una fuerza irresistible de la naturaleza. Este siempre ha sido un argumento dudoso porque no existe un mercado libre puro. La globalización ha sido moldeada por decisiones políticas, que durante las últimas cuatro décadas han favorecido los intereses del capital sobre el trabajo.

Finalmente, se argumentó que la naturaleza transnacional del capitalismo moderno hizo que el estado nación fuera obsoleto. En pocas palabras, si la economía era cada vez más global, entonces la política también tenía que ser global.  Claramente, hay algo en esto porque los mercados financieros imponen restricciones a los gobiernos individuales y sería preferible que haya una forma de gobernanza global que impulse la estabilidad y la prosperidad para todos. El problema es que, en la medida en que existe tal mecanismo institucional, ha sido capturado por los globalistas. Eso es tan cierto para la UE como lo es para el FMI.

 Entonces, aunque el estado nación está lejos de ser perfecto, es donde inevitablemente comenzará una alternativa al modelo fallido actual. Cada vez más, los votantes buscan la única forma de gobierno en la que tienen algo que decir para proporcionar seguridad económica. Y si los partidos principales no están preparados para ofrecer lo que estos votantes quieren: un trabajo bien remunerado, servicios públicos y controles sobre inmigración debidamente financiados, buscarán en otros lugares partidos o movimientos que lo hagan. Esto ha demostrado ser un problema particular para los partidos de centro izquierda: los demócratas en los Estados Unidos, el Nuevo Laborismo en Gran Bretaña, el SDP en Alemania, que se unieron a la idea de que la globalización era una fuerza imparable.

Jeremy Corbyn ciertamente no acepta la idea de que el estado es obsoleto como actor económico. El plan es construir un tipo diferente de economía de abajo hacia arriba, local y nacionalmente. Eso no va a ser fácil, pero supera el enfoque actual, fallido y de arriba hacia abajo.

  • Larry Elliott es el editor de economía de The Guardian.

https://www.theguardian.com/commentisfree/2018/sep/26/donald-trump-globalisation-nation-state 

  • 11.20.-Elecciones estadounidenses 2020: el inmenso desafío de Joe Biden
  • «Bernie Sanders en ayuda de la democracia estadounidense»  – THOMAS PIKETTY
  • El empleo en EEUU se despeña por el Coronavirus más que en ningún otro país del mundo desarrollado, augurando otra Gran Depresión  DERBLAUEMOND

El mundo

Editorial, Por lo tanto, el ex vicepresidente de Barack Obama defenderá los colores del Partido Demócrata contra Donald Trump durante las elecciones presidenciales de noviembre. Tendrá que atraer a los simpatizantes de Bernie Sanders que, si tuviera que rendirse, aparece como el ganador en el campo de las ideas.

Publicado ayer a las 12.53 p.m., actualizado Editorial «Mundial». El tercer intento fue el correcto para Joe Biden. A los 77 años, el ex vicepresidente de Barack Obama, que ya era candidato en 1988 y en 2008, ganó oficialmente el concurso de nominación demócrata para las elecciones presidenciales estadounidenses. Tendrá la difícil tarea de enfrentar a Donald Trump en noviembre. El último obstáculo fue eliminado, con el abandono, el miércoles 8 de abril, de Bernie Sanders. El senador independiente de Vermont se encontró con un voto útil a favor de su oponente, particularmente entre el electorado afroamericano. Sin embargo, Joe Biden aún no ha levantado todas las preguntas que pesan sobre su capacidad para formar una coalición capaz de derrotar en las urnas a un presidente saliente firmemente resuelto al poder.

Paradójicamente, el ganador de la primaria demócrata no ganó la batalla de las ideas. Por el contrario, fue Bernie Sanders quien triunfó sobre este campo, pero perdió sobre el de la estrategia electoral. Los votantes a menudo votaron a favor de las propuestas del senador independiente, en particular la creación de la seguridad social universal administrada por el estado federal, un tema que encuentra una nueva dinámica con la crisis del coronavirus. Pero también consideraron que la intransigencia del «demócrata socialista» a favor de una «revolución política» , sin mencionar algunas de sus posiciones anteriores en la Unión Soviética y sus epígonos, lo convirtió en un mensajero menos Las elecciones de noviembre.

Poca elección

Frente a la máquina Trump, mientras que el Partido Republicano ha elevado la neutralización del voto de las minorías sociales que son desfavorables para él, Joe Biden tiene pocas opciones. Debe retener a toda costa a los votantes moderados de las áreas periurbanas, repelidos por la personalidad del presidente saliente. Estos votantes permitieron a los demócratas tomar el control de la Cámara en noviembre de 2018 e influir en el contenido de los paquetes de estímulo necesarios por la crisis de salud actual.

Pero el ex vicepresidente también debe atraer a los simpatizantes de Bernie Sanders, y en particular a la generación sacrificada por la crisis de los subprimes, en 2008. Estos jóvenes votantes apoyaron masivamente al senador de Vermont y con razón rechazaron un status quo cuyo han sido víctimas por más de una década.

Joe Biden no esperó la renuncia de Bernie Sanders para hablarles de manera contundente. No se conformó con las palabras, ya que cambió su programa a mediados de marzo para ofrecer un mayor acceso a la educación superior para las clases desfavorecidas. El jueves, también prometió la abolición de las deudas de los estudiantes de bajos ingresos y la clase media. Finalmente sugirió extender el programa federal de cobertura de salud de Medicare al reducir el umbral de elegibilidad de 65 a 60 años de edad.

Esta reactividad debe tenerse en cuenta, incluso si Joe Biden ciertamente tendrá que ir más allá para superar la renuencia que su centrismo alimenta a la izquierda, especialmente en la persistente cuestión de las profundas desigualdades estadounidenses que enfrenta la enfermedad.

La conmoción causada por la pandemia, como la asombrosa explosión económica que causa, puede convertirse en una oportunidad favorable para el ex vicepresidente: de hecho, hace audible, incluso indispensable, la audacia por la que Bernie Sanders suplicó incansablemente. Ahora le corresponde a Joe Biden demostrar que ha sido subestimado con demasiada frecuencia y que es capaz de estar a la altura de las circunstancias.

https://www.lemonde.fr/idees/article/2020/04/10/elections-americaines-2020-l-immense-defi-de-joe-biden_6036225_3232.html

11.20.- «Bernie Sanders en ayuda de la democracia estadounidense» – THOMAS PIKETTY

Al contrario de la imagen transmitida por los principales medios de comunicación, el senador demócrata de Vermont no es un «socialdemócrata» radical sino pragmático, explica el economista en su columna para «Le Monde».

Bernie Sanders, en Phoenix, el 5 de marzo. CAITLIN O’HARA / AFP

 Digamos desde el principio: el trato recibido por Bernie Sanders en los principales medios de comunicación en los Estados Unidos y en Europa es injusto y peligroso. Casi en todas partes en las redes y en los principales diarios, leemos que el candidato Sanders sería un «extremista», y que solo un candidato «centrista» como Biden podría ganar contra Trump. Este tratamiento sesgado y sin escrúpulos es aún más lamentable cuando un examen más detallado de los hechos sugiere que solo una renovación programática del tipo propuesto por Sanders podría curar la democracia estadounidense de los males desiguales que lo socavan y La desafección electoral de las clases populares.

  Presidencial estadounidense, D – 243: el camino estrecho de Bernie Sanders.

