• 20.23.-Asolados por el trumpismo JOSEPH-STIGLITZ
  • «Con ambas manos, Xi Jinping vota a Donald Trump» ALAIN FRACHON
  • El virus de Trump crece, y su economía se estanca PAUL KRUGMAN

Porqué la epidemia de coronavirus puede ser más grave en Estados Unidos debido a la política del presidente Donald Trump.

NUEVA YORK – Como docente, siempre busco “momentos pedagógicamente aprovechables”: hechos de actualidad que ejemplifiquen y refuercen los principios que enseño en mis clases. Y no hay nada como una pandemia para centrar la atención en lo que verdaderamente importa.

9 mar 2020.- La crisis del COVID-19 es rica en enseñanzas, en especial para los Estados Unidos. Una conclusión es que los virus no tienen pasaporte; de hecho, no respetan en absoluto las fronteras nacionales –ni la retórica nacionalista-. En este mundo estrechamente integrado, una enfermedad contagiosa que se origine en un país puede volverse global y lo hará.

La propagación de las enfermedades es uno de los efectos secundarios negativos de la globalización. Siempre que surgen estas crisis transfronterizas, exigen una respuesta global y colaborativa, como en el caso del cambio climático. Al igual que los virus, las emisiones de gases de efecto invernadero causan estragos y ocasionan costos enormes a los países de todo el mundo a través de los daños causados por el calentamiento global y los acontecimientos meteorológicos extremos relacionados con él.

Una mujer con barbijo frente a la Casa Blanca, en Washington, este lunes. EFE/EPA/ERIK S. LESSER

Ninguna administración presidencial estadounidense ha hecho más para debilitar la cooperación mundial y el papel del gobierno que la de Donald Trump. Y, sin embargo, cuando enfrentamos crisis como una epidemia o un huracán, recurrimos al gobierno, porque sabemos que tales acontecimientos requieren acción colectiva. No podemos arreglarnos solos ni depender del sector privado. Con demasiada frecuencia, las empresas que buscan maximizar sus ganancias consideran que las crisis son oportunidades para aumentar los precios, como ya es evidente en el alza del precio de los barbijos.

Lamentablemente, desde la presidencia de Ronald Reagan, el mantra en los EE.UU. ha sido que “el gobierno no es la solución a nuestro problema, el gobierno es el problema”. Tomar esa panacea en serio es un callejón sin salida, pero Trump se ha internado más en él que cualquier otro dirigente político estadounidense de que se tenga memoria.

En el corazón de la respuesta estadounidense a la crisis del COVID-19 se halla una de las instituciones científicas más respetadas del país, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por las siglas en inglés), que tradicionalmente están dotados de profesionales comprometidos, informados y altamente capacitados. A Trump, el máximo ejemplo del político que no sabe nada, estos expertos le plantean un problema grave porque lo contradicen cada vez que trata de inventar datos para beneficiar sus propios intereses.

La fe puede ayudarnos a hacer frente a las muertes que causa una epidemia pero no reemplaza el conocimiento médico y científico. La fuerza de voluntad y las oraciones no sirvieron para contener la Peste Negra en la Edad Media. Afortunadamente, la humanidad ha logrado notables avances científicos desde entonces. Cuando apareció la cepa COVID-19, los científicos rápidamente pudieron analizarla, someterla a análisis, rastrear sus mutaciones y comenzar a trabajar en una vacuna. Si bien todavía queda mucho por aprender sobre el nuevo coronavirus y sus efectos en los seres humanos, sin la ciencia, estaríamos totalmente a su merced y ya habría sobrevenido el pánico.

La investigación científica necesita recursos. Pero la mayor parte de los mayores avances científicos de los últimos años han costado centavos en comparación con la generosidad otorgada a nuestras compañías más ricas por Trump y las rebajas de impuestos de 2017 dispuestas por los legisladores republicanos. De hecho, nuestras inversiones en ciencia también palidecen en comparación con los costos que probablemente tenga la última epidemia para la economía, para no hablar del valor perdido en los mercados de valores.

No obstante, como señala Linda Bilmes de la Escuela Kennedy de Harvard, la administración Trump ha propuesto recortes en el financiamiento de los CDC año tras año (10% en 2018, 19% en 2019). A comienzos de año, Trump, con el peor sentido de la oportunidad imaginable, reclamó una rebaja de 20% del gasto en programas para combatir las enfermedades infecciosas y las zoonosis emergentes (es decir, los patógenos como los coronavirus, que se originan en los animales y saltan a los seres humanos). Y en 2018, eliminó la Dirección de Seguridad Sanitaria y biodefensa global del Consejo Nacional de Seguridad.

Como no es de extrañar, el gobierno ha demostrado estar mal preparado para enfrentar el brote. Aunque el COVID-19 alcanzó proporciones de epidemia hace semanas, EE.UU. tiene una capacidad de análisis insuficiente (incluso frente a un país mucho más pobre como Corea del Sur) y procedimientos y protocolos inadecuados para tratar a los viajeros potencialmente expuestos que regresan del exterior.

Esta respuesta deficiente debería servir de nuevo recordatorio de que más vale prevenir que curar. Pero la panacea universal de Trump para cualquier amenaza económica es simplemente pedir más flexibilización de la política monetaria y reducciones de impuestos (habitualmente para los ricos), como si rebajar las tasas de interés fuera todo lo que se necesitara para generar otro boom del mercado de valores.

Este tratamiento de curandero tiene aún menos probabilidades de surtir efecto ahora que en 2017, cuando las rebajas de impuestos crearon un auge económico de corto plazo que ya se había diluido cuando ingresamos a 2020. En tanto muchas empresas estadounidenses podrían sufrir trastornos en la cadena de suministro, es difícil imaginar que repentinamente decidan encarar grandes inversiones sólo porque las tasas de interés bajaron 50 puntos básicos (suponiendo que los bancos comerciales trasladen esas rebajas en primer lugar).

Lo que es peor, puede que los costos totales de la epidemia para los EE.UU. no se hayan producido aún, en particular si no se contiene el virus. Al no tener licencia por enfermedad con goce de sueldo, muchos trabajadores infectados que ya tienen dificultades para llegar a fin de mes se presentarán a trabajar de todos modos. Y a falta de un seguro de salud adecuado, serán reacios a someterse a análisis y tratamientos, por temor a tener que pagar gastos médicos siderales. La cantidad de estadounidenses vulnerables no debería subestimarse. Bajo el gobierno de Trump, las tasas de morbilidad y mortalidad están subiendo y unos 37 millones de personas regularmente se enfrentan al hambre.

Todos estos riesgos aumentarán si se genera pánico. Para prevenirlo hace falta confianza, particularmente en aquellos encargados de informar al público y responder a la crisis. Pero Trump y el Partido Republicano vienen sembrando desconfianza en el gobierno, la ciencia y los medios desde hace años, al tiempo que dan vía libre a gigantes de los medios sociales ávidos de ganancias como Facebook, que a sabiendas permite que su plataforma se use para difundir desinformación. La perversa ironía es que la torpe respuesta de la administración Trump debilitará la confianza en el gobierno aún más.

Estados Unidos debería haber comenzado a prepararse para los riesgos de pandemia y cambio climático hace años. Sólo una gobernanza basada en principios científicos sólidos puede protegernos de tales crisis. Ahora que ambas amenazas se ciernen sobre nosotros, uno espera que todavía queden en el gobierno suficientes funcionarios públicos y científicos comprometidos para protegernos de Trump y sus incompetentes amigos.

https://www.clarin.com/opinion/asolados-trumpismo_0_RZ8PQ29W.html

20.23.-«Con ambas manos, Xi Jinping vota a Donald Trump» ALAIN FRACHON

Incluso si está llevando a cabo una campaña histéricamente anti-china, el Partido Comunista desea la victoria del presidente estadounidense, porque tiene dos cualidades principales: inconsistencia e incompetencia.

Donald Trump y Xi Jinping, en Beijing, 9 de noviembre de 2017. DAMIR SAGOLJ / REUTERS

Crónico. Es casi una tradición del partido comunista chino: votamos republicano en las elecciones estadounidenses. No solo para honrar la memoria del presidente Richard Nixon (1913-1994) que normalizó las relaciones de los Estados Unidos con China de Mao. No solo porque los republicanos tradicionalmente han tomado menos lecciones que los demócratas en materia de derechos humanos. Serían más realistas en la política exterior en general, pero también y, sobre todo, más cerca de los «grandes negocios», dos consideraciones que deleitan a los comunistas chinos.

2 jul 2020.- Será el mismo nuevamente el martes 3 de noviembre de 2020. El PCCh desea la victoria del presidente saliente. Con ambas manos, Xi Jinping vota por Donald Trump. Ciertamente, él es el primer presidente estadounidense en librar una guerra comercial contra China. Su predecesor, el demócrata Barack Obama, quería «contener» la expansión de la segunda potencia mundial. Trump lo enfrenta de frente, con aranceles, denunciando, entre otras cosas, las costumbres comerciales injustas de China y su comportamiento como pirata digital.

Pero, aparte del hecho de que esta actitud de confrontación con China es en gran medida bipartidista en Washington, compartida tanto por demócratas como por republicanos, la forma de Trump no ha aportado mucho a los Estados Unidos. Los chinos respondieron golpe por golpe, tarifa por tarifa. Washington y Beijing, cada uno en un entorno económico difícil, tuvieron que concluir un alto el fuego temporal en enero. Es cierto que, nuevamente, Trump y su campamento han optado por llevar a cabo una campaña histéricamente anti-china: todo es culpa de Beijing, comenzando con la crisis debido al nuevo coronavirus acusado de haber pesado la economía estadounidense cuyo dinamismo fue el principal argumento electoral. Del republicano Trump.

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«Los chinos manipularon a los estadounidenses»

Pero, a los ojos de los chinos, el presidente saliente tiene dos cualidades principales: inconsistencia e incompetencia. Al recibir a Trump en noviembre de 2017 en Beijing, en el esplendor imperial y con atenciones especiales, Xi Jinping trabajó con su interlocutor en el punto más sensible: el ego, un gran ego. Un ego que atrofia la inteligencia y sofoca la vigilancia, un ego que floreció en Beijing como una flor de loto en una de las zonas acuáticas de la Ciudad Prohibida. «Los chinos han manipulado a los estadounidenses», dice un observador. Xi halagó a Trump, que no se ha recuperado y parece dedicar eterna gratitud al Hijo del Cielo, el emperador de la tradición china.

A pesar de que su administración estaba reduciendo los aranceles contra China, el presidente pareció dudar. Continuó hablando de Xi en términos brillantes: «el presidente más grande en la historia de China». Quería ahorrarle a su homólogo pekinés: ni una palabra sobre la cuestión de los derechos humanos. Según John Bolton, su ex asesor de la Casa Blanca, aprobó la política de internar a cientos de miles de musulmanes uigures en China.

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En 1990, ya le había dicho a la revista Playboy que apreciaba la exhibición del «poder de la fuerza» por parte de las autoridades chinas durante la represión, en la primavera de 1989, de las protestas en favor de la democracia en la Plaza Tiananmen en Beijing, que causó cientos de muertes. En el Beijing de Xi Jinping, seguramente acogemos con satisfacción el hecho de que el líder de la democracia occidental más grande muestra tanto respeto por la autocracia política. ¿Cómo se dice «respeto» en mandarín?

Pero Trump tiene otra ventaja para Pekín: el estadounidense lidera la política china de Estados Unidos solo. Desprecia, desprecia o denigra a sus aliados, tanto en Europa como en Asia. El presidente de Joe Biden haría todo lo contrario. Al definir y aplicar una política de negociaciones difíciles con China, el demócrata buscaría apoyo. Zhou Xiaoming, ex miembro del equipo de negociación comercial chino y que ahora representa a su país en Ginebra, confió recientemente a la agencia Bloomberg: «Si se elige a Biden, creo que sería más peligroso [que Trump] para el China porque trabajará con aliados de Estados Unidos, mientras que Trump destruyó sus alianzas « (citado en el New York Times del 25 de junio).

Retórica simplista

«Trump es un regalo del cielo para China «, confió Chris Patten, el último gobernador británico de Hong Kong, a nuestro colega Le Point. En lugar de ser un frente con otras democracias liberales, Trump atacar a sus aliados en el nombre de una vista proteccionista y m ercantile. «En su rechazo al multilateralismo, Trump ha despojado al sistema de la ONU que China se apresuró a adoptar para ocupar los primeros lugares. Biden no le daría a los chinos el regalo de abandonar la Organización Mundial de la Salud en medio de una crisis de coronavirus.

China atraviesa una de las fases económicas más difíciles de su historia reciente y el PCCh ha impuesto un autoritarismo incomparable en la sociedad china desde Mao. Nuevamente, Trump es un «aliado objetivo». Sus palabras sobre la lucha contra China, la agresividad anti-china de la campaña republicana, toda esta retórica simplista justifica, a cambio, el discurso chino sobre la hostilidad occidental contra el renacimiento del Imperio Medio.

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Trump sirve propaganda del partido. Al degradar la democracia estadounidense, convierte al molino ideológico chino. En la batalla que Pekín está librando para denigrar la democracia liberal y legitimar la autocracia política, la América de Trump es un activo importante: un sistema de atención médica fallido, una división racial que todavía está abierta y, a menudo, bloquea las instituciones políticas. El promotor de Nueva York es el candidato natural del PCCh que con gusto cantaría el eslogan de los «Trumpistas»: «cuatro años más».

https://www.lemonde.fr/idees/article/2020/07/02/des-deux-mains-xi-jinping-vote-donald-trump_6044892_3232.html 

20.23.-El virus de Trump crece, y su economía se estanca PAUL KRUGMAN

Los cuatro próximos meses van a ser muy feos. Millones de estadounidenses perderán su salvavidas económico

Donald Trump insiste en que el coronavirus pasará. DOUG MILLS / AFP

Hace poco más de dos semanas, The Wall Street Journal publicaba una tribuna de opinión del vicepresidente Mike Pence titulada “No hay ‘segunda ola’ de coronavirus”. Se suponía que el artículo levantaría el ánimo al país. Pero fue, más bien, un claro ejemplo de los delirios y el pensamiento mágico que han caracterizado cada paso de la respuesta del Gobierno de Trump a la covid-19, que ha provocado un desastre político de proporciones épicas.

3 jul 2020.- Pongámoslo así: a estas alturas, según los funcionarios y los sicofantes de Trump, supuestamente estaríamos viendo una pandemia en retroceso y una recuperación espectacular. Lo que tenemos, en cambio, es una recuperación en retroceso y una pandemia espectacular. Acerca de la pandemia: el artículo de Pence declaraba alegremente que “los casos se han estabilizado”, con una cifra media diaria de solo 20.000 contagiados. Incluso esa cifra, por cierto, era cinco veces mayor que la de la UE, que tiene un tercio más de población que Estados Unidos. Desde entonces, los nuevos contagios se han disparado, y el miércoles superaban los 50.000 según algunos cálculos.

De hecho, en estos momentos, Arizona, con siete millones de habitantes, declara tantos casos nuevos al día como toda la UE, con 446 millones. Algunos partidarios de Trump siguen intentando borrar de la mente ese aumento de los contagios porque consideran que es una fábula creada por la realización de más pruebas. Pero no lo es. Los casos han aumentado mucho más que las pruebas. Las hospitalizaciones se han disparado en Arizona y Texas, que son el epicentro del nuevo pico; en ambos estados, los hospitales están en modo crisis. (Florida, que probablemente esté en la misma situación, no ha publicado datos de hospitalizaciones).

La única noticia ligeramente buena es que las muertes por coronavirus siguen disminuyendo, en parte porque la nueva ola de infecciones está golpeando a personas más jóvenes que la primera, y en parte quizá porque los médicos tienen más práctica a la hora de tratar la enfermedad. Pero la covid-19 puede ser debilitante y causar secuelas duraderas, aunque no mate. Además, las muertes son un indicador desfasado. En Arizona, donde la subida de casos comenzó unas dos semanas antes que en el resto del Cinturón del Sol, los fallecimientos están aumentando.

El caso es que el repunte de la covid-19 era completamente predecible, y se predijo. Cuando Donald Trump declaró que iniciaríamos una “transición hacia la grandeza” —es decir, que nos apresuraríamos a reabrir la economía a pesar de que la pandemia seguía descontrolada— los epidemiólogos advirtieron de que esto podría desencadenar una nueva oleada de infecciones. Y acertaron. Y los economistas advirtieron de que, si bien relajar el distanciamiento social conduciría a un breve periodo de crecimiento del empleo, estas mejoras serían de corta duración, que la reapertura prematura sería contraproducente incluso en lo relativo a la economía. Y acertaron también.

No nos dejemos engañar por el elevado número de puestos de trabajo en el informe de empleo del martes; se trata de una cifra que sigue dejándonos con casi 15 millones de puestos de trabajo menos que en febrero. El informe era una instantánea de la economía durante el “periodo de referencia”, básicamente la segunda semana de junio. De modo que nos cuenta lo que estaba ocurriendo antes de que el repunte de la covid-19 se hiciera evidente. No tenemos datos oficiales sobre lo que ha ocurrido desde entonces, pero diversos indicadores en tiempo real muestran que la recuperación se ha estancado o incluso retrocedido. Efectivamente, las cosas empezaron a estropearse antes de que los estados decidieran revocar algunas de las medidas de desescalada. Es lo que tiene el miedo a la infección: mucha gente evita salir, independientemente de lo que digan sus gobernadores.

En consecuencia, el desempleo sigue por encima del 10%, y probablemente no mejore demasiado en mucho tiempo.

Ahora bien, no existe correspondencia directa entre el empleo y la expansión de la pandemia. Si todos hubiéramos llevado mascarillas y evitado políticas estúpidas como reabrir bares y reanudar las reuniones en espacios cerrados, probablemente habríamos registrado un aumento considerable del empleo sin que las infecciones se disparasen. Pero no lo hicimos, principalmente porque Trump y los gobernadores republicanos se negaron a tomar medidas sensatas. Y tampoco podemos pulsar sin más la tecla de reinicio. Las actividades que podríamos haber retomado con seguridad hace dos meses, cuando las tasas de infección de covid-19 eran bajas, han dejado de ser seguras dada la prevalencia mucho más elevada de ahora. Es decir, estamos en peor situación, incluso desde el punto de vista económico, de lo que habríamos estado si Trump y sus aliados se hubieran tomado la pandemia en serio antes.

El aspecto realmente aterrador de nuestra situación actual es que Trump y su gente no parecen haber aprendido nada de su debacle del coronavirus. El miércoles pasado Trump insistía, como lleva haciéndolo en todas las fases de la pandemia, en que el coronavirus “desaparecerá sin más”. Y los trumpistas siguen presumiendo de las cifras de empleo de junio, sin darse cuenta, por lo visto, de que están desfasadas y de que la situación probablemente haya empeorado en las últimas semanas.

Lo triste, aterrador incluso, es que los delirios de éxito trumpianos nos van a salir muy caros al resto de nosotros. Deberíamos estar dejándonos la piel para controlar los contagios de covid-19 y asegurarnos de que los estadounidenses siguen recibiendo toda la ayuda económica que necesiten. En realidad, no es probable que ocurra ninguna de las dos cosas. Las infecciones y las hospitalizaciones se dispararán aún más, y millones de estadounidenses perderán unos salvavidas económicos cruciales en pocas semanas. Los próximos cuatro meses van a ser muy, muy feos. 

https://elpais.com/economia/2020-07-03/el-virus-de-trump-crece-y-su-economia-se-estanca.html?event_log=oklogin&o=CABEP&prod=REG

20.22.-El fracaso ante la covid-19 es de los republicanos, no de Estados Unidos  PAUL KRUGMAN

La pandemia es como el cambio climático: no es el tipo de amenaza que el partido de Trump quiera reconocer

Un camarero sirve bebidas en un bar en Austin, Texas, en mayo. El aumento de casos obligó a las autoridades a cerrar los locales el pasado viernes. SERGIO FLORES / AFP

Hace unos meses, buena parte de Estados Unidos soportaba el infierno de luchar contra la covid-19. A estas alturas han muerto más de 120.000 estadounidenses; más de 20 millones han perdido su empleo.

26 ju2020.- Pero parece que todos esos sacrificios han sido en vano. Nunca hemos tenido realmente el coronavirus bajo control, y ahora, los contagios, aunque han caído a un nivel bastante bajo en la zona de Nueva York, el epicentro original de la pandemia, están aumentando en buena parte del país.

Y la mala noticia no se debe solo al aumento de las pruebas de detección. En los nuevos lugares más afectados, como Arizona —donde la capacidad de hacer pruebas se está viendo superada— y Houston, el porcentaje de pruebas que sale positivo se está disparando, lo que demuestra que la enfermedad se expande con rapidez.

No tenía por qué ser así. La Unión Europea, una zona enormemente diversa y con más población que Estados Unidos, ha tenido mucho más éxito a la hora de limitar la propagación de la covid-19 que nosotros. ¿Qué ha ido mal?

La respuesta inmediata es que muchos Estados hicieron caso omiso de las advertencias de los expertos sanitarios y se apresuraron a reabrir su economía, y demasiada gente incumplió las reglas de precaución básicas, como llevar mascarillas y evitar las aglomeraciones. ¿Pero a qué se debe tamaña insensatez?

Bueno, yo sigo viendo declaraciones de que los estadounidenses han sido demasiado impacientes para mantener el rumbo, demasiado reacios a actuar con responsabilidad. Pero son declaraciones sumamente engañosas, porque evitan afrontar la esencia del problema. No son los estadounidenses los que han suspendido la prueba de la covid-19, sino los republicanos.

Después de todo, el noreste del país, con una mayoría de gobernadores demócratas ha sido debidamente cauto con la reapertura, y sus cifras se parecen a las de Europa. California y Washington son estados demócratas que están experimentando un aumento de casos, pero partían de una base relativamente baja, y sus gobernadores demócratas están tomando medidas como exigir el uso de mascarillas y parecen dispuestos a dar marcha atrás a la desescalada.

De modo que las malas noticias proceden de los Estados controlados por los republicanos, en especial Arizona, Florida y Texas, que se apresuraron a desescalar y, aunque algunos están ahora aminorando el ritmo, no han dado marcha atrás. Si el noreste se parece a Europa, el sur empieza a parecerse a Brasil.

Y no son solo los gobernadores y las legislaturas estatales republicanos. Según el sondeo llevado a cabo conjuntamente por The New York Times y el Siena College, los votantes en general están a favor de dar prioridad al control de la pandemia sobre la reapertura de la economía, pero los votantes republicanos, presumiblemente siguiendo el ejemplo de la Casa Blanca y Fox News, adoptan la posición contraria.

Y no se trata solo de decisiones políticas. El partidismo parece estar guiando también la conducta individual, de modo que es significativamente más probable que los que se declaran demócratas lleven mascarilla y practiquen el distanciamiento social que los que se declaran republicanos. Por tanto, la cuestión no es por qué “Estados Unidos” no ha logrado enfrentarse con eficacia a la pandemia, sino por qué el Partido Republicano se ha aliado de hecho con el coronavirus.

Parte de la respuesta es la política a corto plazo. A principios de este año, el mensaje para la reelección de Donald Trump se basaba en el triunfalismo económico: el desempleo se mantenía bajo, las Bolsas subían, y el presidente contaba con que las buenas cifras lo auparan en noviembre. Trump y sus funcionarios perdieron semanas cruciales negándose a reconocer la amenaza viral porque no querían oír ninguna noticia mala. Y presionaron para que se produjera una apertura prematura, porque querían que las cosas volvieran a verse como en febrero. De hecho, hace solo unos días los mismos funcionarios de Trump salieron a descartar los riesgos de que se produzca una segunda oleada.

Me atrevería a insinuar que la negación del coronavirus por parte de los republicanos va más allá de Trump y sus perspectivas electorales. El aspecto clave, diría yo, es que la covid-19 es como el cambio climático: no es un tipo de amenaza que el partido quiera reconocer.

No es que la derecha sea reacia al alarmismo. Pero no quiere que le tengamos miedo a amenazas impersonales que requieren una respuesta política efectiva, por no hablar de incomodidades como llevar mascarilla; quiere que tengamos miedo de personas a las que podamos odiar, personas de unas razas distintas o arrogantes progresistas.

De modo que en lugar de afrontar la covid-19, los líderes republicanos y los medios de derechas han intentado convertir la pandemia en el tipo de amenaza del que quieren hablar. Es la “kung flu” [juego de palabras entre Kung Fu y “flu”, gripe en inglés] que nos han endilgado los malignos chinos. O una farsa perpetrada por el “Estado Profundo médico” contra Trump.

La buena noticia es que la política de negación del virus no parece funcionar. Esto se debe, en parte, a que el racismo no está cumpliendo su papel como antes: los manifestantes del movimiento Black Lives Matter [Las vidas negras importan] han recibido un amplio respaldo por parte de los ciudadanos, a pesar de los esfuerzos de los sospechosos de rigor por presentarlos como hordas furiosas. Y también se debe, en parte, a que el aumento de los contagios se está volviendo demasiado evidente como para negarlo. La mala noticia es que ese partidismo ha paralizado nuestra respuesta a la covid-19. El virus está ganando, y todo indica que los próximos meses serán una aterradora pesadilla de enfermedad y turbulencia económica rampantes

https://elpais.com/economia/2020-06-26/el-fracaso-ante-la-covid-19-es-de-los-republicanos-no-de-estados-unidos.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART

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 No es fácil ser un socialista estadounidense en estos días, a pesar del hecho de que el senador por Vermont, Bernie Sanders, construyó un movimiento multitudinario en torno a ideas que hemos defendido durante mucho tiempo, estamos ahora confrontados como potenciales saboteadores [spoilers] en las elecciones de noviembre.

13 jun 2020.- Los progresistas de toda la vida, incluyendo a más de sesenta veteranos de la organización radical Students for a Democratic Society de los años 60, describen a los socialistas —en particular, a los jóvenes socialistas— como unos pocos privilegiados que no sólo rechazan a Joe Biden sino que están incluso ansiosos por verlo perder, sin preocuparse y sin verse afectados por otros cuatro años del presidente Donald Trump.

En las más generosas de estas narrativas, somos naives bienintencionados que hemos fallado a la hora de ajustar nuestras perspectivas radicales a las necesidades pragmáticas requeridas para conseguir un cambio político en los Estados Unidos. Esta es la narrativa atemporal de la impetuosidad juvenil. Es también un retrato sesgado de lo que la mayoría de los socialistas democráticos están haciendo hoy en día.

El reducido pero renaciente movimiento socialista en este país está desarrollando un enfoque político capaz de hablarle a millones de americanos alienados. Al igual que los liberales de centro-izquierda y los progresistas, durante las próximas elecciones presidenciales y más allá de estas, nuestro objetivo es el de derrotar al populismo de derecha. La diferencia es que nosotros rechazamos hacerlo en los términos centristas que, en nuestra opinión, ayudaron a crearlo en un primer momento.

Lograr un equilibrio entre estos imperativos será delicado. Michael Harrington, fundador de Democratic Socialists of America, solía decir que los radicales tenían que caminar por una peligrosa cuerda floja: corrían el riesgo de caer en el abismo de la política convencional, o bien, de caer en la irrelevancia sectaria.

Ninguna de estas dos opciones parecía ser un peligro hace unos meses. Los socialistas democráticos cargaban con ambas, un espíritu radical y legiones de partidarios que parecían encaminarse hacia la Casa Blanca. La campaña de Bernie Sanders se apuntó algunos éxitos tempranos en la carrera por las primarias Demócratas y señalaba la llegada de una nueva coalición en la política americana –jóvenes, clase trabajadora y comprometida con las políticas igualitarias como el Medicare for All, impuestos más altos a la riqueza e iniciativas para la conciliación familiar.

“Tras el estallido de Nevadaahora es el Partido de Bernie”, rezaba el titular que escribí para Jacobin —la revista que edito— después de su victoria de febrero en el caucus estatal. Todos sabemos lo que vendría después. Los líderes moderados dentro del Partido Demócrata junto a millones de votantes convencionales se congregaron en torno a Joe Biden.

Buena parte del programa de Sanders contaba con el apoyo de la mayoría de los americanos, pero la coalición que sostenía la campaña era más estrecha de lo que pensábamos. A pesar de la fortaleza del senador por Vermont, todavía sigue siendo el partido del presidente Barack Obama. Al menos por ahora.

El mes pasado, Sanders quedó fuera de la carrera y respaldó la candidatura de Biden. Para los socialistas democráticos lo que por un momento parecía una vía directa hacia el poder se ha transformado una vez más en la tan conocida cuerda floja.

De acuerdo con algunos observadores progresistas, nuestros próximos pasos deberían ser simples. Donald Trump es la amenaza fundamental para los Estados Unidos y todo aquel que rechace votar por Biden permanecerá indiferente al sufrimiento de millones. Una izquierda socialista no puede aislarse a sí misma de un movimiento progresista más amplioy disputar por el poder en una primaria demócrata significa respetar los resultados de esta primaria del mismo modo en que lo ha hecho Bernie Sanders.

La mayoría de los seguidores de Bernie Sanders [Bernicrats] coinciden con esta lógica: el 88% de aquellos que votaron por Sanders en 2016 acabaron votando por la candidata demócrata, Hillary Clinton, en la elección general, y no hay ninguna razón para que esto no se repita este otoño. Pero los izquierdistas pertenecientes a organizaciones como Democratics Socialists of America se enfrentan a un dilema aún más complejo. No están simplemente resolviendo cómo votar a nivel individual, sino que están ponderando cómo usar recursos institucionales finitos para construir las alternativas políticas del futuro.

La mayor parte de los socialistas tienen claro que Trump supone una amenaza para la mayoría de los estadounidenses, sembrando divisiones entre los trabajadores y combinando la retórica populista con políticas que no hacen sino enriquecer aún más a sus poderosos amigos. No es extraño escuchar a jóvenes izquierdistas señalando que el Partido Republicano es la mayor amenaza para el progreso de los Estados Unidos.

Comparto la creencia de que teniendo a Joe Biden en la Casa Blanca el daño para la mayoría de los trabajadores sería menor que el que supondrían otros cuatro años de Donald Trump. Biden se aparta de aquellos progresistas, del ala más laborista [labor-oriented] del partidopero cada persona pobre y trabajadora en América, así como cada socialista, estaría mejor chocando sus cabezas con una Casa Blanca repleta de demócratas moderados antes que con una llena de hombres designados por Trump.

Pero esto no significa que los socialistas deban alinearse detrás de Biden. Hay un ambiente anti-establishment creciendo en este país, y no solamente entre los socialistas; millones de votantes desconfían de las políticas convencionales y están hartos de elegir entre dos partidos atrapados por las élites corporativas. Bernie Sanders representaba una alternativa real para muchos de ellos, pero Joe Biden no. Y están frustrados por la falta de reconocimiento: tanto en 2016 como en 2020, los finalistas derrotados en las primarias demócratas fueron los socialistas democráticos, pero teniendo en cuenta la falta de concesiones a las bases, nadie lo diría.

El ex-vicepresidente prometió a las grandes fortunas que “nada va a cambiar en lo fundamental” y parece asumir firmemente la premisa de que tocar lo menos posible es la mejor manera de unificar el voto anti-Trump. Manteniendo la línea estratégica que rige el Partido Demócrata desde 2016, Biden pretende conquistar el voto moderado de las clases profesionales de las zonas residenciales; parece, en cambio, mucho menos interesado en conquistar a los trabajadores cuyo nivel de vida ha empeorado durante las últimas décadas.

Esto podría estar bien como un cálculo electoral contra un presidente impopular, pero se adapta torpemente al coro de expertos que están intentando articular una organización socialista de 60.000 miembros detrás de una campaña moderada sin brillo. Los emisarios enviados por Biden a la izquierda han vuelto con pocas zanahorias, y todos sabemos qué tipo de palos seguirán. El centro está ya preparando un chivo expiatorio adecuado para el caso de que Biden finalmente fracase. Nosotros somos, al mismo tiempo, demasiado marginales para sentarnos en la mesa de discusión y lo bastante poderosos como para decantar una elección presidencial.

Semejante ruido aparta la atención del verdadero trabajo que las distintas secciones de Democratics Socialist of America están realizando a lo largo y ancho del país durante este ciclo electoral. Más allá de los estereotipos, no estamos impulsando a un tercer candidato o ansiosos por ver la reelección de Trump. Más bien estamos haciendo campaña por demandas fundamentales como el Medicare for All, protegiendo el U.S. Portal Service de la destrucción bipartidista, organizando a los trabajadores esenciales para luchar por mejores salarios y condiciones durante la crisis del Coronavirus y respaldando a candidatos locales [downballot candidates]que se encuentran disputando en las listas demócratas.

Este es el tipo de actividades que, de tener éxito, elevarán la participación y recordarán a millones que la política puede mejorar sus vidas. Lejos del voluble sectarismo, esta es una estrategia pragmática. Estados Unidos tiene un sistema político que penaliza la aparición de terceros partidos, por eso grupos como D. S. A. (Democratic Socialists of America) no tratan inútilmente de construir una candidatura independiente.

A la vez, reconocemos cuán impopulares son ambos partidos. En lugar de presentar a un candidato testimonial [spoiler] o permitir que la representación del malestar de las masas en relación con las instituciones políticas sea monopolizada por el populismo de derechas, los socialistas están construyendo pacientemente los pilares para las reformas en favor de los trabajadores que este país necesita urgentemente.

Esto es lo que caminar en la cuerda floja, y estar seguros de dirigirnos a algún lado, significa hoy.

20.21.-El «día de la emancipación» de los últimos esclavos en los Estados Unidos. Es el tono único del Juneteenth.

Muchos eventos están programados para el viernes para conmemorar la liberación de los últimos esclavos en Texas el 19 de junio de 1865.

JOE RAEDLE / AFP

Las protestas antirracistas en todos los Estados Unidos, la denuncia de la violencia policial… el contexto en el que tienen lugar las conmemoraciones de la emancipación de esclavos al otro lado del Atlántico, el viernes 19 de junio, les da un tono sin precedentes, en ciento cincuenta y cinco años de ‘existencia.

19 jun 2020.- En los últimos meses, varias tragedias han obligado al país a examinar su conciencia sobre la discriminación sufrida por los miembros de la comunidad negra, sobre el racismo que ha marcado su pasado y aún impregna a la sociedad. Entre ellos: la muerte de George Floyd, un afroamericano de 46 años, asfixiado por un oficial de policía blanco durante su arresto el 25 de mayo en Minneapolis, Minnesota, que causó una onda de choque y manifestaciones en todo el mundo. .

En este paso, se espera que miles de personas, viernes, durante las manifestaciones Juneteenth – contracción de junio y 19 e -, planifican desde Nueva York a Los Ángeles (California).

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·         ¿Qué conmemoramos durante el diecinueve de junio?

La rendición del jefe del ejército confederado, Robert Lee, y, por lo tanto, el final de la Guerra Civil estadounidense, se llevó a cabo el 9 de abril de 1865. Sin embargo, la llegada de las tropas de la Unión, más de dos meses después, para que los esclavos de Galveston (Texas) supieran que ahora eran libres. Texas, que era parte de la Confederación (los Estados Confederados), fue el último estado en liberar a sus esclavos. Es el recuerdo de esta fecha, 19 de junio de 1865, que fue bautizada «Juneteenth».

Contrariamente a la creencia popular, este día no marca la abolición de la esclavitud. Presidente Abraham Lincoln tenía, de hecho, liberó a los esclavos de la servidumbre de dos y medio atrás, firma, el 1er  de enero de 1863, el Proclamación de Emancipación.

«Hasta donde Juneteenth representa la libertad, también representa cómo la emancipación se retrasó trágicamente a las personas esclavizadas en las profundidades de la Confederación», insiste el medio en línea estadounidense Vox .

Con el tiempo, el 19 de junio se ha denominado Día de la Emancipación, Día del Jubileo, Día Nacional de la Libertad o Día de la Independencia Negra. Sin embargo, Vox señala que, a pesar de estos múltiples apodos, muchos estadounidenses lo desconocían, al menos hasta este año.

De hecho, Juneteenth ha tenido dificultades para establecerse en los Estados Unidos, especialmente en lo que otras fechas celebran la emancipación: el 1er enero para la entrada en vigor de la Proclamación emancipación o 4 de julio, el día en que se firmó la Declaración de Independencia en 1776. Además, durante la Primera Guerra Mundial, algunos individuos consideraron a Juneteenth como antiamericano, antipatriótico y avergonzado «porque llamó la atención sobre un período oscuro en la historia de los Estados Unidos «, según los autores del artículo académico» When Peace Come: Teaching the Significance of Juneteenth» .

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·         ¿Es feriado público?

Soling Ellis, de 7 años, espera el inicio de una Caminata de Awarness del 16 de junio contra la desigualdad racial en Boston, Massachusetts, el 18 de junio. BRIAN SNYDER / REUTERS

Los negros recién liberados celebraron el primer diecinueve de junio de 1866. Un siglo y medio después, todavía no se enseña en la mayoría de las escuelas. Del mismo modo, no es un feriado federal ni un día nacional de recuerdo, a pesar de las décadas de presión de los activistas .

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En 2012, la senadora republicana de Texas Kay Bailey Hutchison abogó por el establecimiento de un día nacional de conmemoración, como el dedicado a la bandera (14 de junio). Y después del asesinato de George Floyd, el senador Jon Cornyn, también republicano y nativo de Texas, presentó una propuesta federal de vacaciones.

Texas fue el primer estado en declarar el 19 de junio como feriado oficial en 1980. En 2020, Washington (Distrito de Columbia) y casi todos los estados reconocen esta fecha, pero pocos le han dado el estatus de Día feriado. Según Forbes, solo tres estados no consideran el día diecinueve como festivo: Hawai, Dakota del Norte y Dakota del Sur.

Varias ciudades han decidido, en su escala, reconocer específicamente esta fecha. Este es el caso de Filadelfia (Pensilvania), que alberga uno de los desfiles más grandes del país y recientemente adoptó un decreto que designa el día diecinueve como día festivo desde 2020 .

Además, muchas compañías han anunciado que honrarán o reconocerán el 19 de junio como un feriado pagado para sus empleados este año, como un signo de apoyo para la comunidad negra, detalla NBC, que lo enumera. Entre ellos, el proveedor de equipos deportivos Nike, la National American Football League (NFL) o incluso Twitter.

·         ¿Cómo se celebra este día?

«Juneteenth» marca la celebración de la emancipación de esclavos hace más de un siglo y medio. Aparece un arcoíris detrás del Lincoln Memorial en Washington, el 19 de junio de 2020. JONATHAN ERNST / REUTERS

El día diecinueve se celebra principalmente en reuniones familiares, así como en misas. Conmemoraciones se han olvidado en el principio del XX ° siglo, antes de que vuelvan a aparecer después del movimiento por los derechos civiles en los años 1950 y 1960.

“Para algunos [celebrando el diecinueve de junio] , es tener una barbacoa, disparar fuegos artificiales, reunirse alrededor de una comida y beber bebidas rojas, una tradición que simboliza la perseverancia y honra la sangre derramada por la gente afro -Americanos. Para otros, solo se trata de comprar en tiendas de propiedad de negros, compartir la historia o descansar en casa. Este año, algunos se reunirán en línea para chats de video en vivo, lo que se ha convertido en la norma frente a la pandemia [Covid-19] , detalla el  New York Times . El Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericana, por ejemplo, tiene un día virtual especial en su sitio .

El 19 de junio de 2020 también estará marcado por numerosos desfiles y conmemoraciones en las ciudades del país. Mientras que el movimiento Black Lives Matter convocó a huelgas generales de trabajadores y marchas contra la brutalidad policial y el racismo.

El 19 de junio de 2020 se desató un monumento confederado en Decatur, al noreste de Atlanta (Georgia), Estados Unidos. Cientos de personas aplaudieron a los equipos que trabajaban para mover el monumento. CHANDAN KHANNA / AFP

En varias ciudades, como Houston (Texas) o Atlanta (Georgia), las estatuas de personalidades confederadas tuvieron que ser desatornilladas y retiradas de los lugares públicos para ser transferidas a los museos.

·         ¿Cuál es la posición de Donald Trump?

«Es, en realidad, un evento importante, es un momento importante. Pero nadie lo escuchó», dijo en una entrevista con el Wall Street Journal , publicada el 18 de junio, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. El inquilino de la Casa Blanca se jactó en la misma entrevista de haber dado visibilidad a esta conmemoración y se sorprendió de que su administración ya se haya comunicado al respecto en el pasado: «¿En serio? Hicimos una declaración? La Casa Blanca de Trump hizo una declaración?» ¿Ha preguntado así al periodista que preguntó?

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Donald Trump había planeado celebrar una gran reunión de campaña el 19 de junio en Tulsa, Oklahoma, mientras la ciudad permanece marcada por el recuerdo de uno de los peores disturbios raciales en la historia del país: en 1921, unos tres Cientos negros fueron masacrados allí por una multitud blanca. Una tragedia largamente escondida en la historia de los Estados Unidos.

Ante el torrente de críticas, el presidente republicano pospuso esta reunión para el día siguiente. Como explicó al WSJ“Lo hice por respeto porque tenía dos amigos y simpatizantes afroamericanos. «

https://www.lemonde.fr/international/article/2020/06/19/qu-est-ce-que-le-juneteenth-le-jour-de-l-emancipation-aux-etats-unis_6043476_3210.html

20.21.-Tulsa y los muchos pecados del racismo  PAUL KRUGMAN

Seguimos manchados por nuestro pecado original, pero es posible que estemos, por fin, en la senda de la redención

Un manifestante sostiene una imagen con el rostro de George Floyd, el afroamericano asesinado por un policía blanco en Nueva York. JUSTIN LANE / EFE 

Cuando los encargados de la campaña electoral de Donald Trump programaron un mitin en Tulsa, Oklahoma, para el 19 de junio, enviaron lo que parecía una señal de aprobación a los supremacistas blancos. Porque el 19 de junio es Juneteenth, el día en el que los afroamericanos celebran el final de la esclavitud. Y Tulsa fue el lugar en el que se produjo la masacre racista de 1921, uno de los incidentes más mortíferos en la larga y violenta ofensiva para denegarles a los negros los frutos de la libertad que con tanto esfuerzo se habían ganado.

19 jun 2020.- Ahora se afirma que los responsables de la campaña de Trump no entendieron la importancia de la fecha, pero yo no me lo creo ni por un momento. El presidente, a regañadientes, retrasó el mitin un día, pero fue sin duda porque tanto a él como a su círculo más cercano les sorprendió la fuerza de la reacción, al igual que les había sorprendido el apoyo ciudadano a las protestas del movimiento Black Lives Matter (Las vidas de los negros importan).

Pero hablemos de Tulsa, y de cómo encaja en la historia del racismo en Estados Unidos. Joe Biden ha declarado que la esclavitud es el “pecado original” de Estados Unidos. Y, por supuesto, tiene razón. Sin embargo, es importante entender que el pecado no cesó cuando la esclavitud fue abolida. Si Estados Unidos hubiera tratado a los antiguos esclavos y sus descendientes como verdaderos ciudadanos, con plena protección jurídica, es probable que el legado de la esclavitud se hubiera borrado poco a poco.

Los esclavos liberados empezaron de cero, pero sin duda con el tiempo muchos de ellos habrían logrado ascender, adquiriendo propiedades, educando a sus hijos y convirtiéndose en miembros de pleno derecho de la sociedad. Lo cierto es que eso empezó a ocurrir durante los 12 años de la Reconstrucción, cuando los negros se beneficiaron brevemente de algo parecido a la igualdad de derechos.

Pero el corrupto pacto político que puso fin a la Reconstrucción dio el poder a los supremacistas blancos del sur, que sistemáticamente suprimían los beneficios que obtenían los negros. Los afroamericanos que conseguían adquirir alguna propiedad veían con demasiada frecuencia cómo les era expropiada, bien mediante subterfugios legales o a punta de pistola. Y la naciente clase media negra fue de hecho sometida a un reinado del terror. Y aquí es donde encaja Tulsa. En 1921, la ciudad de Oklahoma era el centro de un boom petrolero, un lugar al que los ciudadanos emigraban en busca de oportunidades. Contaba con una considerable clase media negra, asentada principalmente en el barrio de Greenwood, conocido en general como el “Wall Street negro”.

Y ese fue el barrio destruido por las multitudes blancas que saquearon las tiendas y las casas de los negros, matando probablemente a centenares de ellos. Naturalmente, la policía no hizo nada por proteger a los esclavos negros; por el contrario, se unió a los saqueadores. Como es comprensible, la violencia contra los afroamericanos que lograban alcanzar cierto éxito económico desincentivó la iniciativa individual. Por ejemplo, la economista Lisa Cook ha demostrado que el número de negros que obtenían patentes, que se disparó en las décadas posteriores a la Guerra Civil, se desplomó ante la creciente violencia blanca.

La represión violenta ayudó a impulsar la Gran Migración, el movimiento de millones de negros desde el sur hacia las ciudades del norte, que empezó cinco años antes de la masacre de Tulsa y continuó hasta aproximadamente 1970. Incluso en las ciudades del norte, a los negros se les negaban a menudo las oportunidades de movilidad ascendente. Pero la discriminación y la represión eran menos severas que en el sur. Y era de esperar que la terrible historia de represión contra los negros llegara a su fin cuando la Ley de los Derechos Civiles, aprobada un siglo después de la emancipación, puso punto final a la discriminación abierta.

Por desgracia, las ciudades del norte se convirtieron para muchos afroestadounidenses en una trampa socioeconómica. Las oportunidades que atraían a los emigrantes fueron desapareciendo a medida que los trabajos industriales se trasladaban, primero, a las afueras de las ciudades y, después, al extranjero. Chicago, por ejemplo, perdió el 60% de sus puestos de trabajo en las fábricas entre 1967 y 1987.

Y cuando la pérdida de oportunidades económicas condujo, como hace habitualmente, a la disfunción social —familias rotas y desesperación— hubo demasiados blancos dispuestos a culpar a las víctimas. El problema, afirmaban muchos, radicaba en la cultura negra, o como insinuaban algunos, en la inferioridad racial.

Ese racismo implícito no era solo de boquilla; alimentó la oposición a los programas públicos que pudieran ayudar a los afroamericanos, como el Obamacare. Si se preguntan por qué la red de seguridad social en Estados Unidos es mucho más débil que la de otros países avanzados, se reduce esencialmente a una sola palabra: racismo.

Es curioso, por cierto, que no se oyera a tanta gente culpando de manera comparable a las víctimas unas décadas más tarde, cuando los blancos residentes en el interior de los Estados del este experimentaron una pérdida de oportunidades y un aumento de la disfunción social, puesto de relieve por el aumento de los fallecimientos por suicidio, alcohol y opiáceos.

Por tanto, como ya he dicho, si bien la esclavitud fue el pecado original de Estados Unidos, su funesto legado fue perpetuado por otros pecados, algunos de los cuales perduran en la actualidad.

La buena noticia es que, a lo mejor, Estados Unidos está cambiando. El intento de Trump de recurrir al viejo guion racista ha provocado su hundimiento en los sondeos. Parece que su numerito de Tulsa está produciendo un efecto indeseado. Seguimos manchados por nuestro pecado original, pero es posible que estemos, por fin, en la senda de la redención.

https://elpais.com/economia/2020-06-19/tulsa-y-los-muchos-pecados-del-racismo.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART 

  • 20.20.-«Puede ser el final de la contrarrevolución estadounidense» – Bernard E. Harcourt
  • Un mal mes para los reaccionarios  PAUL KRUGMAN
  • George Floyd: la ambiciosa reforma contra los abusos de la policía que comienza a discutirse en EE.UU. en medio de la histórica ola de protestas – REDACCIÓNBBC NEWS MUNDO

Al apelar al ejército contra los manifestantes antirracistas, Donald Trump ha ido demasiado lejos y provocó la ola revolucionaria que temía, dijo Bernard E. Harcourt, profesor de derecho en la Universidad de Columbia en Nueva York. 

En general, en la historia, los eventos tienen lugar en un cierto orden: primero surgen revoluciones, luego desencadenan contrarrevoluciones. Pero la historia, como casi todo en este período pandémico, está retrocediendo.

14 jun 2020- En una sorprendente reversión de ciclos, la respuesta militarizada del presidente Donald Trump a las protestas predominantemente pacíficas en todo el país ha desatado una revuelta que bien podría inclinar las elecciones de 2020.

«Dominación total»

Trump ha sido demasiado transparente sobre sus ambiciones. En una reunión el 1 er junio con gobernadores, que ha pedido explícitamente una respuesta militar y un «dominio total» del campo de batalla para erradicar los manifestantes llaman «terroristas» , las penas de prisión de hasta «Diez años» y la imposición de una verdadera «fuerza de ocupación» en las ciudades estadounidenses.

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Fue al Jefe del Estado Mayor de Defensa y al más alto oficial militar, el General Mark A. Milley, a quien Trump le confió la tarea de diseñar la respuesta del gobierno federal. Trump resolvió la necesidad de «dominar» el campo de batalla. «Dominar es la palabra», insistió. «Si no dominas tu ciudad y tu estado, te perseguirán». » En Washington, aseguró,» obtendremos una dominación total”.

El mismo día, Trump ha movilizado a la policía militar y un helicóptero militar Halcón Negro para controlar una manifestación pacífica, y desplegado el 82 ª División Aerotransportada en Washington. Después de dispersar a la multitud pacífica con gases lacrimógenos y balas de goma para una sesión de fotos ahora infame, Trump caminó desde la Casa Blanca hasta la cercana iglesia de Saint John, rodeado por su secretario de defensa y el general Milley en camuflaje.

El reflejo de un largo proceso.

Esta marcha es la culminación de la transformación que ha tenido lugar en la política estadounidense durante varias décadas. El 11 de septiembre de 2001 marcó un punto de inflexión en la forma en que los líderes estadounidenses gobiernan. La hipermilitarización de la fuerza policial no fue solo un resultado accidental de los programas de equipamiento del departamento de defensa, cuando se distribuyeron miles de millones de dólares de equipamiento militar avanzado utilizado en Irak y Afganistán. A la policía de un pueblo pequeño. Este enfoque militarizado es, en realidad, el reflejo de un largo proceso por el cual los estadounidenses han aprendido las prácticas y las lógicas de la guerra de contrainsurgencia después de las guerras de Irak y Afganistán.

De hecho, un servicio policial ultra militarizado es una parte integral del nuevo modo de gobierno estadounidense, dentro y fuera del país, inspirado en la lógica de la guerra de contrainsurgencia. Es una transformación política considerable: la transición, no del estado de derecho a un estado de excepción, como sugirieron el filósofo italiano Giorgio Agamben y otros después del 11 de septiembre, sino de un gobierno inspirado por el modelo de guerra a gran escala a otro, modelado sobre las estrategias de contrainsurgencia. Estas estrategias provienen en gran parte de los comandantes franceses en Indochina y Argelia como Roger Trinquier y David Galula, quienes conceptualizaron esta nueva forma de guerra no convencional llamada «guerra moderna».

Desde Irak y Afganistán, estas prácticas han resurgido en los Estados Unidos. Casi todas las estrategias de la guerra moderna se han desplegado en suelo estadounidense. Y en los últimos tres años, Donald Trump ha cambiado este modo de gobierno de contrainsurgencia del lado de la nueva supremacía de derecha y blanca, convirtiendo a sus propios ciudadanos musulmanes, hispanos y afroamericanos en enemigos internos.

Lo más sorprendente de todo esto es que ninguna revolución ha precedido a esta contrarrevolución. A diferencia de Argelia o Vietnam, teatros de revoluciones anticoloniales armadas, el paradigma de la contrainsurgencia se impuso en los Estados Unidos sin insurgentes reales. Aquí es donde la historia se pone interesante.

¿No era la táctica principal de la «guerra moderna» ganarse los corazones y las mentes de las masas pasivas?

El concepto moderno de revolución, ya que apareció al XVIII XX y XIX th siglos, claramente inscrito con diseños que existían en la antigüedad una transformación cíclica de la política – por ejemplo, la aristocracia a oligarquía, luego democracia a tiranía, según Platón. La idea de revolución entendida astronómicamente como un regreso al punto de origen ha sido reemplazada por la de una transformación social decisiva, un punto de quiebre dirigido, según la expresión del historiador alemán Reinhart Koselleck (1923-2006), «La emancipación social de todos los hombres» .

Sin embargo, estamos presenciando hoy un extraño retorno a los ciclos de los Antiguos, pero en la dirección opuesta. Trump perfeccionó la contrarrevolución sin una revolución previa. Al hacerlo, terminó comenzando la revolución que temía. Quizás fue demasiado transparente sobre sus ambiciones militares. ¿No era la táctica principal de la «guerra moderna» ganarse los corazones y las mentes de las masas pasivas? Al enviar claramente las tropas, podría haber tomado demasiado.

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De hecho, hoy hemos llegado a un punto de inflexión. En todo el espectro político, incluso entre algunos políticos republicanos, existe la sensación de que Trump ha cruzado un umbral. Acusando al presidente, su ex secretario de defensa, Jim Mattis, un general de cuatro estrellas del Cuerpo de Marines, acaba de escribir en el periódico The Atlantic: «La militarización de nuestra respuesta, como vimos en Washington, destaca coloca un conflicto, un falso conflicto, entre la sociedad militar y la sociedad civil. «

El Pentágono se distancia

Altos funcionarios de defensa están trabajando para mantener al Pentágono alejado de la infame dispersión que Trump quería para su sesión de fotos. El secretario de Defensa Mark Esper y varios líderes militares condenaron severamente la respuesta militarizada. Incluso la senadora republicana de Alaska Lisa Murkowski se ha opuesto, confesando que ahora duda en apoyar a Trump en las elecciones de 2020. El ex presidente George W. Bush y Colin Powell dicen que ya no votarán por Trump.

Las encuestas de opinión más recientes sugieren que el pueblo estadounidense desaprueba el manejo de Trump de las protestas. «Tal vez hemos llegado al punto en que podemos ser más honestos con nuestras preocupaciones internas y tener el coraje de nuestras propias convicciones para hablar», dijo el senador Murkowski.

Trump bien pudo haber comenzado esta ola revolucionaria que temía. Y tal vez, digo tal vez, que finalmente pondrá fin a la contrarrevolución estadounidense.

https://www.lemonde.fr/idees/article/2020/06/10/c-est-peut-etre-la-fin-de-la-contre-revolution-americaine_6042326_3232.html

20.20.-Un mal mes para los reaccionarios  PAUL KRUGMAN

No quieren ley y orden; quieren una excusa para aplastar las manifestaciones a favor de la justicia social

Estatua de Jefferson Davis, segundo desde la izquierda, presidente de los Estados Confederados entre 1861 y 1865, exhibida en Washington. SUSAN WALSH / AP

¿Qué es Braxton Bragg para Donald Trump, o Trump para Braxton Bragg? Siempre ha sido extraño (e indignante) que las bases militares estadounidenses tengan nombres de traidores, de generales confederados que se rebelaron contra la Unión para defender la esclavitud. Y los altos mandos del Ejército parecen dispuestos a cambiárselos. Pero Trump dice que no.

12 jun 2020.- ¿Cómo se le ocurre asumir esa posición en un momento en el que por fin los estadounidenses parecen estar reconociendo la injusticia que por sistema sufren los afro estadounidenses, lo cual ha llevado a un aumento del respaldo público al movimiento Black Lives Matter [Las vidas de los negros importan]? Sin duda, lo inteligente sería emular a buena parte del Estados Unidos empresarial: hacer unos cuantos gestos baratos en nombre de la justicia social, aunque sin cambiar nada fundamental. Por ejemplo, hasta la Nascar [la asociación más importante de carreras de coches] ha anunciado que prohibirá la bandera confederada en sus competiciones. Y cambiar el nombre de las bases militares resultaría muy barato.

Pero Trump no puede dignarse a dar cualquier muestra de conmiseración, aunque solo sea simbólica. E intentar entender su incapacidad ayuda a explicar de qué va el trumpismo, y de hecho, el actual conservadurismo en su conjunto.

Trump afirma que se trata de conmemorar “una historia de triunfo, victoria y libertad”. ¿En serio? Estas bases conmemoran a hombres que defendían la esclavitud, lo opuesto a la libertad; y se da la casualidad de que dos de las mayores bases llevan el nombre de generales que son famosos no por sus victorias, sino por sus derrotas. Bragg, cuyo ejército sufrió un descalabro épico en Chattanooga, era uno de los generales peor considerados de la Guerra Civil. John Bell Hood malgastó la vida de sus hombres en ataques fútiles en Atlanta y Franklin, y por último condujo a lo que quedaba de su ejército a la aniquilación en Nashville.

Está claro que Trump desconoce todo eso. ¿Pero por qué iba a interesarle la tradición confederada a un tipo que se crio en Queens?

La respuesta es que Trump y la mayoría de su partido son reaccionarios. Como explica el teórico político Corey Robin, están motivados sobre todo por “un deseo de resistirse a la liberación de ciudadanos marginales o indefensos”. Y la iconografía confederada se ha convertido en símbolo de la reacción en Estados Unidos. Por eso algunos republicanos de Maine se opusieron a convertir una canción sobre el 20º de Maine —el regimiento de voluntarios cuya heroica defensa de Little Round Top fue crucial en la batalla de Gettysburg— en balada del Estado. Era ofensivo, afirmaban, “decir que somos mejores que el Sur”. El Sur defendía la esclavitud.

El impulso reaccionario explica también, creo yo, por qué algunos hombres blancos privilegiados, desde el director de la influyente Journal of Political Economy hasta el (ahora ex) consejero delegado de CrossFit, han sido incapaces de controlar sus autodestructivos arrebatos contra las protestas de Black Lives Matter.

Después de todo, desde un punto de vista reaccionario, las últimas tres semanas han sido una pesadilla. No solo los ciudadanos marginales, que supuestamente deberían saber el lugar que les corresponde, están exigiendo justicia, sino que encima están ganando abrumadoramente la batalla de la opinión pública. ¡Así no es como deben funcionar las cosas!

Una respuesta a esta pesadilla de los reaccionarios ha sido la negación. Trump sigue tuiteando “¡Ley y orden!”, como si el repetir esa frase mágica suficientes veces pudiera hacer que el reloj retrocediera hasta 1968. La respuesta de su campaña electoral al sondeo desfavorable de CNN no ha sido replantearse el mensaje, sino exigir que la cadena retire el sondeo y pida disculpas.

Otra respuesta han sido las teorías conspiranoicas descabelladas. Para la derecha, está claro que las manifestaciones populares masivas han sido orquestadas por los radicales antifascistas, aunque no haya la más mínima prueba de ello. Y como todo el mundo sabe, Trump insinuó que el anciano de 75 años al que la policía hizo caer —todos lo hemos visto en vídeo desangrándose en la acera— era un provocador antifascista que de algún modo había maquinado el ataque que sufrió. Sin embargo, lo más temible ha sido el palpable deseo de poderosas figuras de la derecha de encontrar la manera de emplear la violencia estatal para enfrentarse a las protestas de Black Lives Matter.

Según cualquier valoración racional, nunca ha tenido ningún sentido exigir una respuesta militar a las marchas abrumadoramente pacíficas, estropeadas solo por un número reducido de saqueos oportunistas. ¿Se creen los derechistas sus propias afirmaciones de que estamos sitiados por “turbas de cretinos violentos”? Lo dudo.

Sin embargo, lo que horroriza a los reaccionarios no es la posibilidad de que las manifestaciones puedan volverse violentas, sino el hecho mismo de que ocurran.

Y por eso, gente como Trump y Tom Cotton se han mostrado tan ansiosos por mandar al Ejército. No les preocupa mantener la paz; si eso les importara, habrían reaccionado con dureza ante el espectáculo de derechistas armados amenazando a la cámara legislativa del estado de Michigan. En lugar de eso, Trump publicó un tuit en su apoyo.

No, los reaccionarios estadounidenses no quieren ley y orden; quieren una excusa para aplastar con mano dura las manifestaciones a favor de la justicia social.

Por el momento, al menos, los reaccionarios estadounidenses no se están saliendo con la suya. Gobernadores, alcaldes y también el Ejército, han dejado claro que no quieren participar en una represión brutal. Pero no menospreciemos a los reaccionarios. Siguen siendo extremadamente peligrosos, y lo serán más si, como parece cada vez más probable, Trump se ve ante la perspectiva de una derrota electoral.

https://elpais.com/economia/2020-06-12/un-mal-mes-para-los-reaccionarios.html

20.20.-Ambiciosa reforma contra los abusos de la policía comienza a discutirse en EE.UU. en medio de la histórica ola de protestas por asesinato de George Floyd – REDACCIÓNBBC NEWS MUNDO

En las calles de Estados Unidos se siguen pidiendo cambios y el Congreso ya tiene una propuesta sobre la mesa.

Se trata de un ambicioso plan de reforma de la policía en el país propuesto por el Partido Demócrata en medio de las multitudinarias manifestaciones contra el racismo y la brutalidad policial.

El proyecto de ley se presenta después de que los legisladores de Minneapolis -la ciudad donde se produjo la muerte de George Floyd a manos de un agente blanco y que fue el detonante de la actual oleada de protestas- prometieran desmantelar el Departamento de Policía.

«Esta es una propuesta de ley que transformará las cosas. Este es un día importante. El martirio de George Floyd ha generado un cambio en el mundo», dijo la líder demócrata en el Congreso, Nancy Pelosi, al presentar la iniciativa.

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Pese a los intentos de los demócratas, no está claro si los republicanos, que controlan el Senado, apoyarán la propuesta, denominada formalmente Ley de Justicia en las Tácticas Policiales.

¿Qué dice exactamente el proyecto de ley?

El plan de reforma fue presentado este lunes por parte de prominentes legisladores del Partido Demócrata: además de Pelosi estuvieron el líder de la minoría progresista en el Senado, Chuck Schumer, y los congresistas afroestadounidenses y progresistas del llamado Caucus Negro del Congreso.

La propuesta busca responder a la abrumadora indignación popular que ha desatado la muerte de Floyd junto a otros ejemplos recientes de racismo y violencia policial.

En el momento de presentar el proyecto de ley, Pelosi leyó los nombres de los hombres y mujeres afroestadounidenses que murieron a manos de la policía en los últimos años.

No obstante, miembros del partido conservador se han mostrado mayoritariamente reticentes a respaldar públicamente una posible legislación.

En claro contraste con la línea de la formación y el propio presidente, el senador republicano Mitt Romney publicó el domingo fotografías en Twitter de él marchando hacia la Casa Blanca con manifestantes cristianos, con el mensaje «Black Lives Matter.»

¿Cuán probable es que el proyecto de ley sea aprobado?

Análisis de Anthony Zurcher, periodista de la BBC especializado en política estadounidense

El plan de forma, diseñado por los líderes demócratas en el Congreso, puede ser visto como la postura «oficial» del partido. Al menos por ahora.

Es, en parte, un esfuerzo por prevenir medidas más drásticas que algunos están impulsando desde la izquierda, bajo el eslogan de «desmantelemos la policía».

Si los demócratas pueden mantener a los miembros más liberales a raya, deberían ser capaces de aprobar la reforma en la Cámara de Representantes, donde tienen la mayoría.

El panorama es más incierto en el Senado, controlado por los republicanos, especialmente si Donald Trump ve algún tipo de ventaja política en tratar de pintar las propuestas demócratas como una amenaza a la «ley y el orden».

Pese a que es seguro que habrá grandes dosis de tensa retórica entre políticos durante la campaña hacia las presidenciales, el cambio real podría venir por parte de autoridades locales, más directamente responsables ante los electores en las municipalidades con mayores protestas.

El reclamo de desmantelar la Policía en Minneapolis, pese a que en este momento es en gran parte simbólico, podría indicar que los cambios profundos son una posibilidad real: con o sin guía federal.

Este podría ser el principio de una serie de experimentos locales en reforma policial que adquieran diferentes formas en diversas partes de Estados Unidos.

https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-52972487

  • 19.20.-Donald Trump no es Richard Nixon (es peor) – PAUL KRUGMAN
  • China: la encrucijada tras la pandemia – MICHAEL ROBERTS

La razón por la que la democracia se ve amenazada no es simplemente que Trump sea peor ser humano de lo que jamás fuera Nixon; es el hecho de que tiene muchos facilitadores

Una mujer se manifiesta en protesta tras la muerte violenta de George Floyd. JOEL MARKLUND/BILDBYRAN VIA ZUMA / DPA / EUROPA PRESS 

El 4 de mayo de 1970, la Guardia Nacional de Ohio abrió fuego contra una manifestación de estudiantes, matando a cuatro. El 50º aniversario de la masacre del Estado de Kent ha pasado casi desapercibido en un país preocupado por la covid-19, pero ahora, de repente, los ecos de la era de Nixon están por todas partes. Y Donald Trump parece invocar deliberadamente el legando de Nixon, tuiteando “¡LEY Y ORDEN!” con la clara esperanza de que rescate mágicamente su fortuna política.

5 jun 2020.- Y dada la determinación de Trump de sacar las tropas a las calles de las ciudades estadounidenses, es muy probable que en algún momento maten a civiles inocentes. Pero Donald Trump no es Richard Nixon; es mucho, mucho peor. Y el Estados Unidos de 2020 no es el de 1970; en muchos aspectos somos un país mejor, pero nuestra democracia es muchísimo más frágil gracias a la corrupción pura y dura del Partido Republicano.

Las comparaciones entre Trump y Nixon son evidentes. Al igual que Nixon, Trump ha aprovechado la reacción blanca para obtener ventajas políticas. Como él, cree sin duda que las leyes solo se aplican a la gente de a pie. Sin embargo, no parece que Nixon fuera un cobarde. Cuando se vio rodeado por las manifestaciones masivas, no se escondió en el Magabúnker [MAGA es el acrónimo de Make america great again], aventurándose a salir solo después de que sus subalternos gasearan a manifestantes pacíficos y los sacaran de Lafayette Park. Él, por el contrario, salió a hablar con los manifestantes en el Lincoln Memorial. Su comportamiento fue un tanto extraño, pero no cobarde.

Y aunque su estrategia política era cínica y despiadada, Nixon era un hombre inteligente y trabajador que se tomaba en serio la presidencia. Su legadofue sorprendentemente positivo: en concreto, hizo más que cualquier otro presidente, anteriormente o desde entonces, para proteger el medio ambiente. Y antes de que el Watergate lo derribara, estaba trabajando en un plan para ampliar la cobertura del seguro sanitario que en muchos aspectos anticipaba el Obamacare.

Trump, por el contrario, parece pasar los días tuiteando y viendo Fox News. El único gran logro político de su Gobierno hasta el momento ha sido la rebaja fiscal de 2017, que supuestamente desataría una oleada de inversiones empresariales, pero no lo hizo. Ha respondido a la amenaza de la covid-19 primero negándola, y después con esfuerzos frenéticos, no para controlar la pandemia, sino para echar la culpa a otros por las políticas caóticas e ineficaces.

Por eso, Trump no es Nixon. Y el país que intenta dominar –su palabra favorita– también es muy distinto. La buena noticia es que Estados Unidos es actualmente un país mucho menos racista y mucho más tolerante que en 1970. Curiosamente, numerosos sondeos muestran que la mayoría de los estadounidenses aprueba las protestas inspiradas por la muerte de George Floyd, y desaprueba firmemente la respuesta de Trump.

Esto no significa que el racismo sistémico haya desaparecido, ni mucho menos. Pero una mayoría de estadounidenses está dispuesta a reconocer que ese racismo es real y a verlo como un problema, lo que representa un enorme avance moral. La “mayoría silenciosa” de Nixon es ahora una minoría ruidosa.

Pero es una minoría muy peligrosa. Aunque, como he dicho, en muchos aspectos somos una nación mejor de la que éramos, también somos una nación en la que el sistema de derecho y los valores democráticos están bajo asedio.

A estas alturas, es alarmantemente fácil ver cómo Estados Unidos podría seguir la senda que ya ha tomado Hungría, y convertirse en una democracia sobre el papel, pero en un Estado de un solo partido en la práctica. Y no hablo de un futuro distante; podría ocurrir este año, si Trump consigue la reelección, o incluso, posiblemente, si pierde, pero se niega a aceptar los resultados.

Y la razón por la que la democracia se ve amenazada como nunca lo estuvo en tiempos de Nixon no es simplemente que Trump sea peor ser humano de lo que jamás fuera Nixon; es el hecho de que tiene muchos facilitadores.

Los instintos autoritarios de Trump, su admiración y envidia por los autócratas extranjeros, su deseo de militarizar los cuerpos de seguridad, son patentes desde hace tiempo. Sin embargo, estas cosas no importarían tanto si el Partido Republicano siguiera siendo la institución que era en la década de 1970: una gran carpa con espacio para diversos puntos de vista, representados en el Senado por muchas personas con principios verdaderos. Eran personas dispuestas a expulsar a un presidente, aunque fuese republicano, por traicionar el juramento de su cargo.

Sin embargo, el Partido Republicano actual no se parece en nada a aquel. Muchas de sus principales figuras –como el senador Tom Cotton– son tan autoritarias y antidemocráticas como el propio Trump. El resto, sin apenas excepciones, son apparátchiks del partido, compelidos a obedecer por unas bases enojadas. Estas bases reciben su información de Fox y Facebook, y viven básicamente en una realidad alternativa, en la que los manifestantes que participan en marchas pacíficas contra la brutalidad policial son de hecho una horda radical dispuesta a comenzar de un momento a otro una insurrección violenta.

La cuestión es que el Partido Republicano de nuestros días no se opondría a una toma trumpiana del poder, aunque equivaliera a un golpe militar. Por el contrario, el partido la alentaría. La conclusión es que, aunque los paralelos con la era de Nixon son reales, hay importantes diferencias entre el ayer y el hoy, y las diferencias no son tranquilizadoras. En muchos aspectos, somos un país mejor del que solíamos ser, pero nos encontramos en una situación política desesperada, porque uno de nuestros grandes partidos ya no cree en la idea americana.

https://elpais.com/economia/2020-06-05/donald-trump-no-es-richard-nixon-es-peor.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART 

19.20.-China: la encrucijada tras la pandemia  – MICHAEL ROBERTS

Apertura de sesión de la Asamblea Nacional Popular. ETIENNE OLIVEAU GETTY IMAGES 

La Asamblea Nacional Popular (ANP) de China se reunió hoy, tras un retraso debido a la pandemia de coronavirus. La ANP es la versión china de un parlamento y es utilizada por los dirigentes del partido comunista para informar sobre el estado de la economía y describir sus planes para el futuro, tanto a nivel nacional como global.

27 may 2020.- El primer ministro Li Keqiang anunció que, por primera vez en décadas, no habrá un objetivo de crecimiento para el año. Por lo tanto, los dirigentes chinos han abandonado su tan anunciado objetivo de duplicar el PIB del país según el plan en vigor para este año. Es aceptar lo inevitable.

La pandemia y el cierre han llevado a la economía china a una severa contracción durante varios meses, de los que solo se está empezando a recuperar. La economía se contrajo un 6,8 por ciento en el primer trimestre y la mayoría de las previsiones anuales suponen menos de la mitad de la tasa de crecimiento del 6,1 por ciento del año pasado. Pero incluso esa cifra sería mucho mejor que la de todas las economías del G7 en 2020.

La producción industrial y la inversión ya se están recuperando, pero el consumo sigue deprimido.

Pero según Li la razón principal de no fijar un objetivo de crecimiento se debe a la incertidumbre sobre «la pandemia de Covid-19 y el entorno económico y comercial mundial». En otras palabras, incluso si la economía nacional comienza a recuperarse, el resto del mundo todavía está todavía en una recesión. Con la contratación del comercio mundial, hay pocas perspectivas para las exportaciones de manufacturas, de las que China ha dependido esencialmente para su expansión.

China va por delante de otras economías importantes en la salida de la pandemia. Pero incluso Li tuvo que admitir que se cometieron muchos errores en la gestión de la pandemia y que «todavía había margen para mejorar el trabajo del gobierno», incluido el retraso a la hora de alertar al público, lo que permitió que el virus se propagara. “Las formalidades sin sentido y el burocratismo siguen siendo un problema grave. Un pequeño número de funcionarios eluden sus deberes o son incapaces de cumplirlos. La corrupción sigue siendo un problema común en algunos campos”, admitió Li. Sin embargo, en comparación con la gestión de los gobiernos occidentales, a China le ha ido mucho mejor en la contención de los infectados y el número de muertes.

A corto plazo, Li señaló que el gobierno tiene la intención de impulsar la economía con cierto estímulo fiscal y flexibilización monetaria, como las economías del G7. China predice un déficit presupuestario para 2020 de al menos 3.6% del PIB, por encima del 2.8% del año pasado, y ha aumentado la financiación crediticia de los gobiernos locales en dos tercios. Y, por primera vez, el gobierno central emitirá bonos para ayudar al gasto de los gobiernos locales y a las empresas en dificultades. El desempleo oficial es de un 5,5%, pero probablemente se acerque al 15-20%, por lo que el gobierno tiene como objetivo crear más empleos y reducir la pobreza en las zonas rurales para frenar la huida de los migrantes rurales a las ciudades.

Lo que nos lleva a discutir el futuro a largo plazo de la economía china tras la pandemia en el contexto de la intensificación de la guerra comercial y tecnológica con los Estados Unidos y otras potencias imperialistas.

En mi opinión, hay tres formas de ver el desarrollo económico de China (esto es algo que he escrito en detalle en un artículo reciente para el Austrian Journal of Development Studies). La visión económica dominante es que China debería convertirse en una economía de «mercado» plena como las del G7. Debería acabar con su dependencia de la mano de obra barata para vender productos manufacturados a Occidente. El aumento de los costos laborales mostraría que el modelo económico de dirección estatal de China no puede conseguir desarrollar tecnología moderna o satisfacer la demanda de bienes de consumo de su población. Esta ha sido la orientación de política económica del Banco Mundial y de otras Instituciones Financieras internacionales en el pasado y convenció a un sector de la élite china, especialmente la conectada a los multimillonarios privados de China. Pero hasta ahora, esta opción ha sido rechazada por la mayoría de la dirección actual.

La segunda visión es lo que podríamos llamar keynesiana. Reconoce el éxito de la economía china en los últimos 30 años al sacar a casi 900 millones de personas del nivel oficial de pobreza del Banco Mundial. De hecho, el Banco Mundial acaba de ajustar sus cifras a la baja de quienes están por debajo de su nivel de pobreza. La disminución parece impresionante, hasta que se observa que el 75% de quienes han salido de la pobreza a nivel mundial en las últimas tres décadas son chinos.

Esta visión keynesiana argumenta que el éxito de China se ha basado en una inversión masiva en la industria y la infraestructura que ha permitido que el país se convierta en la potencia manufacturera mundial. Pero ahora ese énfasis en la inversión industrial debe cambiarse porque el consumo de los hogares es débil y en una economía moderna lo que importa es el consumo. A menos que haya un cambio en el consumo, la economía china se desacelerará y el enorme nivel de deuda corporativa y familiar aumentará el riesgo de crisis financieras.

En realidad, el consumo personal en China ha aumentado mucho más rápido que la inversión fija en los últimos años, incluso si parte de niveles muy bajos. El consumo aumentó un 9% el año pasado, mucho más rápido que el PIB. Y el crecimiento del consumo sería aún más rápido si el gobierno tomara medidas para reducir el alto nivel de desigualdad de ingresos.

La idea de que China se dirige a una crisis debido al bajo consumo y a la inversión excesiva no es convincente. Es cierto que, según el Instituto de Finanzas Internacionales (IFF), la deuda total de China alcanzó el 317 por ciento del producto interno bruto (PIB) en el primer trimestre de 2020. Pero la mayor parte de la deuda interna es de unas entidades estatales con otras; de los gobiernos locales con los bancos estatales, de los bancos estatales con el gobierno central. Cuando todo eso se compensa, la deuda de los hogares (54% del PIB) y de las corporaciones privadas no es tan alta, mientras que la deuda del gobierno central es baja según los estándares mundiales. Además, la deuda externa en relación al PIB en dólares es muy baja (15%) y, de hecho, el resto del mundo le debe a China mucho más, el 6% de la deuda global. China es un gran acreedor mundial y tiene enormes reservas en dólares y euros, un 50% más que su deuda en dólares.

Es cierto que parte de la expansión de la inversión fija puede haberse desperdiciado. De hecho, el modelo de desarrollo keynesiano de China basado en el aumento de la inversión y la demanda de consumo privado es cada vez menos útil. Como dijo el presidente Xi Jinping, «las casas son construidas para ser habitadas, no para especular». Pero el gobierno permitió la especulación capitalista en la propiedad inmobiliaria, de modo que el 15% de todos los apartamentos actualmente son propiedad de inversionistas, a menudo ni siquiera están conectados al suministro eléctrico. Esta especulación inmobiliaria fue impulsada por el crédito financiado por los bancos estatales, pero también por «bancos en la sombra» no oficiales. Este tipo de especulación desperdicia recursos y no dirige la inversión a areas como la reducción de las emisiones de CO2 para cumplir con el objetivo declarado del gobierno de hacer de China una ‘economía limpia’. Con la población de China alcanzando su techo en esta década y la población en edad de trabajar disminuyendo un 20% para 2050, el objetivo de la inversión debe ser la creación de empleo, la automatización y el crecimiento de la productividad.

Eso me lleva al tercer modelo de desarrollo, el marxista. La clave para la prosperidad no son las fuerzas del mercado (corriente principal neoclásica) o la demanda de inversión y consumo (keynesiana) sino el aumento de la productividad del trabajo de una manera planificada y armoniosa (marxista).

En una economía capitalista, las empresas compiten entre sí para aumentar la rentabilidad mediante la introducción de nuevas tecnologías. Pero existe una contradicción inherente en la producción capitalista entre la caída de la rentabilidad del capital y la creciente productividad del trabajo. A medida que los capitalistas intentan aumentar la productividad de la mano de obra y reducir la mano de obra sustituyéndola por tecnología, para reducir los costes laborales y aumentar las ganancias y la participación en el mercado, la rentabilidad general de la inversión y la producción comienza a caer. Luego, en una serie de crisis, la inversión se derrumba y la productividad se estanca.

Esto será claramente un problema en China en una fase más madura de acumulación en el siglo XXI, si se acepta que China es solo otra economía capitalista como las potencias imperialistas o economías emergentes como Brasil o India. El argumento es que China puede ser diferente del ‘capitalismo liberal’ de Occidente y desarrollar, en cambio, un ‘capitalismo político’ autocrático, que es como Branco Milanovic describe a China en su libro, Solo Capitalismo , pero sigue siendo capitalismo.

Si se acepta esa visión, podemos evaluar la salud y el futuro de la economía de China midiendo la rentabilidad de su floreciente sector capitalista. En un nuevo documento (Catching Up China India Japan), los economistas marxistas brasileños, Adalmir Marquetti, Luiz Eduardo Ourique y Henrique Morrone comparan el desarrollo de China con el de India en relación con las economías del G7. Muestran que la alta tasa de acumulación de capital en China ha provocado una caída en la rentabilidad incluso mayor que en los EEUU, por lo que está en riesgo una mayor expansión. En otro documento, argumentan que ya se está gestando una crisis de sobreacumulación y que una fuerte inversión adicional no funcionaría, especialmente dado el aumento de las emisiones de efecto invernadero que crearía.

Al igual que Marquetti et al, he medido la rentabilidad del sector capitalista en China (a partir de la tasa interna de rendimiento de Penn World Tables 9.1 sobre las series de capital) y encuentro una caída similar. La gran expansión de la inversión y la tecnología, particularmente una vez que los mercados mundiales se abrieron a la industria china después de 2000 cuando se unió a la Organización Mundial del Comercio, condujo a tasas de crecimiento de dos dígitos hasta la Gran Recesión de 2008. Pero la mayor composición orgánica del capital impulsó que la rentabilidad cayese antes de la crisis mundial de pandemia y, finalmente, el crecimiento se desaceleró.

¿Significa que China se dirige hacia una gran crisis con características capitalistas clásicas en algún momento de esta década? Marquetti et al parecen sugerir que: “La mayor tasa de beneficio explica la fuerte mecanización en las primeras etapas del proceso. La rápida acumulación de capital disminuyó la productividad del capital y la tasa de ganancia. Por lo tanto, alcanzar los niveles occidentales depende de elevar las tasas de ahorro e inversión. Puede reducir aún más la productividad del capital y la tasa de ganancia, poniendo en riesgo el proceso, lo que parece ser el caso en China e India». Y citan a Minqi Li:  »si China siguiera esencialmente las mismas leyes económicas que en otros países capitalistas (como Estados Unidos y Japón), la disminución en la tasa de ganancias sería seguida por una desaceleración de la acumulación de capital, que culminaría en una gran crisis económica ».

Pero la pregunta para mí es si el sector capitalista en la economía de China es dominante. ¿Sigue China la misma ley de valor que otras economías capitalistas ? China parece ser más que una versión autocrática, antidemocrática, «política» del capitalismo en comparación con la versión «liberal democrática» de Occidente (como defiende Milanovic). Su economía no está dominada por el mercado, por decisiones de inversión basadas en la rentabilidad; o por empresas capitalistas y sus directivos; o por inversores extranjeros. Su economía todavía está dominada por el control estatal, la inversión pública, los bancos estatales y por funcionarios comunistas que controlan las grandes empresas y planifican la economía (a menudo de manera ineficiente, ya que no hay rendición de cuentas ante los trabajadores de China).