7 mar 2020.- Comencemos con el programa. Decir enérgicamente, como lo hace Sanders, que el seguro de salud público universal permitiría tratar a la población estadounidense de manera más efectiva y a un costo menor que el sistema privado e hiper-igualitario actual no es una declaración «extremista». Por el contrario, es una afirmación perfectamente bien documentada por numerosas investigaciones y comparaciones internacionales. En estos tiempos en que todos deploran el auge de las «noticias falsas», es saludable que algunos candidatos se basen en hechos establecidos y se salgan del lenguaje táctico.

«La prosperidad de Estados Unidos se basa en el XX ° siglo por delante educativo del país de Europa y una cierta igualdad en la materia»

Del mismo modo, Sanders tiene razón cuando propone una inversión pública masiva en educación y universidades públicas. Históricamente, la prosperidad de Estados Unidos se basa en el XX XX  progreso de la educación del siglo el país de Europa y en una cierta igualdad en la materia, y ciertamente no en la consagración de la desigualdad y la acumulación de fortunas ilimitadas que Reagan quería imponer como modelo alternativo en la década de 1980. El fracaso de esta ruptura reaganiana es ahora obvio, con una reducción a la mitad del crecimiento del ingreso nacional per cápita y un aumento de las desigualdades sin anterior Sanders simplemente propone volver a las fuentes del modelo de desarrollo del país: una difusión muy amplia de la educación.

Sanders también propone elevar drásticamente el nivel del salario mínimo (una política en la que Estados Unidos ha sido durante mucho tiempo el líder mundial) y inspirarse en las experiencias de cogestión y derechos de voto de los empleados en los consejos de administración de las empresas. aplicado con éxito en Alemania y Suecia durante décadas. En general, las propuestas de Sanders lo convierten en un socialdemócrata pragmático, tratando de aprovechar al máximo las experiencias disponibles, y de ninguna manera un «radical».

Y cuando elige ir más allá de la socialdemocracia europea, por ejemplo, con su propuesta de impuesto federal sobre el patrimonio que asciende hasta un 8% anual en multimillonarios, esto corresponde a la realidad de la concentración excesiva de la riqueza en los Estados Unidos y las capacidades fiscales y administrativas del estado federal estadounidense, ya demostradas históricamente.

El candidato del electorado popular.

Pasemos a la cuestión de las encuestas. El problema con las repetidas afirmaciones de que Biden está mejor ubicado para vencer a Trump es que no tienen una base objetiva objetiva. Si observa los datos existentes, como los recopilados por RealClearPolitics.com , puede ver en todas las encuestas nacionales que Sanders vencería a Trump con la misma difusión que Biden. Estas investigaciones son ciertamente prematuras, pero son tanto para Biden como para Sanders. En varios estados clave, vemos que solo Sanders ganaría contra Trump, por ejemplo en Pensilvania y Wisconsin.

 Lea también La retirada de Michael Bloomberg completa el realineamiento democrático en torno a Joe Biden

Si analizamos las investigaciones sobre las primarias que acaban de tener lugar, queda claro que Sanders moviliza más al electorado popular que a Biden. Es cierto que este último atrajo a una gran parte del voto negro, un legado del boleto Obama-Biden. Pero Sanders recoge la gran mayoría del voto latino y aplasta a Biden entre los jóvenes de 18 a 29 años, así como también entre los de 30 a 44 años. Sobre todo, todas las encuestas indican que Sanders logra sus mejores puntajes entre los votantes más desfavorecidos (ingresos inferiores a 50 000 dólares anuales [aproximadamente 44 000 euros], no graduados de educación superior), mientras que Biden, por el contrario, se llena entre los más privilegiados (ingresos superiores a 100 000 dólares anuales, graduados de educación superior), ya sean votantes blancos o provenientes de minorías, independientemente de edad

«La visión cínica de que no se puede hacer nada para movilizar aún más al electorado popular es extremadamente peligrosa»

Resulta que es en las categorías sociales más desfavorecidas donde existe el mayor potencial de movilización. En general, la participación electoral siempre ha sido relativamente baja en los Estados Unidos: un poco más del 50%, mientras que durante mucho tiempo ha sido del 70% al 80% en Francia y el Reino Unido, antes de disminuir recientemente Si lo miramos más de cerca, también encontramos una participación estructuralmente reducida en el Atlántico entre la mitad de los votantes más pobres, con una diferencia de alrededor del 15% -20% con la mitad más rica. (brecha que también comenzó a aparecer en Europa desde la década de 1990, incluso si sigue siendo menos marcada).

Seamos claros: esta desafección electoral de las clases populares estadounidenses es tan antigua que probablemente no se pueda revertir en un día. Pero, ¿qué más podemos hacer para remediar esto que reorientar la plataforma de programación del Partido Demócrata en profundidad y sacar a la luz estas ideas en las campañas nacionales? La opinión cínica, y desafortunadamente muy común entre las élites democráticas, considera que no se puede hacer nada para movilizar más al electorado popular es extremadamente peligroso. En definitiva, este cinismo debilita la legitimidad del propio sistema electoral democrático.

Thomas Piketty (Director de estudios en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales, Escuela de Economía de París) 

https://www.lemonde.fr/idees/article/2020/03/07/thomas-piketty-sanders-au-secours-de-la-democratie-etats-unienne_6032147_3232.html 

11.20.-El empleo en EEUU se despeña por el Coronavirus más que en ningún otro país del mundo desarrollado, augurando otra Gran Depresión  DERBLAUEMOND 

Todo lo que no nos han contado del Coronavirus, que puede hacer vaporizarse un 1% del crecimiento económico de China

¿Han deducido algo que nuestros políticos no quieren ver? Singapur dedica a combatir el Coronavirus 12 veces más que en la Gran Recesión

Amazon y otros gigantes del comercio empiezan a verse afectados por el Coronavirus 

España está indiscutiblemente presente en el podio más siniestro de la mala gestión de una pandemia que las cifras muestran que está afectando a nuestro país de forma mucho más grave que a otros países de nuestro entorno.

7 abr 2020.- Pero eso no quita que no haya otros países del mundo desarrollado que no estén sufriendo lo indecible, y donde incluso lo peor aún está por venir. Uno de esos países es Estados Unidos, y allí el impacto ya es severo no sólo en términos socio-sanitarios, sino también en el plano económico: el empleo de EEUU se ha despeñado más que en ningún otro país del mundo desarrollado.

España lleva el tema del Coronavirus injustificadamente mal, pero hay otros países que también están padeciendo insufriblemente

No sólo son España e Italia los países más perjudicados por la terrible pandemia del Coronavirus, sino que, conforme la plaga vírica se extiende por el mundo, la gravedad del impacto sanitario y socioeconómico se revela mayúsculo también para otros países. Y ello sin negar la obviedad que arrojan las cifras de que España e Italia son ahora mismo los países que peor parados salen de todo este siniestro asunto, padeciendo una gestión que evidentemente no ha sido nada buena a la vista de las cifras: incluso contando con la disparidad de criterios, los órdenes de magnitud son muy distintos en términos relativos.

Lo más sangrante se evidencia tras el necesario análisis comparativo con otros países que sí que están gestionando con éxito esta crisis socioeconómica, y a los cuales además ya teníamos como ejemplo que deberíamos haber seguido cuando aún estábamos a tiempo de minimizar esta terrible catástrofe. Y todo esto meramente con las cifras oficiales en la mano, puesto que hay estudios de investigación como el del Imperial College de Londres (que fue la institución que propició con otro de sus informes el brusco giro en la gestión de Johnson) que apuntan a que en España las cifras reales superan (y por mucho) a las oficiales, y que tendríamos en realidad entre 6 y 7 millones de contagiados.