Les recuerdo a los lectores el estudio que hice hace unos años sobre el alcance de los activos estatales y la inversión en China en comparación con cualquier otro país. Demostró que China tiene un stock de activos del sector público por valor del 150% del PIB anual; solo Japón tiene una cantidad similar del 130%. Todas las demás economías capitalistas importantes tienen menos del 50% del PIB en activos públicos. Cada año, la inversión pública de China en relación con el PIB es de alrededor del 16% en comparación con el 3-4% en los Estados Unidos y el Reino Unido. Y aquí está la cifra clave. Hay casi tres veces más de activos productivos públicos que activos del sector capitalista privado en China. En los Estados Unidos y el Reino Unido, los activos públicos son menos del 50% de los activos privados. Incluso en la ‘economía mixta’ de India o Japón, la proporción de activos públicos y privados no supera el 75%. Esto muestra que en China la propiedad pública de los medios de producción es dominante, a diferencia de cualquier otra economía importante.

Y ahora el FMI ha publicado nuevos datos que confirman ese análisis. China tiene un stock de capital público cercano al 160% del PIB, mucho más que en cualquier otro lugar. Pero tenga en cuenta que este stock del sector público ha estado cayendo más rápido que incluso las economías occidentales neoliberales. El modo de producción capitalista puede no ser dominante en China, pero está creciendo rápidamente.

¿Hacia dónde irá China? En la década tras la pandemia, ¿evolucionará hacia una economía capitalista similar al resto del mundo? En otras palabras, ¿adoptará el modelo neoliberal dominante? Hasta ahora, a la luz del desastroso fracaso de las economías de mercado «democráticas liberales» en la gestión de la pandemia, con tasas de mortalidad 100 veces más altas que en China y una depresión como no se había visto desde la década de 1930, ese modelo de mercado no parece atractivo a la dictadura comunista o al pueblo chino. En cambio, Xi y Li parecen querer continuar y expandir el modelo de desarrollo existente: una economía controlada y dirigida por el estado que frena el sector capitalista y resiste la intervención imperialista.

De hecho, China busca expandir su capacidad tecnológica y su influencia a nivel mundial a través de la iniciativa de inversión de “La Ruta de la Seda” y sus enormes programas de préstamos a países de África y otros estados. Y será capaz de hacerlo porque su modelo económico no descansa en la caída de la rentabilidad de su importante sector capitalista. Según un informe del IIF, China es ya el mayor acreedor mundial de los países de bajos ingresos.

Por eso la estrategia post-pandemia del imperialismo hacia China está girando bruscamente. Y este es el gran problema geopolítico de la próxima década. El enfoque imperialista ha cambiado. Cuando Deng asumió la dirección del PCCh en 1978 y comenzó a abrir la economía al desarrollo capitalista y la inversión extranjera, la política del imperialismo era de «compromiso». Después de la visita de Nixon y el cambio de política de Deng, la esperanza era que China pudiera ser atraída al nexo imperialista y el capital extranjero se ocuparía del resto, como lo ha hecho en Brasil, India y otros ‘mercados emergentes’. Con la ‘globalización’ y la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio, se intensificó su relación con el Banco Mundial, que aconsejó la privatización de la industria estatal y la introducción de los precios de mercado, etc.

Pero el colapso financiero global y la Gran Recesión han cambiado todo eso. Con su modelo de control estatal, China sobrevivió y se expandió mientras el capitalismo occidental entró en crisis. China se esta convirtiendo rápidamente no solo en una economía manufacturera y exportadora de mano de obra barata, sino en una sociedad urbanizada de alta tecnología que ambiciona con extender su influencia política y económica, incluso más allá del oriente asiático. Es inaceptable para unas economías imperialistas cada vez más débiles. Los Estados Unidos y otras naciones del G7 han perdido terreno frente a China en el sector manufacturero, y su dependencia de los insumos chinos para su propia industria ha aumentado, mientras que la dependencia de China de los insumos del G7 ha disminuido.

Fuente: Acciones del sector manufacturero de la base de datos en línea del World Development Indicator. Cálculos de confianza de los autores, basados ​​en las tablas ICIO de la OCDE ( https://www.oecd.org/sti/ind/inter-country-input-output-tables.htm ).

Así que la estrategia ha cambiado: si China no coopera con el imperialismo y se somete, la política se transforma en una de «contención». El tristemente fallecido Jude Woodward escribió un excelente libro que describe esta estrategia de contención que comenzó incluso antes de que Trump lanzara su guerra de aranceles comerciales con China al asumir la presidencia de los EEUU en 2016. La política de Trump, al principio considerado imprudente por otros gobiernos, está siendo adoptada en todos los ámbitos, después del fracaso de los países imperialistas para proteger vidas durante la pandemia. La culpa de la crisis del coronavirus se achaca a China.

El objetivo es debilitar la economía de China y destruir su influencia y tal vez lograr el ‘cambio de régimen’. Bloquear el comercio con aranceles; bloquear el acceso de China a nuevas tecnologías y sus exportaciones; aplicar sanciones a las empresas chinas; y enfrentar a los deudores con China. Todo esto puede ser costoso para las economías imperialistas. Pero el coste puede valer la pena, si China puede ser derrotada y se asegura la hegemonía estadounidense.

China no es una sociedad socialista. Su gobierno comunista autocrático mono partidista es a menudo ineficiente e impuso medidas draconianas a su pueblo durante la pandemia. El régimen maoísta reprimió a los disidentes sin piedad y la Revolución Cultural fue una farsa trágica. El gobierno actual también reprime a las minorías, como el grotesco confinamiento de los musulmanes uigures en la provincia de Xinjiang, en «campos de reeducación». Y nadie puede hablar en contra del régimen sin consecuencias. La dirección del PCCh acabar de presentar en la ANP una nueva Ley de Seguridad Nacional para Hong Kong, que puede cerrar su parlamento y reprimir militarmente las protestas. Y todavía quiere que Taiwán, refugio de los señores de la guerra ex nacionalistas que huyeron a Formosa y la ocuparon al final de la guerra civil en 1949, finalmente se incorpore al continente.

La dirección de China no es responsable ante sus trabajadores. No hay órganos de democracia obrera. Y está obsesionada con reforzar su poderío militar: la ANP fue informada que el presupuesto militar aumentaría un 6.6 por ciento en 2020 y China gasta un 2% del PIB en armamento. Pero es todavía mucho menos que los Estados Unidos. El presupuesto militar de los EEUU en 2019 fue de 732 mil millones de dólares, que representa el 38 por ciento del gasto de defensa global, en comparación con los 261 mil millones de dólares de China.

Pero recuerde, todos los llamados «comportamientos agresivos» y crímenes contra los derechos humanos de China han sido superados por los crímenes del imperialismo el siglo pasado: la ocupación y masacre de millones de chinos por el imperialismo japonés en 1937; las continuas y horribles guerras posteriores a 1945 del imperialismo contra el pueblo vietnamita, en América Latina y las guerras indirectas en África y Siria, así como la invasión más reciente de Irak y Afganistán y la terrible pesadilla en Yemen causada el repugnante régimen saudí que respalda Estados Unidos, etc. Y no olvide la horrible pobreza y desigualdad que sufren miles de millones de personas bajo el modo de producción imperialista.

La reunión de la ANP pone de manifiesto que China se encuentra en una encrucijada en su desarrollo. Su sector capitalista tiene problemas cada vez más profundos con la rentabilidad y la deuda. Pero su dirección actual se ha comprometido a continuar su modelo económico de dirección estatal y su control político autocrático. Y parece decidida a resistir la nueva política de «contención» de las «democracias liberales». La “guerra fría” comercial, tecnológica y política se “calentará” toda esta década, como el propio planeta.

https://www.sinpermiso.info/textos/china-la-encrucijada-tras-la-pandemia

  • 18.20.-Rentabilidad, inversión y pandemia  – MICHAEL ROBERTS
  • No morirse es importante para la calidad de vida – PAUL KRUGMAN
El presidente de la Reserva Federal Jerome Powell, durante una conferencia de prensa en Washington. Estados Unidos (REUTERS/Kevin Lamarque)

El discurso de la semana pasada del presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Jerome Powell, en el Instituto Peterson de Economía Internacional de Washington fue realmente impactante. Powell dijo a su audiencia de economistas que «el alcance y la velocidad de esta recesión no tienen precedentes en los tiempos modernos».

23 may 2020.- Uno de los hechos sorprendentes que apuntó fue que, según una encuesta especial de la Fed sobre el «bienestar económico» en los hogares estadounidenses, «de las personas que trabajaban en febrero, casi el 40% de los hogares que ganaban menos de 40,000 dólares al año habían perdido un empleo en Marzo»! !!

Powell advirtió a su bien pagado público que atendía sentado en su casa gracias a Zoom que “si bien la respuesta económica ha sido oportuna y suficiente, puede que no sea el capítulo final, dado que el camino por delante es muy incierto y con riesgos a la baja significativos». De hecho, si son fiables las reducciones continuas de las previsiones de crecimiento global, el número de optimistas que cree posible una recuperación en forma de V se reduce a los dirigentes políticos y financieros.

Otro estudio predice que el PIB de los EEUU disminuirá un 22% en comparación con el período previo al COVID-19 y que el 24% de los empleos en los EEUU probablemente estén en peligro. Considera además que los efectos negativos serán mayores para los trabajadores con salarios bajos que podrían sufrir una caída del empleo de hasta el 42%, mientras que los trabajadores con salarios altos experimentarán solo una reducción del 7%.

Y Powell estaba preocupado porque cree que este colapso provocará daños a largo plazo en la economía de Estados Unidos, dificultando cualquier recuperación rápida o incluso significativa. “La historia muestra que las recesiones más profundas y prolongadas pueden provocar un daño duradero a la capacidad productiva de la economía», dijo Powell, haciéndose eco de los argumentos defendidos en mi artículo sobre las ‘cicatrices’ económicas de la pandemia.

Powell cree que el principal problema para iniciar la recuperación tras la pandemia es que “una recesión prolongada y una recuperación débil también podrían desalentar la inversión y la expansión empresarial, limitando aún más la creación de empleos, así como el crecimiento del capital fijo y el avance tecnológico. El resultado puede ser un período prolongado de bajo crecimiento de la productividad y de ingresos estancados». Ver aquí.

Y existe el grave riesgo de que cuanto más tarde la recuperación, más probabilidades hay de quiebras y cierres de empresas y bancos, ya que «la recuperación puede tardar en ganar impulso, y ese retraso puede convertir los problemas de liquidez en problemas de solvencia».

De hecho, la semana pasada, la Reserva Federal publicó su Informe de Estabilidad Financiera semestral, en el que concluye que “el valor de los activos siguen siendo vulnerable a caídas significativas de los precios si la pandemia toma un curso inesperado, las consecuencias económicas resultan peores de lo previsto o resurgen las tensiones del sistema financiero». El informe de la Fed advierte que los prestamistas podrían enfrentarse a «pérdidas materiales» por conceder préstamos a empresas en dificultades que no puedan volver a la normalidad después de la crisis. «Las tensiones en los balances de los hogares y las empresas debido a los shocks económicos y financieros que se han sucedido desde marzo probablemente provoquen una situación de fragilidad que durará algún tiempo”, según la Fed. «En resumen, la posibilidad de que las pérdidas de las instituciones financieras creen presiones a medio plazo parece elevada», asegura la Fed.

Por lo tanto, la crisis del coronavirus será profunda y duradera, con una recuperación débil y podría provocar un colapso financiero. Y los trabajadores sufrirán de verdad, especialmente los de la parte inferior en la escala de ingresos y formación. Ese es el mensaje del jefe del banco central más poderoso del mundo.

Pero el otro mensaje que Jay Powell quería subrayar ante su audiencia de economistas es que esta aterradora depresión no es culpa del capitalismo. Powell se esforzó en asegurar que la causa de la depresión son el virus y los cierres y no la economía. “La recesión actual es única en su clase, ya que es atribuible al virus y a las medidas adoptadas para limitar sus consecuencias. Esta vez, el problema no ha sido la alta inflación. Ni la amenaza de que pinche una burbuja que amenace la economía, ni que reviente un boom insostenible. La causa es el virus, no los sospechosos habituales, algo que vale la pena tener en cuenta en cómo respondemos».

Esta declaración me recordó lo que escribí a mediados de marzo, cuando la Organización Mundial de la Salud declaró el virus una pandemia. “Estoy seguro de que cuando termine este desastre, la teoría económica dominante y las autoridades afirmarán que fue una crisis exógena que no tiene nada que ver con defectos inherentes del modo de producción capitalista y la estructura social de la sociedad. Que la culpa fue del virus». Mi reacción entonces fue recordar a los lectores que “incluso antes de la pandemia, en la mayoría de las principales economías capitalistas, tanto en el llamado mundo desarrollado como en las economías ‘en desarrollo’ del ‘Sur Global’, la actividad económica se estaba frenando, en algunas economías ya se estaba contrayendo la producción y la inversión nacional, y otras muchas estaban a punto de que les ocurriera lo mismo».

Después del comentario de Powell, volví a echar un vistazo a la tasa de crecimiento del PIB real mundial desde el final de la Gran Recesión en 2009. Según los datos del FMI, se puede ver que la tendencia del crecimiento anual era a la baja y en 2019 el crecimiento global fue el más lento desde la Gran Recesión.

Y si comparamos la tasa de crecimiento del PIB real de 2019 con la media de los 10 años anteriores, todas las áreas del mundo muestran una caída significativa.

El crecimiento de la Eurozona fue un 11% inferior que la media del decenio anterior, en el G7 y las economías avanzadas incluso más bajas, una tasa de crecimiento de los mercados emergentes un 27% más baja; por lo que la tasa de crecimiento mundial en 2019 fue un 23% más baja que la media desde el fin de la Gran Recesión. He incluido a América Latina para mostrar que esta región estaba en crisis ya en 2019.

Así que la economía capitalista mundial ya estaba cayendo en una recesión (prevista hace tiempo) antes de que estallara la pandemia de coronavirus. ¿Por qué? Como Brian Green explicó en la discusión de You Tube que tuve con él la semana pasada, la economía de EEUU ha estado inflando una burbuja a base de crédito durante los últimos seis años, lo que permitió que la economía creciera a pesar de la caída de la rentabilidad y la inversión en la economía «real». Como dice Brian, «la salud subyacente de la economía capitalista global era débil antes de la plaga, pero estaba oculta por el dinero barato que generaban las ganancias especulativas que retro-alimentaban la economía». (Para los datos de Brian, ver su web aquí ).

En aquel debate, analicé la trayectoria de la rentabilidad del capital a nivel mundial. Las Penn World Tables 9.1 proporcionan una nueva serie llamada tasa interna de rendimiento del capital (TIR) ​​para todos los países del mundo desde 1950 hasta 2017. La TIR es un indicador razonable de un cálculo marxista de la tasa de ganancia en relación al capital fijo, aunque por supuesto no es lo mismo porque excluye el capital variable y los inventarios de materias primas (capital circulante) del denominador. A pesar de esa deficiencia, la TIR nos permite considerar la tendencia y la trayectoria de la rentabilidad de las economías capitalistas y compararlas entre sí a partir de una base similar de valoración.

Si observamos la TIR de las siete principales economías capitalistas, los países imperialistas, los G7, encontramos que la tasa de ganancia en las principales economías alcanzó su punto máximo al final de la llamada era ‘neoliberal’ a finales de la década de 1990. Hubo una disminución significativa de la rentabilidad después de 2005 y luego una caída durante la Gran Recesión, igualando los resultados de Brian para el sector no financiero de los Estados Unidos. La recuperación desde el fin de la Gran Recesión ha sido limitada y la rentabilidad se mantiene cerca de los mínimos históricos.

La serie TIR solo llega hasta 2017. Sería posible extender estos resultados a 2019 utilizando la base de datos AMECO que mide el rendimiento neto del capital de manera similar a las tablas TIR de Penn. No he tenido tiempo de hacerlo como de debe, pero una primera ojeada sugiere que no ha habido un aumento de la rentabilidad desde 2017 y probablemente ha caído ligeramente hasta 2019. Por lo tanto, estos resultados confirman los datos estadounidenses de Brian Green de que las principales economías capitalistas eran ya débiles antes del golpe de la pandemia.

En segundo lugar, también podemos llegar a esta impresión observando las ganancias corporativas totales, no solo la rentabilidad. Brian también lo hace para Estados Unidos y China. He intentado proyectar los movimientos de las ganancias corporativas de EEUU y China a escala global ponderando las ganancias corporativas (publicadas trimestralmente) de una selección de las principales economías: EEUU, Reino Unido, China, Canadá, Japón y Alemania. Estas economías constituyen más del 50% del PIB mundial. Lo que revela esta proyección es que las ganancias corporativas globales se habían estancado antes de la pandemia. La ley de doble filo de la rentabilidad de Marx estaba actuando.

El mini boom de ganancias que comenzó a principios de 2016 alcanzó su punto máximo a mediados de 2017 y retrocedió en 2018 hasta cero en 2019.

Eso me lleva a la conexión causal entre los beneficios y el estado de las economías capitalistas. A lo largo de los años, he presentado argumentos teóricos para defender mi interpretación de la visión marxista de que son los beneficios los que impulsan la inversión capitalista, no la «confianza», ni las ventas, ni el crédito, etc. Además, los beneficios arrastran la inversión, y no al revés. No es solo la lógica de la teoría la que respalda este punto de vista; también la evidencia empírica. Y hay mucha.

Pero permítanme llamar su atención sobre un nuevo artículo de Alexiou y Trachanas: “Predicting post-war US recessions: a probit modelling approach” (Predecir las recesiones estadounidenses de posguerra: un enfoque de modelado probit), abril de 2020. Es una Investigaron de la relación entre las recesiones estadounidenses y la rentabilidad del capital mediante un análisis de regresión multivariante. Concluyen que la probabilidad de una recesión aumenta con la caída de la rentabilidad y viceversa. Sin embargo, la variaciones en el crédito privado, en las tasas de interés y el índice Q de Tobin (el valor en bolsa comparado con los valores de los activos fijos) no son estadísticamente significativos y cualquier relación con las recesiones es «bastante escasa».

Deduzco de este estudio y de los otros anteriores, que aunque el capital ficticio (crédito y acciones) puede mantener una economía capitalista a flote un tiempo, eventualmente será la rentabilidad del capital en el sector productivo la que se imponga. Además, reducir las tasas de interés a cero o menos; inyectar crédito a niveles astronómicos que alientan la inversión especulativa en activos financieros (y así elevar el índice Q de Tobin) y un mayor gasto fiscal no permitirán que las economías capitalistas se recuperen de esta recesión pandémica. Para eso se requiere un aumento significativo de la rentabilidad del capital productivo.

Si observamos las tasas de inversión (medidas por la inversión total en relación con el PIB en una economía), encontramos que en los últimos diez años, la inversión total/PIB en las principales economías ha sido débil; de hecho, en 2019, la inversión total (publica, de los hogares y de las empresas) en relación con el PIB ha sido menor que en 2007. En otras palabras, incluso la baja tasa de crecimiento del PIB real en las principales economías en los últimos diez años no ha sido igualada por el crecimiento de la inversión total. Y si se deducen el gasto público y el de los hogares, la inversión empresarial se ha comportado aún peor.

Por cierto, el argumento de los keynesianos de que el bajo crecimiento económico en los últimos diez años se debe al «estancamiento secular» causado por un «exceso de ahorro», no se confirma. El índice de ahorro nacional en las economías capitalistas avanzadas en 2019 no ha sido mayor que en 2007, mientras que el índice de inversión ha caído un 7%. Ha habido una escasez de inversión, no un exceso de ahorro. Este es el resultado de la baja rentabilidad en las principales economías capitalistas, que obliga a buscar en el extranjero donde invertir con una rentabilidad más alta (el índice de inversión en las economías emergentes ha aumentado un 10%; volveré a este punto en un artículo futuro).

Lo importante para restaurar el crecimiento económico en una economía capitalista es la inversión empresarial. Y depende de la rentabilidad de esa inversión. E incluso antes del golpe de la pandemia, la inversión empresarial estaba cayendo. Por ejemplo, Europa. Antes del golpe de la pandemia, la inversión empresarial en los países periféricos europeos todavía estaba aproximadamente un 20% por debajo de los niveles anteriores a la crisis.

Andrew Kenningham, economista jefe para Europa de Capital Economics, pronostica que la inversión empresarial de la eurozona caerá un 24 por ciento interanual en 2020, contribuyendo a una contracción del 12 por ciento del PIB. En el primer trimestre, Francia sufrió su mayor contracción conocida en la formación bruta de capital fijo, un índice de la inversión pública y privada; la contracción en España también estuvo cerca de niveles récord, según datos preliminares de su oficina nacional de estadística.

En Europa, los fabricantes que producen bienes de inversión, utilizados como insumos para la producción de otros bienes y servicios, como maquinaria, camiones y equipos, experimentaron el mayor impacto negativo en su actividad, según datos oficiales. En Alemania, la producción de bienes de inversión cayó un 17 por ciento en marzo en comparación con el mes anterior, más del doble de la caída en la producción de bienes de consumo. Francia y España registraron diferencias aún mayores.

La baja rentabilidad y el aumento de la deuda son los dos pilares de la Larga Depresión (es decir, bajo crecimiento de la inversión productiva, de los ingresos reales y del comercio) en la que están desde hace una década las principales economías. Con la pandemia, los gobiernos y los bancos centrales están duplicando estas políticas, respaldados por un coro aprobatorio de las distintas escuelas keynesianas (incluida la TMM), con la esperanza y la expectativa de que conseguirán relanzar las economías capitalistas después de que se terminen o relajen los cierres y confinamientos.

Es poco probable que esto suceda, porque la rentabilidad seguirá siendo baja e incluso puede ser que menor, pero aumentarán las deudas, infladas por la enorme expansión crediticia. Las economías capitalistas seguirán deprimidas e incluso eventualmente experimentarán una inflación creciente, de modo que esta nueva etapa de depresión se convertirá en estanflación. El multiplicador keynesiano (gasto público) no será suficiente, como en la década de 1970. El multiplicador marxista (rentabilidad) demostrará ser una guía mejor de la naturaleza de los auges y las crisis capitalistas y demostrará que las crisis capitalistas se repetirán mientras exista el modo de producción capitalista.

ttps://www.sinpermiso.info/textos/rentabilidad-inversion-y-pandemia

 

18-20.-No morirse es importante para la calidad de vida – PAUL KRUGMAN

El PIB es lo de menos; el cometido más esencial de cualquier líder es mantener viva a la población

Un hombre pasa ante una verja con mensajes por la memoria de los fallecidos en Nueva York. BRYAN SMITH/ZUMA WIRE/DPA / EUROPA PRESS

Estados Unidos está inmerso ahora en un experimento enorme y peligroso. Aunque el distanciamiento social ha limitado la difusión del coronavirus, este dista mucho de estar controlado. Aun así, a pesar de las advertencias de los epidemiólogos, buena parte del país avanza hacia la reapertura de la economía.

29 may 2020.- Cualquiera pensaría que una medida tan trascendental vendría acompañada de justificaciones muy pensadas; que los políticos que presionan para poner fin al confinamiento, de Donald Trump para abajo, intentarían al menos explicar por qué deberíamos asumir ese riesgo. Pero quienes piden una rápida reapertura guardan un extraordinario silencio respecto a las contrapartidas que ello implica. En cambio, no cesan de hablar de la necesidad de “salvar la economía”. Esa es, sin embargo, una forma muy mala de plantear la política económica durante una pandemia.

¿Cuál es, después de todo, el propósito de la economía? Si su respuesta es algo así como “generar rentas que permitan a los ciudadanos comprar cosas”, se equivocan; el dinero no es el objetivo último, sino solo un medio para alcanzar un fin, a saber, mejorar la calidad de vida. Por supuesto que el dinero es importante: existe una clara relación entre los ingresos y la satisfacción con la vida. Pero no es lo único que importa. En concreto, ¿saben qué contribuye también mucho a la calidad de vida? No morirse.

Y cuando tomamos en consideración el valor de no morirse, la prisa por reabrir parece realmente una mala idea, incluso en términos de economía en su sentido más estricto. Tal vez se sientan tentados a decir que no podemos poner precio a la vida humana. Pero si lo piensan bien, eso es una tontería; lo hacemos constantemente.

Gastamos mucho dinero en la seguridad de las carreteras, pero no lo suficiente como para evitar todos los accidentes mortales prevenibles. Regulamos las actividades empresariales para evitar la contaminación mortal, a pesar de que cuesta dinero, pero no de manera tan estricta como para eliminar todas las muertes causadas por la contaminación. De hecho, tanto la política de transportes como la medioambiental se han guiado en el pasado por las cifras asignadas al “valor de una vida estadística”. Los cálculos actuales de ese valor se sitúan en torno a los 10 millones de dólares.

Es cierto que los fallecimientos por covid-19 se han concentrado entre los estadounidenses de mayor edad, que pueden esperar que les queden menos años que a la media, de modo que tal vez queramos emplear una cifra más baja, pongamos que cinco millones de dólares. Pero incluso así, si hacemos cuentas, veremos que el distanciamiento social, aunque haya reducido el PIB, ha valido la pena. Esa es la conclusión de dos estudios que calcularon los costes y beneficios del distanciamiento social, teniendo en cuenta el valor de una vida. De hecho, tardamos demasiado: un estudio de Columbia calculaba que si el confinamiento hubiera empezado solo una semana antes, a principios de mayo se habrían salvado 36.000 vidas, y un cálculo apresurado indica que los beneficios de ese confinamiento más temprano habrían quintuplicado como mínimo el coste del PIB perdido.

¿Por qué nos apresuramos a reabrir, entonces? Sin duda, las previsiones epidemiológicas son enormemente inciertas. Pero esta incertidumbre exige más cautela, no menos. Si abrimos demasiado tarde, perderemos algo de dinero. Si abrimos demasiado pronto, nos arriesgamos a que se produzca una segunda oleada explosiva de infecciones, que no solo mataría a muchos estadounidenses, sino que probablemente nos obligaría a un segundo confinamiento, aún más costoso. Entonces, ¿por qué el Gobierno de Trump no intenta siquiera justificar la presión para la reapertura por medio de un análisis racional de coste y beneficio? La respuesta, por supuesto, es que la racionalidad tiene un sesgo progresista bien conocido.

Después de todo, si de verdad les importase la economía, incluso los partidarios ardientes de la reapertura querrían que la población siguiera llevando mascarillas, que son una forma barata de evitar la expansión del virus. En cambio, han preferido librar una guerra cultural contra esta precaución tan razonable. Y la Casa Blanca ha respondido a las advertencias de los expertos acerca del riesgo de reapertura — ¡sorpresa!— acusando a los expertos de conspirar contra el presidente. Cuando le preguntaron acerca de ese estudio de Columbia que insinuaba que una acción más rápida habría salvado muchas vidas, Trump respondió que “Columbia es una impresentable institución progresista”, y afirmó falsamente que él se había adelantado a los expertos en la petición del confinamiento.

¿He mencionado que Trump y su Gobierno han subestimado drásticamente las muertes por covid-19 a cada paso del camino? La cuestión es que la presión para reabrir la economía no refleja ningún tipo de juicio bien pensado acerca de los riesgos y las recompensas. Es mejor verlo más bien como un ejercicio de pensamiento mágico.

Trump y los conservadores en general parecen creer que si fingen que la covid-19 no es una amenaza aún presente, de algún modo desaparecerá, o al menos la población se olvidará de ella. De ahí la guerra a las mascarillas, que ayudan a limitar la pandemia, pero le recuerdan a la gente que el virus sigue suelto. Dicho de otra forma, Trump y sus aliados no quieren que llevemos mascarillas, pero sí quieren que nos pongamos anteojeras. ¿Cómo acabará este ejercicio de negación? Como decía, hay mucha incertidumbre en las proyecciones epidemiológicas. Trump y sus amigos podrían tener suerte; su insistencia en que deberíamos retomar la actividad normal podría no provocar un gran número de decesos. Pero seguramente los causará, porque la presión para reanudar la actividad se apoya en una base de terca ignorancia. El PIB es lo de menos; el cometido más esencial de cualquier líder es mantener viva a la población. Por desgracia, es un cometido que Trump no parece interesado en llevar a cabo.

https://elpais.com/economia/2020-05-29/no-morirse-es-importante-para-la-calidad-de-vida.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART

  • 17.20.-Coronavirus: los 2 grandes escenarios mundiales que plantean algunos expertos para después de la pandemia GERARDO LISSARDY* BBC News Mundo, Nueva York
  • Morir para salvar al Dow Jones  PAUL KRUGMAN
  • «Donald Trump está transformando profundamente la organización de la alta tecnología global y su futuro» – PHILIPPE ESCANDE
La pandemia de covid-19 puede alterar el tablero geopolítico global. GETTY IMAGES

Una devastadora pandemia de gripe azota al mundo, que entra en una peligrosa espiral de crisis económica, tensiones políticas y conflicto armado.

5 may 2020.- Sucedió tras la Primera Guerra Mundial y la llamada gripe española, cuando «regresar a la normalidad» era un deseo tan extendido que un candidato presidencial en Estados Unidos ganó las elecciones de 1920 con ese eslogan.

La inestabilidad global creció, sobre todo tras la Gran Depresión de 1929 que hundió el comercio y disparó el desempleo. La democracia retrocedía. El nacionalismo avanzaba. Y el mundo cayó en el mayor conflicto bélico de su historia.

  • Cómo cambió el mundo hace cien años con la gripe española, la peor pandemia del siglo XX

Pero hubo otra vez, después de la devastadora Segunda Guerra Mundial, en que los países pusieron de lado sus diferencias para responder a los riesgos del orden internacional que asomaba.

Se crearon organizaciones para promover la gobernanza, paz y seguridad global. Avanzó la cooperación entre países. Se integraron economías. Y se evitó una nueva guerra mundial.

Ahora otra pandemia ha vuelto a poner al planeta en una situación extrema.

El coronavirus es el mayor reto para el mundo desde la Segunda Guerra Mundial, según las Naciones Unidas. Y las medidas para combatirlo traerán la peor recesión económica desde la Gran Depresión, anticipó el Fondo Monetario Internacional.

En este contexto, distintos expertos comenzaron a cuestionarse si el escenario mundial que resultará de todo esto será más reminiscente a la era posterior a la Primera o la Segunda Guerra Mundial.

«Es una muy buena pregunta», dice James Hershberg, profesor de historia y relaciones internacionales en la Universidad George Washington, a BBC Mundo.

Se busca liderazgo 

Imagen caption. El secretario general de la ONU, António Guterres, cree que ha faltado liderazgo global en la respuesta al coronavirus.

La pandemia de coronavirus ya ha asestado un duro revés al mundo multilateral que surgió después de 1945.

No se trata sólo del cierre de fronteras y las críticas que intercambian potencias como Estados Unidos y China. Hay, además, una evidente falta de coordinación política global ante el avance del virus.

«Es obvio que nos falta el liderazgo que solo puede ser posible si (…) las potencias mundiales clave son capaces de aproximarse, adoptar una estrategia común y luego reunir a toda la comunidad internacional», admitió el secretario general de la ONU, António Guterres, en entrevista con la BBC.

Los especialistas vinculan esto con el vacío que ha dejado EE.UU. en el tablero internacional en los últimos años, sobre todo durante la presidencia de Donald Trump.

Trump llegó al poder con la promesa de poner a «América primero» ante los asuntos globales, un eslogan que había usado en la campaña de 1920 su antecesor Warren Harding: el mismo que prometía «regresar a la normalidad» tras la Primera Guerra Mundial.

Ese enfoque nacionalista y unilateral va a contramano del papel de líder global que EE.UU. asumió desde la Segunda Guerra Mundial para construir instituciones como la propia ONU, lograr acuerdos como el de Bretton Woods o ayudar a reconstruir Europa con el Plan Marshall.

Observadores como Ian Goldin, un profesor de globalización y desarrollo en la Universidad de Oxford, cuestionan preocupados quién ocupará el espacio cedido por Washington.

«Podemos tener optimismo, pero no vemos liderazgo desde la Casa Blanca», indicó. «China no puede asumirlo y el Reino Unido no puede liderar en Europa«, dijo a la BBC.

Goldin es uno de los expertos que plantea una disyuntiva entre dos escenarios globales similares a las eras pos-guerra, ya sea con crecientes divisiones o con mayor cooperación internacional.

  • Por qué la pandemia de coronavirus puede acelerar la desglobalización de la economía mundial (y qué peligros conlleva eso)

Otros van aún más lejos y advierten que, sin un involucramiento activo de EE.UU., con un declive económico histórico y tensiones entre países, el panorama se parecerá más al del período de entreguerras.

«Veo cómo toda la situación internacional se deteriora. Y ese es el paralelo: tras la Primera Guerra Mundial la situación global se puso progresivamente peor», dijo Richard Haass, presidente del Council on Foreign Relations, un influyente centro de análisis en EE.UU.

«No digo que vaya a ocurrir con seguridad, pero me preocupa que, a menos que cambiemos el curso, la dinámica, las cosas se pueden poner peores«, agregó Haass en una entrevista con BBC Mundo.

  • ¿Qué significa que «la Historia se esté acelerando» por la crisis del coronavirus?

Nuevos riesgos

Sin embargo, otros creen que los países se encaminarán hacia una mayor cooperación.

Bill Gates, el cofundador de Microsoft, ha sostenido que también EE.UU. acabará involucrado de forma más fuerte que ahora en la lucha global contra el virus.

Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGESImage caption Bill Gates es uno de los que ve posible una cooperación global como hubo tras la Segunda Guerra Mundial..

«Hay muchas voces que nos empujarán a trabajar con Europa y con otros países y ser parte de las innovaciones que pondrán fin a esto», sostuvo el filántropo multimillonario en el portal informativo Vox.

«Realmente creo que la analogía de la Segunda Guerra Mundial se aplica aquí«, añadió Gates, quien en un discurso en 2015 había advertido que la mayor amenaza para millones de vidas en el mundo sería un virus antes que una guerra.

Fue precisamente una combinación de amenazas, como las armas nucleares, el ascenso la Unión Soviética y la memoria viva del riesgo del nacionalismo en Europa, lo que junto con la creciente influencia de EE.UU. impulsó la cooperación multilateral tras la Segunda Guerra Mundial, explica el profesor James Hershberg.

«Nunca es un factor único; son múltiples factores que se unen. Pero estamos en una situación de desafíos globales cada vez más claros que requieren respuestas globales. Ya era evidente con el cambio climático y otros factores, pero la pandemia lo dramatizó», dice.

Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGESImage captionLa continuidad o no de Trump en la Casa Blanca tras las elecciones de EE.UU. será clave para el escenario global, según expertos.

A su juicio, las elecciones de noviembre en EE.UU. también serán clave para el rumbo global.

«Si hubiera cuatro años más de Trump, sería muy comparable al patrón de los años de entreguerras, de una lucha darwiniana de cada país por sí mismo, y es probable que se exacerben las tendencias actuales contra la democracia», opina Hershberg.

«Si Trump pierde, es posible que al menos haya alguna dinámica que contrarreste» esas tendencias, agrega.

¿»Escenario intermedio»?

Claro que en todo esto hay mucha incertidumbre.

Por ejemplo, desconocemos cuán larga y profunda será la debacle económica mundial por las medidas de confinamiento para reducir el contagio de covid-19.

Si se logra controlar el virus pronto, algunos economistas ven la posibilidad de una recuperación comparable a la que hubo después de la Segunda Guerra Mundial.

Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGESImage captionLa pandemia de gripe de principios del siglo XX fue única debido a la desproporcionada cantidad de jóvenes que mató.

Después de todo, la crisis actual no es una guerra donde las bombas destruyen la infraestructura o la capacidad productiva de los países.

Y, con todo el dolor que causa, el saldo de víctimas mortales de covid-19 (que pasó los 250.000 este martes, según la Universidad Johns Hopkins) está muy por debajo de los 20 a 50 millones que murieron por la «gripe española» entre 1918 y 1920.

Pero en aquella pandemia hubo una segunda ola de contagios más mortal que la primera.

Hoy el colapso de la economía mundial ya deja millones de desempleados y, si la recesión se extiende, podría causar mayor inestabilidad global, más fisuras en Europa y escalar los roces ya visibles entre Occidente y China, la gran potencia emergente.

También, como sucedió tras la crisis financiera de 2008, podría crecer la polarización política y la furia popular con gobiernos en varios países, lo que a su vez contribuyó al ascenso de Trump o la salida del Reino Unido de la Unión Europea.

Un aforismo atribuido a menudo a Mark Twain, aunque sin certeza que sea de su autoría, dice que «la historia no se repite, pero rima».

Mirar al pasado, aclara Hershberg, puede servir para sacar lecciones útiles para el presente y un futuro que los historiadores no pueden proyectar con precisión.

Saskia Sassen, profesora de sociología y miembro del Comité sobre Pensamiento Global en la Universidad de Columbia, cree que lo más más probable es que haya un «escenario intermedio» respecto a los que surgieron tras las dos guerras mundiales.

«Habrá algunos actores importantes, en particular EE.UU., que irán hacia crecientes nacionalismos«, dice Sassen a BBC Mundo. «Pero una vez que (Trump) esté fuera, puede haber distintos escenarios en juego».

Premio Príncipe de Asturias de ciencias sociales y autora del libro «Expulsiones: brutalidad y complejidad en la economía global», Sassen agregó que en Occidente aún hay figuras destacadas, como la canciller alemana Angela Merkel o el propio Guterres, que defienden la colaboración entre países.

A su entender, esas figuras «lograrán poner la razón y madurez delante, lo suficiente para superar a los líderes más regresivos que proliferan».

https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-52526090

17.20.-Morir para salvar al Dow Jones – PAUL KRUGMAN

Trump y la derecha presionan para una reapertura rápida de la economía porque creen que eso hará que la Bolsa suba

Banderas de EE UU en la sede de la Bolsa de Nueva York.JUSTIN LANE / EFE

A mediados de marzo, tras varias semanas negándose a aceptarlo, Donald Trump admitió por fin que la covid-19 era una amenaza seria y pidió a los estadounidenses que practicasen el distanciamiento social. El reconocimiento tardío de la realidad — supuestamente debido a la preocupación de que admitir que el coronavirus suponía una amenaza perjudicaría al mercado de valores— tuvo consecuencias mortales. 

22 may 2020.- Expertos en modelos epidemiológicos creen que, de haberse iniciado el confinamiento aunque fuese solo una semana antes, Estados Unidos podría haber evitado decenas de miles de muertes. Aun así, más vale tarde que nunca. Y durante un breve periodo de tiempo tuvimos la impresión de que por fin nos habíamos decidido por una estrategia para contener el virus y a la vez limitar las penurias económicas del confinamiento.

Pero Trump y el Partido Republicano han abandonado ya esa estrategia. Se niegan a decirlo explícitamente, y están dando varias explicaciones insinceras para lo que hacen, pero su posición básica es que miles de estadounidenses deben morir por culpa del Dow Jones. ¿Cuál era la estrategia que Trump abandonó? La misma que ha funcionado en otros países, desde Corea del Sur hasta Nueva Zelanda. Primero, usar el confinamiento para “aplanar la curva”, o sea, reducir el número de estadounidenses infectados hasta un nivel relativamente bajo. Después, combinar la reapertura gradual con las pruebas generalizadas, el seguimiento de contactos cuando se detecte un paciente infectado y el aislamiento de quienes pudieran contagiar la enfermedad.

Ahora bien, un confinamiento prolongado significa una gran pérdida de ingresos para muchos trabajadores y empresas; de hecho, casi la mitad de la población adulta vive en hogares que han perdido las rentas del trabajo desde marzo. De modo que, para hacer tolerable el confinamiento, hay que acompañarlo de ayudas para situaciones de desastre, de prestaciones especialmente generosas por desempleo y de ayudas a pequeñas empresas. Y el hecho es que la ayuda para situaciones de desastre ha sido más eficaz de lo que en general se reconoce.

En un principio, las sobrepasadas oficinas de desempleo fueron incapaces de procesar la avalancha de solicitudes. Pero poco a poco han ido poniéndose al día y, a estas alturas, parece que la mayoría de los estadounidenses en situación de desempleo está recibiendo prestaciones que sustituyen una gran parte de los salarios perdidos. La ayuda a pequeños empresarios, a través de préstamos que se convierten en subvenciones si el dinero se utiliza para mantener las plantillas, ha sido mucho más caótica. Así y todo, muchas pequeñas empresas han recibido préstamos y de hecho están usando el dinero para mantener las plantillas. En resumen, la red de seguridad tejida a toda prisa contra la covid-19, aunque esté llena de agujeros, ha protegido a muchos estadounidenses de la pobreza extrema.

Pero esa red de seguridad se retirará en los próximos meses a no ser que el Congreso y la Casa Blanca actúen. Las pequeñas empresas tienen solo una ventana de ocho semanas para convertir los préstamos en subvenciones, lo que significa que muchas empezarán a despedir aproximadamente dentro de un mes. La ampliación de las prestaciones por desempleo expirará el 31 de julio. Y a no ser que los Gobiernos estatales y locales reciban una amplia ayuda de Washington, pronto veremos despidos masivos de maestros, bomberos y policías.

Sin embargo, Trump y su partido se han pronunciado contra el aumento de las ayudas para los desempleados y contra las subvenciones a los asediados Gobiernos estatales y locales. En cambio, el partido pone cada vez más sus esperanzas en la rápida reapertura de la economía, a pesar de que la perspectiva aterra a los expertos, que advierten de que podría conducir a una segunda oleada de infecciones.

¿De dónde proviene este ímpetu por la reapertura? Algunos republicanos afirman que no podemos permitirnos seguir proporcionando una red de seguridad porque estamos incurriendo en un endeudamiento excesivo. Pero eso es al mismo tiempo mala teoría económica y una hipocresía. Al fin y al cabo, los déficits presupuestarios por las nubes no han impedido a los funcionarios de Trump proponer, sí, más rebajas fiscales.

Está también el pretexto de que la presión para que se reabra la economía procede de trabajadores de a pie. Pero a la ciudadanía le preocupa más reabrir demasiado rápido que reabrir demasiado despacio, y los que han perdido su salario por el confinamiento no se inclinan más por una reapertura rápida que los que no lo han perdido. No, la presión para desoír a los expertos viene de arriba; procede de Trump y sus aliados, y cualquier apoyo limitado que puedan estar recibiendo de la ciudadanía deriva del partidismo, no del populismo.

Entonces, ¿por qué Trump y sus amigos tienen tantas ganas de arriesgarse a que la cifra de muertos se eleve mucho más? La respuesta, sin duda, es que están volviendo a las andadas. En las primeras fases de esta pandemia, Trump y la derecha en general restaron importancia a la amenaza porque no querían perjudicar las cotizaciones bursátiles. Ahora están presionando para que se ponga fin prematuramente al confinamiento porque imaginan que eso volverá a hacer que las acciones suban otra vez.

No había por qué seguir este camino. Otro líder podría haberles dicho a los estadounidenses que se encuentran en una dura batalla, pero que al final vencerán. Gobernadores como Andrew Cuomo, que han adoptado esa postura, han visto dispararse su aprobación en las encuestas. Pero Trump no logra ir más allá de esta tendencia a la promoción de sí mismo. Y claramente sigue obsesionado con el mercado bursátil como baremo de su presidencia. De modo que Trump y su partido quieren avanzar a toda velocidad hacia la apertura, sin importar a cuánta gente mate. Como he dicho, en realidad su posición es que los estadounidenses deben morir por el Dow Jones.

https://elpais.com/economia/2020-05-22/morir-para-salvar-al-dow-jones.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART 

17.20.-«Donald Trump está transformando profundamente la organización de la alta tecnología global y su futuro» PHILIPPE ESCANDE

Al aumentar las prohibiciones de ventas en el campo de la electrónica en nombre de su rivalidad con China, el presidente estadounidense está rompiendo la cadena de valor global del sector, cree Philippe Escande, columnista económico en  Le Monde.

En la sede de TSMC en Hsinchu, Taiwán, en agosto de 2018. Tyrone Siu / REUTERS

Pérdidas y ganancias. Donald Trump no es un geek, es un desarrollador inmobiliario. Lo que le interesa al presidente de los Estados Unidos es la transacción del momento, no la especulación sobre el futuro de la tecnología.

18 may 2020.- Sin embargo, en la guerra que actualmente está luchando por destruir al fabricante chino de equipos de telecomunicaciones Huawei, está en el proceso de cambiar radicalmente la organización de la alta tecnología global y su futuro. Este es el significado de la advertencia al fabricante taiwanés Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC) de que ya no suministre a Huawei chips de alta gama de que es uno de los únicos en el mundo que sabe cómo fabricar.

Si, hoy en día, un teléfono inteligente es más poderoso que una supercomputadora de la década de 1980, es gracias a la progresión continua de la capacidad informática de los chips electrónicos. Uno de los fundadores de Intel, Gordon Moore, descubrió que, a precios constantes, el número de transistores que se podían insertar en un chip se duplicaba cada dos años. Lo que se ha llamado «Ley de Moore» se ha verificado durante casi cuarenta años. Es la base de la revolución de la microcomputadora, luego, hoy en día, los teléfonos inteligentes y detrás de las fábricas gigantes que gestionan el tráfico global de Internet.

Especialización de tareas 

Esta ley muy empírica fue posible gracias a una organización mundial que empujó a las empresas a especializarse. En 1987, el chino-estadounidense Morris Chang fundó TSMC, con el objetivo de producir chips para todos aquellos que lo quisieran. Al centrarse en la producción, pudo, gracias a los efectos de la escala, frustrar lo que la ley de Moore no dice: cada generación de chips requiere una nueva fábrica dos veces más cara que la anterior. Unos cientos de millones de dólares en la década de 1990, más de 10 mil millones en la actualidad.

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TSMC, que invierte 16 mil millones de dólares (14.8 mil millones de euros) por año, no vende nada bajo su propia marca, a diferencia de Samsung. Por lo tanto, es el más solicitado, desde Apple hasta Huawei, pero también por todos los ingenieros electrónicos estadounidenses como Qualcomm, Broadcom o Nvidia, que prefirieron centrarse en el diseño.

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Esta especialización de tareas a nivel global es crucial en el advenimiento de la sociedad de la información, que nos permite a todos teletrabajar por videoconferencia. Se pensó que la ley de Moore se enfrentaría a los límites físicos de la finura del grabado de chips, que hoy se aproxima al grosor de una hebra de ADN. Quizás, en última instancia, será la política la que, al limitar la especialización de los jugadores y el tamaño de su mercado mundial, y por lo tanto la rentabilidad de operaciones tan costosas, pondrá fin a este período excepcional en la historia mundial de las tecnologías. 

https://www.lemonde.fr/economie/article/2020/05/18/donald-trump-est-en-train-de-modifier-en-profondeur-l-organisation-du-high-tech-mondial-et-son-avenir_6040010_3234.html

  • 16.20.-La realidad de la covid-19 tiene un sesgo progresista – PAUL KRUGMAN
  • Coleros en la Ocde JORGE IVÁN GONZÁLEZ 

Miles de estadounidenses pueden estar a punto de morir por el Dow Jones. Trump está obsesionado con la Bolsa

Tiendas cerradas en la ciudad de Nueva York. ANGELA WEISS / AFP

Los principales expertos del Gobierno de Estados Unidos advirtieron el pasado martes de que la covid-19 no está ni mucho menos bajo control, y que el alivio prematuro del distanciamiento social podría tener consecuencias desastrosas. Hasta donde yo sé, su opinión la comparten casi todos los epidemiólogos.

15 may 2020.- Pero predicaban en el desierto. Está claro que el Gobierno de Trump y sus aliados ya han decidido que vamos a reabrir la economía, independientemente de lo que digan los expertos. Y si los expertos tienen razón y esto provoca un repunte de los fallecimientos, la respuesta no será replantearse la política, sino negar la realidad.

De hecho, las teorías conspiranoicas sobre el virus —insistir en que las muertes por covid-19 se han exagerado mucho y puede que trasluzcan una enorme conspiración médica— ya están muy extendidas en la derecha. Y podemos esperar que proliferen más en los próximos meses. Por un lado, este giro de los acontecimientos no debería sorprendernos. Hace tiempo que la derecha estadounidense rechazó la política basada en las pruebas y se decantó por las pruebas basadas en la política, o sea, negar los datos que puedan interponerse en el camino de un programa político predeterminado. Hace ya 14 años que Stephen Colbert soltó su famosa ocurrencia de que “la realidad tiene un conocido sesgo progresista”.

Por otro lado, sin embargo, la decisión de la derecha de hacer caso omiso de los epidemiólogos es políticamente mucho más temeraria que otras negaciones anteriores de la realidad. Como muchos han señalado, la nueva estrategia de la derecha para afrontar esta pandemia —o, más exactamente, no afrontarla— sigue muy de cerca el planteamiento de siempre del Partido Republicano para abordar el cambio climático: no está pasando, es una farsa perpetrada por científicos progresistas y, además, hacer cualquier cosa al respecto destruiría la economía.

En efecto, las manifestaciones de las últimas semanas contra el confinamiento parecen haber sido organizadas en parte por la misma gente y los mismos grupos que llevan décadas negando el cambio climático. La conspiración sobre el virus nos recuerda también las diversas teorías de complot que proliferaron durante la época de Obama. Los conspiranoicos de la inflación insistían en que el Gobierno ocultaba la verdad acerca de una inflación desbocada; los conspiranoicos del desempleo, entre ellos un tipo llamado Donald Trump, insistían en que la mejora constante de las cifras de empleo era un bulo.

Pero las afirmaciones falsas acerca de la economía en la época de Obama no tenían ningún precio político. Y, deplorablemente, tampoco lo tiene la negación del cambio climático; las consecuencias de esa negación avanzan demasiado lentamente como para que los votantes se centren en el inmenso daño que acabará provocando.

En cambio, la negación del virus podría volverse contra los republicanos en cuestión de meses. De hecho, en algunos lugares ya ha ocurrido. Gracias al efecto bandera, muchos líderes mundiales vieron aumentar sus tasas de aprobación a medida que la amenaza de la covid-19 se volvía evidente; la popularidad de Trump, que se pasó semanas negándola, solo experimentó un ligero repunte, pero ahora ha retrocedido. Dentro de Estados Unidos, los gobernadores que han tomado las medidas más duras para controlar la pandemia han sido recompensados con una aprobación muy elevada, mientras que a los que restaron importancia a la amenaza y presionan para reabrir la economía les va mucho peor.

Imaginemos ahora el rechazo —en especial, por cierto, entre los ciudadanos de más edad— si el intento de reanudar la economía conduce a una nueva oleada de infecciones. ¿Por qué, entonces, siguen Trump y compañía esta senda? Una respuesta es que miles de estadounidenses pueden estar a punto de morir por culpa del Dow Jones. Sabemos que Trump está obsesionado con el mercado bursátil y que su prolongada negativa a tomarse en serio la covid-19 tenía supuestamente mucho que ver con su creencia en que lo contrario perjudicaría a las cotizaciones. A lo mejor, ahora cree que pretender que la crisis está superada impulsará al alza las acciones, y que eso es lo único que importa.

Otra respuesta es que tal vez los republicanos crean de verdad que los ciudadanos con gorra roja y armados que se manifiestan contra el confinamiento representan al “Estados Unidos real”. Y hay de hecho estadounidenses que montan en cólera cuando se les pide que soporten cualquier incomodidad en nombre del bien público. Los sondeos indican que son una pequeña minoría, pero es posible que el partido republicano considere que esos sondeos son bulos.

Sin embargo, me gustaría insinuar que tal vez haya otra razón más para la peligrosa campaña en favor de la reapertura de la economía. Concretamente, que los republicanos en general, y Trump en particular, experimentan una profunda sensación de incapacidad.

Cuando las autoridades se topan con una crisis, se supone que se remangan y la afrontan: llaman a los expertos y diseñan y aplican una respuesta eficaz. Así respondió Obama al ébola en 2014. Pero al Partido Republicano no le gustan los expertos, y no tiene ideas políticas, aparte de la bajada de impuestos y la liberalización. De modo que no sabe responder a las crisis que no encajan en su programa político habitual. Trump, en particular, sabe hacer teatro político —mandar a Jared Kushner para que hable de cómo solucionar los problemas— pero no tiene ni idea de cómo hacerlo de verdad. Y pienso que, en el fondo, lo sabe.

Dada esta sensación de incapacidad, probablemente estaba cantado que Trump y sus aliados, tras un breve periodo aparentando tomarse en serio la covid-19, volverían a insistir en que todo va bien. Y es posible que, durante un tiempo, incluso consigan convencer a algunos votantes. Pero el coronavirus, al que le dan igual las tergiversaciones políticas, tendrá la última palabra.

https://elpais.com/economia/2020-05-15/la-realidad-de-la-covid-19-tiene-un-sesgo-progresista.html

16.20.-Coleros en la Ocde JORGE IVÁN GONZÁLEZ

Foto de OECD 

Es una buena noticia que el 28 de abril Colombia haya sido admitida como el país no. 37 de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (Ocde). Entre varias ventajas, destaco la posibilidad de hacer comparaciones regulares sobre aspectos fundamentales del desarrollo.

8 may 2020.- Colombia ya está siendo incluida en las estadísticas de la Ocde, así que se tiene un punto de referencia que podría contribuir a modificar supuestos falsos que suelen acompañar los debates de la política económica nacional. Estar a la cola de la Ocde en casi todos los indicadores es un aliciente para mejorar pero, sobre todo, para superar prejuicios que tienen poco sustento en los indicadores internacionales.

No es cierto, como se ha dicho, que Colombia sea uno de los países que más tributa en el mundo. Este argumento acompañó los debates de la última campaña presidencial y fue uno de los postulados que sirvió para justificar el aumento de las exenciones y reducir los impuestos. Este falso supuesto llevó a la aprobación de la mal llamada “Ley de crecimiento”. Mientras que la presión tributaria en Colombia (impuestos sobre PIB) es de 16%, en los países del norte de Europa supera 50%.

Tampoco es cierto que en Colombia la política fiscal, entendida como la conjunción de impuestos y subsidios, haya sido exitosa. Mientras que un país de la Ocde como Bélgica logra que la política fiscal reduzca el Gini de 0,50 a 0,20, en Colombia el Gini no se mueve, porque la leve reducción de la desigualdad que se consigue con un gasto público ligeramente progresivo, es contrarrestada por impuestos regresivos.

La calidad de la educación en Colombia es mala. Sobre todo, porque el gasto público es bajísimo. En los diversos estudios de la Ocde, cuando se compara el gasto anual por niño, Colombia aparece en los últimos lugares. Mientras que la canasta educativa nuestra cuesta $3,5 millones niño año, en Francia es de $20 millones y en Luxemburgo de $45 millones. Es fundamental que Colombia continúe participando en las pruebas internacionales, como Pisa y Tims para que tratemos de entender por qué somos los coleros.

No es cierto, como se repite continuamente, que los impuestos vayan en contra de la competitividad. La relación entre la tributación y la competitividad es positiva, como lo han mostrado estudios de la Ocde y del Banco de Pagos Internacionales. La competitividad europea fue mayor durante los años en los que se consolidó el Estado del Bienestar. Tampoco es cierto que el salario mínimo en Colombia sea “escandalosamente alto” como dice el ministro Carrasquilla. Basta con comparar el salario hora en Los Angeles, que es de US$12, con el salario mínimo día de Colombia que es de US$8.

La movilidad social en el país es un fracaso. El informe respectivo de la Ocde, dice que el “ascensor está roto”. Mientras que en Dinamarca el ascenso social requiere entre una y dos generaciones, en Colombia necesitamos 11 generaciones (275 años). Con razón los jóvenes de las comunas de Medellín le dicen a Alonso Salazar “no nacimos pa’ semilla”.

Colombia ha firmado las disposiciones de la Ocde sobre crecimiento verde, pero el país sigue soñando con el fracking, sin que se estén creando las condiciones que permitan cambiar la matriz energética. De ahora en adelante valdría la pena que las discusiones de política económica comenzaran ubicando a Colombia en el panorama de los países de la Ocde.

https://www.larepublica.co/analisis/jorge-ivan-gonzalez-506394/coleros-en-la-ocde-3003049

  • 15.20.-La cicatriz económica de la pandemia – MICHAEL ROBERTS
  • Una epidemia de privaciones y hambre –PAUL KRUGMAN

El optimismo reina en los mercados bursátiles mundiales, particularmente en los Estados Unidos. Después de caer alrededor del 30% cuando se impusieron los cierres para contener la pandemia del virus COVID-19, el mercado de valores de EEUU creció un 30% en abril. ¿Por qué? Bueno, por dos razones. La primera es que la Reserva Federal de EEUU ha intervenido para inyectar cantidades enormes de crédito mediante la compra de bonos e instrumentos financieros de todo tipo. 

3 may 2020.- Los otros bancos centrales también han reaccionado de manera similar con inyecciones de crédito, aunque nada comparable con el impulso monetario de la Reserva Federal.

Como resultado, la valoración de las bolsas de EEUU en relación con las futuras ganancias corporativas se ha disparado verticalmente con las inyecciones de la Fed. Si la Reserva Federal va a comprar cualquier bono o instrumento financiero que se tenga, ¿qué puede ir mal?

La otra razón para esta recuperación del mercado de valores, al mismo tiempo que los datos de la economía «real» revelan un colapso de la producción nacional, la inversión y el empleo en casi todas partes (con lo peor por venir), es la creencia de que los cierres pronto terminarán; que los tratamientos y vacunas están en camino para detener el virus; y así las economías volverán a crecer en tres a seis meses y la pandemia pronto será olvidada.

Por ejemplo, el secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Mnuchin, reiteró su opinión expresada al comienzo de los cierres de que «la economía se recuperará de verdad en julio, agosto y septiembre». Y el asesor de economía de la Casa Blanca Hassett estimó que, para el cuarto trimestre, la economía de Estados Unidos » va a ser realmente fuerte y el próximo año será un año estupendo». El CEO del Banco de América, Moynihan, calculó que el gasto de los consumidores ya ha tocado fondo y que pronto aumentará nuevamente en el cuarto trimestre, ¡seguido de un crecimiento del PIB de dos dígitos en 2021!

Parece difícil justificar que el consumo personal en los Estados Unidos haya tocado fondo cuando se miran los datos del primer trimestre. De hecho, en marzo, el gasto personal en los EEUU cayó un 7,5 por ciento mes a mes, la mayor disminución en el gasto personal registrado.

Pero no son solo los portavoces oficiales y bancarios las que creen que el daño económico de la pandemia y los cierres será breve, aunque no pequeño. Muchos economistas keynesianos en los Estados Unidos creen lo mismo. En artículos anteriores, cité la afirmación del gurú keynesiano, Larry Summers, exsecretario del Tesoro de Clinton, de que la crisis por los cierres era similar a la de las empresas en lugares turísticos de verano que cierran durante el invierno. Tan pronto como llega el verano, todos abren y están preparados para operar con normalidad. La pandemia es, por lo tanto, solo algo estacional.

Ahora, el principal gurú keynesiano, Paul Krugman, considera que esta crisis, mucho peor en su impacto en la economía global que la Gran Recesión, no es una crisis económica sino una «situación de ayuda en caso de desastre». Krugman argumenta que esto es «un desastre natural, como una guerra, una situación temporal». Por lo tanto, la respuesta es que «debería hacerse frente en gran medida con impuestos más altos y gastos más bajos en el futuro, en lugar de hacerlo de inmediato, lo cual es otra forma de decir que debería pagarse en gran parte mediante un aumento temporal del déficit». Una vez que este gasto actue, la economía volverá a funcionar igual que antes y el déficit solo será «temporal». Y Robert Reich, el ex Secretario de Trabajo supuestamente izquierdista de Clinton, estima que la crisis no es económica sino una crisis sanitaria y que tan pronto como se contenga el problema sanitario (presumiblemente este verano) la economía «rebotará».

Es de esperar que los asesores de Trump y los jefes de Wall Street proclamen un rápido regreso a la normalidad (a pesar de que los economistas de los principales fondos de inversión tienen una opinión diferente), pero resulta sorprendente que los principales economistas keynesianos estén de acuerdo. Creo que la razón es que ningún análisis keynesiano de las recesiones y las crisis puede explicar esta crisis pandemica. La teoría keynesiana parte de la afirmación de que las crisis son el resultado de un colapso en la ‘demanda efectiva’ que luego conduce a una caída en la producción y el empleo. Pero como he explicado en artículos anteriores, esta crisis no es el resultado de un colapso de la ‘demanda’, sino de un cierre de la producción, tanto en la industria como, en particular, en los servicios. Es un «shock de oferta», no un «shock de demanda». Para el caso, los teóricos de la «financiarización» de la escuela Minsky también están perdidos, porque esta crisis no es el resultado de una crisis crediticia o de un colapso financiero, aunque eso aún puede producirse.

Así que los economistas keynesianos piensan que tan pronto como la gente vuelva al trabajo y comience a gastar, la ‘demanda efectiva’ (incluso la demanda ‘acumulada’) se disparará y la economía capitalista volverá a la normalidad. Pero si se aborda la crisis desde el ángulo de la oferta o la producción, y en particular la rentabilidad, de reanudar la producción y el empleo, que es el enfoque marxista, entonces tanto la causa de la crisis cómo  la probabilidad de una recuperación lenta y débil se hacen evidentes.

Recordemos qué sucedió después del final de la Gran Recesión de 2008-2009. El mercado bursátil creció año tras año, pero la economía ‘real’ de la producción, la inversión y los ingresos de los trabajadores languideció. Desde 2009, el crecimiento anual del PIB per cápita de EEUU ha promediado solo 1.6%. A fines de 2019, el PIB per cápita estaba un 13% por debajo de la tendencia de crecimiento anterior a 2008. Esa brecha equivale a $ 10.200 por persona, una pérdida permanente de ingresos.

¡Y ahora Goldman Sachs pronostica una caída en el PIB per cápita que eliminaría incluso esas ganancias de los últimos diez años!

El mundo ahora está mucho más integrado que en 2008. La cadena de valor global, como se la llama, es ya dominante y general. Incluso si algunos países pueden comenzar la recuperación económica, la interrupción del comercio mundial puede obstaculizar seriamente la velocidad y la fuerza de esa recuperación. Veamos China, donde la recuperación económica tras su cierre está en marcha. La actividad económica todavía está muy por debajo de los niveles de 2019 y el ritmo de recuperación parece lento, principalmente porque los fabricantes y exportadores chinos no tienen a quién vender.

Esto no es consecuencia del virus o un problema de salud. El crecimiento del comercio mundial apenas ha sido similar al crecimiento del PIB mundial desde 2009 (línea azul), muy por debajo de su tasa anterior a 2009 (línea azul punteada). La Organización Mundial del Comercio no ve ningún retorno a esa trayectoria más baja (línea punteada amarilla) durante al menos dos años.

El gasto masivo del sector público (más de $ 3 billones) aprobado por el Congreso de los EEUU y el enorme estímulo monetario de la Fed ($ 4 billones) no detendrán esta profunda depresión, ni siquiera harán que la economía de EEUU vuelva a su tendencia anterior (baja). De hecho, Oxford Economics considera que hay todas las posibilidades de una segunda ola de la pandemia que podría forzar nuevas medidas de cierre y mantener a la economía estadounidense en crisis y estancada hasta 2023.

Pero, ¿por qué las economías capitalistas (al menos en el siglo XXI) no están volviendo a las tendencias anteriores? He argumentado en muchos artículos que hay dos razones clave. La primera porque la rentabilidad del capital en las principales economías no ha vuelto a los niveles alcanzados a fines de la década de 1990, y mucho menos a los de la ‘edad de oro’ del crecimiento económico y las recesiones leves de los años cincuenta y sesenta.

Y la segunda razón es que para hacer frente a esta caída de la rentabilidad, las empresas aumentaron sus niveles de deuda, alentadas por las bajas tasas de interés, ya sea para mantener la producción y / o para convertir los fondos en activos financieros y especular.

Pero vinculado a estos factores subyacentes hay otro: lo que se ha llamado «cicatrización» económica o histéresis. La histéresis en el campo de la economía se refiere a un suceso económico que persiste en el futuro, incluso después de que los factores que llevaron a ese suceso se hayan eliminado. La histéresis implica que los efectos a corto plazo pueden manifestarse en problemas a largo plazo que inhiben el crecimiento y dificultan el «retorno a la normalidad».

Los economistas keynesianos tradicionalmente creen que el estímulo fiscal puede sacar a las economías de una recesión. Sin embargo, incluso ellos han reconocido que las condiciones económicas a corto plazo pueden tener impactos duraderos. Los mercados de crédito congelados y el gasto deprimido de los consumidores pueden frenar la creación de pequeñas empresas que de otro modo tendrían éxito. Y las empresas más grandes pueden retrasar o reducir el gasto en I + D.

Como escribió Jack Rasmus recientemente en su blog: “A las empresas y los consumidores les lleva mucho tiempo restablecer sus niveles de ‘confianza’ en la economía y cambiar el comportamiento extremadamente cauteloso de inversión y compra en una tendencia a la  inversión más optimista. Los niveles de desempleo se mantienen altos y pesan sobre la economía algún tiempo. Muchas pequeñas empresas nunca vuelven a abrir y cuando lo hacen es con menos empleados y, a menudo, con salarios más bajos. Las empresas más grandes acumulan su efectivo. Los bancos suelen ser muy lentos a la hora de prestar con su propio dinero. Otras empresas son reacias a invertir y expandirse y, por lo tanto, a volver a contratar trabajadores, dado el gasto prudente de los consumidores, el acaparamiento de las empresas y el comportamiento conservador crediticio de los bancos. La Fed, el banco central, puede ofrecer una gran cantidad de dinero gratis y préstamos baratos, pero las empresas y los hogares pueden ser reacios a pedir prestado, prefiriendo acumular su efectivo, y también los préstamos». En otras palabras, una recesión económica puede provocar «cicatrices», es decir, daños duraderos a la economía.

Hace un par de años, el FMI publicó un artículo que analizaba las ‘cicatrices’ económicas. Los economistas del FMI señalaron que después de las recesiones no siempre hay una recuperación en forma de V de las tendencias anteriores. De hecho, a menudo se ha dado el caso de que la tendencia de crecimiento anterior nunca se restablece. Utilizando datos actualizados de 1974 a 2012, descubrieron que el daño irreparable a la producción no se limita a las crisis financieras y políticas. Todos los tipos de recesiones, en general, conducen a pérdidas de producción permanentes.

“En la visión tradicional del ciclo económico, una recesión consiste en una disminución temporal de la producción por debajo de su línea de tendencia, pero también en un rápido rebote de la producción a su línea de tendencia ascendente inicial durante la fase de recuperación (ver gráfico, panel superior). Por el contrario, nuestra evidencia sugiere que una recuperación consiste solo en un retorno del crecimiento a su tasa de expansión a largo plazo, sin un rebote de alto crecimiento a la tendencia inicial (ver gráfico, panel inferior). En otras palabras, las recesiones pueden causar cicatrices económicas permanentes”.

Y eso no solo se aplica solo a una economía, sino también a la brecha entre las economías ricas y pobres. Según el FMI: «Los países pobres sufren recesiones y crisis más profundas y frecuentes, y cada vez sufren pérdidas permanentes de producción y pierden terreno (líneas continuas en el cuadro a continuación)».

El documento del FMI complementa la visión de la diferencia entre recesiones y depresiones «clásicas» que describí en mi libro de 2016, La larga depresión. En el muestro que en las depresiones, la recuperación después de una crisis toma la forma no de una V, sino más bien de una raíz cuadrada, lo que relanza la economía en una trayectoria nueva y más baja.

Sospecho que esta depresión pandémica provocará una gran cantidad de cicatrices en el sector capitalista. Min Ouyang, profesor asociado de la Universidad Tsinghua de Beijing, descubrió que en las recesiones pasadas las ‘cicatrices’ de los empresarios por el colapso del flujo de efectivo superaron los efectos beneficiosos de obligar a las compañías débiles a cerrar y ‘limpiar’ el camino para aquellas que sobreviven. Y asegura que «El efecto cicatriz de esta recesión probablemente será más severo que en cualquier recesión pasada… Si decimos que las pandemias son la nueva normalidad, la gente dudará mucho más en asumir riesgos» .

Los hogares y las empresas querrían disponer de más ahorros y menos riesgos para protegerse contra posibles cierres futuros, mientras que los gobiernos tendrían que acumular equipos de emergencia y garantizar que pudieran fabricarse más rápidamente dentro de sus propias fronteras. Incluso si la pandemia no se repite, muchas personas serán reacias a socializar una vez que finalice el confinamiento, extendiendo el efecto a las empresas y economías que dependen del turismo, los viajes, las comidas y los eventos masivos.

Y esta caída acelerará las tendencias en la acumulación capitalista que ya estaban en marcha: Lisa B. Kahn, una economista de Yale, descubrió que después de una crisis las compañías intentan reemplazar a los trabajadores por máquinas y obligarle así a trabajar con ingresos más bajos o a encontrar otros trabajos que pagan menos (ver  investigación).  Después de todo, ese es uno de los propósitos del proceso de ‘limpieza’ para el capital: reducir los costes laborales y aumentar la rentabilidad. Se “cicatriza” así a los trabajadores de por vida.

“Esta experiencia dejará profundas cicatrices en la economía y en los sentimientos del consumidor / inversionista / directivo. Esto va a dejar una cicatriz tan profunda en esta generación como la Gran Depresión en nuestros padres y abuelos». John Mauldin

Fuente: https://thenextrecession.wordpress.com

https://www.sinpermiso.info/textos/la-cicatriz-economica-de-la-pandemia 

15.20.-Una epidemia de privaciones y hambre –PAUL KRUGMAN

Tras condenar a muchos a una muerte innecesaria, Trump se dispone a condenar a millones a carencias innecesarias

Panorámica de una calle de San Francisco. GETTY / HEARST NEWSPAPERS IA GETTY IMAG 

La covid-19 ha tenido consecuencias devastadoras para los trabajadores. La economía se ha desplomado tan rápido que resulta imposible mantener actualizadas las estadísticas, pero los datos de que disponemos indican que decenas de millones de estadounidenses han perdido el empleo sin tener culpa de nada. Habrá más pérdidas de puestos de trabajo, y seguramente no veremos una recuperación total hasta dentro de varios años. Pero los republicanos se oponen categóricamente a ampliar las prestaciones por desempleo; el senador Lindsey Graham ha asegurado que esa ampliación solo tendrá lugar “por encima de nuestros cadáveres”. (De hecho, por encima de los cadáveres de otros).

8 may 2020.- Por lo visto, quieren volver a una situación en la que la mayoría de los desempleados no reciban ninguna prestación y en la que hasta los que tienen seguro de desempleo reciban solo una pequeña fracción de sus ingresos previos. Dado que la mayoría de los estadounidenses en edad de trabajar dispone de seguro sanitario a través de las empresas, la pérdida de empleo causará un enorme aumento del número de personas sin seguro. El único factor de mitigación es la ley de asistencia asequible, también llamada Obamacare, que ahora ofrecerá una cobertura alternativa a muchos de los que se queden sin seguro, aunque, desde luego, no a todos. Pero el Gobierno de Trump sigue intentando que la ley sanitaria de Obama sea declarada inconstitucional. Tengan en cuenta que eliminar el Obamacare dejaría sin protección a estadounidenses con dolencias previas y que las aseguradoras probablemente se negarían a cubrir a cualquiera que haya padecido la covid-19.

Por último, la devastación causada por el coronavirus ha hecho que muchos en el país más rico del mundo se vean ante la imposibilidad de llevar suficiente comida a la mesa. Las familias con hijos menores de 12 años se están viendo especialmente afectadas: según una encuesta reciente, el 41% de estas familias ya no pueden permitirse comprar lo suficiente para comer. Los bancos de alimentos están sobrepasados, y las colas, a veces, son de más de un kilómetro.

Pero los republicanos siguen intentando poner más pegas para obtener cupones de alimentos y se oponen vehementemente a las propuestas de ampliar temporalmente la ayuda para la obtención de alimentos. A estas alturas, cualquiera que siga las noticias se ha hecho una idea de la manera chapucera en que el Gobierno de Trump y sus aliados han manejado y siguen manejando el aspecto médico de la pandemia. Semanas de negación y la incapacidad de realizar siquiera remotamente las pruebas necesarias han permitido que el virus se extienda de forma casi descontrolada.

Los intentos de reactivar la economía a pesar de que la pandemia diste de estar controlada provocarán más muertes y probablemente sea contraproducente incluso desde el punto de vista puramente económico si los Estados se ven obligados a confinar de nuevo a la población. Pero solo ahora hemos empezado a ver la crueldad del Partido Republicano respecto a las víctimas económicas del coronavirus. Ante lo que es un enorme desastre natural, era de esperar que los conservadores rompieran, al menos temporalmente, con su tradicional oposición a ayudar a los ciudadanos necesitados. Pero no; están tan decididos como siempre a castigar a los pobres y a los desafortunados. Lo extraordinario de esta determinación es que los argumentos habituales contra la ayuda a los necesitados, poco convincentes incluso en tiempos normales, se han vuelto insostenibles ante la pandemia.

Por ejemplo, se oyen todavía quejas de que el gasto en cupones de alimentos y prestaciones por desempleo aumenta el déficit. Y sin embargo, a los republicanos nunca les ha preocupado verdaderamente el déficit presupuestario: demostraron su hipocresía al aprobar tranquilamente una enorme rebaja tributaria en 2017 y no decir palabra mientras el déficit crecía. Pero es igualmente absurdo quejarse del coste de los cupones para alimentos mientras seguimos ofreciendo a las grandes empresas cientos de miles de millones de dólares en préstamos y avales de préstamos.

Pero lo que es aún peor, en mi opinión, es oír a los republicanos quejarse de que los cupones de alimentos y las prestaciones por desempleo reducen el incentivo para buscar trabajo. Nunca ha habido pruebas serias que justifiquen esta afirmación, pero ahora mismo —en un momento en el que los trabajadores no pueden trabajar, porque desempeñar su trabajo habitual mataría a muchísima gente— me resulta difícil entender cómo puede alguien plantear este argumento sin atragantarse. ¿Cómo se explica entonces la extraordinaria indiferencia republicana ante los apuros de los estadounidenses empobrecidos por este desastre nacional?

Tal vez una respuesta sea que buena parte de la derecha estadounidense ha decidido de hecho que debemos volver a la vida de siempre y aceptar el número de muertes que se produzcan como consecuencia de ello. Es posible que a quienes desean seguir por esa vía, cualquier cosa que reduzca las privaciones y por consiguiente haga más tolerable el distanciamiento social les parezca un obstáculo a sus planes. Además, es posible que a los conservadores les preocupe que si ayudamos, aunque sea temporalmente, a la gente en apuros, muchos estadounidenses decidirán que un colchón de seguridad social más fuerte es algo bueno en general. Cuando tu estrategia política depende de convencer a la población de que lo público es siempre el problema, nunca la solución, no quieres que los votantes vean que la Administración pública está de hecho haciendo cosas buenas, ni siquiera en tiempos de absoluta necesidad.

Independientemente de cuáles sean las razones, está claro que los estadounidenses que sufren las consecuencias económicas de la covid-19 recibirán mucha menos ayuda de la que debieran. Tras haber condenado ya a decenas de miles de ciudadanos a una muerte innecesaria, Trump y sus aliados se disponen a condenar a decenas de millones a privaciones innecesarias.

https://elpais.com/economia/2020-05-09/una-epidemia-de-privaciones-y- hambre.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART

4.20.-La economía se hunde, la Bolsa sube: ¿qué está pasando?PAUL KRUGMAN

No presten atención al Dow Jones; concéntrense en esos puestos de trabajo que están desapareciendo

Las noticias económicas han sido tremendas. El informe sobre el PIB publicado el miércoles en referencia al primer trimestre no tiene importancia. Una economía que se contrae a una tasa anual cercana al 5% se habría considerado algo terrible en tiempos normales, pero este informe solo captaba las primeras gotas de una precipitación torrencial. Datos más específicos muestran que la economía está cayendo por un precipicio. La Oficina Presupuestaria del Congreso proyecta una tasa de desempleo del 16% a finales de año, y ese cálculo podría quedarse corto.

2 may 2020.- Sin embargo, los precios de las acciones en EE UU, que bajaron las primeras semanas de la crisis de la covid-19, han recuperado buena parte de esas pérdidas. En la actualidad han vuelto más o menos al lugar donde iniciaron la caída, cuando se hablaba de lo bien que iba la economía. ¿Qué está ocurriendo?

Bien, siempre que se reflexione sobre las repercusiones económicas de los precios bursátiles se deben recordar tres normas. La primera, que la Bolsa no es la economía. La segunda, que la Bolsa no es la economía. Y la tercera, que la Bolsa no es la economía.

Es decir, la relación entre el comportamiento de las acciones –regido en buena medida por la oscilación entre la avaricia y el miedo– y el crecimiento económico real siempre ha sido entre laxa e inexistente. Recordemos la famosa ocurrencia del gran economista Paul Samuelson, allá por la década de 1960, cuando dijo que el mercado bursátil había predicho nueve de las cinco recesiones anteriores.

Pero yo diría que hay razones más profundas para la actual desconexión entre el mercado bursátil y la economía real: los inversores están comprando acciones en parte porque no tienen ningún otro sitio al que ir. De hecho, se tiene la sensación de que las acciones están tan altas precisamente porque la economía en conjunto está tan débil.

¿Cuál es, en resumidas cuentas, la principal alternativa a invertir en acciones? Comprar deuda pública. Sin embargo, en los tiempos que corren, la deuda pública ofrece una rentabilidad increíblemente baja. El tipo de interés de los bonos del Estado estadounidenses a 10 años es de solo el 0,6%, frente al 3% a finales de 2018. Y si lo que quieren son bonos protegidos contra la inflación futura, la rentabilidad es negativa, de 0,5%.

De modo que comprar acciones de empresas que siguen siendo rentables a pesar de la recesión provocada por la covid-19 parece de lo más atractivo.

¿Y por qué están tan bajos los tipos de interés? Porque el mercado de bonos prevé que la economía se mantenga deprimida varios años, y cree que la Reserva Federal mantendrá las políticas de dinero fácil en un futuro predecible. Como he dicho antes, se tiene la sensación de que las acciones están fuertes precisamente porque la economía real está débil.

Ahora bien, una pregunta que sin duda podrían plantearse es por qué, si la debilidad económica es en todo caso buena para las acciones, el mercado se hundió brevemente a principios de año. La respuesta es que durante unas semanas de marzo el mundo se balanceó al borde de una crisis financiera similar a la de 2008, lo que hizo que los inversores huyesen de todo lo que presentara el más mínimo asomo de riesgo.

Sin embargo, esa crisis se evitó gracias a las medidas extremadamente audaces de la Reserva Federal, que se apresuró a comprar activos en un volumen y una gama sin precedentes. Sin esas medidas estaríamos afrontando una catástrofe económica aún mayor.

Y esta es, por cierto, una de las razones por las que deberían preocuparnos los intentos de Donald Trump de nombrar personas afines y sin preparación, con historial de haber apoyado doctrinas económicas descabelladas, para el consejo directivo de la Reserva Federal. Imaginemos dónde estaríamos ahora si la Reserva Federal hubiera respondido a una crisis financiera inminente de la misma manera que el Gobierno de Trump ha respondido a una pandemia inminente.

Pero volviendo a la desconexión entre las Bolsas y la realidad económica, resulta que este es un fenómeno de larga duración, que se remonta al menos a mediados de la década de 2000. Piensen en todas las cosas negativas que hemos descubierto de la economía contemporánea desde, digamos, 2007. Hemos descubierto que las economías avanzadas son mucho menos estables, están mucho más sujetas a crisis periódicas, de lo que prácticamente todos creíamos posible.

El aumento de la productividad se ha desplomado, demostrando que la expansión impulsada por la tecnología de la información en la década de 1990 y comienzos de la de 2000 fue un hecho aislado. Los resultados económicos generales han sido mucho peores de lo que la mayoría de los observadores preveía hace unos 15 años.

Sin embargo, a los mercados bursátiles les ha ido muy bien. En vísperas de la crisis de la covid-19, la relación entre la capitalización bursátil y el PIB –la medida favorita de Warren Buffett– estaba muy por encima de su nivel de 2007, y un poco por encima del máximo alcanzado durante la burbuja de las puntocom. ¿Por qué?

Sin duda, la principal respuesta es considerar la alternativa. Si bien el empleo acabó recuperándose de la Gran Recesión, esa recuperación solo se alcanzó gracias a unos tipos de interés históricamente bajos. La necesidad de mantener los tipos bajos era un indicio de la debilidad económica subyacente: las empresas parecían reacias a invertir a pesar de los altos beneficios, prefiriendo a menudo recomprar sus propias acciones. Pero los tipos bajos eran buenos para los precios bursátiles.

¿He mencionado que el mercado bursátil no es la economía?