Sin embargo, entre esos otros países que despuntan ya también como grandes afectados por el COVID-19, destacan por (des)méritos propios unos Estados Unidos y un Reino Unido donde Johnson sorprendió a propios y extraños con una inconcebible gestión de la pandemia que tuvo que rectificar y desdecirse a marchas forzadas, y que le ha llevado incluso a él mismo al hospital afectado por la enfermedad; y su evolución no es lo que se dice buena, puesto que ayer mismo Johnson ya pasó a la UCI.

La gestión de Trump de la pandemia en su territorio tampoco ha sido precisamente buena, y en un inicio menospreció categóricamente el riesgo potencial del virus y no tomó apenas medidas, habiendo tenido Trump también que rectificar y re-rectificar en sucesivas ocasiones. Pero, al contrario de lo que nos ha ocurrido en otros países con una cierta dosis de discurso único e inapelable sobre la gestión de la pandemia (algo inaceptable que tras demasiadas semanas por fin el gobierno se ha visto forzado a enmendar, y donde la versión oficialista no encaja con la sucesión de los acontecimientos ni con los datos disponibles públicamente, sin embargo en EEUU se ha levantado una agria polémica nacional en torno al tema, con artículos periodísticos que atacan de forma directa y meridianamente clara al propio presidente, dictando una sentencia condenatoria sobre su gestión de la pandemia, y haciendo una vez más todo un alarde del gran nivel de periodístico y de capacidad de auto-crítica de los que (todavía) pueden enorgullecerse al otro lado del Atlántico.

El caso de Estados Unidos sitúa su impacto económico actual entre los más graves del mundo desarrollado

El caso es que la polémica en EEUU va mucho más allá del mero plano sanitario, lo cual no es ni mucho menos poco en aquel país, especialmente tratándose de una socioeconomía en la que la sanidad tiene sus (muy) grandes deficiencias. Simplemente decir en este sentido que el Coronavirus no ha hecho sino poner en primer plano esas asimetrías y desigualdades socioeconómicas de EEUU que desde aquí siempre les hemos analizado (y por las cuales abogábamos por una necesaria refundación del capitalismo). Así por ejemplo, millones de estadounidenses sin una adecuada cobertura sanitaria se van a ver abocados a una situación extrema frente al Coronavirus: los servicios sanitarios por el funesto virus les van a costar en torno a la friolera de 75.000 dólares por paciente (al que los tenga, claro está, que no olvidemos que estamos hablando de las personas sin una adecuada cobertura sanitaria, lo cual es así principalmente por motivos económicos). Ni qué decir tiene que carecer de recursos económicos para sufragarse el ingreso hospitalario por Coronavirus puede tener sus graves implicaciones incluso sobre la mera contención de la pandemia a nivel nacional.

Pero abrazando un aspecto mixto de esa Socioeconomía que acuñamos desde aquí como nuevo concepto híbrido, también se han levantado polvaredas en la cuna del capitalismo acerca de cómo el Coronavirus está afectando gravemente a la economía, y peor que parece que va a ser en el futuro. De hecho, según el New York Times, EEUU está arrojando las peores cifras del mundo desarrollado en cuanto a “reajustes” laborales se refiere, augurando unas cifras macroeconómicas que bien podrían acabar siendo equiparables a aquellas de la funesta Gran Depresión de la primera mitad del siglo XX.

Así, sólo en la semana que fue del 15 al 21 de Marzo, en Estados Unidos nada más y nada menos que 3,3 millones de trabajadores solicitaron la prestación por desempleo. La proyección a futuro que arrojan estos datos iniciales es que la virulencia económica del Coronavirus haría alcanzar una tasa de desempleo del 30% en el segundo trimestre de 2020. Como ven, las cifras son absolutamente noqueantes, y especialmente dolorosas en un mercado laboral como el de EEUU, donde los trabajadores están mucho más desprotegidos legalmente y en prestaciones frente a este tipo de calamidades económicas tan destructoras de empleo, y donde además las redes de contención socio-familiares no son ni mucho menos tan fuertes como por ejemplo en los países latinos. Y por cierto, que ahora se demuestra la capacidad de anticipación que determinados países como Rusia tuvieron hace ya meses, cuando se pusieron a vender dólares y comprar oro como si no hubiese un mañana; un país en el que, además, esta crisis coge a las empresas rusas con sus reservas financieras al máximo.

Pero no se puede vivir sólo en el hoy, y hay que contar también con el impacto en el mañana

Los datos publicados son muy claros (“crystal-clear” que dirían los propios americanos), pero hay también que ser objetivos, y tratar de saber ver que, también en lo económico, las cifras que deja tras de sí la destructora estela del COVID-19 hay que matizarlas. Porque el hecho es que en EEUU las cifras del mercado laboral están mostrando la virulencia de la crisis en toda su crudeza,ya que allí las medidas económicas tomadas por la administración Trump no han sido tan contundentes ni intervencionistas como en otros países, en los que directamente se ha prohibido el despido por decreto mientras dure esta situación coyuntural.

Lo que esto puede implicar es que EEUU pueda estar mostrando un desolador panorama económico que aquí tan sólo vayamos a ver en diferido, porque lo que está claro es que la dentellada económica del monstruo de la pandemia la vamos a sentir de una manera u otra, y si en España se han prohibido ahora los despidos por decreto, o bien esos despidos llegarán más adelante (esperemos que sean menos al haber remitido ya la pandemia sanitaria), o bien lo que veremos será una clara tendencia de defunción empresarial porque las empresas no puedan hacer frente a unas nóminas para cuyo abono no están contando con apenas ventas de sus productos y servicios. Al final, el resultado puede acabar siendo el mismo, y la mortalidad empresarial acabaría trayendo igualmente más desempleo, solo que a posteriori mientras se liquidan esas empresas que pasan a mejor (o más bien a peor) vida, y que difícilmente volverán en el corto y medio plazo.

Realmente, no sabría decirles qué es peor, si que se pierdan directamente los empleos y se conserven las empresas que luego pueden volver a generarlos, o que se conserven los empleos y se pierdan muchas empresas que ya no van a generar empleo nunca jamás. No es una disyuntiva fácil ni con resolución no traumática, y una vez más parece que la opción más equilibrada y que puede acabar maximizando las ventajas (y minimizando las desventajas) de una y otra opción es esa economía de “Start/Stop” que defendimos desde estas líneas desde el principio de esta crisis, y cuya implementación final en el caso de la economía española no acaba de ser precisamente la más oportuna, y presenta también sus muchos riesgos a futuro. Personal y profesionalmente a un servidor le gusta infinitamente más la aproximación a este concepto que hemos visto en otros países como Dinamarca, y con la que prometen vadear esta crisis mucho mejor que nosotros.