Nada de esto debería tomarse como afirmación de que las actuales valoraciones bursátiles son perfectas. Intuyo que los inversores están demasiado ansiosos por recibir buenas noticias; pero la verdad es que no tengo la menor idea de adónde se dirige el mercado.

La cuestión, más bien, es que la resistencia de los mercados tiene, de hecho, cierto sentido a pesar de las terribles noticias económicas, y por la misma razón, no contribuye a que esas noticias resulten menos terribles. No presten atención al Dow Jones; concéntrense en esos puestos de trabajo que están desapareciendo.

https://elpais.com/economia/2020-05-01/la-economia-se-hunde-la-bolsa-sube-que-esta-pasando.html?event_log=oklogin&o=cerrado&prod=REGCRART

  • 13.20.-McConnell a todos los Estados: caed muertos – PAUL KRUGMAN
  • La depresión pospandémica  – MICHAEL ROBERTS

El líder de los republicanos en el senado de EE UU se opone a conceder ayudas federales a las administraciones locales cuando más lo necesitan

El líder de la mayoría republicana en el Senado de EE UU, Mitch McConnell. CHIP SOMODEVILLA / AFP 

La covid-19 ha matado a decenas de miles de estadounidenses, y está claro que matará a muchos más. El confinamiento necesario para contener el coronavirus está provocando una contracción económica varias veces más profunda que la Gran Recesión.

24 abr 2020.- Así y todo, esta necesaria contracción no tiene por qué ir acompañada de graves penurias económicas. Disponemos de los recursos necesarios para garantizar que todos los estadounidenses tengan suficiente para comer, que no pierdan su seguro médico y que no pierdan su casa por no poder pagar el alquiler o la hipoteca. Tampoco hay razón por la que debamos imponer severos recortes a los servicios públicos esenciales.

Por desgracia, parece cada vez más probable que decenas de millones de estado­unidenses sufrirán de hecho una penuria extrema y que se producirán devastadores recortes de servicios. ¿Por qué? La respuesta se reduce principalmente a dos palabras: Mitch McConnell. El pasado miércoles, McConnell, líder de la mayoría en el Senado, declaró que se opone a conceder más ayudas federales a las asediadas Administraciones estatales y locales, y en cambio insinuó que los Estados se declaren en quiebra. Para que nadie acuse a McConnell de ser siquiera ligeramente imparcial, su oficina distribuyó dos memorandos que se refieren a las propuestas de ayuda a los Estados como “rescates para los Estados demócratas”.

Varios gobernadores ya han tachado de estúpida la posición de McConnell, y lo es. Pero también es vil e hipócrita.

Cuando digo que tenemos los recursos necesarios para evitar graves penurias financieras, me refiero al Gobierno federal, que puede pedir prestadas cantidades ingentes y de forma muy barata. De hecho, el tipo de interés de los bonos protegidos contra la inflación, que miden los costes reales del endeudamiento, es de menos del -0,43%: básicamente, los inversores están pagando a los federales para que les guarden su dinero. De modo que Washington puede y debe asumir grandes déficits presupuestarios en estos tiempos de necesidad. Sin embargo, los Gobiernos estatales y locales no pueden, porque a casi todos ellos se les exige por ley que equilibren sus presupuestos. Pero estos Gobiernos, que están al frente de la lucha contra la pandemia, se enfrentan a una combinación de desplome de ingresos y gastos desorbitados.

La respuesta evidente es la ayuda federal. Pero McConnell quiere, en cambio, que Estados y municipios se declaren en quiebra. Como he dicho, esto es una estupidez en varios ámbitos. Para empezar, los Estados ni siquiera tienen derecho por ley a declararse en quiebra; e incluso si, de alguna manera, se las apañasen para no pagar sus deudas relativamente pequeñas, esto no ayudaría mucho a aliviar sus dificultades económicas, aunque sí podría dar pie a una crisis financiera nacional. Ah, y la idea de que esto es un problema específicamente de los Estados demócratas es ridícula. Las crisis fiscales acechan por todo el país, desde Florida hasta Kansas, pasando por Texas (especialmente golpeada por la caída de precios del petróleo), e incluso, sí, Kentucky, el Estado al que McConnell representa. Y si los Gobiernos estatales y locales se ven obligados a recortar drásticamente sus presupuestos, la recesión económica se agravará, lo cual sería malo para Donald Trump y podría costarles a los republicanos el Senado.

De modo que sí, la posición de McConnell es estúpida. Pero también vil.

Pensemos en quién saldría perjudicado si los Gobiernos estatales y locales se ven obligados a efectuar recortes drásticos. Buena parte del dinero estatal va a parar a Medicaid, un programa de sanidad pública que debería estar ampliándose, no disminuyendo, ahora que millones de estadounidenses están perdiendo el seguro médico junto con su puesto de trabajo.

En cuanto a los funcionarios locales y estatales que podrían perder su trabajo o enfrentarse a recortes salariales, en su mayoría están empleados en la educación, la policía, los servicios de bomberos y las carreteras. De modo que, si McConnell se sale con la suya, la política de Estados Unidos será, a efectos prácticos, rescatar a los propietarios de gigantescas cadenas de restaurantes y despedir a maestros y policías.

Y en último lugar, aunque no menos importante, hablemos de la hipocresía de McConnell, que, al igual que su estupidez, queda reflejada en varios niveles.

En uno de esos niveles, resulta increíble ver a un hombre que ayudó a aprobar a toda prisa una enorme rebaja de impuestos para las grandes empresas —que utilizaron el dinero principalmente para recomprar sus propias acciones— fingir ahora que le preocupa profundamente endeudarse para ayudar a Estados que afrontan una crisis fiscal que no han provocado.

En otro nivel, es también realmente curioso ver a McConnell, cuyo Estado está fuertemente subvencionado por el Gobierno federal, dar lecciones de independencia a Estados como Nueva York, que pagan muchos más impuestos federales de los que reciben. Y no hablamos de cifras pequeñas. Según cálculos efectuados por el Instituto Rockefeller, entre 2015 y 2018, Kentucky — que paga relativamente pocos impuestos federales, porque es bastante pobre, pero recibe grandes subvenciones de programas como Medicare y la Seguridad Social— recibió de Washington transferencias netas que ascendían de media a 33.000 dólares por persona. Supusieron el 18,6% del PIB del Estado.

Es verdad que Estados relativamente ricos como Nueva York, Nueva Jersey y Connecticut probablemente deberían ayudar a sus vecinos más pobres, pero esos vecinos no tienen derecho a quejarse de los “rescates a los Estados demócratas” en una situación de desastre nacional. Por supuesto, McConnell tiene sus planes: espera utilizar la pandemia para obligar a los Estados afectados a adelgazar su administración pública. Solo nos queda esperar que esta explotación descarada de la tragedia fracase y que McConnell y sus aliados tengan que pagar un alto precio político.

https://elpais.com/economia/2020-04-24/mcconnell-a-todos-los-estados-caed-muertos.html

13.20.-La depresión pospandémica – MICHAEL ROBERTS

La pandemia de coronavirus marca el final de la expansión económica más larga registrada en los Estados Unidos, y experimentará la contracción económica más fuerte desde la Segunda Guerra Mundial.

17 abr 2020.- La economía global se enfrentaba al peor colapso desde la Segunda Guerra Mundial cuando el coronavirus comenzó a atacar en marzo, mucho antes del apogeo de la crisis, según el último índice de seguimiento Brookings-FT.

2020 será el primer año de caída del PIB mundial desde la Segunda Guerra Mundial. Y solo fueron los últimos años de la Segunda Guerra Mundial y sus secuelas cuando la producción cayó.

Los economistas de JP Morgan creen que la pandemia podría costar al mundo al menos $ 5.5 billones en producción perdida en los próximos dos años, más que la producción anual de Japón. Y eso se perdería para siempre. Eso es casi el 8% del PIB hasta fines del próximo año. El coste, solo para las economías desarrolladas, será similar al de las recesiones de 2008-2009 y 1974-1975. Incluso con niveles sin precedentes de estímulos monetarios y fiscales, es improbable que el PIB vuelva a su tendencia anterior a la crisis hasta al menos 2022.

El Banco de Pagos Internacionales advirtió que los esfuerzos nacionales sin coordinar podrían conducir a una segunda ola de casos de Covid-19, un escenario que en el peor de los casos dejaría el PIB de EEUU a fines de 2020 alrededor de un 12% por debajo de su nivel anterior al virus. Eso es mucho peor que en la Gran Recesión de 2008-9.

La economía de Estados Unidos perderá 20 millones de empleos según las estimaciones de @OxfordEconomics, lo que disparará la tasa de desempleo a niveles superiores a los conocidos tras la Gran Depresión y afectará gravemente al 40% de los empleos.

Y luego está la situación de las llamadas ‘economías emergentes’ del ‘Sur Global’. Muchos de estos países son exportadores de productos básicos (como energía, metales industriales y agroalimentos) que, desde el final de la Gran Recesión, han visto caer los precios.

La pandemia va a intensificar esa contracción. Se pronostica que la producción económica en los mercados emergentes caerá un 1.5% este año, la primera caída desde que comenzaron los registros estadísticos fiables en 1951.

El Banco Mundial considera que la pandemia empujará a África subsahariana a la recesión en 2020 por primera vez en 25 años. En su informe “África Pulse”, el BM asegura que la economía de la región se contraerá entre el 2.1% y -5.1% a partir de un crecimiento del 2.4% el año pasado, y que el nuevo coronavirus le costará al África subsahariana de $ 37 mil millones a $ 79 mil millones en pérdidas de producción este año debido a la contracción del comercio y la ruptura de la cadena de valor, entre otros factores». Estamos asistiendo a un colapso de los precios de los productos básicos y a un colapso del comercio mundial diferente a todo lo que hemos visto desde la década de 1930″, ha afirmado Ken Rogoff, ex economista jefe del FMI.

Más de 90 países «emergentes» han consultado sobre posibles rescates del FMI, casi la mitad de las naciones del mundo, mientras que al menos 60 han tratado de aprovechar los programas del Banco Mundial. Las dos instituciones juntas tienen recursos de hasta $ 1.2 billones que han dicho que pondrían a disposición de estos países para combatir las consecuencias económicas de la pandemia, pero esa cifra es pequeña en comparación con las pérdidas en ingresos, PIB y salidas de capital.

Desde enero, alrededor de $ 96 mil millones han salido de los mercados emergentes, según datos del Instituto de Finanzas Internacionales, un grupo bancario. Eso es más del triple de la salida de $ 26 mil millones durante la crisis financiera mundial de hace una década. «Seguramente seguirá una avalancha de crisis de deuda pública», señala, y «el sistema simplemente no puede manejar tantos incumplimientos y reestructuraciones al mismo tiempo», dijo Rogoff.

Sin embargo, el optimismo reina en muchos sectores de que una vez que terminen los bloqueos, la economía mundial se recuperará gracias a un aumento de la demanda ‘acumulada’ contraída. La gente volverá al trabajo, los hogares gastarán como nunca antes y las empresas contratarán a su antiguo personal y comenzarán a invertir cara a un futuro más brillante después de la pandemia.

Como lo expresó el gobernador del Banco de Islandia: “El dinero que ahora se ahorra porque la gente se queda en casa no desaparecerá; volverá a gotear en la economía tan pronto como termine la pandemia. La prosperidad volverá». Esta opinión fue repetida por el timonel de la economía más grande del mundo. El secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Mnuchin, dijo valientemente que: “Este es un problema a corto plazo. Pueden pasar un par de meses, pero vamos a superar esto y la economía será más fuerte que nunca».

El exsecretario del Tesoro y gurú keynesiano, Larry Summers, ha intentado no quedar a la zaga: “la recuperación puede ser más rápida de lo que mucha gente espera porque tiene el carácter de una recuperación tras la depresión total que afecta a una economía de tipo Cape Cod cada invierno o la recuperación que experimenta el PIB de los Estados Unidos todos los lunes por la mañana”. En efecto, esta diciendo que la economía de los Estados Unidos y del mundo es como Cape Cod fuera de temporada; listo para abrir en verano sin ningún daño significativo para las empresas durante el invierno.

Eso si es optimismo. Cuando estos optimistas hablan de una recuperación rápida en forma de V, no reconocen que la pandemia de COVID-19 no está generando una recesión ‘normal’ y está afectando no solo a una sola región sino a toda la economía global. Muchas compañías, particularmente las más pequeñas, no se recuperarán tras la pandemia. Antes de los cierres, entre el 10 y el 20% de las empresas en los Estados Unidos y Europa apenas obtenían suficientes ganancias para cubrir los costes de funcionamiento y el servicio de la deuda. Para estas llamadas empresas ‘zombis’ el invierno de Cape Cod puede ser el último clavo en sus ataúdes. Varias cadenas minoristas y de ocio medianas se han declarado ya en bancarrota y las aerolíneas y agencias de viajes pueden seguirlas. Un gran número de compañías de petróleo de esquisto también están bajo el agua (no las petroleras).

Como concluye Mohamed El-Erian, uno de los principales analistas financieros: “La deuda ya está demostrando ser una raya roja para las empresas que compiten para adaptarse a la crisis, y un factor crucial en la competencia por la supervivencia del más apto. Las empresas que entraron en la crisis altamente endeudada tendrán más dificultades para continuar. Si se sale de esto, será en un paisaje donde muchos de los competidores han desaparecido”.

Por lo tanto, llevará más tiempo volver a los niveles anteriores tras los cierres. ¡Los economistas de Nomura estiman que es improbable que el PIB de la zona euro supere el nivel del cuarto trimestre de 2019 hasta 2023!

Y recuerde, como expliqué en detalle en mi libro The Long Depression, después de la Gran Recesión no hubo ningún retorno al crecimiento tendencial anterior. Cuando se reanudó el crecimiento, fue a un ritmo más lento que antes.

Desde 2009, el crecimiento anual del PIB per cápita de EEUU ha sido de media un 1.6%. A fines de 2019, el PIB per cápita estaba un 13% por debajo del crecimiento tendencial anterior a 2008. Al final de la recesión de 2008-2009, estaba un 9% por debajo de la tendencia. Entonces, a pesar de una expansión de una década, la economía de EEUU cayó por debajo de la tendencia tras la Gran Recesión. La brecha ahora es de $ 10.200 per capita, una pérdida permanente de ingresos. ¡Y ahora Goldman Sachs pronostica una caída del PIB per cápita que eliminaría todas las ganancias de los últimos diez años!

Además está el comercio mundial. El crecimiento del comercio mundial apenas ha sido igual al crecimiento del PIB mundial desde 2009 (línea azul), muy por debajo de su tasa anterior a 2009 (línea de puntos). Ahora incluso esa trayectoria es más baja (línea amarilla punteada). La Organización Mundial del Comercio no ve ningún retorno a esta trayectoria más baja durante al menos dos años.

Pero, ¿qué pasa con las enormes inyecciones de crédito y préstamos que realizan los bancos centrales de todo el mundo y los enormes paquetes de estímulos fiscales de los gobiernos a nivel mundial? ¿No cambiará las cosas más rápido? Bueno, no hay duda de que los bancos centrales e incluso las agencias internacionales como el FMI y el Banco Mundial han intervenido para inyectar crédito mediante la compra de bonos gubernamentales, bonos corporativos, préstamos estudiantiles e incluso ETF en una escala nunca antes vista, incluso durante la crisis financiera mundial de 2008-2009. Las compras de tesorería de la Reserva Federal ya son superiores a los programas anteriores de flexibilización cuantitativa.

Y el gasto fiscal aprobado por el Congreso de los Estados Unidos el mes pasado eclipsa el programa de gasto público durante la Gran Recesión.

He hecho una estimación del tamaño de las inyecciones de crédito y los paquetes fiscales anunciados a nivel mundial para preservar las economías y las empresas. Creo que ha alcanzado más del 4% del PIB en estímulos fiscales y otro 5% en inyecciones de crédito y garantías gubernamentales. Eso es el doble de la cantidad durante la Gran Recesión, con algunos países clave haciendo más esfuerzos para compensar a los trabajadores sin trabajo y a las pequeñas empresas cerradas.

 Estos paquetes van aún más lejos de otra manera. Las entregas directas de dinero efectivo por parte del gobierno a hogares y empresas son, en efecto, lo que el infame economista monetarista y librecambista Milton Friedman llamó ‘dinero helicóptero, dólares que se dejan caer del cielo para salvar a las personas. Olvídese de los bancos; ponga el dinero directamente en manos de quienes lo necesitan y lo gastan.

Los economistas postkeynesianos que han presionado a favor del dinero del helicóptero, o el dinero para la gente, son vindicados.

Además, de repente, la idea, que hasta ahora era rechazada por la política económica convencional, se ha vuelto muy aceptable, es decir, el gasto fiscal financiado, no por la emisión de más deuda (bonos del gobierno), sino simplemente ‘imprimiendo dinero’, es decir, la Fed o el Banco de Inglaterra depositan dinero en la cuenta del gobierno para gastarlo.

El comentarista keynesiano Martin Wolf, habiendo explorado antes la TMM, ahora escribe: “Hay que abandonar los clichés gastados. Los gobiernos ya han renunciado a las viejas reglas fiscales, y con razón. Los bancos centrales también deben hacer lo que sea necesario. Esto significa financiación monetaria de los gobiernos. Los bancos centrales fingen que lo que están haciendo es reversible y que no se trata de financiación monetaria. Si eso los ayuda a actuar, está bien, incluso si probablemente no sea cierto. …No hay alternativa. A nadie debería importarle. Hay formas de manejar las consecuencias. Incluso el «dinero helicóptero» podría estar muy justificado en una crisis tan profunda».

¡Han llegado las políticas de la teoría monetaria moderna (TMM)! Claro, se supone que esta financiación monetaria pura es temporal y limitada, pero los chicos y chicas de la TMM tienen la esperanza de que podría convertirse en permanente, como defienden. Es decir, los gobiernos deberían gastar y así crear dinero y llevar la economía hacia el pleno empleo y mantenerla allí. El capitalismo será salvado por el estado y por la teoría monetaria moderna.

He discutido en detalle en varios artículos los errores teóricos de la TMM desde una perspectiva marxista. El problema con esta teoría y política es que ignora el factor crucial: la estructura social del capitalismo. Bajo el capitalismo, la producción y la inversión son con fines de lucro, no para satisfacer las necesidades de las personas. Y las ganancias dependen de la capacidad de explotar a la clase trabajadora en comparación con los costos de inversión en tecnología y activos productivos. No depende de si el gobierno ha proporcionado suficiente «demanda efectiva».

La suposición de los radicales chicos y chicas poskeynesianos / TMM es que si los gobiernos gastan y gastan, los hogares gastarán más y los capitalistas invertirán más. Por lo tanto, se puede restaurar el pleno empleo sin ningún cambio en la estructura social de una economía (es decir, el capitalismo). Según la TMM, los bancos permanecerían en su lugar; las grandes compañías, las FAANG, permanecerían intactas; el mercado de valores seguiría creciendo. El capitalismo sería salvado gracias al estado, financiado por el árbol mágico del dinero (TMM).

Michael Pettis es un conocido macro-economista ‘pro presupuesto equilibrado’ con sede en Beijing. En un convincente artículo, titulado “MMT heaven and MMT hell” (”El paraíso y el infierno de la TMM”), parte en su lugar de la suposición optimista de que imprimir dinero para aumentar el gasto del gobierno puede ser la solución. Pettis afirma: “el resultado final es este: si el gobierno puede gastar estos fondos adicionales de manera que el PIB crezca más rápido que la deuda, los políticos no tienen que preocuparse por la inflación galopante o la acumulación de deuda. Pero si este dinero no se usa productivamente, lo contrario es cierto”.

Agrega: «crear o pedir dinero prestado no aumenta la riqueza de un país a menos que hacerlo resulte directa o indirectamente en un aumento de la inversión productiva… Si las empresas estadounidenses son reacias a invertir no es porque el coste del capital sea alto sino porque la rentabilidad esperada es baja, es poco probable que respondan a la compensación entre un capital más barato y una menor demanda invirtiendo más». Puedes llevar un caballo al rio, pero no puedes obligarle a beber.

Sospecho que gran parte de esta generosidad monetaria y fiscal terminará no siendo gasto público, sino acumulada, no invertida en salarios y producción, sino en activos financieros improductivos; no es de extrañar que los mercados bursátiles del mundo se hayan recuperado a medida que la Fed y otros bancos centrales inyectan efectivo y préstamos gratuitos.

De hecho, incluso el economista de izquierda Dean Baker duda del paraíso prometido por la TMM y de la eficacia de un gasto fiscal tan grande. “En realidad, es posible que estemos viendo demasiada demanda, ya que un estallido del gasto posterior al cierre puede superar la capacidad inmediata de los restaurantes, aerolíneas, hoteles y otros negocios. En ese caso, es posible que veamos una explosión de inflación, ya que estas empresas subirán los precios en respuesta a la demanda excesiva». Es decir, el infierno de la TMM. Concluye que «el gasto en general no es aconsejable en este momento».

Bueno, la prueba del algodón consiste en pasar este y ya veremos. Pero la evidencia histórica que yo y otros hemos compilado durante la última década o más, muestra que el llamado multiplicador keynesiano tiene un efecto limitado en la restauración del crecimiento, principalmente porque no es el consumidor lo determinante para reactivar la economía, sino las empresas capitalistas.

Y hay nueva evidencia sobre el poder del multiplicador keynesiano. No funciona uno por uno o más, como se suele afirmar.  Por ejemplo, el aumento del 1% del PIB en el gasto público no conduce a un aumento del 1% del PIB en la producción nacional. Algunos economistas han estudiado el multiplicador en Europa en los últimos diez años. Llegaron a la conclusión de que «en contra de las afirmaciones previas de que el multiplicador fiscal se elevó bastante por encima de uno en el punto álgido de la crisis, sin embargo, sostenemos que el ‘verdadero’ multiplicador ex post se mantuvo por debajo de uno».

Y hay pocas razones para que sea más alto esta vez. En otro documento, otros destacados economistas sugieren que una recuperación en forma de V es poco probable porque “la demanda es endógena y se ve afectada por el shock de oferta y otras características de la economía. Lo que sugiere que el estímulo fiscal tradicional es menos efectivo en una recesión causada por un shock de oferta como el actual”. … la demanda puede reaccionar de manera exagerada ante el shock de oferta y provocar una recesión por falta de demanda debido a la «baja capacidad de sustitución entre sectores y mercados incompletos, con consumidores con liquidez limitada», de modo que «varias formas de política fiscal pueden ser menos efectivas por dólar gastado».

Pero, ¿Qué más podemos hacer? Por ello, «la política óptima para enfrentar una pandemia en nuestro modelo combina la relajación de la política monetaria y una abundante seguridad social». Y ese es el problema. Si la estructura social de las economías capitalistas se mantiene intacta, entonces todo lo que queda es imprimir dinero y aumentar el gasto público.

Quizás la profundidad y el alcance de esta depresión pandémica creará condiciones en las que los valores de los capitales se devalúen tanto por quiebras, cierres y despidos que las compañías capitalistas más débiles serán liquidadas y las compañías tecnológicamente mas avanzadas tomarán el control en un entorno de mayor rentabilidad. Este sería el ciclo clásico de auge, depresión y auge que prevé la teoría marxista.

El ex jefe del FMI y aspirante a la presidencia de Francia, el infame Dominique Strauss-Kahn, insinúa eso: “la crisis económica, al destruir el capital, puede proporcionar una salida. Las oportunidades de inversión creadas por el colapso de parte del aparato de producción, como el efecto sobre los precios de las medidas de apoyo, pueden revivir el proceso de destrucción creativa descrito por Schumpeter».

A pesar del tamaño de esta depresión pandémica, no estoy seguro de que se produzca una destrucción suficiente de capital, especialmente dado que gran parte de la financiación del rescate servirá para mantener en funcionamiento a las empresas, no a los hogares. Por esa razón, espero que al final de los cierres y confinamientos no haya una recuperación en forma de V o incluso un retorno a la «normalidad» (de los últimos diez años).

En mi libro, La Larga Depresión, dibujé un diagrama esquemático para mostrar la diferencia entre recesiones y depresiones. Una recuperación en forma de V o en forma de W es la norma, pero hay períodos en la historia del capitalismo cuando la depresión es la norma. En la depresión de 1873-97 (más de dos décadas), hubo varias recesiones en diferentes países, seguidas de recuperaciones débiles que tomaron la forma de un signo de raíz cuadrada en la que la tendencia anterior de crecimiento no se restablece.

Los últimos diez años han sido similares a finales del siglo XIX. Y ahora parece que cualquier recuperación de la depresión pandémica será débil y producirá una futura expansión por debajo de la tendencia anterior. Será otra etapa en la larga depresión que hemos experimentado durante los últimos diez años.

https://www.sinpermiso.info/textos/la-depresion-pospandemica 

 12.20.-La verdad es que Trump ganó un punto sobre la globalización LARRY ELLIOTT

La creencia del presidente de que el estado nación puede curar enfermedades económicas no carece de mérito   

 Una vez cada tres años, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial celebran sus reuniones anuales fuera de la ciudad. En lugar de ir a Washington, la reunión de ministros de finanzas y gobernadores de bancos centrales es organizada por un estado miembro. Desde que la reunión de 2000 en Praga fue asediada por los manifestantes antiglobalización, los partidos de distancia han tendido a celebrarse en lugares a los que es difícil llegar o donde el régimen tiende a tener una visión débil de protesta: Singapur, Turquía,   Perú.

26 sep 2018.- La reunión de este año tendrá lugar entre el 8 y el 14 de octubre, en la isla indonesia de Bali, donde el FMI y el Banco Mundial pueden estar razonablemente seguros de que las reuniones no se interrumpirán. Al menos no desde afuera. La verdadera amenaza ya no proviene de los anarquistas con pasamontañas que arrojan cócteles molotov, sino desde adentro. Donald Trump es ahora el que lanza las bombas de gasolina y para organizaciones multilaterales como el FMI y el Banco Mundial, eso representa una amenaza mucho mayor.

El presidente de Estados Unidos lo expresó de esta manera en su discurso ante las Naciones Unidas el martes: «Rechazamos la ideología del globalismo y adoptamos la doctrina del patriotismo». Durante décadas, el mensaje del FMI ha sido que derribar las barreras al comercio, permitir que el capital se mueva sin obstáculos a través de las fronteras y restringir la capacidad de los gobiernos para regular las corporaciones multinacionales fue el camino hacia la prosperidad. Ahora, el hombre más poderoso del planeta dice algo diferente: que la única forma de remediar los males económicos y sociales causados por la globalización es a través del Estado nación. El discurso de Trump fue burlado por otros líderes mundiales, pero la verdad es que no es una voz solitaria.

La otra gran superpotencia económica del mundo, China, nunca ha renunciado al Estado nación. A Xi Jinping le gusta usar el lenguaje de la globalización para hacer un contraste con el proteccionismo de Trump, pero el estupendo crecimiento publicado por China en las últimas cuatro décadas ha sido el resultado de hacer lo contrario de lo que recomiendan los libros de texto de globalización. Las medidas tradicionalmente desaprobadas por el FMI (industrias estatales, subsidios, controles de capital) han sido fundamentales para el capitalismo administrado de Beijing.

Ciertamente, China no se ha cerrado de la economía global, sino que se ha comprometido en sus propios términos. Cuando el régimen comunista quería sacar a la gente de los campos y entrar a las fábricas, lo hizo a través del mecanismo de una moneda infravalorada, lo que hizo que las exportaciones chinas fueran altamente competitivas.

Cuando la parte decidió que quería pasar a una manufactura más sofisticada y de mayor tecnología, insistió en que las compañías extranjeras que desean invertir en China compartan su propiedad intelectual.

Este tipo de enfoque no es nuevo. Fue la forma en que la mayoría de los países occidentales operaron en las décadas posteriores a la segunda guerra mundial, cuando los controles de capital, gestionaron la inmigración y se consideró necesario un enfoque cauteloso para eliminar las barreras comerciales si los gobiernos debían satisfacer las demandas públicas de pleno empleo y el aumento del nivel de vida. Estados Unidos y la UE ahora dicen que China no está jugando limpio porque ha estado prosperando con una estrategia económica que se supone que no funciona. Hay algo de ironía en esto.

La idea de que el estado nación se marchitaría se basó en tres argumentos separados. La primera fue que las barreras a la libre circulación mundial de bienes, servicios, personas y dinero eran económicamente ineficientes y que su eliminación conduciría a mayores niveles de crecimiento. Este no ha sido el caso. El crecimiento ha sido más débil y menos compartido.

La segunda fue que los gobiernos no podían resistir la globalización incluso si quisieran. En general, esta fue la opinión que una vez adoptaron Bill Clinton y Tony Blair, y que Emmanuel Macron mantuvo con vida. El mensaje para los trabajadores desplazados fue que el poder del mercado era, más bien como un huracán o una tormenta de nieve, una fuerza irresistible de la naturaleza. Este siempre ha sido un argumento dudoso porque no existe un mercado libre puro. La globalización ha sido moldeada por decisiones políticas, que durante las últimas cuatro décadas han favorecido los intereses del capital sobre el trabajo.

Finalmente, se argumentó que la naturaleza transnacional del capitalismo moderno hizo que el estado nación fuera obsoleto. En pocas palabras, si la economía era cada vez más global, entonces la política también tenía que ser global.  Claramente, hay algo en esto porque los mercados financieros imponen restricciones a los gobiernos individuales y sería preferible que haya una forma de gobernanza global que impulse la estabilidad y la prosperidad para todos. El problema es que, en la medida en que existe tal mecanismo institucional, ha sido capturado por los globalistas. Eso es tan cierto para la UE como lo es para el FMI.

 Entonces, aunque el estado nación está lejos de ser perfecto, es donde inevitablemente comenzará una alternativa al modelo fallido actual. Cada vez más, los votantes buscan la única forma de gobierno en la que tienen algo que decir para proporcionar seguridad económica. Y si los partidos principales no están preparados para ofrecer lo que estos votantes quieren: un trabajo bien remunerado, servicios públicos y controles sobre inmigración debidamente financiados, buscarán en otros lugares partidos o movimientos que lo hagan. Esto ha demostrado ser un problema particular para los partidos de centro izquierda: los demócratas en los Estados Unidos, el Nuevo Laborismo en Gran Bretaña, el SDP en Alemania, que se unieron a la idea de que la globalización era una fuerza imparable.

Jeremy Corbyn ciertamente no acepta la idea de que el estado es obsoleto como actor económico. El plan es construir un tipo diferente de economía de abajo hacia arriba, local y nacionalmente. Eso no va a ser fácil, pero supera el enfoque actual, fallido y de arriba hacia abajo.

  • Larry Elliott es el editor de economía de The Guardian.

https://www.theguardian.com/commentisfree/2018/sep/26/donald-trump-globalisation-nation-state 

  • 11.20.-Elecciones estadounidenses 2020: el inmenso desafío de Joe Biden
  • «Bernie Sanders en ayuda de la democracia estadounidense»  – THOMAS PIKETTY
  • El empleo en EEUU se despeña por el Coronavirus más que en ningún otro país del mundo desarrollado, augurando otra Gran Depresión  DERBLAUEMOND

El mundo

Editorial, Por lo tanto, el ex vicepresidente de Barack Obama defenderá los colores del Partido Demócrata contra Donald Trump durante las elecciones presidenciales de noviembre. Tendrá que atraer a los simpatizantes de Bernie Sanders que, si tuviera que rendirse, aparece como el ganador en el campo de las ideas.

Publicado ayer a las 12.53 p.m., actualizado Editorial «Mundial». El tercer intento fue el correcto para Joe Biden. A los 77 años, el ex vicepresidente de Barack Obama, que ya era candidato en 1988 y en 2008, ganó oficialmente el concurso de nominación demócrata para las elecciones presidenciales estadounidenses. Tendrá la difícil tarea de enfrentar a Donald Trump en noviembre. El último obstáculo fue eliminado, con el abandono, el miércoles 8 de abril, de Bernie Sanders. El senador independiente de Vermont se encontró con un voto útil a favor de su oponente, particularmente entre el electorado afroamericano. Sin embargo, Joe Biden aún no ha levantado todas las preguntas que pesan sobre su capacidad para formar una coalición capaz de derrotar en las urnas a un presidente saliente firmemente resuelto al poder.

Paradójicamente, el ganador de la primaria demócrata no ganó la batalla de las ideas. Por el contrario, fue Bernie Sanders quien triunfó sobre este campo, pero perdió sobre el de la estrategia electoral. Los votantes a menudo votaron a favor de las propuestas del senador independiente, en particular la creación de la seguridad social universal administrada por el estado federal, un tema que encuentra una nueva dinámica con la crisis del coronavirus. Pero también consideraron que la intransigencia del «demócrata socialista» a favor de una «revolución política» , sin mencionar algunas de sus posiciones anteriores en la Unión Soviética y sus epígonos, lo convirtió en un mensajero menos Las elecciones de noviembre.

Poca elección

Frente a la máquina Trump, mientras que el Partido Republicano ha elevado la neutralización del voto de las minorías sociales que son desfavorables para él, Joe Biden tiene pocas opciones. Debe retener a toda costa a los votantes moderados de las áreas periurbanas, repelidos por la personalidad del presidente saliente. Estos votantes permitieron a los demócratas tomar el control de la Cámara en noviembre de 2018 e influir en el contenido de los paquetes de estímulo necesarios por la crisis de salud actual.

Pero el ex vicepresidente también debe atraer a los simpatizantes de Bernie Sanders, y en particular a la generación sacrificada por la crisis de los subprimes, en 2008. Estos jóvenes votantes apoyaron masivamente al senador de Vermont y con razón rechazaron un status quo cuyo han sido víctimas por más de una década.

Joe Biden no esperó la renuncia de Bernie Sanders para hablarles de manera contundente. No se conformó con las palabras, ya que cambió su programa a mediados de marzo para ofrecer un mayor acceso a la educación superior para las clases desfavorecidas. El jueves, también prometió la abolición de las deudas de los estudiantes de bajos ingresos y la clase media. Finalmente sugirió extender el programa federal de cobertura de salud de Medicare al reducir el umbral de elegibilidad de 65 a 60 años de edad.

Esta reactividad debe tenerse en cuenta, incluso si Joe Biden ciertamente tendrá que ir más allá para superar la renuencia que su centrismo alimenta a la izquierda, especialmente en la persistente cuestión de las profundas desigualdades estadounidenses que enfrenta la enfermedad.

La conmoción causada por la pandemia, como la asombrosa explosión económica que causa, puede convertirse en una oportunidad favorable para el ex vicepresidente: de hecho, hace audible, incluso indispensable, la audacia por la que Bernie Sanders suplicó incansablemente. Ahora le corresponde a Joe Biden demostrar que ha sido subestimado con demasiada frecuencia y que es capaz de estar a la altura de las circunstancias.

https://www.lemonde.fr/idees/article/2020/04/10/elections-americaines-2020-l-immense-defi-de-joe-biden_6036225_3232.html

11.20.- «Bernie Sanders en ayuda de la democracia estadounidense» – THOMAS PIKETTY

Al contrario de la imagen transmitida por los principales medios de comunicación, el senador demócrata de Vermont no es un «socialdemócrata» radical sino pragmático, explica el economista en su columna para «Le Monde».

Bernie Sanders, en Phoenix, el 5 de marzo. CAITLIN O’HARA / AFP

 Digamos desde el principio: el trato recibido por Bernie Sanders en los principales medios de comunicación en los Estados Unidos y en Europa es injusto y peligroso. Casi en todas partes en las redes y en los principales diarios, leemos que el candidato Sanders sería un «extremista», y que solo un candidato «centrista» como Biden podría ganar contra Trump. Este tratamiento sesgado y sin escrúpulos es aún más lamentable cuando un examen más detallado de los hechos sugiere que solo una renovación programática del tipo propuesto por Sanders podría curar la democracia estadounidense de los males desiguales que lo socavan y La desafección electoral de las clases populares.

  Presidencial estadounidense, D – 243: el camino estrecho de Bernie Sanders.

7 mar 2020.- Comencemos con el programa. Decir enérgicamente, como lo hace Sanders, que el seguro de salud público universal permitiría tratar a la población estadounidense de manera más efectiva y a un costo menor que el sistema privado e hiper-igualitario actual no es una declaración «extremista». Por el contrario, es una afirmación perfectamente bien documentada por numerosas investigaciones y comparaciones internacionales. En estos tiempos en que todos deploran el auge de las «noticias falsas», es saludable que algunos candidatos se basen en hechos establecidos y se salgan del lenguaje táctico.

«La prosperidad de Estados Unidos se basa en el XX ° siglo por delante educativo del país de Europa y una cierta igualdad en la materia»

Del mismo modo, Sanders tiene razón cuando propone una inversión pública masiva en educación y universidades públicas. Históricamente, la prosperidad de Estados Unidos se basa en el XX XX  progreso de la educación del siglo el país de Europa y en una cierta igualdad en la materia, y ciertamente no en la consagración de la desigualdad y la acumulación de fortunas ilimitadas que Reagan quería imponer como modelo alternativo en la década de 1980. El fracaso de esta ruptura reaganiana es ahora obvio, con una reducción a la mitad del crecimiento del ingreso nacional per cápita y un aumento de las desigualdades sin anterior Sanders simplemente propone volver a las fuentes del modelo de desarrollo del país: una difusión muy amplia de la educación.

Sanders también propone elevar drásticamente el nivel del salario mínimo (una política en la que Estados Unidos ha sido durante mucho tiempo el líder mundial) y inspirarse en las experiencias de cogestión y derechos de voto de los empleados en los consejos de administración de las empresas. aplicado con éxito en Alemania y Suecia durante décadas. En general, las propuestas de Sanders lo convierten en un socialdemócrata pragmático, tratando de aprovechar al máximo las experiencias disponibles, y de ninguna manera un «radical».

Y cuando elige ir más allá de la socialdemocracia europea, por ejemplo, con su propuesta de impuesto federal sobre el patrimonio que asciende hasta un 8% anual en multimillonarios, esto corresponde a la realidad de la concentración excesiva de la riqueza en los Estados Unidos y las capacidades fiscales y administrativas del estado federal estadounidense, ya demostradas históricamente.

El candidato del electorado popular.

Pasemos a la cuestión de las encuestas. El problema con las repetidas afirmaciones de que Biden está mejor ubicado para vencer a Trump es que no tienen una base objetiva objetiva. Si observa los datos existentes, como los recopilados por RealClearPolitics.com , puede ver en todas las encuestas nacionales que Sanders vencería a Trump con la misma difusión que Biden. Estas investigaciones son ciertamente prematuras, pero son tanto para Biden como para Sanders. En varios estados clave, vemos que solo Sanders ganaría contra Trump, por ejemplo en Pensilvania y Wisconsin.

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Si analizamos las investigaciones sobre las primarias que acaban de tener lugar, queda claro que Sanders moviliza más al electorado popular que a Biden. Es cierto que este último atrajo a una gran parte del voto negro, un legado del boleto Obama-Biden. Pero Sanders recoge la gran mayoría del voto latino y aplasta a Biden entre los jóvenes de 18 a 29 años, así como también entre los de 30 a 44 años. Sobre todo, todas las encuestas indican que Sanders logra sus mejores puntajes entre los votantes más desfavorecidos (ingresos inferiores a 50 000 dólares anuales [aproximadamente 44 000 euros], no graduados de educación superior), mientras que Biden, por el contrario, se llena entre los más privilegiados (ingresos superiores a 100 000 dólares anuales, graduados de educación superior), ya sean votantes blancos o provenientes de minorías, independientemente de edad

«La visión cínica de que no se puede hacer nada para movilizar aún más al electorado popular es extremadamente peligrosa»

Resulta que es en las categorías sociales más desfavorecidas donde existe el mayor potencial de movilización. En general, la participación electoral siempre ha sido relativamente baja en los Estados Unidos: un poco más del 50%, mientras que durante mucho tiempo ha sido del 70% al 80% en Francia y el Reino Unido, antes de disminuir recientemente Si lo miramos más de cerca, también encontramos una participación estructuralmente reducida en el Atlántico entre la mitad de los votantes más pobres, con una diferencia de alrededor del 15% -20% con la mitad más rica. (brecha que también comenzó a aparecer en Europa desde la década de 1990, incluso si sigue siendo menos marcada).

Seamos claros: esta desafección electoral de las clases populares estadounidenses es tan antigua que probablemente no se pueda revertir en un día. Pero, ¿qué más podemos hacer para remediar esto que reorientar la plataforma de programación del Partido Demócrata en profundidad y sacar a la luz estas ideas en las campañas nacionales? La opinión cínica, y desafortunadamente muy común entre las élites democráticas, considera que no se puede hacer nada para movilizar más al electorado popular es extremadamente peligroso. En definitiva, este cinismo debilita la legitimidad del propio sistema electoral democrático.

Thomas Piketty (Director de estudios en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales, Escuela de Economía de París) 

https://www.lemonde.fr/idees/article/2020/03/07/thomas-piketty-sanders-au-secours-de-la-democratie-etats-unienne_6032147_3232.html 

11.20.-El empleo en EEUU se despeña por el Coronavirus más que en ningún otro país del mundo desarrollado, augurando otra Gran Depresión  DERBLAUEMOND 

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Amazon y otros gigantes del comercio empiezan a verse afectados por el Coronavirus 

España está indiscutiblemente presente en el podio más siniestro de la mala gestión de una pandemia que las cifras muestran que está afectando a nuestro país de forma mucho más grave que a otros países de nuestro entorno.

7 abr 2020.- Pero eso no quita que no haya otros países del mundo desarrollado que no estén sufriendo lo indecible, y donde incluso lo peor aún está por venir. Uno de esos países es Estados Unidos, y allí el impacto ya es severo no sólo en términos socio-sanitarios, sino también en el plano económico: el empleo de EEUU se ha despeñado más que en ningún otro país del mundo desarrollado.

España lleva el tema del Coronavirus injustificadamente mal, pero hay otros países que también están padeciendo insufriblemente

No sólo son España e Italia los países más perjudicados por la terrible pandemia del Coronavirus, sino que, conforme la plaga vírica se extiende por el mundo, la gravedad del impacto sanitario y socioeconómico se revela mayúsculo también para otros países. Y ello sin negar la obviedad que arrojan las cifras de que España e Italia son ahora mismo los países que peor parados salen de todo este siniestro asunto, padeciendo una gestión que evidentemente no ha sido nada buena a la vista de las cifras: incluso contando con la disparidad de criterios, los órdenes de magnitud son muy distintos en términos relativos.

Lo más sangrante se evidencia tras el necesario análisis comparativo con otros países que sí que están gestionando con éxito esta crisis socioeconómica, y a los cuales además ya teníamos como ejemplo que deberíamos haber seguido cuando aún estábamos a tiempo de minimizar esta terrible catástrofe. Y todo esto meramente con las cifras oficiales en la mano, puesto que hay estudios de investigación como el del Imperial College de Londres (que fue la institución que propició con otro de sus informes el brusco giro en la gestión de Johnson) que apuntan a que en España las cifras reales superan (y por mucho) a las oficiales, y que tendríamos en realidad entre 6 y 7 millones de contagiados.

Sin embargo, entre esos otros países que despuntan ya también como grandes afectados por el COVID-19, destacan por (des)méritos propios unos Estados Unidos y un Reino Unido donde Johnson sorprendió a propios y extraños con una inconcebible gestión de la pandemia que tuvo que rectificar y desdecirse a marchas forzadas, y que le ha llevado incluso a él mismo al hospital afectado por la enfermedad; y su evolución no es lo que se dice buena, puesto que ayer mismo Johnson ya pasó a la UCI.

La gestión de Trump de la pandemia en su territorio tampoco ha sido precisamente buena, y en un inicio menospreció categóricamente el riesgo potencial del virus y no tomó apenas medidas, habiendo tenido Trump también que rectificar y re-rectificar en sucesivas ocasiones. Pero, al contrario de lo que nos ha ocurrido en otros países con una cierta dosis de discurso único e inapelable sobre la gestión de la pandemia (algo inaceptable que tras demasiadas semanas por fin el gobierno se ha visto forzado a enmendar, y donde la versión oficialista no encaja con la sucesión de los acontecimientos ni con los datos disponibles públicamente, sin embargo en EEUU se ha levantado una agria polémica nacional en torno al tema, con artículos periodísticos que atacan de forma directa y meridianamente clara al propio presidente, dictando una sentencia condenatoria sobre su gestión de la pandemia, y haciendo una vez más todo un alarde del gran nivel de periodístico y de capacidad de auto-crítica de los que (todavía) pueden enorgullecerse al otro lado del Atlántico.

El caso de Estados Unidos sitúa su impacto económico actual entre los más graves del mundo desarrollado

El caso es que la polémica en EEUU va mucho más allá del mero plano sanitario, lo cual no es ni mucho menos poco en aquel país, especialmente tratándose de una socioeconomía en la que la sanidad tiene sus (muy) grandes deficiencias. Simplemente decir en este sentido que el Coronavirus no ha hecho sino poner en primer plano esas asimetrías y desigualdades socioeconómicas de EEUU que desde aquí siempre les hemos analizado (y por las cuales abogábamos por una necesaria refundación del capitalismo). Así por ejemplo, millones de estadounidenses sin una adecuada cobertura sanitaria se van a ver abocados a una situación extrema frente al Coronavirus: los servicios sanitarios por el funesto virus les van a costar en torno a la friolera de 75.000 dólares por paciente (al que los tenga, claro está, que no olvidemos que estamos hablando de las personas sin una adecuada cobertura sanitaria, lo cual es así principalmente por motivos económicos). Ni qué decir tiene que carecer de recursos económicos para sufragarse el ingreso hospitalario por Coronavirus puede tener sus graves implicaciones incluso sobre la mera contención de la pandemia a nivel nacional.

Pero abrazando un aspecto mixto de esa Socioeconomía que acuñamos desde aquí como nuevo concepto híbrido, también se han levantado polvaredas en la cuna del capitalismo acerca de cómo el Coronavirus está afectando gravemente a la economía, y peor que parece que va a ser en el futuro. De hecho, según el New York Times, EEUU está arrojando las peores cifras del mundo desarrollado en cuanto a “reajustes” laborales se refiere, augurando unas cifras macroeconómicas que bien podrían acabar siendo equiparables a aquellas de la funesta Gran Depresión de la primera mitad del siglo XX.

Así, sólo en la semana que fue del 15 al 21 de Marzo, en Estados Unidos nada más y nada menos que 3,3 millones de trabajadores solicitaron la prestación por desempleo. La proyección a futuro que arrojan estos datos iniciales es que la virulencia económica del Coronavirus haría alcanzar una tasa de desempleo del 30% en el segundo trimestre de 2020. Como ven, las cifras son absolutamente noqueantes, y especialmente dolorosas en un mercado laboral como el de EEUU, donde los trabajadores están mucho más desprotegidos legalmente y en prestaciones frente a este tipo de calamidades económicas tan destructoras de empleo, y donde además las redes de contención socio-familiares no son ni mucho menos tan fuertes como por ejemplo en los países latinos. Y por cierto, que ahora se demuestra la capacidad de anticipación que determinados países como Rusia tuvieron hace ya meses, cuando se pusieron a vender dólares y comprar oro como si no hubiese un mañana; un país en el que, además, esta crisis coge a las empresas rusas con sus reservas financieras al máximo.

Pero no se puede vivir sólo en el hoy, y hay que contar también con el impacto en el mañana

Los datos publicados son muy claros (“crystal-clear” que dirían los propios americanos), pero hay también que ser objetivos, y tratar de saber ver que, también en lo económico, las cifras que deja tras de sí la destructora estela del COVID-19 hay que matizarlas. Porque el hecho es que en EEUU las cifras del mercado laboral están mostrando la virulencia de la crisis en toda su crudeza,ya que allí las medidas económicas tomadas por la administración Trump no han sido tan contundentes ni intervencionistas como en otros países, en los que directamente se ha prohibido el despido por decreto mientras dure esta situación coyuntural.

Lo que esto puede implicar es que EEUU pueda estar mostrando un desolador panorama económico que aquí tan sólo vayamos a ver en diferido, porque lo que está claro es que la dentellada económica del monstruo de la pandemia la vamos a sentir de una manera u otra, y si en España se han prohibido ahora los despidos por decreto, o bien esos despidos llegarán más adelante (esperemos que sean menos al haber remitido ya la pandemia sanitaria), o bien lo que veremos será una clara tendencia de defunción empresarial porque las empresas no puedan hacer frente a unas nóminas para cuyo abono no están contando con apenas ventas de sus productos y servicios. Al final, el resultado puede acabar siendo el mismo, y la mortalidad empresarial acabaría trayendo igualmente más desempleo, solo que a posteriori mientras se liquidan esas empresas que pasan a mejor (o más bien a peor) vida, y que difícilmente volverán en el corto y medio plazo.

Realmente, no sabría decirles qué es peor, si que se pierdan directamente los empleos y se conserven las empresas que luego pueden volver a generarlos, o que se conserven los empleos y se pierdan muchas empresas que ya no van a generar empleo nunca jamás. No es una disyuntiva fácil ni con resolución no traumática, y una vez más parece que la opción más equilibrada y que puede acabar maximizando las ventajas (y minimizando las desventajas) de una y otra opción es esa economía de “Start/Stop” que defendimos desde estas líneas desde el principio de esta crisis, y cuya implementación final en el caso de la economía española no acaba de ser precisamente la más oportuna, y presenta también sus muchos riesgos a futuro. Personal y profesionalmente a un servidor le gusta infinitamente más la aproximación a este concepto que hemos visto en otros países como Dinamarca, y con la que prometen vadear esta crisis mucho mejor que nosotros.

Pero si hay algo de cierto en toda esta crisis pandémica es que para ver sus resultados en todos y cada uno de los países como resultado de sus diferentes aproximaciones, tan cólo tenemos (y podemos) esperar y ver. Sin duda que esas asimetrías socioeconómicas de nuestros sistemas se van a abrir en algunos casos hasta convertirse en simas insalvables, tensionando nuestras socioeconomías fuertemente, e incluso pudiendo perfectamente superar las severas tensiones socio-políticas que sufrimos durante la Gran Recesión, y cuyo precio aún estamos pagando a día de hoy. Y es que, como ya les dijimos hace unos cuántos meses cuando analizamos la crisis que ya se empezaba a cernir sobre nuestras cabezas, y de la cual el Coronavirus sólo ha sido un potente multiplicador, la próxima gran crisis ensancharía fuertemente todas esas asimetrías y brechas, que ya requerían en su momento de esa urgente e ineludible refundación del capitalismo de la que tantas veces les hemos hablado en los últimos años.

Entendiendo por lado oscuro el que pretende siempre destruir en vez de construir, ahí estará ese lado oscuro barrenando con dinamita cada fisura que se vaya abriendo en nuestro sistema. Mucho me temo, a la vista de la situación, que esa refundación no ha llegado a tiempo (ni siquiera parece que haya acabado de llegar -Coronavirus mediante-): el riesgo no es otro que ahora todo el sistema pueda saltar por los aires. Y en esas podríamos estar ya. Buena suerte a todos con las sacudidas: puede que esta vez su intensidad se nos salga incluso de la escala sísmica.

Imágenes | Photopin Mike Licht modified by DBM under Creative Commons Pixabay geralt | Pixabay Graehawk | Pixabay geralt | Pixabay Clubfungus

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  • 10.20.-La caída de Covid-19 ha llegado PAUL KRUGMAN
  • ¿Se derrumbará el capitalismo como un castillo de naipes? – DOUGLAS KENNEDY*

Pero ya estamos fallando la respuesta.

Crédito…Carlos Cardona

Durante un período normal de dos semanas, esperaríamos que alrededor de medio millón de trabajadores estadounidenses presenten reclamos de seguro de desempleo. En las últimas dos semanas hemos visto casi 10 millones de presentaciones. Estamos ante una catástrofe económica increíble.

2 abr 2020.- La pregunta es si estamos listos para enfrentar esta catástrofe. Lamentablemente, los primeros indicios indican que es posible que estemos manejando un desastre económico de rápido movimiento tanmal como manejamos la pandemia de rápido movimiento que lo está causando.

La clave para darse cuenta es que no estamos enfrentando una recesión convencional, al menos hasta ahora. Por ahora, la mayoría de las pérdidas de empleo son inevitables, de hecho necesarias: son el resultado del distanciamiento social para limitar la propagación del coronavirus. Es decir, estamos entrando en el equivalente económico de un coma inducido médicamente, en el que algunas funciones cerebrales se cierran temporalmente para darle al paciente la oportunidad de sanar.

Esto significa que el principal trabajo de la política económica en este momento no es proporcionar estímulo, es decir, mantener el empleo y el PIB, sino proporcionar apoyo vital, limitar las dificultades de los estadounidenses que han perdido temporalmente sus ingresos.

Hay, sin duda, un gran riesgo de que tengamos una recesión convencional además del coma inducido; más sobre eso en columnas posteriores. Pero por ahora, el enfoque debería estar en ayudar a los necesitados.

La buena noticia es que el Congreso de la Ley CARES de $ 2 billones (Ley de Ayuda, Alivio y Seguridad Económica de Coronavirus) aprobada la semana pasada, en papel, proporciona mucho apoyo económico. La mala noticia es que parece que podrían pasar semanas, tal vez incluso meses, antes de que grandes cantidades de dinero fluyan a aquellos que necesitan ayuda en este momento.

Los periodistas siguen refiriéndose a la Ley CARES como un «paquete de estímulo», pero principalmente es un alivio de desastres. La mejor parte de la legislación, que, por cierto, los demócratas obligaron a los republicanos dispuestos a incluir, es una mejora importante de los beneficios de desempleo. No solo los trabajadores despedidos obtendrán mucho más de lo que normalmente lo harían, sino que muchos trabajadores que anteriormente no estaban cubiertos por el seguro de desempleo, como los trabajadores independientes y los contratistas independientes, deberían recibir todos los beneficios.

La legislación también otorga préstamos a pequeñas empresas, préstamos que serán perdonados, es decir, convertidos en subsidios directos, si las empresas usan el dinero para mantener sus nóminas.

Ambos programas son muy buenas ideas. El problema es que ambos están teniendo dificultades para comenzar, y el tiempo es una cosa que millones de estadounidenses angustiados, muchos de los cuales ya vivían al límite, no tienen.

Sobre los beneficios de desempleo: las oficinas estatales de desempleo, ya abrumadas por el aumento de las solicitudes, no están listas para desembolsar estos beneficios adicionales, y pueden no estar listas por un tiempo, un retraso desastroso para las familias que ya se encuentran en una situación financiera grave.

Los préstamos para pequeñas empresas también se enfrentan a un retraso demorado en el procesamiento, y los prestatarios potenciales no pueden completar los formularios o se les dice que tendrán que esperar tres semanas. Además, por alguna razón, el gobierno federal, en lugar de prestar dinero directamente, está canalizando préstamos para pequeñas empresas a través de bancos privados, y los bancos se quejan de que aún no han recibido pautas cruciales y que la administración está estableciendo requisitos inviables.

En otras palabras, puede pasar mucho tiempo antes de que la economía comience a recibir el soporte vital que necesita de inmediato.

E incluso cuando los trabajadores y las empresas finalmente obtienen la ayuda prometida, la Ley CARES no proporciona dinero de forma remota a los gobiernos estatales y locales, que están viendo caer los ingresos y los gastos. Es probable que esto fuerce grandes recortes en los servicios gubernamentales precisamente cuando más se necesitan.

Entonces, ¿qué necesitamos ahora? Primero, necesitamos un esfuerzo integral para resolver los cuellos de botella que detienen los beneficios de desempleo y los préstamos para pequeñas empresas.

El paralelo obvio aquí es el colapso de healthcare.gov cuando la Ley del Cuidado de Salud a Bajo Precio entró en vigencia por primera vez; Las cosas parecían terribles al principio, pero un equipo de expertos de la administración de Obama, trabajando las 24 horas, resolvió los problemas más rápido de lo que nadie imaginaba posible, y las nuevas inscripciones terminaron superando las expectativas.

No veo ninguna razón, en principio, un esfuerzo similar no podría rescatar la Ley CARES. Pero esta es la cuestión: estamos hablando de la administración Trump, que desprecia la experiencia de todo tipo, y en la que cada esfuerzo termina siendo dirigido por Jared Kushner.

En segundo lugar, necesitamos otro proyecto de ley de ayuda para llenar los agujeros en la Ley CARES, especialmente la ayuda inadecuada para los gobiernos estatales y locales.

¿Pero estarán los republicanos dispuestos a proporcionar esa ayuda? Donald Trump está hablando, como lo ha hecho muchas veces antes, sobre un proyecto de ley de infraestructura gigante. Pero los republicanos del Senado son notablemente poco entusiastas. Y si bien la infraestructura es una buena idea, en este momento es menos apremiante que proporcionar ayuda a los estados que enfrentan enormes brechas presupuestarias.

Y volviendo al proyecto de ley que el Congreso ya aprobó: estoy bastante seguro de que eventualmente se resolverán los problemas. Pero cuando pierde seis millones de empleos por semana, «eventualmente» no es lo suficientemente bueno.

https://www.nytimes.com/2020/04/02/opinion/coronavirus-economy-stimulus.html

10.20.-¿Se derrumbará el capitalismo como un castillo de naipes? – DOUGLAS KENNEDY*

El novelista Douglas Kennedy denuncia la gestión de Trump en este “crepúsculo de los dioses virológico” y vaticina una pesadilla para millones de estadounidenses

La sede de la bolsa neoyorquina, en Wall Street, el 22 de marzo. JONATHAN ALPEYRIE EUROPA PRESS

Hace una semana, juré que no volvería a ver las noticias en la televisión. Llegué a la conclusión de que, en tiempos de crisis, el flujo constante de información se convierte en una especie de rueda de hámster en tu cabeza. Gira y gira y gira, abrumándote con imágenes de un presente catastrófico, repitiéndote indefinidamente lo que ya sabes, causando pánico existencial en todas las direcciones. Y, como una rueda de hámster, no te lleva a ninguna parte. Es el mito de Sísifo en versión electrónica, exacerbado por nuestra edad sobreconectada.

Pero hace unos días, rompí mi promesa cuando un escritor amigo mío me envió un mensaje desde Nueva York: “Enciende la televisión. Trump está batiendo sus propios récords de locura”.

2 abr 2020.- Treinta segundos después, estaba de pie frente al único televisor de mi casa en Maine (donde estoy confinado –para usar la nueva palabra de moda– con mi hija de 23 años, Amelia, y su novio Zach desde que la epidemia se extendió por nuestras vidas). Y allí, en la CNN, mantenía su discurso ese promotor inmobiliario charlatán, convertido en estrella de telerrealidad y, más tarde, jefe nominal del así llamado mundo libre. En este caso, parecía un presentador de un concurso con maquillaje muy malo y pelucas aún peores. Intentaba asegurar a la nación que a este episodio viral se lo llevaría el viento antes del Domingo de Pascua. Esperaba que las iglesias de todo el país estuvieran llenas para la celebración anual de la resurrección de Cristo, después de su horrible episodio en la cruz.

Incluso para los estándares de locura de Trump, esta declaración era totalmente irracional. Trump es neoyorquino como yo. El implacable avance de la Covid-19 ha hecho de nuestra ciudad natal el epicentro estadounidense del virus, con nuevos casos que se duplican cada tres días. El gobernador del Estado de Nueva York, Andrew Cuomo, cuya voz lleva un realismo furioso y un poderoso liderazgo local en estos tiempos vertiginosos, advirtió ese mismo día de una inminente catástrofe sanitaria para la ciudad. Explicó que Nueva York necesitaba 30.000 respiradores artificiales, pero solo tenían 400 y se estaban esperando 7.000, prometidos por el Gobierno federal. También dijo que los 3.800 millones de dólares asignados a Nueva York en el plan de emergencia del Senado eran insuficientes, dada la devastación que se estaba produciendo en la ciudad. Se necesitaban, según él, 15.000 millones.

«En Estados Unidos, donde no queda casi nada de la red de Seguridad Social, la pesadilla que aguarda a millones de personas será terrible»

Lo más fascinante de la fantasía pascual de Trump es la forma en que se dirigió hábilmente a los evangelistas que adoptaron a este hombre ferozmente venal y corrupto como uno de sus compañeros de cruzada.

Se ha acusado a Trump de violación. Las amantes de Trump eran estrellas porno; hasta una de ellas describió el sexo con él como “los peores noventa segundos de mi vida”. Trump trata a las mujeres como objetos desechables pero se presentó a las elecciones de 2016 como un conservador social y eligió a Mike Pence como vicepresidente: un fundamentalista cristiano, homófobo y declarado antifeminista, que tiene el encantador hábito de llamar a su esposa “Madre”. La elección de Pence fue un golpe de genialidad, uniendo la base evangélica a la causa de Trump. La aventura amorosa de Trump con este encantador inveterado, de dudoso matiz cristiano, alcanzó nuevos niveles cuando nombró para el Tribunal Supremo a dos jueces profundamente conservadores: Neil Gorsuch y Brett Kavanaugh, acusado de agresión sexual. Estos hombres no escondieron su oposición al aborto, lo que significa que la mayoría republicana que lo legalizó a nivel nacional en 1973 –el llamado caso Roe contra Wade– podría ser revocada en los próximos años. Pero la erradicación de Roe contra Wade es el Santo Grial de los evangélicos en la guerra cultural que ha dividido a los Estados Unidos desde 1968.

En realidad, la necesidad de Trump de vincular la Pascua a la promesa de un renacimiento comercial fue un guiño a los conservadores cristianos y blancos que ayudaron a que fuera elegido contra toda lógica hace casi cuatro años. Estos hombres seguirán siendo fieles, aun sabiendo que es un completo hipócrita, si las próximas elecciones se celebran en noviembre de este año (pero como todo está sujeto a una cancelación estos días, no me sorprendería si este último símbolo de la elección democrática también se suspendiera pronto).

Sin embargo, también fue un recordatorio de que, incluso en este momento de grave crisis mundial –que reveló la total falta de preparación del Gobierno federal de los Estados Unidos para ayudar a sus ciudadanos a sobrevivir a este crepúsculo de los dioses virológico–, Trump sigue cultivando en nuestro discurso nacional las profundas divisiones que él mismo ha amplificado y profundizado.

Una lección de historia: Richard Nixon ganó la Casa Blanca en 1968 gracias a su estrategia sureña, basada en el odio de los Estados del sur contra la legislación de derechos civiles (que garantizaban los derechos de los afroamericanos como ciudadanos en igualdad de condiciones) aprobada por el Congreso bajo el liderazgo del demócrata tejano Lyndon Johnson. Nixon también había jugado con el miedo de los hombres blancos a las minorías: las mujeres, los radicales y los hippies por el amor libre (era el año 68, después de todo), afirmando que existía una “mayoría silenciosa” en los Estados Unidos que rechazaba el progresismo educado de Nueva York, California y las principales ciudades del norte. También denunció públicamente todo lo que pudiera ser percibido como intelectual y culto (aunque en privado era un fanático del jazz y un aficionado a la Historia). Despreciar las cosas del intelecto es un viejo hábito americano… especialmente entre los populistas. Ronald Reagan, a su vez, cortejó a la derecha cristiana en 1980, que, de repente, adquirió un inmenso capital político durante su presidencia. Y los dos Bush –el propio Junior se convirtió en cristiano renacido para curar su alcoholismo– también dieron a los evangélicos lo que querían.

Así es como Trump hablaba a sus bases cuando jugó la carta de “volver al trabajo por Pascua”. De la misma manera que intentaba convencer a Wall Street y a las grandes empresas de que el “business as usual” [la normalidad en los negocios] no estaba lejos. Unas horas antes de escribir este artículo, hablé por teléfono con un amigo del Instituto Pasteur de París. Me dijo: “Nuestro actual estado de confinamiento, el cierre de las fronteras, el cese de la vida cotidiana (salvo por estrictas necesidades dietéticas o médicas) durará, en el mejor de los casos, otras seis semanas… y esa es la estimación optimista”. El daño económico será colosal y con la devastación fiscal vendrá la devastación personal. En Estados Unidos, donde no queda casi nada de la red de Seguridad Social después de décadas de recortes y donde el Obamacare es un sistema nacional de salud no del todo aceptable (aunque esencial), la pesadilla que aguarda a millones de personas será terrible.

Desde las reaganomics de los ochenta [la política económica de inspiración neoliberal del entonces presidente], la otrora próspera y estable clase media americana ha sido destruida. Manhattan, mi isla natal, estuvo habitada en su día por familias de clase obrera. En mi familia éramos cuatro y vivíamos en un apartamento de 60 metros cuadrados. Ahora mismo, Manhattan solo es accesible para los ricos. Hoy, para vivir como un joven artista en cualquier ciudad importante de América, tienes que vivir de rentas o tener dos o tres trabajos a la vez. Y, en lo más profundo de Estados Unidos, la lucha por la supervivencia económica es dura en el contexto del monocultivo hipermercantil. ¿Se derrumbará el capitalismo estadounidense como un castillo de naipes cuando sea atenuado el Covid-19? Mis amigos de la izquierda estadounidense ven una esperanza en la inminente carnicería; la esperanza que puede provocar un cambio radical, un New Deal para sacar al país de una inmensa depresión. Por supuesto, a mí también me encantaría ver semejante cambio de rumbo a nivel nacional, igual que vi con consternación cómo la mayoría republicana en el Senado trató de torcer el plan de rescate de las grandes multinacionales a expensas de los trabajadores que ahora están en plena caída libre económica.

«No voy a hacer de politólogo y afirmar que el único efecto colateral positivo será el fin de Trump. Él es el Rasputín de la política moderna»

No voy a hacer de politólogo y afirmar que el único efecto colateral positivo de la Covid-19 será el fin del presidente Trump. Sobre todo porque es el Rasputín de la política moderna. ¿Recuerdas cómo ese místico charlatán ruso, disparado por enemigos que querían poner fin a su infamia, se las arregló para levantarse y abalanzarse sobre ellos? Trump posee la misma resistencia tóxica. Dado que ahora existen dos Américas, que se odian con sinceridad, no sería sorprendente que la base de Trump continuase apoyándolo… aunque eso signifique votar en contra de sus propios intereses.

Escribo estas palabras a pocos metros de un hermoso litoral en un Estado gobernado por una maravillosa mujer progresista, Janet Mills, donde el matrimonio gay y el cannabis están legalizados, donde puedes conseguir toda la cerveza casera que quieras, ir a festivales impresionantes de música clásica y de cine de autor, prestigiosas universidades y restaurantes de alimentos locales y frescos. Maine, a lo largo de su majestuosa costa atlántica, encarna todo lo que aprecian los americanos educados en la izquierda. Del mismo modo, hay una parte del Estado rural, conservadora y económicamente escabrosa, que vota a Trump y ve a los residentes de la costa como la encarnación del elitismo esnobista. La guerra cultural nunca está lejos de tu puerta en la América contemporánea. Desde ahora, tampoco lo está la perspectiva de terribles dificultades. Justo antes de dejar Nueva York, fui a escuchar a un amigo pianista en un pequeño club de jazz. Divorciado y padre de dos hijos, vive de concierto en concierto, completando sus ingresos con lecciones de música. “Estamos a pocos días de un encierro general”, me dijo mientras tomaba un trago entre los sets. “Cuando esto suceda, los clubes de jazz estarán cerrados, mis estudiantes no podrán venir a mi casa… y el dinero se secará. Siendo pianista en Nueva York, no tengo ahorros. ¿Cómo voy a sobrevivir?”.

No supe cómo responder a su pregunta desesperada. Sin embargo, en las últimas dos semanas he escuchado repetidamente esa misma pregunta en conversaciones con muchos de mis amigos artistas de Nueva York y de otros lugares. Aunque reciben una ayuda financiera simbólica del Gobierno federal, saben que, cuando Estados Unidos vuelva al trabajo, ellos estarán hasta el cuello de deudas. Y una vez que la moratoria de desalojos termine, corren el riesgo de irse a la calle. Gracias a los defensores de la economía de suministro y a los adoradores de Milton Friedman que han dictado la política fiscal americana durante los últimos cuarenta años, ahora vivimos en una versión high-tech del capitalismo del siglo XIX, alimentada por un poderoso subtexto de darwinismo social. Dentro de algún tiempo, cuando todos seamos polvo, no me sorprendería que los historiadores del futuro escribieran: “Cuando una amenaza viral invisible se extendió por el país a principios de 2020, mostró con despiadada claridad lo moribundo que se había vuelto el tan elogiado sueño americano”.

*Douglas Kennedy es escritor estadounidense, autor de novelas como En busca de la felicidad y La sinfonía del azar (Arpa). En junio publicará Una relación especial en la misma editorial. Traducciónde Miriam Espinar.
https://elpais.com/cultura/2020/04/01/babelia/1585756728_283072.html

  • 9.20.-Ciencia para protegernos de Trump – JOSEPH E. STIGLITZ
  • Covid-19 saca todos los zombis habituales PAUL KRUGMAN

Muchos trabajadores infectados serán reacios a los tratamientos para que no les lleguen facturas gigantescas

TOMÁS ONDARRA

Como educador, siempre estoy buscando “momentos enseñables” —episodios actuales que ilustren y reafirmen los principios sobre los que he venido enseñando—. Y no hay nada como una pandemia para centrar la atención en lo que realmente importa. La crisis del coronavirus es rica en lecciones, especialmente para Estados Unidos. Una moraleja es que los virus no andan con pasaportes; de hecho, no respetan en absoluto las fronteras nacionales —o la retórica nacionalista—. En nuestro mundo estrechamente integrado, una enfermedad contagiosa que se origina en un país puede volverse global, y lo hará.

28 mar 2020 .- La propagación de las enfermedades es un efecto colateral negativo de la globalización. Cuando surgen crisis transfronterizas como ésta, exigen una respuesta global y cooperativa, como en el caso del cambio climático. Al igual que los virus, las emisiones de gases de efecto invernadero están causando estragos e imponiendo enormes costes a los países en todo el mundo a través del daño causado por el calentamiento global y los episodios de clima extremo asociados.

Ninguna Administración presidencial norteamericana ha hecho más para minar la cooperación global y el papel del Gobierno que la de Donald Trump. Sin embargo, cuando enfrentamos una crisis como una epidemia o un huracán, recurrimos al Gobierno porque sabemos que esos acontecimientos exigen una acción colectiva. No podemos hacerles frente por cuenta propia; tampoco podemos depender del sector privado. Muy a menudo, las empresas que maximizan las ganancias verán en las crisis oportunidades para hacer subir los precios, como ya se evidencia en el alza de los precios de las mascarillas faciales.

Desafortunadamente, desde la Administración del presidente norteamericano Ronald Reagan, el mantra en Estados Unidos ha sido que “el Gobierno no es la solución a nuestros problemas, el Gobierno es el problema”. Tomarse ese mantra en serio es un callejón sin salida, pero Trump ha avanzado por ese camino más que cualquier otro líder político norte­americano que se recuerde.

En el centro de la respuesta estadounidense a la crisis de la Covid-19 está una de las instituciones científicas más venerables del país, los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC), donde tradicionalmente han trabajado profesionales comprometidos, experimentados y altamente entrenados. Para Trump, el político más ignorante de todos, estos expertos plantean un serio problema porque lo contradirán cada vez que intente inventar hechos para satisfacer sus propios intereses.

La fe puede ayudarnos a lidiar con las muertes causadas por una epidemia, pero no es un sustituto del conocimiento médico y científico. La fuerza de voluntad y las oraciones no sirvieron de nada para contener la peste negra en la Edad Media. Afortunadamente, la humanidad ha hecho enormes progresos científicos desde entonces. Cuando apareció la cepa de la Covid-19, los científicos rápidamente pudieron analizarla, someterla a pruebas, rastrear sus mutaciones y empezar a trabajar en una vacuna. Si bien todavía hay mucho que aprender sobre el nuevo coronavirus y sus efectos en los seres humanos, sin la ciencia, estaríamos completamente a su merced, y ya habría cundido el pánico.

La investigación científica exige recursos. Pero la mayoría de los mayores progresos científicos en los últimos años han costado monedas en comparación con la generosidad impartida por Trump a nuestras corporaciones más ricas y los recortes impositivos de 2017 a los congresistas republicanos. Por cierto, nuestras inversiones en ciencia también languidecen en comparación con los posibles costes de la última epidemia para la economía, por no mencionar las pérdidas de capitalización de las Bolsas.

De todos modos, como señala Linda Bilmes, de la Escuela Kennedy de Harvard, la Administración de Trump ha propuesto recortes a la financiación de los CDC año tras año (10% en 2018, 19% en 2019). A comienzos de este año, Trump, dando muestras del peor sentido de la oportunidad imaginable, exigió un recorte del 20% del gasto en programas para combatir enfermedades infecciosas y zoonóticas (es decir, patógenos como los coronavirus, que se originan en animales y saltan a los seres humanos). Y en 2018, eliminó la junta directiva de seguridad sanitaria y biodefensa global del Consejo Nacional de Seguridad.

No sorprende que la Administración haya demostrado estar mal preparada para lidiar con el brote. Si bien la Covid-19 alcanzó proporciones epidémicas hace unas semanas, Estados Unidos ha dado muestras de una capacidad de diagnóstico insuficiente (inclusive comparado con un país mucho más pobre como Corea del Sur) y de procedimientos y protocolos inadecuados para tratar a los viajeros potencialmente expuestos que regresaban del exterior.

Esta respuesta mediocre debería servir como otro recordatorio de que más vale prevenir que curar. Pero la panacea universal de Trump para cualquier amenaza económica consiste simplemente en exigir más flexibilización de la política monetaria y recortes impositivos (normalmente para los ricos), como si recortar los tipos de interés fuera todo lo que se necesita para generar otro auge del mercado bursátil.

Hoy es mucho menos probable que este tratamiento de curandero funcione como lo hizo en 2017, cuando los recortes impositivos crearon un estímulo económico de corto plazo que ya se había desvanecido cuando entramos en 2020. Con tantas empresas norteamericanas que enfrentan alteraciones de las cadenas de suministro, es difícil imaginar que de pronto decidieran hacer inversiones importantes solo porque los tipos de interés fueron recortados 50 puntos básicos (suponiendo, para empezar, que los bancos comerciales trasladaran los recortes).

Peor aún, los costes totales de la epidemia para Estados Unidos todavía se desconocen, particularmente si no se contiene el virus. A falta de una paga por enfermedad, muchos trabajadores infectados a los que ya les cuesta llegar a fin de mes van a presentarse a trabajar de cualquier manera. Y a falta de un seguro de salud adecuado, se mostrarán reacios a realizarse estudios y solicitar tratamiento, para que no les lleguen facturas médicas gigantescas. No debería subestimarse la cantidad de norteamericanos vulnerables. En la Administración de Trump, las tasas de mortalidad están en aumento, y unos 37 millones de personas regularmente padecen hambre.

Todos estos riesgos aumentarán si cunde el pánico. Para impedir que esto suceda hace falta confianza, particularmente en quienes tienen la tarea de informar a la población y responder a la crisis. Pero Trump y el Partido Republicano han venido sembrando desconfianza hacia el Gobierno, la ciencia y los medios durante años, mientras que les dieron rienda suelta a gigantes de las redes sociales ávidos de ganancias como Facebook, que a sabiendas permite que su plataforma sea utilizada para propagar desinformación. La ironía perversa es que la respuesta torpe de la Administración de Trump minará la confianza en el Gobierno aún más.

Estados Unidos debería haber empezado a prepararse para los riesgos de la pandemia y del cambio climático hace años. Solo una gobernanza basada en ciencia sólida puede protegernos de estas crisis. Ahora que ambas amenazas penden sobre nosotros, es de esperar que en el Gobierno todavía queden suficientes burócratas y científicos dedicados que nos protejan de Trump y de sus secuaces incompetentes.

Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía, es profesor universitario en la Universidad de Columbia y economista jefe en el Instituto Roosevelt. © Project Syndicate 1995-2020. https://elpais.com/economia/negocio/2020-03-28/ciencia-para-protegernos-de-trump.html

9.20.-Covid-19 saca todos los zombis habituales – PAUL KRUGMAN

Por qué la negación de virus se parece a la negación climática.

El presidente Trump firmó un proyecto de ley de alivio de coronavirus en la Casa Blanca el viernes. Crédito…Erin Schaff / The New York Times 

Permítanme resumir la opinión de la administración Trump / los medios de derecha sobre el coronavirus: es un engaño, o de todos modos no es gran cosa. Además, intentar hacer algo al respecto destruiría la economía. Y es culpa de China, por eso deberíamos llamarlo el «virus chino».

28 mar 2020.- Ah, y los epidemiólogos que han estado modelando la propagación futura del virus han sufrido un ataque sostenido, acusados ​​de ser parte de un complot de «estado profundo» contra Donald Trump, o tal vez de libre mercado.

¿Todo esto te da una sensación de deja vu? Debería. Después de todo, es muy similar a la línea de Trump / derecha sobre el cambio climático. Esto es lo que Trump tuiteó en 2012: «El concepto de calentamiento global fue creado por y para los chinos con el fin de hacer que la fabricación estadounidense no sea competitiva». Todo está ahí: es un engaño, hacer cualquier cosa al respecto destruirá la economía y culpemos a China.

Y los epidemiólogos se sorprendieron al descubrir que sus mejores esfuerzos científicos denunciados como fraude por motivos políticos deberían haber sabido lo que vendría. Después de todo, exactamente lo mismo le sucedió a los científicos del clima , quienes han sufrido hostigamiento constante durante décadas.

Entonces, la respuesta de la derecha a Covid-19 ha sido casi idéntica a la respuesta de la derecha al cambio climático, aunque en una escala de tiempo enormemente acelerada. Pero, ¿qué hay detrás de este tipo de negación?

Bueno, recientemente publiqué un libro sobre la prevalencia en nuestra política de «ideas de zombis», ideas que han demostrado ser erróneas con pruebas abrumadoras y que deberían estar muertas, pero que de alguna manera siguen arrastrando los pies, comiendo el cerebro de las personas. El zombi más frecuente en la política estadounidense es la insistencia en que los recortes de impuestos para los ricos producen milagros económicos, de hecho se pagan por sí mismos, pero el zombi más consecuente, el que representa una amenaza existencial, es la negación del cambio climático. Y Covid-19 ha sacado todos los zombies habituales.

 

Pero, ¿por qué, exactamente, es correcto tratar una pandemia de la misma manera que trata los recortes de impuestos y el cambio climático?

La fuerza que usualmente mantiene a las ideas de zombis dando vueltas es el propio interés financiero. Los multimillonarios que se benefician de estos recortes pagan más o menos directamente los beneficios de las virtudes de los recortes de impuestos. La negación climática es una industria respaldada casi en su totalidad por intereses de combustibles fósiles . Como dijo Upton Sinclair : «Es difícil lograr que un hombre entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda».

Sin embargo, es menos obvio quién se beneficia al minimizar los peligros de una pandemia. Entre otras cosas, la escala de tiempo está muy comprimida en comparación con el cambio climático: las consecuencias del calentamiento global llevarán muchas décadas, dando a los intereses de los combustibles fósiles mucho tiempo para tomar el dinero y correr, pero ya estamos viendo catástrofes consecuencias de la negación del virus después de unas pocas semanas.

Es cierto que puede haber algunos multimillonarios que imaginen que negar la crisis funcionará para su ventaja financiera. Justo antes de que Trump hiciera su aterrador llamado para reabrir la nación en Semana Santa, tuvo una conferencia telefónica con un grupo de administradores de dinero, quienes pueden haberle dicho que terminar con el distanciamiento social sería bueno para el mercado. Eso es una locura, pero nunca debes subestimar la codicia de estas personas. Recuerde, Steve Schwarzman de Blackstone, uno de los hombres en la llamada, una vez comparó las propuestas para cerrar un vacío fiscal a la invasión de Polonia por Hitler.

Además, a los multimillonarios les ha ido muy bien con los recortes de impuestos de Trump, y pueden temer que el daño económico del coronavirus provoque la derrota de Trump y, por lo tanto, aumentos de impuestos para personas como ellos.

Pero sospecho que la respuesta desastrosa a Covid-19 ha sido moldeada menos por el interés propio directo que por dos formas indirectas en las que la política pandémica se vincula con la prevalencia general de ideas de zombis en el pensamiento de derecha.

Primero, cuando tienes un movimiento político construido casi enteramente en torno a afirmaciones de que cualquier experto puede decir que eres falso, debes cultivar una actitud de desdén hacia la experiencia, una que se extiende a todo. Una vez que descarta a las personas que miran la evidencia sobre los efectos de los recortes de impuestos y los efectos de las emisiones de gases de efecto invernadero, ya está preparado para despedir a las personas que miran la evidencia sobre la transmisión de enfermedades.

Esto también ayuda a explicar la centralidad de los conservadores religiosos que odian la ciencia al conservadurismo moderno, que ha desempeñado un papel importante en el fracaso de Trump para responder.

En segundo lugar, los conservadores tienen una creencia verdadera: a saber, que existe una especie de efecto halo en torno a las políticas gubernamentales exitosas. Si la intervención pública puede ser efectiva en un área, temen, probablemente con razón, que los votantes consideren más favorablemente la intervención del gobierno en otras áreas. En principio, las medidas de salud pública para limitar la propagación del coronavirus no necesariamente tienen mucha implicación para el futuro de programas sociales como Medicaid. En la práctica, el primero tiende a aumentar el apoyo al segundo.