Pero si hay algo de cierto en toda esta crisis pandémica es que para ver sus resultados en todos y cada uno de los países como resultado de sus diferentes aproximaciones, tan cólo tenemos (y podemos) esperar y ver. Sin duda que esas asimetrías socioeconómicas de nuestros sistemas se van a abrir en algunos casos hasta convertirse en simas insalvables, tensionando nuestras socioeconomías fuertemente, e incluso pudiendo perfectamente superar las severas tensiones socio-políticas que sufrimos durante la Gran Recesión, y cuyo precio aún estamos pagando a día de hoy. Y es que, como ya les dijimos hace unos cuántos meses cuando analizamos la crisis que ya se empezaba a cernir sobre nuestras cabezas, y de la cual el Coronavirus sólo ha sido un potente multiplicador, la próxima gran crisis ensancharía fuertemente todas esas asimetrías y brechas, que ya requerían en su momento de esa urgente e ineludible refundación del capitalismo de la que tantas veces les hemos hablado en los últimos años.

Entendiendo por lado oscuro el que pretende siempre destruir en vez de construir, ahí estará ese lado oscuro barrenando con dinamita cada fisura que se vaya abriendo en nuestro sistema. Mucho me temo, a la vista de la situación, que esa refundación no ha llegado a tiempo (ni siquiera parece que haya acabado de llegar -Coronavirus mediante-): el riesgo no es otro que ahora todo el sistema pueda saltar por los aires. Y en esas podríamos estar ya. Buena suerte a todos con las sacudidas: puede que esta vez su intensidad se nos salga incluso de la escala sísmica.

Imágenes | Photopin Mike Licht modified by DBM under Creative Commons Pixabay geralt | Pixabay Graehawk | Pixabay geralt | Pixabay Clubfungus

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  • 10.20.-La caída de Covid-19 ha llegado PAUL KRUGMAN
  • ¿Se derrumbará el capitalismo como un castillo de naipes? – DOUGLAS KENNEDY*

Pero ya estamos fallando la respuesta.

Crédito…Carlos Cardona

Durante un período normal de dos semanas, esperaríamos que alrededor de medio millón de trabajadores estadounidenses presenten reclamos de seguro de desempleo. En las últimas dos semanas hemos visto casi 10 millones de presentaciones. Estamos ante una catástrofe económica increíble.

2 abr 2020.- La pregunta es si estamos listos para enfrentar esta catástrofe. Lamentablemente, los primeros indicios indican que es posible que estemos manejando un desastre económico de rápido movimiento tanmal como manejamos la pandemia de rápido movimiento que lo está causando.

La clave para darse cuenta es que no estamos enfrentando una recesión convencional, al menos hasta ahora. Por ahora, la mayoría de las pérdidas de empleo son inevitables, de hecho necesarias: son el resultado del distanciamiento social para limitar la propagación del coronavirus. Es decir, estamos entrando en el equivalente económico de un coma inducido médicamente, en el que algunas funciones cerebrales se cierran temporalmente para darle al paciente la oportunidad de sanar.

Esto significa que el principal trabajo de la política económica en este momento no es proporcionar estímulo, es decir, mantener el empleo y el PIB, sino proporcionar apoyo vital, limitar las dificultades de los estadounidenses que han perdido temporalmente sus ingresos.

Hay, sin duda, un gran riesgo de que tengamos una recesión convencional además del coma inducido; más sobre eso en columnas posteriores. Pero por ahora, el enfoque debería estar en ayudar a los necesitados.

La buena noticia es que el Congreso de la Ley CARES de $ 2 billones (Ley de Ayuda, Alivio y Seguridad Económica de Coronavirus) aprobada la semana pasada, en papel, proporciona mucho apoyo económico. La mala noticia es que parece que podrían pasar semanas, tal vez incluso meses, antes de que grandes cantidades de dinero fluyan a aquellos que necesitan ayuda en este momento.

Los periodistas siguen refiriéndose a la Ley CARES como un «paquete de estímulo», pero principalmente es un alivio de desastres. La mejor parte de la legislación, que, por cierto, los demócratas obligaron a los republicanos dispuestos a incluir, es una mejora importante de los beneficios de desempleo. No solo los trabajadores despedidos obtendrán mucho más de lo que normalmente lo harían, sino que muchos trabajadores que anteriormente no estaban cubiertos por el seguro de desempleo, como los trabajadores independientes y los contratistas independientes, deberían recibir todos los beneficios.

La legislación también otorga préstamos a pequeñas empresas, préstamos que serán perdonados, es decir, convertidos en subsidios directos, si las empresas usan el dinero para mantener sus nóminas.

Ambos programas son muy buenas ideas. El problema es que ambos están teniendo dificultades para comenzar, y el tiempo es una cosa que millones de estadounidenses angustiados, muchos de los cuales ya vivían al límite, no tienen.

Sobre los beneficios de desempleo: las oficinas estatales de desempleo, ya abrumadas por el aumento de las solicitudes, no están listas para desembolsar estos beneficios adicionales, y pueden no estar listas por un tiempo, un retraso desastroso para las familias que ya se encuentran en una situación financiera grave.

Los préstamos para pequeñas empresas también se enfrentan a un retraso demorado en el procesamiento, y los prestatarios potenciales no pueden completar los formularios o se les dice que tendrán que esperar tres semanas. Además, por alguna razón, el gobierno federal, en lugar de prestar dinero directamente, está canalizando préstamos para pequeñas empresas a través de bancos privados, y los bancos se quejan de que aún no han recibido pautas cruciales y que la administración está estableciendo requisitos inviables.

En otras palabras, puede pasar mucho tiempo antes de que la economía comience a recibir el soporte vital que necesita de inmediato.

E incluso cuando los trabajadores y las empresas finalmente obtienen la ayuda prometida, la Ley CARES no proporciona dinero de forma remota a los gobiernos estatales y locales, que están viendo caer los ingresos y los gastos. Es probable que esto fuerce grandes recortes en los servicios gubernamentales precisamente cuando más se necesitan.

Entonces, ¿qué necesitamos ahora? Primero, necesitamos un esfuerzo integral para resolver los cuellos de botella que detienen los beneficios de desempleo y los préstamos para pequeñas empresas.

El paralelo obvio aquí es el colapso de healthcare.gov cuando la Ley del Cuidado de Salud a Bajo Precio entró en vigencia por primera vez; Las cosas parecían terribles al principio, pero un equipo de expertos de la administración de Obama, trabajando las 24 horas, resolvió los problemas más rápido de lo que nadie imaginaba posible, y las nuevas inscripciones terminaron superando las expectativas.

No veo ninguna razón, en principio, un esfuerzo similar no podría rescatar la Ley CARES. Pero esta es la cuestión: estamos hablando de la administración Trump, que desprecia la experiencia de todo tipo, y en la que cada esfuerzo termina siendo dirigido por Jared Kushner.

En segundo lugar, necesitamos otro proyecto de ley de ayuda para llenar los agujeros en la Ley CARES, especialmente la ayuda inadecuada para los gobiernos estatales y locales.

¿Pero estarán los republicanos dispuestos a proporcionar esa ayuda? Donald Trump está hablando, como lo ha hecho muchas veces antes, sobre un proyecto de ley de infraestructura gigante. Pero los republicanos del Senado son notablemente poco entusiastas. Y si bien la infraestructura es una buena idea, en este momento es menos apremiante que proporcionar ayuda a los estados que enfrentan enormes brechas presupuestarias.