Como resultado, la derecha a menudo se opone a las intervenciones del gobierno, incluso cuando claramente sirven al bien público y no tienen nada que ver con la redistribución de ingresos, simplemente porque no quieren que los votantes vean que el gobierno hace algo bien.

La conclusión es que, al igual que con tantas cosas de Trump, lo horrible del hombre en la Casa Blanca no es toda la historia detrás de una política terrible. Sí, es ignorante, incompetente, vengativo y carece de empatía. Pero sus fracasos en la política de pandemia se deben tanto a la naturaleza del movimiento al que sirve como a sus deficiencias personales.

https://www.nytimes.com/2020/03/28/opinion/coronavirus-trump-response.html

8.20.-Avatares del pacto China y Estados Unidos y su guerra comercial en curso  KEITH BRADSHER

El nuevo acuerdo entre los dos gigantes de la economía mundial deja intactos los asuntos más espinosos que los separan. Resolverlos podría llevar años.

Una granja de soya en Kansas. China acordó comprar más productos agrícolas estadounidenses, incluida la soya, como parte de un nuevo pacto comercial.Credit…Christopher Smith para The New York Times

PEKÍN — El presidente estadounidense, Donald Trump, y China dicen que su reciente pacto comercial solo es el inicio de una nueva relación entre las dos economías más grandes del mundo. Según la Casa Blanca, los futuros acuerdos harán que China sea un mejor socio comercial. Pekín afirma que vislumbra el fin de los aranceles estadounidenses y de la agotadora guerra comercial.

Tal vez los dos estén equivocados.

  • 20 de enero de 2020.- El pacto comercial parcial del 15 de enero, considerado por ambas partes como una tregua, podría ser el legado perdurable de más de dos años de conflicto económico. Podría garantizar que las compras de mercancía china por parte de Estados Unidos, que ya van en descenso, disminuyan todavía más. Y en vez de reparar la relación, podría distanciar todavía más a estos dos titanes de la economíay transformar la manera de hacer negocios en el ámbito mundial.

El acuerdo que firmaron el 15 de enero Trump y el viceprimer ministro Liu He, el principal negociador comercial de China, reduce algunos de los aranceles estadounidenses impuestos durante los dos últimos años a las mercancías chinas e impide que haya otros más. Compromete a China a comprar, durante dos años, 200.000 millones de dólares más en grano, cerdo, aviones, equipo industrial y otros productos. Exige que China abra más sus mercados financieros, proteja la tecnología y las marcas estadounidenses y, a la vez, cree un foro para que ambas partes puedan limar asperezas.

Lo que no hace es atacar las causas que dieron origen a la guerra comercial. El acuerdo no aborda los subsidios de China a las industrias nacionales ni su firme control sobre las palancas fundamentales de su economía pujante. El acuerdo también mantiene la mayoría de los aranceles de Trump sobre la mercancía china por un valor de 360.000 millones de dólares, un impuesto mucho más alto del que los estadounidenses pagan por los productos procedentes de prácticamente cualquier otro lugar.

Podrían pasar muchos años antes de que se puedan resolver esos asuntos. De hecho, parecen limitadas las posibilidades de que se llegue a un segundo acuerdo pronto. Trump ha dicho que tal vez espere hasta después de las elecciones presidenciales de Estados Unidos, en noviembre, para concluir lo que ambas partes llaman la “fase dos” del acuerdo.

Hasta entonces, los consumidores y las empresas estadounidenses seguirán comprando menos mercancía de China y más en otras regiones. Por su parte, el gobierno chino también continuará buscando clientes en otras regiones. La relación de Estados Unidos con China, un motor vital del crecimiento económico global durante décadas, se debilitará todavía más.

El viceprimer ministro de China, Liu He, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firmaron un acuerdo comercial parcial en la Casa Blanca el 15 de enero.Credit…Pete Marovich para The New York Times

“La guerra comercial ha desencadenado una serie de fuerzas estructurales que probablemente tengan un efecto moderador sobre las importaciones procedentes de China durante un tiempo en el futuro”, señaló el economista Eswar Prasad, especialista en China de la Universidad de Cornell.

Algunas circunstancias imprevistas podrían cambiar todo eso. Una crisis económica podría hacer que uno o ambos regresen a la mesa de negociaciones. Trump ha roto acuerdos comerciales en el pasado. Tal vez los estadounidenses elijan en noviembre a un dirigente menos agresivo en materia de comercio.

Pero hasta el momento, ambos países han demostrado que están dispuestos a alcanzar su objetivo económico. La economía, el mercado laboral y el mercado de valores de Estados Unidos han mejorado desde que comenzó la guerra comercial hace casi dos años, pese a que muchas personas se preguntan cuánto tiempo puede durar eso. En el ámbito político, los demócratas han presionado a Trump para que sea más estricto, y no menos, en el comercio con China.

En China, la guerra comercial solo ha sido uno de los factores que han provocado la desaceleración económica y parece que Pekín se siente capaz de manejar bien ese problema.

En las últimas semanas, los asesores del gobierno de China han destacado la importancia de hablar sobre las medidas que puede tomar Pekín —como ayudar al mercado laboral o encontrar nuevos socios comerciales en otro lugar— y no sobre las que no puede tomar. Aunque se han reducido las exportaciones chinas a Estados Unidos, sus ventas en otras regiones, en especial en los países pobres, se han mantenido firmes. En los últimos meses, Pekín ha buscado con empeño abrir todavía más mercados.

Además, si China se queja del acuerdo, podría parecer débil, lo cual es inaceptable en un país donde el Partido Comunista se presenta como el libertador de un siglo de humillaciones por parte de las potencias extranjeras.

El 16 de enero, los medios de comunicación estatales y los economistas chinos recibieron el acuerdo como un respiro de lo que han sido dos años de una atención casi constante por parte del gobierno y de muchos ciudadanos en general en el asunto del comercio. El pacto del 15 de enero “ofrecerá al menos una tregua en esta guerra comercial”, dijo He Weiwen, un destacado economista chino, especialista en comercio y exfuncionario del Ministerio de Comercio.

Un mercado en Pekín. En China, la guerra comercial ha sido solo un factor de la desaceleración que experimenta su economía.Credit…Lam Yik Fei para The New York Times

Los funcionarios chinos no han sido intransigentes. En los últimos meses, incluso antes de que firmaran el pacto comercial, relajaron las restricciones del gobierno a las empresas extranjeras en las industrias financiera y automotriz, y se comprometieron a poner un alto a los intentos de las empresas chinas de obligar a sus socios extranjeros a revelar sus secretos comerciales más confidenciales.

Sin embargo, con respecto al tema principal del apoyo gubernamental y el control de la economía, Pekín se ha mantenido firme.

El gobierno de Trump y las empresas estadounidenses se han quejado de que China utiliza de manera desleal las enormes arcas del gobierno para desarrollar industrias que competirán directamente con entidades establecidas en Occidente. En los últimos años, China restó importancia a esos esfuerzos cuando aumentaron las tensiones comerciales.

Parece que ahora China es menos discreta con respecto a esos esfuerzos. Al inicio de la guerra comercial, Xi Jinping, el máximo dirigente de China, visitó una empresa china de semiconductores, una industria a la que Pekín le ha otorgado muchos subsidios, para brindarle su apoyo. Nuevos datos señalan que China ha acelerado su Iniciativa del Cinturón y la Ruta de la Seda, un plan impulsado por el gobierno para financiar y construir carreteras, redes de telecomunicaciones y otras infraestructuras en los países en vías de desarrollo, lo cual allanaría el camino para más exportaciones chinas.

El precio de la actitud impetuosa de China es el reordenamiento de las cadenas de suministro a nivel global que sus fábricas han alimentado desde hace mucho tiempo. Las empresas las han mantenido en China incluso después de que se dispararon los salarios y otros costos durante la última década.

La guerra comercial ha detenido esa inercia, y muchas empresas han comenzado a trasladar sus cadenas de suministro a otros lugares para evitar los nuevos aranceles o la posibilidad de que haya todavía más. En noviembre, las exportaciones chinas a Estados Unidos se redujeron más de una quinta parte con respecto al año anterior. Ahora, las exportaciones a Estados Unidos representan solo el cuatro por ciento de la economía china.

Contenedores en un puerto de Shanghái. Aunque las exportaciones de China a Estados Unidos se desplomaron durante la guerra comercial, sus ventas en otros países se mantuvieron sólidas.Credit…Lam Yik Fei para The New York Times

Sin embargo, esto no significa que los empleos que se fueron a China durante las últimas dos décadas regresarán a Estados Unidos. Los altos costos de la mano de obra y el cumplimiento reglamentario en Estados Unidos, aunado a la persistente escasez de mano de obra calificada, han hecho que la mayoría de las empresas multinacionales duden en llevar su manufactura a Estados Unidos. Más bien, parece que los máximos ganadores son los aliados de Estados Unidos como Vietnam, Taiwán, Indonesia y, tal vez, India, adonde están llegando avalanchas de ejecutivos multinacionales que buscan alternativas a China.

Incluso si ambas partes llegaran a la mesa de negociaciones con nuevas concesiones, es difícil que se concluyan los acuerdos comerciales. El pacto del 15 de enero fue el resultado de más de dos años de negociaciones que no se concretaban. Otros pactos importantes, como el T-MEC —el acuerdo comercial entre Estados Unidos, México y Canadá—, tardaron incluso más tiempo.

Cuanto más tiempo pase, más se distanciarán esos países en términos económicos.

Sin la guerra comercial, tal vez Estados Unidos habría comprado 550.000 millones de dólares o más de mercancía china este año, dijo Brad Setser, economista especializado en China, primero como funcionario del Departamento del Tesoro en el gobierno de Barack Obama y ahora en el Consejo de Relaciones Exteriores con sede en Nueva York. Señaló que incluso con el acuerdo del 15 de enero, es muy probable que este año las importaciones a Estados Unidos procedentes de China sean de aproximadamente 400.000 millones de dólares.

“Es evidente que los aranceles han tenido un gran impacto”, afirmó.

*Keith Bradsher es el jefe del buró de Shanghái. Anteriormente fue jefe de los burós de Hong Kong y de Detroit, fue corresponsal de Washington en temas de comercio internacional, de economía de Estados Unidos y reportero de asuntos de telecomunicaciones y aerolíneas. @KeithBradsher

https://www.nytimes.com/es/2020/01/20/espanol/negocios/acuerdo-china-estados-unidos.html

  • 7.20.-Un cataclismo para los planes de Trump – PAUL KRUGMAN
  • Comparando a Sanders con la socialdemocracia europea: objetivos parecidos, medidas más radicales  – ANDREA RIZZI

Lo que vimos en su discurso fue una absoluta incapacidad para ponerse a la altura de la crisis del coronavirus.

 Donald Trump, el pasado miércoles, anuncia medidas para combatir la crisis económica provocada por el coronavirus CONTACTO / CONTACTO

Durante tres años Donald Trump ha tenido suerte en todo. Solo ha afrontado una crisis no provocada por él —el huracán María— y aunque su chapucera respuesta favoreció una tragedia que mató a miles de ciudadanos estadounidenses, las muertes se produjeron fuera de cámara, lo que le permitió negar que hubiera ocurrido algo malo.

13 mar 2020.- Ahora, sin embargo, nos enfrentamos a una crisis mucho mayor con el coronavirus. Y la respuesta de Trump ha sido incluso peor de lo que sus detractores más duros podrían haber imaginado. Ha tratado una amenaza urgente como si fuese un problema de relaciones públicas, combinando la negación con frenéticas acusaciones a los demás. Su Gobierno no ha proporcionado el requisito más básico para cualquier respuesta a la pandemia: pruebas generalizadas para hacer un seguimiento de la difusión de la enfermedad. No ha aplicado las recomendaciones de los expertos en sanidad y se ha dedicado a imponer absurdas prohibiciones de viajar a los extranjeros, cuando todo indica que la enfermedad ya está muy instalada en Estados Unidos. Y su respuesta a las repercusiones económicas ha oscilado entre la complacencia y la histeria, con una fuerte mezcla de amiguismo.

Es un misterio por qué el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades, normalmente un organismo muy competente, no ha proporcionado en absoluto recursos para efectuar pruebas generalizadas de coronavirus durante las primeras fases de la pandemia, tan cruciales. Pero es difícil evitar la sospecha de que la incompetencia está relacionada con la política, quizá con el deseo por parte de Trump de restar importancia a la amenaza. Según Reuters, el Gobierno ha ordenado a los organismos sanitarios que traten todas las deliberaciones sobre el coronavirus como información reservada. No tiene sentido, y es de hecho destructivo desde el punto de vista de la política pública; pero tiene perfecto sentido si el Gobierno no quiere que la ciudadanía sepa de qué modo sus acciones están poniendo en peligro la vida de los estadounidenses.

En todo caso, está claro lo que deberíamos hacer ahora que ya debe de haber miles de casos en todo Estados Unidos. Necesitamos ralentizar la difusión de la enfermedad creando “distancia social” —prohibiendo las reuniones grandes, animando a quienes puedan hacerlo a trabajar desde casa— y poniendo en cuarentena los puntos con más casos de contagio. Tal vez esto no baste para impedir que enfermen decenas de millones de personas, pero extender la pandemia en el tiempo ayudaría a prevenir la sobrecarga del sistema sanitario, reduciendo enormemente el número de fallecidos. Pero en su discurso, Trump casi no ha hablado de eso; sigue actuando como si fuera una amenaza que los extranjeros están trayendo a Estados Unidos.

Y en lo que respecta a la economía, Trump parece fluctuar de día en día —incluso de hora en hora— entre las afirmaciones de que todo va bien y las exigencias de estímulos enormes y mal concebidos

Su grandiosa idea para la economía es una completa moratoria del impuesto sobre la renta. Según Bloomberg News, les dijo a los senadores republicanos que quería que la moratoria se extendiera “hasta las elecciones de noviembre para que los impuestos no volvieran a cobrarse antes de que los votantes decidan si él mantiene o no su cargo”. Sería una medida enorme. Los impuestos sobre la renta suponen el 5,9% del PIB. En comparación, el estímulo de Obama en 2009-2010 llegó a un máximo del 2,5% del PIB. Pero estaría muy mal enfocado: grandes exenciones para los trabajadores con buenos salarios, y nada para los desempleados o aquellos sin baja médica remunerada. ¿Por qué hacerlo de este modo? Después de todo, si el objetivo es poner dinero en manos de los ciudadanos, ¿por qué no enviarles cheques? Al parecer, los republicanos no pueden concebir una política económica que no adopte la forma de una rebaja de impuestos.

Trump también quiere supuestamente proporcionar ayuda a sectores específicos, entre ellos el petróleo y el esquisto, una continuación de los esfuerzos de su Gobierno por subvencionar los combustibles fósiles.

En cambio, los demócratas han propuesto un paquete de medidas que abordaría de hecho las necesidades del momento: pruebas gratuitas para detectar el coronavirus, bajas por enfermedad remuneradas, ampliación de las prestaciones por desempleo y un aumento de los fondos de contrapartida federales destinados a programas de sanidad pública, lo cual, al aliviar la presión sobre los presupuestos estatales, ayudaría a los estados a cubrir las demandas de la crisis y a sostener su gasto total.

Por cierto, fíjense en que estas medidas ayudarían a la economía en un año de elecciones, y por lo tanto podría decirse que favorecerían políticamente a Trump. Pero los demócratas están dispuestos a hacer lo correcto de todas formas, en drástico contraste con el comportamiento de los republicanos tras la crisis financiera de 2008, cuando presentaron una oposición de tierra quemada a todo aquello que pudiera mitigar el daño. Sin embargo, la Casa Blanca no quiere saber nada de esto y uno de sus funcionarios llegó incluso a acusar a los demócratas de impulsar “un programa de izquierda radical”. Supongo que las bajas médicas remuneradas equivalen a socialismo, incluso en una pandemia. Entonces, ¿qué está ocurriendo? Lo que estamos viendo es un cataclismo, no solo de los mercados, sino también de la mente de Trump. Cuando ocurren cosas malas, solo sabe hacer tres cosas: insistir en que las cosas van estupendamente y que sus políticas son perfectas, bajar los impuestos y darles dinero a sus amigotes.

Ahora se enfrenta a una crisis en la que ninguna de estas respuestas habituales va a funcionar y en la que, de hecho, necesita cooperar con Nancy Pelosi para evitar una catástrofe. Lo que vimos en su discurso del miércoles fue su absoluta incapacidad para ponerse a la altura de la situación. Necesitábamos ver a un líder; lo que vimos fue a un fanfarrón incompetente y delirante.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía.

© The New York Times, 2020

Traducción de News Clips

https://elpais.com/economia/negocio/2020-03-13/un-cataclismo-para-los-planes-de-trump.html 

7.20.-Comparando a Sanders con la socialdemocracia europea: objetivos parecidos, medidas más radicales  – ANDREA RIZZI

El candidato demócrata a la presidencia de EE UU impulsa en varios sectores propuestas más extremas que los progresistas tradicionales europeos

El candidato demócrata Bernie Sanders, en Vermont, el pasado martes. MATT ROURKE (AP)

La carrera para representar al partido demócrata en las presidenciales de EE UU de noviembre queda reducida a un duelo entre Joe Biden y Bernie Sanders. Este último despierta mucho interés global, con planteamientos heterodoxos y radicales para los estándares de la política estadounidense. Algunos observadores señalan, sin embargo, que sus planes están en línea con los de la socialdemocracia europea. ¿Es eso cierto?

6 mar.- La pregunta es compleja y el formato de esta columna no permite una respuesta exhaustiva que contemple todos los aspectos de los planes de Sanders. Sin embargo, es posible señalar pistas.

En términos generales, los objetivos políticos de Sanders son homologables a los de la socialdemocracia europea mainstream: sistemas fiscales vigorosamente redistributivos; cobertura sanitaria universal; facilitar el acceso a la educación pública; impulso a la lucha contra el cambio climático. En los medios para conseguirlos, sin duda pueden encontrarse muchos elementos de características comparables, pero también destacan varios, de relieve, que se sitúan más allá de la posición socialdemócrata europea media. Veámoslos:

Capitalismo. Entre las propuestas de Sanders para domesticar las vetas más rapaces del capitalismo, destaca una que prevé que todas las empresas cotizadas y aquellas con al menos 100 millones de facturación anual tendrán que ceder a los trabajadores un 2% de sus acciones cada año durante 10 años. Europa tiene mecanismos para garantizar la participación de los trabajadores, como la cogestión en el capitalismo renano o la entrega de acciones en concepto de retribución. Una medida de expropiación equivalente al 20% del capital es, sin embargo, muy radical dentro de la ideología socialdemócrata europea actual. En su fracasado liderazgo del laborismo británico, Jeremy Corbyn planteó una medida parecida, que llegaba solo al 10%.

Sanidad. En el rumbo que propone Sanders hacia una cobertura sanitaria universal hay una medida especialmente polémica: la prohibición de contratar seguros privados. El sistema sanitario estadounidense es una completa anomalía en el mundo desarrollado. Sanders quiere revolucionarlo y asemejarlo a modelos europeos. La prohibición de seguros privados, sin embargo, es algo insólito en el panorama europeo y que, por lo general, no está a la orden del día de los socialdemócratas del continente. Los partidarios del senador de Vermont pueden argumentar que se trataría de una medida necesaria para revertir un sistema distorsionado. Aun así, la aniquilación por decreto del sector y el espíritu liberticida de la medida no se halla en el mainstream de la socialdemocracia europea.

Educación. En este apartado también hay una filosofía muy acorde a la de la socialdemocracia europea —educación pública de calidad para todos— pero con planteamientos más extremos que la doctrina estándar. Sanders propone que el sistema educativo sea gratuito hasta las universidades y la cancelación de las deudas contraídas por motivos de estudio por, según sus cálculos, unos 45 millones de estadounidenses por valor de 1,6 billones de dólares. Algunos países de Europa —Alemania o Suecia— tienen universidades públicas gratuitas y la socialdemocracia es un pilar de la Educación pública. Pero en la mayoría de los países europeos las universidades públicas entrañan costes de inscripción anual, aunque muy moderados en comparación con las privadas. Y la cancelación tout court de un volumen de deuda como el que afecta a este sector tampoco es un tipo de medida estándar en la socialdemocracia europea, lo que sitúa a Sanders un paso más allá del mainstream en esto también.

Https://elpais.com/internacional/2020-03-06/comparando-a-sanders-con-la-socialdemocracia-europea-objetivos-parecidos-medidas-mas-radicales.html 

  • 6.20.-Bernie Sanders apuesta por el todo o nada – PAUL KRUGMAN
  • Capitalismo progresista JOSEPH E. STIGLITZ
  • Biden contra Sanders: dos antagonistas para recuperar la Casa Blanca   AMANDA MARS
Seguidoras de Bernie Sanders en Arizona. CAITLIN O’HARA / AFP

 A pesar de sus intentos de identificarse con Obama, Sanders ha adoptado una estrategia maximalista, sin concesiones

Pocos movimientos políticos han sufrido un batacazo tan rápido y drástico como el que ha experimentado la campaña de Bernie Sanders entre los caucus de Nevada y el Supermartes. En el transcurso de 10 días, este aspirante ha pasado de ser el probable candidato demócrata a estar muy lejos de conseguirlo.

7 mar 2020.- De hecho, las cosas se le han puesto tan mal que Sanders ha presentado un anuncio que intenta retratarlo como gran amigo del expresidente Barack Obama.

Los verificadores de datos han señalado que el anuncio es muy engañoso. Embarulla cosas que Obama ha dicho a lo largo de una década y deja fuera un contexto esencial. Pero el análisis fotograma a fotograma subestima de hecho lo hipócrita que es que Sanders intente identificarse con Obama. Porque el sandersismo, como filosofía, consiste precisamente en rechazar el obamaísmo. Es decir, se basa en negarse a aceptar la idea de una política gradual, de que medio pan es mejor que nada, y exige el maximalismo del todo o nada.

Lo cierto es que existen razones fundadas para las críticas de Sanders a Obama. Pero Sanders debería asumir esas críticas en lugar de pretender que nunca las ha hecho. Entonces, ¿de qué trata el debate? De valores, no, aunque Sanders y su círculo tienen la mala costumbre de insinuar que cualquiera que cuestione su estrategia política es un instrumento corrupto de la oligarquía. Obama estaba, y Joe Biden está, claramente a favor de objetivos progresistas como la cobertura sanitaria universal y la reducción de la desigualdad de rentas.

Pero Obama perseguía esos objetivos mediante cambios graduales. El Obamacare estaba diseñado para ampliar la cobertura sanitaria y al mismo tiempo trastornar lo menos posible la vida de quienes ya tenían un seguro médico. Obama subió los impuestos a los ricos más de lo que la mayoría de la gente imagina —en 2016, el tipo impositivo medio aplicado por el Gobierno federal al 1% era casi tan alto como antes de Reagan—, pero lo hizo con discreción, sin mucha retórica populista.

Desde el punto de vista de Sanders, este método gradual y discreto reflejaba falta de osadía (o quizá corrupción por parte de la “clase dominante”). Obama debería haber ido a por todas y (de alguna manera) haber implantado la sanidad pública para todos. Debería haber atacado frontalmente la desigualdad, con subidas de impuestos mucho mayores para “millonarios y multimillonarios”.

Y para ser justos, yo coincido de hecho en que Obama fue demasiado precavido en algunos frentes. En 2009 me tiré de los pelos públicamente por la clara parvedad del estimulo económico aplicado por Obama, y predije (correctamente) que sería un desastre político, porque la incapacidad de alcanzar resultados llamativos favorecería a los republicanos. Y creo que Obama podría haber conseguido mucho más si hubiera estado dispuesto a usar el proceso de conciliación —que permite utilizar la mayoría simple— para esquivar las tácticas obstruccionistas, como hicieron los republicanos para aprobar las rebajas fiscales de 2017.

También me disgustó mucho, en tiempo real, que Obama empezara a hacerse eco de los argumentos republicanos a favor de la austeridad presupuestaria, a pesar de que seguía habiendo un elevado desempleo. Y todavía creo que Obama podía y debería haber sometido un par de grandes bancos a la administración judicial temporal como precio por haberlos rescatado. Sin duda, Obama mostró demasiado respeto por los banqueros que habían sido los que en un principio nos llevaron a la crisis financiera.

Pero Sanders no está presentando un argumento selectivo y sosteniendo que Obama debería haber sido más decidido en algunos frentes. Defiende una agenda maximalista en todos ellos: eliminación total de los seguros de salud privados y una ampliación enorme de programas públicos que exigirían grandes subidas de impuestos tanto a la clase media como a los ricos.

La teoría política que respalda este maximalismo es la afirmación de que un programa populista audaz transformaría el paisaje electoral, atrayendo a más votantes blancos de clase obrera y aumentando el número de votantes, todo ello a una escala suficiente como para obtener una victoria aplastante en noviembre e intimidar a los miembros centristas del Congreso para que acepten propuestas radicales.

Por desgracia, no hay pruebas que respalden esta teoría política; en concreto, el prometido aumento de votantes jóvenes no se materializó el Supermartes. Por consiguiente, el sandersismo se parece bastante al linternismo verde, por su fe en que los milagros políticos pueden alcanzarse por pura fuerza de voluntad.

Como es natural, muchos seguidores de Sanders dirán que esto solo lo digo porque estoy a sueldo de los multimillonarios, o algo por el estilo.

En todo caso, necesitamos tener clara la naturaleza del debate en lo que queda de contienda demócrata. Insisto, no se trata de valores: los demócratas como grupo se han vuelto mucho más progresistas de lo que eran, y hasta un “centrista” como Biden defiende políticas —como una gran ampliación del Obamacare— que no hace mucho se habrían considerado demasiado izquierdistas.

Dicho esto, me preocupa que si Biden llega a ser presidente ceda con demasiada facilidad; los progresistas tendrán que presionarle al máximo y asegurarse de que el gradualismo no se convierte en rendición preventiva.

Sin embargo, Sanders, a pesar de sus intentos de última hora para identificarse con Obama, ha adoptado una estrategia maximalista, sin concesiones. Entiendo el atractivo emocional de dicha estrategia, sobre todo para sus seguidores jóvenes. Pero todo lo que sabemos da a entender que un progresista que insista en jugársela al todo o nada, acabará, pues eso, en nada.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2020. Traducción de News Clips 

https://elpais.com/economia/negocio/2020-03-06/bernie-sanders-apuesta-por-el-todo-o-nada.html

6.20.-Capitalismo progresista JOSEPH E. STIGLITZ

 El nobel de economía joseph e. Stiglitz defiende en su nuevo libro, ‘capitalismo progresista’, que las injusticias que no se corrigen se heredan

Un hombre pasa por delante de un escaparate con imágenes de un discurso del presidente de EE UU, Donald Trump, en Nueva York.  MIKE SEGAR REUTERS

Hay una dimensión de la justicia a la que los políticos dedican a menudo cuatro palabras, pero poco más que eso: el bienestar de las generaciones futuras. La reforma tributaria de 2017 [en EE UU] generará enormes déficits fiscales y aumentará la deuda del Gobierno. Irónicamente, los republicanos en el Congreso argumentaban contra una deuda excesiva —que sería una carga para las futuras generaciones, decían— hasta que tuvieron la oportunidad de enriquecer a las corporaciones y los multimillonarios. Hay tres aspectos de la justicia intergeneracional a los que se ha conferido escasa relevancia y que una agenda progresista debe corregir.

12 ene 2020.- Primero, lo que verdaderamente supone una carga para las generaciones futuras es la falta de inversión, tanto pública como privada (…). Si no brindamos a nuestros jóvenes la educación adecuada, a la larga serán incapaces de alcanzar todo su potencial. Y si no invertimos en infraestructura y tecnología, el mundo que heredarán no será capaz de sostener los niveles de vida que nosotros hemos disfrutado.

Segundo, nuestro planeta es insustituible. Si las cosas no funcionan bien aquí, no hay ningún otro sitio al que podamos ir. Aun así, estamos expoliando nuestro mundo, y aún más peligrosamente con el cambio climático en ciernes. El daño aumenta cada año, de un modo que ahora resulta predecible. Incluso la forma en que el Gobierno reflexiona acerca del medio ambiente y toma decisiones al respecto resulta injusta para nuestros niños. Recordemos lo dicho (…): siempre que el Gobierno considera una regulación, debe hacer un análisis de los costes y los beneficios. Parte de este análisis implica comparar, digamos, el coste de una regulación medioambiental hoy con los beneficios que tendrá hoy y en un futuro. Si restringimos, por ejemplo, las contaminantes centrales eléctricas a base de carbón, los costes pueden aumentar hoy, pero los beneficios de una mejor salud y de reducir el cambio climático se extenderán a lo largo de los años. El factor clave para realizar estos análisis de los costes y los beneficios es: ¿cómo comparamos un dólar de beneficios futuros con un dólar de costes actuales? Con los procedimientos de la Administración de Trump, un dólar (“real”) equivaldrá en cincuenta años, cuando nuestros hijos estén en la flor de la vida, a solo tres centavos. En esencia, la Administración se limita a estafar al futuro. A menos que el beneficio de una regulación ambiental sea para nuestros hijos más de treinta veces mayor que el coste hoy, la Administración cree que no debería adoptarse. Con este cálculo, que apenas tiene en cuenta a nuestros hijos, no debe sorprendernos que no haya interés alguno en hacer algo respecto al cambio climático.

Grandes proporciones de gente joven no cuentan con las oportunidades que tuve yo cuando empecé 

Tercero, por varias razones, grandes proporciones de gente joven no cuentan con las oportunidades que, digamos, tuve yo mismo cuando empecé. Millones de ellos cargan ya con la pesada deuda estudiantil, que obstaculiza su habilidad de elegir con libertad —están constantemente pensando en los pagos que deben— o hasta de crear una familia o comprar una casa. Entretanto, los precios de la vivienda, relativos a los ingresos, han subido por los efectos del dinero fácil, una normativa tributaria pobremente diseñada y la desregulación financiera. Nuestra generación disfrutó de las ganancias del capital. La siguiente tiene que idear la forma de conseguir una vivienda asequible. Esta brecha en el bienestar intergeneracional es de las cuestiones más problemáticas a las que nos enfrentamos. Los padres que hicieron fortuna en el sector de los bienes inmobiliarios pueden compartir esa riqueza con sus hijos, quienes pueden a su vez traspasarla a los suyos. Pero los que no poseen ningún bien inmobiliario tienen poco o nada que legar a sus hijos y nietos, y eso deja a sus herederos expuestos. Así, las desigualdades en esta generación pueden verse amplificadas en la siguiente. Los cambios en la política tributaria (…) y los programas de crédito hipotecario y estudiantil (…) brindan una salida.

Tributación

Un sistema tributario progresivo, justo y eficaz debería ser parte importante de una sociedad dinámica y justa. Hemos descrito las actividades relevantes que el Gobierno tiene que asumir, como la enseñanza pública, la salud, la investigación y el desarrollo de infraestructuras; la gestión de un buen sistema judicial y la garantía de una mínima Seguridad Social.

Hay que subir los impuestos a los más ricos

Para todo esto se necesitan recursos, es decir, impuestos. Lo justo es que sean quienes tienen mayor capacidad de pago—y que suelen obtener más de nuestra economía— quienes tributen más. Pero (…) quienes se sitúan en la cima de la pirámide pagan una tasa impositiva menor que aquellos con ingresos más bajos. De esta y otras formas, las cosas solo han empeorado en las últimas tres décadas: la reforma tributaria de 2017, y su aumento de los impuestos a una mayoría de las capas medias para financiar los recortes impositivos a las corporaciones y los multimillonarios, se ha convertido quizá en la peor legislación tributaria aplicada hasta ahora.

Simplemente exigir a las corporaciones e individuos acaudalados que paguen los impuestos que deben —un cambio modesto en nuestro actual sistema de carácter regresivo— podría por sí solo generar un par de trillones de dólares en un lapso de diez años. Esto implica no solo subir los impuestos, sino eliminar la panoplia de vacíos legales que los grupos de presión a favor de intereses específicos han ayudado a incorporar a nuestro código tributario. En vez de fijar impuestos a los bienes inmuebles con tasas preferenciales (como hizo la ley de 2017), las rentas del suelo deberían tributar a una tipo más alto. Cuando se cobra impuestos a los trabajadores puede ocurrir que no se esfuercen igual en su labor; cuando se cobra impuestos al capital puede ocurrir que vaya a parar a otro lugar o que la gente no ahorre tanto. No es así en el caso de la tierra, que está ahí, se le cobren impuestos o no. De hecho, el gran economista del siglo xix, Henry George, aseguraba que las rentas del suelo deberían tributar un ciento por ciento. Los impuestos sobre las rentas pueden generar una economía más productiva. Ahora bien, una vasta porción de los ahorros va a la tierra en lugar de a activos productivos (inversiones en investigación, fábricas y equipamiento). Fijar impuestos a las ganancias de capital por la tierra y las rentas incentivaría un mayor ahorro, que podría destinarse a capital productivo.

Hay otros impuestos que pueden potenciar de manera simultánea el rendimiento económico y aumentar las rentas. Por ejemplo, uno sobre las emisiones de carbono les recordaría a los hogares y las empresas que debemos reducir nuestras propias emisiones. En ausencia de tales impuestos, los individuos no tienen en cuenta el coste social de sus actividades emisoras de carbono. Incentivarían a la vez las inversiones y la innovación para reducir tales emisiones y podrían desempeñar un papel fundamental en alcanzar las metas tan importantes fijadas en las cumbres internacionales de París (2015) y Copenhague (2009) para limitar el calentamiento global. Sin un impuesto de esa índole, será difícil que se consigan esos objetivos, lo cual tiene un coste enorme: ya en 2017, el mundo experimentó una cifra récord de pérdidas por desastres naturales relacionados con el clima, tales como los 245.000 millones de dólares en pérdidas a causa de los huracanes Harvey, Irma y María, una expresión clara de la creciente variabilidad climática asociada al calentamiento global. 

https://elpais.com/elpais/2020/01/10/ideas/1578646387_428635.html

6.20.-Biden contra Sanders: dos antagonistas para recuperar la Casa BlancaAMANDA MARS

La carrera de primarias ha acabado reducida a un duelo entre dos perfiles opuestos, sin tercera vía, que se debate entre revolución o reformas

 El exvicepresidente Joe Biden y el senador Bernie Sanders durante un debate en Manchester, New Hampshire. Joe Raedle/Getty Images.JOE RAEDLE / GETTY IMAGES (EL PAÍS) Washington

Los votantes demócratas tienen ya dos opciones entre las que escoger a su candidato a la Casa Blanca. En un lado, un peso pesado de la Administración de Barack Obama, un veterano del partido demócrata, con una agenda reformista que promete curar las heridas de la empobrecida clase trabajadora estadounidense. En el otro, un político independiente, declarado socialista, con una batería de planes económicos de ambición transformadora, casi revolucionaria, con similar leit motiv. Enfrente, Donald Trump.

7– mar  2020,. Biden contra Sanders: quién tiene más opciones de ganar según las encuestas

¿Hablamos de 2016 o de 2020? Cuatro años después, las primarias demócratas se han adentrado en una encrucijada casi idéntica a la de las últimas. Entonces Hillary Clinton, exsecretaria de Estado y destacado miembro de los demócratas, se enfrentaba Bernie Sanders, senador izquierdista e independiente de Vermont, que prometía una revolución y, a lomos de un movimiento juvenil electrizante, estaba lanzando una suerte algo parecido a una opa hostil al partido de los Clintons y los Obama.

Esta vez, hasta 25 hombres y mujeres se han postulado en el último año a la nominación para las elecciones presidenciales de noviembre, pero no se ha abierto paso a ninguna tercera vía. Tras las votaciones celebradas en 14 Estados el pasado martes, la carrera ha acabado reducida a un duelo entre dos nombres tan antagonistas como los 2016: Joe Biden, vicepresidente de la era Obama, y de nuevo, Sanders.

El primero encarna el discurso moderado demócrata y tiene a prácticamente todos los popes del partido de su lado. El segundo es un viejo rockero de la izquierda apoyado en un movimiento de base de aire contracultural. Ambos nacieron durante la Segunda Guerra Mundial y llevan medio siglo metidos en política. Ambos se han lanzado ya en el pasado a por la presidencia de Estados Unidos. Ambos, cerca de los 80 años de edad, saben que esta es su última oportunidad.

“Me dijeron al principio de todo esto que había dos carriles, el carril progresista que lideraba Bernie Sanders y el carril moderado al frente del cual estaba Joe Biden, y que no había margen para nadie más en esto. Yo creí que eso no era así, pero evidentemente lo era”, dijo con amargura Elizabeth Warren al anunciar su retirada el jueves.

Joe Biden (Scranton, Pensilvania, 77 años) llegó al Senado con 30 años por el Estado de Delaware y, tras una larga trayectoria legislativa y par de intentonas fracasadas por la presidencia, Barack Obama le hizo vicepresidente. En los discursos, exhibe los galones de su experiencia en la Administración, en la política exterior estadounidense, y alerta contra movimientos demasiado radicales que ahuyentan a los votantes moderados. “El futuro presidente va a heredar un país dividido en un mundo caótico, no va a haber tiempo para entrenar”, advertía el pasado diciembre en San Antonio (Texas), una idea que suele repetir. “Necesitamos a alguien con habilidad probada para unir a la gente y conseguir que se aprueben leyes, ese soy yo”, arenga al público.

Pero la hemeroteca de 50 años de vida en la jungla política de Washington también supone problemas para Biden. Los progresista le recuerdan hoy su voto a favor de la guerra de Irak, el entendimiento con políticos segregacionistas, el apoyo a algunos recortes de la Seguridad Social o su polémico papel de árbitro en la audiencia por acoso de Anita Hill.

Hoy, como el conjunto del Partido Demócrata, la agenda política de Biden ha virado a la izquierda, aunque queda muy lejos de las medidas más osadas de su rival, Sanders. El programa del vicepresidente propone la opción de un seguro público de salud a todos los estadounidenses, aunque manteniendo la opción privada, reducir los costes de la educación y aliviar la carga de la deuda estudiantil, un gran lastre para Estados Unidos, donde mucho jóvenes van a la universidad a golpe de créditos personales y pasan años pagándolos. También se ha comprometido a reactivar la fuerza de los sindicatos y defendido que el salario mínimo debería subir a 15 dólares la hora para todos, en línea con el sector progresista del partido.

El senador de Vermont, por su parte, es un ferviente creyente del socialismo democrático desde los años 60. Prácticamente ha forjado toda su carrera política independiente de los partidos. Comenzó como alcalde de Burlington, una ciudad de 42.000 habitantes de Vermont, y llegó al Congreso de Estados Unidos en 1991 fiel a ese mismo discurso que preocupa a buena parte del establishment demócrata. Entre otras medidas, Sanders defiende la sanidad pública universal, incluido el veto a la opción de seguros privados, la condonación de las deuda de los estudiantes, la gratuidad de todas las universidades públicas y medidas de mucho calado en las grandes empresas, como la obligación para las que facturan más de 100 millones de dólares al año de transferir progresivamente hasta el 20% de su capital.

Revolución o reformas. En un tiempo de empobrecimiento de la clase media —el índice de desigualdad económica entre los hogares alcanzó en 2018 su máximo histórico desde que comenzaron los registros hace más de medio siglo, según el Censo—, buena parte del gran dilema demócrata estriba en si la Casa Blanca se recupera girando más a la izquierda, movilizando y hallando nuevos yacimientos de votantes, o amarrando a la bases tradicionales.

“¿Alguien verdaderamente serio cree que un presidente respaldado por el mundo corporativo va a traer los cambios que las familias trabajadoras y la clase media necesitan?”, argumentó Sanders este miércoles.

Ganará quien mejor lea en qué punto está el grueso de los demócratas. Una encuesta del instituto de estudios sociológico Pew, realizado en 2019, señalaba que solo 47% de los demócratas se definía como liberal (en el sentido de progresista), mientras que el 38% se declaraba moderado y el 14% conservador. Pero entran en juego otros factores. En estas primarias también se enfrentan dos modelos de liderazgo, uno fogoso y personalista, el de Bernie Sanders, convertido es una especie de icono juvenil; frente a un Biden, sin gran oratoria, a veces incluso torpe, pero muy cálido en las distancias cortas y, sobre todo, apoyado en toda una idea de partido.