Y volviendo al proyecto de ley que el Congreso ya aprobó: estoy bastante seguro de que eventualmente se resolverán los problemas. Pero cuando pierde seis millones de empleos por semana, «eventualmente» no es lo suficientemente bueno.

https://www.nytimes.com/2020/04/02/opinion/coronavirus-economy-stimulus.html

10.20.-¿Se derrumbará el capitalismo como un castillo de naipes? – DOUGLAS KENNEDY*

El novelista Douglas Kennedy denuncia la gestión de Trump en este “crepúsculo de los dioses virológico” y vaticina una pesadilla para millones de estadounidenses

La sede de la bolsa neoyorquina, en Wall Street, el 22 de marzo. JONATHAN ALPEYRIE EUROPA PRESS

Hace una semana, juré que no volvería a ver las noticias en la televisión. Llegué a la conclusión de que, en tiempos de crisis, el flujo constante de información se convierte en una especie de rueda de hámster en tu cabeza. Gira y gira y gira, abrumándote con imágenes de un presente catastrófico, repitiéndote indefinidamente lo que ya sabes, causando pánico existencial en todas las direcciones. Y, como una rueda de hámster, no te lleva a ninguna parte. Es el mito de Sísifo en versión electrónica, exacerbado por nuestra edad sobreconectada.

Pero hace unos días, rompí mi promesa cuando un escritor amigo mío me envió un mensaje desde Nueva York: “Enciende la televisión. Trump está batiendo sus propios récords de locura”.

2 abr 2020.- Treinta segundos después, estaba de pie frente al único televisor de mi casa en Maine (donde estoy confinado –para usar la nueva palabra de moda– con mi hija de 23 años, Amelia, y su novio Zach desde que la epidemia se extendió por nuestras vidas). Y allí, en la CNN, mantenía su discurso ese promotor inmobiliario charlatán, convertido en estrella de telerrealidad y, más tarde, jefe nominal del así llamado mundo libre. En este caso, parecía un presentador de un concurso con maquillaje muy malo y pelucas aún peores. Intentaba asegurar a la nación que a este episodio viral se lo llevaría el viento antes del Domingo de Pascua. Esperaba que las iglesias de todo el país estuvieran llenas para la celebración anual de la resurrección de Cristo, después de su horrible episodio en la cruz.

Incluso para los estándares de locura de Trump, esta declaración era totalmente irracional. Trump es neoyorquino como yo. El implacable avance de la Covid-19 ha hecho de nuestra ciudad natal el epicentro estadounidense del virus, con nuevos casos que se duplican cada tres días. El gobernador del Estado de Nueva York, Andrew Cuomo, cuya voz lleva un realismo furioso y un poderoso liderazgo local en estos tiempos vertiginosos, advirtió ese mismo día de una inminente catástrofe sanitaria para la ciudad. Explicó que Nueva York necesitaba 30.000 respiradores artificiales, pero solo tenían 400 y se estaban esperando 7.000, prometidos por el Gobierno federal. También dijo que los 3.800 millones de dólares asignados a Nueva York en el plan de emergencia del Senado eran insuficientes, dada la devastación que se estaba produciendo en la ciudad. Se necesitaban, según él, 15.000 millones.

«En Estados Unidos, donde no queda casi nada de la red de Seguridad Social, la pesadilla que aguarda a millones de personas será terrible»

Lo más fascinante de la fantasía pascual de Trump es la forma en que se dirigió hábilmente a los evangelistas que adoptaron a este hombre ferozmente venal y corrupto como uno de sus compañeros de cruzada.

Se ha acusado a Trump de violación. Las amantes de Trump eran estrellas porno; hasta una de ellas describió el sexo con él como “los peores noventa segundos de mi vida”. Trump trata a las mujeres como objetos desechables pero se presentó a las elecciones de 2016 como un conservador social y eligió a Mike Pence como vicepresidente: un fundamentalista cristiano, homófobo y declarado antifeminista, que tiene el encantador hábito de llamar a su esposa “Madre”. La elección de Pence fue un golpe de genialidad, uniendo la base evangélica a la causa de Trump. La aventura amorosa de Trump con este encantador inveterado, de dudoso matiz cristiano, alcanzó nuevos niveles cuando nombró para el Tribunal Supremo a dos jueces profundamente conservadores: Neil Gorsuch y Brett Kavanaugh, acusado de agresión sexual. Estos hombres no escondieron su oposición al aborto, lo que significa que la mayoría republicana que lo legalizó a nivel nacional en 1973 –el llamado caso Roe contra Wade– podría ser revocada en los próximos años. Pero la erradicación de Roe contra Wade es el Santo Grial de los evangélicos en la guerra cultural que ha dividido a los Estados Unidos desde 1968.

En realidad, la necesidad de Trump de vincular la Pascua a la promesa de un renacimiento comercial fue un guiño a los conservadores cristianos y blancos que ayudaron a que fuera elegido contra toda lógica hace casi cuatro años. Estos hombres seguirán siendo fieles, aun sabiendo que es un completo hipócrita, si las próximas elecciones se celebran en noviembre de este año (pero como todo está sujeto a una cancelación estos días, no me sorprendería si este último símbolo de la elección democrática también se suspendiera pronto).

Sin embargo, también fue un recordatorio de que, incluso en este momento de grave crisis mundial –que reveló la total falta de preparación del Gobierno federal de los Estados Unidos para ayudar a sus ciudadanos a sobrevivir a este crepúsculo de los dioses virológico–, Trump sigue cultivando en nuestro discurso nacional las profundas divisiones que él mismo ha amplificado y profundizado.

Una lección de historia: Richard Nixon ganó la Casa Blanca en 1968 gracias a su estrategia sureña, basada en el odio de los Estados del sur contra la legislación de derechos civiles (que garantizaban los derechos de los afroamericanos como ciudadanos en igualdad de condiciones) aprobada por el Congreso bajo el liderazgo del demócrata tejano Lyndon Johnson. Nixon también había jugado con el miedo de los hombres blancos a las minorías: las mujeres, los radicales y los hippies por el amor libre (era el año 68, después de todo), afirmando que existía una “mayoría silenciosa” en los Estados Unidos que rechazaba el progresismo educado de Nueva York, California y las principales ciudades del norte. También denunció públicamente todo lo que pudiera ser percibido como intelectual y culto (aunque en privado era un fanático del jazz y un aficionado a la Historia). Despreciar las cosas del intelecto es un viejo hábito americano… especialmente entre los populistas. Ronald Reagan, a su vez, cortejó a la derecha cristiana en 1980, que, de repente, adquirió un inmenso capital político durante su presidencia. Y los dos Bush –el propio Junior se convirtió en cristiano renacido para curar su alcoholismo– también dieron a los evangélicos lo que querían.

Así es como Trump hablaba a sus bases cuando jugó la carta de “volver al trabajo por Pascua”. De la misma manera que intentaba convencer a Wall Street y a las grandes empresas de que el “business as usual” [la normalidad en los negocios] no estaba lejos. Unas horas antes de escribir este artículo, hablé por teléfono con un amigo del Instituto Pasteur de París. Me dijo: “Nuestro actual estado de confinamiento, el cierre de las fronteras, el cese de la vida cotidiana (salvo por estrictas necesidades dietéticas o médicas) durará, en el mejor de los casos, otras seis semanas… y esa es la estimación optimista”. El daño económico será colosal y con la devastación fiscal vendrá la devastación personal. En Estados Unidos, donde no queda casi nada de la red de Seguridad Social después de décadas de recortes y donde el Obamacare es un sistema nacional de salud no del todo aceptable (aunque esencial), la pesadilla que aguarda a millones de personas será terrible.

Desde las reaganomics de los ochenta [la política económica de inspiración neoliberal del entonces presidente], la otrora próspera y estable clase media americana ha sido destruida. Manhattan, mi isla natal, estuvo habitada en su día por familias de clase obrera. En mi familia éramos cuatro y vivíamos en un apartamento de 60 metros cuadrados. Ahora mismo, Manhattan solo es accesible para los ricos. Hoy, para vivir como un joven artista en cualquier ciudad importante de América, tienes que vivir de rentas o tener dos o tres trabajos a la vez. Y, en lo más profundo de Estados Unidos, la lucha por la supervivencia económica es dura en el contexto del monocultivo hipermercantil. ¿Se derrumbará el capitalismo estadounidense como un castillo de naipes cuando sea atenuado el Covid-19? Mis amigos de la izquierda estadounidense ven una esperanza en la inminente carnicería; la esperanza que puede provocar un cambio radical, un New Deal para sacar al país de una inmensa depresión. Por supuesto, a mí también me encantaría ver semejante cambio de rumbo a nivel nacional, igual que vi con consternación cómo la mayoría republicana en el Senado trató de torcer el plan de rescate de las grandes multinacionales a expensas de los trabajadores que ahora están en plena caída libre económica.

«No voy a hacer de politólogo y afirmar que el único efecto colateral positivo será el fin de Trump. Él es el Rasputín de la política moderna»

No voy a hacer de politólogo y afirmar que el único efecto colateral positivo de la Covid-19 será el fin del presidente Trump. Sobre todo porque es el Rasputín de la política moderna. ¿Recuerdas cómo ese místico charlatán ruso, disparado por enemigos que querían poner fin a su infamia, se las arregló para levantarse y abalanzarse sobre ellos? Trump posee la misma resistencia tóxica. Dado que ahora existen dos Américas, que se odian con sinceridad, no sería sorprendente que la base de Trump continuase apoyándolo… aunque eso signifique votar en contra de sus propios intereses.

Escribo estas palabras a pocos metros de un hermoso litoral en un Estado gobernado por una maravillosa mujer progresista, Janet Mills, donde el matrimonio gay y el cannabis están legalizados, donde puedes conseguir toda la cerveza casera que quieras, ir a festivales impresionantes de música clásica y de cine de autor, prestigiosas universidades y restaurantes de alimentos locales y frescos. Maine, a lo largo de su majestuosa costa atlántica, encarna todo lo que aprecian los americanos educados en la izquierda. Del mismo modo, hay una parte del Estado rural, conservadora y económicamente escabrosa, que vota a Trump y ve a los residentes de la costa como la encarnación del elitismo esnobista. La guerra cultural nunca está lejos de tu puerta en la América contemporánea. Desde ahora, tampoco lo está la perspectiva de terribles dificultades. Justo antes de dejar Nueva York, fui a escuchar a un amigo pianista en un pequeño club de jazz. Divorciado y padre de dos hijos, vive de concierto en concierto, completando sus ingresos con lecciones de música. “Estamos a pocos días de un encierro general”, me dijo mientras tomaba un trago entre los sets. “Cuando esto suceda, los clubes de jazz estarán cerrados, mis estudiantes no podrán venir a mi casa… y el dinero se secará. Siendo pianista en Nueva York, no tengo ahorros. ¿Cómo voy a sobrevivir?”.

No supe cómo responder a su pregunta desesperada. Sin embargo, en las últimas dos semanas he escuchado repetidamente esa misma pregunta en conversaciones con muchos de mis amigos artistas de Nueva York y de otros lugares. Aunque reciben una ayuda financiera simbólica del Gobierno federal, saben que, cuando Estados Unidos vuelva al trabajo, ellos estarán hasta el cuello de deudas. Y una vez que la moratoria de desalojos termine, corren el riesgo de irse a la calle. Gracias a los defensores de la economía de suministro y a los adoradores de Milton Friedman que han dictado la política fiscal americana durante los últimos cuarenta años, ahora vivimos en una versión high-tech del capitalismo del siglo XIX, alimentada por un poderoso subtexto de darwinismo social. Dentro de algún tiempo, cuando todos seamos polvo, no me sorprendería que los historiadores del futuro escribieran: “Cuando una amenaza viral invisible se extendió por el país a principios de 2020, mostró con despiadada claridad lo moribundo que se había vuelto el tan elogiado sueño americano”.

*Douglas Kennedy es escritor estadounidense, autor de novelas como En busca de la felicidad y La sinfonía del azar (Arpa). En junio publicará Una relación especial en la misma editorial. Traducciónde Miriam Espinar.
https://elpais.com/cultura/2020/04/01/babelia/1585756728_283072.html

  • 9.20.-Ciencia para protegernos de Trump – JOSEPH E. STIGLITZ
  • Covid-19 saca todos los zombis habituales PAUL KRUGMAN

Muchos trabajadores infectados serán reacios a los tratamientos para que no les lleguen facturas gigantescas

TOMÁS ONDARRA

Como educador, siempre estoy buscando “momentos enseñables” —episodios actuales que ilustren y reafirmen los principios sobre los que he venido enseñando—. Y no hay nada como una pandemia para centrar la atención en lo que realmente importa. La crisis del coronavirus es rica en lecciones, especialmente para Estados Unidos. Una moraleja es que los virus no andan con pasaportes; de hecho, no respetan en absoluto las fronteras nacionales —o la retórica nacionalista—. En nuestro mundo estrechamente integrado, una enfermedad contagiosa que se origina en un país puede volverse global, y lo hará.

28 mar 2020 .- La propagación de las enfermedades es un efecto colateral negativo de la globalización. Cuando surgen crisis transfronterizas como ésta, exigen una respuesta global y cooperativa, como en el caso del cambio climático. Al igual que los virus, las emisiones de gases de efecto invernadero están causando estragos e imponiendo enormes costes a los países en todo el mundo a través del daño causado por el calentamiento global y los episodios de clima extremo asociados.

Ninguna Administración presidencial norteamericana ha hecho más para minar la cooperación global y el papel del Gobierno que la de Donald Trump. Sin embargo, cuando enfrentamos una crisis como una epidemia o un huracán, recurrimos al Gobierno porque sabemos que esos acontecimientos exigen una acción colectiva. No podemos hacerles frente por cuenta propia; tampoco podemos depender del sector privado. Muy a menudo, las empresas que maximizan las ganancias verán en las crisis oportunidades para hacer subir los precios, como ya se evidencia en el alza de los precios de las mascarillas faciales.

Desafortunadamente, desde la Administración del presidente norteamericano Ronald Reagan, el mantra en Estados Unidos ha sido que “el Gobierno no es la solución a nuestros problemas, el Gobierno es el problema”. Tomarse ese mantra en serio es un callejón sin salida, pero Trump ha avanzado por ese camino más que cualquier otro líder político norte­americano que se recuerde.

En el centro de la respuesta estadounidense a la crisis de la Covid-19 está una de las instituciones científicas más venerables del país, los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC), donde tradicionalmente han trabajado profesionales comprometidos, experimentados y altamente entrenados. Para Trump, el político más ignorante de todos, estos expertos plantean un serio problema porque lo contradirán cada vez que intente inventar hechos para satisfacer sus propios intereses.

La fe puede ayudarnos a lidiar con las muertes causadas por una epidemia, pero no es un sustituto del conocimiento médico y científico. La fuerza de voluntad y las oraciones no sirvieron de nada para contener la peste negra en la Edad Media. Afortunadamente, la humanidad ha hecho enormes progresos científicos desde entonces. Cuando apareció la cepa de la Covid-19, los científicos rápidamente pudieron analizarla, someterla a pruebas, rastrear sus mutaciones y empezar a trabajar en una vacuna. Si bien todavía hay mucho que aprender sobre el nuevo coronavirus y sus efectos en los seres humanos, sin la ciencia, estaríamos completamente a su merced, y ya habría cundido el pánico.