La batalla revela también una enorme brecha generacional entre las bases, otro tipo de polarización. El 60% de los jóvenes de entre 18 y 29 años que votó el pasado Supermartes lo hizo a Sanders, mientras que solo el 17% lo hizo a Biden. Mientras, entre los mayores de 65%, un 48% apoyo a Sanders y un 15%, según una encuesta a pie de urna de la cadena ABC y The Washington Post. ¿Quién sale ganando? Esa semana fue el exvicepresidente, ya que esa movilización juvenil no sirve si la participación no es equivalente: en ningún Estado el electorado menor de 30 años supuso más del 20% de los votantes, según datos de The New York Times. Mientras, Biden arrasa entre los votantes afroamericanos. En una encuesta de primeros de enero de The Washington Post-Ipsos, cuando la carrera aún contaba con una decena de aspirantes, lograba un 48% de apoyo, seguido por Sanders, con el 20%.

Las líneas de ataque de Trump ya se conocen. Ataca al vicepresidente con Ucrania y el polémico trabajo de su hijo, Hunter, para una firma gasista del país (Burisma), cuando el padre era vicepresidente, origen del escándalo de presiones que llevó al juicio político contra el republicano. A Sanders, lo acusa de radical socialista.

A falta de los resultados definitivos de California, el vicepresidente aventaja al senador de Vermont ligeramente en número de delegados (664 a 573, según Real Clear Politics), pero queda aún carrera por delante (hacen falta 1.991 para conseguir la nominación). Importantes Estados considerados bisagra, como Michigan, Ohio o Pensilvania tienen que votar y lo que elijan enviará una señal muy importante a los demócratas. Allí se perdieron en 2016 las elecciones contra Donald Trump. El mantenimiento de la congresista Tulsi Gabbard en las papeletas resulta anecdótico, ya que no ha cosechado ningún resultado significativo ni las encuestas le auguran cambio alguno. Se habla estos días de que el Partido Demócrata busca su alma, pero sobre todo busca sentarse de nuevo en el Despacho Oval.

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https://elpais.com/internacional/2020-03-07/biden-contra-sanders-dos-antagonistas-para-recuperar-la-casa-blanca.html

  • 5.20.-Demócratas: los muertos vivientes – PAUL KRUGMAN
  • El ascenso de Sanders siembra el temor en el ‘establishment’ demócrata AMANDA MARS

 En este momento me encuentro en España hablando sobre ideas zombis (ideas a las que la evidencia debería haber eliminado, pero que siguen moviéndose a trompicones). En los Estados Unidos modernos, las ideas zombis más importantes están en la derecha, sin embargo, algunas ideas zombis también se las arreglan para comerse el cerebro de los centristas. Como era de esperarse, algunos de los zombis más destructivos de la última década se han abierto paso hasta la contienda de las elecciones primarias demócratas, donde un par de centristas están repitiendo ideas que hace años fueron desmentidas en su totalidad.

20 feb 2020.- Aunque pocos vieron venir lo que sucedería en 2008, en retrospectiva fue un clásico pánico bancario, el tipo de cosa que solía ocurrir con frecuencia antes de la década de 1930. Primero, los prestamistas se vieron atrapados en la gigantesca burbuja de la vivienda; luego, cuando la burbuja reventó, la mayor parte del sistema financiero simplemente se congeló.

A estas alturas, las pruebas en contra del cuento de que fue culpa de los liberales son abrumadoras. El auge de los malos préstamos no provino ni de las agencias patrocinadas por el gobierno ni de los bancos regulados, sino de quienes originaron las hipotecas desreguladas. La gravedad de los efectos colaterales se debió a que los inversionistas creyeron, erróneamente, que los elegantes instrumentos financieros los protegían del riesgo.

Siendo justos, el pánico por el déficit no era un engaño tan obvio como la afirmación de que los bien intencionados habían ocasionado la crisis financiera, aunque algunas de las voces más fuertes que condenaban los males de los déficits eran embusteros evidentes.

Más bien, lo que sucedió fue que mucha gente importante creyó que hablar sobre los peligros de la deuda los hacía sonar serios, puesto que eso era lo que estaban haciendo todas las otras personas serias.

Sin embargo, a estas alturas, la obsesión por la deuda ha sido completamente desmentida tanto por la investigación económica como por la experiencia.

Vivimos en un mundo inundado de ahorros privados que buscan un lugar adónde ir, con inversionistas dispuestos a prestar dinero al gobierno con tasas de interés increíblemente bajas.

De hecho, es irresponsable no poner ese dinero a trabajar para invertir en el futuro, tanto construyendo infraestructura física como en programas que puedan ayudar a los niños a desarrollar su potencial.

Ahora bien, el gobierno de Trump está haciendo mal las cosas: está tomando prestadas grandes sumas, pero está malgastando el dinero con recortes fiscales para las corporaciones y los ricos.

No obstante, hasta un mal gasto deficitario impulsa la economía hasta cierto punto y esa es la razón por la que Estados Unidos todavía sigue creciendo de una manera razonablemente rápida mientras que Europa, que todavía sigue controlada por la ideología de la austeridad, está estancada.

Como dije, podemos defender la propuesta de que los demócratas deberían, al final, nominar a un centrista. Pero ¿a un centrista a quien ciertas ideas zombis le han comido el cerebro? No tanto.

https://www.elsoldemexico.com.mx/analisis/democratas-los-muertos-vivientes-4861449.html

5.20.-El ascenso de Sanders siembra el temor en el ‘establishment’ demócrata– AMANDA MARS

Bernie Sanders, este miércoles en un mitin en Charleston. DREW ANGERER AFP

Rivales y sectores moderados del partido advierten contra la candidatura del senador socialdemócrata en las presidenciales y temen también su efecto en el Congreso.

27 feb 2020.- La carrera ascendente de Bernie Sanders en las primarias demócratas ha inflamado las críticas de sus rivales en la pugna y desatado el miedo en el establishment del partido. La posible nominación del veterano senador independiente, un socialista declarado en un país que asocia el término al comunismo, siembra el temor a que un candidato escorado a la izquierda pueda favorecer la reelección de Trump. El hoy presidente, también un outsider en 2016, acabó haciéndose con la nominación republicana —y con la Casa Blanca— ante el desconcierto de los popes de su partido. Sanders busca repetir la hazaña.

Cada vez que a Bernie Sanders se le recuerda en alguna entrevista o debate que es un socialista, se apresura a añadir la coletilla de “demócrata”, es decir, que es socialdemócrata. La necesidad de aclararlo revela cómo a este lado del Atlántico hablar de socialismo equivale a mentar la bicha, incluso en algunos ámbitos progresistas.

El congresista James Clyburn, de Carolina del Sur, que este sábado celebra primarias, advertía el domingo ante una posible candidatura presidencial de Sanders: “Si mira los distritos que ganamos [en las legislativas de 2018], no eran los progresistas, sino los moderados o conservadores, y será difícil mantenerlos si tienes que convencerles de que acepten a un socialdemócrata”, dijo en la cadena ABC. Marc Veasey, representante por Texas, aseguró que algunos vecinos se le habían acercado desesperados el domingo en la iglesia, en Fort North. “Esto va a ser Bernie y su causa desmantelando el partido”, alertó. Tanto Clyburn como Veasey respaldan al exvicepresidente Joe Biden, el candidato predilecto del establishment, que lidera con holgura el número de apoyos institucionales pero se encuentra en tercera posición. Es una buena foto de la situación: mientras pesos pesados del partido advierten contra Sanders, el senador llena los mítines y gana en las urnas.

“Algunos demócratas temen que, ante la disyuntiva de cuatro años más de Trump o una alternativa a la izquierda, los votantes no solo reelijan a Trump, sino que devuelva a su partido el control del Congreso”, apuntaba ayer Kyle Kondik, del Centro de Política de la Universidad de Virginia, en un artículo de The New York Times. De los 46 distritos electorales que sus investigadores consideran en juego en noviembre, ninguno ha respaldado a Sanders.

La hipótesis de la debilidad de Sanders en las presidenciales se da de bruces, sin embargo, con los resultados contantes y sonantes: el senador ha ganado con autoridad en las primarias más importantes celebradas hasta ahora, las de Nevada, y sale vencedor en las encuestas en las que se le enfrenta a Trump. La elegibilidad, es decir, la capacidad que los electores observan en un candidato para derrotar al rival, mejora además conforme van saliendo resultados positivos. En la encuesta de la semana pasada de Reuters/Ipsos, el 26% de los demócratas consideraba a Sanders el más preparado para vencer a Trump, seguido de Mike Bloomberg (20%).

Su agenda económica, marcadamente socialdemócrata, resulta atrevida en EE UU y su tradición liberal, pero no hay revolución alguna que un presidente pueda llevar a cabo por sí mismo desde la Casa Blanca. Las políticas más transformadoras del senador de Vermont, como la subida de impuestos a las grandes fortunas, la sanidad pública universal o el Green New Deal necesitan el visto bueno de las dos cámaras del Congreso, donde no solo los republicanos presentarán oposición, sino que los demócratas moderados también pueden obligar al mandatario a moldear sus iniciativas. De esa medicina ha probado Trump, que no logró sacar adelante su contrarreforma sanitaria y se ha visto continuamente corregido en política exterior o en la financiación pública del muro con México.

El republicano, en cualquier caso, ya ha mostrado que su línea de ataque con candidatos como Sanders o Elizabeth Warren consiste en azuzar el miedo a la “izquierda radical”, un relato que puede servir para agitar a sus bases independientemente de lo que haya de real. En una entrevista con EL PAÍS el pasado diciembre, el progresista Nobel de Economía Paul Krugman puso como ejemplo el descalabro laborista en el Reino Unido, pero advirtió de que el problema no tenía que ver tanto con el tan traído y llevado giro a la izquierda de los demócratas de Estados Unidos sino con el relato que quede en el imaginario del votante.

Mientras, rivales políticos como Pete Buttigieg le acusan de divisivo y Elizabeth Warren, que compite en el flanco izquierdista, le reprochan la falta de rigor en su propuesta sanitaria. También le han llovido las críticas por sus elogios al «programa de alfabetización» de Fidel Castro. Y, por si faltase algún ingrediente polémico, los servicios de inteligencia le advirtieron el pasado enero de que Rusia trata de influir en las primarias para favorecer su campaña.

«Los defensores del senador arguyen, por una parte, que la nominación de una candidata más moderada [Hillary Clinton] no sirvió en 2016 para derrotar a Trump y, por otra, que el movimiento sanderista ha encontrado nuevos yacimientos de votantes entre jóvenes y trabajadores blancos perdidos del Medio Oeste, a los que el hoy presidente se lanzó a seducir hace cuatro años. Ambos argumentos tienen sus peros. La derrota de Clinton, que sacó tres millones de votos individuales de ventaja al republicano, no implica necesariamente que a Sanders —perdió las primarias— le hubiese ido mejor. En cuanto a la movilización de los votantes, los caucus y primarias celebradas hasta ahora han mostrado un aumento reseñable en la participación.

Hay un factor fundamental distinto a 2016, sin embargo, y es que Donald Trump ya no es una apuesta improbable o un riesgo, sino una realidad. Es el presidente de Estados Unidos desde enero de 2017 y las tradicionales bases demócratas tienen grandes incentivos para votar al candidato escogido en las primarias —tenga o no la etiqueta de socialista— con el fin de evitar que renueve su mandato.

https://elpais.com/internacional/2020/02/26/estados_unidos/1582750273_518747.html

 4.20.-Warren, Bloomberg y lo que de verdad importa- PAUL KRUGMAN

 Michael Bloomberg, Elizabeth Warren y Bernie Sanders en un debate.  M. RALSTON (AFP)

En la reforma financiera habría diferencias en función del candidato demócrata que alcanzara la presidencia 

22 feb 2020.- El debate demócrata del pasado miércoles fue mucho más informativo que los anteriores. Lo que aprendimos, en concreto, fue que uno de los candidatos a la presidencia, Michael Bloomberg, es un gran empresario, y que Elizabeth Warren es una fuerza con la que se debe seguir contando.

Ambas lecciones contradicen en gran medida el relato que los medios de comunicación nos han estado contando en las últimas semanas. Por una parte, ha habido unas ganas innegables por parte de algunos medios informativos y muchos analistas de elevar a Bloomberg; por otra, las quejas de los partidarios de Warren de que esta había sido «borrada» de la cobertura informativa y de los sondeos no andaban erradas.

¿Qué significa todo esto para el nombramiento del candidato? No tengo ni idea. Pero quizá el enfrentamiento Warren-Bloomberg ayude a apartar el debate del llamado «Medicare para todos» —que no va a ser aprobado, gane quien gane— para centrarlo en una cuestión en la que importa mucho qué demócrata se imponga. O sea, si vamos a hacer algo para controlar la financierización de la economía estadounidense.

Durante la generación más grande de la economía estadounidense (la era de crecimiento rápido y ampliamente compartido que siguió a la Segunda Guerra Mundial), Wall Street ocupaba una parte muy periférica del cuadro. Cuando los ciudadanos pensaban en líderes empresariales, imaginaban directivos de empresas que verdaderamente hacían cosas, no personas que se enriquecían a base de trapicheos.

Pero todo eso cambió en la década de 1980, en gran medida gracias a la liberalización financiera. De repente, el dinero a lo grande procedía de comprar y vender empresas, no de dirigirlas.

En muchos casos, estas operaciones financieras cargaban a las empresas con unos niveles de deuda sofocantes que a menudo acababan en quiebra y destrucción de empleo, un proceso que continúa hasta el día de hoy. También tuvo lugar una epidemia de fraude y delincuencia organizada, ejemplificada por la carrera de Michael Milken, el rey de los bonos basura al que Donald Trump acaba de perdonar. Y el sector financiero en sí duplicó su participación en la economía, lo que supuso apartar muchísimo capital y a mucha gente inteligente de las actividades productivas.

Porque no hay pruebas de que la megaexpansión de Wall Street hiciera más eficiente al resto de la economía. Por el contrario, el aumento de las rentas de los hogares se ralentizó a medida que crecían las finanzas, aunque unos cuantos se hicieron inmensamente ricos. Y el crecimiento desbocado del sector financiero sentó las bases para la peor crisis económica desde la Gran Depresión.

También convirtió a Michael Bloomberg en multimillonario. No estaba siendo sarcástico cuando decía que Bloomberg es un gran hombre de negocios. Lo es. Y en su favor hay que decir que no se ha dedicado, que yo sepa, a los chanchullos financieros destructivos. Se enriqueció, en cambio, vendiendo equipamiento a los chanchulleros destructivos.

Para los que no sepan de qué hablo, me refiero al famoso Terminal Bloomberg, un sistema informático patentado que da a los suscriptores acceso en tiempo real a grandes cantidades de datos financieros. Este acceso es increíblemente caro: una suscripción ronda los 24.000 dólares anuales. Pero es algo imprescindible para el sector financiero, porque los agentes que disponen de terminales Bloomberg pueden reaccionar a los acontecimientos del mercado unos minutos más rápido que los que no las tienen.

Es un negocio extremadamente rentable. ¿Pero es bueno para la economía? No.

A fin de cuentas, ¿el obtener la información financiera unos minutos antes mejora en algo las decisiones empresariales del mundo real que afectan a los puestos de trabajo y a la productividad? Ciertamente no. De hecho, Bloomberg ha obtenido sus miles de millones de dólares gracias a una carrera de armamentos financiera que cuesta enormes cantidades de dinero, pero deja a todos prácticamente en el mismo sitio.

Lo que me lleva a Elizabeth Warren. Warren dio un enorme traspié, reduciendo sus posibilidades para la elección, al intentar congraciarse con los seguidores de Bernie Sanders. Respaldó propuestas para una reforma radical de la atención sanitaria que prácticamente no tiene probabilidades de hacerse realidad, y se le recriminó el pago de esas propuestas, a pesar de que Sanders tampoco ha dado muchas claves respecto a sus propios planes.

Pero antes de todo eso, Warren se había labrado un nombre en la cruzada contra el fraude y el exceso del sector financiero. Y no era mera palabrería. Un elemento clave de las reformas instituidas tras la crisis financiera de 2008, la creación de la Oficina de Protección Financiera de los Consumidores, fue idea de Warren. Es más, la oficina tuvo a todas luces un éxito enorme, y ha ahorrado miles de millones de dólares a las familias de a pie, hasta que el Gobierno de Trump decidió destriparla.

Y aquí está la cosa: la reforma financiera, a diferencia de la sanitaria, es un ámbito en el que podría suponer una gran diferencia qué demócrata alcanza la presidencia. Es cierto que otros candidatos —¡Bloomberg incluido!— han respaldado reformas del estilo de las propuestas por Warren. Pero es justo preguntar, creo yo, el empeño que pondrían en la práctica, y también si malgastarían su capital político en luchas imposibles de ganar, que es lo que a mí más me preocupa de Sanders.

Una vez más, aparte del claro daño a Bloomberg, no tengo ni idea de cómo influirá el debate del pasado miércoles en la carrera demócrata, si es que influye. Pero tal vez haya ayudado a recordarles a los demócratas que la corrupción, el fraude y los excesos de Wall Street en concreto pueden ser temas políticos potentes, en especial contra un presidente que es personalmente corrupto y muy claramente amigo de los estafadores.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía.© The New York Times, 2020. Traducción de News Clips

https://elpais.com/economia/2020/02/21/actualidad/1582297214_995792.html

3.20.-Elecciones Estados Unidos  – PABLO GUIMÓN

Trump y Sanders, los dos polos sacan pecho en New Hampshire

Las campañas del presidente y el hoy favorito demócrata tomaron impulso hace cuatro años en un Estado en el que este lunes exhibieron su poderío

Seguidores de Sanders, en su evento el lunes en Durham. MIKE SEGAR REUTERS

Hace cuatro años, en este mismo lugar, eran dos piedras en los zapatos, derecho e izquierdo, del establishment político estadounidense. Un magnate que venía de los realities televisivos y un senador independiente que llevaba 40 años tratando de hacer una revolución. El millonario y el azote de los millonarios. El populista de derechas y el populista de izquierdas.

 11 feb 2020.- Hasta llegar a New Hampshire en 2016, los candidatos Donald Trump y Bernie Sanders habían cosechado poco más que titulares de prensa, irritación de la clase política y sendas derrotas en los caucus de Iowa contra Ted Cruz y Hillary Clinton, dos candidatos pata negra de sus respectivos partidos. Los dos llegaron a este pequeño Estado montañoso como los candidatos rebeldes, pero salieron con victorias contundentes. Hoy Trump es el presidente de Estados Unidos. Y Sanders, que finalmente perdió la nominación frente a Clinton, es ya el candidato demócrata favorito, según los sondeos, para enfrentarse a Trump en las elecciones de noviembre. 

Por eso la noche del lunes, víspera de las primarias de New Hampshire, donde los dos candidatos celebraron multitudinarias exhibiciones de fuerza, tuvo algo de fotografía de lo que es Estados Unidos tan solo tres años después de que Barack Obama abandonara la Casa Blanca. Un país que parece oscilar entre dos extremos. Dos polos separados por los 50 kilómetros que separan las localidades de Manchester y Durham, donde Sanders y Trump protagonizaron este lunes, ante cerca de diez mil personas cada uno, los eventos más multitudinarios de las primarias.

“Esta multitud me dice que vamos a ganar en New Hampshire, vamos a ganar la nominación demócrata y vamos a ganar al presidente más peligroso de la historia de este país”, decía Sanders al subir al escenario en Durham, en una velada repleta de oradores estrella y que se cerró con el primer concierto en New Hampshire de The Strokes, banda neoyorquina que encabeza festivales de rock por todo el mundo. El nombre del acto era Bernie gana a Trump, y ese era el mensaje. Un mensaje a los moderados, cuya prioridad es evitar un segundo mandato de Trump, pero que se resisten a creer que un candidato radical sea el camino más razonable. En los últimos días, la campaña de Sanders ha minimizado las críticas al partido y se ha centrado en retratar al candidato como alguien elegible y catalizador, en palabras del propio Sanders, del “movimiento de bases más fuerte de la historia política estadounidense”.

“En cada sondeo Bernie gana a Trump. Y Trump lo sabe. ¿Por qué ha venido a New Hampshire esta noche? ¿Por los demás candidatos demócratas? No. Ha venido porque sabe que estáis vosotros aquí”, decía a los congregados la popular congresista Alexandria Ocasio-Cortez.

Y allí estaba Donald Trump, a apenas 40 minutos en coche, dándose otro baño de masas con el fin, dijo, de “sacudir un poco a los demócratas”. Era el primer mitin después de haber quedado absuelto del histórico impeachment por el escándalo de Ucrania y el republicano multiplicó las mofas contra la oposición. “Tenemos más gente aquí que todos los candidatos del Partido Demócrata juntos”, dijo. “Estoy intentando averiguar quién es el candidato más débil y no lo consigo, todos son débiles”, añadió.

El presidente dejó muy clara ya su estrategia para la reelección en noviembre. Si gana la nominación un candidato como Bernie Sanders o como Elizabeth Warren, azuzará el peligro de la “izquierda radical”; si se impone Joe Biden, convertirá el caso de Ucrania —el presidente ha sido juzgado por presionar a Kiev para que se investigara a los Biden— en un arma contra el exvicepresidente. Azotado por los malos resultados en Iowa y un pronóstico igual de oscuro en New Hasmpshire, Biden cancelaba este martes su evento de la noche electoral en el Estado para viajar a Carolina del Sur, donde espera que el voto afroamericano rescate su campaña del agujero en el que se ha metido.

Que el impeachment no ha hecho mella en las bases de Trump se palpaba la noche del lunes en Manchester cuando se preguntaba a cualquiera de sus seguidores. “No habían pasado ni 90 minutos desde que juró el cargo cuando los demócratas comenzaron a hablar de impeachment, no puedes creer nada de lo que dicen”, opinaba Matthew Nickerson, de 40 años. Nickerson se manifestó con respeto hacia Sanders. Consideró que en 2016, cuando perdió contra Hillary Clinton las primarias, “le hicieron trampas” y que ahora “puede ganar la nominación”.

La excandidata demócrata también salía a relucir en un evento, el de Sanders, donde su recuerdo era igualmente impopular. Cynthia Nixon, actriz de Sexo en Nueva York que quiso ser gobernadora de su ciudad, hizo una osada confesión desde el estrado. “En 2016 voté por Hillary Clinton”, reconoció. “Pero cuatro años después el mundo es completamente diferente. No solo por la presidencia de Trump, sino porque Bernie Sanders ha cambiado la conversación política”. Entre el público, Tiffany Kocher, trabajadora social de 33 años, se reconocía “preocupada por los votantes más conservadores o moderados”. “Pero en las últimas elecciones Hillary Clinton perdió”, recordaba. “Hemos probado el camino del centro y no ha funcionado. Siempre que los demócratas han fracasado en movilizar al sector de la izquierda del partido, los republicanos han arrasado. A esos demócratas moderados les pediría que miren todo este movimiento que hay detrás de Bernie”.

  • 20.-El triunfo de la hipocresía fiscal en Estados Unidos– PAUL KRUGMAN
  • Las primarias demócratas entran en New Hampshire en la fase de combate – AMANDA MARS

Los republicanos usaron la excusa del rigor en las cuentas para emprender un sabotaje económico contra Obama

Trump muestra The Washington Post con su absolución. LEAH MILLIS (REUTERS)

La campaña de Donald Trump por la reelección se centrará en que ha hecho grandes cosas por la economía. Y seamos sinceros: la economía estadounidense va viento en popa hoy en día. El crecimiento del PIB y del empleo ha sido bueno, aunque no espectacular; la tasa de desempleo se acerca al mínimo histórico.

7 feb 2020 -Pero se aprecian algunas sombras. Las mejoras económicas han estado desequilibradas, con un gran aumento de los beneficios obtenidos por las empresas, que refleja principalmente las gigantescas rebajas de impuestos, mientras que los trabajadores no han experimentado mejoras comparables (y el aumento de los ingresos de los trabajadores con salarios más bajos se ha visto impulsado en parte por la subida del salario mínimo en los Estados demócratas). Las enormes mejoras de la cobertura sanitaria durante el mandato del presidente Barack Obama se han interrumpido o han retrocedido, y se ha producido un fuerte aumento del número de estadounidenses que afirman que retrasan el tratamiento médico debido al coste que supone.

Así y todo, es efectivamente una economía fuerte. Pero si preguntamos qué hay detrás de esa fortaleza, la principal respuesta es una explosión del déficit presupuestario federal, que superó el billón de dólares el año pasado. Y el relato de cómo ha sucedido eso permite deducir implicaciones profundamente inquietantes para el futuro de la política estadounidense.

Regresemos por un instante a principios de 2009, cuando la economía estaba implosionando y necesitaba ayuda en forma de gasto deficitario. El Gobierno de Obama propuso de hecho un significativo plan de estímulos, pero era demasiado pequeño en relación con el tamaño del problema, en gran medida porque el Gobierno quería obtener el apoyo de los dos partidos y no estaba dispuesto a recurrir a la reconciliación para eludir a los obstruccionistas.

No digo esto a toro pasado. En enero de 2009, yo estaba prácticamente tirándome de los pelos por la insuficiencia del estímulo, y advertí de que se produciría un escenario en el que «aunque el plan limite el aumento del desempleo, las cosas seguirán bastante mal, con una tasa de desempleo que alcanzará un máximo en torno al 9% y que solo descenderá poco a poco. Y entonces Mitch McConnell dirá, ‘Ven, el gasto público no funciona». Y cómo no, eso es exactamente lo que ocurrió.

Después, en 2010, los republicanos consiguieron el control de la Cámara de Representantes y estaban en posición de obligar a Obama a años de recortes de gastos que ejercieron un significativo lastre en el crecimiento económico. Este lastre no fue suficiente para impedir una recuperación económica sostenida, pero la recuperación podría y debería haber sido mucho más rápida. No había razones económicas que nos impidieran haber vuelto al pleno empleo, digamos, en 2013; y, sin embargo, por culpa en parte de la austeridad fiscal, la tasa media de desempleo de ese año seguía manteniéndose por encima del 7%.

Pues bien, los republicanos afirmaban que exigían recortes de gastos porque les preocupaba el déficit presupuestario. Y los medios informativos, siento decirlo, se tragaron el relato de que los déficits eran nuestro problema más importante —abandonando las habituales convenciones de neutralidad— y se tomaron al pie de la letra las declaraciones de probidad fiscal por parte de los republicanos. Por cierto, ¿qué ha pasado con los cascarrabias del déficit que tanto destacaron durante los años de Obama? Están extrañamente calladitos ahora.

De todas formas, siempre fue evidente para cualquiera que prestase verdadera atención que Paul Ryan y otros como él eran hipócritas fiscales, que en cuanto un republicano ocupara la Casa Blanca perderían repentinamente todo interés por los déficits. Y así ha sido. Como he dicho, el déficit presupuestario se ha disparado por encima del billón de dólares durante el Gobierno de Trump, frente a los menos de 600.000 millones del último año de Obama. La mayor parte de ese aumento puede atribuirse a las políticas de Trump, principalmente a la rebaja fiscal cuya aprobación se logró en el Congreso usando la misma táctica hiperpartidista que Obama evitó en 2009.

En cierto modo, lo sorprendente del festín deficitario de Trump es que no haya estimulado la economía aún más, un fallo que puede atribuirse a su mal diseño. Al fin y al cabo, las rebajas del impuesto de sociedades, que son lo que más ha impulsado la subida del déficit, no han servido para aumentar la inversión empresarial que, de hecho, ha descendido en el último año.

Y mientras que el estímulo de Obama incluía significativas inversiones en el futuro, contribuyendo en particular a fomentar un progreso revolucionario en energías verdes, Trump no ha desembolsado ni un céntimo de lo prometido para reconstruir la infraestructura estadounidense.

Aun así, los déficits de Trump han dado a la economía —y a la fortuna política de Trump— un empujón a corto plazo. Y ese hecho debería preocuparnos, y mucho. Los republicanos utilizaron la excusa de que les preocupaba la responsabilidad fiscal para emprender en la práctica un sabotaje económico mientras hubiera un demócrata en la Casa Blanca. Luego, abandonaron la excusa y abrieron los grifos del gasto tan pronto como tuvieron a uno de los suyos en el poder. Y lejos de pagar un precio por su duplicidad, están siendo recompensados políticamente. Las inferencias para la estrategia de los partidos son claras: el cinismo máximo es la mejor política. Obstruye, perturba y perjudica la economía todo lo posible, desplegando todas las excusas hipócritas que pienses que convencerán a los medios, cuando el otro partido tenga la presidencia. Después, abandona toda preocupación por el futuro y compra votos cuando vuelvas a tener el control.

Por la razón que sea, los demócratas no han querido o no han podido comportarse tan cínicamente. Los republicanos, sin embargo, sí. Y si Trump sale reelegido, ese cinismo asimétrico será la principal razón.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2020 Traducción de News Clips Se adhiere a los criterios de

2.20.-Las primarias demócratas entran en New Hampshire en la fase de combate AMANDA MARS

Los candidatos afilan las espadas en el segundo asalto de esta contienda, marcado por el caos de Iowa. El debate del viernes muestra cómo se ha calentado la competición

De izquierda a derecha, Bernie Sanders, Amy Klobuchar y Tom Steyer, este viernes en el debate de Manchester (New Hampshire). JOE RAEDLE AFP 

Los aspirantes a la candidatura demócrata para las elecciones presidenciales de 2020 han entrado en la fase combativa una vez pasada la primera -y caótica- liza de Iowa. El debate celebrado el viernes en New Hampshire, donde el próximo martes se celebran las primarias, mostró un tono más beligerante y personal que ninguno de los celebrados hasta ahora. Los precandidatos cuestionaron la electabilidad de unos y otros, es decir, la facilidad de salgan elegidos frente a Donald Trump en noviembre, y se lanzaron reproches directos. El segundo asalto de esta carrera puede desempeñar el papel de criba que que le correspondía al primer pulso, marcado por un enredo electoral, y rivales como Joe Biden, Elizabeth Warren y Amy Klobuchar urgen un buen resultado. La aureola de unos y otros ya no se mide solo en proyecciones y sondeos. Ha llegado la hora de la verdad.

8 feb 2020.- Los aspirantes a la candidatura demócrata para las elecciones presidenciales de 2020 han entrado en la fase combativa una vez pasada la primera -y caótica- liza de Iowa. El debate celebrado el viernes en New Hampshire, donde el próximo martes se celebran las primarias, mostró un tono más beligerante y personal que ninguno de los celebrados hasta ahora. Los precandidatos cuestionaron la electabilidad de unos y otros, es decir, la facilidad de salgan elegidos frente a Donald Trump en noviembre, y se lanzaron reproches directos. El segundo asalto de esta carrera puede desempeñar el papel de criba que que le correspondía al primer pulso, marcado por un enredo electoral, y rivales como Joe Biden, Elizabeth Warren y Amy Klobuchar urgen un buen resultado. La aureola de unos y otros ya no se mide solo en proyecciones y sondeos. Ha llegado la hora de la verdad.

Joe Biden, exvicepresidente de la era Obama, contra Bernie Sanders, senador izquierdista: «Tenemos que poner de nuestro lado al Senado y Bernie se etiqueta a sí mismo como socialista democrático, creo que esa es la etiqueta que el presidente [Trump] va a usar si Bernie es el nominado”.

Amy Klobuchar, senadora de Minnesota, contra Pete Buttigieg, exalcalde de South Bend (Indiana): “Es fácil meterse con Washington cuando eso es lo cool, es mucho más difícil liderar y adoptar posiciones […] Mientras tres de nosotros éramos jurados en el impeachment, tú decías que ver el juicio era cansado y que preferías ver dibujos animados”.

Buttigieg contra Sanders: “Es un peligro un nominado que divida a la gente con una política que dice ‘si no vas al extremo, no cuenta’. La política de lo tomas o lo dejas”.

Y Sanders frente todos: “La forma de unir a la gente es tener un plan que funcione para los trabajadores, no para los millonarios”.

Los demócratas llegan a las primarias de New Hampshire en circunstancias extraordinarias por el fiasco de los caucus de Iowa, las asambleas electivas que inician la carrera, cuyos resultados han tardado tres días en llegar y no han desempeñado el papel de primera criba para candidatos que no obtienen resultados reseñables y dejan de recibir donaciones. Eso puede ocurrir ahora, justo cuando la carrera se adentra en un estado muy singular, que genera una mezcla de esperanza y zozobra en los candidatos: con solo 1,3 millones de habitantes, se caracteriza por un peso formidable del votante independiente (el 42% de los electores no se adscribe a ningún partido).

Las opciones de cada uno ante la verdadera batalla demócrata, la de derrotar a Trump en noviembre, centraron buena parte del debate de este viernes en Manchester, la ciudad más poblada. Buttigieg, de 38 años, llega como vencedor de Iowa, seguido muy de cerca por Sanders, de 78, quien, de hecho, reivindica su victoria en votos individuales (aunque lo que cuenta son los delegados en los que se traducen esos votos). La condición de favoritos de Buttigieg y Sanders resultó evidente por el número de ataques que recibieron de los rivales.

Buttigieg, situado en el sector moderado de la carrera, recibe críticas por su limitada experiencia en gestión, dos mandatos como alcalde de una ciudad de algo más de 100.000 habitantes. Este viernes se defendió con el argumento de que él había sido marcado por las decisiones que se toman en Washington, que las había vivido como al frente de una pequeña ciudad y, de propina, le devolvió el dardo a Biden, de 77 años: “Debemos dejar las políticas del pasado en el pasado”. El exvicepresidente, elegido senador por primera vez a principios de los 70, se defendió: “¡Las políticas del pasado no eran tan malas!”, reivindicó, “¡no sé que hubo tan malo en el pasado de Obama y Biden!”.

El veterano político llega golpeado a New Hampshire, pues, pese a ser el favorito en los sondeos de ámbito nacional, en Iowa quedó en un cuarto puesto, con el 15% de apoyo. Elizabeth Warren (tercera) necesita un buen resultado para seguir siendo competitiva y, para Klobuchar (quinta), es la hora de la verdad.

Un total de 11 aspirantes continúan en las primarias demócratas, pero Michael Bloomberg no se presenta a estas primeras pugnas de Iowa y New Hampshire y el resto se halla muy alejado en los sondeos. La vista está puesta en lo que pasa con los primeros cuatro. Sanders va primero en los sondeos de este Estado (26%), donde ya ganó hace cuatro años, contra Hillary Clinton. Le siguen Buttigieg (22,5%), Warren (13%) y Biden (13%), según el promedio de encuestas que hace Real Clear Politics. La contienda enfrenta diferentes grados de progresismo, pero también generaciones. Los dos primeros, Sanders y Buttigieg, se llevan cuatro décadas y, sin embargo, el voto juvenil sigue siendo el reino de primero

https://elpais.com/internacional/2020/02/08/estados_unidos/1581128948_444977.html

1.20.-¿Por qué odia EE UU a sus niños?PAUL KRUGMAN

espero que quien llegue a ser el candidato demócrata preste la debida atención al vergonzoso trato infantil

Una madre pasea con su hija en Washington. LEAH MILLIS (REUTERS)

Un periodista me hizo el otro día una buena pregunta: ¿de qué tema importante no estamos hablando? Mi respuesta, tras reflexionar un poco, es la situación de los niños estadounidenses. Ahora bien, no es del todo justo decir que estamos haciendo caso omiso de los problemas de nuestros niños. Elizabeth Warren, como es típico de ella, ha presentado un plan de atención universal a la infancia exhaustivo y plenamente financiado. Bernie Sanders, como también es típico de él, se manifiesta a favor pero sin dar detalles. Y que yo sepa, todos los demás candidatos demócratas a la presidencia defienden que se haga más por los niños.

Pero la política relativa a la infancia ha suscitado menos atención de los medios que el debate sobre la “sanidad pública para todos”, que no se hará realidad a corto plazo, por no hablar de eso que se ha dado en llamar “gresca” Warren-Sanders. Y me temo que hasta los votantes bien informados tienen poca idea del triste excepcionalismo de las políticas estadounidenses de cara a la infancia, que son dickensianas en comparación con las de todos los demás países avanzados.

Quizá vengan al caso algunas cifras. Todos los países avanzados exigen alguna forma de permiso remunerado para las nuevas madres, por lo general tres o cuatro meses; es decir, todos los países excepto EE UU, que no ofrece ningún permiso de maternidad. La mayoría de los países avanzados dedican cantidades considerables de dinero a subvenciones para las familias con hijos. En Europa, estas subvenciones equivalen de media al 2-3% del PIB; la cifra correspondiente en EE UU es del 0,6% del PIB.

La mayoría de los países avanzados dedican mucho dinero a subvenciones para las familias con hijos

Incluso en aquellos casos en los que EE UU ayuda a los niños, la calidad de esa ayuda tiende a ser mala. Ha habido muchas comparaciones entre los almuerzos escolares franceses y los estadounidenses: a los niños franceses se les enseña a comer sano; a los niños estadounidenses se les trata básicamente como depósito para la eliminación de excedentes agrarios.

Lo que resulta especialmente llamativo es el contraste entre la forma en que tratamos a nuestros niños y la forma en que tratamos a nuestros ancianos. La Seguridad Social no es demasiado generosa —hay buenas razones para ampliarla— pero no está demasiado mal si la comparamos con los sistemas de jubilación de otros países. De hecho, Medicare, tiene un gasto pródigo en comparación con los sistemas de pagador único en otras partes.

De modo que la negativa estadounidense a ayudar a los niños no forma parte de una posición amplia a los programas públicos, pero a los niños se les reserva un trato singularmente duro. ¿Por qué?

La respuesta, diría yo, va más allá del hecho de que los niños no pueden votar, y los ancianos pueden y lo hacen. Ha habido también una venenosa interacción entre el antagonismo racial y el mal análisis social.

Hoy en día, el apoyo político a los programas de ayuda a los niños seguramente se vea perjudicado por el hecho de que menos de la mitad de la población menor de 15 años es blanca no hispana. Pero antes de que la inmigración transformase el paisaje étnico del país ya había una percepción generalizada de que programas como la Ayuda a Familias con Hijos Dependientes ayudaban básicamente a “esa gente”, ya saben, los vagos que dependen de las ayudas públicas, las reinonas que conducen Cadillacs a costa de la asistencia social.

Esta percepción debilitó el apoyo al gasto en infancia. Y coincidía con la creencia generalizada de que la ayuda a familias pobres estaba creando una cultura de la dependencia, que a su vez era la culpable del colapso social en los centros urbanos de EE UU. En parte como respuesta, la ayuda a las familias incluía cada vez más la exigencia de trabajar, o adoptaba formas como desgravaciones en la declaración de la renta, que están vinculadas a los ingresos.

Espero que quien llegue a ser el candidato demócrata preste la debida atención al vergonzoso trato infantil

La consecuencia fue un descenso de la ayuda a los niños pobres, los que más la necesitan. Sin embargo, a estas alturas sabemos que las explicaciones culturales del colapso social eran completamente erróneas. El sociólogo William Julius Wilson planteó hace mucho que la disfunción social en las grandes ciudades no estaba causada por la cultura, sino por la desaparición de empleos buenos. Y esto se ha visto confirmado por lo ocurrido en buena parte del interior estadounidense, que ha sufrido una desaparición similar de buenos empleos y un aumento similar de la disfunción social.

Lo que esto significa es que hemos establecido un sistema básicamente perverso, en el que los niños no pueden obtener la ayuda que necesitan a no ser que sus padres encuentren unos empleos que no existen. Y se acumulan las pruebas de que este sistema es destructivo además de cruel.

Varios estudios han concluido que los programas de ayuda para los niños tienen grandes consecuencias a largo plazo. Los que reciben una nutrición y una atención sanitaria adecuadas se convierten al crecer en adultos más sanos y productivos. Y además del lado humanitario, estas subvenciones tienen una compensación económica: los adultos más sanos tienen menos probabilidades de necesitar ayuda pública y más probabilidades de pagar más impuestos.

Probablemente sea excesivo afirmar que la ayuda a los niños se paga sola. Pero sin duda está más cerca de lograrlo que las rebajas fiscales a los ricos. De modo que deberíamos hablar mucho más de ayudar a los niños estadounidenses. ¿Por qué no lo hacemos? Al menos parte de la culpa la tiene Bernie Sanders, que convirtió la sanidad pública para todos en una prueba de pureza progresista y en un objeto brillante y luminoso perseguido por los medios de comunicación, a expensas de otras políticas que podrían mejorar enormemente la vida de los estadounidenses y que tienen muchas más probabilidades de convertirse en ley. Pero no es demasiado tarde para reorientar el enfoque. Espero que quien llegue a ser el candidato o la candidata demócrata preste la debida atención al vergonzoso trato que nuestro país da a los niños.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2020.

Traducción de News Clips. https://elpais.com/economia/2020/01/17/actualidad/1579267393_958028.html

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