La investigación científica exige recursos. Pero la mayoría de los mayores progresos científicos en los últimos años han costado monedas en comparación con la generosidad impartida por Trump a nuestras corporaciones más ricas y los recortes impositivos de 2017 a los congresistas republicanos. Por cierto, nuestras inversiones en ciencia también languidecen en comparación con los posibles costes de la última epidemia para la economía, por no mencionar las pérdidas de capitalización de las Bolsas.

De todos modos, como señala Linda Bilmes, de la Escuela Kennedy de Harvard, la Administración de Trump ha propuesto recortes a la financiación de los CDC año tras año (10% en 2018, 19% en 2019). A comienzos de este año, Trump, dando muestras del peor sentido de la oportunidad imaginable, exigió un recorte del 20% del gasto en programas para combatir enfermedades infecciosas y zoonóticas (es decir, patógenos como los coronavirus, que se originan en animales y saltan a los seres humanos). Y en 2018, eliminó la junta directiva de seguridad sanitaria y biodefensa global del Consejo Nacional de Seguridad.

No sorprende que la Administración haya demostrado estar mal preparada para lidiar con el brote. Si bien la Covid-19 alcanzó proporciones epidémicas hace unas semanas, Estados Unidos ha dado muestras de una capacidad de diagnóstico insuficiente (inclusive comparado con un país mucho más pobre como Corea del Sur) y de procedimientos y protocolos inadecuados para tratar a los viajeros potencialmente expuestos que regresaban del exterior.

Esta respuesta mediocre debería servir como otro recordatorio de que más vale prevenir que curar. Pero la panacea universal de Trump para cualquier amenaza económica consiste simplemente en exigir más flexibilización de la política monetaria y recortes impositivos (normalmente para los ricos), como si recortar los tipos de interés fuera todo lo que se necesita para generar otro auge del mercado bursátil.

Hoy es mucho menos probable que este tratamiento de curandero funcione como lo hizo en 2017, cuando los recortes impositivos crearon un estímulo económico de corto plazo que ya se había desvanecido cuando entramos en 2020. Con tantas empresas norteamericanas que enfrentan alteraciones de las cadenas de suministro, es difícil imaginar que de pronto decidieran hacer inversiones importantes solo porque los tipos de interés fueron recortados 50 puntos básicos (suponiendo, para empezar, que los bancos comerciales trasladaran los recortes).

Peor aún, los costes totales de la epidemia para Estados Unidos todavía se desconocen, particularmente si no se contiene el virus. A falta de una paga por enfermedad, muchos trabajadores infectados a los que ya les cuesta llegar a fin de mes van a presentarse a trabajar de cualquier manera. Y a falta de un seguro de salud adecuado, se mostrarán reacios a realizarse estudios y solicitar tratamiento, para que no les lleguen facturas médicas gigantescas. No debería subestimarse la cantidad de norteamericanos vulnerables. En la Administración de Trump, las tasas de mortalidad están en aumento, y unos 37 millones de personas regularmente padecen hambre.

Todos estos riesgos aumentarán si cunde el pánico. Para impedir que esto suceda hace falta confianza, particularmente en quienes tienen la tarea de informar a la población y responder a la crisis. Pero Trump y el Partido Republicano han venido sembrando desconfianza hacia el Gobierno, la ciencia y los medios durante años, mientras que les dieron rienda suelta a gigantes de las redes sociales ávidos de ganancias como Facebook, que a sabiendas permite que su plataforma sea utilizada para propagar desinformación. La ironía perversa es que la respuesta torpe de la Administración de Trump minará la confianza en el Gobierno aún más.

Estados Unidos debería haber empezado a prepararse para los riesgos de la pandemia y del cambio climático hace años. Solo una gobernanza basada en ciencia sólida puede protegernos de estas crisis. Ahora que ambas amenazas penden sobre nosotros, es de esperar que en el Gobierno todavía queden suficientes burócratas y científicos dedicados que nos protejan de Trump y de sus secuaces incompetentes.

Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía, es profesor universitario en la Universidad de Columbia y economista jefe en el Instituto Roosevelt. © Project Syndicate 1995-2020. https://elpais.com/economia/negocio/2020-03-28/ciencia-para-protegernos-de-trump.html

9.20.-Covid-19 saca todos los zombis habituales – PAUL KRUGMAN

Por qué la negación de virus se parece a la negación climática.

El presidente Trump firmó un proyecto de ley de alivio de coronavirus en la Casa Blanca el viernes. Crédito…Erin Schaff / The New York Times 

Permítanme resumir la opinión de la administración Trump / los medios de derecha sobre el coronavirus: es un engaño, o de todos modos no es gran cosa. Además, intentar hacer algo al respecto destruiría la economía. Y es culpa de China, por eso deberíamos llamarlo el «virus chino».

28 mar 2020.- Ah, y los epidemiólogos que han estado modelando la propagación futura del virus han sufrido un ataque sostenido, acusados ​​de ser parte de un complot de «estado profundo» contra Donald Trump, o tal vez de libre mercado.

¿Todo esto te da una sensación de deja vu? Debería. Después de todo, es muy similar a la línea de Trump / derecha sobre el cambio climático. Esto es lo que Trump tuiteó en 2012: «El concepto de calentamiento global fue creado por y para los chinos con el fin de hacer que la fabricación estadounidense no sea competitiva». Todo está ahí: es un engaño, hacer cualquier cosa al respecto destruirá la economía y culpemos a China.

Y los epidemiólogos se sorprendieron al descubrir que sus mejores esfuerzos científicos denunciados como fraude por motivos políticos deberían haber sabido lo que vendría. Después de todo, exactamente lo mismo le sucedió a los científicos del clima , quienes han sufrido hostigamiento constante durante décadas.

Entonces, la respuesta de la derecha a Covid-19 ha sido casi idéntica a la respuesta de la derecha al cambio climático, aunque en una escala de tiempo enormemente acelerada. Pero, ¿qué hay detrás de este tipo de negación?

Bueno, recientemente publiqué un libro sobre la prevalencia en nuestra política de «ideas de zombis», ideas que han demostrado ser erróneas con pruebas abrumadoras y que deberían estar muertas, pero que de alguna manera siguen arrastrando los pies, comiendo el cerebro de las personas. El zombi más frecuente en la política estadounidense es la insistencia en que los recortes de impuestos para los ricos producen milagros económicos, de hecho se pagan por sí mismos, pero el zombi más consecuente, el que representa una amenaza existencial, es la negación del cambio climático. Y Covid-19 ha sacado todos los zombies habituales.

 

Pero, ¿por qué, exactamente, es correcto tratar una pandemia de la misma manera que trata los recortes de impuestos y el cambio climático?

La fuerza que usualmente mantiene a las ideas de zombis dando vueltas es el propio interés financiero. Los multimillonarios que se benefician de estos recortes pagan más o menos directamente los beneficios de las virtudes de los recortes de impuestos. La negación climática es una industria respaldada casi en su totalidad por intereses de combustibles fósiles . Como dijo Upton Sinclair : «Es difícil lograr que un hombre entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda».

Sin embargo, es menos obvio quién se beneficia al minimizar los peligros de una pandemia. Entre otras cosas, la escala de tiempo está muy comprimida en comparación con el cambio climático: las consecuencias del calentamiento global llevarán muchas décadas, dando a los intereses de los combustibles fósiles mucho tiempo para tomar el dinero y correr, pero ya estamos viendo catástrofes consecuencias de la negación del virus después de unas pocas semanas.

Es cierto que puede haber algunos multimillonarios que imaginen que negar la crisis funcionará para su ventaja financiera. Justo antes de que Trump hiciera su aterrador llamado para reabrir la nación en Semana Santa, tuvo una conferencia telefónica con un grupo de administradores de dinero, quienes pueden haberle dicho que terminar con el distanciamiento social sería bueno para el mercado. Eso es una locura, pero nunca debes subestimar la codicia de estas personas. Recuerde, Steve Schwarzman de Blackstone, uno de los hombres en la llamada, una vez comparó las propuestas para cerrar un vacío fiscal a la invasión de Polonia por Hitler.

Además, a los multimillonarios les ha ido muy bien con los recortes de impuestos de Trump, y pueden temer que el daño económico del coronavirus provoque la derrota de Trump y, por lo tanto, aumentos de impuestos para personas como ellos.

Pero sospecho que la respuesta desastrosa a Covid-19 ha sido moldeada menos por el interés propio directo que por dos formas indirectas en las que la política pandémica se vincula con la prevalencia general de ideas de zombis en el pensamiento de derecha.

Primero, cuando tienes un movimiento político construido casi enteramente en torno a afirmaciones de que cualquier experto puede decir que eres falso, debes cultivar una actitud de desdén hacia la experiencia, una que se extiende a todo. Una vez que descarta a las personas que miran la evidencia sobre los efectos de los recortes de impuestos y los efectos de las emisiones de gases de efecto invernadero, ya está preparado para despedir a las personas que miran la evidencia sobre la transmisión de enfermedades.

Esto también ayuda a explicar la centralidad de los conservadores religiosos que odian la ciencia al conservadurismo moderno, que ha desempeñado un papel importante en el fracaso de Trump para responder.

En segundo lugar, los conservadores tienen una creencia verdadera: a saber, que existe una especie de efecto halo en torno a las políticas gubernamentales exitosas. Si la intervención pública puede ser efectiva en un área, temen, probablemente con razón, que los votantes consideren más favorablemente la intervención del gobierno en otras áreas. En principio, las medidas de salud pública para limitar la propagación del coronavirus no necesariamente tienen mucha implicación para el futuro de programas sociales como Medicaid. En la práctica, el primero tiende a aumentar el apoyo al segundo.

Como resultado, la derecha a menudo se opone a las intervenciones del gobierno, incluso cuando claramente sirven al bien público y no tienen nada que ver con la redistribución de ingresos, simplemente porque no quieren que los votantes vean que el gobierno hace algo bien.

La conclusión es que, al igual que con tantas cosas de Trump, lo horrible del hombre en la Casa Blanca no es toda la historia detrás de una política terrible. Sí, es ignorante, incompetente, vengativo y carece de empatía. Pero sus fracasos en la política de pandemia se deben tanto a la naturaleza del movimiento al que sirve como a sus deficiencias personales.

https://www.nytimes.com/2020/03/28/opinion/coronavirus-trump-response.html

8.20.-Avatares del pacto China y Estados Unidos y su guerra comercial en curso  KEITH BRADSHER

El nuevo acuerdo entre los dos gigantes de la economía mundial deja intactos los asuntos más espinosos que los separan. Resolverlos podría llevar años.

Una granja de soya en Kansas. China acordó comprar más productos agrícolas estadounidenses, incluida la soya, como parte de un nuevo pacto comercial.Credit…Christopher Smith para The New York Times

PEKÍN — El presidente estadounidense, Donald Trump, y China dicen que su reciente pacto comercial solo es el inicio de una nueva relación entre las dos economías más grandes del mundo. Según la Casa Blanca, los futuros acuerdos harán que China sea un mejor socio comercial. Pekín afirma que vislumbra el fin de los aranceles estadounidenses y de la agotadora guerra comercial.

Tal vez los dos estén equivocados.

  • 20 de enero de 2020.- El pacto comercial parcial del 15 de enero, considerado por ambas partes como una tregua, podría ser el legado perdurable de más de dos años de conflicto económico. Podría garantizar que las compras de mercancía china por parte de Estados Unidos, que ya van en descenso, disminuyan todavía más. Y en vez de reparar la relación, podría distanciar todavía más a estos dos titanes de la economíay transformar la manera de hacer negocios en el ámbito mundial.

El acuerdo que firmaron el 15 de enero Trump y el viceprimer ministro Liu He, el principal negociador comercial de China, reduce algunos de los aranceles estadounidenses impuestos durante los dos últimos años a las mercancías chinas e impide que haya otros más. Compromete a China a comprar, durante dos años, 200.000 millones de dólares más en grano, cerdo, aviones, equipo industrial y otros productos. Exige que China abra más sus mercados financieros, proteja la tecnología y las marcas estadounidenses y, a la vez, cree un foro para que ambas partes puedan limar asperezas.

Lo que no hace es atacar las causas que dieron origen a la guerra comercial. El acuerdo no aborda los subsidios de China a las industrias nacionales ni su firme control sobre las palancas fundamentales de su economía pujante. El acuerdo también mantiene la mayoría de los aranceles de Trump sobre la mercancía china por un valor de 360.000 millones de dólares, un impuesto mucho más alto del que los estadounidenses pagan por los productos procedentes de prácticamente cualquier otro lugar.

Podrían pasar muchos años antes de que se puedan resolver esos asuntos. De hecho, parecen limitadas las posibilidades de que se llegue a un segundo acuerdo pronto. Trump ha dicho que tal vez espere hasta después de las elecciones presidenciales de Estados Unidos, en noviembre, para concluir lo que ambas partes llaman la “fase dos” del acuerdo.

Hasta entonces, los consumidores y las empresas estadounidenses seguirán comprando menos mercancía de China y más en otras regiones. Por su parte, el gobierno chino también continuará buscando clientes en otras regiones. La relación de Estados Unidos con China, un motor vital del crecimiento económico global durante décadas, se debilitará todavía más.

El viceprimer ministro de China, Liu He, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firmaron un acuerdo comercial parcial en la Casa Blanca el 15 de enero.Credit…Pete Marovich para The New York Times

“La guerra comercial ha desencadenado una serie de fuerzas estructurales que probablemente tengan un efecto moderador sobre las importaciones procedentes de China durante un tiempo en el futuro”, señaló el economista Eswar Prasad, especialista en China de la Universidad de Cornell.

Algunas circunstancias imprevistas podrían cambiar todo eso. Una crisis económica podría hacer que uno o ambos regresen a la mesa de negociaciones. Trump ha roto acuerdos comerciales en el pasado. Tal vez los estadounidenses elijan en noviembre a un dirigente menos agresivo en materia de comercio.

Pero hasta el momento, ambos países han demostrado que están dispuestos a alcanzar su objetivo económico. La economía, el mercado laboral y el mercado de valores de Estados Unidos han mejorado desde que comenzó la guerra comercial hace casi dos años, pese a que muchas personas se preguntan cuánto tiempo puede durar eso. En el ámbito político, los demócratas han presionado a Trump para que sea más estricto, y no menos, en el comercio con China.

En China, la guerra comercial solo ha sido uno de los factores que han provo